CAPITULO 7

A la mañana siguiente Inglaterra despertó con una terrible resaca, era tanto su sufrimiento que no tenía ni ganas de acudir a otra de esas molestas reuniones con las demás naciones. Realmente no pensó que se le fuera a pasar la mano con la bebida, sin embargo esa idea sonaría estúpida para cualquiera que haya pasado una noche de copas con él, ya que era común que todo acabara como la noche anterior.

Se levantó con mucho esfuerzo, todo le daba vueltas, pero término olvidándose de los molestos síntomas de su resaca al ver su pecho desnudo y sobre sus hombros la chamarra de America, ¿qué demonios había sucedido anoche? Apoyo el rostro sobre una de sus palmas intentando hacer memoria, como siempre no recordó mucho, aunque tal vez lo suficiente, o al menos eso aparentaba la expresión de asombro en su rostro cubierto por el rubor. Inmediatamente corrió a ducharse, necesitaba despejarse un poco y olvidar lo que había hecho, aquella conducta no era digna de un caballero como él.

Corrió a vestirse tan pronto como salió de la ducha, dejó sobre un sofá la chamarra que Alfred le había prestado, tan pronto como estuviera limpia se la regresaría. Finalmente caminó a la puerta y la abrió topándose con Alfred F. Jones durmiendo en el pasillo, lo primero que pensó es que el chico se quedó dormido afuera de su puerta por culpa del alcohol, no se lo esperaba del americano.

-Hey! –Lo movió con el pie, pero al no ver respuesta se agacho y le jaló una mejilla -¡Despierta de una buena vez, idiota!

-¡Duele! –Exclamó el americano abriendo los ojos sorprendido de ver al inglés –Iggy, ¿qué haces aquí?

-Esa debiera ser mi pregunta, ¿ya te diste cuenta dónde estás?

Alfred miró a su alrededor sólo para darse cuenta de que había pasado la noche en el suelo y afuera del cuarto de Arthur.

–Y ahora te lo pregunto –volvió a hablar Arthur – ¿qué haces aquí?

– ¿Eh? ¿No lo recuerdas? –ladeo la cabeza confundido

–La verdad es que no recuerdo mucho de anoche, excepto…

Repentinamente la cara de Inglaterra se tornó de un carmín un tanto llamativo, pero eso no fue lo que atrajo la atención de Alfred, lo que la atrajo fue el desvió de la mirada verdosa, ¿era posible que Arthur recordara lo que pasó entre ambos? Quería preguntarle, estaba por hacerlo y una vez más Arthur comenzó a hablar.

–Lo que pasó en el bar, sabes que yo no suelo ser así –dijo Arthur mientras se rascaba la sien

– ¿Eso es todo lo que recuerdas? –le preguntó Alfred mientras lo sujetaba de los hombros

– ¿Qué? ¿Pasó algo más? –cuestionó Arthur ladeando la cabeza confundido.

–No, nada más –rió el americano confundiendo más al británico frente a él.

Así pues, finalmente llegó el último día de reuniones para las naciones, pronto sería la hora de volver a casa a descansar un poco antes de volver a los deberes que como naciones tenían cumplir, aunque fuera un insignificante capricho de sus jefes.

Como siempre, America intentó acaparar la atención de todos con una de sus ridículas ideas, lo cual sacaba de quicio a más de uno, sus risas estrepitosas y fuertes gritos eran imposibles de ignorar. Pronto la rutina de cada reunión volvió a repetirse: America hablaba y Alemania intervenía haciéndolo callar al instante. Desde que el alemán tomó el mando el americano no volvió a abrir la boca, sólo se limitó a observar a todos a su alrededor recordando que aquel era el último día de todos en su país.

Al finalizar la reunión algunos partieron a su hotel, mientras que otros permanecieron un rato conversando en la sala, entre los que aun estaban se encontraban Japón e Inglaterra charlando plácidamente, sin duda ellos se entendían muy bien.

– ¿Así que la siguiente reunión será en tú casa, Kiku?

–Sí, para mi será un honor recibirlos a todos –dijo el japonés con una sonrisa.

–En verdad has cambiado mucho, antes te la pasabas aislado en tu cuarto –dijo Arthur caminando hacia la puerta de la sala seguido por Kiku.

Los dos caminaban por el pasillo rumbo al ascensor, cuando de la nada apareció el norteamericano con un DVD entre sus manos de lo que parecía ser una película de terror. Ante esto el inglés no pudo evitar fruncir el ceño molesto, se imaginaba lo que el muchacho de lentes planeaba y la verdad no estaba de humor para soportar sus lloriqueos.

–Arthur, Kiku, me preguntaba si…

–No, ni hablar, hoy mismo me regreso a Londres, no quiero perder mi tiempo –declaró el británico mientras pasaba al lado del de ojos azules.

–Arthur-san, ¡espere! –le llamó Kiku corriendo tras él.

Alfred puso una cara de decepción al escuchar las palabras de Arthur, pero no se quedó conforme con la respuesta del británico, estaba decidido a insistirle, por eso corrió tras él. Llegó a tiempo para alcanzar a detener la puerta del ascensor que estaba a punto de cerrarse con Arthur y Kiku en su interior.

–Arthie, please, you must watch this movie with me.

–Ya dije que no tengo tiempo que perder, debo volver a Londres.

–Pero quedarte una noche más no te hará ningún daño, además hace mucho que no vemos una película juntos –replicó el chico de gafas con voz lastimosa.

–Bueno, creo que yo podría quedarme un poco más –accedió Kiku intentando mantener una sonrisa en su cara.

El chico mayor dio un fuerte suspiro mientras una de sus manos masajeaba su sien, paciencia era los que buscaba en ese momento. Realmente quería volver a Londres, aunque en casa le esperase un montón de trabajo.

–Bien, tú ganas –terminó por ceder –veremos la estúpida película juntos.

Ante esto el estadounidense no pudo evitar dar un salto de emoción al igual que un niño pequeño.

En casa de Alfred ya estaba preparado todo para cuando sus dos invitados llegaran; botanas, bebidas, un sofá y por supuesto la película estaba puesta en su reproductor con el menú proyectado en su pantalla plasma. El joven se sentó en el sofá esperando con ansias a Arthur y a Kiku, además demostraría una vez más su poder de héroe viendo aquella película tan horrorosa, aunque al pensar en esto último no podía evitar tragar un poco de saliva.

–Mierda, Tony, ¿por qué te fuiste de vacaciones? –murmuro mirando la caratula de la película.

Al poco rato sonó el timbre, Estados Unidos no tardó en correr a la puerta principal para abrirla y toparse con un Arthur envuelto en un abrigo negro y solo. El chico de las gafas se preguntaba por qué el británico había llegado sólo, es decir, ¿no se suponía que debía llegar acompañado por Kiku? El de menor estatura no dijo nada, simplemente se quedó parado en la entrado esperando a que el norteamericano lo invitara a pasar.

– ¿Dónde está Kiku? –preguntó Alfred extrañado.

– ¿No vas a invitarme a pasar? –respondió Arthur con otra pregunta.

– ¡Ah, sí! Pase por aquí, my lady –dijo Alfred haciéndose a un lado para dejar entrar a su huésped, una vez que este estuvo dentro intentó preguntarle de nuevo por el japonés – ¿Por qué no vino Kiku?

–Tiene asuntos importantes que atender, partió de regreso a Tokio esta tarde –explicó Arthur mientras se quitaba su abrigo.

–Ya veo –murmuró el ojiazul mientras cerraba la puerta tras de sí –Pero aun así, me alegra de que tú si hayas podido venir, ven conmigo.

Alfred tomó la mano de su invitado y lo llevó casi corriendo hasta la sala. Inglaterra tomó asiento y espero a que el americano oprimiera el botón de "play" en el control remoto, la película inicio junto con su aburrimiento, ya que aquella película la había visto ya demasiadas veces, sin embargo no entendía por qué demonios accedió a verla de nuevo. Las escenas definitivamente ya no le sorprendían, bueno ni siquiera la primera vez, volteó la cara hacia donde yacía el menor, tal como lo esperaba, estaba temblando en su lugar.

Los minutos avanzaron lentamente, ya no podía esperar a que esa maldita película se acabara para poder volver a su hotel y descansar, de pronto sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando America le saltó encima para abrazarlo repitiendo una mil veces "¡qué miedo!" con esto ya faltaba poco para que su última dosis de paciencia dejara de hacer efecto sobre él.

– ¡Carajo Alfred! –Finalmente acabó por reventar – ¿podrías dejar de sacudirme de una puta vez? ¡Es sólo una maldita película!

–Pero es aterradora –trató de justificarse el ojiazul.

–Suficiente –suspiró Arthur tomando el control remoto

– ¿qué piensas hacer, Iggy?

– ¿Qué parece que trato de hacer? Voy a apagar esta maldita cosa

–No, no quiero que lo hagas, ¡suelta el control! –exigió Alfred empezando a forcejear con Arthur para recuperar el control remoto.

Ni uno ni otro parecían tener la intensión de soltar aquel aparato. Antes de que alguno ganara la contienda un fuerte relámpago ilumino la casa que repentinamente se había quedado oscura, la electricidad se había ido. Alfred soltó un grito por la impresión, al parecer aun estaba nervioso por las escenas vistas en la pantalla, Arthur miró a través de la venta para darse cuenta que la calle estaba completamente oscura mientras una abundante lluvia empezaba a caer.

–Supongo que tienes velas por aquí, ¿verdad? –inquirió el de ojos verdes tratando de no tropezar con los muebles.

–Ah, sí, sí –contestó Alfred sacando el móvil para alumbrar un poco –están en la despensa, iré a buscarlas –agregó con voz titubeante.

Arthur suspiro un poco al escuchar el tono de voz con el que el muchacho le hablaba, entendía perfectamente que estaba asustado.

–Si quieres vamos juntos, no me agrada la idea de quedarme solo en la oscuridad –ofreció Arthur con un leve sonrojo.

– ¿Eh? ¿No me digas que le temes a la oscuridad?

–Obviamente no –se alteró el mayor –simplemente quiero acompañarte y si no te parece, aquí me quedo –concluyó sentándose de nuevo en sofá con los brazos cruzado.

–No, no, está bien, acompáñame –rogó el americano abrazándose al cuerpo del europeo.

Caminaron juntos hasta el lugar donde las velas estaban guardadas, tomaron unas cuantas y volvieron a la sala a esperar el momento en que la electricidad se dignara a volver. En ese rato la tormenta se volvió más intensa. Arthur observaba por la ventana el espectáculo que creaban los relámpagos en el cielo, por su parte Alfred no desperdicio la oportunidad de mirar a Inglaterra, se veía tan atento con sus hermosos ojos verdes clavados en la ventana.

Instintivamente el mayor giro la cara hacia donde su acompañante estaba, al instante este último desvió la mirada hacia el piso. En cierta forma le molestaba mirar tanto a Arthur, porque siempre que lo hacía se sentía una extraña desesperación recorrer todo su cuerpo. Era algo tan maravilloso y a su vez tan frustrante.

Los ojos del inglés comenzaron a querer cerrarse, parecía estar haciendo un esfuerzo sobre humano para que estos se mantuvieran abiertos, por su parte Alfred no hacía más que soltar un par de risitas cada vez que veía como su acompañante cabeceaba sobre su palma derecha, al notar esto, Arthur frunció el ceño molesto y volteó la cara para no mirar al menor.

–Iggy, no te enojes… es sólo que recordé viejos tiempos –dejo Alfred entre risitas.

– ¿Viejos tiempos? –preguntó Arthur dirigiendo su mirada al americano.

–Sí, sí. ¿Recuerdas? Cuando era pequeño y dormías conmigo siempre eras el primero en quedarte dormido. Creo que eso no ha cambiado en ti.

–Tonto –contestó Arthur sonrojado –Al menos yo no necesito que nadie duerma conmigo porque estoy aterrado.

– ¡Hey! no deberías hablar así de mi, soy un héroe, además yo no dije eso para insultarte. Deberías ser más cortes.

El de ojos azules hizo un puchero y se cruzo de brazos, de pronto su mejilla fue desinflada por la punta de un delgado dedo que la presionó hasta sacar el aire, volvió su rostro topándose con una cálida sonrisa frente a su lado, lo que le provocó un leve sonrojo.

–Sigues siendo un niño, USA…

Ante estas palabras Alfred no pudo evitar levantarse de golpe, en cierta forma se sentía ofendido por ellas. ¿Un niño? ¿Así es cómo Arthur Kirkland lo seguía viendo a pesar de todo lo que había pasado? No, simplemente era increíble que Inglaterra tuviese esa imagen de él.

Continuará…