ADAPTACION Edward Cullen lleva una doble vida... por una parte es el alcohólico y gordo bufón del pueblo y por otra es el admirado Corsario... Isabella Swan desprecia a Edward por creerle un cobarde, pero adora al Corsario... casualidades del destino Isabella es obligada a casarse, y el afortunado no es otro que Edward...mientras ella sigue viéndose con el Corsario... conseguirá Edward que bella mire más allá de su apariencia y se de cuenta de quién es en realidad? SOY NUEVA

Holas antes quiero darle las gracias a eccaza y lalycullen2010 por ser las primeras en apoyar este proyecto no saben lo felz que me han hecho

Sin mas las dejo con la historia

-No sé por qué tengo que ir a esperarlo, justamente yo -adujo Isabella Swan por milésima vez, ante su hermana Rosalie-. Edward nunca ha representado nada para mí... al menos, nada bueno.

Rosalie ajustó los cordones del corsé de su hermana. Aunque era bastante bonita, en presencia de Isabella nadie se fijaba en ella, y lo mismo ocurría con todas las mujeres de la ciudad.

-Debes estar presente porque la familia Cullen siempre se ha comportado muy bien con nosotros. ¡Baja de ahí, Charlotte! -ordenó. dirigiéndose a la hermanita de cuatro años.

La casa de los Swan era apenas más que un cober tizo, de reducido espacio, al que sólo se dedicaba la aten ción que podían dedicarle dos mujeres con empleo de tiem po completo y con siete hermanos menores que atender. Estaba en el Iímite de la ciudad, oculta en una diminuta ensenada, sin vecinos cercanos... no porque a la familia le gustara vivir en el aislamiento, sino porque dieciocho años atrás, al llegar al mundo el quinto de los niños, tan esten tóreo y sucio como los anteriores, sin que la multiplicación pareciera tener fin, los vecinos habían dejado de construir en las proximidades.

-iJasper! -gritó Isabella al de nueve años, que balan ceaba tres gordas arañas frente a la cara de su hermanita.

-Quédate quieta, Bella -protestó Rosalie-. ¿Cómo quieres que te abroche este vestido si te sacudes así?.

-Es que no quiero que me lo abroches. En verdad, no veo ninguna necesidad de que yo vaya. No necesito limosnas de gente como Edward Cullen.

Rosalie soltó un sincero suspiro.

-No lo has visto desde que éramos niños. Tal vez haya cambiado.

-¡Ja! -bufó Bella, apartándose de su hermana para levantar a Seth, el bebé, que estaba tratando de comer alguna sustancia imposible de identificar, recogida del suelo. Una de las arañas de Jasper había ido a parar a su manita sucia y regordeta-. Cuando se es tan malo como Edward no se cambia. Hace diez años era un sabelotodo pomposo, y estoy segura de que no ha cambiado. Si Alice tenía que llamar a uno de sus hermanos para que la ayudara a librarse de ese hombre con quien cometió la estupidez de casarse, ¿por qué no llamó a uno de los mayores, a uno de los Cullen buenos?

-Creo que escribió a cada uno de ellos, pero Edward fue el que primero recibió la carta. Quédate quieta, que voy a desenredarte un poco el pelo.

Rosalie tomócon las manos la cabellera de su hermana, sin poder dominar cierta envidia. Otras mujeres pasa ban muchas horas tratando de hacer lo posible por su pelo. Isabella, en cambio, exponía el suyo al sol, al aire salitroso, al agua de mar y a su propio sudor; sin embargo lo tenía más hermoso que nadie. Era una densa masa caoba y suave que brillaba a la luz.

-Oh, Bella, si te esforzaras un poquito podrías tener a cualquier hombre...

La hermana la interrumpió:

-No empecemos otra vez, por favor. ¿Por qué no bus cas tú marido? Un marido rico, que nos mantenga a las dos y a todos los niños.

-¿Enesta ciudad? -resopló Rosalie-. ¿Una ciudad que tiene miedo de un solo hombre? ¿Una ciudad que se deja dominar por un tipo como James?

Isabella se levantó, apartando la cabellera de su cara. Había muy pocas mujeres que pudieran recogerse el pelo tan apretadamente y seguir siendo hermosas, pero ella lo conse guía.

-Si tú no quieres a ninguno de estos cobardes, yo tam poco. -Dejó otra vez en el suelo al pequeño Seth.- Pero al menos no cometo la tontería de confiar en un solo hom bre para que nos salve, sobre todo si ese hombre es Edward. Creo que todos vosotros recordáis a los Cullen como grupo, no como individuos. Estoy muy de acuerdo en que nunca existió un grupo de hombres más estupendo que Carlisle y sus dos hijos mayores; lloré tanto como cualquiera de vosotras cuando los muchachos se embarcaron... pero no cuando se fue Edward.

-Me parece que eres injusta, Isabella. ¿Qué te hizo Edward, en el nombre de Dios, para que le tengas tanta antipa tía? No puedes tener en cuenta las travesuras que hacía de muchacho. Si así fuera, a Jasper lo habrían ahorcado hace cuatro años.

-Es por su actitud. Siempre se creyó mucho mejor que cualquiera. Sus hermanos y su padre trabajaban con todo el mundo, pero Edward se consideraba muy por encima de los demás. Su familia era la más rica de la ciudad, pero sólo él lo tenía en cuenta.

-¿Estás hablando de las limosnas? ¿De la vez en que le arrojaste a la cara las langostas que nos traía? Nunca he po dido comprenderlo. iSi todos los de la ciudad nos daban cosas!

-¡Bueno, pues ahora no lo hacen! -le espetó Isabella, enojada-. Sí, me refiero a las limosnas, a vivir sin saber qué comeríamos al día siguiente, siempre sin tener nada, siempre necesitados. y papá, que volvía a casa cada nueve meses, justo a tiempo para dejar a mamá... -Hizo una pausa para calmarse.- Edward era el peor. ¡Qué aires se daba cada vez que nos traía un saco de cereal! ¡Con qué superioridad nos miraba! Cada vez que un bebé de nuestra familia se le acercaba, se sacudía los pantalones.

Rosalie sonrió.

-Pues era necesario sacudir los pantalones o las faldas, Bella, cada vez que se acerca a un bebé de nuestra familia. Me parece que eres injusta. Edward no era mejor ni peor que los otros de esa familia. Lo que ocurre es que sólo os lleváis dos años y, por lo tanto, tenías más afinidad con él.

-Pues preferiría tener afinidad con un tiburón.

Rosalie puso los ojos en blanco.

-Recuerda que ayudó a Paul para que lo emplearan como grumete en el Rubia Doncella.

-Habría -hecho cualquier cosa para tener un Swan menos en la ciudad. ¿Estás lista?

-Desde hace rato. Haré un trato contigo: si Edward resulta ser el vanidoso que tú dices, te amasaré tres paste les de manzana la semana que viene.

-Ganaré sin el menor esfuerzo. Arrogante como es, probablemente pretenda que le besemos la mano. Dicen que estuvo en Italia. Probablemente conoció al Papa y aprendió algunas cosas de él. ¿Usará ropa interior de encaje perfumado?

Rosalie no le prestó atención.

-Pero si gano yo -continuó-, tú tendrás que llevar vestido toda la semana y ser amable con el señor newton.

-¿Ese viejo con aliento a pescado? Oh, bueno, no im porta, porque de cualquier modo voy a ganar. Esta ciudad tendrá que verlo: cuando Edward está solo, sin sus her manos y su padre, es un crío perezoso, lleno de vanidad y condescendencia...

Se interrumpió porque Rosalie la empujaba hacia la calle.

-Y tú, Jasper, cuida a esos niños o te las verás con migo -amenazó la mayor, por sobre el hombro.

Cuando llegaron al muelle, Isabella iba ya a la rastra, enumerando todo lo que era preciso hacer: remendar las velas, reparar las redes de pesca...

-Bueno, Isabella -comentó Jessica , en cuanto las hermanas Swan pisaron el muelle-, veo que no soportaste la ansiedad de ver nuevamente a Edward.

Isabella vaciló entre el deseo de dar una bofetada a esa muchacha y el de abandonar el puerto. Jessica era la segun da entre las jóvenes bonitas de la ciudad y odiaba a Isabella por ser la primera. Por eso le encantaba recordar que ella, con sus dieciséis años, estaba en la flor de la edad, mientras que Bella podía considerarse una solterona de veintidós años.

Dedicó a jessica su más dulce sonrisa, dispuesta a decir le lo que de ella pensaba, pero Rosalie la tomó del brazo para apartarla.

-No quiero que hoy te líes en una riña. Quiero que los Cullen pasen bien el día sin que Carlisle tenga que sacarte del cepo. Buenos días, señora Goody -agregó, con dulzura-. Allí está el barco en donde viaja Edward.

Al ver la nave, Isabella quedó boquiabierta.

-¡Esa manga es muy estrecha! Estoy segura de que eso va contra los estatutos. ¿Lo habrá visto James? Proba blemente confiscará el barco. Y entonces ¿qué hará tu pre cioso Edward?

-No es mío. Si fuera de alguien, Jessica no lo estaría esperando aquí.

-Muy cierto -suspiró Bella-. ¿Verdad que le encan taría echar mano de los dos mil cuatrocientos metros de anclaje que tienen los Cullen? Oye, ¿qué miran todos hacia allí?

Rosalie se volvió en esa dirección. Un grupo de perso nas miraban algo, petrificadas y boquiabiertas. Empezaron a abrirse, pero sin pronunciar palabra.

Un hombre caminaba hacia las muchachas. Vestía una chaqueta de color amarillo canario, con un ancho borde de flores y hojas bordadas en el ruedo. La chaqueta cubría una panza enorme, y el sol se reflejaba en los múltiples colores del bordado de seda. Los pantalones que cubrían sus gordas piernas eran de color verde esmeralda; llevaba también una peluca entera cuyos rizosle cubrían los hombros. Caminaba por el muelle tambaleándose de vez en cuando, por evidente efecto de la bebida.

Los pobladores parecían tomarIo por otro funcionario enviado desde Inglaterra, pero Isabella lo reconoció de inme diato. Ni la obesidad ni la peluca podían disimular por com pleto esa imperiosa expresión de losCullen. Pese a los kilos en exceso aún se veían los pómulos que Edward había heredado de su abuelo.

Isabella se adelantó, meneando sus faldas para que todos la vieran. Siempre había tenido la seguridad de que Edward Cullen era una bazofia y allí estaba la prue ba. En eso se había convertido apenas escapado del mando paterno.

-Buenos días, Edward -dijo, en voz alta y riente-. Bienvenido al hogar. No has cambiado ni un poquito.

El se detuvo a mirarla, parpadeando, sin comprender. Tenía los ojos enrojecidos por el alcohol; se tambaleaba tanto que su acompañante, un hombre moreno y corpulento, tuvo que sostenerlo.

Isabella dio un paso atrás para mirarlo de pies a cabeza. Luego puso los brazos en jarras y se echó a reír. Momentos después, los de la ciudad comenzaban a imitarla.

No pudieron dejar de reír ni siquiera cuando Alice Cullen llegó corriendo al muelle. Al ver a su herma no se detuvo en seco.

-Hola, ali , tesoro -dijo Edward, con una sonrisa torcida.

Una vez más, el hombre de la camisa sucia tuvo que sujetarlo. Alice miró a su hermano, incrédula. La multitud dejó de reír.

Edward no dejaba de sonreír, pero la boca de la mujer se iba abriendo más y más. Por fin se echó el delantal sobre la cara y rompió a llorar. Huyó a toda carrera de los muelles, con los talones asomando por debajo de sus faldas y los sollozos arrebatados por el viento.

Ante eso, la multitud quedó en sosiego. Todos echaron una mirada despectiva a Edward, con su vistosa chaqueta, y comenzaron a retomar sus trabajos. En el viento resonaban las palabras:

-Pobre Carlisle...

-¡Y los hermanos, tan buena gente!

A los pocos minutos sólo quedaban cuatro personas en el muelle: Isabella, que disfrutaba sumamente de todo aque llo, pues había dicho a todos que Edward no servía de nada; Rosalie, con el ceño fruncido; el aturdido Edward y el hombre corpulento de la camisa sucia.

Isabella se limitaba a sonreír triunfalmente, mientras Edward trataba de despejarse. Por fin se volvió a mirarla.

-Todo esto es culpa tuya -susurró.

Bella ensanchó su sonrisa.

-Oh, no, Edward. La culpa es tuya, por mostrar al fin tu verdadera personalidad. Los engañaste a todos por muchos años, pero a mí no. Oh, te agradecería que me dieras la dirección de tu sastre. -Se volvió hacia su her mana.- ¿No te encantaría tener una enagua de ese color?

Rosalie la miró bizqueando.

-Basta ya, Isabella.

Bella dilató los ojos con aire inocente.

-No sé de qué estás hablando. No hago más que admi rar sus ropas... y su peluca. Hace años que nadie usa peluca aquí, en Forks. -Dedicó al viajero la más dulce de sus sonrisas.- Oh, caramba, te estoy demorando cuando debes de estar hambriento. -Miró malignamente aquel vientre enorme.- Una cosa como ésa ha de requerir un esfuerzo constante.

Edward quiso arrojarse contra ella, pero Emmet se lo impidió.

-Buen Dios -se burló Isabella-. El lechoncito tiene garras.

-Ya me pagarás por esto, Isabella Swan –aseguró Edward, por lo bajo.

-¿Con qué? ¿Con tortas de crema?

Rosalie se interpuso antes de que Edward pudiera decir una palabra más.

-Bueno, Edward, es hora de que vuelvas a tu casa. A ver, tú -ordenó, dirigiéndose a Emmet-, encárgate de traer su equipaje. Una vez que estemos en la casa, te ocupa rás de atender a tu amo. Y tú, Isabella, vé a buscar algo para la cena.

-Sí, señorita -dijo Bella-. No sabes cómo me alegro de no ser pariente de los Cullen. Puedo alimentar a seis o siete niños, pero a eso... -y miró la enorme panza de Edward.

-¡Vete! -ordenó Rosalie.

Isabella abandonó el muelle, silbando alegremente y hablando de los pasteles que comería esa semana. Rosalie tomó a Edward del brazo, sin mencionar el hecho de que estaba obviamente ebrio y no podía caminar sin ayuda. El supuesto sirviente de Edward permaneció en el muelle.

-¿Cómo se llama? -preguntó la muchacha a Edward.

-Emmet -dijo el joven, con los dientes apretados. El enojo enrojecía su cara y hacía más negros sus ojos.

Rosalie se detuvo, siempre sujetando el brazo de Edward.

-Haz lo que te digo, Emmet. Trae las pertenencias de tu amo y acompáñame. y hazlo ahora mismo.

Emmet esperó un momento. Después miró a Rosalie de pies a cabeza, lascivo. Sonriendo apenas, se inclinó para recoger el pequeño bolso con ropas prestadas por su primo.

-Sí, señorita -dijo con suavidad, mientras echaba a andar tras ellos, contemplando el vaivén de las faldas.

-Ciento veinte kilos, cuanto menos -reía Isabella, sen tada a la cabecera de la mesa. Rosalie ocupaba el otro extre mo. Entre ambas se habían sentado siete pequeños Swan, de distintos tamaños y edades y con diversos grados de suciedad. Cada uno tenía un cuenco de madera, lleno de humeante guiso de pescado, y una cuchara de madera. Eran utensilios preciosos, tratados con tanta delicadeza como si se tratara de plata fina. El guiso era muy sencillo, sin nin gún condimento: sólo pescado hervido por largo rato. Ya se habían acabado las pocas hortalizas restantes del verano y la nueva huerta aún no rendía frutos.

-¿Qué dijo Carlisle? -preguntó Isabella, siempre riendo.

Rosalie la fulminó con la mirada. Llevaba cuatro años trabajando en casa de los Cullen; al morir la madre de Edward, dos años atrás, se había hecho cargo de la dirección doméstica. Alice, la mayor de los hijos, se había quedado solterona, ya por su corpulencia o por sus aires dominantes; aunque era ella quien estaba al mando de la enorme casa y encargada de cuidar al padre inválido, lo había olvidado todo al llegar el nuevo funcionario de aduanas, James. Naturalmente, media ciudad trató de explicarle que el inglés sólo la cortejaba por el dinero de su padre, pero Alice, arrogante, se negó a escuchar. A las dos semanas de casada comprendió que la gente tenía razón; ahora cargaba con el remordimiento de saberse responsable por muchos de los problemas de Forks. Entregó el manejo de la casa a Rosalie y se encerró en su cuarto, donde ahora pasaba la mayor parte de sus horas, bordando una labor tras otra. Si no podía curar la enfermedad que había provocado, al me nos quería disociarse de ella por completo.

-Me parece que no es momento para hablar de eso.

-Rosalie echó una mirada expresiva a los niños, que estudiaban atentamente sus platos de guiso; en realidad, escu chaban con tanta atención que casi se les veía mover las orejas.

-El señor Cullen dice que su esposa siempre malcrió al menor y que él le había anunciado algo así -in tervino Jasper-. Creo que se refería a la ropa del señor Edward y a lo gordo que está. La señorita Alice lloró muchísimo. ¿Quién es ese tal Emmet, Rosalie?

La mayor fulminó con la mirada al joven Swan.

-Jasper, ¿cuántas veces te he dicho que no debes entrometerte en las conversaciones de los mayores? ¿y que no escuches detrás de las puertas? Además, te había encar gado cuidar a Charlotte.

-Yo también fui -aclaró la pequeña-. Nos escondimos en el...

Jasper le tapó la boca.

-iSi yo la estaba cuidando! Pero quería enterarme. ¿Y quién es ese Emmet?

-El sirviente de Edward, supongo -dijo Rosalie-. Y no trates de cambiar el tema. Te he dicho mil veces...

-¿No hay pastel de manzana en esta casa? -pregun tó Isabella-. No quiero oír una palabra más sobre Edward Cullen. Es una ballena vieja que se ha quedado varada y por fin muestra la hilacha. Mañana, jasper, quiero que vayas a la ensenada con una bolsa y recojas algunas langostas.

-¡Otra vez! -gruñó él.

-Tú, Eric -continuó la muchacha, dirigiéndose al de doce años-, irás a ver si ya han madurado las zarzamoras; lleva contigo a Sam. Tyler y jared, tendréis que venir maña na conmigo; haremos una recorrida por la costa juntando leña.

-¿Leña? -se extrañó Rosalie-. ¿Te parece que el Mary Catherine puede cargar tanto peso?

Isabella irguió la espalda, como siempre que alguien hacía comentarios sobre su barco. La embarcación no era gran cosa; tal vez Jahleel Simpson tenía razón cuando decía: 'El Mary Catherine puede flotar, pero es obvio que no le gusta. De cualquier modo era su barco, única herencia que le dejara su padre, aparte de varias bocas que alimentar, y ella estaba orgullosa de tenerlo.

-Puede. Además, necesitamos dinero. Alguien tendrá que pagar tantas manzanas.

Rosalie bajó la vista a su cuenco, en donde había aho ra una porción de pastel de manzanas. A veces 'tomaba prestadas' algunas provisiones de la cocina de Carlisle Cullen. Lo hacía rara vez, siempre en pequeñas cantidades, e invariablemente las devolvía en cuanto le era posible, pero aun así se sentía culpable. Sin duda alguna, Carlisle o Alice le habrían dicho que tomara todo lo necesario si hubieran pensado en eso. Pero Carlisle estaba demasiado ocupado en compadecerse de sí mismo, como Alice lo estaba en llorar por los males que acarreaba sobre sus vecinos, y ninguno de los dos tenía en cuenta a los demás.

Seth, el de dos años, decidió envolver la cuchara pegajosa en el pelo de molly y tiró con todas sus fuerzas. Eso puso fin a cualquier conversación adulta.

A la mañana siguiente, Edward despertó con la mandíbula dolorida por tanto apretar los dientes durante la noche. El enojo le duraba hasta dormido. El día anterior había sufrido lo que le parecía insoportable. Después de desembarcar, preocupado por la posibilidad de que volviera a sangrarle la herida, viendo el muelle rodeado de soldados ingleses a lomos de caballos espumajosos, obviamente a la busca de alguien, tener que enfrentarse a esa malcriada de Isabella Swan, que se reía abiertamente de él. ¡Con qué facilidad se habían convencido sus vecinos de que él era un cobarde como la muchacha afirmaba! ¡Con cuánta celeridad se habían olvidado de lo que él había sido!

Al llegar a casa de su padre, la noticia ya se había esparcido. Alice tenía la cabeza apoyada en la cama de su padre y lloraba ruidosamente. Carlisle se limitó a echar un vistazo a su hijo y le hizo señas de que se retirara, como si el ver así al menor de sus vástagos lo disgustara al punto de dejarlo sin palabras.

Edward estaba muy débil por la pérdida de sangre y tan furioso por lo ocurrido en el muelle que ni siquiera intentó defenderse. Siguió a Emmet hasta su propio cuarto y se dejó caer en la cama.

Ni siquiera lo animó el ver a Emmet Ivanovitch, duque de Rusia, cargando con su equipaje. Cayó en un sueño liviano, en el que se imaginó estrangulando a Isabella Swan; pero en otra parte del sueño le hacía el amor como un loco. ¿Cuándo se había vuelto tan hermosa? El espanto de verse tentado por una mujer bonita no lo dejaba en paz.

Y ahora, con la cabeza dolorida y el hombro palpitante, seguía tendido en la cama, mirando el techo. Una parte de su cerebro, la única que no había sido invadida por la furia, comenzaba a funcionar. Tal vez era mejor que todos se hubieran tragado su disfraz. El ya había visto lo que pasaba en Olimpia y el modo en que los soldados gobernaban la ciudad. Había oído hablar de las atrocidades cometidas contra los americanos, a los que se trataba como a niños malos. También había visto los precios de mercan cías que en Inglaterra se vendían por la mitad de ese valor... aunque eran productos de América.

Quizás en Forks también ocurrían ese tipo de cosas.

Su primera idea, al despertar, había sido llamar a Alice para mostrarle la herida y revelarle su identidad del Corsario. Sabía que su hermana lo ayudaría hasta que se recuperara y lo protegería de la cólera británica. Además, le habría gustado verle la cara cuando se enterara de que él no era un gordo alcohólico. Pero ahora comprendía que con eso podía ponerla en peligro.

Emmet, soñoliento, entró en el cuarto y se dejó caer en una silla.

-Esa mujer me hizo levantar antes del amanecer para que cortara leña -dijo, mohíno y con cierta extrañeza en la voz-. Sólo gracias a que he observado atentamente a mis propios peones tuve alguna idea de lo que debía hacer. Sin embargo, esa mujer no tolera la menor vacilación.

-¿Isabella? -preguntó Edward, con aire bastante burlón. El solo pensar en ella le despertaba muchas ganas de aferrarla por el cuello.

-No, la otra. Rosalie. -Emmet dejó pender la cabeza entre las manos.

Edward había visto los cambios de humor de su amigo y sabía que lo mejor era no permitirle autocompadecerse. Lo gró incorporarse. La sábana, al caer, dejó al descubierto el vendaje que rodeaba sus hombros fuertes y anchos.

-Creo que no debo revelar a nadie mi verdadero aspec to -comenzó-. Lo mejor será seguir usando estas ropas llamativas hasta que se me cicatrice el hombro y haya pasado el interés por el Corsario. ¿Podrías prestarme un criado? Alguien discreto, que no tema al peligro.

Emmet levantó ásperamente la cabeza.

-Todos mis hombres son rusos y los rusos no tememos a nadie. ¿Piensas volver a presentarte como Corsario?

-Tal vez.

En realidad, Edward sólo pensaba en ajustar cuentas con Isabella por haberse reído de él. Se imaginaba vestido de ne gro, trepando hasta la ventana de la muchacha para atarle las blancas manos a los postes de la cama y...

-¿Me estás escuchando? -acusó Emmet-. No conozco gente más insolente que tus americanos. Debería zarpar ahora mismo hacia mi patria, antes de conocer a uno solo más. Pero este asunto del Corsario me entusiasma. Enviaré mi barco al sur, en busca de más prendas de mi primo y una peluca nueva.

-Dejándome a uno de esos criados de los que abusas, supongo.

-No -repuso Emmet, pensativo-. Este juego me divier te. Me quedaré, desempeñando el papel de sirviente tuyo, y guardaré tu secreto. -Entrecerró los ojos.- y haré que esa Rosalie Swan lamente haber dicho de mí las cosas que dijo esta mañana.

-Trato hecho -aceptó Edward-. Seguiremos juntos. Yo seré el más delicado de los jóvenes americanos. Y tú enseña rás a trabajar a nuestro pueblo.

Eso hizo que Emmet frunciera el ceño.

-Si alguien me manda trabajar en los campos, renunciaré. ¡Ah, pero qué cosas podré contar a mi familia!

-Espero que tu familia te dé más crédito que a mí la mía. ¿Empezamos a luchar con esta ropa? Comienzo a odiar esa peluca.

Gracias por leer y si me quieres hacer a alguien muy feliz deja un review

Besos y abrazos