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Rosie

Lena Cullen

.Cullen


Capítulo 4

Había tenido otra vez ese horrible sueño.

Pese a haberse preparado un cóctel de champán y sumergido en su pequeño jacuzzi con el patito de goma, tardó una eternidad en conciliar nuevamente el sueño. Y entonces se vio transportada a una habitación oscura, cuyo suelo estaba lleno de huevos. Ella debía llegar al otro lado sin romper ninguno.

Bella no era psicóloga, pero sabía qué sensación le causaba su vida: al primer paso en falso acabaría cubierta de huevos viscosos y lo perdería todo. Por eso, en parte, estaba convencida de que el matrimonio y la maternidad no eran para ella. Y si ese sueño resultaba más absurdo que de costumbre era por la aparición de su vecino.

¿Quién habría pensado que ella podía rescatar a ese hombre, empeñado en torturarla desde hacía semanas? Peor aún: ¿quién habría pensado que él podía parecerle atractivo, aunque sólo fuera por un momento de total ignorancia? Y era uno de los Cullen.

Sólo pensarlo le causaba ardores de estómago; cruzó la puerta del instituto revolviendo el contenido de su diminuto bolso en busca de un antiácido. Era tan temprano que aún había poca gente; reparó distraídamente en el repiqueteo de sus tacones contra el suelo de baldosas italianas. Por lo general, el alto nivel de actividad le impedía oírlo.

Lo primero era lo primero. Conectó la cafetera, encendió todas las luces y, moviendo el pie con impaciencia, aguardó su tercera dosis de cafeína. Pero hizo trampa: retiró la jarra de su sitio para poner su taza directamente bajo el delicioso chorro pardo. Después de soplar unas cuantas veces sobre la taza para enfriarla, bebió un sorbo.

—¡Vaya, pero si es la tristemente célebre Bella Swan, la protegida de Jacob Black!

Bella giró en redondo, sobresaltada; se atragantó con el café y parte del líquido caliente fue a parar a su chaqueta de piel. Clavó una mirada fulminante en el hombre que estaba de pie en el hueco de la puerta. Bajo, de ojos huidizos como los de un hurón y con demasiada gomina en el pelo. Rastrero, dedujo al momento.

—¿Quién es usted? —preguntó, mientras cogía una servilleta para limpiarse el café.

—Encantado de conocerla. —Él le extendió una mano que Bella no aceptó—. Sin duda ha oído hablar de mí: James Vamp.

A ella se le anudó el estómago, pero el instinto hizo que fingiera ignorancia.

—No recuerdo ese nombre.

La sonrisa del hombre se endureció.

—¿Está segura? Jacob y yo éramos viejos conocidos.

La muchacha se encogió de hombros.

—He conocido a muchos de sus amigos íntimos.

—Él y yo teníamos una relación comercial. Yo estaba en su nómina.

—¿Por qué servicios?

—Asesoramiento —replicó él.

Bella arrugó las cejas, confundida.

—No recuerdo haber recibido de usted ningún asesoramiento.

James gruñó, exasperado.

—¿A quién trata de engañar, mujer? Sabe muy bien a qué me refiero. Eso era una

tapadera.

—¿Para tapar qué? —Y esta vez no fue necesario fingir ignorancia.

—No puedo creer que no esté enterada —protestó él, mientras echaba un vistazo por encima del hombro.

—Pues créalo.

—Poseo cierta información sobre el problemita de Jacob, por decirlo así; también otra información que podría causar muchas dificultades a su Instituto de belleza. Si usted no comienza a pagar, cantaré como un canario. Y le aseguro, señorita Bella, que habrá turbulencias.

Ella alzó el mentón. Las turbulencias no le daban miedo. Se había entendido con ellas toda la vida. Lo único que le impedía echar a James con cajas destempladas era pensar en Jacob. Todo lo que había conseguido y la reputación que había ganado había sido a pulso; no podía olvidar la promesa que le hizo antes de morir. Y todavía no podía ponerse a pensar que tanto sabría sobre el Instituto de belleza. Se mordió la lengua.

Rosalie, que entraba con soltura, se detuvo en seco.

—Eh…, buenos días. ¿Visitas, tan temprano?

—Disculpe —murmuró James, mientras salía.

La secretaria lo siguió con la mirada.

—Su voz me suena conocida. ¿Quién era?

—James Vamp.

Se le dilataron los ojos.

—¡Oooh! ¿Qué buscaba? Nada bueno, me parece.

Bella se sirvió otra taza de café y bebió un sorbo deprisa; quemaba, pero ella apenas hizo una mueca.

—Nada bueno. —Y entró en su oficina sin dar más detalles.

Extorsión. La visita de James Vamp debía de tener algo que ver con ese último pedido de Dinero. Lo pensó de mal grado mientras cerraba la puerta a su espalda. Ese hombre debía de saber algo sobre Dinero que ni ella misma sabía. Algo que podía perjudicar al Instituto.

James tenía un escenario perfecto, pues el Instituto era el talón de Aquiles de Jacob. Él era capaz de cualquier cosa por el Instituto, hasta de pagar a un gusano como James para que no hiciera nada.

Bella hizo una mueca. No quería pagarle. Toda ella se rebelaba ante la idea de permitir que alguien así le arrancara dinero. Tenía demasiado orgullo para ceder a eso.

No lo haría. Decididamente, no. Pero se lo había prometido a Jacob.

Al terminar el día, a Bella le estallaba la cabeza. Mientras conducía entre los restos de la hora punta, trazaba mentalmente los planes para esa noche. Comida china, música sedante, un baño, un par de cócteles y, si los dioses del sueño lo permitían, disolverse en el colchón durante ocho horas, sin huevos a la vista.

Pidió por teléfono la comida y se sumergió en la bañera, atento el oído cauteloso a cualquier ruido de Armagedón que emitiera su vecino, pero no se oía nada. Después de remojarse largamente abandonó de mala gana la bañera y se envolvió en un gran albornoz blanco. Al oír el timbre de la puerta cogió apresuradamente el dinero para pagar su cena china.

Ante la puerta había una adolescente con cara de exhausta y un bebé que berreaba.

No era su comida china. Esa pobre muchacha debía de haberse equivocado de dirección.

—¿Eres Bella Swan? —preguntó.

Ella hizo una pausa; sentía algo inquietante en el estómago.

—¿Quién me busca?

—Yo. —La muchacha señaló al pequeño con la cabeza—. Y éste. Willy.

Willy. Bella observó la carita roja con un brote de aprensión.

—Soy Bella Swan, sí, pero…

—Menos mal —suspiró la chica—. Me llamo Leah. Leah Clearwater. Jacob dijo

que te hablaría de mí y de Willy.

—¿Jacob?

Leah resopló sonoramente; sus ojos oscuros la miraron con tristeza.

—¡Pero si él me lo prometió!

—¿Qué te prometió? —Bella no estaba muy segura de querer saberlo.

—Que te hablaría de mí y de Willy. Le dije que no podía con el niño. Lo quiero mucho, sí, pero es demasiado para mí. Soy muy joven. Tengo todo el futuro por delante —gimoteó—. Jacob me dio dinero, pero ya no puedo conservar a Willy. Tendrás que hacerlo tú.

—¿Yo? —repitió ella, horrorizada—. ¿Por qué yo?

—Jacob me prometió que si yo no podía ocuparme de él, lo harías tú. Me lo

prometió. En la bolsa de pañales hay papeles y todo lo necesario.

Bella alzó las manos.

—No, no, no. Hasta ahora no sabía una palabra de este niño. Y no entiendo por qué debería hacerme responsable de tu bebé.

—Es que Willy es hijo de Jacob —adujo Nicky.

Ella sintió que el pasillo se movía. Meneó la cabeza.

—No puede ser su hijo. Jacob no podía… —Se interrumpió; no quería revelar el problema de Dinero, aunque esa mujer podía haberlo ayudado a curarse.

—Usó una píldora azul, ¿sabes?

—No puede ser. El médico le había prohibido estrictamente que tomara Viagra.

La chica se encogió de hombros.

—Pues la tomó. Y cuando fui a decirle que estaba embarazada comentó que ya no la tomaba porque le causaba dolores en el pecho.

El dolor de cabeza había vuelto, más fuerte que nunca.

—¿Qué edad tienes, Leah?

—Diecinueve. Y quiero ser modelo. Te dejaré a Willy y me iré a París. Jacob dijo que tú cuidarías de Willy.

A Bella se le cortó el aliento. No era posible que le estuviera pasando todo eso.

—¿Por cuánto tiempo? —preguntó. El miedo le convertía los pies en dos anclas gemelas.

Leah dejó caer la bolsa de pañales junto a sus pies descalzos.

—Será hijo tuyo.

Edward no podía seguir ignorando el barullo del corredor. Al abrir la puerta se encontró con Bella en bata con un bebé aullante en los brazos; una adolescente corría hacia el ascensor.

—¡Espera! No puedes irte. No puedes… —Bella miró al bebé como si fuera el Anticristo—. Ay, Dios mío.

—¿Bella? —preguntó él.

—¿Qué diablos voy a hacer con este bebé?

—¿Bella? —insistió Edward.

—Qué diablos voy a hacer con este bebé —murmuró ella, como si no lo

escuchara.

—Deja que te ayude a meter todo esto en tu apartamento. —Él recogió la sillita de paseo y la enorme bolsa de pañales.

Bella lo miró como aturdida.

—¿En mi apartamento? ¿Es necesario?

—No creo que quieras pasarte el resto de la noche aquí fuera —adujo él tratando de hacerse oír por encima de los gritos del niño. Y la empujó suavemente hacia el interior.

Todavía aturdida, ella balanceó al niño y comenzó a pasearle, murmurando para sus adentros mientras clavaba una mirada incrédula en el bebé, rojo de tanto chillar.

Ni el movimiento ni los paseos lograron consolarlo. Con la energía nerviosa que ella emanaba se habría podido propulsar una lanzadera espacial.

Impulsivamente, él le quitó al niño de los brazos.

—Deja que pruebe yo. Tú ve a servirte una copa.

Por un momento Bella lo miró con cara de no entender; luego movió la cabeza en círculo y se dirigió a la cocina. Se oyó un tintineo de cubitos de hielo dentro de un vaso; entretanto él apagó las luces.

—Es locura parcial —explicó a la criatura en voz baja—. Cuando se calme te caerá bien. ¿Eres varón o niña? Azul —apuntó al ver el jersey del bebé—. Varón. Debes de haber pasado un día muy movido. Lo que necesitas es tranquilizarte y dormir. No trates de entender a las mujeres, sólo conseguirás ponerte más nervioso. Grábatelo ahora mismo en la cabeza y te ahorrarás muchos pesares, créeme.

El bebé soltó un hipo, se estremeció y clavó en Edward unos ojos muy abiertos. En silencio, siempre en voz baja, él desvió el monólogo hacia el asunto de las leyes comerciales. En pocos minutos al bebé empezaron a cerrársele los párpados. Unos minutos más y se quedó dormido.

Edward sintió la mirada curiosa de Bella, que se acercaba.

—¿Cómo lo has logrado? —susurró ella.

—Apagando las luces y aburriéndolo hasta que se ha dormido. Quita los cojines del sofá, que lo acostaré allí.

—¿Lo acostarás? —repitió ella.

—Para que duerma. Con un poco de suerte, toda la noche.

Bella, que aún tenía la sensación de que alguien le había dado un garrotazo en la cabeza, retiró los cojines y los dejó en un rincón de la sala. La cabeza le daba vueltas. Jacob. Leah. Willy, el bebé. Viagra. Sacudió la cabeza: habría podido matar a Jacob, a no ser porque ya había muerto.

Echó un vistazo a Edward, sorprendida por la facilidad con que había tranquilizado al bebé. Era casi como si tuviera un toque mágico.

Que ella, obviamente, no poseía.

—Gracias.

Con un encogimiento de hombros, él acostó a Willy en los cojines mientras Bella corría a la bolsa de pañales en busca de una manta. Con ella salió un manojo de papeles. Hizo una mueca, temiendo que el ruido hubiera despertado al bebé. Mientras leía los documentos Edward cogió la manta para cubrir a Willy.

—Ay, Dios mío —murmuró ella, con la sangre helada. Los papeles le otorgaban la custodia del pequeño aullador—. No puede ser…

—¿Quieres que les eche un vistazo? —ofreció su vecino.

—No. —Bella volvió a meter esos garabatos de leguleyos en la bolsa y retiró una carta que contenía instrucciones para el cuidado de Willy. El estómago le dio un vuelco: «alérgico a los pañales desechables…», «estómago delicado, propenso a los trastornos digestivos…»—. ¿Cuándo despertaré?

—¿Te sientes bien, Bella? —preguntó Edward.

Ella lo miró a los ojos y se obligó a hacer un gesto afirmativo.

—¿Quién es ese niño?

—Willy. —Con una sonrisa frágil guardó nuevamente las instrucciones en la bolsa de pañales. Luego apagó la lámpara que estaba más cerca del bebé, con la esperanza de que continuara dormido hasta que ella pudiera hallar la manera de dominar la situación—. Se llama Willy.

—¿Y quién es la madre?

—Hum… Leah.

—¿Quién es Leah?

«Que el diablo me lleve si lo sé.» Pero no podía revelárselo a Edward. Ni a nadie.

—Hum… Mi prima —inventó. Tal vez no era del todo mentira: su madre siempre decía que, en cierto modo, todos en este mundo estamos emparentados.

—¿Y por cuánto tiempo te dejará a Willy?

«Definitivamente.» Bella tuvo la sensación de que alguien acababa de robarle el futuro, de encerrarla en una celda y arrojar la llave. Abrió la boca, la cerró. Trataba de idear una explicación razonable, creíble.

—Leah tiene dificultades financieras. —Hubo un ruido susurrante: el bebé se había movido en su lecho improvisado. Bella se quedó petrificada; luego redujo su voz a un murmullo—. No podemos hacer ruido.

Él señaló la cocina con la cabeza.

—Vayamos allí.

El corazón de la muchacha dio un vuelco: habría más preguntas y ella no sabía cómo responder.

—El padre del bebé ¿por qué no le ayuda?

Bella no tenía dudas de que el padre del bebé habría ayudado. De Jacob Black se podían decir muchas cosas, pero siempre había sido escrupuloso en sus obligaciones financieras en todo. Sin duda había hecho lo mismo por ese bebé, pero ella no sabía cómo.

—Su padre ha muerto —dijo—. Leah no se siente capaz de arreglárselas sola con el bebé. Y yo había prometido actuar como madrina en el caso de que ambos padres murieran.

—Pero no han muerto los dos —objetó él, mirándola como si no acabara de creerla.

Bella se contuvo para no removerse en la silla.

—Es cierto, pero…, eh…

—Y en ese caso, no tienes por qué hacerte legalmente responsable.

—Es probable que tengas razón, pero…

—¿Leah no tiene otros parientes? Quizá…

Bella agitó la mano.

—Es una historia larga y triste. En realidad soy la única… —Se atragantó con sus palabras. «Maldito sea Jacob Black, alias Dinero, y maldita sea la Viagra.» ¿Cómo esperaba que ella se hiciera cargo del instituto y de un bebé? ¿Acaso no sabía que sería una madre horrorosa? Después de todo, había perdido a la suya cuando su padre asumió la custodia, sin permitir siquiera que ella la visitara. ¿Qué podía saber Bella de la maternidad? Fracasaría, sin duda.

—Soy la única.

Él arrugó el entrecejo.

—Pero es obvio que esto te ha cogido por sorpresa. Me parece muy extraño.

—Sí, en efecto. Pero así es mi familia, ¿sabes? —murmuró ella, extrañamente agradecida porque esa última frase, al menos, era verdad. Por algún motivo no le gustaba mentir a Edward. Ese hombre parecía tener más integridad en un dedo que la mayoría de los hombres en el resto del cuerpo. Pero tal vez era una ilusión, puesto que no lo conocía muy bien.

Contuvo el aliento al ver que él la observaba otra vez; se preguntó qué vería. ¿Se daría cuenta de que ella era una cobarde llena de defectos? «Ridículo», se dijo. Y se obligó a continuar respirando.

Su vecino se encogió de hombros.

—Supongo que sabes lo que haces al aceptar esta responsabilidad. Si quieres puedo pedir referencias sobre agencias de niñeras. —Y se fue hacia la puerta—. Buenas no…

A Bella se le congelaron los pies de pánico. La adrenalina hizo que corriera a detenerlo.

—¡Espera! —Se aplastó contra la puerta del apartamento—. No puedes irte.

Él enarcó una de esas cejas sensuales.

—¿Por qué, si aquí todo parece estar en orden?

«Sólo por un segundo», pensó ella. ¿Y si el bebé se despertaba? ¿Qué haría ella cuando el pequeño necesitase algo? ¿Qué haría con él por la mañana, cuando llegase la hora de ir a trabajar?

Se tragó el grito con una buena medida de orgullo.

—No del todo.

Edward puso los brazos en jarras.

—¿Qué quieres decir?

—Quiero decir que no estoy preparada para cuidar a este bebé.

—Pues entonces devuélveselo a su madre.

—Es que debo cuidarlo porque hice una promesa.

Eso lo detuvo. Él sabía de promesas. Se pasó una mano por el pelo, suspirando.

—En ese caso prepárate para actuar como madre soltera.

—Lo haré, sí, pero… Pero… —Las palabras se le atascaban en la garganta. Las obligó a salir—. Necesito que me ayudes.

—¿Yo? —exclamó él, incrédulo—. ¿Qué puedo hacer yo?

—Pues mira, ya me has ayudado. Has logrado que se durmiera y me has recordado que necesitaré una niñera. Confío en que me ayudes a organizar las cosas hasta que pueda organizarlo todo. —Respiró hondo. El tiempo pasaba. Bella estaba desesperada: sin duda él no se prestaría a hacerlo. No había hombre en su sano juicio que accediera a brindarle lo que ella necesitaba.

¡Pero necesitaba ayuda, por el amor de Dios! Atravesada por el pánico, lo cogió por el cuello de la camisa y le bajó la cara.

—Te salvé el pellejo. Me prometiste que si te pedía algo, lo cumplirías.

Entre los dos pendía la promesa hecha. Por la cara de Edward cruzó la comprensión.

—¿Es eso lo que quieres a cambio?

Ella asintió.

—¿Qué quieres, exactamente?

—Ayuda.

Edward tenía en su interior un arraigado detector de mentiras que en esos momentos sonaba a todo volumen. Habría apostado su título de abogado a que Bella Swan no decía la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

Pero acababan de encajarle un bebé; él lo había visto con sus propios ojos. Y era obvio que ella no lo esperaba. También era obvio que estaba decidida a cuidar de él, aunque no tuviera ni idea de cómo hacerlo.

Un hombre listo buscaría la manera de librarse de semejante situación. Al fin y al cabo, él debía aprovechar el tiempo para decidir qué iba a hacer con su vida. Necesitaba el zumbido sedante de las herramientas eléctricas, no los alaridos ensordecedores de un bebé, ni las alteraciones hormonales que Bella generaba con su mera presencia.

Si no le hubiese hecho aquella promesa… Ahí estaba otra vez su puñetera conciencia. Ya le había costado un empleo estupendo y una novia. Si no se andaba con cuidado le saldría aún más cara.

Se remangó con un suspiro y fue hacia la bolsa de pañales.

Bella se interpuso.

—¿Adónde vas?

—Has dicho que necesitas ayuda. Allí había unos papeles…

Ella se puso tensa.

—No tienes por qué verlos.

Edward apretó los dientes. Le gustaba conocer bien todos los datos y en ese momento no los tenía. Y donde no se conocen los datos suele haber una serpiente lista para atacar: lo había aprendido por triste experiencia.

—¿Había alguna información sobre el cuidado del bebé?

Bella parpadeó.

—Ah. —Después de revolver el contenido de la bolsa, le entregó una hoja arrugada.

Al ver las instrucciones Edward hizo una mueca.

—¿Qué pasa?

—No se pueden usar pañales desechables. —Meneó la cabeza—. Eso reducirá a la mitad el número de candidatas a niñera.

Ella se mordió el labio.

—¡No me digas!

—No llamarán a tu puerta para que les permitas usar pañales de tela. ¿Tienes por aquí las páginas amarillas?

La muchacha asintió y dijo:

—Comenzaré a llamar.

—Deja que consulte antes con mi madre. —Edward sacó su móvil—. Ella está bien informada sobre estas cosas. —Mientras marcaba el número de la casa paterna sentía la mirada de Bella fija en él—. Hola, Jane. Soy Ed. ¿Está mamá por ahí?

El ama de llaves respondió que sí. Él aguardó a que su madre se pusiera.

—Hola, Edward. ¿Cómo estás, querido?

—Bien, mamá. Oye, necesito un favor. Una amiga mía busca una buena niñera. ¿Puedes recomendarnos algunas agencias?

Siguió un silencio.

—¿Una amiga? —repitió su madre—. ¿Qué amiga? ¿Cuánto hace que conoces a esa amiga?

Edward percibió en la voz de su madre el tono que decía «quiero un nieto». Se habría dado una bofetada.

—No te hagas ilusiones, mamá. Es sólo una vecina. La he conocido ahora, al mudarme de nuevo a Seattle.

—Ah —dijo ella, con la voz cargada de desencanto—. Bueno, pero esa vecina tuya, ¿es joven?

Él contuvo un gemido. Conocía muy bien a su madre: si no había un nieto listo para llevar, al menos querría una candidata a nuera que pudiera proporcionárselo.

—Mamá…, es sólo para hacer un favor. Ella ha tenido que encargarse repentinamente del hijo de una prima.

—¿Qué ha pasado? ¿Un fallecimiento?

Estupendo: quería detalles.

—Sí. Es una situación muy triste.

—¿Qué tiempo tiene la criatura?

—Es un bebé de… —Edward miró a su vecina, que mostró seis dedos en alto—. Seis meses.

—Ay, qué pena. —Su madre chasqueó la lengua—. Y tu vecina cuidará de esa pobre criaturita. ¿Niña o varón?

—Varón. Oye, mamá, con respecto a esas agencias…

—Y tu vecina es joven, ¿no? —insistió ella. A su voz volvía a asomar la

esperanza.

—Mamá… —dijo él, en tono de advertencia.

—Pues qué quieres, Edward, con lo preocupada que estoy desde que se rompió tu noviazgo. Y tú sin salir con nadie, pese a todo lo que he intentado…

—De eso podemos hablar en otro momento, mamá. Ahora necesito que me recomiendes algunas agencias de niñeras. ¿Puedes ayudarme o no?

—Claro que puedo. —Parecía algo ofendida—. En mi club de bridge, las hijas de las socias usan Servicio de Niñeras. En la Liga Femenina es Conexión Niñera. Cualquiera de ellas te servirá. ¿Vendrás mañana a cenar?

Él negó con la cabeza. No estaba dispuesto a afrontar el interrogatorio y la manipulación, aunque fueran bien intencionados.

—Mañana no podré. Tengo que hacer más arreglos en el apartamento.

Su madre dejó oír un chasquido de frustración.

—¿Por qué te empeñas en hacerlos tú mismo, si bien podrías pagar para que te los hicieran? Es algo que no puedo entender. ¡Pero si no sé por qué no te has mudado a casa!

Ni aunque se le viniera el mundo encima.

—Gracias por ofrecérmelo, mamá. Eres un ángel, pero no puedo aceptar. Gracias otra vez por darme esas referencias. Te llamaré pronto. Recuerdos a papá. —Cortó. Aún sentía sobre él la mirada curiosa de Bella—. Me ha dado dos nombres. Te conviene llamar esta misma noche, dejar un mensaje en el contestador y volver a comunicarte con ellos por la mañana.

—¿Te ha preguntado si el bebé era tuyo? —inquirió Bella, sin rodeos.

—Tenía esa esperanza. Quiere nietos. Y con la ruptura de mi compromiso le he destruido las ilusiones.

La chica arqueó los labios en una sonrisa que encerraba algún anhelo.

—Puede parecer molesto, pero es grato tener a alguien que se interesa tanto por ti.

—Es madre hasta la médula —aseguró él. Pero se interrumpió al ver su expresión—. ¿Y la tuya?

—La perdí hace mucho tiempo. Viví con ella sólo hasta los nueve años.

Edward dejó escapar un silbido apagado.

—¿Y tu padre?

Ella hizo una mueca.

—No es un cuento muy bonito para la hora de dormir. —Se mordió el labio—. Bueno, ¿qué hay con esas agencias?

—Servicio de Niñeras y Conexión Niñera. —La observó mientras hojeaba las páginas amarillas y cogía el auricular. No pudo dejar de estudiarla, en tanto ella grababa sus mensajes con tono apagado y sensual. El albornoz, medio abierto, dejaba al descubierto un seno amplio. Lo abultado de la tela no lograba disimular la curva de la cintura y las caderas. El pelo castaño le caía sobre un ojo, brindándole un aspecto seductor, algo peligroso. Era un estilo abrupto y enérgico, rebelde.

Edward siempre había preferido el pelo largo. Bella no se parecía en nada a su antigua novia. Tanya era rubia y esbelta, serena y clásica.

—Listo —dijo ella al colgar.

Su vecino asintió.

—Cubriré la primera guardia —ofreció.

—¿Qué primera guardia?

—Con el bebé. Si no duerme bien, los dos nos pasaremos toda la noche en pie. Será más fácil si nos turnamos. Dame una manta y una almohada, que acamparé en un sillón de tu cuarto de estar.

Por la cara de la muchacha cruzó la sorpresa.

—¿Piensas pasar la noche aquí?

Él se encogió de hombros.

—Parte de la noche, sí. A menos que prefieras arreglártelas sola con Willy.

—¡Oh, no! —exclamó ella inmediatamente, atravesada otra vez por el pánico—. ¡No, pero si lo de las guardias me parece una idea estupenda! Te… —Carraspeó como para tragarse otra porción de orgullo—. Te agradezco la ayuda. Voy a por una almohada.

Y desapareció por el pasillo; aun cuando estaba ausente su aroma era excitante en las fosas nasales. Edward se preguntó qué pasaría si la seguía hasta el dormitorio y pasaba la noche allí, ahogándose y ahogando las frustraciones de su vida en esas curvas apetitosas, en esa boca.

Bella regresó con la almohada y la manta. Mientras él las ponía en una silla, ella le preguntó:

—¿Quieres una cerveza?

—Me sentaría bien —asintió Edward.

La chica fue a la nevera.

—Creo que me quedan tres de cuando Dinero aún… —Se interrumpió abruptamente y sacó una botella—. Toma.

Él la abrió.

—¿Quién es Dinero?

—El mejor amigo que he tenido en mi vida. Ha muerto.

—Lo siento.

—Yo también. —Su mirada se apartó de él, como si el tema fuera doloroso. Dio

un paso hacia el cuarto de estar—. Será mejor que preparemos tu sitio. Espero que puedas dormir.

—He perdido el sueño por cosas menos importantes que ésta.

Bella respondió a su mirada con un asomo de sonrisa.

—Yo también.

Edward se refería a perder el sueño por problemas profesionales y por su noviazgo roto, pero aquella expresión le hizo pensar que ella se había desvelado por pasatiempos mucho más placenteros.

La chica, con la manta en una mano, señaló el sillón. Una vez que él estuvo sentado lo cubrió. El gesto era extrañamente maternal.

—Gracias —murmuró él. Bella se sentó en el apoyabrazos del sillón vecino—. ¿Por qué no te acuestas?

—Todavía no. Tengo demasiadas cosas dándome vueltas en la cabeza.

Edward echó un vistazo al bebé.

—Es una gran responsabilidad, ¿no?

—Sí.

Entre los dos, en la oscuridad, pendía el silencio: un silencio cómodo, con un dejo de algo eléctrico que él no lograba identificar.

—¿Cómo era ella? Tu novia…

Le extrañó no sentir la intensa irritación que solía experimentar cuando alguien mencionaba a su ex novia. La pregunta de Bella no tenía nada que ver con la situación actual, pero sintió deseos de responder. Más adelante tendría que averiguar por qué.

—Graduada en Yale, con las mejores calificaciones de su clase. Muy inteligente y ambiciosa, bella y distinguida. Su pedigrí se remonta a los primeros colonizadores.

—Perfecta —murmuró Bella.

—Eso pensaba yo. Ella decía que nuestra vida sería perfecta. —Y había sido un orgullo conseguirlo todo: ascender de rango en el bufete, cortejar a Tanya sin ayuda de su padre y lejos de la influencia del apellido familiar.

—La realidad muerde. Nadie consigue la perfección, al menos en esta vida.

—Lo dices como si supieras de eso.

—Digamos que la perfección es un tema sobre el que estoy bien versada.

—¿Qué preparación tienes?

—Mi padre es evangelista y él exige perfección.

Algo que vio en los ojos de Bella hizo que Edward se sintiera incómodo, pero ya estaba lanzado y no podía detenerse.

—¿Y qué pasaba cuando tú no eras perfecta?

Ella se encogió de hombros.

—Lo de siempre. Eso no importa. Lo importante es lo que aprendí: no esperes la perfección de ti misma ni de nadie más, que así serás mucho más feliz.

—Pero si no buscas la perfección, ¿a qué aspiras?

—A lo excepcionalmente bueno.

Algo le dijo a Edward que ella aplicaba un esfuerzo excepcionalmente bueno a todo lo que hacía. Y que ese esfuerzo excepcionalmente bueno dejaba a más de uno en el polvo.


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