Adivinen quienes se conocerann ?
Capítulo 3
Después de una dura jornada de trabajo, Bella ansiaba relajarse en su casa… y tenía la esperanza de que, con un poco de suerte, su horrible vecino decidiera descansar de sus reformas.
Mientras se arrastraba hacia el ascensor, oyó el sonido de un puñetazo dado a una persona. Hizo una mueca. Ese ruido perturbador venía de dos coches más allá, en el garaje subterráneo de su alto edificio, y le recordaba otra etapa de su vida que había transcurrido en un vecindario diferente, menos seguro. Habría querido volver la espalda. Después de pasar un día miserable en el trabajo, cada fibra de su ser imploraba por un poco de paz.
Se suponía que allí no podía haber atracos. El garaje tenía cámaras de seguridad. Agitó el puño hacia una de las cámaras preguntándose quién sería el que estaba durmiendo frente a la pantalla.
Al oír un gemido de dolor, la recorrió una oleada de impotencia. Estaba a un paso de acabar chalada y no soportaba la idea de la muerte. Alzó una mirada de consternación al cielo, susurrando:
—¿No sabes que no soy buena candidata para esta misión?
¡Si al menos no tuviera esa maldita obsesión con la responsabilidad! Pero si estaba allí en ese momento sería por alguna razón. Y más le valía no echarlo todo a perder, si no quería pagarlo el resto de la vida.
Se le revolvió el estómago al sentir que le apretaba el cuello el desagradable nudo corredizo de la responsabilidad. En su mente giraban mil posibilidades descabelladas. No llevaba pistola y no era Superwoman. Se miró de arriba abajo, buscando inútilmente algún arma. Con esos tacones altos y esa breve falda de diseño exclusivo podía inspirar a las mujeres y matar metafóricamente a un hombre, pero no liquidar a unos pistoleros. ¿Qué podía hacer? ¿Apuñalar a los malos con uno de sus tacones? Su mente divagaba. En realidad, más de una vez debería haberlo clavado en el empeine de algún cliente demasiado fervoroso. Pensó en sus braguitas; por lo general eran muy efectivas para distraer a los hombres, pero…
Escuchó otro puñetazo y ya no pudo soportarlo. Era la hora de mentir. Agachada detrás de un coche, se tapó los ojos con la mano y gritó con todas sus fuerzas:
—¡Fuego! ¡Fuego! ¡Ah, la policía, gracias a Dios! ¡Fuego, fuego, agente! ¡Por aquí! ¡Socorro!
Cuando se calló para coger aire, el pulso le palpitaba en los oídos. Por el rabillo del ojo vio que tres gorilas se escabullían por la otra salida del garaje.
Se adelantó cautelosamente para ver el otro lado del recodo. Había un hombre en el suelo.
Gateó hacia él, soltando tacos en voz baja; ojalá no quedase ningún gorila.
—¿Estás bien? —Lo tocó tímidamente en el hombro con un dedo—. No te mueras, por favor. ¿Estás consciente?
Él levantó la vista con una mueca de dolor.
—Creo que sí —balbuceó—. ¿Quién…?
—Tenemos que salir de aquí. No hagas ruido. Vamos al ascensor.
Bella tiró de aquel largo cuerpo para ayudarle a ponerse de pie y, sirviéndole de apoyo como podía, le hizo caminar hacia el ascensor. Sentía el bulto de los músculos bajo la chaqueta de tela; tal vez él había intentado defenderse.
Lo apoyó como pudo contra la pared del ascensor y pulsó el botón de su piso.
Más adelante decidiría qué hacer con él. Por el momento tenían que alejarse de allí.
Se acercó un poco para inspeccionarle las heridas y tocarle la cara; la mitad estaba intacta. Mandíbula fuerte, huesos cincelados; aparentaba unos treinta años; el pelo era cobrizo; el único ojo abierto de un verde brillante como esmeralda, parecía atravesarla. «Buen corazón», decidió al instante, con la seguridad de mujer doctorada en la escuela de los golpes duros. Esa facultad de analizar a los hombres a través de los ojos le había salvado el pellejo incontables veces. Mientras hacía el inventario se mordió los labios: el corazón aún le palpitaba a cien por hora. Comenzó a parlotear sin poder contenerse.
—Ese ojo izquierdo está horrible. Cerrado, tumefacto y ya rojo. ¿Cómo te llamas?
—Edward, Edward cu…
Ella chasqueó la lengua.
—Oh, Edward, te sangra la boca. Y la mejilla…
Él no habría podido decir qué lo mareaba más: si las palpitaciones del cerebro o la cháchara nerviosa de esa mujer. Recordaba haberse preguntado, al huir los asaltantes, si estaba a punto de morir. Su recuerdo siguiente fue el par de piernas más hermosas que había visto en su vida, inmediatamente reemplazadas por los ojos desesperados color chocolate de una mujer que lo arrastraba hacia el ascensor. Era como ser atrapado por uno de los golpes de viento caliente de Texas.
—¿Te han golpeado en el estómago? —Ella lo tocó en el pecho y bajó la mano hasta su vientre.
Edward aspiró instintivamente el aire.
—¿Y si tienes una hemorragia interna? Deberías ir a urgencias. ¿Tienes mareos, náuseas? Podrías tener una conmoción cerebral.
—Esquevengodel… —Tragó saliva y cerró el otro ojo.
—Ay, Dios mío, cómo hablas. ¡Mira que si tienes una conmoción cerebral! Se te puede estar hinchando el cerebro. Tenemos que…
—… dentista —terminó él. Y se quitó la gasa de la boca—. Me han hecho un puente dental.
—Ah. —Ella hizo una mueca de dolor solidario—. Qué día has tenido, pobre.
Edward observó a su salvadora con el ojo sano. Le recordaba a algo vagamente conocido, pero no lograba identificarlo. La vio apartarse de los ojos un mechon castaño y mordisquear el grueso labio inferior. Su mirada viajó hacia abajo, por curvas que debían de haber derretido a muchos hombres. El top se adaptaba como el aire a los pechos torneados; la falda era demasiado corta, demasiado ceñida. Era la antítesis de todas las mujeres conservadoras y bien educadas con las que él había salido desde su ingreso en la Facultad de Derecho de Harvard.
Esa mujer era el mismo pecado. Con un buen corazón.
El ascensor emitió una nota indicando que el viaje llegaba a su fin. «Mi piso», pensó él. Qué suerte. Si encontraba algún lugar limpio en su apartamento, podría derrumbarse allí. Se suponía que las tareas de bricolaje servían como terapia de andar por casa, algo que necesitaba mucho. Después de recuperarse planeaba derribar una pared.
—Ven conmigo —dijo la muchacha—. Al menos te pondré un poco de hielo en ese ojo, mientras decidimos qué conviene hacer.
—Pero si vivo allí mis…
—No discutas. Hay que decidir adónde debemos ir primero: si a la policía o a urgencias —insistió ella, mientras lo empujaba por el pasillo y abría la puerta de su apartamento—. Siéntate en el sofá. Voy a por hielo.
Él cayó en la cuenta de que ella era su vecina. ¿La mujer que la noche anterior le había gritado? ¿La Bruja Mala del Oeste? ¿La bruja Morgana? Probablemente allí vivía más de una persona. Apenas tuvo tiempo de hundirse en el sofá de piel marfileña antes de que ella volviera con una bolsa de guisantes congelados que le puso tímidamente en el ojo.
Él ahogó una exclamación.
—Perdona, pero por la mañana me darás las gracias —aseguró ella con voz sensual.
De no ser porque tenía la cabeza rota, habría inventado unas cuantas fantasías que justificaran darle las gracias por la mañana, después de pasar la noche con ella. En cambio, la miró con el ojo sano.
—No hace falta que espere tanto. Te doy las gracias por haber gritado.
—No hay por qué. ¿El estómago, las costillas? ¿Tienes algo roto?
Él se palpó el tronco; luego meneó lentamente la cabeza.
—Creo que no.
—Deberíamos llamar a la policía —dijo la chica—. Y lograr que despidan al que estaba a cargo de la seguridad —añadió, disgustada—. Si alguien hubiese echado un polvo en el suelo de ese garaje, puedes estar seguro de que esos imbéciles se habrían quedado pegados al monitor. ¡Hombre, pero si serían capaces de hacer copias de los vídeos para sus amigos! Pero ¿qué pasa cuando asaltan a alguien y…?
Se interrumpió al ver que Edward se apretaba las costillas.
—¿Qué pasa? —preguntó, alargando instintivamente la mano hacia él.
—No me hagas reír, por favor —rogó él, con un sorprendente dejo de sensualidad en la voz.
Bella lo evaluó rápidamente con un parpadeo. Esta vez fue otro tipo de valoración. A juzgar por lo que había tenido que levantar la cabeza para verle la cara en el ascensor, medía algo más de un metro ochenta. Tenía el pelo cobrizo, bonito, aunque en esos momentos estuviera algo revuelto. Los ojos verdosos, enmarcados por cejas cobrizas. Ojos expresivos…, al menos uno de ellos. Eso le gustó. Huesos grandes, se dijo al observar la cincelada estructura facial; apreciarla era parte de su oficio. Sobre la boca no se podía saber nada, pues estaba hinchada y sanguinolenta. Hombros anchos, pero delgados y musculosos. «Corre o hace natación», dedujo ella, mirando otra vez esos hombros. Y permitió que su mirada bajase por los muslos hasta los pies. Pies grandes, ¡mi madre!
Sentido del humor, ropa elegante y buen corazón. Un hombre interesante. ¿Habría alguna mujer que pudiera mantenerlo a raya?
Al mirarlo a los ojos se llevó una impresión sorprendente: Edward sabía muy bien lo que ella estaba pensando. Qué pena. La inteligencia podía arruinar la mezcla.
—Creo que ninguna mujer, hasta ahora, me había desnudado con los ojos para analizarme tan a fondo —dijo él, como halagado.
Bella sintió cierta vergüenza. Después de todo, el pobre acababa de recibir una paliza. Con un encogimiento de hombros, le dedicó una de esas sonrisas con las que había derribado a más de uno.
—Todo lo hago a fondo. Recuéstate, que te serviré algo para beber. ¿Caliente o frío? —Habría sido divertido servirlo bien caliente.
—Preferiría un whisky, pero es mejor no mezclar las medicinas del dentista con alcohol. Sólo agua.
Y sensato, además, se dijo ella, mientras sacaba de la nevera una botella de agua mineral bien fría. Qué hombre tan interesante. Le gustaba su voz. Le gustaba su olor. Y el ojo que no estaba hinchado. Pero su inteligencia podía traer problemas. Los hombres inteligentes eran más difíciles de dominar. Y a Bella le gustaba llevar el mando.
—Toma —dijo, mientras desenroscaba la tapa de la botella para entregársela—. Traeré el teléfono para que llames a la policía.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él.
—Bella Swan. —Ella sonrió para sus adentros, preguntándose qué pensaría de su nombre de pila, que nunca dejaba de provocar reacciones—. En realidad, Isabella.
Él hizo una pausa.
—¿Isabella?
—Sí. —La chica lo miró por encima del hombro.
—Te pega mas Bella —aseveró él con lentitud—. Oye, ¿cómo puedo agradecerte que me hayas salvado?
—No sé. —Ella marcó el número de la policía. Después de hablar con alguien regresó con el teléfono para sentarse a su lado, en el sofá—. Quizá más adelante se nos ocurra alguna manera —dijo, encantada de haber recobrado su habilidad innata para el coqueteo—. Mientras tanto deberías hablar con la policía.
—Te devolveré el favor —prometió él, con una solemnidad asombrosa—. Te lo prometo. Haré lo que me pidas.
Bella sintió algo raro en el vientre. No estaba habituada a que los hombres le hicieran promesas solemnes. No estaba acostumbrada a creer en las promesas masculinas. Sin embargo, tenía la fuerte sensación de que ése podía cumplirlas.
En tanto ella le sostenía la bolsa de guisantes contra el ojo, Edward denunció el asalto sufrido en el garaje. Ella lo escuchaba con medio oído, concentrada en identificar su loción para después del afeitado. La había diseñado un hombre, supuso. Era el tipo de perfume que se crea para provocar hambre y deseo en las mujeres.
—Edward Cullen—informó él—. Vivo en las torres Waterstone, en el número quinientos treinta y tres de la calle Cary, apartamento catorce veintiocho.
Dee frunció el entrecejo, intrigada. ¿Habría oído bien? Se le tensó la piel de la nuca. Le quitó el teléfono en cuanto él lo hubo colgado.
—¿Has dicho que vives en el apartamento catorce veintiocho?
—En efecto —asintió él con una media sonrisa que conseguía ser seductora a pesar de que la mitad de la cara estuviera golpeada.
Y ella habría querido golpear la otra mitad.
Cullen. Apartamento catorce veintiocho. Cullen. Apartamento catorce veintiocho. El pecho se le estrujó de resentimiento. Los Cullen eran una de las familias más ricas y poderosas de Seattle. Bella apenas sofocó el impulso de chillar. Además del trauma de esa noche y todo lo que le había pasado en los últimos meses, eso ya era demasiado. Su compostura comenzaba a resquebrajarse. Le apuntó con un dedo acusador.
—¿Eres mi vecino?
—Sí, el de al lado. —Él se llevó a los labios la botella de agua.
—Uno de los Cullen —añadió ella, disgustada—. Debería haberlo imaginado; para ser tan desconsiderado con los vecinos tenías que ser un niño pijo ya muy crecido. Es probable que los Cullen no estéis habituados a tener vecinos.
—¡Oye, un momento…!
Bella sacudió la cabeza, incrédula.
—Eres el nuevo vecino, el que empieza a martillear o a usar máquinas ruidosas a las seis de la tarde, todos los días, y sigue hasta bien pasada la medianoche.
—Estoy haciendo reformas.
Ella no quería explicaciones. Sólo quería que él dejara de torturarla.
—El vecino nuevo, el que pone esa música que suena como si una turba con antorchas atacara el edificio para destruirlo.
Benjamin puso cara de perplejidad.
—¿Ópera rusa?
—Y la pones a todo volumen, pese a que te he dejado varias notas pidiéndote que lo bajaras —continuó ella, con los dientes apretados—. A tal volumen que no puedo dejar de oírla ni bajo la ducha.
—¿Notas, dices? ¿Qué notas?
—¡Pues claro! —exclamó la chica, totalmente incrédula—. Tampoco sabías que tus «reformas» me dejaron sin electricidad el penúltimo fin de semana, cuando no estabas en la ciudad.
Él la miraba como si no entendiera nada. Bella no le creyó ni por un momento. Ese hombre le había causado una angustia indecible. En ese último mes ella había ansiado como nunca el consuelo del hogar, pero con tanto barullo como él armaba era como si hubiera entrado en el apartamento con una taladradora en vez de hacerlo en el suyo. No podía ser tan ingenuo. Pero quizá eso significaba que no era inteligente, después de todo. «Demasiado tarde», se dijo. Ya sabía la verdad: él era el vecino más irritante del planeta. Y ella, como una completa idiota, lo había rescatado.
—¿Por qué tienes tan mala opinión de los Cullen? ¿Qué te hemos hecho?
—Nada —respondió Delilah—, salvo existir. —Le arrancó la botella de agua de la mano—. Vete. Y si quieres agua, te la compras.
Edward se levantó; la miraba como si estuviera loca. Y aunque Bella habría muerto antes que admitirlo, en ese momento estaba un poco trastornada. Desde la muerte de Dinero aún no había hallado la manera de consolidar su futuro profesional y financiero sin dejar de cumplir las promesas hechas a Jacob. Y parte de la culpa era, sin duda, del Príncipe de las Herramientas, que estaba allí mirándola como si ella tuviera un tornillo flojo que él, sin duda, podía ajustar.
No podía dormir; por lo tanto, no podía pensar; por lo tanto, aún no había encontrado la solución para no faltar a su palabra y cementar su futuro.
—Vete —le dijo, empujándolo hacia la puerta—. Después de pasarme todo el día trabajando y desclavándome puñales de la espalda no es mucho lo que pido. Sólo un poco de paz y silencio. Sólo pido poder relajarme bajo la ducha caliente. Y por culpa tuya no he podido hacerlo. —Agitó un dedo frente a él, que cruzaba el hueco de la puerta caminando hacia atrás—. Todo eso ya sería bastante, pero he esperado además dos años para lograr que mi asistenta viniera a limpiar los viernes. ¡Dos años! Me ausento dos semanas, llegas tú y ¡vuelta al martes!, porque el viernes mi asistenta limpia tu casa.
Él negó con la cabeza.
—No tenía ni idea.
—¡Pues mira, ya la tienes! —gritó Bella—. Me has dejado sin la menor posibilidad de gozar de paz en mi propia casa. Luego tienes el descaro de dejarte asaltar justo cuando yo llego, con lo que casi sufro un ataque de nervios por salvarte. Devuélveme esos guisantes.
Y después de arrebatarle la bolsa, le cerró la puerta en la estupefacta cara, mitad normal, mitad apaleada.
El ruido del portazo reverberó en la cabeza de Edward, ya palpitante. Él se quedó mirando al vacío con un solo ojo preguntándose qué había sucedido. Primero, el puente dental. Después, el atraco y la paliza. Lo había rescatado una reencarnación de Mae West, pero chalada. No habría podido decir qué había sido lo peor.
