Disclaimer:

Severus no nos pertenece (si nos perteneciera no le hubiéramos hecho sufrir tanto, pobrecillo…) y el resto de personajes, tampoco. Son de una señora inglesa que se ha hecho rica maltratándoles…

Nota de autoras:

Buenaaaassss, ¿cómo va eso, muchachas?

Por aquí todo va estupendamente, aunque esto se nos está acabando, y no es ninguna broma :(

Este es el penúltimo capítulo, el último si contamos con que nos queda sólo el epílogo, así que no vamos a enrollarnos demasiado porque quizás Severus y Cedric van a pillar algo de frío, recordemos que están gloriosamente desnudos y… mojados :)

Un beso a todas y nos vemos al final del capi ;)

Muchas gracias a DeathEaterBlood, seyka, Amia Snape, azulita, Pandora0000 y Sely Kat por vuestros comentarios. Son un amable reflejo de nuestro fic :)


Capítulo 6. Placeres acuáticos

El movimiento del agua, en un perfecto círculo concéntrico que se asemejaba a una pequeña ola, se llevó flotando la tela negra de sus calzoncillos lentamente, como si en realidad no quisiera hacerlo, hasta que llegó a la orilla por la que ambos habían entrado en el lago.

Snape hizo verdaderos esfuerzos por concentrarse en ese trozo de ropa con tal de no sucumbir al deseo de gemir bajo la atenta boca de su alumno, que se apoderó de su glande con una insistencia y una perseverancia que jamás le había conocido en clase. Se maldijo a sí mismo por no poder dejar de pensar que se trataba de un estudiante y él su profesor y, cuando ya llevaba una mano a la cabeza de húmedos cabellos negros para obligarle a parar, el chico soltó un gemido gutural que reverberó a lo largo de su miembro, causándole un delicioso escalofrío, y tuvo que reconocer que ya no había posible marcha atrás. Aquello era demasiado bueno como para dejarlo a medias.

Aunque el cielo aún se veía de un azul brillante, el sol se había perdido ya entre los árboles y había refrescado bastante, por lo que Snape lanzó un hechizo al cuerpo del chico y al suyo propio para mantener la temperatura y que ni la fresca brisa de la tarde, ni las aguas heladas del lago pudieran interferir en sus placenteras actividades dificultando que pudieran conservar sus flamantes erecciones.

Cedric se afanó en procurarle placer al profesor, el mismo que él había sentido estando enterrado en su boca, pero el maldito no dejaba escapar ni un triste gruñido, ni un simple suspiro, e incluso diría que ni siquiera se le había acelerado la respiración; y él ya empezaba a cansarse de su incómoda postura. El lecho del lago estaba compuesto por piedras de distintos tamaños, cantos rodados llenos de algas que, a pesar de no ser afilados, seguían siendo duros y molestos, y se clavaban sin piedad en sus rodillas. Por no hablar de la rigidez que se estaba instalando en sus cervicales. Pero no podía permitirse el lujo de quejarse, y menos aún de soltar la octava maravilla del mundo, que estaba lamiendo en esos momentos con fruición.

Llevó sus manos, que al salir a la superficie salpicaron a su alrededor, a los glúteos de Snape para amasarlos con cuidado, notándolos suaves, húmedos y poco menos que divinos. No podía imaginar cómo sería estar dentro de ese cuerpo duro y de ese culito prieto. Rodeó sus nalgas con sus manos, atrayéndole hacia sí, y le obligó a entrar más en su boca, gimiendo de nuevo al hacerlo.

Cedric retuvo la polla de Snape completamente encajada en su garganta, sin moverse. Lo que se proponía con eso era una reacción de su profesor o, al menos, de una parte de su cuerpo, y exactamente cuarenta segundos después logró su objetivo al sentir cómo pulsaba la verga dentro de su boca, buscando movimiento, deseando ser saciada. Cedric, victorioso, clavó las uñas en la tersa piel que tenía más a mano, arañando suavemente las nalgas de Snape y, si hubiera podido hacerlo, habría sonreído, pero como tenía la gloriosa erección ocupando todo el espacio disponible, lo que hizo en cambio fue liberarla.

Sacó más los labios para despojar la polla de la presión que ejercían sus dientes sobre ella e hizo cazoleta con la lengua para acunar la longitud, serpenteando por la abultada vena central a medida que se retiraba. Cuando la hubo sacado por completo, besó la enrojecida y salivada punta y miró hacia arriba, soltando un suspiro y contemplando el rostro mortalmente serio de Snape.

—Ahhh… profesor, es deliciosa…

—Si vuelve a llamarme profesor —le advirtió el hombre en un leve susurro— le lanzaré un Imperius y le obligaré a masturbarse frente a todo el colegio en mitad de la cena de Navidad. ¿Le ha quedado claro?

El tono contradictoriamente suave y amenazante del profesor hizo que la polla de Cedric se agitara bajo el agua. Realmente, Snape era un tipo peligroso y eso le convertía en un hombre excitante. Volvió a besarle la punta, sacando la lengua, juguetón, y lamiendo con ella el pequeño agujero del que una perla de delicioso y amargo líquido preseminal pretendía escaparse.

—Entonces, ¿cómo…? —preguntó, mirándole fijamente a esos ojos negros que le hacían precipitarse al vacío.

—Simplemente Snape —le contestó con voz ronca y, agachándose, le agarró de los brazos y le hizo levantarse, quedando frente a frente, sus pollas rozándose ligeramente con el movimiento—; y tengo que decir que no parece demasiado entregado a su trabajo, Diggory.

—¿Qué…?

Estaban tan cerca el uno del otro que Snape podía ver, a la suave luz crepuscular, las pupilas dilatadas del joven Hufflepuff, sus mejillas ligeramente sonrosadas y sus labios enrojecidos e hinchados. No pudo más que rendirse a la irresistible tentación de esa boca entreabierta y adentró su lengua en ella, agarrando al muchacho por la cintura y presionándole contra su cuerpo. El chico respondió con entusiasmo a su intrusión y enredó la lengua con la suya, acariciándole y lamiéndole.

—Deje que adivine —habló Snape cuando dio por finalizado el beso y se encontró ante el rostro extasiado y los ojos cerrados de Cedric— nunca le ha chupado la polla a uno de sus amantes.

—¿Eh? —Cedric abrió sus ojos desorbitadamente.

—Me ha dejado bastante insatisfecho, señor Diggory. Eso me indica que siempre ha sido usted el que ha sido saciado de ese modo.

—¿No… no lo estaba haciendo bien? —preguntó el chico, bastante cohibido de repente—. Yo… es que… estaba algo incómodo, ¿sabe?

—¿Le incomoda estar arrodillado frente a mí? ¿Resulta humillante para el guapito de Hufflepuff mostrar su sumisión dándole placer oral a un tipo como yo?

—Eeehmmm… no, no es eso, yo… prof… —se detuvo a tiempo antes de pronunciar la palabra prohibida, pero el roce de su polla contra la del hombre y el sensual modo en que el otro le hablaba, hacían que se excitara hasta cotas insospechadas y que perdiera su capacidad de razonar.

—¿No? Entonces, ¿por qué estaba usted incómodo?

—Por… por la postura, Snape. Me dolían las rodillas y se me… se me había agarrotado un poco el cuello.

—Ay, pobrecito… —susurró con sorna. Entonces agarró su varita, le cogió de la cintura y le hizo adentrarse un poco más en el lago, haciéndole retroceder a medida que él avanzaba hasta llegar a uno de los pequeños islotes de tierra ennegrecida que sobresalían del agua y en el que, de entre unas rocas, surgía un arbusto con un tronco retorcido y grueso. Allí se detuvo de nuevo y contempló el rostro de Cedric, con el agua llegándoles a la altura del pecho; pasó un dedo por la mejilla del chico, que se inclinó hacia la caricia, haciéndole sonreír satisfecho—. ¿Quién me mandará a mí liarme con un Hufflepuff? No tienen imaginación.

Cedric cada vez se sentía más fuera de sí. Snape le trataba como a un inexperto y, aunque él no se consideraba promiscuo, había tenido varios amantes a quienes había sabido satisfacer. Se había esforzado mucho en complacer al murciélago y el hombre lo único que hacía era meterse con él porque se había magullado las rodillas.

Perdido en sus pensamientos y en la negra mirada del Slytherin, no se dio cuenta de que el hombre le sujetaba por la rabadilla, alzándole en el agua hasta dejarle flotando en ella.

—Bien, yo le enseñaré cómo se hace esto, Diggory. Tome buena nota, sus futuros amantes se lo agradecerán.

—Pero, ¿qué pretende? —preguntó el joven, sorprendido, agarrándose a su brazo para mantener el equilibrio—. ¿Enseñarme a nadar?

El hombre le lanzó una mirada de hielo que le hizo arder.

—No, señor Diggory. Ande, sea obediente y agárrese al tronco —se inclinó sobre él y le llevó las manos hacia atrás, hasta obligarle a sujetarse del arbusto—. Buen chico, no quiero que se ahogue cuando le haga correrse.

Cedric jadeó mientras su polla palpitaba con fuerza, lanzando pequeñas ondas expansivas sobre la superficie del agua.

Snape paseó la vista por el bello cuerpo atlético, desnudo y mojado que flotaba frente a él antes de poner su mano izquierda sobre los cachetes del culo de Cedric, deslizando uno de sus dedos por la raja que los separaba, hasta encontrar la entrada a su cuerpo. Le izó en un rápido movimiento hacia arriba para hacer que su erección, dura y bamboleante, surgiera del agua como un tentador periscopio, mientras su dedo seguía tanteando el pequeño orificio.

—¿Está cómodo ahora, señor Diggory? —dijo con tono burlón.

—Snaaaape… —gimió.

—Conteste. ¿Lo está? —insistió el pocionista.

—Síiii…

—Bien, no quisiera que le dolieran las rodillas… o que se le entumecieran las cervicales —se mofó—. Y agárrese fuerte, porque no tendré piedad.

El hombre se acercó lentamente a la vibrante polla del joven y le dio un largo lametón a toda la extensión. Su mano izquierda seguía bajo el cuerpo extendido sobre el agua, ejerciendo algo de fuerza para mantenerle en equilibrio, mientras desplazaba la derecha un poco hacia delante para acariciar con delicadeza los testículos, que sólo sobresalían un poco de la superficie. Tomó aire y se tragó al joven por entero.

A partir de ese momento, Cedric perdió todo pensamiento coherente. Se sujetó al arbusto con fuerza, notando cada una de las succiones del hombre pero incapaz de levantar la cabeza para mirarle, porque si lo hacía se desequilibraba y entonces su cabeza acababa por hundirse en el agua, ahogándole. Pero, ¡ah!, esos momentos eran aún mejores, porque el miedo y la angustia de sentir que le faltaba el oxígeno le añadían un componente de peligro y provocaban que sintiese con más intensidad el magistral trabajo que estaba realizando Snape sobre su miembro.

Le succionó varias veces con mucha fuerza, después le soltó y le lamió de nuevo toda la extensión mientras acariciaba sus testículos por la parte de atrás hasta llegar a su entrada y, justo cuando Cedric creía que ya no podría soportarlo más, sintió una presión en su ano, abriéndole la carne, trazando pequeños círculos en su interior para dilatarle, al mismo tiempo que los dientes del hombre le acariciaban la punta de su erección con delicadeza, sin llegar a morder.

—Ahhhh… Snape, estoy… estoy a punto…

—Lo sé, Diggory —dijo—. Vamos, libérese para mí.

Cedric abrió mucho los ojos al oírle utilizar esa palabra en concreto, que le trajo a la memoria su sueño erótico con el profesor, y de inmediato sintió como era engullido de nuevo con glotonería, la punta de su polla rozando el velo del paladar de Snape hasta llegar a su garganta. Notó que le succionaba enérgicamente dos veces más, como si quisiera sorberle, y se descargó con fuerza en la boca de su profesor, soltando un grito agudo y prolongado mientras convulsionaba sobre el agua. Se agarró con fuerza al arbusto, al tiempo que Snape le sujetaba firmemente en posición mientras seguía aspirándole, tragando toda su semilla con un brillo de satisfacción en sus ojos negros.

Cuando la tormenta de sensaciones hubo pasado, Cedric dejó que su cuerpo flotara laxo sobre el agua. Le temblaban las manos, todavía asidas al tronco del arbusto, y tenía los dedos agarrotados de tal modo por la fuerza de su agarre que no podía abrirlos. Jamás había experimentado un orgasmo tan brutal como aquel. Nadie le había arrancado esos gritos ni le había hecho sentir tanto placer. Semejante clímax le había licuado todas las neuronas del cerebro y le había dejado en estado catatónico. Y eso lo había provocado el hombre menos recomendable del mundo mágico, el tipo feo y amargado que le miraba con suficiencia mientras se pasaba el dedo índice por la comisura de los labios, limpiándose unos restos de semen que no existían.

—Snape —susurró.

—¿Sí? —dijo el hombre, alzando una única ceja.

—Ha sido… genial.

—¿Usted cree? —preguntó con sorna—. Porque yo sigo bastante… insatisfecho.

Eso fue un absoluto reclamo para que los ojos grises del muchacho buscaran los negros del hombre. Cedric se incorporó en el agua, pero cuando apoyó los pies en el suelo seguía tan debilitado que Snape tuvo que sujetarle para que no se hundiera por completo.

—Gracias —susurró el joven, abrazándose a su cuello.

—¿Qué le pasa? Está temblando. ¿Se encuentra bien? ¿No le ha funcionado el hechizo de temperatura?

—Estoy de puta madre, Snape, estoy mejor que nunca —y, sin poder evitarlo, el muchacho acercó sus labios, húmedos por el agua, a la boca del Slytherin.

El beso empezó suavemente, pero fue volviéndose más y más intenso, más y más apasionado y urgente. Snape dio un paso adelante y lanzó su cadera contra la de Cedric. Necesitaba aliviarse cuanto antes, llevaba demasiado rato empalmado y el chico no hacía más que provocarle con su actitud. Por eso no le molestó en absoluto la mano que de repente empezó a acariciarle la polla bajo el agua, primero de forma tímida y luego con algo más de ahínco.

Aún así, Snape tomó una decisión y rompió el beso abruptamente.

—Suélteme —dijo, en un susurro peligroso que hizo que Cedric retirara su mano con rapidez del suave miembro de su profesor.

—¿No quiere que…?

—Dése la vuelta —agarró al muchacho por los hombros y le obligó a girarse para deslizar su necesitada erección entre los cachetes del joven trasero—. ¿Sabe lo que quiero, Diggory? ¿No lo adivina? —El chico gimió, se inclinó hacia delante, apretando su culo contra Snape y abriéndose él mismo las nalgas con las manos para encajar entre ambas la verga del Slytherin, que sonrió malicioso—. Veo que sí lo adivina… parece que las clases de Trelawney sirven de algo, al fin y al cabo…

—Mmmsssíii… es mi culo, lo que quiere, viejo pervertido…

—¿Disculpe? —preguntó el hombre, en tono falsamente indignado. Puso su mano izquierda sobre el hombro del muchacho y se separó medio paso de él, mientras introducía otra vez un dedo en el apretado orificio del joven—. ¿Cómo me ha llamado?

—Aahhmm… es todo suyo, Snape… joder, puede hacerme lo que quiera, después de…

—¿Después de haberle hecho la mejor mamada de su vida? —La voz sonó suave y ronroneante, y otro dedo se coló en su interior.

Cedric sintió un estremecimiento y el aro de músculos se contrajo sobre el anular y el índice que le estaban preparando.

—Sí, después de eso.

—¿Le ha gustado, Diggory? ¿Le ha gustado correrse en mi boca?

Merlín, esa voz le estaba volviendo loco, Cedric empezaba a temer que no podría volver a asistir a clase de Pociones sin estar todo el rato empalmado escuchándole. Ajeno a los miedos del chico, Snape extrajo los dedos de su interior, adelantándose de nuevo y volviendo a friccionarse contra el joven, que dejó de sujetarse las nalgas para echar los brazos hacia atrás y agarrarse a las caderas del hombre a sus espaldas, presionándose todo lo posible contra él.

—Mmmsíiii… y a usted le ha gustado tragárselo todo, ¿a que sí?

—Casi tanto como me gustará follármelo bajo el agua, Diggory.

Cedric gimió roncamente y Snape siguió lanzando su cadera adelante y atrás, deslizándose entre los glúteos del chico, masturbándose despacio con esos dos apetecibles y suaves montículos.

De pronto cesó el movimiento e instó al chico a reclinarse hacia atrás, contra su pecho, para alcanzar con la mano izquierda el pezón que le quedaba más cerca, al que estimuló hasta que notó cómo el bultito de carne se endurecía entre sus dedos para, entonces, apretar con fuerza con el índice y el pulgar.

—Aaahhh…

—¿Le duele? —preguntó junto a su oído en un susurro. La mano libre se desplazó por la estrecha cintura de Cedric y acarició delicadamente su vientre y el estrecho camino de vellos oscuros que llevaba hasta su pubis, como para contrarrestar la dureza de la presión que ejercía con la izquierda—. ¿Es demasiado para un Hufflepuff? ¿Quizá debería… parar?

Volvió a pellizcarle el pezón, dejando claro que esa no era una opción, en realidad.

—Mmmnnooo... me gusta… no paree…

Snape rió con suavidad, su pecho ahora pegado a la espalda de Cedric, que sintió cómo su polla empezaba a despertar de nuevo con el sonido de esa risa. Llevó una mano a la cabeza de cabellos negros de su maestro y giró el rostro hacia él, ofreciendo su boca para que el hombre la asaltara a placer. Se fundieron de nuevo en un beso que acabó sofocando el quejido que se le escapó a Cedric cuando el Slytherin volvió a apretar su pezón hasta rozar el límite de lo soportable.

—¿Preparado? —Le advirtió entonces.

—¿Qué? —El chico, todavía jadeante por el dolor y la de nuevo creciente excitación, apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Snape le agarró fuertemente de la cintura rodeándosela con el brazo derecho y se inclinó un poco hacia adelante, obligando al chico a buscar apoyo en el pequeño islote para una mayor estabilidad. Cedric, comprendiendo lo que se avecinaba, apoyó las palmas contra el montículo de tierra emergente y mantuvo los brazos estirados para aguantar mejor las inminentes embestidas del hombre.

Notó como el profesor se posicionaba en su entrada y se introducía en él con la lentitud proporcionada por el agua. Aún así, el dolor fue increíble, el frío líquido no ofrecía apenas lubricación y, si no fuera porque el hombre le había dilatado un poco antes, sería casi como ser penetrado en seco. Cedric gritó, pero Snape le tapó la boca rápidamente con su mano izquierda, así que sólo pudo soltar un gruñido ahogado.

—Silencio —susurró el hombre—, había pensado que sería usted más discreto, tanto que le gusta mantener la privacidad de su vida sexual.

—Mnnpppff… —fue la protesta ahogada del joven, que se aferró con sus manos al islote con desesperación, hundiendo los dedos en la húmeda tierra.

—Relájese para que no le duela tanto. Relájese y empuje hacia mí —le aconsejó el Slytherin, con voz suave—, como si quisiera expulsarme de su interior.

El chico hizo lo que le decía, pero seguía doliendo como el demonio, de modo que cerró los ojos y apretó los dientes con fuerza. Snape se adentró en él poco a poco, llenando al chico con su magnitud hasta acabar por encajarse del todo; y entonces esperó unos segundos para darle tiempo a que se acostumbrara a su intrusión. Las oleadas de dolor se aplacaron y el agarre de las manos de Cedric al islote se aflojó levemente, momento que el profesor aprovechó para liberar su boca.

—¿Cómo se siente mi polla en su culo, Diggory?

—Enorme, ¡joder! Es enorme y me encanta, maldito bastardo, ya sabe que me encanta.

—¿Cree que soportará que embista de nuevo? —Ronroneó—. ¿O mejor lo dejamos para otro día?

—¡Muévase! —aulló el chico—. Por lo que más quiera, ¡muévase o explotaré de la tensión!

—Shhhh… no grite —Snape volvió a taparle la boca firmemente—. ¿O es que quiere despertar a medio lago?

Le soltó de nuevo y el chico jadeó.

—Ohhmm… lo que quiero es que me folle de una puta vez.

—Mmm… impaciente, ¿eh? —Se mofó—. Y malhablado. Tsk, tsk. Cualquiera diría que a estas alturas tendría más autodominio y capacidad de contención, después de haberse desahogado ya una vez. Vamos, eleve los pies como si se sentara en el agua, apoyándose en la parte sumergida del islote.

El cielo había oscurecido de tal modo que apenas podía verse algo; únicamente la luna prestaba un poco de su luz a la lisa superficie del lago, pero estaba tan baja aún, que no iluminaba demasiado, por lo que el chico tuvo que elevar una pierna y tantear con el pie la superficie de tierra. Eso hizo que la polla dentro de su cuerpo se ladeara en un ángulo diferente y le proporcionara una placentera fricción que le hizo jadear. Levantó entonces la otra pierna para ponerla junto a la primera, apoyadas ambas plantas firmemente en el islote, y Snape empujó al muchacho, contrarrestando el vaivén del agua, para obligarle a doblar un poco las rodillas.

—Haga algo de fuerza contra la tierra, no demasiada —el chico lo hizo y Snape afianzó sus pies en el lecho del lago, que en esa parte era más lodoso que en la orilla—. Así, buen chico, ahora apóyese contra mi pecho.

—¿Así? —Sonó más a jadeo que a pregunta y el hombre ni siquiera se tomó la molestia de contestar.

Cuando tuvo bien sujeto el joven cuerpo entre sus brazos y se sintió lo suficientemente estable, Snape inició una serie de embestidas contra el apretado culo del chico, que empezó a gemir de manera continuada, emitiendo unos sonidos entrecortados que casi parecían sollozos.

El hombre hubiera querido mantenerse en silencio y dejar las ruidosas expresiones de placer para el chico, pero llevaba demasiado rato excitado y deseando follarle, así que a cada envite se le escapaba un gruñido extasiado, que le hacía eco a los gemidos de Cedric.

—Mmm, aaahhh… Diggory… —murmuró— tiene usted un culo exquisito. Tan estrecho…

Se hundió una y otra vez en el joven cuerpo, ingrávido por el agua, hasta que, en determinado momento, tocó el delicado punto que Cedric estaba anhelando.

—Ahhh, ahhhh, justo ahí, ahí… sí… más, más, Snaaaape… ¡joder! No paree…

El hombre se sentía tan al límite que pronto no pudo ni hablar. No recordaba cuánto tiempo hacía que no disfrutaba de ese modo con el sexo. Y, desde luego, nunca con nadie tan joven y entregado como el Hufflepuff. Cerró los ojos y apretó de nuevo los dientes, sintiendo como el muchacho se cerraba sobre su perímetro, y no pudo contenerse más: embistió por última vez con fuerza, elevando a Cedric un poco fuera del agua por la fuerza de su envite y se corrió dentro del chico con tanta intensidad que empezó a ver puntos blancos ante sus párpados cerrados. Se descargó con violentas y convulsas estocadas, notando un agudo pitido en sus oídos.

Se quedaron unos minutos quietos y en silencio, recobrando el ritmo de sus respiraciones, hasta que el chico susurró, con tono sorprendido:

—Por Merlín, Snape… he vuelto, he vuelto a correrme…

El hombre rió quedamente, se retiró del muchacho y dio un par de pasos hacia atrás. "Juventud, divino tesoro", pensó, él ya no lograba reponerse tan rápido de un orgasmo, claro que tampoco tenía con quién hacer la prueba. Suspiró agotado y pensó que si no fuera porque tenía un alto sentido de la dignidad, se dejaría desfallecer hasta quedar flotando inerte en el lago, porque le temblaban las piernas como si fuera un simple adolescente; había hecho demasiado esfuerzo.

De pronto, el chico se giró hacia él.

—¿Se puede saber qué hace? —preguntó Snape, cuando sintió que el muchacho rodeaba su cuello con los brazos.

—Es el mejor amante que he tenido, Snape —le besó en la comisura de los labios y se apretó contra él—. Ni siquiera he tenido que tocarme. Me he sentido tan libre. Aquí… aquí somos libres. Podemos serlo siempre que queramos.

El chico le besó una y otra vez en los labios, arrebujándose contra él como un gatito tembloroso, gimiendo y estremeciéndose a cada beso.

—Diggory.

—¿Sí? —Cedric pensaba que no podría dejar de besarle jamás, nunca había sentido aquello por un tipo tan poco atractivo como Snape, pero por Merlín que ya no creía que fuera tan feo.

—Parece olvidar que soy su profesor.

—Pero aquí estamos fuera del colegio… aquí podemos ser lo que queramos. Me esforzaré en mejorar mis mamadas… haré todo lo que me pida…

Snape se lo quedó mirando con el ceño fruncido. Parecía tan entusiasmado que por un momento se sintió tentado de acceder.

—Diggory, deténgase —le sujetó de los brazos y le alejó un poco de sí mismo—. Debemos salir del agua, sino nos vamos a congelar, por muchos hechizos de temperatura que tengamos encima.

Le asió de una muñeca y empezó a desandar el camino hasta la orilla. La luna estaba ya muy alta y su luz plateada se reflejó en el cuerpo de Snape al salir del agua, haciéndolo brillar con mil y un destellos inquietos.

—Snape…

—Vístase —le indicó el profesor, y se alejó por el estrecho sendero que les devolvería al rincón donde él había dejado su ropa antes de echarse al agua a nadar.

—Espéreme, Snape —el joven Hufflepuff se colocó a su lado con la ropa hecha un ovillo entre sus brazos—. No me deje aquí solo.

—¿Tiene miedo a la oscuridad? —Se mofó, volviendo a adoptar su habitual actitud bastarda y mordaz.

—Y usted, ¿tiene miedo a un poco de compañía? —contestó el otro, sin amedrentarse.

El profesor no contestó, sólo esbozó una pequeña sonrisa que el joven no pudo ver a causa de la exangüe luz, que apenas servía para distinguir el camino.

Cuando llegaron junto a la puerta que les devolvería al castillo y a la cotidianeidad de sus vidas procedieron ambos a vestirse, sin decir una sola palabra más, como si al salir del agua hubieran perdido la oportunidad de dejarse llevar, como si al secarse y ponerse sus ropas también se hubieran adentrado de nuevo en sus habituales papeles de alumno y profesor, y ya no quedara ni rastro de la pasión que habían compartido aquella noche. Y así, en profundo silencio, Snape acompañó a Cedric hasta su Sala Común y, sin despedirse siquiera, regresó a sus mazmorras. Como siempre, solo.


Nota final:

Pues hasta aquí hemos llegado… esperamos no haber herido ninguna sensibilidad con la falta de la misma por parte de nuestro Maestro. No es muy dado a las relaciones personales y ya ha tenido suficiente con realizar semejante acto en los terrenos del Colegio. Pensad que la culpabilidad no le deja dormir y nosotras nos vemos obligadas (ojo, hemos dicho obligadas) a realizarle masajes y demás actos de naturaleza sexu… o sea, relajante para conseguir que pueda descansar ;)

En fin, como ya hemos dicho, el final definitivo en el próximo capítulo. Esperamos veros allí. Besitos !

Respuesta a reviews anónimos:

Azulita:

Hola azulita,

jeje, no es que nos guste que nos manden cruciatus por alguna tendencia masoquista oculta, no, pero es que si terminamos el capítulo con un momento álgido sabemos que os mantendremos interesadas hasta el siguiente ;)

Es una técnica un poco slytherin que nos ha enseñado cierto profesor de Pociones… jejeje.

Muchas gracias por tu comentario y por tus besos de despedida, aunque aún queda un capítulo más para la semana que viene, el último ;)

Besos.