Disclaimer: Fullmetal Alchemist no me pertenece, es de la autora Hiromu Arakawa.

Detrás del alcohol

Chapter 9

Un suspiro. Otro más. Quién sabe cuantos suspiros lanzó en lo que va de la tarde del domingo. Parecía una tonta colegiala enamorada. Bueno, parece ser que precisamente era eso en lo que se había convertido. Las escenas de la noche anterior se repetían continuamente, y al recordar el final, una enorme sonrisa se esparcía por todo su rostro. Su hermano lo había visto hacerlo, pero no preguntó nada. Ya estaba acostumbrado al raro comportamiento de su hermano mayor. Todos en la casa conocían la voluble actitud del rubio. Y escapaban de él cuando su furia se hacía presente en sus delicadas facciones.

Miró el techo por quien sabe cuanto tiempo. Se sentía bastante idiota, pero no podía dejar de pensar en lo bien que se sentía salir con el pelinegro. La noche anterior cuando ingresó a su casa después de despedirse de él, se había deslizado temblando por la puerta hasta quedar sentado en el suelo. Después de varios minutos había podido recuperar algo de fuerzas para levantarse y llegar a su habitación. Se había decidido por repetir una salida como esa. Aceptaría encantado cada proposición que le ofreciera el moreno. Bueno, supuso que todas. La imagen de beso de la noche anterior pasó fugazmente por su cerebro. Si, definitivamente aceptaría todo tipo de caricias. Sólo esperaba no temblar como una hoja ante su cercanía.

También en las últimas horas se había quedado absorto en sus pensamientos luego de mirar una y otra vez el pequeño trozo de papel con un número en él. Era un celular. Pero no tenía idea de a quién le podría pertenecer. Mentira atroz. Si tenía una idea. Pero estaba aterrado. No quería marcar ese número. Podría mandarle un mensaje de texto para evitar escuchar la voz del otro lado del auricular. Le sorprendió el haber hecho el descubrimiento de que tenía un punto débil: Roy. Que gran novedad, pensó el rubio irónicamente. Podía estar atento a todo, inclusive cuando estaba somnoliento podía recordar conversaciones que quedaban registradas en su mente como una grabadora.

Tenía un alto coeficiente intelectual, que se demostraba en el resultado de sus exámenes. Era un excelente alumno, con una inteligencia y madurez envidiada por sus compañeros. Pero tenía un punto débil. La cercanía de Roy. Se reprendió una y mil veces cuando encontró ese papel. Seguramente el pelinegro lo había colocado cuando se acercó a besarlo. Y él con la cabeza a millas de distancia, sin percatarse absolutamente de nada. Volvió a maldecir a su cerebro por quedarse petrificado en momentos como esos. En realidad por quedarse petrificado siempre que Roy se acercaba.

Se levantó de su cama para ponerse en marcha con sus deberes. Haciendo gala de su inteligencia, éstos quedaron resueltos en sólo dos horas. A pesar de que eran bastantes hojas con cálculos y diversos problemas matemáticos. Para no permitir que su mente siga divagando juntó toda la paciencia que poseía y comenzó a limpiar su habitación. Su desastrosa habitación. Cuando quedó impecable y digna de ser mostrada al público, se volvió a tirar en su cama.

No pasaron ni diez segundos cuando se congeló y a ojos de extraños parecía una estatua pálida y rígida; al momento que un recuerdo pasó como un flash por su mente y sus ojos se agrandaron de manera desorbitada repasando ese evento. La noche en la que Roy lo había llevado ebrio hasta su casa. Y lo había dejado dormido en su habitación. En ese entonces, su desastrosa habitación. Un espanto. Menos mal que no se le dio por prender la luz a modo de precaución. Estaba seguro que moriría de vergüenza si Roy llegaba a ver el estado deprimente en el que vivía. Y otra vez volando por la estratósfera al pensar en ese hombre de cabello negro azabache y ojos como la obsidiana.

Se incorporó de un salto y sentándose en la computadora, se infiltró en diversas páginas de ayuda para lo denominado romance homosexual. Agradecía infinitamente que en su país fuera legal y de lo más común y corriente. Aunque sus padres se escandalizarían sin ninguna duda si lo vieran cruzar el umbral de la puerta de la mano junto a Roy. Primero lo molerían a palos y lo dejarían medio muerto. Y quizá, tal vez, de ser posible le preguntarían el porqué mas tarde. Pero eso no le importaba en absoluto. Como si les hubiese hecho caso siempre, volvió a pensar con ironía. Con un poco más de coraje, apagó la computadora y se sentó en la cama con su celular en una mano y el papel con el número en la otra. Primero agendó el dichoso número. Y con las manos un poco temblorosas (su repentino coraje decayendo a pasos agigantados) tecleó escribiendo un mensaje a modo de saludo. Su corazón latía bastante rápido, como si el dueño de aquel número estuviese presente en su cuarto. Una vez enviado, solo era cuestión de esperar una respuesta.


Ese día había pasado condenadamente lento. Nunca creyó que llegaría a desear que fuese lunes. Pero en el fondo sólo había una razón para esa ansiedad. Esa razón era un pequeño rubio cascarrabias pero a su vez encantador, llamado Edward. Antes de que empezara a volar en otra dimensión sacó al rubio de sus pensamientos y siguió limpiando el living. Únicamente limpiar era lo que le servía para despejar su mente del acontecimiento de la noche anterior. Toda la mañana se la había pasado sonriendo como un idiota, era hora que dejara de comportarse como tal, y lo único que podía hacer era ordenar y limpiar su casa. Bastante deprimente que un hombre adulto como él tenga que recurrir a ese tipo de cosas para mantenerse en órbita.

Había olvidado lo que era estar enamorado. Había olvidado las sensaciones que traía consigo. Ni que hubiese tenido muchas novias. Sólo una cuando era mas joven, el típico amor de adolescente, pero que sólo duró unos cuantos meses, nada más. Mujeres de una noche, había tenido miles. Hombres de una noche, cero. Jamás había experimentado nada con hombres, no discriminaba ese tipo de relaciones, pero a él no le llamaban la atención. Hasta ahora. Hasta que un rubio con una belleza exótica y atrayente había aparecido en su vida. A pesar de ser bastante joven había visto una increíble madurez en él. Eso sumado a su extraño, pero no por eso desagradable, carácter lo había atraído como un imán. Siempre le habían gustado las cosas fuera de lo común, la gente fuera de lo común, los comportamientos fuera de lo común.

Y Edward en definitiva poseía todo eso. Era tan misterioso e impredecible que lo convertía en alguien único. Supuso que esos rasgos en el joven lo habían atrapado en un principio casi sin él darse cuenta. Y parecía que el rubio se sentía bastante bien y complacido con su cercanía. En las conversaciones quedó demostrado que a pesar de las riñas a modo de juego, y un par de discusiones, se acoplaban perfectamente el uno con el otro. Sin importarle nada de las opiniones que pudieran surgir en su entorno, aceptó por completo que Edward le gustaba. Y mucho. Y que lo volvería a invitar a salir. Y que lo conquistaría, lo mantendría a su lado, pasarían momentos buenos y malos juntos, pero sobre todo, momentos felices. Y desde luego, la próxima vez que salieran, le comería la boca de un beso. O de muchos besos. Y le repartiría infinitas caricias. Haría feliz a Ed. Quería que ambos fueran felices. Juntos.

Terminó por resignarse, aunque sólo le quedó por limpiar el sótano, y se dirigió al baño para darse una ducha refrescante. Mientras que en la ducha, con los ojos cerrados, escuchó a lo lejos el sonido de su celular. Eso lo hizo sonreír. Había depositado un pequeño papel en el bolsillo del pantalón del rubio sin que éste se diera cuenta. Sólo esperaba que Ed ya en su casa lo notara y le mandara un mensaje, o lo llamara para conversar. Estaba seguro que no se enojaría con él por haberle hecho eso. Cerrando la llave del agua de la ducha y con una toalla en su cintura, fue directo a su habitación para vestirse. Antes pasó por su mesita de noche y tomó el celular para ver el mensaje. Apareció una enorme sonrisa en su rostro, para variar.

"Maldito Mustang, que sea la última vez que haces algo como esto. Mas te vale que la próxima vez lo que tengas que decirme me lo digas en la cara, o lo que tengas para darme me lo dejes en las manos. Idiota. Nos vemos mañana."

Roy se contuvo las ganas de bailar por toda la casa un baile indecente de la alegría que sentía en esos momentos. Tal como había predicho, Edward no estaba enojado. Algo incómodo por la situación seguramente, pero nada enojado. Ya se encargaría de él al día siguiente. Seguiría al pie de la letra las palabras del rubio, le daría de frente todo lo que tenga para dale de ahora en más. Respondió rápidamente el mensaje. Ahora mas que nunca deseaba que fuese lunes.


Edward yacía perezosamente tirado en su cama. Estuvo así encerrado en su ensoñación hasta que desde abajo la voz de su madre le anunció que la cena ya estaba lista. Recomponiéndose bajó simulando una tranquilidad mental absoluta, aunque fuera una mentira descarada. No escuchó su celular, y no vio el mensaje hasta que entró en su habitación cenado y bañado. Se disponía a dormir, o por lo menos tratar de hacerlo, cuando el tintineo de la pantalla le llamó la atención. Sólo hacía eso cuando tenía una llamada perdida o un mensaje esperando por ser leído desde hace un rato. Dicho y hecho. Un mensaje. De Roy. Casi se cae de la cama cuando leyó la respuesta.

"Yo también te extraño Ed. Que bueno que hayas encontrado el papel con el número. Sabía que no eras tan despistado después de todo. Nos vemos mañana."

Bufó graciosamente y con una sonrisa satisfecha y un leve sonrojo en sus mejillas, dejó el celular en su mesita de noche y se cubrió con la frazada dispuesto a dormir. O a intentarlo, obviamente.


Esta vez me demoré un poco mas en subir el cap. Gomen! Pero mi pc se ha rebelado y estoy casi segura que tengo que formatearla. Pero espero poder seguir actualizando con regularidad.

Muchisimas gracias por sus reviews^^ Me ponen muy contenta.

Estoy terminando mi primer one-shot. En muy poco tiempo lo subiré. Los invito a leerlo, obviamente los protagonistas son Ed y Roy!

Saludos!!