Disclaimer:
Severus no nos pertenece (si nos perteneciera no le hubiéramos hecho sufrir tanto, pobrecillo…) y el resto de personajes, tampoco. Son de una señora inglesa que se ha hecho rica maltratándoles…
Nota de autoras:
Estamos aquí los tres, (las dos aprendices y nuestro maestro y muso indiscutible), repiqueteando nuestros dedos contra la madera de la pequeña mesa del ordenador, pensando qué demonios vamos a poner en esta nota de autoras.
Queríamos evitar hacernos pesadas diciendo que nos da pena terminar el fic, porque eso lo hemos dicho cada vez que terminamos uno, pero es que es tan cierto, que resulta inevitable repetirlo, snif, snif.
Este capítulo final es más cortito que los demás, porque sólo es un breve epílogo ideado para acabar de cerrar la historia sin dejar nada pendiente. Sin embargo, esperamos que también os guste, ya que hay algún diálogo de nuestro profesor que puede pareceros interesante…
Agradecemos hasta el infinito y más allá que nos hayáis acompañado semana tras semana en esta, nuestra última aventura hasta el momento. Siempre es un verdadero placer teneros como lectoras :)
Besitos para todas ;)
Muchas gracias a DeathEaterBlood, seyka, Amia Snape, azulita, Pandora0000 y Sely Kat por vuestros comentarios. Son un amable reflejo de nuestro fic :)
Capítulo 7. Epílogo
Albus Dumbledore meditaba en silencio con sus manos a la espalda, mirando al frente, hacia el infinito, con expresión concentrada y circunspecta. De hecho, todos estaban en silencio.
El pequeño grupo reunido junto al lago estaba procesando la información que acababan de recibir.
—De modo que un poltergeist peregrino —repitió el director.
—Efectivamente —confirmó Snape.
—Bueno, algo así tenía que ser —intervino McGonagall—. Quiero decir que no podía ser uno de nuestros estudiantes, ¿no? Nuestros alumnos están demasiado bien educados para eso.
Snape enarcó una ceja como única respuesta.
—¿Y se ha hecho algún avance «paga» «expulsag» a ese «polteggeist» «pegeggino»?
—Por supuesto, madame, ya he llevado a cabo todos los hechizos necesarios. No volveremos a vérnoslas con él, puede estar tranquila —aseguró el pocionista.
La sirena preguntó algo que el director se apresuró a traducir.
—A nuestra amiga la inquieta la misma cuestión que ha estado rondándome la cabeza desde que me dijiste quién había sido el culpable de los incidentes, Severus.
El hombre miró al director con expresión neutra.
—¿De qué se trata, señor director?
—¿Cómo ha podido entrar este poltergeist peregrino en los terrenos del colegio, cuando están tan fuertemente protegidos?
—Yo también me he planteado ese asunto —contestó—, y he llegado a la conclusión de que la única manera posible es a través de la verja principal. Aprovechando que alguien entraba o salía en ese preciso momento, el poltergeist se coló dentro cuando las protecciones habían sido levantadas para dejar paso a esa persona.
—Ya veo. Está claro que has considerado todos los detalles del asunto.
Si el director tenía una doble intención con esta frase –cosa que no se podía descartar, porque con Dumbledore nunca sabías a qué atenerte–, Snape no quiso darse por enterado.
—He puesto todo mi empeño en descubrir qué ocurría.
—Oh, querido, menos mal que has resuelto el misterio —dijo McGonagall, agarrando el brazo del pocionista con ojos cargados de alivio—. Cada vez que salía de mis aposentos tenía miedo de que se volviera a repetir aquella desagradable situación. No sabes lo mal que lo he estado pasando estos días.
—No hay nada de lo que preocuparse, Minerva. Me he encargado del asunto personalmente. El poltergeist está fuera del castillo.
—Merci beacoup, monsieur Snape. Sabía que la excelente «geputación» del colegio no podía «seg» «inmegecida».
El hombre inclinó levemente la cabeza en dirección a la mujerona.
—Y ahora, si me disculpan —se excusó—, tengo unas clases que preparar.
—Desde luego, creo que la reunión ya ha llegado a su fin —dijo Dumbledore—, sin embargo, mi muchacho, me gustaría que te demorases aún un par de minutos más conmigo.
Snape contuvo un suspiro y asintió de una cabezada.
Cuando todos los demás presentes se hubieron marchado, Dumbledore y Snape emprendieron un lento regreso al castillo, en silencio.
El pocionista se vio tentado en un par de ocasiones de preguntar el motivo por el que le había pedido que se quedara, pero se lo pensó mejor. Nunca servía de nada intentar apresurar al director o presionarle para que dijese las cosas a las claras, sólo hablaba cuando él así lo deseaba.
—Entonces… —dijo Dumbledore, al fin— ¿cómo descubriste quién era el causante de tan aleatorios nudares?
—Le detuve justo a tiempo cuando estaba a punto de desnudar a otra alumna.
—Ah, sí, cierto, ya me lo habías dicho, no lo recordaba…—Snape reprimió una sonrisa mordaz. Si el director quería pillarle dando un paso en falso, tendría que esforzarse más, no en vano había sido doble espía durante la guerra— es una lástima que no haya podido hablar con él, me hubiera gustado intercambiar unas palabras con el poltergeist. Si es cierto que se coló a través de la verja principal, deberíamos reforzar los hechizos de protección, ya tuvimos otra brecha de seguridad el curso pasado cuando Sirius Black consiguió traspasar nuestras barreras —Snape gruñó por lo bajo, ¿era necesario que le recordara precisamente a Black?—, y si no entró por ahí, hubiera sido conveniente averiguar por dónde… ¿no hubiera sido posible interrogarle antes de expulsarle, Severus?
—Como le expliqué, señor director, al saberse descubierto, el poltergeist intentó atacarme, por lo que no tuve más remedio que hacer que se marchase inmediatamente.
—Ah, sí… una lástima, en verdad —Dumbledore se detuvo un momento al entrar en el Castillo, obligando a su acompañante a hacer lo mismo, y observó a Snape con atención por encima de sus gafas de media luna—. Espero que no habrás olvidado explicarme ningún detalle que pueda ser importante… no necesito recordarte lo crucial que es que nos mantengamos alerta en cuestión de seguridad.
—Tiene razón, señor director, no necesita recordármelo, soy perfectamente consciente de ello —Snape no solía ser tan brusco con el director, pero estaba empezando a impacientarse—. Y no, no he olvidado explicarle nada importante. Si me disculpa, empiezo la primera clase en cinco minutos y no tengo tiempo que perder.
—Por supuesto, mi muchacho, por supuesto.
Snape hizo una inclinación de cabeza y se alejó pasillo abajo, sintiendo los suspicaces ojos azules del director clavados en su nuca.
—Profesor, me gustaría hablar un minuto con usted…
Justin Finch-Fletchley miró a Cedric extrañado, ¿de qué querría su compañero hablar con el murciélago? Sin embargo, se marchó de la clase en silencio, el último estudiante que quedaba por salir, y cerró la puerta del aula tras él.
—¿De qué podría querer hablar conmigo, señor Diggory? —dijo Snape, en una réplica casi exacta de los pensamientos de Finch-Fletchley—. ¿Tiene alguna duda respecto a la poción que acabamos de elaborar?
—No, verá… —el chico se removió incómodo— yo quería hablar de lo que ocurrió ayer…
—Ayer no ocurrió nada, señor Diggory —dijo con brusquedad—. ¿Ha quedado claro?
—Pero…
—Estoy seguro de que alguien que, como usted mismo dijo, valora tanto la discreción, comprenderá la necesidad de correr un tupido velo en torno a todo este asunto.
Cedric se mordió el labio inferior. Sí, comprendía perfectamente esa necesidad, pero había tenido la esperanza de que podrían repetirlo alguna vez.
—Claro, profesor… —hizo ademán de marcharse, pero se detuvo— ¿cree que algún día…?
—No, no lo creo —le atajó, en tono cortante.
—Oh… —desvió la vista al suelo unos segundos y después volvió a alzarla— respecto a lo que pasó con la cámara… la subdirectora…
—No debe preocuparse por eso, ya está solucionado.
—Y… ¿hay alguna posibilidad de que me la devuelva?
Snape le dedicó una amplia y maliciosa sonrisa que hizo que el vello de la nuca del joven se erizase.
—Ni la más remota.
—Eso temía.
—¿Qué quiere decir que has perdido la cámara?
—Más aún, ¿qué quiere decir que no has conseguido la foto?
Los gemelos miraban a Cedric con atención, interesados en saber lo que había sucedido.
—Snape me ha confiscado la Hovic y no me la quiere devolver. Creyó que quería sacarle fotos a Victor Krum para después vendérselas a El Profeta.
—Tsk, tsk, tsk… —le reprendió Fred.
—Eso está muy mal, Cedric —dijo George.
—Sí, tendrás que buscar otra manera de compensarnos.
—Tanto por el pago de la apuesta que no has cumplido…
—Como por la cámara que no nos has devuelto.
Cedric contuvo un suspiro de alivio, contento de que por fin hubieran desistido de conseguir la dichosa foto de Snape desnudo.
—Sí, claro, como que voy a dejar que volváis a jugármela —replicó con sorna.
Aunque ya no estaba enfadado con los Weasley -no después de haber disfrutado del mejor polvo de su vida gracias a ellos- no estaba dispuesto a permitirles que le engañaran de nuevo.
—¿Jugártela? ¿De qué hablas?
—Vamos, vosotros sabíais perfectamente cómo funcionaba la cámara y que, al mirar por el visor, repetiría conmigo el hechizo que le lanzase a él.
Los gemelos se miraron entre sí unos segundos, con los ojos abiertos como platos.
—¿Así que funciona de ese modo?
—Tío, eso es genial, ¡tenemos que recuperar esa cámara!
Cedric les miró desconfiado.
—No me creo que no lo supierais. ¿Un artículo de broma que no conocéis?
—Esa cámara es muy vieja, ya no las deben fabricar.
—Desde luego, nunca la hemos visto en Zonco's…
—Ni en ninguna otra tienda.
—Cuántas sorpresas guardan los Slytherins…
Cedric se sobresaltó.
—¿Qué… qué quieres decir con eso?
—La cámara se la ganamos a un Slytherin en una apuesta…
—Por eso no sabíamos cómo funcionaba…
—El muy capullo no nos lo quiso explicar.
El Hufflepuff sofocó el suspiro de alivio que pugnaba por salir.
—Ah, bueno… como sea, no quiero saber nada más de esa cámara del demonio, si la queréis recuperar, tendréis que apañároslas solitos.
—Todavía tienes que pagar por la apuesta perdida —le recordó George.
—Bueno, eso ya lo veremos —dijo Cedric, con firmeza—. Tengo que dejaros, chicos, me voy a clase.
Y, sin más, el chico se marchó hacia el aula de de Transformaciones.
Cedric regresó muchas veces a aquel rincón del lago donde había gozado con Snape, con la evidente esperanza de encontrarle allí y convencerle para repetir la experiencia, pero nunca volvió a verle en ese lugar. Una vez estuvo incluso tentado de llevar allí a Michael Prentiss, dispuesto a rememorar aquel día aunque fuera sin la inestimable ayuda del profesor, pero al final optó por seguir quedando con él en lugares menos públicos y, por tanto, más seguros.
El primer día que le pidió a Michael que le tomara estaba tan nervioso que cualquiera hubiera juzgado que era su primera vez, pero tenía tal necesidad de sentir aquello de nuevo, que cuando el chico le dijo que quería hacerlo frente a frente él se negó en rotundo. Si no le veía podría imaginar que se trataba de Snape, que la mano que le acariciaba la espalda era aquella de largos y pálidos dedos, y que los gruñidos junto a su oído eran los del Slytherin.
El joven Michael, tan sumiso como siempre, hizo cuanto Cedric le pidió, por extraño que le pareciera; como cuando, de repente, empezó a pedirle que en los momentos previos al orgasmo le llamara Diggory. Si eso le hacía feliz, él estaba dispuesto a llamarle como quisiera. Su relación con Cedric siempre le había resultado excitante y satisfactoria; el único inconveniente de estar locamente enamorado de él era que no podían hacer pública su relación. No por nada, el Campeón de Hogwarts seguía siendo el estupendo novio de Cho Chang, que le acompañó al baile de Navidad mientras él se quedaba en un rincón, observándoles en la distancia, solo.
Por su parte, y aunque a regañadientes, Snape se había visto obligado a dejar de ir a nadar al lago. Por más que en clase seguía tratando al chico con la misma indiferencia de siempre, no podía engañarse a sí mismo, y sabía que si volvía a encontrarse con el joven Hufflepuff y este utilizaba sus armas de seductor inexperto con él, le costaría mucho no ceder de nuevo a la tentación. "No eres de piedra, Severus", se recordaba a sí mismo.
Y lo cierto era que, aunque a veces realmente pareciera una pétrea estatua de mármol, Severus Snape nunca había sido tan insensible como aparentaba, y sólo a base de mucha fuerza de voluntad era capaz de mantener su fachada de frialdad e indiferencia.
Por suerte, para ayudarle con su firme determinación de olvidar al chico, pronto empezaron a ocurrir varias cosas que le distrajeron de sus necesidades carnales y pusieron a prueba su firme pulso frente a las vicisitudes: la primera prueba del Torneo no tardó en llegar, requiriendo que mantuviera los ojos bien abiertos para prevenir cualquier incidente; algunos ingredientes desaparecieron de su armario sin que él pudiera descubrir al ladrón, por más que tenía fuertes sospechas al respecto; la marca de su antebrazo empezó a quemar progresivamente con más intensidad y a intervalos cada vez más cortos; el siempre desagradable Karkaroff se dedicó a perseguirle por todo el colegio para lloriquear en su hombro por este motivo; y tuvo que seguir complaciendo a Dumbledore en sus exigencias para con el inefable Harry Potter.
De modo que, poco a poco, el sexo volvió a pasar a segundo plano; la vida en el castillo siguió siendo tan tranquila -o tan agitada- como siempre; y la aventura compartida con Cedric en el lago acabó convirtiéndose sólo en un agradable y remoto recuerdo.
Nota final:
Ahora sí que se ha acabado esta historia definitivamente. Hemos procurado dejar todos los cabos atados y bien atados, y deseamos que hayáis disfrutado leyéndola tanto o más que nosotras escribiéndola.
Esperamos que nadie sienta tristeza por el hecho de que Cedric y Severus no hayan acabado siendo la pareja romántica del siglo, ya que sería cruel para nuestro profesor (sabiendo como sabemos el futuro inmediato de Diggory) enamorarle del chico para que luego acabe martirizándose como siempre. Ya tiene suficiente con lo que tiene, y nosotras no queremos cargarle con más.
En fin, que esperamos que os haya gustado y aprovechamos para desearos unas felices vacaciones, que cada vez están más cerca ;)
Muchos besos y abrazos para todas.
Gracias de verdad.
