Capitulo 3:
-¿4 de julio? –le pregunto Arthur a su calendario colgado en la pared –como siempre no le diré ni "felicidades".
Para Arthur Kirkland el 4 de Julio no era la mejor fecha, siempre le recordaba la desgarradora separación del único ser que le importaba en la vida, su ex hermano, Alfred F. Jones, las trece colonia Inglesas, América.
Un día, antes del inicio de la lucha de América por su independencia, Arthur se levantó de la cama igual que aquella mañana, miró a través de la ventana y vio a América cepillando a su caballo. Inglaterra no tenía más de tres días de haber llegado a Norte América, su intención era partir al día siguiente.
Algo en su interior le hacía sentir un miedo indescriptible, sentía que Alfred estaba completamente lejos de él. Su corazón latía nervioso e incontrolable, ¿Qué iba a pasar? Arthur se dirigió a la ventana y la abrió muy despacio.
-¡Buen día, Alfred! –saludó al joven que alzó la vista para verlo.
-¡Buen día, Arthur! –sonrió Alfred.
La sonrisa de Alfred hizo que Arthur se sobresaltara, su brillo era realmente especial, nunca la había visto de esa manera, por fin entendía cuán valiosa era esa mueca para él.
-¿Ya desayunaste, Alfred?
-No, desde que me levante estoy aquí.
-Espera entonces, voy a prepararte algo enseguida.
Arthur entró corriendo, mientras Alfred ponía una cara de pánico indescriptible, la comida del ojiverde sin duda le provocaría un malestar en el estomago.
América terminó todo su desayuno y acabo con una cara entre azul y verde, Arthur simplemente estaba contento porque Alfred había terminada hasta el último bocado, al parecer no había notado el color que su hermano tenía. Todo esto hizo que al inglés se le olvidara un poco de la angustia que lo consumía.
-América –susurró Arthur –Estoy muy contento de tenerte como hermano.
Alfred alzó una ceja y con la voz seca le respondió:
-Yo también estoy contento, pero no me siento satisfecho.
-¿Satisfecho? ¿A qué te refieres? –le cuestionó Arthur confundido.
-Siento que desde hace tiempo tú y yo estamos muy aparte, que no somos una misma nación.
-No te entiendo, Alfred.
América se levantó de golpe de la mesa y salió del lugar dándole las gracias a Inglaterra por haberle cocinado, este último observaba al joven desaparecer en el pasillo confundido.
En la noche Arthur se sentó frente al fuego, en toda la tarde no había vuelto a ver al americano; desde que regresó para verlo no había logrado pasar un largo rato con él como en el pasado.
-Ryan, ¿Dónde está mi hermano? –le preguntó a su mayordomo.
-Me temo que no le he visto, mi Lord.
-Ya veo –suspiró Arthur.
-¿Quiere que lo vaya a buscar?
-No, sólo déjame solo.
Ryan asintió con la cabeza y se retiró de la habitación donde Arthur descansaba. El ojiverde se acurrucó en su sillón y cerró los ojos que y le pesaban por el sueño.
El gran reloj del pasillo hizo sonar la media noche por toda la mansión, Ryan se paseaba por toda la casa con una diminuta vela entre sus manos cuando escuchó que llamaban a la puerta principal, era muy tarde como para ser una visita, así que tal vez debía tratarse del hermano menor de su patrón. Sin más se dirigió a la puerta y la abrió.
En la puerta se encontró al joven Alfred cargando un mosquete entre sus manos, Ryan se sorprendió al ver al muchacho portando semejante arma.
-Señorito Alfred, ¿Qué significa esto?
-¿Dónde está Arthur? –preguntó Alfred poniendo a un lado el mosquete.
-Mi Lord está descansando en la sala.
Alfred se dirigió a la sala con paso decidido, ahí encontró a Arthur durmiendo como un bebé, se veía un tanto perturbado, las pesadillas lo atormentaban. Alfred estiró una mano para acariciarle la mejilla, lo que provocó que Arthur se despertara sobresaltado. Al ver a su hermano frente a él sonrió y atrapó sus manos entre las suyas.
-¡Qué bueno que estás aquí! Me moría de miedo sin ti.
América no respondió nada, simplemente se inclinó ante el inglés.
-Parece que esta noche lloverá, los relámpagos han comenzado a iluminar e cielo –agregó Arthur temblando.
-Arthur, ¿a qué le temes más: a la tormenta o a la soledad?-Le preguntó América sin zafarse de sus manos.
Inglaterra miró fijamente a los ojos sin brillo de América, no podía entender nada de lo que decía. Un relámpago, seguido de un estruendo, hizo que Arthur se pusiera de pie.
-Ha comenzado a llover –declaró Inglaterra –No me aterra porque sé que todo va a estar bien… lo que me aterra es… es perderte –musitó.
-Inglaterra, he venido a decirte adiós.
-¿Adiós? ¿Qué significa?
-Hasta aquí, ya no necesito de ti.
-¿"no necesito de ti"? lo dices como si fuera tu basura.
-Inglaterra, quiero ser libre, quiero ser independiente de ti… no me importa el precio que tenga que pagar… yo también soy una nación.
Arthur ya no pudo responder nada, quedó en shock, por su mente pasaron un sinfín de cosas; quería llorar, reír y gritar, pero no lo conseguía. Alfred lo jaló del brazo y lo atrajo hasta su pecho.
-Arthur, mi querido Arthur –dijo acariciándole los labios con el pulgar y deposito un breve beso en ellos –No sabes cuánto te amo.
-Lárgate –exigió Inglaterra colocándole una pistola en la cabeza –Lárgate antes de que haga algo de lo que me arrepienta.
América soltó el delgado cuerpo de Arthur y salió de casa para siempre. Inglaterra, por su parte, se tumbo en el suelo con los ojos llenos de lágrimas entendiendo el por qué de su miedo.
Arthur tomó su pesado portafolio y se encamino al trabajo, no pensaba volver a mirar el calendario en todo el día, no deseaba recordar esos sangrientos días de guerra, era muy doloroso.
Continuará…
