Disclaimer:

Severus no nos pertenece (si nos perteneciera no le hubiéramos hecho sufrir tanto, pobrecillo…) y el resto de personajes, tampoco. Son de una señora inglesa que se ha hecho rica maltratándoles…

Nota de autoras:

Hola de nuevo queridas lectoras!

Volvemos a estar aquí una semana más, con otro apasionante y entretenido capítulo de esta historia rodeada de misterio y… de acuerdo, ¿a quién pretendemos engañar? Todo el mundo sabe quién hay detrás de la cámara ;)

Lamentamos informaros que, debido a que no hemos recibido apuestas respecto a lo que sabe o no sabe nuestro querido Maestro en Pociones, el premio que teníamos preparado para la ganadora hemos tenido que quedárnoslo nosotras… es una verdadera lástima y realmente un sacrificio, porque a ninguna de las dos nos apetece nada de nada un buen revolc… o sea, una clase particular de Pociones con Snape ;)

De todos modos, si queréis averiguar más cosas acerca de esta historia, no tenéis más que seguir leyendo. ¡Un beso a todas!

Muchas gracias a DeathEaterBlood, seyka, Amia Snape, azulita y Pandora0000 por vuestros comentarios. Son un amable reflejo de nuestro fic :)


Capítulo 3. Misterio resuelto

Snape miraba la cámara que reposaba sobre la mesa recostado contra el respaldo de su silla, los codos apoyados en los reposabrazos, las manos entrelazadas en un apretado nudo a la altura del pecho y una mueca de disgusto en el rostro.

En cuanto lo había visto, había estado tan seguro de reconocer aquel objeto como de su propio apellido, aunque había preferido examinarlo con detenimiento antes de hacer nada para confirmar sus sospechas. De modo que, nada más sentarse ante el escritorio de su despacho, volvió a voltearlo entre sus manos mientras su mente vagaba veinte años atrás, cuando él mismo había sido un estudiante y había visto la cámara por primera vez.

Mulciber depositó un objeto cuadrado junto a su plato de gachas y se sentó a su lado, pasándole un brazo por los hombros.

Toma, un regalito.

Snape le lanzó una gélida mirada a su compañero de Slytherin, primero dirigida a su rostro y luego a su brazo, para acabar finalmente de nuevo en su rostro. Mulciber comprendió que se había tomado demasiadas confianzas con el cerebrito y apartó el brazo con rapidez.

¿Te gusta? —preguntó.

¿Se puede saber qué es esto? —preguntó a su vez Snape.

Es una cámara de fotos. Una Hovic.

¿Y para qué quiero yo una cámara?

Mulciber se acercó a él y le habló en susurros, confidencialmente.

Escucha, Snape, he visto cómo miras al imbécil de Potter y he pensado que te gustaría humillarle y colgar su fotografía en el semanario escolar, así nos reiríamos todos, ¿qué te parece?

Absurdo —e, ignorándole, volvió a concentrarse en su bol de gachas.

Tú mismo —dijo el otro mientras se levantaba de nuevo—, pero yo le lanzaría uno de esos hechizos tuyos y colgaría la foto en la vitrina de los trofeos, junto a sus copas de Quidditch. La cámara hace tantas copias como puedas necesitar.

Mulciber se marchó del Gran Comedor, dejando junto a Snape la cámara Hovic y una semilla de odio que germinó como esperaba.

Días más tarde, los Merodeadores le tendieron una de sus frecuentes emboscadas, pero esta vez no le cogieron desprevenido, porque les había visto acercarse por la espalda; de modo que, cuando Potter dijo su nombre e intentó burlarse de él, Snape se dio la vuelta de golpe, le apuntó con su varita, sacó la cámara que había llevado encima desde que se la dieron y gritó:

Levicorpus.

Contempló cómo Potter era elevado en el aire por uno de sus tobillos y volteado bocabajo, satisfecho porque al fin el resto del castillo se iba a dar cuenta de lo ridículo que era su ídolo del Quidditch, pero Snape no pudo disfrutar de su hazaña mucho tiempo, ya que, para su sorpresa, la cámara repitió en voz alta y mecánica el hechizo y él mismo acabó suspendido en el aire. Mulciber y su inseparable amigo Avery, que llevaban varios días acechándole, se acercaron a él entre carcajadas.

Lo sentimos, tío —se disculpó Mulciber—. No es nada personal, pero era demasiado tentador…

Y dicho esto, se fueron corriendo, llevándose consigo la dichosa cámara, que le había caído al suelo. Snape no tuvo más remedio que conjurar el contra-hechizo e intentar esfumarse antes de que se aglomerara más gente a su alrededor.

Para su desgracia, y aunque el incidente no tuvo demasiadas consecuencias inmediatas, aquel episodio, mirándolo retrospectivamente, fue el preludio de lo que pasaría un año después durante el TIMO de Defensa, cuando Potter repetiría sobre él el hechizo que había oído por primera vez ese día.

Irritado por el recuerdo, Snape se desabrochó los botones superiores de la casaca para abrir un poco la prenda y que le quedase menos ajustada al cuello. La camisa blanca contrastaba con fuerza con la negra chaqueta, tanto en la parte alta del pecho como por debajo de los puños, que también había desabrochado para ponerse más cómodo. La estridente voz de su recuerdo había sido la misma que había escuchado junto al lago, la misma y extraña voz mecánica de la cámara Hovic. No la había reconocido de inmediato, aunque le había sonado vagamente familiar, pero ahora lo recordaba todo con tanta exactitud como si hubiera sucedido el día anterior.

Volvió a coger la cámara entre sus largas y pálidas manos.

—Ya te tengo, Diggory.

Cuando había visto al joven girar aquella esquina y vagar por los pasillos fuera del toque de queda, no tuvo duda de que era él quién había estado lanzando nudares a su alrededor como si fueran caramelos de los que tanto le gustaban al viejo.

Cierto era que, en cuanto había llegado al vestíbulo, donde estaba el Cáliz de Fuego, se había entretenido en lanzar su nombre en él, pero, ¿había sido esa la única razón de su paseo nocturno? Snape creía que no. ¿Es que acaso tenía tantas ansias por participar en el Torneo que no podía esperar hasta la mañana? ¿O pretendía que nadie se enterara de que se había presentado por si no salía elegido?

Por supuesto que no. Ninguna de las dos respuestas podía ser afirmativa, de modo que, ¿qué hacía a esas horas fuera de su sala común? Estaba claro que había boggart encerrado y, teniendo en cuenta que acababa de sufrir otro de esos extraños incidentes de desnudez súbita, a Snape no le hizo falta sumar dos más dos para saber que la respuesta era cuatro. Y ahora todo quedaba confirmado en forma de cámara.

¿Quién lo hubiera dicho? El bueno de Diggory. Si hubiera tenido que apostar, se hubiera jugado todos sus escasos ahorros a que el irritante Potter de su presente estaba detrás del asunto, pero, por una vez, parecía que se había equivocado en su suposición. Lo que nunca hubiera imaginado era que la Hovic estuviera de por medio.

Volvió a dejar la cámara sobre la mesa con un golpe seco. Sí, rememorar aquel día tan lejano no resultaba agradable pero, a pesar de los dolorosos recuerdos que habían vuelto a él, se sentía muy complacido por haber podido resolver el misterio. Al fin había atrapado al culpable del desnudo de McGonagall y las demás.

No cabía duda de que se había sentido muy preocupado por que la gente hubiese adquirido la costumbre de desnudarse a su alrededor, le molestaba que las cosas se salieran de la rutina habitual y, ciertamente, ver el cuerpo desnudo de tres féminas en tan poco tiempo de margen estaba muy alejado de lo que era su rutina. ¡Si al menos fuesen cuerpos masculinos, podría haberse regodeado la vista! Pero ni en eso tenía suerte.

Esto le trajo de nuevo a la mente a Diggory. ¿Qué demonios hacía él con una cámara Hovic? Por supuesto, debía haber sido objeto de una broma malintencionada, como él mismo años atrás, pero la había utilizado tres veces, ¡tres! Si no se equivocaba, por cada vez que había conseguido desnudar a alguien, el muchacho mismo debía haber quedado desnudo también, y debía haber tenido que correr por los pasillos de esa guisa para esconderse de él hasta encontrar un lugar para ocultarse. Entonces, ¿por qué había seguido insistiendo? La respuesta le llegó sin dificultad: lo más probable era que el muy imbécil todavía no hubiera descubierto cómo funcionaba la cámara. ¡Hufflepuff tenía que ser!

Claro que otra posibilidad sería que le estuvieran obligando a hacerlo. O, quizás… que no había conseguido su objetivo.

Recapacitó sobre las circunstancias de cada uno de los incidentes y llegó a la conclusión de que esos nudares estaban dirigidos a él, sin duda alguna para llevar a cabo algún tipo de broma de mal gusto.

Snape se relajó visiblemente, considerando las posibles represalias mientras una sonrisa satisfecha afloraba a su rostro. Por más que el propio chico hubiera sido objeto de una broma, Diggory no iba a poder escapar de su implacable ira.

De pronto, se olvidó de severos castigos y dulces venganzas y se detuvo a analizar un determinado detalle: Diggory había estado desnudo bajo su túnica cuando le había pillado antes.

—Mmmhh… —murmuró, pensativo, frotándose la barbilla con una mano— interesante…

Desde luego, aquel joven cuerpo torneado por el Quidditch no debía ser precisamente desagradable de ver…

Intentó alejar estos pensamientos, teniendo en consideración que Diggory era todavía su alumno. Sin embargo, una parte de su mente parecía resistirse a ello, argumentando que, legalmente, el chico ya era mayor de edad desde hacía varios meses.

"¿Y qué?", se dijo, con tanta acritud como la que utilizaba con los demás, "¿piensas que se va a lanzar a tus brazos sólo porque ya ha llegado a la edad adulta y te ha visto casi desnudo en el lago? Si que tienes fe en tu irresistible atractivo, ¡hace falta mucho más que eso para que alguien se fije en ti! ¿O es que piensas que quería desnudarte porque, incomprensiblemente, se ha encaprichado del profesor más odiado de todo el colegio? ¡Despierta de una vez!".

Con un gruñido de disgusto, Snape se levantó de la silla con brusquedad y se dirigió a su dormitorio para intentar relajarse leyendo un rato en su butaca antes de irse a acostar.

Cedric se había pasado todo el día yendo de aquí para allá, malhumorado. Había perdido la cámara, no había logrado sacar la maldita foto y encima estaba castigado, ¡en sábado! Por suerte, ya había puesto su nombre en el Cáliz, y ahora nadie tenía poder para evitar que participara en el Torneo si salía elegido.

Se dirigió al despacho de Snape cavilando de qué manera podría convencer al profesor para que le devolviera la cámara. Quizá no sería tan grave. Quizá, si se portaba bien y se mostraba obediente y respetuoso con él, tendría una oportunidad de recuperarla.

Ya era suficiente con no haber cumplido con el pago de su apuesta como para encima no devolverles aquel artefacto del demonio a los Weasley. Lo que le podrían pedir como compensación no quería ni imaginarlo, de modo que se obligó a no contemplar el fracaso como una opción.

Cuando el hombre le dijo que pasara, tras llamar con los nudillos a su puerta, supo que los "quizás" estaban fuera de toda cuestión, y que el fracaso era mucho más que una mera opción hipotética.

Snape estaba sentado tras su escritorio, los codos sobre la mesa y los cinco dedos de la diestra tocándose con sus equivalentes de la zurda por las yemas, formando un triángulo con las manos. Sus ojos negros, entornados, le escrutaban con tanta intensidad como si lo hubieran estado haciendo incluso antes de entrar en el despacho, y sus mandíbulas se veían furiosamente apretadas.

Definitivamente, su imagen anticipaba problemas.

Cedric suspiró y se acercó al escritorio, cohibido, sintiéndose como un novato de primer curso y no como todo un prefecto, inseguro sobre si debía empezar a hablar él o esperar a que lo hiciera el hombre. Sin embargo, la duda quedó resuelta cuando la masculina y profunda voz del maestro de Pociones llenó la estancia.

—Tome asiento, señor Diggory.

El chico no se lo hizo repetir.

—Gracias, señor.

—No me las dé. Aún no sabe en qué consistirá su castigo.

Cedric tragó saliva.

—Profesor, yo sólo quería poner mi nombre en el Cáliz, no pretendía…

—Puede ahorrarse las excusas baratas. No soy ningún pelele al que puede convencer con esa sonrisa de portada de revista juvenil —el joven calló de golpe y Snape, satisfecho, bajó las manos y apoyó la espalda en su silla, observándole con minuciosa atención—. Dígame… ¿se trata de alguna especie de perversión secreta?

Cedric le miró confundido, no entendía de qué estaba hablando.

—¿Dis… disculpe?

—Lo de querer fotografiar a sus profesores desnudos. ¿Es una fantasía erótica o sólo una broma pesada?

El rostro del chico perdió todo el color y su corazón dejó de funcionar durante varios segundos.

—¿Cómo sabe…? ¿Qué…? —Y tras este breve balbuceo, intentó recomponerse un poco, ordenando sus pensamientos a la velocidad del rayo—. No entiendo a qué se refiere…

Snape sonrió con maldad.

—Oh, sí. Desde luego que lo entiende. Su reacción a mi pregunta me lo acaba de demostrar.

—No, en serio —dijo el chico, intentando aparentar calma—, no tengo la más mínima idea de qué está hablando.

—Señor Diggory —tronó la voz del hombre—, no pienso tolerar que me tome por estúpido, y aún menos en mi propio despacho. Le he descubierto, evítese la humillación de quedar más en ridículo, pórtese como un hombre y confiese que es usted el culpable de que, primero la subdirectora McGonagall, luego una de las sirenas del lago, y finalmente Madame Maxime acabasen desnudas en mi presencia.

—¿Eso ha ocurrido? —preguntó Cedric, fingiendo inocencia—. No… no sabía nada —y luego, con un pretendido tono pícaro, añadió—: Vaya, profesor, tiene usted un verdadero imán para las mujeres...

—¡Basta! —gritó Snape, dando un golpe en la mesa con la mano, se puso en pie y fue a coger algo de la estantería a su espalda: la cámara en cuestión—. Esto que le confisqué ayer, señor Diggory, es una cámara Hovic. Dígame, ¿quién se la dio?

El chico empezó a removerse inquieto en su asiento. No podía delatar a los Weasley, sería hombre muerto si lo hacía, así que intentó librarse mintiendo.

—No… no me la dio nadie, señor… yo, yo… ¡la encontré! ¡Eso es! ¡La encontré junto al Cáliz!

—Vaya, vaya, así que quiere protegerle, ¿mmm? —comentó Snape mientras volvía a tomar asiento.

—¡Yo no estoy protegiendo a nadie! —Se apresuró a decir—. ¡Le he dicho que no es mía!

—Creía que era usted más listo, señor Diggory, se enfrenta a un duro castigo, ¿va a permitir ser el único que lo sufra? Lo que ha ocurrido es muy grave, y además se ha quedado desnudo en tres ocasiones por culpa de esa otra persona, seguro que…

—¿Cómo sabe eso?

Ante la pregunta alarmada del chico, Snape no pudo más que sonreírse satisfecho.

—¿Quiere decir que cómo sé que se ha quedado desnudo cada vez que ha lanzado un Nudare sobre mí? Así es como funciona la cámara, señor Diggory: usted pronuncia un hechizo y ella lo repite sobre usted, es un artículo de broma, no me diga que…

—¡Malditos sean! —susurró Cedric entre dientes, había sido un estúpido asumiendo que los gemelos Weasley no sabían cómo funcionaba la cámara: si era un artículo de broma, seguro que lo sabían.

Un brillo fugaz atravesó los negros ojos de Snape. Intuía que estaba a punto de descubrir quién estaba detrás de todo aquello.

—¿Quiénes, señor Diggory? —Le animó, ladino, con voz susurrante y tono casi amable—. ¿A quién quiere maldecir?

—¡No es mía! —Se apresuró a decir, intentando librarse de una vez por todas de ese asunto—. La cámara no es mía. Me la han prestado los gemelos Weasley.

—Los Weasley, ¿eh? —dijo el profesor, pensativo—. Ahora lo entiendo todo... un objeto como ese sólo podía pertenecer a alguien tan "bromista" como ellos. Me temo, Diggory, que, como suele decirse, le han tomado el pelo.

—¿Qué? ¿A qué se refiere?

—Sin duda ellos sabían cómo funcionaba un artículo como ese. Deben haberse echado unas buenas carcajadas a su costa.

El rostro de Cedric se transformó en una máscara de odio. En realidad, sí se habían reído, ¿verdad? Delante suyo, además, fingiendo que no sabían nada, mientras él les contaba lo que había tenido que pasar junto al lago.

—¡Serán cabrones! ¡Me van a pagar muy caro el haberme engañado así!

Snape sonrió ampliamente.

—Bien —dijo con un suspiro complacido—, y ahora que ha quedado establecida su culpa, pasemos a hablar sobre su castigo.

El chico abrió mucho los ojos.

—Pero, profesor… pensaba que sabiendo que la cámara no es mía…

—¿Creía que por eso iba a ahorrarse su merecido castigo? —Le interrumpió—. ¿Que delatando a sus compañeros usted quedaría impune tras haber agredido a tres personas? No recuerdo haberle asegurado en ningún momento nada parecido —el joven agachó la cabeza y Snape prosiguió, satisfecho—: Veamos… ¿qué castigo consideraría apropiado? —preguntó, poniéndose en pie para comenzar un lento y enervante paseo por el despacho.

—Yo…

—Era una pregunta retórica, por supuesto. El único adecuado en un caso así, después de humillar públicamente a nuestra subdirectora y a la distinguida directora de uno de los colegios extranjeros que tenemos invitados -por no hablar de nuestra vecina sirena- es la inmediata expulsión del colegio.

—¿Qué? ¡No! ¡No puede expulsarme! Tengo que participar en el Torneo.

—¿Oh? —replicó Snape, deteniendo sus pasos y enarcando las cejas en dirección al chico, que girado en su dirección le miraba con cierta desesperación en sus ojos grises—. Le veo muy seguro de su participación.

—Bueno, yo… quiero decir si soy uno de los elegidos.

—En el caso de resultar elegido, entonces —repuso Snape, continuando con su irritante paseo—, tendría que desplazarse hasta aquí expresamente para las pruebas; pero el resto del tiempo permanecerá alejado de Hogwarts. Estoy seguro de que la subdirectora McGonagall no tendrá ningún reparo en pedir la expulsión para usted, y yo estaré feliz de apoyarla —se detuvo en mitad del despacho y negó con la cabeza, con expresión decepcionada, mientras seguía hablando—: ¿Qué dirá su padre, Diggory? ¿Qué dirán todos los que han puesto en usted tantas esperanzas? ¿Los que le auguraban un futuro tan prometedor? ¡Ah, tantos sueños rotos tan joven!

—¡No! —gritó Cedric, levantándose también de la silla, angustiado ante la perspectiva—. ¡Por favor, no me delate ante el director! No se lo diga a nadie, por lo que más quiera… se lo suplico.

—¿Que no se lo diga a nadie? ¿Que le oculte deliberadamente al director lo que he descubierto? —repitió con tono cruel—. ¿Y por qué iba a hacer tal cosa?

De pronto, a Cedric se le ocurrió una idea. Descabellada, eso sí, pero dada la situación, no tenía mucho que perder por intentarlo. Además, todo el mundo sabía que Snape era un tipo sin demasiados escrúpulos, ¿no?

—Haré lo que quiera —ofreció, y se acercó al hombre con lo que intentó que pareciera un contoneo sensual, pegándose a él—, todo lo que usted me pida. Todo.

—Señor Diggory —dijo Snape con voz severa, alejándose un paso de su alumno—, ¿qué demonios está usted insinuando?

—Si usted no se lo dice a nadie, yo… —volvió a acercarse y agarró la pechera de la túnica del profesor para acariciar despacio la hilera de botones arriba y abajo con dos dedos, observando con interés el extraño brillo en los ojos negros del hombre— podría… ya sabe… hacer mucho por usted. Se lo agradecería enormemente.

—¿Intenta usted sobornarme? —El hombre le miró indignado y molesto, con voz tan grave que daba miedo—. No sabe lo que está haciendo.

Pero lo cierto era que lo último que sentía Cedric en ese momento era temor. Encontrarse tan cerca de Snape le resultaba excitante, y le exaltaba el hecho de estar intentando seducir al profesor con el que había tenido un sueño erótico tan intenso justo la noche anterior. Se sentía sucio, malo, transgresor, y para un chico tan acostumbrado a ser bien considerado por todos, ésta resultaba una combinación embriagadora. De modo que, en lugar de arredrarse, decidió llevar su mano derecha directamente a la entrepierna del hombre.

—Yo creo que sí lo sé. Y usted también.

Snape apartó su mano con rapidez y se alejó del muchacho.

—¡Márchese ahora mismo de mi despacho! —bramó, rojo de furia.

Cedric pestañeó, confundido. ¿Podía ser que hubiera malinterpretado el brillo en los ojos del hombre?

—Pero… yo pensé que… me ha parecido que… sólo quería que esto fuera beneficioso para ambos…

—¡Fuera, he dicho! ¿No me oye? ¡Fuera!

—Pero, profesor… no…

—¡Largo! —sus ojos parecían a punto de salírsele de las cuencas. La rabia le hizo apretar sus manos en dos fuertes puños—. ¡No quiero verle más! ¿Qué se ha creído? ¿Cree que puede comprarme como si fuera un político corrupto? ¿Que soy capaz de hacer lo que sea por un poco de sexo? ¿Tan inmoral me considera?

El chico no supo qué responder, estaba aturdido y asustado.

—No se lo dirá a nadie, ¿verdad? —dijo, con voz temblorosa—. Por favor, no haga que me expulsen… yo…

—¡FUERA!

Snape le empujó sin contemplaciones hasta la puerta, la abrió y echó al joven al pasillo, cerrando de nuevo con tanta fuerza que hizo temblar las paredes de su mazmorra.

Cinco minutos más tarde, Snape seguía dando vueltas por su despacho, furioso. No podía creer lo que había escuchado de boca del maldito Diggory. Le había sacado de sus casillas por completo, de un modo en que ni siquiera el niñato Potter era capaz de hacerlo. Nunca, en todos sus años de docencia, se había sentido tan insultado; jamás habían intentado sobornarle de esa manera. Se sentía ultrajado. Pero lo peor era que había sido humillante. El chico se había mostrado tan seguro de que él iba a aceptar, como si no tuviera moral, como si no supiera diferenciar entre lo que estaba bien y lo que estaba mal. Como si Diggory no fuera un alumno y él su profesor. Como si…

Pero no podía engañarse. Cuando el joven se había apretado contra él, inundando sus fosas nasales con el masculino olor de su loción para después del afeitado, no había podido evitar sentir una punzada de excitación, recordando que la noche anterior le había imaginado desnudo bajo la túnica, que había fantaseado con su cuerpo torneado por el Quidditch cubierto únicamente por las sábanas negras de su cama. Y temía que el joven hubiese visto el fugaz destello de lujuria en sus ojos y que por eso hubiera seguido insistiendo.

Quizás, si todo hubiera ocurrido de manera diferente, no le hubiera rechazado. No solía recibir invitaciones de ese tipo, y menos de jóvenes tan atractivos como Diggory. Además, el chico era mayor de edad y se le había ofrecido voluntariamente, de modo que no, en otras circunstancias, seguro que no le habría rechazado. Pero de la manera en que se habían desarrollado los acontecimientos, sus insinuaciones, en vez de halagarle, sólo le habían herido en su orgullo.

Debería contarle a Dumbledore lo que había ocurrido y que había descubierto quién estaba tras los desnudos espontáneos, eso era lo que debería hacer. Sin embargo, por algún motivo, no se decidía a dar ese paso.

Sus pensamientos fueron interrumpidos por el crujido de las brasas de la chimenea. Miró hacia allí para poder ver el rostro de barba blanca del director del Colegio surgir de entre las llamas verdes, como si hubiera adivinado que estaba pensando en él.

—Severus, ¿podrías venir a mi despacho? Debemos hablar sobre la ceremonia de esta noche.

—Por supuesto, señor director —acertó a decir con voz neutra—. Ahora mismo voy.

Cuando la cabeza del director se esfumó de entre las brasas, Snape maldijo el sentido de la oportunidad del anciano. Necesitaba más tiempo para decidir qué hacer con Diggory, quería meditar el asunto con calma, pero no podría hacerlo si tenía que estar pendiente de sus explicaciones sobre la estúpida ceremonia del aún más estúpido Torneo. De modo que, chasqueando la lengua con irritación, decidió dejar ese tema de lado por unos instantes y asistir a la improvisada reunión con el director sin comentarle nada al respecto.


Nota final:

Oh-oh, este hombre está de un humor de perros, no para de pasearse por la habitación mientras nosotras le vamos siguiendo con la mirada. No podemos quitarle ojo de encima porque en menos que canta un gallo se nos planta delante y se nos pone a gritar como un poseso (vale, ¿a quién queremos engañar? No le quitaríamos el ojo de encima igualmente).
De todos modos, la verdad es que sigue bastante enfadado con Cedric… pobre, la que ha liado en un momento.
Hay que ver, ¿a quién se le ocurre insinuársele de ese modo tan poco… delicado con nuestro talentoso profesor…? Si es que… habrá que enseñarle modales ;)

Y aquí lo dejamos, esperamos veros a todos en el próximo capítulo. Pasad una feliz semana !

Respuesta a review anónimo:

azulita:

Hola, azulita, bienvenida a nuestro fic.

Las declaraciones de amor eterno son siempre muy bien recibidas por nosotras, por supuesto, que somos muy cariñosas ;)

Nos alegra ver que te han gustado dos de nuestras historias y que te han impulsado a pasarte también por este nuevo proyecto que tenemos entre manos.

Por cierto, si te gustó la combinación Severus-Harry-Hermione quizá te interese pasarte también por nuestro otro fic "Afectos colaterales" ;)

No te preocupes, no creemos que haya riesgo de que nos separemos, llevamos muchos, muchos años como amigas, y aunque hace poco que nos hemos juntado para escribir fics, nos estamos divirtiendo bastante haciéndolo, así que, mientras haya ideas, las seguiremos poniendo por escrito... :)

Muchas gracias por tus amables palabras, comentarios como el tuyo son precisamente los que nos alientan a seguir con esto.

Besos.