Ni los personajes ni la historia son mios, pertencen a Stephanie Meyer y esta historia esta basada en un libro que lei hace tiempo :) Saludossss espero que les guste :)


Capítulo 1

Esa noche era la noche.

Por encima de todas las cosas, lo que Bella Swan ansiaba era dormir apaciblemente y sin interrupciones durante toda la noche. Lo necesitaba para olvidar, siquiera durante un rato, que un mes atrás había muerto el mejor amigo que tenía en el mundo. Necesitaba dormir para calmar el dolor del corazón y el de la cabeza. Necesitaba fingir que todo se resolvería a su debido tiempo, que no siempre sería blanco para el desprecio y el disgusto. Lo necesitaba para mantener la mente bien clara por la mañana, sobre todo desde que había heredado una buena participación en el instituto de belleza.

Le habían dicho que su sonrisa abría puertas y su cuerpo inducía a los hombres a vaciar los bolsillos y abrirse la bragueta. Bella, hija de un predicador apocalíptico y de una muchacha que había ganado más concursos de camiseta mojada que todas las chicas de Los vigilantes de la playa juntas, tenía grandes ejemplos a seguir… o a rehuir, según el punto de vista. Como sabía que no era buena candidata al matrimonio ni a la maternidad, le resultaba fácil concentrarse en su carrera. Sin embargo, aún no estaba acostumbrada a la nueva responsabilidad que Jacob «Dinero» Black le había legado.

Bella habría cambiado por una simple noche de sueño sus pertenencias más preciosas: zapatos exclusivos, un cóctel de champán perfectamente preparado y quizá hasta sus reservas secretas de M&M's. Habría ofrecido hasta su cuerpo, de no ser porque el pobre estaba demasiado exhausto para otra cosa que no fuera fundirse íntimamente con el colchón.

—No es mucho pedir, ¿verdad? —murmuró a los dioses del sueño, mientras daba la vuelta a la almohada para hundir la mejilla contra el fresco algodón egipcio. El colchón tenía el grado de firmeza perfecto; no se parecía en nada al catre del asilo para desamparados donde había dormido algunos años atrás. Y el edredón ofrecía el peso y el abrigo exactos para facilitarle el viaje a Sueñolandia.

Un decorador de interiores había amueblado su boudoir de modo que fuera un santuario de paz contra el cruel mundo exterior. Ella aún esperaba sentirse un día a gusto en su propio apartamento. Hasta ahora se había sentido siempre como caminando sobre huevos, con el temor de arruinar la alfombra blanca y los muebles de piel marfileña, con el miedo de estropearlo todo y acabar nuevamente en la calle.

Esos pensamientos le aceleraron el corazón; trató de respirar hondo para calmarse. En su papel de directora del instituto DeMay, el más exclusivo de Seattle, trabajaba en un ambiente donde todos los días debía desclavarse algún cuchillo de la espalda. Nadie creía que ella tuviese, realmente, una pizca de sentido comercial. Nadie esperaba que durara más de un mes tras la muerte de Jacob Black, su mentor. Todo el mundo estaba convencido de que había alcanzado ese puesto abriéndose de piernas para Jacob Black. Sólo ella sabía la verdad. Y a ella le correspondía mantener esa verdad en secreto.

Bella se metió los odiosos tapones en los oídos para protegerse de su vecino, quien sin duda había sido incubado por alguna especie alienígena que no necesitaba dormir. No se le ocurría otra manera de explicar que él hiciera reparaciones en su apartamento a altas horas de la noche.

Con un suspiro, cerró los ojos y comenzó a contar hacia atrás a partir de dos mil: «Mil novecientos noventa y nueve. Mil novecientos noventa y ocho…»

Jacob yacía en su amplio lecho, con un puro en una mano, un vaso de whisky en la otra y el medicamento para el corazón en la mesilla de noche.

Chasqueando la lengua con desaprobación, Bella le quitó el puro y el whisky.

¡Oye! ¡Devuélveme eso! —protestó él—. Soy un moribundo. No puedes negarme estos pequeños placeres.

Si no te hubieras permitido tantos placeres ahora no te estarías muriendo. Te acaban de hacer el primer cateterismo cardiaco. Estoy segura de que el doctor no te ha recetado whisky y habanos como parte del tratamiento.

Jacob suspiró con su gran sonrisa astuta.

Estoy enamorado de ti, Bella.

De mí y de otras cincuenta —replicó ella.

No pudo dejar de sonreír, a su vez, al malhumorado multimillonario, pero trató de disimular el miedo mortal que sentía al verlo. Tenía la tez gris. Y ella no quería que muriera. Quería que Jacob Black viviese eternamente. Al contratarla como acompañante le había cambiado la vida. Bella había pensado que acabarían siendo amantes, pero al fin supo la verdad que Jacob estaba empeñado en ocultar: aunque fuera uno de los hombres más ricos y poderosos de Seattle, la grúa no le funcionaba, por decirlo así. Sus dificultades sexuales le resultaban tan vergonzantes que tenía por costumbre presentarse en público con una muchacha del brazo, en cualquier ocasión.

Había cubierto a Bella de regalos y ropa; le había brindado una instrucción informal y la oportunidad de demostrar lo que valía. De encargada de lavar el pelo, había pasado a directora ejecutiva del instituto DeMay, todo gracias a Dinero. Él la había introducido en el mundo del arte; ella, en el de la Federación Mundial de Lucha.

Pese a tantas discusiones juguetonas, ambos sabían que Bella era capaz de hacer cualquier cosa por él.

Jacob tosió. Borró su sonrisa y sus ojos quedaron serios:

Tengo que decirte algo.

Ella le ofreció un sorbo de agua y se sentó en el borde de la cama.

Deberías descansar en vez de hablar tanto

Eres muy autoritaria.

Ella sonrió con picardía.

Tú me has ayudado a ser así.

El enfermo, riendo, se frotó distraídamente el pecho.

Es cierto. —Suspiró—. Necesito que hagas algo por mí.

Lo que sea, salvo darte cigarros, whisky o Viagra —aseguró ella, sabedora de que ninguna de esas tres cosas casaba bien con su dolencia cardiaca.

La trinidad del mal —comentó él con ironía. Luego volvió a ponerse serio—. Si me ocurre algo…

A Bella se le encogió el corazón.

Nada de eso.

No me vengas con mariconadas. Ya tengo demasiados idiotas histéricos alrededor. Espero que tú seas más sensata.

Bella se dominó.

Vale. ¿Qué debo hacer?

Si muero, preferiría que no dijeras a nadie la verdad de mi…, eh… —Carraspeó—. Mi estado.

Ella comprendió de golpe: el orgullo masculino, una de las fuerzas más poderosas del universo. Aun de cara a la muerte, a Dinero le preocupaba preservar su imagen.

Si alguien me pregunta, responderé que eras tan viril que me costaba seguirte el ritmo.

Dinero rio entre dientes.

Hay otra cosa que me importa. No es poco pedir y no te resultará fácil.

Ella arrugó la frente, confundida.

¿Qué…?

Un toque a la puerta los interrumpió. Sam, el viejo mayordomo de Jacob, entró en la habitación.

Disculpe si interrumpo, señor Black, pero tiene una llamada

La atenderé, Sam. Debo de haberme olvidado de conectar otra vez el timbre. —Levantó el receptor y cubrió el micrófono—. Hablaremos mañana, ¿vale, querida?

Todavía preocupada, Bella se obligó a sonreír y lo besó en la frente.

Muy bien —susurró, mientras se preguntaba qué era lo que él quería decirle—. Después de hablar descansa un poco.

Mañana, mañana, mañana…

Un zumbido le percutía el cerebro. Bella frunció el entrecejo. Se tapó los oídos, pero era como tener una abeja dentro de la cabeza. Trató desesperadamente de seguir durmiendo. Si lo lograba, tal vez Jacob le dijese qué era lo que deseaba pedirle.

Esa mañana, para él, no llegó jamás. Falleció mientras dormía.

Negándose a abrir los ojos, temerosa de mirar el reloj, sepultó la cabeza bajo la almohada.

El zumbido continuó.

El corazón le dio un vuelco. ¡Otra vez! Echó un vistazo al reloj desde debajo de la almohada, e hizo un gesto ceñudo. Los números luminosos se mofaron de ella. 2:37.

Traspasada por una oleada de frustración y furia impotente, arrojó la almohada contra la pared.

—¡Basta!

El zumbido continuó.

Sin saber si llorar o gritar, Bella se quitó el tapón que aún tenía en el oído. Quién podía saber adónde había ido a parar el otro. Ese zumbido le recordaba las visitas al dentista. Apartó la colcha y se fue a grandes pasos hacia la pared que compartía con el vecino.

—Estoy en el infierno —murmuró para sí—. Ese tío que mencionaba Dinero, ¿cómo se llamaba?

Hasta entonces había tratado de ser cortés en sus contactos con el misterioso vecino. Le dejaba en la puerta notas breves y amables. Pero no podía soportar otra noche sin dormir. Aporreó la pared.

—¡Basta! ¡Por el amor de Dios, basta, basta, basta!

El zumbido cesó milagrosamente. Bella se estremeció de puro alivio.

—¿La he despertado? —preguntó una voz masculina apagada, al otro lado del muro.

Ella puso los ojos en blanco. «Todas las noches desde hace dieciocho días.»

—Sí. Pare, por favor —respondió.

—Disculpe. No imaginaba que usted me oía —chilló él.

—Vale, sí —murmuró ella, tenebrosa.

—¿Está segura de que ha sido mi taladro lo que la ha despertado? Es silencioso.

—No es nada silencioso. Es una enorme termita antropófaga.

—¿No será que tiene usted problemas de insomnio? —insistió él, como si el zumbido estuviera sólo en la imaginación de Bella.

Y ahora le hablaba con un tonillo protector, se dijo ella; su temperatura subió aún más, lo cual significaba que le sería imposible volver a conciliar el sueño.

—¡Claro que tengo un problema de insomnio, y es usted! —chilló.

—¿Yo? —replicó él, atónito.

—Usted y sus reformas nocturnas.

—Hago reformas por la noche, sí, pero silenciosas.

—No tan silenciosas, señor Manitas. Guarde esas armas destructivas —gritó Bella—. Hace un mes murió un gran amigo mío y necesito dormir.

Se hizo un silencio. Luego, se oyó un murmullo.

—¿Qué? —preguntó ella, apretando las manos contra la pared, con el cuello estirado para escuchar.

—He dicho que lo siento. Me he quedado sin empleo y sin novia. Trato de mantenerme ocupado.

—¿Toda la noche?

—No puedo dormir.

Aun a través de la pared se percibía su pesar al admitir que no podía dormir. Ella no pudo evitar una punzada de solidaridad para con él. Comprendía demasiado bien su pérdida. Suspiró; se sentía extrañamente conectada a ese vecino insomne.

Después de pensarlo mejor, sacudió la cabeza.

—Eso sí que es raro —murmuró para sí—. Oiga, lamento que tenga problemas, pero debe buscar algo más silencioso para hacer por la noche.

—¿Qué, por ejemplo?

Ella puso los ojos en blanco. ¿También estaba obligada a resolverle los problemas?

—Bolos. La bolera está abierta toda la noche —dijo. Y se encaminó hacia el cuarto de baño.

Edward Cullen, con la oreja apretada al muro que compartía con su vecina, iba a replicar, pero oyó un chillido de frustración, seguido por el ruido de la ducha en el apartamento vecino.

Se apartó para echar una mirada a su taladro silencioso de alta tecnología.

Luego volvió a mirar escéptico la pared. Aún le resonaba en los oídos el grito de la mujer. Estupendo: vivía junto a la Bruja Malvada del Oeste.

Le escocía en los dedos el deseo de continuar taladrando. Después de todo la bruja Morgana estaba aún bajo la ducha. No lo oiría. Rezongando por lo bajo, desenchufó la herramienta. Se suponía que hacer reparaciones era terapéutico, pero hasta ahora no le había resultado. Pese a que había cometido unos cuantos errores y ciertos sectores de su apartamento parecían el Apocalipsis, le gustaba la sensación de estar progresando. Le gustaba trabajar con las herramientas y con las manos.

Las reformas le ayudaban a ajustar cuentas con su propio insomnio y su desencanto. En una semana había perdido a la vez el trabajo de sus sueños y la novia que, según pensaba, era la mujer de su vida. Como si hubiese sucedido apenas una hora antes, Edward recordó su enfrentamiento con el socio principal del prestigiosísimo despacho de abogados Aro, Cayo y Marco de Chicago.

Al saber que uno de los otros abogados había sobornado a un juez por cuenta de un cliente, Edward se sintió asqueado. Las palabras de Aro aún le resonaban en los oídos: «No diga nada. Es hijo de uno de nuestros clientes más importantes». Él presentó inmediatamente su renuncia; pensaba que Tanya, su prometida, abogada del mismo despacho, se uniría a él en Seattle sin pensárselo dos veces. Pero no había sido así. Tanya le dijo que el soborno era parte del juego, que su reacción era desmesurada.

Y ahora él estaba de nuevo en Seattle, dando clases de derecho en vez de practicarlo. Al pensarlo le subía la tensión arterial. Pasaría con el tiempo, se dijo mientras caminaba hacia la sala de estar, sacudiéndose las manos.

Su padre lo instaba a incorporarse al bufete que la familia tenía en Seattle, pero Edward nunca se había sentido a gusto como «elegido» de sus padres. Por eso, en parte, una vez licenciado en derecho prefirió quedarse en la Costa Este.

Su hermano Jasper comenzaba finalmente a demostrar lo que valía: se disponía a presentarse como candidato a un cargo público. Y Edward no quería robarle protagonismo.

Se hundió en el mullido sofá, con los ojos cerrados, tamborileando con los dedos contra las perneras de sus vaqueros, cubiertas de polvo de escayola. Lo recorría ese familiar desasosiego nervioso que le impedía estarse quieto.

Necesitaba clavar en esas paredes un par de cajas de clavos a golpes de martillo, abrirse paso hasta Port Angels a fuerza de taladro, cualquier cosa que le permitiese escapar de la sensación que tenía en el pecho: que estaba condenado, hiciera lo que hiciese. Si hubiese sabido entrar en el juego, como su novia le había sugerido, a esas horas estaría aún en Chicago, ascendiendo dentro del bufete y con sus planes matrimoniales intactos.

Pero no habría podido mirarse en el espejo. Más de una vez le habían dicho que si se dedicaba a la abogacía, su profundo sentido de la integridad le causaría infinitos sufrimientos. Pero él nunca había pensado que le costaría un empleo soñado y una futura esposa. Como había actuado según sus convicciones, tomando la decisión correcta, lo único que esperaba era poder dormir por la noche, pero tenía demasiadas preguntas sin respuesta sobre sí mismo y el futuro que le esperaba.

Echó un vistazo en dirección al apartamento de su vecina. Y ahora se enteraba de que vivía junto a una mujer cuyos alaridos llegaban a erizarle el vello. ¿Nunca había un buen martillo y una tabla a mano cuando uno los necesitaba?


Dejen sus comentarios para saber su opinion porfaaa :D

REVIEWS

V