Disclaimer:
Severus no nos pertenece (si nos perteneciera no le hubiéramos hecho sufrir tanto, pobrecillo…) y el resto de personajes, tampoco. Son de una señora inglesa que se ha hecho rica maltratándoles…
Nota de autoras:
Hola a todas!
Bueno, esperamos que ninguna se haya sentido decepcionada por el hecho de que el misterio se haya rebelado en el primer capítulo, porque esto va a llevar a nuestros protagonistas a un nuevo nivel en esta aventura… ;)
Lo interesante ahora va a ser cómo lo descubre nuestro profesor, que ha sido convenientemente reconvertido en inspector Clouseau para la ocasión, jeje!
Y como no queremos desvelar más de lo necesario, os dejamos ya con el capítulo. ¡Un beso a todas!
Muchas gracias a DeathEaterBlood, seyka, y Amia Snape por vuestros comentarios. Son un amable reflejo de nuestro fic :)
Capítulo 2. Tercer intento
Fred y George Weasley se retorcían de la risa en la mesa de Gryffindor mientras un irritado Cedric Diggory les observaba ceñudo y con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Está bien, ya os habéis reído bastante, ¿no? Ahora, ¿me podéis decir cómo diablos funciona esta maldita cámara?
—¡Ay, Merlín! Repítelo, repítelo… —dijo Fred.
—Sí, repítelo —le secundó George—, pronunciaste el hechizo y…
—Y entonces Snape resbaló, le di a una sirena por accidente y la cámara se puso a chillar el mismo hechizo y me encontré totalmente desnudo. No veo qué os parece tan gracioso, la verdad —dos carcajadas descontroladas fluyeron de las gargantas de los gemelos, que empezaron a golpear la mesa con la palma de la mano—. Y os agradecería que fuerais más discretos, creo que no ha quedado ni un solo alumno de vuestra Casa que no se haya enterado de lo que habéis dicho.
—¡Qué va! —dijo George, secándose una lágrima.
—Están todos demasiado distraídos hablando del Torneo… —confirmó Fred.
—No se enteran de nada.
—Ya, bueno. Por si acaso —insistió Cedric.
—Está bien, está bien, ya bajamos la voz —aseguró Fred, entre risas.
—Pero es que lo que te ha pasado es la hostia, no nos dirás que no…
Cedric dirigió una rápida mirada a la mesa de los profesores, donde Snape masticaba su comida con la vista fija en el plato, como si estuviera absolutamente perdido en sus propios pensamientos. El chico recordó la tarde anterior, cuando el hombre se había quedado en ropa interior para meterse en el lago a nadar y, por un segundo, se distrajo pensando en lo desafortunado que era que Snape se vistiera siempre con esa túnica negra tan ancha que impedía adivinar el cuerpo tan firme y estilizado que se escondía debajo. Sorprendido del curso de sus propios pensamientos, regresó a la conversación.
—No, no es la hostia —repuso furioso—. Lo que es la hostia es que para hacerle la foto me deis este cacharro —dijo, mostrando un poco de la cámara que escondía en el bolsillo de su túnica— y no me queráis decir cómo se utiliza.
—Pero es que eso es parte de la aventura… —dijo Fred.
—¿Qué emoción tendría si no?
—Emoción… —repitió el Hufflepuff, entre dientes— os voy a dar yo emoción…
"Déjalo", se dijo el chico, "no les vas a sacar prenda. En cambio, siempre puedes preguntarle a Cho si sabe cómo funciona". Pensando en esto, se giró hacia la mesa de Ravenclaw, pero no vio a la chica por ninguna parte. Se acercó a una compañera de su clase y dijo:
—Hola, ¿sabéis dónde está Cho?
La joven, al ver quién era el que se dirigía a ella, se ruborizó visiblemente y parpadeó con coquetería.
—Ah… Cedric, no, no la he visto, pero si puedo ayudarte en algo yo misma…
—No… eh… —el joven rebuscó en su memoria el nombre de la chica, pero decidió que nunca lo había sabido, para empezar, de modo que desistió— gracias. Sólo quería hablar con ella.
Le dedicó una de esas sonrisas que hacían que todas las alumnas del colegio se derritieran y se fue a sentar a su mesa. Hubiera debido hablar con ella durante el desayuno, pero quería interrogar primero a los gemelos, y no había tenido oportunidad por la mañana, así que lo había pospuesto para la comida del mediodía y ahora, por lo que parecía, tendría que retrasarlo también hasta la cena.
—Eh, Cedric —dijo Paul, un compañero de clase, cuando el chico se sentó a la mesa—, ¿has oído los rumores?
—¿Qué rumores? —preguntó con desgana.
—Dicen que las de Beauxbatons son todas veelas, ¿te lo puedes imaginar?
—¡Mierda! ¡Es verdad! —gritó el chico, dándose una palmada en la frente—. No me acordaba de que los delegados de los otros colegios vienen esta tarde.
Paul le observó como si le hubiera dicho que los elfos domésticos eran su ideal de belleza.
—¿Cómo puedes haberte olvidado? —dijo—. Hace semanas que no se habla de otra cosa en todo el colegio. Tú mismo no has hablado de otra cosa últimamente.
—Ya, bueno… he tenido la mente ocupada en otros temas… —se disculpó y, dando el asunto por zanjado, empezó a atacar el bistec que tenía en el plato.
—Al fin te encuentro.
Cho Chang se giró hacia la voz que había hablado junto a su oído derecho y sus pequeños ojos rasgados se estrecharon aún más al ver el bello rostro de su flamante novio.
—Hola —le dijo, sonriendo abiertamente.
—¿Puedo… —Cedric la agarró del brazo y miró a su alrededor, a los compañeros de Ravenclaw que la acompañaban— puedo hablar contigo un momento?
—Claro que… —pero, antes de que pudiera acabar la frase, se vio arrastrada por el brazo a la fuerza. Cho llamó la atención del joven mientras le lanzaba una mirada ofendida—. ¡Cedric! ¿Qué haces? ¿A qué viene esto? ¿Qué te pasa?
El chico se detuvo en un rincón lo suficientemente apartado como para que nadie les pudiera escuchar y se encaró con la muchacha, soltando al fin su agarre.
—Creo que mi cámara no funciona bien —susurró.
—¿Tu cámara? ¿Qué cámara?
Cedric se preguntó, no por primera vez, qué demonios hacía saliendo con esa chica.
—¿Cuál va a ser? —Se impacientó—. ¡La cámara de fotos! La Hravich…
—Ah, sí, la cámara Hovic. ¿No funciona? ¿Por qué?
—Bueno, la cámara… habla —echó una rápida ojeada por encima de su hombro, esperando que nadie le hubiera escuchado, se sentía bastante absurdo por decir aquello—. O, para ser exactos, grita.
—Así que habla, ¿eh? ¿Y qué te dice? —Le preguntó Cho, con una sonrisa burlona—. ¿Tiene buena conversación?
—Muy graciosa, Cho. No, no tiene "conversación", ni buena ni mala; lo que hace es decir lo que…
En ese momento, la puerta del aula de Estudios Muggles se abrió de golpe y la profesora Burbage instó a sus alumnos a que pasaran.
—Lo siento, Cedric, no puedo llegar tarde —se puso de puntillas y le dio un casto beso en la mejilla—. Ya hablaremos después… si no estás muy ocupado charlando con tu cámara, claro…
—Pero Cho…
—¡Lo siento! —gritó, mientras se perdía en el interior de la clase.
Cedric, para su propia desgracia, tampoco podía saltarse las clases de la tarde, así que se dirigió al aula de Defensa Contra las Artes Oscuras, cabizbajo.
Por más que le costase, en el estado de agitación en el que se encontraba, tenía que concentrarse al cien por cien en esa clase, ya que el profesor Moody era capaz de observarte aún estando de espaldas. Lo cierto era que su ojo mágico le daba escalofríos y por un momento le pareció que miraba con fijeza su cartera, donde guardaba la Hovic, como si supiera lo que había dentro; pero desestimó el pensamiento, considerando que quizá se estaba obsesionando demasiado con la dichosa cámara.
Gracias a Merlín que las clases de ese día habían acabado una hora antes, porque Snape no estaba seguro de poder soportar un solo accidente más en su aula de Pociones. Si los estudiantes ya solían ser peligrosamente torpes por naturaleza, ese día, a solo unas horas de conocer a los alumnos de las otras escuelas, sus mentes estaban en cualquier parte menos en la asignatura que tenían entre manos.
Como había acordado con los demás Jefes de Casa, a la hora señalada agrupó a sus Slytherins en una larga hilera en el vestíbulo y esperó a que llegasen los invitados. Las exclamaciones de asombro de los alumnos ante las espectaculares apariciones de los delegados de Beauxbatons y Durmstrang le hicieron resoplar y poner los ojos en blanco en varias ocasiones pero, finalmente, habían entrado todos en el castillo y se habían dirigido al Gran Comedor para cenar.
Iba a sentarse en su lugar habitual, pero vio que Karkaroff se había puesto en la silla de al lado y decidió cambiarse a la otra punta de la mesa de profesores. No tenía ningunas ganas de charlar con él y sabía que, si se ponían juntos, intentaría entablar conversación.
Se puso a remover la comida de su plato sin llegar a probar bocado, tan ensimismado como había estado al mediodía, y con tan poco apetito como entonces. ¿Quién sería el autor de aquellas malditas bromas? ¿Quién, en todo el colegio, tenía tiempo para algo así cuando todos estaban como locos por el Torneo?
Cuando, asqueado de remover sus alimentos sin llevarse ninguno a la boca, decidió saltarse también esa comida, se levantó de la mesa y se dispuso a retirarse a sus aposentos, pero Dumbledore le detuvo.
—Severus, mi muchacho. ¿No pretenderás marcharte?
—No tengo hambre —dijo por toda excusa, malhumorado.
—Pero no puedes irte, ¿es que no lo recuerdas? —Ante la mirada confusa del profesor, el director prosiguió—. Tenemos que informar de las reglas del Torneo.
Snape frunció los labios, irritado. Sí, lo había olvidado completamente.
—Tiene razón, señor director —dijo, y volvió a sentarse a su sitio de mala gana.
De modo que tuvo que esperar a que Dumbledore informara a los alumnos del procedimiento de selección de participantes y del resto de detalles antes de poder levantarse de la mesa de nuevo y, cuando lo hizo, había ya un pequeño embotellamiento en la puerta de salida lateral del Gran Comedor, donde Hagrid, Madame Maxime y una de sus alumnas de Beauxbatons habían estado a punto de tropezar al pasar por ella.
—Pase usted primero, madame, por favor —le dijo el semigigante a la enorme mujer, con tono exageradamente cortés incluso para él.
—Es usted muy amable, «señog»…
—Hagrid, puede llamarme Hagrid, sin el "señor" —ofreció el hombretón, con una enorme sonrisa.
Snape hizo rodar los ojos, pero esperó pacientemente a que decidieran pasar de una vez.
—«Haggid» —la mujer sonrió y atravesó por fin la puerta agachando la cabeza para no golpearse con el dintel, después la siguió la joven alumna que iba con ella y a continuación Hagrid, que también tuvo que agacharse un poco para hacerlo.
Seguidamente salió Snape quién, no obstante, no pudo continuar más allá porque los tres habían vuelto a detenerse en medio del pasillo para hablar, obstaculizando la circulación.
—Si me permiten… —dijo Snape, intentando hacerse paso, pero entonces la mujer se interesó en saber quién era.
—¿Es usted también «pgofesog»? —preguntó.
Recordándose que no era una alumna y, por tanto, no debía ridiculizarla por tan estúpida pregunta, Snape reprimió un suspiro y contestó.
—Sí, madame, soy el profesor de Pociones de esta escuela.
—¡Oh, Pociones, qué «encantadog»! —exclamó la mujer—. Esa «siempge» fue una de mis «asignatugas» «pgefegidas». Lamentablemente, con unas manos tan «ggandes» como las mías es difícil «elabogaglas» eficazmente —Snape miró las enormes manos de la mujer, que había extendido ante él a modo de demostración—. «Pego» Fleur, que es mi alumna más «bgillante», «siempge» ha sacado unas notas excelentes en esa «asignatuga».
La joven rubia que acompañaba a Madame Maxime sonrió con orgullo y dio un paso adelante hacia el hombre.
—En «gealidad», he sacado notas excelentes en todas las «asignatugas» —puntualizó, y su directora asintió con la cabeza.
—Fascinante —rezongó Snape, "otra sabelotodo", pensó—, pero ahora tengo que retirarme para atender ciertos asuntos que no pueden demorarse. Si me disculpan…
Hizo una media reverencia destinada a acabar con aquella tediosa conversación y, de pronto, ocurrió de nuevo. Un espantoso chillido retronó en el pasillo y cuando Snape levantó la cabeza se encontró con la horrible visión de una Madame Maxime como su madre la trajo al mundo, sólo que bastante más envejecida. Y entonces pasaron varias cosas a la vez:
—¡Mon Dieu! —gritó la mujer.
Snape, horrorizado por la espantosa visión del gigantesco cuerpo femenino, dio unos pasos hacia atrás, pisó sin querer el dobladillo de su propia y larga túnica y cayó al suelo de culo, pero eso no le impidió seguir retrocediendo, apoyándose en las palmas de las manos y las plantas de los pies, deseando apartar la vista de la mujer desnuda, pero sin lograr hacerlo.
Hagrid abrió los ojos como platos y se puso delante de ella, de espaldas a la mujer, para cubrir sus vergüenzas con su propio cuerpo, y Fleur dio un chillido histérico que casi rompió los tímpanos de todos los presentes.
—¡Nudare! —La estridente voz llegó de un pasillo transversal.
—Ah, no —dijo Snape, girándose en esa dirección—. Otra vez no, no te me vas a escapar de nuevo.
Y, poniéndose en pie de un ágil salto, echó a correr hacia el lugar del que había procedido el sonido.
Cedric corrió como alma que lleva el diablo por los pasillos del Castillo, huyendo de Snape, al que había visto de refilón ponerse de pie con una facilidad inusitada para su edad pero, afortunadamente, él era un chico atlético y entrenado, por lo que sus piernas volaron raudas, alejándole del profesor.
Se adentró por la primera puerta que encontró, la cerró y se apoyó contra ella, cerrando los ojos. No entendía nada; al ver que Snape salía del Gran Comedor después de la cena, había intentado de nuevo sacarle la maldita foto pero, para su sorpresa y consternación, vio cómo Snape hacía una estúpida reverencia en ese preciso instante y su hechizo chocó contra el enorme cuerpo que estaba tras él. Y no sólo eso, sino que la cámara había gritado de nuevo su propio hechizo susurrado, dejándole desnudo, indefenso y confundido por segunda vez y, para acabar de aderezarlo, perseguido por un profesor maníaco al que sólo le faltaba soltar espuma por la boca para que pareciese que tenía la rabia.
Cedric escuchó cómo las fuertes y rápidas pisadas de Snape pasaban por el otro lado de la puerta y se perdían en la distancia. Suspiró, con el corazón latiéndole a mil por hora en su pecho, y abrió los ojos despacio. Todo estaba oscuro como boca de lobo, por lo que convocó un Lumos que iluminó la estancia, mostrándole que estaba en un pequeño y sucio armario escobero. Tenía muy claro que no podía quedarse allí demasiado tiempo, y mucho menos desnudo como estaba, así que hizo aparecer una túnica y se vistió decentemente. Una vez hecho esto, pegó una oreja a la puerta; en una mano su varita y en la otra la máquina que le había traído tantos problemas, e intentó escuchar los sonidos de fuera para poder hallar el mejor momento para salir antes de que a Filch se le ocurriera que era indispensable barrer el suelo.
A través de la madera pudo escuchar, distantes, las voces de algunos de los profesores de Hogwarts, entre ellas la del director Dumbledore, que parecía estar dando instrucciones sobre algo. Estaba un poco desorientado, pero pensó que debía de hallarse muy cerca del vestíbulo, porque por lo que escuchaba parecían estar colocando el Cáliz en su lugar. Por un momento, Cedric olvidó que estaba encerrado en un escobero, olvidó que Snape le perseguía y olvidó todo lo demás. Deseaba tanto participar en el Torneo, ansiaba tanto ganar y demostrarles a todos que no sólo era una cara bonita, sino que también era un espléndido mago, que todo desapareció de su mente en ese instante excepto el Cáliz. Quería ser el primero en poner su nombre en él, quería ser uno de los tres elegidos. Lo deseaba más que nada en el mundo. ¿Podía ser que el Cáliz tuviera eso en cuenta? ¿Su deseo?
Se quedó allí por veinte minutos, escuchando voces lejanas de vez en cuando pero aún así sin atreverse a salir, hasta que al fin pareció que el castillo quedaba en absoluto silencio. Lentamente, abrió la puerta del escobero con la mano con la que sujetaba su varita y sacó la cabeza. Ante él se extendía un estrecho y desierto pasillo, así que salió del armario y cerró la puerta tras de sí con suavidad. Todo estaba silencioso y apenas iluminado, y una luz blanquiazul provenía de algún punto más adelante. Se acercó sigiloso a ese punto hasta que pudo ver, unos seis metros por delante, el tosco cáliz de madera que Dumbledore les había mostrado tras la cena. Estaba rodeado de una fina línea dorada, pero el chico ni siquiera se percató de ello porque la atravesó sin siquiera mirarla. No tenía ojos más que para el Cáliz, que con su luz, parecía darle un tono azulado a sus grises pupilas.
Se sintió tan emocionado que, sin ser consciente de lo que hacía, dejó caer la cámara en uno de los bolsillos exteriores de su túnica, conjuró pluma y pergamino para escribir su nombre en él y, acto seguido, echó el pergamino al cáliz. Se quedó varios minutos allí, perdido en sus pensamientos, invocando a todos los dioses en silencio por ser uno de los tres campeones. De hecho, estaba casi seguro de que lo sería.
Con esa agradable idea, Cedric se dio la vuelta para dirigirse a la Sala Común de Hufflepuff, pero antes de poder dar un paso se quedó petrificado. Ante la escalinata de mármol había una negra figura que le contemplaba con sus fríos ojos negros brillando a la luz de las llamas del Cáliz. Su corazón pareció negarse a seguir latiendo, pero aún así se obligó a hacer una leve inclinación de cabeza y dio un inseguro paso al frente.
—Profesor Snape —saludó educadamente, como siempre le habían enseñado en casa que debía hacer para dirigirse a sus mayores.
—¿Qué hace aquí, señor Diggory? —interrogó Snape con voz sedosa, mirándole con ojos suspicaces mientras recorría con lentitud los pocos pasos que les separaban, el sonido de sus negras botas repiqueteando contra el suelo, retumbando por todo el desierto vestíbulo—. Hoy no le toca a usted hacer la ronda de los prefectos, debería estar en su dormitorio.
—Es cierto, profesor, eso mismo iba a hacer ahora —empezó a andar de nuevo, pensando haber encontrado un modo de salir airoso del embrollo, pero nuevamente fue detenido.
—¿Adónde cree que va? No recuerdo haberle dado permiso para marcharse.
—Perdone, profesor Snape pero…
—¿Qué guarda en ese bolsillo?
Cedric puso cara de pánico, el maldito Snape estaba señalando el lugar donde tenía la cámara. Le descubriría, sabría que era él quien se había dedicado a desnudar personas a su alrededor y le castigaría. Merlín, le iba a castigar sin poder participar en el Torneo. "Ah, pero eso no puede hacerlo, Cedric, te has adelantado a él y ya te has presentado, ahora todo depende del Cáliz", se dijo a sí mismo, y eso le tranquilizó un tanto.
—No llevo nada profesor.
—¿Intenta engañarme, señor Diggory? —Snape casi se abalanzó sobre él, amenazante—. He visto perfectamente como se metía algo en el bolsillo hace un momento. Enséñemelo. ¡Ahora!
Cedric no tenía otra salida, así que, a regañadientes, le mostró la cámara. Snape la cogió rápidamente y la observó desde varios ángulos con los ojos entrecerrados, como si no supiera de qué se trataba. Pronto se dio cuenta de que en eso también se equivocaba.
—¿Intentando sacar fotos del famoso Sr. Krum como todos esos mentecatos que babeaban por verle?
—Eh, yo… no… —se detuvo un momento en su negativa, viendo un atisbo de esperanza: quizá si le seguía la corriente no le descubriría y, tal vez, incluso podría recuperar la cámara—. De acuerdo, profesor, me ha pillado. Admito que quería hacerle fotos a los alumnos de las otras escuelas, esto es un gran acontecimiento, después de todo…
—Mmm… quizá sí… —repuso, taladrándole con la mirada— o quizá sus intenciones sean menos… inocentes.
—¿Cómo? —preguntó, alarmado—. No sé a qué se refiere.
—Confiscada —soltó simplemente.
—¡¿Qué? Pero eso es injusto. Yo sólo pretendía hacer algunas fotos.
—Sí, por supuesto, ¿piensa que no conozco a los de su calaña? —dijo con un desdén que Cedric no recordaba haberle escuchado nunca usar contra él—. El joven más popular del colegio, por el que todas las chicas suspiran, al que todos los chicos idolatran… ¿pretende hacerme creer que su ego le permite admirar lo suficiente a alguien más como para querer hacerle unas fotos en recuerdo de tan "memorable" evento?
Cuando Cedric logró sacudirse el asombro de encima y reaccionar a las palabras del hombre, lo hizo en tono decididamente acusatorio.
—¡¿Pero qué se ha creído? Con el debido respeto, señor, usted no me conoce en absoluto —Snape sonrió de medio lado—, ¡no tiene ni idea…!
—Castigado.
—¡¿Qué? ¡¿Por qué? —gritó Cedric, totalmente indignado.
—Por pasearse por el castillo tras el toque de queda. Y por gritarle a un profesor.
—Pero…
—Le espero mañana en mi despacho a las siete, y más le vale ser puntual —Snape se dio la vuelta, haciendo ondear su túnica, y desapareció por el pasillo por donde había venido.
Cedric, derrotado, arrastró los pies hasta su Sala Común. ¡Snape había sido tan injusto quitándole la cámara! ¡Y todas esas cosas que le había dicho! Aunque al menos tenía el consuelo de que no había sospechado que él fuera el causante del desbarajuste de aquella noche. No, no parecía sospecharlo, pero con Snape nunca podías estar seguro de nada. Su pétreo rostro no parecía capaz de mostrar otra emoción que no fuera el desagrado.
Sí, Snape sólo sabía mostrar fastidio. O sarcasmo. Siempre buscando con ahínco a cualquier incauto que se hubiera retrasado con el toque de queda para poder castigarle; siempre mirando a todo el mundo con su eterno desdén; siempre dando rienda suelta a su lengua viperina. Y después estaba esa voz tan amenazante y peligrosa… deberían prohibir que la gente hablase con una voz así, resultaba demasiado intimidante… demasiado irresistible.
Cedric descartó este último pensamiento dándose una palmada a un lado de la cabeza. Era un hecho irrefutable que a él le gustaban los chicos malos, para su desgracia. Cuanto más peligrosos y de vuelta de todo parecían, más atractivos le resultaban. Pero eso, cuando lo que necesitas son compañeros de cama discretos, estaba fuera de toda cuestión, por supuesto, de modo que, hasta el momento, había tenido que irse conformando con los chicos que gozaban de su mayor confianza en cuanto a mantener la boca cerrada, "Al menos, cerrada en lo que se refiere a hablar", se dijo divertido. Pero volviendo a Snape… oh, Snape era, con diferencia, el hombre más peligroso que había conocido. Era oscuro y cruel, y no era ningún secreto que había sido mortífago en su juventud, su padre se lo había explicado cuando empezó su primer curso en Hogwarts, y había intentado hacer presión ante el consejo escolar para que le despidieran, sin éxito.
Sí, Snape era peligroso… y terriblemente sexy, si lo pensabas bien. Y un hombre como él no podía permitirse muchos escándalos, de modo que estaba claro que también sabía mantener un secreto.
Volvió a intentar quitárselo de la cabeza, sacudiéndola con energía, y giró la esquina que llevaba por fin a su Sala Común. Pero de pronto, justo antes de entrar en ella, cayó en la cuenta de una cosa. ¿Cómo iba a hacerle al desgraciado de Snape una foto desnudo si no tenía cámara? "Oh, Merlín poderoso, los Weasley me van a matar", pensó. Pero del mismo modo en que vino este pensamiento se marchó, y su mente adolescente regresó al que había tenido justo antes: el cuerpo desnudo de Snape.
Un pensamiento que le llevó al rostro la sonrisa hambrienta que llevaba rato intentando evitar. Lo que había visto del profesor de Pociones en el lago -a pesar de no ser un desnudo integral- resultó bastante apetitoso, y Cedric había contemplado muchos cuerpos apetitosos en las duchas, así que era muy capaz de reconocer uno en cuanto lo veía. Para la edad que tenía, la mala leche que gastaba y lo mucho que se empeñaba en taparse con ropas negras y austeras que no permitían disfrutar de sus líneas firmes y sus carnes prietas en todo su esplendor, lo cierto era que Snape no estaba nada mal. Nada, nada mal.
Aún con su sonrisa pintada en la cara se adentró en la sala común de Hufflepuff, donde fue recibido por una algarabía ensordecedora. Sus compañeros de Casa estaban excitados por la inminencia del Torneo, de todas partes surgían preguntas para saber si iba a presentarse o no.
—¿Has visto a Krum? —Le preguntó Justin Finch-Fletchley—. Seguro que se presenta como campeón de Durmstrang.
—Seguro —contestó Cedric.
—Pero no importa, colega, porque tú podrás con él si sales elegido, ya lo verás —le animó, dándole golpecitos en la espalda—. Porque vas a presentarte, ¿verdad?
—De hecho… —dijo con una sonrisa petulante—, ya me he presentado, esta misma noche he puesto mi nombre en el Cáliz.
—Eso es genial, Cedric —se entusiasmó Justin—, cuentas con mi total apoyo, tío. Genial. ¡Eh, chicos…!
Justin, dos años más joven que Cedric, se dedicó a explicar a todos los allí reunidos que su amigo ya se había presentado como posible campeón de Hogwarts, y sus compañeros avasallaron al chico con infinidad de preguntas y palabras de ánimo.
Pronto quedaron olvidadas sus preocupaciones por Snape y la pérdida de la cámara, aunque eso no evitó que aquella misma noche, Cedric Diggory, prefecto de Hufflepuff y uno de los futuros campeones de Hogwarts en el Torneo de los Tres Magos, tuviera su primer sueño erótico con Severus Snape, Maestro en Pociones y Jefe de Slytherin. Nadie en el castillo hubiera podido imaginar tal cosa. Ni siquiera él mismo.
Nota final:
Pobre Severus, ¿acabará traumatizado por la visión de tanta mujer desnuda ante él?
Y Cedric ahora se ha quedado sin cámara, ¿cómo va a cumplir con su misión sin ella?
¿Y qué pretenderá hacer Severus con la Hovic? ¿Por qué la habrá confiscado?
Y por último… no, no vamos a preguntaros si creéis que Cedric saldrá o no elegido como Campeón de Hogwarts, porque es bastante evidente, ¿verdad?
Lo que queremos saber es: ¿Pensáis que Snape sabe que es él quien está detrás de todo esto o cree que sólo se trata de un niñito guapo que quiere ser el primero en presentarse al Torneo?
Se aceptan apuestas.
Y, por supuesto, la respuesta a todas estas preguntas y más dosis de Severus y de Cedric, en el próximo capítulo ;)
