ADAPTACION Edward Cullen lleva una doble vida... por una parte es el alcohólico y gordo bufón del pueblo y por otra es el admirado Corsario... Isabella Swan desprecia a Edward por creerle un cobarde, pero adora al Corsario... casualidades del destino Isabella es obligada a casarse, y el afortunado no es otro que Edward...mientras ella sigue viéndose con el Corsario... conseguirá Edward que bella mire más allá de su apariencia y se de cuenta de quién es en realidad? SOY NUEVA

hola de nuevo se que es pronto pero les dejo este capi porque no podre actualizar hasta el proximo fin de semana gracias a todas aquellas que leen la historia espero que les guste

Edward se tomó bastante tiempo para vestirse. Después de revisar la herida, Emmet le ayudó a acolcharse los mus los hasta rellenar los pantalones de satén; aplicaron capas y más capas de tela a su cintura, hasta que su vientre sobresa lió casi treinta centímetros, y por fin cubrieron su pelo cobrizo con la gran peluca empolvada. Cuando hubieron terminado, llevaba encima tanto bulto que la frente se le estaba cubriendo de sudor.

-No sé si esta gente vale la pena -comentó el joven, amargado.

-Es tu gente -adujo Emmet, encogiéndose de hombros.

-Pero se ha vuelto contra mÍ.

Edward imaginó a Isabella Swan, riéndose de él en el muelle. Si ella no hubiera estado allí, tal vez la gente de la ciudad no habría creído con tanta facilidad en su disfraz.

A las once en punto entró en el salón de la casa. Allí le esperaba mucha gente. Aunque fingían tener cosas que hacer en casa de los Cullen, Edward se dio cuenta, por la forma en que lo miraban, de que aguardaban sólo por ver lo. Por un momento contuvo el aliento, seguro de que alguien se echaría a reír y le diría que se quitara el disfraz, puesto que estaba en su casa y entre amigos.

Uno a uno, todos bajaron la vista a las copas que tenían en la mano.

Edward echó un vistazo a Rosalie, que dirigía a las dos mujeres encargadas de cocinar en el hogar abierto. El salón era una combinación de cocina, sala y cuarto de reuniones. Puesto que la familia Cullen era dueña de la mayor parte de Forks, también la mayor parte de los nego cios corrían por su cuenta. Durante el día, casi todos los vecinos de la ciudad se presentaban en ese salón por un motivo u otro. Carlisle Cullen siempre había cuidado de que hubiera alimentos y bebida preparados para todos cuantos llegaban a la casa.

En un rincón había dos hombres sentados en el extremo de una de las dos mesas largas, uno de ellos empezó a hablar en voz bastante alta.

-Mi yerno cultivó personalmente ese trigo, pero antes de que yo pudiera llevarlo a España tuve que detenerme en Inglaterra y descargarlo para su inspección.

-Y a mí me obligaron a llevar a Inglaterra el cacao de Brasil antes de desembarcarlo en Boston.

Los hombres miraban a Edward por sobre el borde de las copas, pero el joven fingía no oír. Si no se molesta ban en dirigirle directamente la palabra, ¿por qué demostrarles interés? ¿Y qué podía hacer él con esa ley inglesa? Al parecer, ellos aún vivían en los tiempos medievales, donde el señor feudal podía presentar sus quejas perso nalmente ante el rey.

-Y yo perdí mi barco por sesenta libras -dijo Billy Black.

Edward contempló el enorme plato de comida que Rosalie había puesto ante él. Era como un único especta dor ante una obra que ya había visto. Mientras comía escu chó el relato de Billy. Sin duda, su vecino lo había contado ya mil veces, pero los presentes lo repetían todo en beneficio de Edward.

Entre todos, describieron el bello barco de Billy, que tan orgulloso estaba de él. Pero el hombre había disgustado a James por una parcela de terreno que se negaba a vender al inglés. James aseguró que Billy tenía la bodega llena de pintura verde, artículo de contrabando. Como al secuestrar el barco de Billy no halló pintura alguna, se presentó en su casa con diez o doce soldados para inspeccionarla en medio de la noche. En el curso de esa "inspección" se destruyó un sótano lleno de provi siones, la ropa de cama fue desgarrada, los muebles destrozados y sus hijas, aterrorizadas. Billy trató de recobrar su barco, pero se le dijo que debía pagar una fianza de sesenta libras. Como todo su dinero estaba invertido en la fianza que debía pagar a James cada vez que zarpaba desde Forks, no podía abonar sesenta libras más. Sus amigos reunieron ese dinero, pero al propietario le correspondía presentar las pruebas de su inocencia. El decía que nunca había tenido pintura verde a bordo; el inglés decía que sí. Presentaron el caso ante la Corte Colonial del Almirantazgo (a cargo de un juez, no de un jurado) y el barco fue entregado a la aduana, puesto que Billy no podía probar la inexistencia de la pintura.

Edward pronto olvidó sus propias angustias al contemplar a Billy, que había sido aniquilado con toda legalidad por un inglés codicioso. James quería las tierras de Billy; no sólo había conseguido esa parcela, sino todo cuanto perteneciera antes a la familia Black.

Edward mantenía la cabeza gacha y la mirada fija en la comida para disimular la furia que hervía en él. Si quería mantener su disfraz no podía dejarles entrever el efecto que le provocaban esos relatos. Sentía que todas las miradas estaban fijasen él, tratando de comprobar si seguía siendo el hombre de antes. Eran como niños, convencidos de que quien llevara el apellido Cullen podría solucionar sus problemas y hacer que todo volviera a estar bien.

Edward se salvó de revelar sus sensaciones al abrirse la puerta, dando paso a Isabella Swan, que traía un par de grandes cestos llenos de ostras.

La muchacha echó un solo vistazo a los presentes, que permanecían muy quietos, como si esperaran el esta llido de una tormenta, y comprendió de inmediato lo que pasaba.

-¿Todavía conserváis las esperanzas? -rió, paseando la vista entre los hombres-. ¿Todavía pensáis que este Cullen os va a ayudar? Dios sólo hizo a tres Cullen: Carlisle, Anthony y Eleazar. Este no merece el apellido. Toma, Rosalie -agregó, entregando los cestos a su herma na-. Parece que te harán falta, si este desfile se mantiene por todo el día. -Echó a Edward una mirada burlona, aunque él no había levantado los ojos del plato.- Con ése aquí, todo el mundo tiene bastante que mirar.

Muy lentamente, Edward levantó la cabeza. Trató de disimular su cólera, pero lo consiguió sólo en parte.

-Buenos días, señorita Isabella -saludó, en voz baja-. ¿Usted vende ostras? ¿No tiene marido que la mantenga?

Los hombres sentados a la mesa empezaron a reír entre dientes. Siendo Isabella tan bonita, no había uno solo entre los presentes que no hubieran tenido algún tipo de contacto con ella. Algunos le habían propuesto casamiento al morir sus esposas, agotadas por la procreación; otros tenían un hijo que aspiraba a su mano; la mayoría soñaba, simplemente, con poseerla. Pero allí había un hombre dispuesto a insinuar que nadie la quería.

-Puedo mantenerme sola -aseguró Isabella, irguiéndose en toda su estatura-. No quiero tener a un hombre que me diga qué hacer y cómo hacerlo.

-Comprendo. -La miró de arriba abajo. Bella había descubierto, tiempo antes que no podía pilotar su pequeño barco si usaba faldas largas; por eso había adaptado para su uso las prendas de cualquier marinero. Usaba botas altas bajo los pantalones abolsados, que le llegaban a la rodilla, y completaba el atuendo con una blusa holgada y un chaleco sin botones. Vestía como casi todos los hombres de Forks, aunque su cintura era muy estrecha y debía ajustar mucho el cinturón para sostener los pantalones.

-Dígame usted -continuó Edward, serenamente-: ¿aún quiere la dirección de mi sastre?

Los hombres rieron con más expresividad de la que el chiste merecía. Muchos de ellos habían observado el bam bolear de las caderas cuando Isabella caminaba por el muelle. Hasta con ropas masculinas tenía todas las curvas que una mujer puede desear.

Rosalie intervino antes de que brotara otra pulla.

-Gracias por las ostras. ¿Podrías traemos un poco de arenque por la tarde?

Su hermana asintió sin decir palabra, aún furiosa contra Edward por haber hecho que se rieran de ella. Lo fulmi nó con la mirada, sin molestarse en saludar a los que disfrutaban con su humillación, y salió de la casa sin volver la cabeza.

Rosalie retiró el plato de Edward, aun medio lleno, y le clavó una mirada dura, aunque sin decir nada. Después de todo, él era el hijo del patrón. En cambio se volvió hacia Emmet, que holgazaneaba ante la puerta.

-Lleva esto a los cerdos. ¡Y date prisa!

Emmet abrió la boca para decir algo, pero la cerró, chispeante los ojos.

-Sí, señorita -dijo-. Yo no soy de los que contradicen a las mujeres.

Ante eso estallaron nuevas carcajadas. Por un momento, Edward volvió a sentirse parte de la ciudad y no un descono cido.

Pero las risas cesaron un momento después, cuando Edward se puso de pie... mejor dicho, cuando intentó hacerlo. No estaba acostumbrado a la protuberancia del vientre y chocó contra la esquina de la mesa. Al mismo tiempo giró el hombro, forzando la carne de la herida a medio cerrar. Entre el dolor y la confusión, tardó un momento en desem barazarse del asiento.

Para él, la escena fue casi divertida. Para sus vecinos era patética.

Al levantar la vista, Edward vio piedad en todos los ojos. Salió del salón apartando la cara para disimular su enojo. Era hora de presentarse ante James.

Estaba justo donde Edward había supuesto: en el despacho que los Cullen usaban desde hacía tres genera ciones. Era un hombre bajo y fornido, calvo ya hasta la mitad de la cabeza. Edward no pudo verle la cara,- porque estaba concentrado en los libros contables abiertos sobre el escritorio. Antes de que James levantara la vista, el joven tuvo tiempo de estudiar la habitación. Vio que los dos retratos de sus antepasados habían sido retirados de las paredes. Cierto armario que había pertenecido a su madre estaba provisto de un fuerte candado. Al parecer, el hom bre se había instalado allí con intenciones de quedarse.

-¡Ejem! -carraspeó Edward.

James levantó la vista.

La primera impresión de Edward fue de ojos penetrantes: grandes, fuertes, relumbrantes como diamantes negros. "Este hombre es capaz de cualquier cosa", pensó el joven: "de lo bueno y de lo malo."

James miró a su cuñado de arriba abajo, sopesándolo con su dura mirada, como si tratara de recordar qué le habían contado de él y lo comparara con lo que tenía ante sí.

Edward se dijo que, si deseaba engañar a ese hombre, tendría que esforzarse mucho. Extrajo un pañuelo de seda blanca con bordes de encaje.

-¡Qué calor hace hoy! ¿Verdad? Me estoy desmayan do. -y entró con pasitos cortos, dejando que sus caderas lo llevaran hacia la ventana. Se recostó contra el marco, secándose delicadamente la transpiración del cuello.

James, reclinado en su silla, lo estudiaba en silencio.

Edward miró por la ventana, con los ojos entrecerrados en un gesto de pereza. Emmet estaba arrojando comida a los pollos, pero lo hacía de tal modo que la brisa se llevaba la mitad de las semillas. Rosalie corrió hacia él, con el delantal al vuelo, y dos de sus hermanitos pegados a sus talones.

El joven se volvió hacia el -intruso.

-Tengo entendido que eres mi flamante cuñado.

James se tomó un momento para contestar.

-En efecto.

Edward se apartó de la ventana para sentarse remilgadamente, cruzando la piernas hasta donde se lo permitía el acolchado de piernas y cintura.

-¿Y qué es eso de que estás robando al pueblo de Forks?

Dejó pasar un instante antes de levantar la vista. Los ojos de ese hombre reflejaban su alma. Casi se le veía hacer cálculos mentales.

-No hago nada ilegal. -La voz de James sonaba contenida.

Edward retiró una imaginaria pelusa de sus puños de encaje.

-Me encanta el encaje fino -comentó, melancólico-. Supongo que te casaste con mi hermana, la solterona, para tener acceso a los dos mil cuatrocientos metros de muelle que poseemos los Cullen.

James no respondió, pero sus ojos centelleaban y su mano se movió hacia un cajón. Edward se preguntó si guar daría allí una pistola.

Con su voz más fatigada, prosiguió:

-Quizá nos convenga tratar de entendemos mutuamente. Te diré: nunca he estado a gusto entre los Cullen. Mi familia es un montón de patanes agresivos y vocingleros. Yo prefiero la música, la cultura y el arte del buen comer antes que estar en la cubierta de un barco que se menea, lanzando improperios a una manada de marineros malolientes. -Fingió un leve estremecimiento.- Pero mi padre decidió "hacer de mí un hombre" según sus propias palabras, y me alejó de casa. El dinero que me dio se fue tan pronto que me vi obligado a regresar.

Sonrió, pero el otro no decía nada.

-Si yo fuera uno de mis hermanos, creo que tendría todo el derecho de expulsarte de este despacho. –Señaló con la cabeza el armario cerrado.- Supongo que eso está lleno de documentos; tal vez hasta contenga algunas escrituras de propiedad. y hasta adivino que usaste fondos de los Cullen para comprar los bienes que posees; por lo tanto, legalmente esos bienes son de los Cullen.

Los ojos de James eran como dos ascuas. Parecía a punto de saltar.

-Hagamos un trato. Yo no tengo ningún deseo de pasarme la vida en este cuarto, manejando papeles, ni con finado en un barco, obligado a cumplir actos heroicos como los que realizan mis hermanos por pura rutina. Si tú te comprometes a no vender ninguna parte de nuestras tierras (porque nosotros jamás vendemos tierras) y a pagar me... el veinticinco por ciento de tus ganancias, digamos, yo no me entrometeré en tus actividades.

James quedó boquiabierto. Sus ojos pasaron de peli grosos a desconfiados.

-¿Por qué? -fue todo lo que dijo.

-¿Y por qué no? No veo la necesidad de esforzarme por la gente de esta ciudad. Mi propia hermana no se ha molestado en darme la bienvenida, sólo porque no respondo al ideal de todo Cullen. Además, es más fácil dejar que tú trabajes y limitarme a recibir parte de las utilidades.

Su cuñado empezaba a relajarse. La mano se apartó del cajón, pero aún había cautela en sus ojos.

-¿Por qué volviste? -preguntó.

Edward dejó escapar una risa.

-Querido amigo, volví porque todos esperaban que me encargara de ti.

James estuvo casi a punto de sonreír y se tranquilizó un poco más.

-Quizá podamos trabajar juntos.

-Oh, sí, creo que sí.

Edward comenzó a conversar de una manera perezosa, como para dar la impresión de que no se interesaba mucho por nada. Necesitaba saber hasta qué punto estaba endeuda do el patrimonio de los Cullen por los actos de ese hombre y, si era posible, cuáles eran sus planes. El hecho de ser funcionario de aduanas le otorgaba mucho poder; quedaba librado a su integridad el que abusara o no de él.

Mientras el joven trataba de obtener esa información, vio aparecer una cabeza en la parte alta de la ventana; era la cara invertida de uno de los Swan. Desapareció casi inmediatamente, pero Edward comprendió que el pequeño había estado escuchando. Entonces saludó a James con un leve bamboleo de la mano.

-Ya estoy cansado. Más tarde seguiremos conversando, pero creo que ahora voy a dar un paseo y después dor miré hasta la hora de cenar.

Bostezó detrás del pañuelo y se retiró sin decir una palabra más.

-Si llego a echar mano de ese niño -murmuró por lo bajo-, le ataré las orejas al cuello.

No podía apretar el paso para no arruinar su imagen ante quienes pudieran verlo. y no era fácil apresurarse sin echar a perder su aire lánguido. Tenía que alcanzar a esa criatura y averiguar qué había oído.

Una vez fuera se detuvo, tratando de adivinar hacia dónde corría el niño si se lo sorprendía haciendo lo que no debía. Recordó que, siendo niño, había escapado muchas veces al bosque.

Siguió un viejo sendero indio hacia el interior silencioso y oscuro del bosque que crecía detrás de su casa. Unos ochocientos metros más allá había un barranco que descendía hasta una pequeña playa rocosa, llamada Ensenada Farrier. Hacia allí se encaminó.

Descendió ágilmente por el barranco y se encontró cara a cara con el niño a quien había visto escuchando. Estaba con Isabella.

-Puedes irte, Jasper -indicó ella, altanera, con los ojos clavados en Edward. En ellos se reflejaba todo su odio.

-Pero Bella, todavía no te conté...

-¡Jasper! -exclamó ella, ásperamente.

El niño trepó por el barranco. Se oyó el ruido de sus pasos al retroceder.

Edward no dijo una palabra. Quería averiguar cuánto había informado el muchacho.

-Y bien: ahora sabemos por qué volviste a Forks. Esos pobres tontos pensaban que ibas a ayudar, pero con el veinticinco por ciento podrás llenarte de encajes, ¿verdad?

Edward trató de que su cara no revelara sus emociones. Al parecer, ese crío lo había contado todo. ¡Y qué memoria sorprendente, para no mencionar la agudeza de su oído! Se volvió de espaldas para que Bella no le viera el rostro. Debía hallar el modo de impedirle hablar. Si todo eso llegaba a oídos del pueblo o... Pensó en su padre, que ya estaba inválido. Ese golpe podía matarlo.

Cuando se volvió hacia ella estaba sonriente.

-¿Cuánto me cobrarás por no abrir la boca?

-No me vendo por dinero.

El la recorrió de pies a cabeza con una mirada burlona. Después se llevó el pañuelo a la nariz, como para evitar el hedor a pescado de sus ropas.

-Ya me doy cuenta.

Bella avanzó hacia él. Edward era más alto, pero la postura encorvada que mantenía lo reducía a la estatura de la mu chacha.

-No hay palabras lo bastante bajas para aplicarte. Eres capaz de aceptar dinero de un hombre que arruina a tus vecinos, y sólo para seguir comprándote ropa de seda.

En ese momento Edward olvidó las cuentas que debía ajustar con ella, sólo tuvo conciencia del fuego que ardía en aquellos ojos, en los pechos que palpitaban tan cerca de su torso. Ella empezó a gritarle insultos como nunca los había oído en boca de una mujer, pero él no escuchó una palabra. Los labios de Bella llegaron a estar muy cerca de los suyos. La muchacha se detuvo abruptamente y retrocedió. Edward respiraba casi jadeando.

Isabella irguió la espalda y lo miró parpadeando, como si estuviera confundida.

Edward se recobró. Echó una mirada nostálgica al mar, con ganas de arrojarse al agua, que podía enfriarle el ánimo.

-¿Y a quién piensas contar todo esto? -preguntó, por fin, sin mirarla. Se sentía demasiado a solas con ella y ya no confiaba en mismo.

-Los habitantes de Forks tienen miedo de James porque representa al rey... para no mencionar a la Marina Inglesa. Pero a ti no te temen. Si supieran lo que jasper oyó esta mañana, te emplumarían antes de ahorcarte. Jamás te perdonarían la vida. Quieren alguien a quien culpar por lo de Billy.

-¿Y qué vas a hacer con tu información?

-Tu padre moriría si se enterara.

Bella contempló la playa rocosa. A poca distancia había un cesto medio lleno de almejas. Obviamente ella había estado buscándolas en la arena.

-Quizá yo pueda facilitarte esa decisión.

Edward trató de mantener su aire desenvuelto y de disimular el enérgico deseo que le corría por el cuerpo.

-Si cuentas esto a otras personas -amenazó-, aunque sólo sea a tu hermana, tu familia pagará las consecuencias. Ahora tenéis un techo y algo que comer-. Se estudió las uñas.- Y todos tus críos están vivos y sanos.

La miró de frente. Algo se le apretó en el pecho al comprobar que ella creía en sus amenazas. Esa gente lo conocía desde su nacimiento. ¿Nadie era capaz de levantarse a decir que Edward Cullen no era capaz de semejante cosa?

-¿Se... serías capaz?

Edward se limitó a mirarla sin hacer comentarios.

-Comparado contigo, James parece un ángel del Señor. Al menos él actúa en parte para beneficiar a su país. Tú sólo lo haces por codicia.

Giró sobre sus talones como para dejarlo solo, pero un impulso la obligó a volverse para darle una bofetada en pleno rostro. La peluca despidió una nube de polvo.

Edward había visto llegar el golpe, pero no hizo nada por impedirlo. Quien hubiera oído lo de aquella mañana tenía derecho a abofetear a la causa de sus dolores. Hundió las manos en el acolchado de sus muslos para no estrecharla entre sus brazos y darle un beso.

-Te compadezco -susurró ella-. Me compadezco de todos nosotros.

Y se alejó de él, muy recto su bello cuerpo, para trepar hacia el bosque.

Gracias por sus reviews me alegra saber que la historia es de su agrado

besos y abrazos