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Capítulo 5
Un fuerte grito despertó a Bella; su cuerpo se puso tenso. Se incorporó precipitadamente mientras activaba su cerebro mediante bofetadas mentales. Bebé. Willy. Su guardia.
Con el corazón latiendo a cien por hora, saltó de la cama para correr a la sala de estar. Como sus piernas se movían con el piloto automático, estuvo a punto de chocar con la ancha espalda de Edward. Parpadeó al verlo con el bebé en brazos. ¿Qué hacía ese hombre allí? Ella debía haber hecho la segunda guardia, pero ni él ni Willy la habían despertado.
Edward se giró para mirarla.
—Buenos días. —Willy aulló—. Me parece que es hora de cambiarle y darle de comer.
—Cambiarlo —repitió ella, que aún no tenía todas las neuronas funcionando. De pronto captó la idea—. Pañales —dijo, no muy deseosa de asumir la tarea.
Él asintió con la cabeza. Bella levantó una mano.
—Un minuto. Dame un solo minuto.
Después de coger el papel de las instrucciones, corrió a la cocina y abrió una lata de leche para bebé de las que había retirado de la bolsa la noche anterior. Llenó un biberón y lo puso a calentar en el microondas durante quince segundos.
Antes de que el horno pitara, regresó a la sala de estar en busca de un pañal limpio y el paquete de toallas húmedas. Luego paseó la mirada por la habitación.
—Hagámoslo en el cojín —dijo.
Edward puso allí a Willy, que chillaba a todo volumen. Ella se mordió los labios.
—Creo que nunca he cambiado un pañal. Tendrás que ser paciente —le dijo al niño mientras le quitaba las bragas de plástico y los alfileres de seguridad—.
Espero que no sea muy repug… Ay, Dios mío —se horrorizó—. ¿Cómo es posible que una persona tan pequeña pueda producir semejante cantidad de…?
—No te conviene dejarlo al aire —advirtió Edward.
Ella le echó una mirada confusa.
—¿A qué te refieres?
Su vecino señaló.
—Puede…
Bella bajó la vista a la pequeña fuente de pipí que le estaba rociando el camisón. Después de cubrir el chorro del bebé con un pañal, miró a Edward.
—¿Podrías traerme otro pañal, por favor?
Mientras tanto comenzó a limpiar a Willy sin mucha eficiencia. El niño gritaba cada vez más y la confusión de Bella iba en aumento.
—Debes mantenerlo cubierto con el pañal mientras lo limpias.
—Es lo que estoy haciendo.
Willy estiró la mano hacia la zona del pañal.
—Vigílale las manos. Creo que mi prima doblaba el pañal por la parte delantera.
Ella arrugó el entrecejo, tratando de coordinar las tareas.
—¿Cómo aprendiste tanto sobre pañales de tela?
—No es tanto lo que sé, pero tengo muchos primos que se han esmerado en esto de la procreación. Es posible que se calme un poco si le hablas.
A ella le palpitaba la cabeza.
—¿Que le hable? ¿Cómo puedo mantener una conversación mientras hago esto? ¿Y con esos gritos, sobre todo?
—Cuida de no clavarle el alfiler. Y tienes que…
Bella lanzó una maldición por lo bajo.
—No vayas tan rápido.
—Pon el alfiler —indicó él, arrastrando la voz como si la creyera retrasada—. Lejos de…
La muchacha se pinchó un dedo con el segundo alfiler y volvió a maldecir.
Después de callarlo con un ademán de la mano, se incorporó con el bebé en brazos.
—Te agradezco mucho la ayuda —dijo, mirándolo directamente a los ojos—. Y reconozco que tienes más conocimientos que yo en varios terrenos. Pero aunque no soy muy leída, tampoco soy lela.
Edward la miró fijamente; después inclinó la cabeza a un lado.
—Puedo asegurarte que eso nunca se me ha pasado por la cabeza.
—Hum. —Bella, escéptica, llevó a Willy a la cocina. Cuando su vecino se reunió con ella estaba retirando el biberón del microondas. Lo sacudió y probó la temperatura en la mano, mientras Willy se retorcía estirando los brazos hacia el biberón—. ¡Mira que estás hambriento, pequeño!
—¿Me has tomado por un elitista intelectual?
—Sí —confirmó ella inmediatamente, mientras Willy chupaba ruidosamente la tetina.
—¿Siempre condenas sin juicio previo?
—Sólo cuando tengo razón —aclaró la muchacha, sonriente.
Él plantó las manos en sus estrechas caderas.
—¿Por qué estás tan segura de tener razón?
—¿Dónde estudiaron tus mejores amigos?
—En Harvard. Algunos en la Tecnológica.
—¿Cuántos han seguido cursos de posgrado?
—La mayoría —admitió él, de mala gana.
—¿Cuántos abandonaron la carrera antes de graduarse?
—Ninguno, pero…
—No he terminado. Entre las mujeres con las que has salido, ¿cuántas ha habido que no se graduaran con matrícula?
Él la miró a los ojos.
—Ninguna, pero…
—Caso cerrado.
—En ningún tribunal podrías condenarme basándote en esas respuestas.
—Pero aquí no estamos en un tribunal. Estamos en el mundo de Bella.
—Te equivocas.
—Claro que no.
—Claro que sí.
—Tengo razón —dijo ella. Y rio entre dientes al recordar la réplica que usaban ella y sus amigos en la infancia—: Hasta el infinito.
Edward contrajo los labios.
—¡Cuánta madurez! Me asombras.
—Qué pena que no se te haya ocurrido antes a ti, ¿verdad? —lo espoleó.
Willy arrojó el biberón al suelo y dejó escapar un fuerte eructo. Ella lo miró boquiabierta, sorprendida por el volumen.
—¿Cómo es posible que una persona tan pequeña…?
—Te estás repitiendo —apuntó Edward.
Bella asintió con aire distraído. El bebé se carcajeó con una enorme sonrisa, y fue como si asomara el sol por detrás de una nube. Fue una sensación extraña, cálida, que le ensanchó el corazón.
Otra sensación cálida empapaba el costado de su camisón. Tardó un momento en asimilar su origen. Entonces gimió:
—Este maldito pañal me está mojando. Tendré que cambiarlo otra vez. Y aún debo ocuparme de ese otro. ¿Qué se hace con los pañales sucios, dime? —murmuró.
—Mi prima los aclaraba en el lavabo —informó Edward.
—Pero ¿cómo? —Ella se imaginó revolviendo el pañal con un palo.
—Con la mano.
Sacudió la cabeza, disgustada.
—De ninguna manera. Tiene que haber un método mejor. Compraré guantes. Tal vez al crecer supere esa reacción alérgica.
—Los sueños son deseos creados por el corazón —comentó él, críptico.
A Bella no le gustó su tono; lo miró con el entrecejo arrugado.
—Oye, te pedí que me ayudaras con Willy, pero ahora caigo en la cuenta de que aún no le has cambiado los pañales.
—No. Asumí tu guardia para que pudieras dormir.
Bella abrió la boca, pero volvió a cerrarla. Qué faena… Eso era incontestable.
—¿Ibas a decir algo? —inquirió él, con un alzamiento de cejas que logró ser a la
vez impertinente y seductor. Aún tenía la cara amoratada por la aventura del
garaje.
Bella arrugó la frente un poco más. Era un niño pijo malcriado, ricachón y
elitista intelectual. Supuestamente él no podía ser atractivo. Y ella no podía sentirse atraída, ni siquiera remotamente, cuando un bebé de seis meses acababa de mearla. Miró a Willy y suspiró.
—¿Qué haremos con él mientras no consigamos una niñera?
—Por la mañana tengo que dar clase, pero a la hora del almuerzo podría hacerme cargo de él.
—Conque sólo debo cuidarlo hasta mediodía. Quizá pueda llegar tarde y trabajar después de la hora de cierre. Con un poco de suerte, durante la mañana podré entrevistar a un par de posibles niñeras.
Él contrajo los labios.
—¿Cómo andas de suerte?
—No te ensañes —respondió ella con una mueca.
Edward le hizo un burlón saludo militar.
—Nos vemos después del almuerzo.
—Para echarnos la siesta. —Las palabras le surgieron de la boca por sí solas—. Perdona, era una broma. Con Dinero coqueteaba mucho y… —Se encogió de hombros—. Mala costumbre.
—Se diría que tú y Dinero erais íntimos.
—Sí, en efecto —confirmó ella, sin deseos de explayarse. Estaba asombrada de su propia actitud. Por lo general no le era fácil sincerarse con los hombres. A Dinero le había llevado mucho tiempo ganarse su confianza. Pero con Edward bajaba la guardia; ¿por qué?
Echó un vistazo a Willy. Allí tenía la respuesta: pura desesperación.
Después de batallar una hora para vestirse y vestir a Willy, Bella puso al bebé en su coche, fue a WalMart y vació la Sección Bebés. Fue casi imposible meter el parquecito en el coche; en cuanto al columpio, se quedó asomando por la ventanilla del lado opuesto al conductor. En WalMart no había quedado un solo pañal de tela ni una braga de plástico. A pesar de haber comprado varios pares de guantes de goma, tenía la sensación de que arrojaría más de un pañal a la basura.
Como de costumbre, el guardia de seguridad no estaba a la vista; tuvo que subir ella sola lo que pudo, mientras Willy gimoteaba pidiendo otro biberón. Cuando cruzó su umbral, medio a tumbos, oyó que el teléfono sonaba. Dejó caer la parafernalia infantil en el vestíbulo para correr hacia el aparato.
—¿Diga? —susurró, sin aliento.
—¿Señorita Swan? —preguntó Rosalie, su secretaria.
—Sí, ¿qué pasa? —inquirió Bella mientras balanceaba a Willy, cuyos gimoteos se hacían cada vez más nerviosos.
—Me parece oír a un bebé.
—Sí. Es una larga historia. Te la contaré en otro momento. ¿Qué necesitabas?
—Se la requiere en la oficina, señorita. Han venido los contables.
—¿Ahora? —Bella no pudo evitar que su voz sonara quejosa—. ¿Por qué?
—Quieren hablar inmediatamente con usted. —Rosalie bajó la voz—. También hay un representante del albacea testamentario de Jacob Black.
A Bella se le encogió el corazón.
—¡Hostias! —Y miró a Willy con una punzada de culpa. No estaba bien, sin duda, jurar delante del niño—. Ostras —enmendó—. ¡Ay, ostras!
—¿Señorita Swan?
—Sí. Iré lo antes posible.
Cuando el biberón estuvo caliente, Willy gritaba ya a todo volumen. Lo dejó en el suelo mientras sacaba el parque de su caja. Gracias a Dios el pequeño sabía sentarse y sujetar el biberón por sí solo. El parque era fácil de montar. En cuanto pareció estable metió al niño dentro y corrió a darse una ducha de tres minutos. Como no estaba segura de haberse quitado todo el jabón del pelo, decidió ponerse gomina, tal vez mientras fuera hacia el coche.
Desodorante, sí. Y cepillarse los dientes. El traje negro. Siempre vestía de negro cuando trataba con los contables. Cualquier otro color parecía despertarles
sospechas.
Willy, en el parque, tenía una expresión feliz, casi de embriaguez. Había arrojado el biberón fuera, tal como se arroja una lata de cerveza por la ventanilla de un coche.
Reunió valor para cambiarle el pañal, pero sólo estaba mojado.
—Quiero que estés contento y quietecito durante una hora, poco más o menos. Dame una mano, Willy. Tú puedes.
Después de coger la bolsa de pañales, volvió a su bebemóvil para ir a la oficina.
Aparcó más lejos del edificio que de costumbre para no llamar la atención: el columpio aún asomaba por la ventanilla.
Llevó a Willy junto con la bolsa de pañales hasta la oficina.
Rosalie la miró estupefacta.
—Sé que esto es muy extraño y no tengo tiempo de explicártelo, pero ¿podrías ocuparte de Willy mientras atiendo a los contables?
Su secretaria se levantó lentamente, parpadeando.
—Sí, por supuesto.
Willy escogió ese momento para soltar un eructo fuerte y cargado sobre el hombro de su traje negro.
Bella vio la mancha beige untada a su traje y cayó en el pánico.
—¡Coñ…! —Pero se interrumpió.
—Límpieselo en el cuarto de baño —le aconsejó Rosalie, mientras se quitaba el pañuelo que llevaba al cuello—. Y póngase esto. Pero dese prisa. La esperan en la sala de reuniones.
«Ay, Dios…», pensó, y luego afrontó la amable mirada de su empleada.
—Gracias.
Rosalie asintió con la cabeza y cogió al bebé. Bella corrió al tocador de señoras. Horrorizada, descubrió un sarpullido provocado por los nervios trepando por su cuello. Midió con la vista el femenino pañuelo de su secretaria y puso los ojos en blanco: para cubrir esas manchas rojas necesitaría una manta, una sábana. Luego se miró en el espejo.
—Tienes que dominarte —susurró con severidad, mientras limpiaba la mancha de leche—. ¿Qué pueden hacerte? Apenas quitarte la mejor oportunidad de tu vida. —Ahogó un gemido, haciendo un esfuerzo por cuadrar los hombros—. Recuerda, tu padre te pegaba y viviste en un asilo para desamparados. Puedes sobrevivir a cualquier cosa.
Después de respirar bien hondo, se ató bruscamente el pañuelo y, con el mentón en alto, marchó hacia la sala de reuniones tratando de no pensar que los fuegos del infierno esperaban para consumirla.
Al abrir la puerta de la sala curvó los labios en una sonrisa decidida.
—Buenos días —saludó a los tres hombres ataviados de negro—. Les agradezco la visita. —Era una mentira descarada.
Los tres se pusieron de pie y carraspearon antes de devolverle el saludo.
—¿En qué puedo serles útil? —preguntó ella.
—Tomemos asiento —sugirió Jerry Reubens, el jefe de contables.
Bella tenía la aguda sensación de que le esperaban malas noticias. Los hombres estaban más serios que de costumbre, si eso era posible. Mientras se instalaba en el borde de la silla apretó los puños con tanta fuerza que se le clavaron las uñas en las palmas.
Jerry inclinó la cabeza hacia uno de los albaceas de Jacob.
—¿Por qué no comienzas tú, Bill?
El nombrado carraspeó.
—Como usted sabe, señorita Swan, casi la mitad del capital del instituto pertenece a un socio comanditario, la compañía Lone Star. Tras la muerte del señor Black los miembros de esa empresa han decidido vender sus acciones a un único individuo. Y esa persona querría desempeñar un papel más activo en las decisiones empresariales que afecten al instituto.
—Pero yo sigo siendo accionista mayoritaria, ¿verdad? —Bella maldijo la falta de previsión que le había hecho ceder ese suculento dos por ciento a Helga.
—Sí, pero a fin de que la empresa opere con facilidad y para evitar conflictos, le convendría incluir al socio accionista en las reuniones y decisiones futuras.
Ella arrugó el entrecejo.
—Si soy la accionista mayoritaria, ¿por qué debo incluir a un socio comanditario que decide de pronto meter las narices?
Los hombres intercambiaron una mirada de soslayo. Jerry unió las puntas de los dedos formando un capitel de iglesia; para la muchacha no era un símbolo reconfortante.
—Los accionistas tienen derecho a solicitar auditorías y a examinar la capacidad de quien administra. Pueden requerir informes semanales sobre cualquier tema, desde el inventario hasta los mecanismos de seguridad, pasando por la higiene de los cuartos de baño.
A Bella se le anudó el estómago.
—Eso significa que se me podría acosar con detalles hasta liquidarme.
—Temo que sí. Lo mejor será que usted coopere con el socio accionista.
Ella suspiró.
—De acuerdo. ¿Quién es el tal socio?
Alguien llamó con los nudillos a la puerta entornada. En el hueco apareció una mujer.
Alice Black.
La hija a adoptiva de Jacob.
La que siempre la odio, al ser Alice una de las principales personas que pensaban que Bella era la amante de Jacob.
—Hola a todos. No os molesta que pase, ¿verdad?
Jerry echó un vistazo a Bill. Luego ambos miraron a Bella.
«Oh, no. No, no, no», pensó ella mirando desesperadamente al jefe de contables. Pero él le hizo un leve gesto afirmativo; en la cara llevaba escrita la horrible verdad.
—Tengo algunas ideas sobre los actuales planes de expansión —dijo la chica al entrar, muy fresca—. Buenos días —saludó a los hombres. Luego miró a Bella sin extenderle la mano; tampoco un saludo—. La señorita Swan ya está informada de mi participación, ¿no?
La sala comenzó a girar.
La noche anterior se había convertido en tutora de un bebé de seis meses; ahora Alice Black, la persona que más la odiaba, acababa de convertirse en su socia.
Allá arriba alguien se estaba divirtiendo a mares a su costa.
Alice tomó asiento y abrió una carpeta.
—Antes que nada me gustaría revisar sus estudios, señorita.
Un punto muy delicado para Bella. Irguió la espalda.
—Cuando me contrataron me dijeron que importaba más la experiencia.
—¿Y cuál era su experiencia cuando la ascendieron? —preguntó la chica, cortante.
Bella habría querido cogerla por las orejas y sacudirla hasta dejarlas hechas un nudo.
—Ya llevaba varios años trabajando en el instituto DeMay. Como usted sabe, me formó su propio padre —dijo con audacia, como si la desafiara a hacer comentarios burlones delante de los contables.
Alice enrojeció. Los ojos le chisporrotearon de furia.
—Me refería a su formación.
—Mi formación consiste en tres años bajo la instrucción de su padre. Tengo cinco años de experiencia en este instituto. ¿Qué tipo de experiencia laboral tiene usted? —inquirió, mientras interiormente pedía perdón a Jacob por devolver la pelota a su hija: «Lo siento, pero tu princesa se está saliendo de madre».
Alice abrió la boca, pero no surgió nada.
—Yo…, yo…
—Usted tiene estudios universitarios, ¿verdad? ¿Cuál es su especialidad? ¿En qué se relaciona con el instituto?
Alice empezaba a sudar. La noche anterior, al acostarse sola, había jurado ser la novia perfecta para Jasper Cullen. Después de su entrevista con el albacea de su padre llegó a la conclusión de que uno de sus primeros deberes de posible prometida era echar la basura fuera de su vida. Bella Swan debía desaparecer.
Sin embargo, esa mujer le hacía sentirse insegura aun entonces, cuando tenía motivos de sobra para sentirse al mando y segura de sí misma. Poseía casi la mitad de lo que Alice deseaba. Podía convertirle la vida en un infierno sin que la otra pudiese afectarle en absoluto. Salvo haciéndole sentirse insegura, ignorante y sin experiencia.
«Soy un bloque de hierro», se dijo. «Ella no puede clavarme las garras.»
—No es mi preparación la que debemos discutir.
—Si hemos de discutir la mía, es justo que también analicemos la suya. ¿Cuál ha dicho que era su experiencia laboral?
Alice se contuvo para no revolverse en el asiento.
—Un verano trabajé como secretaria privada de mi padre. Y he desempeñado un papel activo en diversas obras de caridad.
Bella hizo un gesto de asentimiento.
—Conque ha trabajado para su padre y para obras de caridad. —Meneó la cabeza—. El problema es que en las obras de caridad no es necesario lograr beneficios. En cambio, en una empresa sí.
La chica habría querido arrancarle esos ojos ardientes, incitantes, que convertían a los hombres en arcilla. Pero tragó el apretado nudo de su envidia.
—A propósito de beneficios, sus planes de expansión los reducirían.
—A corto plazo sí, pero las proyecciones a largo plazo indican que…
—El problema de las proyecciones es que son sólo proyecciones. No hay garantías.
—Las garantías no existen —aseveró Bella, con expresión de sabiduría femenina y mundana.
Por un segundo Alice se preguntó cómo habría obtenido esa seguridad. Algo le dijo que no había sido por caminos placenteros. Pero detuvo sus pensamientos. No había espacio para sentir compasión u otras emociones blandas por Bella Swan. Era una basura. Y a la basura hay que sacarla fuera para que se la lleven.
—Necesitaré más información antes de acceder a esa expansión en Port Angels.
Al ver que la mirada de su adversaria se convertía en acero, Alice sintió un momento de miedo. ¿Y si no podía deshacerse de ella?
—Muy bien —dijo Bella, seca—. Ahora no tengo tiempo, pero hágame llegar una lista con sus preguntas; cuando disponga de todas las respuestas se lo haré saber. Mientras tanto, si me disculpan, debo retirarme.
Y se levantó para salir de la sala, dejando a los tres hombres babeando. Alice también se puso de pie, disgustada.
—Nos veremos más tarde, caballeros. Buenos días —dijo. Y se fue hacia la parte principal del instituto.
Al girar la esquina estuvo a punto de chocar con Bella, que llevaba en brazos a un bebé. Un varón, presumiblemente, a juzgar por la chaqueta azul y el gorro, que no llegaba a cubrirle las orejas de soplillo.
El bebé alargó una mano hacia ella e hizo un gorgorito. Alice sintió que algo se le ablandaba en su interior. Quería tener hijos de Jasper.
—Qué ricura —dijo—. ¿De quién es?
—De un amigo —respondió vagamente Bella. Y suspiró, colgándose una bolsa de pañales al hombro.
Era un espectáculo extraño: Bella, la vampiresa, con un bebé. Por primera vez Alice descubrió círculos oscuros bajo los ojos de la amante de su padre.
—¿Y por qué lo tiene usted? —No pudo evitar preguntarlo.
La otra la miró a los ojos.
—Porque lo prometí.
