Disclaimer:
Severus no nos pertenece (si nos perteneciera no le hubiéramos hecho sufrir tanto, pobrecillo…) y el resto de personajes, tampoco. Son de una señora inglesa que se ha hecho rica maltratándoles…
Nota de autoras:
Hola niñas!
¿Qué tal ha ido la verbena de San Juan? A nosotras el akelarre nos quedó muy mono... Severus dice que está muy orgulloso de sus brujitas, porque hay que ser muy bruja para hacer lo que le hicimos nosotras anoche... pero bueno, a lo que vamos, ¿no?
¿Tenéis ganas de un nuevo capítulo? ¿Queréis saber cómo siguen las peripecias de nuestros protagonistas?
Pues estáis de suerte, porque aquí os traemos una nueva entrega de las andanzas de Cedric y Severus.
¿De qué humor nos encontraremos al profesor después de lo ocurrido en el último capítulo? Enseguida lo sabremos.
Muchas gracias a DeathEaterBlood, seyka, Amia Snape, azulita y Pandora0000 por vuestros comentarios. Son un amable reflejo de nuestro fic :)
Capítulo 5. En el lago
La mañana del domingo pasó sin ningún incidente a destacar. Cedric aprovechó para estudiar y hacer los deberes escolares atrasados que tenía pendientes después de varios días de no hacer nada. Al menos, nada relativo a sus asignaturas, claro.
A Cho no la vio en todo el día. Se había autoproclamado una de las guías turísticas para las invitadas de Beauxbatons y seguramente estaba muy ocupada enseñándoles las diversas maravillas de Hogwarts.
Después de comer, Cedric se fue a practicar Quidditch con sus compañeros de equipo; pronto tendrían un importante partido que jugar y quería estar preparado. Eso, si Snape no decidía denunciarle antes al director y acababa expulsado.
Lo cierto era que no había podido quitarse al hombre de la mente en todo el día. ¿Por qué no había dicho o hecho nada aún? ¿Qué pensaba hacer con él?
Por su parte, y tras recapacitar sobre su comportamiento del día y la noche anteriores, Cedric había estado evitando al profesor a toda costa, porque le daba vergüenza llegar a encontrarse con él en algún desierto pasillo después de habérsele insinuado de aquella manera tan descarada, pero, de todos modos y sin poder evitarlo, sus pensamientos volvían a él una y otra vez, y no siempre se debía al temor de una posible expulsión, sino a otros detalles más "carnales" relativos al profesor. Le hubiera gustado que el hombre aceptara su propuesta. Le hubiera gustado de verdad y no sólo por evitarse un castigo.
Después de cenar, y a riesgo de desafiar otra vez el toque de queda, se le ocurrió buscar la puerta que llevaba a aquella tranquila orilla para ver si la encontraba de nuevo.
"Si al final no me expulsan, podría ir a nadar ahí de vez en cuando, es un rincón silencioso y privado", se dijo a modo de excusa, pero lo que una parte subconsciente de su mente deseaba, en realidad, era encontrar allí a Snape para verle nadar como no había podido hacer la vez anterior.
Dio con la puerta indicada sin dificultad, la abrió con cuidado y miró afuera. No parecía haber nadie allí.
Cerró tras él y se acercó a la orilla despacio, observando con detenimiento aquel hermoso lugar, desconocido, suponía, para la mayor parte de habitantes del castillo.
Vio la roca donde había desnudado por accidente a la sirena. Estaba vacía. Se acercó al agua y se disponía a agacharse para tocar la resplandeciente superficie cuando un ruido a su espalda le hizo girarse de golpe. Alguien estaba abriendo la puerta del castillo.
Se precipitó a esconderse tras unos espesos matorrales y se quedó allí, agazapado, mientras veía cómo Snape se acercaba a la orilla y se detenía, con la vista fija en el horizonte, a escasos pies de dónde se ocultaba él.
Un día tranquilo, por fin. Los domingos no solían traer muchos problemas, por norma general, pero desde que Potter rondaba por el colegio uno nunca podía estar seguro.
Snape aspiró con fuerza el saludable aire escocés, dejando que inundara sus pulmones al máximo. ¡Oh, cómo le gustaba aquella sensación! La calma absoluta, la decreciente luz del atardecer, el silencio sólo interrumpido por el trino de los pájaros o el viento azotando los árboles. Nada podía alterar la paz de aquellos momentos. Si tan sólo pudiera exportar una pizca de aquella serenidad al resto de horas del día, sería un hombre feliz. Pero entonces, esa maravillosa sensación dejaría de ser extraordinaria para convertirse en algo común.
"Sí, buena excusa para justificar la falta de tranquilidad en tu vida", se dijo, con mordacidad, "sólo está llena de contratiempos para no convertir los buenos momentos en algo banal".
Miró al cielo sin nubes y después a la solitaria roca. Estaba claro que la sirena se sentía todavía demasiado avergonzada por lo ocurrido como para encontrarse con él de nuevo y había decidido no hacer acto de presencia, igual que el día anterior. Mejor, prefería estar solo.
Se desabrochó despacio los botones del cuello, después los de los puños, se quitó los zapatos y los calcetines y se acercó más al lago hasta dejar que el agua lamiese las plantas de sus pies, regodeándose en la refrescante sensación. Soltó un pequeño suspiro satisfecho y procedió a quitarse la túnica, notando el fresco aire de la tarde alcanzar su piel centímetro a centímetro a medida que se desnudaba. Los pantalones siguieron después, dejándole cubierto únicamente por los negros slips que le servían de bañador; y entonces, sin pensárselo ni un minuto más, se adentró en las oscuras aguas y empezó a nadar.
Cedric no se había perdido ni un solo detalle del apetecible cuerpo de Snape. Se humedeció los labios con la lengua en un gesto involuntario cuando vio que se quitaba el pantalón. Sin permitir que el más mínimo parpadeo bloquease su visión, pudo apreciar el negro de sus calzoncillos contra la pálida piel del hombre, pero el profesor se había lanzado tan rápido al agua que apenas había podido disfrutar de la contemplación de ese cuerpo firme y ágil.
Hizo un temerario ademán de salir de su escondite para ver cómo se alejaba lago adentro, pero se refrenó. ¿En qué estaba pensando? ¿Es que quería que le descubriera espiándole?
"Pero si no puedes verle, ¿de qué ha servido que vinieras aquí?", le susurró esa parte de su ser que no le tenía miedo a nada; esa que siempre le decía que salir del armario no era tan difícil, que si la comunidad mágica necesitaba modernizarse en determinados aspectos, eran personas como él quienes tenían que ayudar a darle el empujoncito. Esa a la que nunca hacía caso.
Sin embargo, en esta ocasión le estaba resultando muy dificil ignorarla. Sus palabras eran tan coherentes, tan tentadoras… "¿Por qué estás aquí? ¿Para qué has venido si no es para verle? ¿De qué te sirve estar aquí agazapado mientras él nada en el desierto lago, casi desnudo, fuera de tu campo de visión?".
Esperó durante largos minutos, inquieto, pero se estaba empezando a sentir estúpido y ridículo, de modo que se inclinó un poco más hacia delante para intentar ver a Snape desde su escondite. Fue inútil: las ramas de los arbustos le tapaban la anhelada visión. Chasqueó la lengua, impaciente, y decidió arriesgarse más. Avanzó un par de pasos, todavía agachado, y sacó la cabeza por entre las ramas para encontrarse de frente con el ahora ceñidísimo y chorreante calzoncillo negro de Severus Snape.
El baño había sido tan apacible y relajante como de costumbre. ¿Cómo era que las cosas buenas duraban tan poco en su miserable vida? "No, no empecemos de nuevo con que eso es lo que las hace extraordinarias", se había atajado a sí mismo, molesto.
Cuando salió del agua para empezar a vestirse percibió cierto movimiento de hojas en un arbusto cercano. Cogió su varita y se aproximó a él para ver de qué se trataba, esperando ver algún tipo de animal, y se encontró ni más ni menos que con la cabeza de Cedric Diggory, que pareció muy concentrado en la meticulosa contemplación de sus slips.
Snape, ante tal insistencia, bajó la vista hacia ellos, temiendo que hubiera algo raro en su entrepierna o que hubiera perdido los calzoncillos mientras nadaba sin darse cuenta; pero aparte del hecho de que estaban empapados y se ajustaban a su cuerpo como una segunda piel, delimitando todos sus atributos con extrema precisión, le parecieron tan correctos y ordinarios como siempre.
—¿Se puede saber qué está mirando con tanta fijeza, señor Diggory? —dijo al fin, irritado—. Y aún más, ¿podría explicarme qué diablos está haciendo metido en esos arbustos?
Esto pareció hacer reaccionar al chico, que se incorporó de golpe y salió de entre los matorrales que le ocultaban.
—Yo… señor, yo quería… había pensado… yo creí que… me pareció…
—¡Hable de una vez!
—Señor, está usted mojado… —dijo el chico, para asombro del pocionista.
—Es usted muy observador, señor Diggory. Eso es lo que suele pasar cuando uno se baña —la vista del chico había vuelto a descender impúdicamente hasta sus slips y Snape empezó a impacientarse—. Dígame, ¿tiene algún problema con mi ropa interior?
—¿Problema? No, ninguno, en absoluto… ¿no le…? ¿No le… aprietan, señor? Parecen muy ajustados —murmuró el joven, lamiéndose los labios con nerviosismo.
Snape entrecerró los ojos. El chico se estaba comportando de un modo muy extraño, parecía turbado, parecía… si no fuera una auténtica locura, Snape creería que Cedric Diggory estaba excitado. Disimuladamente le echó un vistazo a la entrepierna del joven, pero con la amplia túnica estudiantil era del todo imposible apreciar nada, de modo que probó con otra táctica que conocía muy bien.
—Señor Diggory, mi rostro está aquí arriba, míreme —ordenó, señalando su cara con un dedo.
En cuanto el chico levantó la cabeza, Snape apretó la mano en la que sostenía su varita y entró en su mente. Justo cuando hizo eso, el hombre estuvo a punto de caerse al suelo de la impresión. La mente del joven estaba tan absolutamente sobrecargada de lujuria que resultaba abrumador, y lo más increíble era que toda esa excitación estaba concentrada en él. Diggory le deseaba, le deseaba con una intensidad sobrecogedora.
Snape dio un paso atrás y apartó la mirada. ¿Cómo podía ser? ¿Cómo podía un joven tan atractivo y solicitado como Diggory sentirse atraído sexualmente por alguien como él?
No tenía ni idea de cómo era posible algo así, pero era cierto, y ese pensamiento bajó hasta su entrepierna e hizo pulsar su polla con fuerza, movimiento que no pasó desapercibido para el joven, que estaba de nuevo sumido en la contemplación de sus calzoncillos. Volvió a lamerse los labios y esa vez a Snape el gesto le resultó irresistible.
Carraspeó un poco, porque de pronto sentía la garganta terriblemente seca.
—Creo que lo mejor será que…
—Profesor —le interrumpió el chico, alzando la mirada hasta sus ojos, para alivio del pocionista—, quería que supiera que lo que dije ayer… mi pretensión de que usted… de que usted pudiera aceptar un soborno así, era totalmente inapropiada. Jamás debí suponer… pero es que… verá, mis insinuaciones… mi… intento de seducirle… no fue sólo para tratar de que no me delatara. Yo… creo que es usted… en fin… que no hubiera sido ningún sacrificio ni nada por el estilo si hubiera aceptado, porque…
—Ya está bien —le atajó Snape—, no siga por ese camino.
—Sí, señor —Cedric agachó la cabeza y ambos se enfrentaron a un breve e incómodo silencio, pero el chico lo rompió, volviendo a mirar al profesor a los ojos—. Sólo quiero que entienda que es difícil para mí encontrar a un compañero que sea… discreto con mis gustos, no sé si me explico…
Snape apretó los labios. Se había explicado perfectamente. Demasiado, a su parecer. Se le estaba insinuando de nuevo y esa vez no contaba con su propia túnica para cubrirle si el asunto iba demasiado lejos, así que debía impedir que las cosas se descontrolaran. Sin embargo, una cálida sensación dentro de él, la misma que había impedido que denunciara al chico a Dumbledore, le estaba poniendo trabas a su determinación.
Sabía lo que tenía que hacer, y no era quedarse ahí plantado, medio desnudo y con un joven hormonal completamente excitado mirándole el paquete; pero los últimos días habían sido agotadores, frustrantes y amargos, y le habían puesto de un mal humor que nada parecía calmar.
Echó un rápido vistazo alrededor. Técnicamente no estaban dentro del castillo. Era domingo, día de descanso y, por tanto, técnicamente en esos momentos no era profesor. Y, además, era un hecho que Diggory era mayor de edad. De modo que, técnicamente no había nada malo en que cediera a sus impulsos por una vez. Y si lo había… lo cierto era que no quería saberlo.
El chico no hablaría de lo que allí ocurriera porque también deseaba mantenerlo en secreto, lo que significaba que por una vez iba a poder tomar lo que deseaba sin tener que pedir permiso ni darle explicaciones a nadie. Sólo un idiota se negaría a algo así y Severus Snape era conocido por muchas cosas, pero la idiotez no era una de ellas.
Se aclaró la garganta de nuevo y dijo, en tono susurrante:
—La discreción es algo muy difícil de lograr, ciertamente.
Cedric le observó con interés, quizá percibiendo un brillo especial en sus azabaches, quizá notando la peculiar inflexión en su voz. Pareció luchar contra una pequeña sonrisa de triunfo durante un segundo y después se acercó un paso más al hombre, muy serio y sin dejar de mirarle a los ojos.
—Sí, supongo que para usted también debe resultar… complicado encontrar un compañero de cama que sepa quedarse callado, que no vaya hablando por ahí de sus aventuras amorosas en cuanto bebe un par de whiskys de fuego de más… —durante un instante, el chico pareció vacilar sobre si debía ir más allá o dejar que el hombre impusiera su ritmo, pero al final decidió que, con todo lo que había arriesgado ya, no perdía nada por intentarlo, así que levantó un brazo para coger un húmedo mechón de cabello del hombre entre sus dedos, deslizándolos hasta las negras puntas para después seguir acariciando la pálida piel sobre la que descansaban— y yo, profesor, le puedo asegurar que no bebo. Jamás.
Snape sintió los suaves dedos recorrer su clavícula derecha con la levedad de una pluma. ¡Diablos! Aquello debía estar muy mal, porque se sentía condenadamente bien. Tanto, que se vio tentado de cerrar los ojos y abandonarse a las sensaciones. Sin embargo, su parte racional se impuso a su cada vez más demandante entrepierna y consiguió decir:
—Señor Diggory, quizá querría usted que lleváramos nuestras… actividades a un lugar más discreto —el chico le miró confuso un instante, como si considerase que aquel lugar ya era lo suficientemente discreto para él—. Nunca se es lo bastante prudente…
El chico asintió y Snape se dio la vuelta para guiarle por un estrecho sendero a la orilla del lago.
A no mucha distancia de donde habían estado hablando se encontraba una pequeña cala rodeada por completo de árboles que bloqueaban por todos lados la visión de lo que allí ocurriera. Era un lugar precioso e incluso tenía cierto toque… romántico que sorprendió a Cedric. "Vaya, vaya, ¿quién lo hubiera imaginado? El profesor es toda una caja de sorpresas", pensó.
El chico estaba muy animado. Snape parecía haber aceptado al fin que no había pretendido ofenderle y que su interés en él era genuino y, francamente, ver su cuerpo casi desnudo, húmedo y con unos calzoncillos tan abultados había logrado que ese interés se despertase aún mucho más. Se sentía excitado, no podía negarlo. Si el hombre tenía tal abundancia en su entrepierna después de salir del agua fría del lago, no podía esperar a ver cuánto más crecía en su pleno apogeo. Deseaba poder arrancarle la única prenda que le tapaba, descubrir lo que ocultaba la oscura tela de los slips. Se sentía como un niño a punto de abrir un regalo largo tiempo esperado, y la paciencia nunca había sido una de sus mejores virtudes.
Snape se situó delante de él y le recorrió de arriba abajo con ojos golosos.
—Señor Diggory —dijo con voz sensual—, me parece a mí que estoy en inferioridad de condiciones, aquí —levantó su mano y acarició el cuello de la túnica estudiantil del chico con un dedo—. Usted está todavía completamente vestido.
—Oh, eso se soluciona enseguida —replicó el joven, llevando sus propias manos a la prenda para quitársela con rapidez.
Sin embargo, Snape palmeó sus muñecas para que se detuviera y empezó a negar con la cabeza mientras chasqueaba la lengua.
—Tsk, tsk, tsk, no está siendo usted equitativo. Sé que me ha estado espiando mientras me quitaba la ropa para bañarme en el lago. Creo que ahora me toca a mí disfrutar de las vistas.
Una sonrisa lasciva se instaló en la comisura de su boca y el chico sintió un escalofrío nacer en la parte baja de su columna vertebral y ascender hasta su nuca, donde erizó todo el vello que había allí.
¿Le estaba pidiendo que se desnudase para él, que hiciera un… striptease?
Snape se apartó para ir a sentarse a la orilla del lago, dejando la varita a un lado y apoyando la espalda en el tronco de un robusto y frondoso árbol. Dobló las piernas de manera que las plantas de sus pies quedaran planas sobre el suelo, apoyó las muñecas en sus rodillas con las manos colgando hacia abajo y le dirigió al chico una significativa mirada con una ceja enarcada. "Estoy esperando", decía esa ceja.
El chico tuvo la sensación de que se trataba de una prueba. Si la pasaba, obtendría el preciado premio, que no era otro que el deseable cuerpo del profesor.
"Bien, pues si lo que quiere es asegurarse de que estoy decidido al cien por cien a seguir adelante, le demostraré que así es", pensó y volvió a llevar sus manos a la túnica, pero esta vez mucho más despacio.
Desabrochó el primer botón y dio un pequeño paso hacia el hombre. No estaba muy seguro de cómo debía proceder, pero lo cierto era que la sola perspectiva de desnudarse ante el hombre, de hacerlo de manera que él disfrutara del espectáculo, le resultaba sumamente excitante. Era como si le hubiesen chutado una larga inyección de adrenalina.
Mientras se abría la túnica y la dejaba resbalar por sus hombros lentamente no pudo evitar sonreír. Se sentía como si estuviera haciendo algo malo, como si llevara a cabo una travesura demasiado sucia para decirla en voz alta, y todo eso lo único que conseguía era incitarle a ir más allá.
Se acercó otros dos pasos al hombre y, dedicándole una larga y lasciva mirada, empezó a levantarse la camiseta blanca que llevaba, mostrándole poco a poco el firme y plano abdomen cubierto de un rastro de fino y oscuro vello. Cuando la prenda hubo subido hasta la mitad de su torso, Snape elevó una mano para rozar el suave vello con los dedos, pero Cedric, siguiendo un impulso, se apartó un poco de él para impedirle que lo hiciera. El profesor entrecerró los ojos y le miró suspicaz.
—Ah-ah, profesor —dijo Cedric, soltando los bordes de la camiseta, que cayó de golpe, cubriendo de nuevo su cuerpo—. Se mira, pero no se toca… de momento. No sea impaciente. Todo lo que ve será suyo, cuando se lo haya ganado.
—Cuando me lo haya ganado, ¿eh? —repitió el hombre, con un brillo divertido en los ojos—. ¿Y quién decidirá eso?
—Yo, por supuesto —contestó el chico, acercándose a él de nuevo para delinear los finos labios del hombre con un dedo—, de modo que más vale que se porte bien, profesor.
Mientras pronunciaba la última palabra, Snape abrió la boca y atrapó entre sus dientes la yema del índice que había estado tentándole, apretando justo lo suficiente para generar una corriente eléctrica que sacudió todo el cuerpo del joven, haciéndole respingar; y después la chupó, recorriendo la punta con la lengua de manera sensual.
Cedric retiró el dedo despacio, mirando al hombre con ojos ardientes y sintiendo la boca repentinamente seca. Se apartó un poco de él para permitirle tener un buen ángulo de visión y se levantó la camiseta de nuevo, pasándosela por la cabeza y arrojándola a un lado, ya olvidada incluso antes de que tocase el suelo.
Se llevó las manos a los tejanos, abrió el botón de la cintura y bajó la cremallera con lentitud, descubriendo milímetro a milímetro los blancos calzoncillos que había debajo.
Snape se lamió los labios inconscientemente mientras miraba los provocativos contoneos que hacía el chico al desnudarse. Ni siquiera pestañeaba para no perderse detalle. Si sus irises no fuesen tan oscuros como para no distinguirlos de las pupilas, resultaría sorprendente comprobar hasta qué punto estas se habían dilatado de deseo, complacidas por lo que veían. Estaba claro que los esfuerzos del chico estaban dando resultado y, si no fuera porque su entrepierna quedaba oculta por sus propias piernas dobladas, la creciente erección que la adornaba sería más que evidente.
Cedric se quitó las zapatillas deportivas y después se bajó los pantalones, quitándose primero una pernera y después la otra, sin dejar de mirar al profesor a los ojos. Se sentía sucio, se sentía malo, se sentía… se sentía excitado como nunca, como delataba el importante bulto en su ropa interior. Se llevó una mano al pezón derecho y se lo acarició suavemente con las yemas de dos dedos.
—Ahora estamos los dos en tablas, profesor —dijo—. ¿Qué piensa hacer?
—Venga aquí —ordenó, con voz algo más grave de lo habitual. El chico avanzó de nuevo hacia él—. Más cerca —Cedric obedeció—. Más.
El chico vaciló un instante, no quedaba apenas espacio entre ellos, si avanzaba más, sólo podría ver el tronco del árbol y la parte superior de la cabeza del hombre; por no hablar de que la cara de éste quedaría justo a la altura de… ¡oh! Cedric se mordió el labio y, sin pensárselo más, eliminó la breve distancia que les separaba, separando las piernas para que entre ellas quedaran las del profesor, todavía dobladas contra su cuerpo.
La boca de Snape, a escasos centímetros de la entrepierna del chico, exhaló lentamente su cálido aliento, que traspasó sin problemas la delgada tela de sus calzoncillos. La etérea caricia provocó un escalofrío que se extendió por todo el cuerpo del joven, que no pudo reprimir un pequeño jadeo ahogado.
Snape elevó sus manos e inició un suave roce ascendente con sus dedos por la cara interna de los muslos del muchacho, cuyas rodillas empezaron a temblar de improviso. Cedric decidió sujetarse al árbol que tenía delante para evitar que sus piernas fallaran y se concentró en el delicioso cosquilleo que le recorría. ¡Merlín, el profesor apenas había empezado a hacerle nada y ya le temblaban las piernas! ¿Qué iba a ser de él cuando Snape se decidiese a…?
—¡Joder, síii! —Siseó Cedric, sorprendido por la boca de Snape aprisionando su miembro desde el otro lado de la tela.
La mano derecha del hombre acunó sus testículos con suavidad y la izquierda se dirigió a sus firmes nalgas mientras los finos labios recorrían la endurecida extensión arriba y abajo, convirtiendo sus slips en una apretada prisión de la que necesitaba liberarse.
—Quítemelos —rogó—, por favor, quítemelos.
Snape no se lo hizo repetir, agarró la prenda por ambos extremos y, de un solo movimiento, la deslizó hasta los tobillos del chico. La polla de Cedric salió impulsada hacia delante, manteniéndose erguida ante los ojos del profesor con un suave balanceo.
Lo siguiente que ocurrió, Cedric lo vivió como a cámara lenta. Vio a Snape abrir la boca y acercarla a su glande con los labios hacia fuera, preparados para acoger la palpitante punta entre ellos. Sentir cómo se deslizaban por la sensible y sonrosada piel fue como dejarse caer al vacío de espaldas: notó cómo el estómago se le encogía en un apretado nudo y la cabeza empezó a darle vueltas.
—Oh, joder… —jadeó, cerrando los ojos con fuerza, y no pudo evitar impulsar la cadera hacia delante, intentando adentrarse más en aquella cálida y acogedora cavidad.
Sin embargo, Snape se echó hacia atrás para impedírselo, decidido a ser él quien marcara el ritmo del encuentro. Chupó con fuerza la turgente cabeza mientras apretaba su escroto con la mano que lo sujetaba, arrancándole un agudo gemido al chico; tras unos segundos, aflojó un poco la presión y empezó a masajear la tensa carne, a la vez que sus labios liberaban la polla para deslizar su lengua despacio, de arriba abajo, por la parte inferior de la misma, dejando un reguero húmedo y frío allí por donde pasaba. Se concentró en ese movimiento durante unos instantes, alargándolo cada vez un poco más hasta que, al final, acabó recorriendo también ambos testículos con cada lametazo.
Cedric clavó sus uñas en la corteza del árbol, como si estas pudieran ofrecerle un punto más de anclaje, como si lo único que necesitaba en esos momentos fuese cualquier cosa que pudiera darle la seguridad de que no iba a caer. No era capaz de pensar en nada más que en sujetarse fuerte, ya que la intensidad de las sensaciones no le permitía hacer otra cosa que dejarse arrastrar por el placer.
Entonces Snape cambió de pauta y el chico abrió los ojos ante la momentánea pérdida de contacto. Vio cómo el hombre clavaba los profundos irises negros en los suyos y, sin dejar de mirarle, engullía toda su polla de una sola vez.
—Jo-derrrr… —repitió, por tercera vez.
Parecía incapaz de decir nada más, como si todo el vocabulario que había adquirido desde que empezó a hablar con trece meses se hubiera esfumado de golpe; pero no le importó en absoluto, porque ahora Snape estaba chupándosela enérgicamente, moviendo la cabeza adelante y atrás sin parar. Observó con fascinación cómo su temido profesor le devoraba una y otra vez, su polla apareciendo y desapareciendo en el interior de esa ávida boca, los ojos de ambos conectados en una significativa y tremendamente erótica mirada, y siguió haciéndolo hasta que las piernas le empezaron a temblar con fuerza y comenzó a temer que no sería capaz de aguantar en pie mucho más tiempo. Que no sería capaz de aguantar sin correrse mucho más tiempo.
¡Joder! ¡El hombre era endiabladamente bueno con las mamadas…!
Pero Snape no estaba dispuesto a dejar que todo acabase tan rápido, ni mucho menos tenía intención de quedarse él sin recompensa después de un trabajo tan bien hecho, de modo que, cuando sintió encogerse en su mano los testículos del chico, volvió a apartarse de él con rapidez, provocándole otro jadeo ahogado.
—¡No! —gritó Cedric—. Oh, no, no, por favor, estaba a punto, tan a punto de…
—Precisamente por eso —contestó el hombre, secándose las comisuras de su sarcástica sonrisa con el dorso de la mano.
Sin dejar de mirarle con lascivia, Snape cogió su varita y se puso en pie, encajado en el estrecho espacio entre el árbol y el ardiente cuerpo del chico, que irradiaba un calor que el hombre podía sentir en su propia piel sin siquiera tocarle.
Las caderas de Cedric todavía dieron un pequeño e involuntario empujón más hacia delante, buscando un alivio que no había de llegar. Su palpitante erección, tan extrema que casi dolía, lucía febrilmente enrojecida y tensa, húmeda de saliva y de líquido preseminal. El chico soltó un pequeño quejido que no hizo nada para conmover al profesor, cuya sonrisa se ensanchó en sus labios y, apartando del árbol una de las manos del joven, se metió en el agua, fue hasta una gran roca redondeada en la que dejó la varita y apoyó la parte baja de la espalda, y se quedó mirando al muchacho, esperando que este le siguiera. El agua le llegaba hasta la mitad de los muslos, pero este detalle no era lo que atrapó la atención de Cedric, sino el negro calzoncillo que, un poco más arriba de eso, formaba una tensa tienda de campaña, insinuante y completamente apetecible.
—Como ve —dijo Snape—, yo también tengo una necesidad acuciante que atender y ni siquiera se ha molestado en liberarme de mi encierro.
Cedric no necesitó más invitación que esa. Se acercó con rapidez a donde esperaba el otro y, sin mediar palabra, se arrodilló ante él, sobre el fondo pedregoso del lago, con el agua cubriéndole hasta el pecho. Agarró la oscura prenda por los lados y estiró hacia abajo despacio, para descubrir milímetro a milímetro la anhelada polla que, aún sin haber visto todavía, ya deseaba sentir en su interior.
¡Oh, su aspecto era magnífico! Aún más imponente de lo que había imaginado. Era sonrosada y gruesa, algo curvada hacia arriba y considerablemente larga. Estaba totalmente erecta, y dura como una barra de hierro. A Cedric se le hizo la boca agua nada más verla y ni siquiera pudo esperar a quitarle los calzoncillos por los pies antes de metérsela en la boca. Snape siseó cuando notó los dientes del chico rozarle levemente debido al ímpetu con el que le tomó entre sus labios. Cedric lo notó y procuró ir con más cuidado, pero no se apartó, sino que empezó a chupar y a lamer de inmediato la deliciosa polla que había estado esperándole durante tanto rato.
"Le estoy chupando la polla a mi profesor", pensó Cedric, "le estoy haciendo una mamada a Snape. Y me encanta".
El pocionista disfrutó en obstinado silencio del dedicado fervor del chico. Mientras el cielo se iba oscureciendo cada vez más y la luna comenzaba su ascenso en el cielo, los trinos de los pájaros, el viento en los árboles y los ruidos de succión fueron los únicos sonidos que se pudieron escuchar en aquel rincón del lago.
Nota final:
Vaya, vaya, parece que la cosa se pone interesante entre estos dos. Cedric nos ha deleitado con un striptease que ha despertado mucho el interés de Severus (parece ser que lo llaman interés, tú) , así que, ahora que se han puesto en marcha ya podemos dejarles tranquilos y dar por acabado el fic, ¿verdad?
Noooo, es broma, detened los cruciatus, que la próxima semana os explicaremos en detalle lo bien que se lo pasan.
Mientras tanto, vuestros comentarios serán muy bien recibidos.
Respuesta a comentario anónimo:
Azulita:
Vaya, sentimos que tu móvil esté algo locatis, esta tecnología muggle a veces nos trae de cabeza, ¿verdad? XD
Aunque, pensándolo bien, si lo que quieres es mandarnos cruciatus, mejor que no te funcione XD
Cedric no se quiere vengar de los Weasley, es un chico pacífico… bueno, en realidad lo que pasa es que tiene otras preocupaciones en mente -unas que siempre visten de negro riguroso- y no puede estar pensando en ellos en estos momentos.
Sobre Dumbledore, no entendemos muy bien a qué te refieres, pero él de momento está ajeno a todo esto, porque Severus no le ha dicho que ya ha descubierto al causante de los desnudos.
Respecto al uso indiscriminado de la mano derecha de Severus, te aclaramos que ha sido con su permiso -más o menos, estaba dormido cuando se lo preguntamos y tomamos el ronquido por un sí- y que él ha quedado bastante satisfecho de su utilización, ya que a lo largo de los años ha pasado ciertos períodos de sequía en los que ha tenido ocasión de perfeccionar el arte de las manualidades… XD
Pero no te preocupes por él, porque intuimos que Cedric no va a conformarse con sólo soñar con él, y va a intentar llegar más allá…
Esperamos que hayan quedado aclaradas todas tus dudas, porque tenemos que irnos rápidamente, ya que Severus acaba de llegar y, por lo que vemos, está de mal humor, creemos que tiene algo que ver con que tú le azuzaras para que nos castigase… :S
Muchas gracias por tu review y, por favor, no le pidas más que nos lance cruciatus, que este hombre no entiende las bromas y se lo toma todo al pie de la letra :/
