Disclaimer:
Severus no nos pertenece (si nos perteneciera no le hubiéramos hecho sufrir tanto, pobrecillo…) y el resto de personajes, tampoco. Son de una señora inglesa que se ha hecho rica maltratándoles…
Nota de autoras:
¡Hola a todas!
Uf, esta ha sido una semana complicada para nosotras. Lo de hacer que nuestro buen maestro acabase tan enojado en el capítulo anterior ha sido un arma de doble filo.
Por un lado, toda esa furia la hemos sabido canalizar de una manera… mmmhhh… ¿cómo decirlo? Provechosa. Muy provechosa. Estamos seguras de que comprendéis lo que queremos decir…
Pero por otro, a la mínima de cambio, el hombre se enfadaba con nosotras y nos mandaba un cruciatus, ¡y hacen daño, tú!
Así que, teniendo esto en cuenta, hemos intentado evitar que acabe este capítulo enojado… veremos si lo hemos conseguido…
¡Hasta después del capítulo, chicas!
Muchas gracias a DeathEaterBlood, seyka, Amia Snape, azulita y Pandora0000 por vuestros comentarios. Son un amable reflejo de nuestro fic :)
Capítulo 4. La decisión del Cáliz
Cuando Cedric se encontró con la puerta del despacho de Snape cerrándose con fuerza en su nariz pareció salir de su estado de trance. O sería mejor decir de su "ataque de locura transitoria", porque ésa era la única explicación lógica para el comportamiento que había tenido allí dentro. No podía creer que se hubiera atrevido a hacer aquello. Ni con quién lo había hecho.
Le había tenido tan cerca que había podido percibir su aroma y el profesor no olía en absoluto a rancio, como él había imaginado, sino a una deliciosa mezcla de tomillo y lavanda. Eso le trajo al recuerdo el sueño de la noche anterior; aunque no era consciente de haber notado ningún olor especial en él, solo de oír una voz suave y aterciopelada y la sensación de estar en un lugar que él conocía muy bien.
—¿Qué poción necesita elaborar, señor Diggory?
Cedric levantó la cabeza en dirección a la pizarra. Sentía los ojos negros y brillantes fijos en los suyos, y la suave voz resonando contra las paredes de la vacía aula de Pociones en la que se encontraban los dos.
—Yo no…
—Por supuesto que sí, todos necesitamos alguna poción. Todos necesitamos… algo.
El hombre se acercó a él como si se deslizara sobre el suelo, ya que no se escucharon sus pasos, y se detuvo justo frente a su mesa. Los bajos de la túnica parecían ondear a su alrededor, como si le rodeara una brisa que sólo le afectara a él, causando un efecto aterrador e irresistible a un tiempo. Y era extraño que Cedric supiera eso, porque, sentado como estaba en su pupitre, no podía ver los pies de su profesor.
—Liberarme —contestó, como si acabase de recordar la pregunta, y Cedric fue consciente de que en aquel momento no hablaba el "yo" que todos conocían sino el que sólo se dejaba ver en la intimidad, el que no le había mostrado a nadie, ni siquiera a sus escasos compañeros de cama. Se llevó la mano al cuello de su túnica estudiantil y aflojó los dos primeros botones, sintiendo que la temperatura de la habitación había aumentado diez grados—. Necesito ser libre.
—Lo sé.
Snape se colocó a su izquierda y Cedric le siguió con la mirada, como hipnotizado. Sintió cómo una de las grandes manos se posaba sobre su cabeza, enredando los largos dedos en su negro cabello y, al alcanzar la nuca, tiró fuerte de él hasta hacerle alzar el rostro. El hombre se agachó para quedar muy cerca de su boca, pero no le besó, simplemente se quedó allí, echándole el cálido aliento a la cara.
—Y también necesita otra cosa, señor Diggory. Necesita un hombre que le libere. No esos críos inexpertos con los que ha compartido algún que otro orgasmo.
Cedric jadeó al escucharle hablar así, como si le conociera, como si leyera en sus ojos y en su mente sus deseos más profundos.
—Esos que presionan su culo contra usted cuando les penetra mientras dan gracias a Merlín por su buena suerte, esos que mantienen la boca cerrada con la esperanza de volver a tenerle entre sus piernas.
Debía utilizar una fuerte magia oscura para poder saber todo aquello, pero a fin de cuentas, todos en el colegio sabían que Snape se moría por ser el profesor de Defensa contra las Artes Oscuras, así que debía saber mucho sobre eso.
—Pero ellos no son libres, Diggory. Sólo son esclavos de su deseo, igual que usted. ¿Quiere ser liberado? ¿Desea que "yo" le libere?
Un gemido se escapó de sus labios como todo asentimiento e intentó atrapar con su boca la de su profesor, pero este se apartó con rapidez.
Entonces, sin saber cómo, se halló de pie completamente desnudo. Ante él había un caldero en plena ebullición, sus manos estaban apoyadas en la madera de una mesa que no era la suya, la pizarra estaba tan cerca que no tuvo dudas de que se hallaban en el escritorio de Snape, y en su oído derecho se empezaron a derramar palabras susurradas, roncas por la necesidad y la impaciencia, dirigidas sólo a él.
—Ya casi está preparada su poción. Sólo falta el último ingrediente, ¿sabe cuál es?
—N-no.
—Claro que lo sabe. Piense un poco, utilice el cerebro.
—Profesor, yo…
—¿Su sangre está en otro lugar y le impide concentrarse?
—Aaahhh…—fue su respuesta jadeante.
El hombre siguió hablándole en un tono imposiblemente grave.
—Falta su esencia, Diggory. Su propia semilla, ese es el último y más importante ingrediente. Y yo voy a conseguirla para usted, porque voy a penetrarle fuerte y duro, con insistencia, hasta conseguir que suplique que me detenga, al tiempo que deseará que no lo haga nunca. Que no pare de golpear su próstata hasta que su cuerpo se descontrole y se corra entre temblores de placer. ¿Desea eso, señor Diggory? ¿Desea que le posea hasta la extenuación?
—S…
Cedric no había acabado de decir la palabra cuando sintió cómo sus cachetes eran separados y su carne hábilmente penetrada. A pesar de no haber sido preparado, no sintió apenas dolor, tan solo un leve escozor mientras algo duro, caliente, palpitante y que parecía imposiblemente grande se deslizaba dentro de su cuerpo, haciéndole gemir de gusto. Jamás había consentido que nadie le tomara, creía que eso le colocaba en una posición vulnerable y no le gustaba sentirse así, pero Snape le estaba haciendo gozar como nunca antes.
De pronto, el hombre le agarró con fuerza de las caderas para cambiarle de posición, llevándole más hacia atrás y modificando su ángulo de penetración, y Cedric gritó al sentirle aún más adentro.
—Ahhh… ahhh… profesor… no pare, no pare, por favor —se agitaba contra el hombre con desesperación y su erección estaba dolorosamente desatendida, pero no le importaba, porque no hacía falta que nadie le tocara para que se sintiera del todo excitado y a punto. Se agarró a la mesa con fuerza y se inclinó más hacia delante, apoyando el torso desnudo en la madera, casi llegando a quemarse con el caldero que, de modo incomprensible, estaba más lejos que antes—. Profesor... profesooooorr...
—¿Sí, Diggory?
—Me... me... corroo.
Y era cierto. Ni siquiera pudo avisarle a tiempo para que se encargara de recoger el último ingrediente, porque mientras pronunciaba las palabras, su polla se liberó de la tensión lanzando su semen lejos de su objetivo, haciéndole sentir sucio, húmedo e incontrolablemente libre. Su mano derecha intentó soltarse de la mesa e ir al encuentro de su semilla para que no se perdiera, pero le fue imposible.
Entonces, Snape empezó a zarandearle. Le había agarrado por los hombros y le agitaba como a una coctelera y, lo que era aún peor, ya no podía sentir sus profundas estocadas porque se había salido de su cuerpo del todo. Quiso abrir los ojos para pedirle explicaciones pero, justo en ese instante, todo se vino abajo.
Mientras recorría los pasillos del castillo sin una dirección concreta, Cedric siguió sumido en sus pensamientos, rememorando lo embarazoso que había sido despertar de ese vívido sueño húmedo para encontrarse con el rostro preocupado de Michael Prentiss sobre él. Había tenido que ladearse con rapidez para ocultar la ya algo decreciente tienda de campaña que formaba su sábana, pero la humedad que su polución nocturna había provocado en ella era imposible de disimular. Por suerte, Michael era uno de los pocos que conocía sus inclinaciones sexuales y sabía que podía contar con su discreción, de modo que se sintió agradecido de que hubiera sido él y no otro quien le encontró en ese estado. Pero el alivio inicial había durado poco, porque le había costado horrores quitárselo de encima después de eso.
Intentó olvidar la insistencia del joven Prentiss en averiguar con quién estaba soñando y se concentró en lo que había pasado en el despacho de Snape. Y, sobre todo, en lo que había "palpado" en el pantalón del profesor. Aquello le pareció ciertamente destacable, incluso en estado de reposo, y provocó que se le hiciera la boca agua sólo de pensar cómo sería contemplarlo en todo su apogeo. Cuando le había visto en el lago sólo había podido apreciar la firmeza de su culo enfundado en negro, de apariencia prieta y apetitosa, pero ahora daría lo que fuera por haber podido verle de frente o, puestos a elegir, por haber conseguido su objetivo principal: desnudarle por completo.
En esos agradables pensamientos estaba perdido cuando los gemelos Weasley aparecieron por una esquina. Quiso esquivarles, fingir que no les había visto o que había olvidado algo, cualquier excusa le parecía buena, así que se dio la vuelta sin decir nada, pero los pelirrojos fueron más rápidos y le emboscaron a ambos lados.
—¡Eh, Diggory! ¿Cómo llevas el encarguito que te hicimos? —Se interesó George.
Dándose cuenta de que en realidad debería estar enfadado con ellos, le encaró.
—Sois unos hijos de...
—Eh, eh, tranquilo, guapito —le interrumpió Fred—, nuestra madre es una santa, más incluso que la tuya. Aunque no sepa distinguirnos.
—Me habéis engañado, no pienso llevar a cabo ningún "encarguito" para vosotros nunca más.
Los gemelos le miraron interrogantes.
—No sabemos de qué estás hablando. Nosotros no engañamos a nadie, ¿verdad, Fred?
—Verdad, George. No engañamos. Nunca. Excepto a algún que otro Slytherin.
—O algún que otro profesor.
—Y algunas veces nos gusta confundir a nuestra madre disfrazándonos uno del otro...
—Sabíais perfectamente que la cámara me dejaría en pelotas a cada intento de hacerle una foto a Snape —les interrumpió, enfadado—, así que dejaros de estupideces. ¡A tomar por saco, tíos! Se anula la apuesta, el pago y todo lo relacionado con la maldita Hovic.
Los gemelos empezaron a reír a carcajadas mientras Cedric se alejaba enfurecido, dirigiéndose de regreso a su Sala Común.
—Merlín, qué bueno fue eso, sí… —dijo George.
—Y tanto, pero… ¡eh! ¡Eso nos lo contaste tú, Cedric! —gritó Fred a su espalda.
—¡Te prometemos que no sabíamos nada!
—¡Que os den a los dos! —Les soltó, y giró una esquina para perderse por el castillo.
Cedric suspiró aliviado al darse cuenta de que no le seguían, porque no habría sabido qué responder si le hubieran pedido que les devolviera la cámara. Su futuro en Hogwarts también era incierto en esos momentos, así que hundió los hombros y siguió andando encorvado mientras las risas de los pelirrojos, perdidas muchos metros atrás, resonaban aún en sus oídos.
Cuando llegó la hora de la cena, Cedric todavía seguía bastante deprimido. Desde que Snape le había echado de su despacho había estado seguro de que, de un momento a otro, el director Dumbledore le haría llamar para informarle de su inmediata expulsión, con toda la vergüenza y la deshonra que eso conllevaba. Además, se había visto obligado a hacer de tripas corazón y aparentar jovialidad mientras se dirigía junto a sus inseparables compañeros de Hufflepuff al Gran Comedor, puesto que todo el mundo estaba nervioso por la inminente decisión del Cáliz. Él también lo estaba, por supuesto, pero nada más entrar, el contemplar la negra figura de Snape sentado en la mesa de los profesores, erguido y rígido como una estatua, le hizo notar un nudo en el estómago que nada tenía que ver con el Torneo.
Cedric se sentó en su mesa y cuando la cena fue servida fingió comer, aunque en realidad se limitó a cambiar de lugar los alimentos dentro de su plato. Cada pocos minutos se veía obligado sin remedio a mirar en dirección a la mesa de los profesores, en concreto a Snape, que parecía más concentrado en su comida que en las animadas conversaciones que florecían a su alrededor. Y no es que lo hiciera sólo porque estaba preocupado por lo que el hombre pudiera haberle contado al director, sino porque cada vez le resultaba más urgente el contemplar su enorme nariz, sus finos labios abriéndose apenas para dejar pasar la comida que acumulaba su tenedor o el modo en que su mano de largos dedos sujetaba su copa justo antes de beber de ella. Le recordaba lo cerca que había estado de él en su despacho y lo aún más cerca que le había sentido en su sueño, y eso hacía que el nudo en el estómago se convirtiera en un placentero cosquilleo que le impedía, todavía más, el poder disfrutar del asado que tanto le gustaba y del que apenas había logrado tragar un par de bocados.
Perdido en sus ensoñaciones como estaba, se encontró con que de pronto los platos quedaron de nuevo inmaculados, como al principio de la velada, y se hizo patente, por el murmullo que llenó el Gran Comedor, que el momento tan esperado había llegado. Dumbledore fue el encargado, como director del Colegio anfitrión, de enumerar uno a uno a los campeones: primero al de Durmstrang y luego al de Beauxbatons. Y entonces pareció que todo el mundo contenía la respiración en espera del nombre del campeón de Hogwarts.
—¡Cedric Diggory! —anunció la voz de Dumbledore, y pareció que la mesa de Hufflepuff al completo se venía abajo.
Todos sus compañeros se levantaron de golpe, gritando de júbilo, y Cedric se alzó del banco como a cámara lenta, con una sonrisa de felicidad en su rostro. Sintió golpes en la espalda, escuchó palabras de aliento y los aplausos resonaron en sus oídos mientras se dirigía hacia la mesa de los profesores, y de allí a la puerta de la sala de al lado, tal como había indicado el director que debían hacer. Al pasar frente a Snape, le lanzó una intensa mirada, que le fue devuelta con la siempre impertérrita expresión del pocionista, causándole un nuevo nudo de angustia.
Al cerrar la puerta aún podía escuchar los aplausos de sus compañeros. Se encontró en una sala muy pequeña y de aspecto acogedor, donde esperaban pacientemente sus contrincantes en el Torneo. Cedric, intentando ocultar la amplia sonrisa de orgullo que iluminaba su rostro, se dirigió a Fleur Delacour y le tendió la mano.
—Hola, soy Cedric. Es un placer —la muchacha le miró con cierto desdén pero aceptó su mano, que estrechó en un apretón débil y fláccido.
—Fleur Delacour —dijo solamente, mientras volvía a soltarle con rapidez, como si el contacto le hubiera resultado inapropiado.
Cedric asintió y se dirigió al campeón de Durmstrang para presentarse a él también. Víctor Krum le dirigió una intensa mirada y contempló su mano extendida para luego desviar el rostro y soltar un gruñido como única presentación. El joven Hufflepuff se repuso enseguida, conteniendo la tentación de encogerse de hombros, y se dirigió hacia el fuego, cerca de la muchacha de Beauxbatons, a sus ojos, mucho menos atractiva que Krum, pero también menos arisca. Pensar en personas ariscas le llevó de nuevo a la mente la imagen de su profesor de Pociones.
Mientras contemplaba el fuego pensativo alguien irrumpió en la habitación. No se molestó en averiguar de quién se trataba, siguió mirando las llamas con las manos a la espalda.
El director del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos, el señor Bagman, entró como un torbellino en la pequeña sala anunciando, con una alegría desmesurada, que el joven Harry Potter había sido elegido como cuarto campeón del Torneo.
Cedric alzó la vista al escuchar eso, desconcertado por la noticia, y les miró a ambos como si no pudiera creer lo que había oído. ¡¿Harry Potter?¿Qué pintaba ese niñato en todo eso? Era menor de edad, no podía participar en el Torneo. ¿Es que el estúpido crío tenía que llamar siempre la atención? Ése era el momento de su lucimiento, el suyo, no el del maldito Harry Potter. Adiós a las esperanzas de Cedric de demostrar que era el mejor mago de los tres colegios. ¿En serio estaban insinuando que debía enfrentarse al famoso Harry Potter, único vencedor en el mundo mágico de una imperdonable? ¿De "La Imperdonable"? ¿Tenía que competir con el Chico-Que-Vivió, aquél que derrotó al-que-no-debe-ser-nombrado? Aquello era absurdo e indignante, y le hizo hervir la sangre, pero su carácter contenido y extremadamente educado le impidió mostrar su amargura, que ocultó bajo una perfecta fachada de tranquila cortesía.
Entonces volvió a abrirse la puerta y Cedric dirigió sus ojos grises hacia allí. El primero en entrar fue Dumbledore y debía admitir que nunca había visto al anciano director tan tenso. Le seguían de cerca el señor Crouch, enviado especial del Ministerio y juez del Torneo, los directores de las otras escuelas de Magia y la mitad de los profesores de Hogwarts, aunque el chico sólo tenía ojos para el último que había entrado en el salón: Severus Snape. Sus ojos negros echaban chispas y sus finos labios estaban apretados como nunca en una mueca de profunda ira, pero su expresión de furia apenas contenida no hizo más que encender la pasión de Cedric y hacerle olvidar cualquier otra cosa. Todo lo demás pareció pasar a un segundo plano ante la visión y la cercana presencia del objeto de sus últimos desvelos.
Todos parecieron empezar a hablar a la vez, pidiendo explicaciones a Dumbledore acerca del error cometido por el cáliz y la consecuente participación irregular de un cuarto campeón, la ineficacia de su dorada línea de edad y la imposibilidad de seguir adelante con "semejante majadería" según palabras del escalofriante director de Durmstrang, pero Cedric sólo fue capaz de escuchar la venenosa voz de terciopelo de Snape.
—Potter es el único culpable de esta situación, Karkarov —Cedric tuvo la sensación de que se derretiría junto al fuego al oírle, pero Snape todavía no había acabado de hablar—: No podemos responsabilizar a nadie más que a él por su maldito empeño en quebrantar constantemente las reglas. Desde que llegó aquí no ha hecho otra cosa que traspasar límites...
Pese a que, en ese instante, Dumbledore hizo callar de forma brusca pero educada al pocionista -cosa que pareció molestarle mucho- y no le permitió continuar despotricando, Snape había puesto en palabras lo que el mismo Cedric había pensado desde el momento en que habían dicho que Harry participaría en el Torneo. Estudió su mirada y, aunque por nada del mundo querría que todo el odio que parecía brillar en las negras piritas fuera dirigido a él, deseó que sus ojos se clavaran en los suyos. De hecho, deseó que algo más se clavara muy adentro de él. Un cosquilleo le recorrió la columna vertebral y se pasó la lengua por los labios, notándose sediento de repente.
A partir de ese instante se desató una exacerbada discusión sobre la legitimidad de la elección del Gryffindor por el Cáliz, pero Cedric no estaba interesado ya en eso y se concentró en contemplar a Snape que, algo oculto por las sombras de la habitación, parecía realmente enfurecido por la situación. Le escuchó soltar un bufido cuando Harry negó haber echado su nombre a las llamas azuladas, y también cuando volvió a negar haberle pedido a nadie que lo hiciera por él. Finalmente, y a pesar de las airadas protestas de Karkarov y la joven señorita Delacour, todos llegaron a la conclusión de que no podían modificar los contratos mágicos vinculantes y, por tanto, pasaron a explicarles a los cuatro campeones las normas de la primera de las tres pruebas a superar. Cedric tuvo que esforzarse de veras en poner toda su atención en lo que decían e intentar no desviar de nuevo la mirada hacia Snape, ya que era muy importante entender las condiciones de la prueba.
Cuando Dumbledore les despidió a todos, Cedric no pudo evitar dirigir una última mirada soslayada al pocionista, pero éste ni siquiera pareció percatarse de que abandonaba la sala.
Mientras Harry y él se dirigían a sus habitaciones, el Hufflepuff sintió algo de pena por el muchacho que, bastante más bajito y enclenque que él, le parecía verdaderamente asustado. Y no era para menos, el Torneo era muy peligroso, Dumbledore les había advertido a principio de curso que había habido magos que murieron intentando realizar las pruebas, así que intentó animarle un poco y, de paso, también sonsacarle la verdad, pero el muy terco continuó negando haber participado por iniciativa propia, así que se despidió de él con una mirada incrédula y bajó hasta su Sala Común, preguntándose cómo había podido temer por un momento que ese crío pudiera tener alguna posibilidad contra Krum o él mismo.
Era ya avanzada la madrugada cuando, finalmente, sus compañeros le dejaron marcharse a su habitación a descansar. Estaba excitado en extremo y lo cierto era que se creía incapaz de conciliar el sueño, pero no quería estar más tiempo de celebración. Deseaba acostarse y cerrar los ojos, concentrarse en el Torneo y en su nuevo profesor favorito. Aunque, en realidad, nunca había tenido un profesor favorito antes. Era un cambio agradable. Con ese pensamiento, cayó en un dulce sopor del que despertaría al cabo de pocas horas con un claro objetivo en mente y que se prometió a sí mismo intentar cumplir.
Snape empezó a desnudarse despacio, pensando en los acontecimientos del día. Había sido una jornada extremadamente frustrante en más sentidos de los que una persona corriente podía soportar y en esos momentos estaría arrancándose la ropa sin ningún miramiento si no se hubiera tomado unos minutos para nadar en el lago antes de irse a su habitación. Todavía sentía la rabia bullir en su interior, por supuesto, pero al menos ahora la notaba bastante más apaciguada.
El lago era el mejor remedio que había encontrado, el único que funcionaba, para aliviar el estrés que sufría de manera crónica; y si, por el motivo que fuera, no podía disfrutar de su baño diario en las oscuras aguas, ya podía dar por hecho que no pegaría ojo en toda la noche.
Sí, ese había sido un día estresante de verdad, y Snape había vivido muchos de esos a lo largo de su intensa vida. El broche final lo había puesto el maldito Harry Potter y su inconmensurable afán de protagonismo. Realmente, la arrogancia de ese mocoso no tenía límites.
Demostrando una total indiferencia por los sacrificios que hacían por él todos los que arriesgaban la vida por protegerle, el chico, siguiendo un estúpido capricho, había puesto su nombre en el Cáliz, y ahora tendría que participar en el peligroso Torneo.
Snape dejó caer la camisa blanca en el suelo y decidió que ya había tenido bastante Harry Potter por un día y que no quería pensar más en él.
¡Ah! Pero después estaba ese otro tema…
Con un suspiro, el hombre se quitó las negras botas, irguiéndose sobre una pierna para tirar con fuerza del talón hasta conseguir quitársela y dejarla caer junto al lecho, para acto seguido, hacer lo mismo con la pierna y la bota contrarias. La frialdad de la piedra contra la planta de sus pies le provocó un escalofrío tan agradable que cerró los ojos durante un segundo para disfrutarlo.
—Diggory… ¿qué voy a hacer contigo? —susurró al frío aire de las mazmorras.
Sabía bien lo que debería hacer. Debería denunciarle ante el director. Debería haberle denunciado ya ante el director. Pero no lo había hecho, y aún no entendía por qué.
Estaba seguro de que el chico también se lo preguntaba, y cuanto más tiempo pasara, más extraña parecería su falta de reacción.
Había sido muy insultante que pretendiera comprarle de ese modo. Había sido humillante y embarazoso; pero aún así, una parte de él sentía una absurda y morbosa curiosidad por saber, de haber aceptado su soborno, qué hubiera hecho el joven Diggory. Si habría seguido hasta el final, como la mirada lasciva que le había dedicado el chico parecía prometer. Un escalofrío recorrió la espalda del pocionista, que se sintió extrañamente satisfecho de haber provocado esa reacción en el joven. Porque esa mirada, perturbadora y atrayente, no se podía fingir: su lujuria había sido auténtica.
Y después había sentido el calor de esa misma mirada durante todo el tiempo que duró la reunión posterior a la decisión del Cáliz. Había pillado al chico observándole en varias ocasiones pero, en contra de lo que podría esperar, su expresión no mostraba miedo a que el hombre fuera a delatarle, ni ansiedad por lo que había ocurrido aquella tarde. Ni siquiera parecía mostrar el menor interés por nada de lo que se debatía en esos momentos en la sala. Lo que sus ojos reflejaban -y Snape estaba seguro de que no se debía sólo a los destellos ardientes de la chimenea a su lado- era puro deseo. De ese que hacía tanto tiempo que no había hecho sentir a nadie.
Una enérgica pulsación en su polla le confirmó lo erótica que le estaba pareciendo toda la situación. Erótica e irrisoria. ¿Qué cara habrían puesto los distinguidos miembros del Ministerio, sus propios colegas y el dichoso Dumbledore si no hubiera sido capaz de contenerse como lo había hecho y se hubiera lanzado contra el muchacho de la mirada encendida para demostrarle lo mucho que puede llegar a gemir de placer un hombre adulto?
Snape se sintió culpable por tener semejante pensamiento, pero sabía que el mal ya estaba hecho. Bajó la vista hacia su pantalón, la única prenda, junto con la ropa interior, que aún le quedaba por quitarse, y meditó sobre la conveniencia de desabrochárselo o no. No estaba seguro de querer ver lo que había debajo.
Sin embargo, como obedeciendo órdenes propias, sus manos ya se estaban dirigiendo a la cinturilla para librarle de la prenda. Piernas abajo fueron los pantalones, y a ellos les siguieron los slips sin dudarlo un segundo. Efectivamente, tal como había temido, la maldita erección estaba ahí, desafiándole, acusándole de haberse sentido atraído por la inconsciente juventud de su alumno.
Con resignación, Snape llevó su mano derecha a la urgencia que le reclamaba, agradeciendo en silencio que todavía pudiera contar con el profundo y amargo alivio del placer en solitario.
Nota final:
Mmmhhh… oh, sí, eso está mejor. Mucho mejor. Después de una breve sesión de intenso amor propio, Severus está bastante más relajadito de lo habitual, esperamos que el buen humor le dure toda la semana, aunque no tenemos puesto en ello demasiadas esperanzas.
Da igual, ahora que está más manejable, ya nos ocuparemos nosotras mismas de mantenerle en ese buen humor.
Creemos que vamos a tener una semanita algo ocupada, chicas, así que más vale que nos vayamos despidiendo ya. Os dejamos con una preguntita: ¿qué os ha parecido ver la discusión post-elección del Cáliz desde otro punto de vista?
Aunque, en realidad, mucho de la discusión no se ha visto, claro, porque Cedric sólo tenía ojitos para nuestro profe. Eso es algo imperdonable por su parte, estamos seguras de que ninguna de nosotras estaría tan pendiente de él, ¿a que no? XD
Un besito y hasta la próxima semana.
