Espero que les haya gustado el primer capitulooo :)

Nada me pertenece de este fic!


Capítulo 2

—Que deje mensaje. No voy a pagarle ni a recibirlo —dijo Bella a su secretaria, sin prestar atención al insistente desasosiego que sentía bajo la piel ante la mención de James Vamp.

—Es la tercera vez que llama esta mañana —dijo Rosalie Hale con calma.

Rosalie siempre mantenía la calma, salvo cuando Royce, su casi ex marido, llamaba para acosarla. Si Bella había contratado a esa mujer era justamente por esa firme serenidad. Por eso y porque había visto que trataba de sacudirse un abatimiento de persona golpeada. Ella sabía demasiado de golpes y abatimiento.

—Aunque llame diez veces más, la respuesta seguirá siendo no —dijo, combatiendo aún ese escozor preocupante. Dinero le había advertido con respecto a James. Además le había dicho: «Págale». Pero ella quería expandir la empresa y para eso necesitaba recortar gastos innecesarios. A James no se lo veía hacer absolutamente nada; por eso ella le había suspendido los pagos semanales por servicios de asesoramiento inexistentes.

Inclinada sobre el escritorio de cerezo, estudió por enésima vez los gastos de la empresa; pese a la falta de sueño, experimentó un cauteloso brote de optimismo: si las cosas marchaban la mitad de bien de lo que ella planeaba, en un plazo de doce a dieciocho meses podría abrir una sucursal en Port Angels.

Si tenía éxito taparía definitivamente la boca a todos sus detractores. Y bien sabía Dios que tenía unos cuantos. Como le ardía el estómago echó mano del antiácido, en tanto se sacudía la somnolencia que todavía la asediaba. Un poco de paz haría mucho por calmar sus nervios destrozados. Pero Bella sospechaba que la paz no figuraba en su futuro inmediato.

—Café —murmuró al ver que su taza estaba vacía.

A veces se preguntaba si vivía a base de café, antiácido y las reservas secretas de M&M's que tenía en el último cajón del escritorio. La nutricionista del instituto se habría horrorizado, pero Bella dejaba ese té de hierbas, que le hacía pensar en calcetines sucios, para los clientes que entraban en tropel en el instituto DeMay, dispuestos a pagar sumas astronómicas por tratamientos de enzimas marinas, mascarillas de lodo, microdermoabrasión y maquillaje permanente; hasta llegar a un codiciado sitio en los exclusivos grupos de Botox, que se llevaban a cabo fuera del horario de atención. Sólo había hecho una concesión a su salud: dejar de fumar. Abandonó el sillón de cuero para ir a la zona de recepción, en busca de café, mientras su secretaria atendía otra llamada.

—Royce, te he pedido que no me llames a la oficina —dijo Rosalie, trémula—. Ya te he dicho que no renunciaré a mi empleo para volver a tu lado.

Bella arrugó la nariz, disgustada por la manera en que el ex de Rosalie intentaba manipularla.

—Te equivocas: soy muy capaz de conservar un empleo —dijo la secretaria, con voz quebrada—. Todavía no tengo mucha práctica, pero voy aprendiendo.

Si había algo que Bella no soportaba eran los matones. El estómago le ardía como si no terminara de asimilar la pastilla de antiácido. Giró en redondo para retirar suavemente el teléfono de la mano de Rosalie.

—Perdona —le dijo, mientras se llevaba el auricular al oído—. Royce, habla la jefa de Rosalie. Si no dejas de llamar a la oficina haré que alguien te corte los testículos. Después Rosalie y yo nos pelearemos por usarlos como pendientes.

Cortó.

—Espero que no te haya molestado —dijo, afrontando la mirada sorprendida de su secretaria.

Rosalie negó con la cabeza, con movimientos breves que apenas alteraron su cuidadoso peinado. Luego carraspeó.

—¿De verdad conoce a alguien que podría cortarle los…, eh…?

—Testículos —completó Bella, convencida de que la otra era demasiado educada como para decir esa palabra en voz alta. Luego se volvió hacia la cafetera para llenarse la taza—. Sí, así es.

A través de Jacob Black había conocido a mucha gente interesante.

—Bueno —dijo Rosalie, con una voz que evocaba imágenes de mantequilla fundida y miel sobre un bizcocho hojaldrado—, si se apodera de los «pendientes» de Royce, me gustaría ser la primera en usarlos.

Ella rio entre dientes, como aprobándola. Cuando Rosalie se presentó a la primera entrevista era una sombra, penosamente sumisa. Aunque Bella era famosa por su actitud arrolladora, en otros tiempos había sido igualmente vulnerable e insegura. Entrevistó a varias candidatas más, pero no podía quitarse a Rosalie de la cabeza; intuía que lo mejor era contratarla. Y hasta ahora su intuición había resultado correcta: con cada día transcurrido su secretaría parecía mejorar su autoestima. Hasta que llamaba Royce.

—¿Te llama a menudo a casa?

—Cuando lo hace no contesto.

—Bien. —Bella sorbió la infusión caliente—. ¿Ya estás saliendo con alguien?

La otra parpadeó.

—¿Que si salgo? ¿Con un hombre?

Ella se echó a reír.

—Puedes usar el plural. En cualquier momento volverás a ser soltera.

Rosalie sacudió la cabeza, azorada.

—No he pensado mucho en eso. No estoy preparada. Y en cualquier caso, no conozco a nadie que me haya invitado y…

—No todos son como Royce—observó Bella.

Rosalie respiró hondo.

—Eso me han dicho.

—Pero es obvio que no has experimentado —observó la jefa, reflexionando. Ella había conectado varias parejas dentro del instituto. Era diestra para manejar la vida amorosa de cualquiera salvo la suya. Parecía ser una cualidad hereditaria—. ¿Sabes qué necesitas? Un amante apasionado, joven y guapo, que te proporcione placer sin que tú pierdas el mando.

Las mejillas de la secretaria se encendieron de rubor.

—No imagino cómo…

—Pues te convendría imaginarlo.

Rosalie cruzó las manos.

—Usted ha hecho mucho por mí, señorita Swan. No sé cómo agradecerle que me ayudara a buscar un lugar seguro para vivir y que me diera este empleo, aunque yo no era la mejor candidata. Pero no puedo aceptar que me proporcione un… —Carraspeó y se tocó el cuello, nerviosa—. Un amante apasionado.

—Pues mira, si cambias de idea… —aventuró Bella.

A ella se le contrajeron los labios.

—Se lo haré saber. Pero no soy como usted, tan experimentada y segura de sí misma. A usted los hombres la desean.

Pero no como ella deseaba que la desearan. Bella apartó inmediatamente la idea. Cosa extraña: su relación con Dinero, que le había proporcionado un futuro, también la había catalogado como pendón. Su madre era un pendón. Y de tal madre, tal hija. Por milésima vez se dijo que no importaba si el mundo entero la tenía por casquivana, siempre que reconocieran su inteligencia. Si de ella dependía, no acabaría pobre como una rata, viviendo en una caravana en Villa Nada, Washington.

Un moreno alto, musculoso y atractivo entró por la puerta. Bella sintió una oleada de placer. En el instituto DeMay había muy pocos que no la desearan, secreta o no tan secretamente. Y había muy pocos empleados que le gustaran de verdad. Uno de ellos era Emmett, el masajista más popular de la empresa. Era ese tipo de hombre que rezuma energía masculina. Lucía su fuerza con desenvoltura y tenía una sonrisa que desarmaba a las mujeres. Guapo como era, podría haber sido más engreído que el demonio, pero no era así. Ella lo quería. Como a un hermano.

—¿Cómo está mi chico favorito? —bromeó.

Él rio entre dientes, moviendo la cabeza.

—Bien, pero traigo malas noticias, señorita Swan. Helga ha hecho que la nueva esteticista presentase la dimisión.

Bella gimió. Helga, la esteticista más renombrada y capacitada del instituto, se sentía amenazada con facilidad.

—Necesito una buena sustituta para cuando Helga no está disponible. Ya no sé qué hacer. Iré a cogerla de los pelos —dijo—. O a hablar con ella, si para entonces he recuperado la calma.

—Si necesita un masaje de cuello cuando haya acabado con ella, venga a verme —bromeó Emmett.

Ella fingió un mohín.

—¿De cuerpo entero?

—Usted manda.

Bella lo despidió con un ademán, riendo.

—Anda, ve a ganar dinero para mí.

—No podrá decir que no me he ofrecido. —Él saludó con la cabeza a Rosalie—. Buenos días, señorita Hale. Hoy está muy guapa.

A la secretaria se le colorearon las mejillas.

—Vaya, gracias —dijo con tono de asombro.

La jefa sonrió ante el espectáculo que Paul les ofrecía al salir: sus anchas espaldas y su trasero apretado.

—Es tan divertido coquetear con él… Casi logra que me olvide de Helga.

Rosalie lanzó un resoplido de desaprobación.

—Se diría que está muy acostumbrado a distraer a las mujeres con su cuerpo.

—No lo dices por despecho, ¿verdad? ¿No crees que Emmett sea de verdad una buena persona?

Ella sacudió rápidamente la cabeza.

—No, de despecho nada. Pero él es… —Se encogió de hombros—. Es tan guapo que resulta un poco abrumador.

Bella asintió.

—Con esa facha podría ser un completo imbécil, pero no lo es. —Hizo una mueca y suspiró—. Por agradable que sea hablar de Emmett, debo ir a discutir con Helga. Si se presenta una emergencia, llámame por los altavoces.

—Buena suerte.

—Me hará falta —murmuró Bella. Y salió de la oficina.

De inmediato la detuvo una recepcionista.

—Señorita Swan, la señora Manning dice que está desesperada por entrar en el grupo de Botox programado para mañana por la noche.

La señora Manning estaba casada con el presidente de una empresa petrolera. Como la mayoría de las mujeres que cruzaban las elegantes puertas del instituto, intentaba postergar la cirugía plástica tanto como le fuera posible.

—Dile que trataremos de incluirla, pero antes debe firmar el documento por el que nos libera de toda responsabilidad.

Bella consultó la agenda de citas de Helga; en ese momento estaba desocupada. Probablemente fumaba en su despacho, pensó ella mientras caminaba hacia el pasillo. Dio tres golpes en la puerta y abrió. Helga se removió bajo el escritorio; sin duda intentaba disimular el cigarrillo. Tenía un ventilador encendido a todas horas.

En el instituto existía una estricta prohibición de fumar, pero la mujer no le prestaba atención. Era una rubia severa y alta, de cincuenta y un años, cuya veta de paranoia rivalizaba en tamaño con el río Mississippi. Helga era un incordio; Bella la habría despedido de buen grado, pero era la esteticista más diestra y célebre de la Costa Oeste. Las mujeres estaban dispuestas a pagar grandes sumas por uno de sus tratamientos faciales.

—Buenos días, Helga. ¿Qué ha pasado con Cinthia? —preguntó Bella, aunque ya sabía la respuesta.

Helga asomó la cabeza por encima del escritorio, elevando el mentón en un regio ademán de disgusto.

—No sabía nada. Cuando yo le sugería algo se ponía histérica. No servía para nada.

—Según usted, Helga, las esteticistas nunca sirven para nada.

—Tengo normas muy elevadas para mis clientas —replicó la mujer encogiéndose

de hombros.

—Pero usted entenderá que necesitamos al menos dos más para satisfacer la demanda de la clientela, ¿verdad?

—Es mejor que la clienta espere. Así aprecian mejor el servicio. Si tienen que esperar imaginan que han recibido algo especial. Y así es, cuando soy yo quien aplica el tratamiento.

Bella suspiró. Lo habían discutido incontables veces. Ya estaba dispuesta a intentar algo drástico. «Todo el mundo trabaja más cuando tiene algo que ganar», le había dicho Jacob, con razón.

—¿Sabe que me gustaría instalar otra sucursal del instituto en Port Angels? —comenzó.

Helga la miró con desprecio.

—Usted no conoce el negocio tan a fondo como para hacer algo así

La muchacha se mordió la lengua.

—Pues a Jacob le parecía buena idea. Y los contables piensan lo mismo. He pensado que, como usted forma parte integral del instituto DeMay, me gustaría que asumiera un papel más importante.

La esteticista irguió la espalda, con una mezcla de escepticismo y curiosidad.

—¿Más importante? ¿En qué sentido?

—Veamos… Como bien sabe, usted es la reina de los tratamientos faciales. Cualquier otra que contratemos será peor.

—Sí —reconoció Helga, relajándose un centímetro—. ¿Y eso qué tiene que ver con lo de jugar un papel más importante?

—Si queremos expandirnos deberemos contratar a más esteticistas. Me gustaría que usted las supervisara.

—Ya lo hago —observó la mujer, despectiva.

—Si podemos retener a dos esteticistas durante un año, le pagaré una participación.

Prácticamente se veían las ruedas dentadas que giraban en el cerebro de Helga.

—¿Cuánto?

—Dos por ciento sin derecho a voto —aclaró Bella.

—Quiero votar.

—Puede asesorar, pero seré yo quien tome las decisiones finales. Ahora bien, si no le interesa… —Era como retirar de la mesa un plato de galletas.

—No he dicho eso —aseguró Helga inmediatamente—. Estoy de acuerdo. —Y observó a la joven con una mirada evaluadora—. Me parece que es usted más lista de lo que algunos creen.

«Y cuánta razón tienes», pensó ella. Pero sonrió.

—Quién lo habría imaginado, ¿verdad? Venga, mujer, ya puede redactar los anuncios para ofrecer esos puestos.

Después de ofrecerle la mano para sellar el trato, se marchó hacia la puerta, segura de haber hecho un pacto con alguien a quien le encantaría ver fracasar.

Un pacto con el diablo. Y Bella tenía la inquietante sensación de que no sería el

último.