Capítulo 6
No recordaba cuantas veces había tenido que llevar a Arthur a su casa en esas condiciones, siempre era lo mismo con aquel joven y sus problemas con el alcohol. El lado amable era que esta vez no se había puesto a gritarle "America Idiota" ni se había puesto sentimental.
Todavía faltaba mucho para llegar al hotel, el inglés seguía dormido, Alfred rogaba porque este no abriera los ojos hasta la mañana siguiente o de lo contrario su misión pasaría a ser de alta peligrosidad. Sonreía satisfecho al ver que nada malo pasaba, sin embargo se dio cuenta de que estaba empezando a cantar victoria demasiado pronto, porque Arthur empezó a levantarse poco a poco en el asiento trasero. Arthur estaba muy mareado, ni siquiera se daba cuenta del lugar en el que estaba hasta que vio al de ojos azules.
-¿A do… dónde vamos, idio-ta? –preguntó Arthur.
-Pues a tu Hotel –contestó Alfred –Otra vez bebiste de más, pero yo, the hero, llegué a tu rescate… antes de que hicieras algo estúpido –murmuró.
El británico no le dijo nada, no le había prestado atención, no hacía nada, estaba sentado tan tranquilo, esto no preocupaba a Alfred, al contrario, sentía un gran alivio.
-America –lo jaló el inglés de la camisa.
-¿Qué ocurre Iggy?
-Detente porque…
Volteó a ver al inglés y entendió lo que pasaba al instante, Arthur quería vomitar, ¿a caso no podía esperar a que llegaran al hotel? Se orillo en el camino como pudo y se apresuro a abrirle la puerta a Arthur, quien al instante dejó salir todo mientras el otro le daba ligeras palmaditas en la espalda, tenía la esperanza de que aquello no volviera a suceder.
Se quedaron un rato esperando a que el ojiverde se sintiera un poco mejor, este nada más se tapaba la cara con las manos como señal de su malestar, se veía muy mal. El más alto observaba pasar los automóviles, estaba muy entretenido con ellos, de pronto su atención fue acaparada por un canto bastante desafinado proveniente de la boca de su acompañante.
-¿Quieres dejar de hacer eso?
-¿Qué… di-ces?
-Es molesto y tengo que conducir.
-¡Escúchame! –Le gritó jalándole el cabello -¡Ningún mocoso emancipado me hará callar!
-OK, ¡ya entendí! Sólo suéltame.
Arthur regresó a su asiento y el otro puso el coche en marcha intentando ignorar aquel ruido, que el mayor se atrevía a llamar canto. Por un momento parecía que le iban a estallar los oídos, empezó a rechinar los dientes de la desesperación, en verdad estaba nervioso. El silencio asaltó la escena repentinamente, Alfred suspiró aliviado, pero al mirar por el retrovisor vio brillar los ojos de Inglaterra.
– ¿Y ahora qué? –se preguntó a sí mismo.
La voz de Arthur se cortaba mientras cantaba una vieja canción de cuna, los músculos de Alfred perdieron fuerza, estuvo a punto de detener el automóvil, no obstante siguió conduciendo. Inglaterra, por su parte, empezó a llorar, ya no pudo seguir cantando ese arrullo.
–Ah… recuerdo esa canción –le dijo Alfred –me la cantabas cuando era pequeño…
–No me molestes… America idiota –sollozó el inglés abrigándose bien con la chamarra de Alfred.
–Eso fue muy cruel –le reclamó America – ¿por qué siempre me tienes que llamar "idiota"? Soy un héroe.
Un ruido poco agradable hizo que el de ojos azules mirara de nuevo a través del retrovisor sólo para ver como el chico se limpiaba la nariz con su chamarra.
– ¡Wah! ¡No seas asqueroso! –le grito America.
–Eres un idiota… tú no entiendes nada –lloraba Inglaterra.
–Estoy en casa durmiendo, esto es sólo un mal sueño –repetía una y otra vez el de las gafas.
Pronto llegaron al hotel, Alfred llevaba a Arthur sobre su espalda, quien nuevamente se había quedado profundamente dormido. Frente al cuarto de Arthur, America sacó la llave y abrió la puerta como pudo; una vez dentro colocó al de ojos verdes sobre la cama, le empezó a quitar los zapatos y lo medio cubrió con las mantas.
-¡Hecho! –Exclamó Alfred –Ahora simplemente me iré.
Antes de atreverse a cruzar la puerta se sentó un rato al lado de su ex hermano mayor para verlo una vez más, no recordaba lo increíblemente hermoso que era Arthur, nunca lo dejó de amar a pesar de que le dio a entender que para él siempre sería su hermano menor. Le acaricio la mejilla y luego sus dedos fueron a dar a sus delicados labios, tan suaves. Al sentir aquella suavidad se vio tentado a juntar su boca con la del británico, tenía que controlarse, ya no era un adolecente impulsivo.
Cuando estuvo a punto de levantarse el joven sobre la cama lo jaló con fuerza, tenía sus esmeraldas clavadas sobre los azulejos del menor, por un momento llegó a pensar que no podría sostenerle la mirada a Arthur, sin embargo se quedó petrificado por aquellos ojos. Acto seguido, America besó a Inglaterra con toda la pasión contenida en su ser, Arthur no rechazó la caricia, al contrario, respondió a ella convirtiéndose en el dominante. La lengua del inglés recorrió cada centímetro de la boca americana, sintiendo como el dueño de esta se estremecía entre sus brazos.
Alfred dejó los labios del pequeño para deslizar su lengua por la nacarada piel de su cuello, era delicioso. Bastó con jalar el cierre de la chamarra para encontrarse con el pecho desnudo del más bajo, así pues, marcó un camino de besos desde el cuello hasta el pecho.
–Arthur, te amo –le dijo levantando la mirada hacía el chico que cerraba sus ojos con fuerza, realmente no esperaba como respuesta las mismas palabras, pero al menos quería una señal.
Los labios del de ojos azules se apoderaron de uno de los pezones del inglés y su lengua comenzó a juguetear con aquel rosado botoncito. Su corazón latía tan rápido, tenía miedo de que se le escapara del pecho, sus oídos eran complacidos por los crecientes gemidos de Inglaterra.
De pronto una voz en su cabeza le exigió detenerse, se levantó a toda prisa ante la confusión del otro, quien se encontraba completamente ruborizado.
– ¿Qué te pasa? –preguntó Arthur
–Lo siento, pero no quiero aprovecharme de ti –respondió el americano corriendo directamente a la puerta.
Cerró la puerta tras de sí, iba a correr hacía su auto, pero prefirió quedarse un rato en el pasillo. Estaba completamente confundido por lo sucedido, no entendía nada de lo sucedido. No estaba seguro de si debía culpar al alcohol por el comportamiento de Inglaterra, aquella era la primera vez que respondía a sus caricias. Pudo haber llegado a más, sin embargo el estado del ojiverde, que no era el mejor, no se lo permitía.
Japón estaba sentado en la barra al lado de España, los dos estaban conversando plácidamente, ya casi era la hora de marcharse para ellos, no tenían la intención de quedarse hasta el amanecer como Francia y Prusia pretendían que lo hicieran. Estaban cansados de la jornada de trabajo a la que fueron sometidos, lo más probables era que el lunes se repetiría los mismo.
–Dime, Japón –habló el de ojos verdes –le dijiste a America que viniera porque para que se llevará a Inglaterra, ¿verdad?
–Simplemente tomé medidas –contestó el japonés con una sonrisa.
–Supongo que está bien para Inglaterra –agregó Antonio dando un pequeño sorbo a su vaso –si tan sólo el pobre fuera más honesto con sus sentimientos.
– ¿A qué se refiere, Antonio-san? –preguntó Japón intrigado
–No me hagas mucho caso, estoy un poco ebrio –rió España.
España se levantó y caminó directamente a la puerta, poniendo de esta manera fin a su conversación con Kiku, este último se quedó mirando a su vaso a medio terminar para después partir detrás del de ojos verdes. Sentía curiosidad por el comentario que Antonio le había hecho, de ser cierto entonces sus sospechas de la relación entre Alfred y Arthur estarían más que confirmadas.
