Disclaimer: En este fic, cuyos personajes son de S. Meyer, ningun lobo sufrió daños ni se clavaron estacas en el corazón de los vampiros. Y lo que le ocurra a Bella no es por mi causa. Toda violencia, o casi toda, es pura ficción.
Advertencia: Esta historia es la segunda parte de un fic llamado Love asks blood at first y las dos partes van a pertenecer a un conjunto llamado Haunting shadows. Si no te has leido la primera historia, deberías hacerlo, más que nada para enterarte de que va esta.
Psychosis
Jacksonville; tiempo actual.
"Edward", corro tras un fantasma introduciéndome en la oscuridad.
Soy consciente de lo mal que lo estoy haciendo. Él no debe existir. Yo debo estar en el mundo real donde no hay cabida para él. Y aun así todo mi ser le invoca con todas mis fuerzas.
Él es más inteligente que yo. O cumple su promesa de no querer verme nunca y no vuelve su cabeza hacia atrás a pesar de mis suplicas.
Pero es más fuerte que yo. Todas las venas de mi cuerpo le reclaman. Mi sangre le llama a gritos.
Los latidos de mi corazón resuenan en mi cabeza como un martillo; los pulmones me queman por la falta de oxigeno y me duelen tanto los músculos que soy consciente, de un momento a otro, que acabaré cayendo.
Aun así intento alcanzarle de la misma manera que se intenta cazar una ilusión que se fundirá con la niebla.
"Edward", suplico. "Por favor, mírame."
Él se detiene y vuelve la cabeza hacia mi dirección; y por un momento parezco encogerme por el retorno de la esperanza. Pero cuando sus ojos oscuros y fríos se posan sobre mí, despreciativamente, me quedo totalmente congelada en el sitio. Mi lengua se traba y soy incapaz de articular palabra. Solo mis lágrimas mojan mis labios. Me repugna su sabor.
De alguna manera, intento alzar el brazo hacia él para alcanzarle, pero después de unos eternos segundos, él decide no darme más importancia y prosigue caminando hasta fundirse con las sombras.
Siento como todo se ha oscurecido y yo pierdo a la estrella que me ha guiado en mis largas noches.
No entiendo como sigo corriendo cuando sé que no puedo acceder a donde él está.
Posiblemente, el lugar donde me encuentro recuerda a una película de Tim Burton. Ser la protagonista de tu propia película de terror no es divertido. Aunque al común de los mortales no les produzca miedo; incluso será motivo de risas.
Pero para mí, los arboles desnudos moviéndose con violencia al compás del viento; la enorme casa de aspecto victoriano y las sombras que todo lo invaden, hacen estremecerme hasta el tuétano de mis huesos.
Me siento como Alicia persiguiendo al conejo blanco; pero mi camino no me lleva al país de las maravillas. Yo me conformaría con que lo hiciese a cualquier lugar al que pudiese llamar hogar. Los dioses no parecen concedérmelo.
Al cabo de un rato, todo me da vueltas y al faltarme aire en los pulmones, acabo sucumbiendo y cayendo al suelo.
La única defensa que tengo contra el frío es aovillarme con fuerza. Aun así, se mete en las puntas de mis dedos y se va extendiendo por mi interior.
Oigo como las hojas caídas crujen bajo los pies de alguien. Se acerca a mí. Estoy tan rígida que ni siquiera intento moverme.
Solo el movimiento de las hojas me indica que ya está aquí. Siento la calidez de una mano sobre mi nuca, prologándose hacia mis mejillas, y la mayor parte de mis miedos se desvanecen. Mi ansiedad, sin embargo, acaba estallando en sollozos.
"¿Dónde vas en medio de la noche, muchacha?, oigo preguntar a una mujer de manera muy tenue.
Me es tan familiar que me muestro tímida y las palabras no acaban de salirme.
"¿Dónde vas?", vuelve a repetirme pacientemente.
Su pregunta me pone triste. Ojala tuviese esa respuesta.
"No lo sé", me oigo sollozar. "Ni siquiera sé de donde vengo, por lo que me es imposible responder a algo que no tengo ni idea".
"Entonces, ¿por qué crees que estás aquí?"
No encuentro ninguna razón por la que me deba encontrar aquí y me siento aun más solo y desesperada.
"Me he perdido", admito derrotada. "He intentado coger un camino y creo que es una bifurcación".
Sus palabras tienen un efecto tranquilizador en mí:
"Si has cogido una bifurcación no es nada malo". Ante sus palabras, la observo atentamente y la reconozco. Su presencia hace que no pierda la compostura, y empiezo a secarme las lágrimas.
Ella añade:
"Porque si es una bifurcación, tarde o temprano, te conducirá al camino correcto."
Después de varias convulsiones y de sorber los mocos repetidas veces, termino por tranquilizarme.
"Además", concluye, "no podrás ver las cosas claras si caminas de noche. Deberías esperar a que salga el sol."
No puedo hacer otra cosa que sonreír en su presencia. Y ella me imita el gesto como si de un espejo se tratase.
Estoy tan familiarizada con ella que ya no me asusto cuando aparece.
Su belleza es tal que, incluso, ésta me parece siniestra y oscura. Por lo que me sorprende que esta vez no sea así.
No ha perdido su toque maternal, pero ahora parece mucho más joven y despreocupada que en otras ocasiones. Todo parece más brillante en ella. Desde sus tirabuzones rojizos hasta el verde de sus ojos.
Pero lo que más resplandece es su prominente vientre. Se me escapa un suspiro feliz. Ella debe estar tan contenta con su bebé dentro de ella.
Algo me impulsa a poner la mano sobre su barriga. Es como si me llamase. O mi escaso instinto maternal se acumulase ante la presencia de una nueva vida. A pesar de la barrera del camisón, siento una gran calidez.
Algo golpea la palma de mi mano. Al principio pienso que es una patada. No, es demasiado rítmico y rápido para tratarse de eso. Solo cuando mi corazón se acompasa, tengo la sensación que tengo el suyo entre mis manos. Tengo la sensación, que de alguna manera, nos pertenecemos.
Una sensación eufórica me invade. Cierro los ojos para dejarme llevar por cada uno de sus minúsculos movimientos. Incluso, me permito una pequeña carcajada.
No dura demasiado.
Tengo la sensación de que una sustancia pegajosa y de un horrible olor ferroso se ha posado en mi mano. Abro los ojos rápidamente, y con horror descubro que mis peores temores se han hecho realidad.
"El bebé, no", pienso horrorizada al ver como el camisón se tiñe de escarlata intenso.
Me aparto de ella con repulsión. Al parecer no se ha dado cuenta; abre los ojos, extrañada, y me pregunta:
"¿Qué ocurre?"
Lentamente, alzo la mano y su rostro muda de color.
Bajo la cabeza hasta su vientre y al fijarse en él, su grito me rompe el alma…
Tuvo que pasar mucho tiempo para darme cuenta que no era la mujer quien chillaba, si no yo. También pasó demasiado tiempo para hacerlo que mi mano, alzada, estaba húmeda, pero a consecuencia del agua, no de la sangre. Bueno, en realidad tardé bastante en darme cuenta que yo estaba totalmente calada hasta los huesos; y lo peor de todo, que no me encontraba a salvo bajo las sabanas de mi habitación.
Estaba fuera, en medio de una fuerte tormenta, como las que había en Jacksonville en pleno invierno.
No conforme con que la lluvia me atacase ferozmente, me di cuenta que el agua del mar me llegaba hasta las rodillas.
Confundida y desorientada, no me dio tiempo a preguntarme como había llegado hasta aquí, cuando una gran ola vino hacia mí y, sin defensa posible, me arrastró con ella.
Recordé mis lecciones de natación, a las que Renee me había obligado a ir para que aprendiese a nadar, para después dejarlas a las dos semanas, como era propio de ella. Ante todo, me decía el instructor, lo más importante en una situación de estas características era no dejarse llevar por el pánico y no nadar contracorriente.
Eso era bastante inviable cuando una gran masa de agua te cubría totalmente, y las fuertes corrientes te impedían salir a la superficie.
Me desesperaba, pero intentando luchar, lo único que conseguía era convertirme en un juguete a merced de las olas.
No pude calcular cuento tiempo llevaba intentándolo, solo que el final era el que se esperaba. Acabé rindiéndome debido a los calambres de mis músculos y la quemazón de los pulmones por falta de oxigeno y me dejé arrastrar.
Permanecí igual de pasiva cuando sentí una fuerte presión en mi cintura que actuaba en contra de las leyes de la inercia, para intentar sacarme a superficie y me arrastró con él hasta lo que parecía la playa. De alguna manera, intuí que estaba a salvo, aunque no había dejado de llover y la arena estaba tan húmeda como el propio lecho marino.
Era incapaz de abrir los ojos debido al acumulo de sal y no dejaba de toser intentando eliminar toda aquella agua que había tragado. Pero mis oídos estaban lo suficientemente aptos para oír las maldiciones de Phil y los lamentos de Renee.
— ¡Esto no puede seguir así, Renee!—La gritaba Phil. —Por su bien y el nuestro, esto tiene que acabar. Va a acabar haciéndose mucho daño, y nosotros no podemos estar pendientes de ella cada noche. Acabo agotado y me angustio solo de pensar cuando Bella va a volver a caminar dormida. Necesito dormir para poder rendir.
¡Oh, vaya! Lo había vuelto hacer.
Miré al cielo, y aunque encapotado por las nubes de lluvia, podía intuir la oscuridad de éstos. Luna nueva. Siempre se repetía en luna nueva.
Al sentir algo cálido sobre mi cuerpo, acabé por abrir los ojos. Renee me había puesto una toalla y me abrazaba con fuerza, aunque de manera ausente.
—Mañana tienes que concertar una visita con la doctora Norman. Es urgente—la exhortó Phil.
—Pero…—balbuceó Renee, —Phil, mañana es Nochebuena. No creo que pueda recibir a Bella de manera tan precipitada. Espera hasta que pasen las navidades, y entonces…
—¡Entonces, nada!—Gritó Phil.—Tiene que ser mañana. ¡Joder, la estamos pagando cincuenta dólares la hora por algo que no da resultado! Esto cada vez va a peor. Los gritos por la noche, si te pones unos tapones, son soportables; pero los episodios de sonambulismo son palabras mayores. Es una urgencia. Además, la fiesta empieza por la noche, hasta el mediodía debe trabajar.
Renee suspiró pesadamente a la par que me secaba con fruición. Me hacía daño pero no me atreví a quejarse.
—Está bien—concedió.—Mañana muy temprano, la llamaré y la presionaré para que vea a Bella lo antes posible. Espero que pueda adelantarnos dos semanas la cita.
—Más la vale—Phil se cansó de la toalla y la lanzó muy lejos de él. Nos dio la espalda y se volvió hacia la casa.
Cuando ya no me sentía cómoda con mi toalla, se la devolví a Renee.
Lamenté su gesto cansado y las ojeras acumuladas en sus ojos.
—Lo siento mamá—susurré.
Ella se limitó a gemir:
—¡Oh, Bella! ¿Por qué no intentas cooperar un poco y ponernos las cosas más fáciles?
—¡Ojala pudiese!—Mi voz sonaba ronca y bastante rota.—Intento hacerlo lo mejor posible y aun así…
—…Aun así no es bastante, Bella—me cortó. —No es suficiente. Tú eres la que menos sufres con todo esto. Pero imagínate como se nos pone a Phil y a mí el corazón cuando te levantas dormida y te diriges hacia la playa…Y además, yo no veo que lo intentes, Bella. No lo haces y…—finalmente se calló y suavizó la expresión de su rostro. — ¡Vamos dentro! Te prepararé un baño de agua caliente y una taza de chocolate. Después te volverás a dormir.
Me posó el brazo por el hombro mientras caminábamos hacia casa.
Se conocía como psicosis a una alteración mental que consistía en la alteración y distorsión de la realidad. Pero, ¿Aquel era mi caso? ¿Había alguna definición médica que justificase mis actos? ¿Qué pasaba cuando yo ni siquiera era consciente a que realidad pertenecía?
Lo más irónico de toda esta situación es la ausencia de nieve en Jacksonville. De alguna manera, había relacionado siempre las navidades con la nieve. Por lo tanto, aquellas no serían una verdaderas navidades para mí.
Curioso. A pesar que mi propio universo se desintegraba poco a poco, como una estrella que hubiese colisionado y se convirtiese en un agujero negro, tragándose todo lo que me permitiese ser feliz, el mundo que me rodeaba aun seguía dando vueltas a mi alrededor.
Y por mucho que yo quisiese detener el tiempo, los ciclos se repetían de manera circular. Las hojas de los arboles se caerían en otoño para volver a resurgir en primavera; la luna iría decreciendo hasta desaparecer devorada por los cielos y llenando de oscuridad las noches para, poco a poco, ir creciendo nuevamente hasta convertirse de nuevo en la reina del cielo nocturno; y los días del calendario serían tachados en rojo hasta que se arrancase la hoja del mes para volver a tachar más días del próximo.
Y así habían pasado seis lunas nuevas desde que me mudé con Phil y Renee a Jacksonville para volver a empezar de nuevo, aunque nos vimos obligados a trasladarnos a Jacksonville por el trabajo de entrenador de Phil, aunque Renee era intensamente feliz de haber encontrado un lugar con sol y playa. Y las vueltas que daba la vida, yo lo rehuía. Era como si hubiese desarrollado una especie de alergia psicológica a él. Cuando los rayos de éste chocaban contra mi piel, huía buscando el frío. ¿Quién me lo iba a decir?
Nuevo hogar, nuevo instituto, nuevos compañeros—no había establecido un vinculo suficientemente estrecho con nadie para decir que tenía amigos—, nuevo trabajo y nuevas metas.
Yo era una aficionada a tachar números en las hojas del calendario.
¿Por qué? En realidad para tener constancia de que el tiempo pasaba por mucho que me hubiese gustado detener mi reloj biológico. Sencillamente, me limitaba a pensar que me faltaban nueve meses para mi graduación y tendría que mudarme a miles de kilómetros para dejar el espacio vital que estaba robando a Phil y a Renee.
¿Dónde? No tenía respuesta a aquella pregunta. La única realidad para mí, era, que fuese a donde fuese, las hojas de los arboles seguirían cayéndose en otoño, los ciclos de la noche se regirían de luna nueva a luna nueva, y que acabaría tachando los días de los meses de los cientos de calendarios que colgaría en las paredes de mi casa.
Nietzsche lo definió como eterno retorno. Quisiese o no, estaba dentro del círculo.
—Bella—la voz de la doctora Norman me recordó donde me encontraba exactamente. — ¿Has escuchado algo de lo que te estaba diciendo?
Aturdida, volví a la realidad de aquella sala de color verde pistacho, con sus paredes recubiertas de títulos y ambiente bastante impersonal. Tal como debía ser la consulta de una psicoterapeuta.
—Lo siento—me disculpé bastante confusa. —Yo tenía la cabeza en otras cosas. Sé que es imperdonable que no la estuviese escuchando…yo…
Sus penetrantes ojos, a través de sus gruesas gafas de pasta de apariencia muy caras, se fijaban en mí de manera metódica, como si fuese un interesante objeto de estudio—en realidad, no dejaba de serlo—y tuviese la misión de descifrar cada uno de mis pensamientos.
Después me dedicó una sonrisa bastante condescendiente.
—Te estaba preguntando por las actividades que realizas cuando sufres los episodios de parasomnia—empleó sus términos psiquiátricos para impresionarme. —Pero creo que eso vendrá después. Me interesa más saber lo que estás pensando en estos momentos.
—Ahora mismo… —titubeé.
—Por supuesto, querida—me apremió con un tono meloso. —Sabes que puedes confiar en mí, Bella. Estoy aquí para ayudarte.
Los setenta y cinco dólares a la semana que había exigido por verme también debían ser un buen aliciente.
Me limité a suspirar y me volví a mirar hacia la ventana. La tormenta de ayer había pasado y un sol reluciente anunciaba una cálida Nochebuena.
¡Genial! ¡Una estampa verdaderamente navideña!
—Deberías estar más alegre. Estas fechas son las más indicadas para ello.
—Pues realmente, no lo parece…
— ¿Por qué dice eso?—Inquirió interesada.
—Para mí, falta lo esencial—murmuré. —Nieve…
— ¿Nieve?—Apuntó en su libreta como si fuese la clave de todo.
—Sí, nieve. Es algo muy extraño pero la televisión y las postales navideñas están llenas de ella. Y llego a Jacksonville y hace una temperatura de veinte grados. No es lo que yo diría una blanca navidad.
Empezó a escribir tranquilamente un largo párrafo. El sonido del bolígrafo con el papel chirriaba lo suficiente para provocarme un ligero malestar en el oído. Sin querer la presté más atención de lo debido y vi como el bolígrafo se curvaba y escribía la palabra "psicosis".
¡Gracias por aclararme lo loca que estaba!
Seguramente, el consejo que le daría a Phil y a Renee sería que me metiesen en un manicomio. Y todo eso solo porque le había dicho que no me gustaban las navidades de Jacksonville.
¿Era necesario que continuase contándola más?
Ella dejó la libreta sobre su escritorio, se ajustó las gafas y carraspeó; señal para empezar el psicoanálisis:
—Todo el mundo sabe, Bella, que las navidades es algo más que la nieve y el ambiente festivo que se respira—me dijo. —Es un tiempo para estar con los que más quieres y de expresarles cuanto les amas. Aunque por lo que tu madre me ha contado, últimamente, vuestra relación no es tan estrecha como lo era antes—contuve una carcajada para que siguiese hablando. —Creo que parte de que te sientas así puede deberse al segundo matrimonio de tu madre. De alguna manera te sientes reemplazada por Phil y de manera inconsciente, buscas llamar la atención de tu madre.
Me aclaré la garganta para que la doctora Norman no supiese como me estaba riendo de sus explicaciones.
—Nunca he tenido un vínculo muy estrecho con mi madre—le aclaré. —A pesar de haber vivido casi siempre con ella. Por lo tanto, Phil, ni ningún otro novio anterior han constituido una amenaza para mí—no hacía falta explicarle mi extraña manera de vivir con ella. El pasado debía ser enterrado y sustituido por una estampa de niña americana traumatizada por el divorcio de mis padres.
¡Hum! ¡Que extraño que no hubiese salido el tema del divorcio de mis padres como parte de mis culpas!
Renee debió contarle que yo era muy pequeña para tener aquel trauma.
—Pero cuando se casó, te fuiste a vivir con tu padre. Un padre al que solo veías un mes al año. Y sin embargo, dices que te sientes más unida a él—dedujo.
—No, no es así—la volví a corregir. —Me siento más identificada con mi padre. Él y yo somos más parecidos, pero eso no significa que quiera más a mi padre que a mi madre. Creo que usted está intentando convertir esto en una competición y me eso me confunde…
— ¡Oh, querida mía!—Se puso melosa. — ¡Para nada! No te estoy diciendo que elijas entre tus dos padres. Yo solo quiero llegar a la causa que te produce el sonambulismo. Y creo que es que tiendes a autoculparte de todo. Y ese sentimiento de culpa te está provocando una psicosis, de la cual, el sonambulismo es la consecuencia de ello…
Abrí los ojos debido a la sorpresa y la interrumpí:
— ¿Psicosis?—Murmuré asustada. —Eso suena horrible.
Ya me veía en una habitación aislada y con una camisa de fuerza y dopada hasta las orejas de antidepresivos y pastillas varias contra la locura.
Sin embargo, ella se rió.
—No, cariño—me corrigió. —La psicosis se asocia a la locura, pero hay demasiado mito con ello. Es cierto que ciertos tipos lo son, pero no todas. En realidad, es más frecuente de lo que nos imaginamos. Hablando estadísticamente, un diez por ciento de los estadounidenses la tienen, y un cincuenta por ciento de la población la sufrirá a lo largo de su vida. Lo que te ocurre es que presentas un cuadro depresivo muy agudo.
— ¿Relaciona psicosis con depresión?
—La depresión es una psicosis, Bella—me explicaba mientras la veía crecerse ante mí por sus amplios conocimientos de psiquiatría.
— ¡Oh!
Era bueno saber que la nostalgia y el sentimiento de no encontrar tu lugar en el mundo eran el primer camino hacia la locura. Era una pena descubrir que aquello de que los locos eran felices solo se trataba de un mito.
Continuó con su aburrida cháchara, para luego cambiar a un tono serio y solemne:
—Llevo seis meses tratándote y no veo mucha evolución. Es más, tu madre me ha dicho que vas a peor. El sonambulismo es una señal de que algo se nos escapa. Yo puedo darte la medicación adecuada para disminuir los episodios y que te sientas un poco mejor. También puedo escucharte y aconsejarte; pero el mayor esfuerzo debe salir de ti, y, siento decírtelo, cariño, no estás luchando.
—Lo siento—musité.
—Bueno, querida, nadie dijo que esto fuese a ser fácil. Han sido muchos cambios desde que te has vuelto a trasladar con tu madre y su pareja a un sitio nuevo. Tienes dieciocho años, y por mucho que tu madre asegure que eres muy madura, no dejas de ser una criatura. Es normal que los cambios te estresen pero tienes que tener muy claro que las cosas cambian y tú tienes que ir haciéndolo con ello. No puedes vivir en el pasado siempre.
Esperó a que yo dijese algo, pero al no hacerlo, resignada continuó con su monologo:
—Tienes que dar una oportunidad a las cosas y sacar el lado positivo de las situaciones. No puedes dejar que el sentimiento de culpa por lo que le pasó a tu padre te domine. Tú no podías defenderle de los ladrones que vinieron a robarle a su casa y le dieron esa paliza. Tú no estabas detrás de todo eso y no fuiste tú quien se la dio. Es algo de lo que tienes que mentalizarte.
Una sonrisa mordaz se escapó de mis labios. Renee se había convertido en una mentirosa patológica por intentar mantener su estatus de familia normal.
¿Quién me iba a decir que estaría condenada a actuar incluso para llevar una vida humana?
—Le echo de menos—era la única verdad que estaba dispuesta a compartir con ella.
—Lo sé—se mostró comprensiva. —Pero estoy segura que a él le hubiese gustado que siguieses con tu vida.
A Charlie le hubiese bastado que yo continuase respirando de un día para otro.
Me hubiera gustado saber que habría ocurrido si él hubiese estado conmigo ante las nuevas circunstancias.
La doctora Norman miró el reloj de la pared y cerró su libreta; había pasado mi hora.
—Bueno, querida, lo único que puedo hacer por ti es darte una receta para un hipnótico y un antidepresivo—anotó una serie de términos extraños y arrancó una hoja de sus recetas para entregármela.—Toma el hipnótico media hora antes de dormir y el antidepresivo por la mañana y por la noche. Notarás mejoría dentro de dos semanas. Lo demás, tienes que encontrar tu propia identidad por ti misma, Bella. Nadie puede ayudarte en esto.
En parte tenía razón. Yo misma tenía que encontrar mi lugar en el mundo. Pero la doctora Norman, con toda su escuela freudiana junto con la psicofarmacología, era incapaz de entender que había personas que marcaban tu centro del universo y para ellas, tenías un lugar en su mundo. Edward había sido una de ellas, y su ausencia me hacía sentir como un planeta sin satélite.
Esperando en la cola del banco, arrugué el papel de la receta. Encontré una papelera y lo tiré sin pensármelo dos veces.
Los primeros meses había intentado sobrellevar aquella clase de existencia a base de pastillas. Hasta que me di cuenta del ridículo que hacía pareciendo un zombie. Habían sido los primeros días del instituto y todos mis compañeros—y algún profesor—me habían empezado a conocer como la yonkie.
Pero lo que me determinó a dejar las pastillas, eran mis sueños. Se hacían pesados y angustiosos. Tal vez, por el día, aquello era una salida fácil para escapar. Siempre estaría la noche para que no olvidase lo que había sido una vez. Solo esperaba que Aro no lo tuviese demasiado en cuenta; al fin y al cabo, no violaba sus normas.
Me olvidé de hacer las cosas por el camino fácil, en el que una sobredosis acortase el camino y me durmiese profundamente, y cuando despertase alguien me dijese: "Bella, ya has terminado tu camino por el mundo". Esperaba, por mi bien, que Leslat y Carlisle se equivocasen y no hubiese más vida después de ésta. ¡Sería tan agotador!
Algo me decía que si hubiese tomado esa vía de escape, Aro tomaría represalias contra los Cullen. A mi manera debía protegerlos.
Agité la cabeza para dejar de pensar en ellos. No solo me hacía daño; el pasado no me permitía concentrarme en un futuro más inmediato.
Y por eso me encontraba en el banco. Ingresaría mis escasos quinientos dólares conseguidos en mi primer trabajo en una hamburguesería.
Ahora comprendía la importancia del estudio y de ir a una buena universidad. Estar toda tu vida friendo y sirviendo grasosas hamburguesas en un restaurante de cadenas rápidas no era una gran opción. Y menos cuando, gracias a mi olfato desarrollado, percibía la putrefacción de las carnes con las que se hacían las hamburguesas. Por no hablar, por supuesto, de la falta de higiene de alguno de los trabajadores. Además, tener el olor de fritanga pegado en tu ropa me revolvía el estómago.
Renee no lo había notado y se reía ante mis quejas. Al acabar el primer trimestre de escuela, me despedí del trabajo y me dispuse a buscar otro que no tuviese que ver con la comida. No dejaba de ser una humana que necesitaba comer.
No iba a ser una tarea nada sencilla para una chica que aun no había terminado el instituto.
Pero lo necesitaba. Unos ahorros para la universidad me vendrían muy bien. Si no me daban la beca, tendría que salir adelante a base de trabajos basura. Renee y Phil no estaban dispuestos a cargar con mis gastos.
Empecé a contar el dinero que tenía para ingresar. No era demasiado y además, de eso, tendría que restar unos doscientos dólares para comprar de navidad y algunos adornos navideño.
Puro attrezzo.
Jacksonville, con su sol picajoso de invierno, sus arenas blancas y playas azules, era el paisaje menos propio para las navidades.
Phil y Renee estaban tan ilusionados. No podía permitirme arruinar su euforia navideña.
Una de las cajeras—una mujer de mediana edad, rubia de bote y con gesto aburrido—me atendió.
— ¿Qué deseas, bonita?—Inquirió de manera mecánica. Supuse que querría que su turno pasase y estar en su casa con su familia.
—Me gustaría ingresar trescientos dólares en esta cuenta—le enseñé la cartilla. Luego se me ocurrió algo. —Aunque, primero, me gustaría saber cuanto dinero tengo ahorrado.
—Muy bien—me cogió la cartilla y metió los datos en el ordenador.
—Quiero saber de cuanto dispongo para ir a la universidad y cuanto tengo que ahorrar aun…—le expliqué.
—Por supuesto, querida—dijo sin apartar la mirada de la pantalla. —Mi hija también está ahorrando para irse. Aunque todo lo que gana en la semana, se lo gasta los sábados con su novio. Y no es que sea una estudiante modelo para que la den una beca—se quejó. —Espero que tú seas más ahorrativa que ella. O te preocupe más tu futuro…—suspiró mientras musitaba los datos de mi cuenta: —Veamos, Swan, Isabella Marie…—ahogó un gemido al leer mi cuenta.
— ¿Qué ocurre?—Pregunté asustada.
Esperaba que no hubiese nada malo en mi cuenta. Sabía que no tenía una cuenta muy esplendida, pero esperaba tener por lo menos unos mil quinientos ahorrados. No creía que hubiese sacado el dinero estando dormida y me lo hubiese gastado en una noche de fiesta, aun tratándose de mí.
Me miró asombrada y luego soltó una risita muy tonta.
—No entiendo por qué estás tan preocupada por ahorrar para la universidad. Aquí tienes para un año entero en Harvard—me comentó. —Sí que te lo has tomado en serio, chica.
Enarqué una ceja en señal de incredulidad.
—Con mil quinientos dólares no hay ni para pagar un semestre en una universidad publica—la informé intentando no burlarme de ella.
Giró la pantalla del ordenador para que lo viese y me quedé completamente congelada en el sitio. Aquí había un error.
—Con mil quinientos desde luego no llegarás muy lejos; con veintiséis mil quinientos, sí—dijo. Miró mi cara ausente de todo color y preguntó preocupada: — ¿Algo va mal?
Tardé más de lo debido en reponerme de la impresión.
¿De donde habían salido los restantes veinticinco mil dólares? Phil no era tan generoso conmigo. De lo contrario, me hubiese comentado algo de la universidad. Si no supiese que no tenía el más mínimo sentido del humor, hubiese pensado que me estaba gastando una broma.
Tampoco podría sospechar de Renee. Ella siempre se estaba quejando que el seguro no la cubría lo suficiente para una pensión de jubilación. Desprenderse de esa cantidad de dinero era lo último que me esperaría de ella, y menos cuando su futuro con Phil dependía de ello.
—Al parecer, te hicieron una transferencia harán tres días aproximadamente—me informó la cajera.
— ¿Y no puede averiguar quien fue?—Balbuceé aun sin reponerme de la sorpresa.
Oí como tecleaba rápidamente y fruncía su entrecejo. Meneó la cabeza en señal de negación:
—La transferencia fue hecha a través de un cable. No hay forma de rastrearla—volvió a dar varias veces al intro hasta que se rindió. —Quien quiera que fuese, no se quiere dar a conocer.
— ¡Oh!—Empezaba a hacerme una idea. —Comprendo.
—Fuese quien fuese, te ha hecho el regalo de navidad que te arreglará la vida—me guiño un ojo. —Creo que tienes un ángel guardián. O un padre con conciencia navideña.
—Sí—me limité a contestarla.
Solo había una persona que interpondría mi bienestar al suyo propio. Supuse que no había querido dejar huellas para que yo no pudiese localizarle y no romper la promesa de los Vulturis. Tampoco quería que los Stregoni encontrasen una sola huella de él. Leslat era un hombre de palabra, e incluso en estos momentos, seguía preocupado por mi bienestar.
Hubiera preferido mil veces que él estuviese a mi lado para embarcarnos en una nueva aventura. Pero en cierto modo, era enternecedor que me cuidase en la distancia.
Por supuesto, Renee ni Phil deberían enterarse de mi regalo navideño. Su "hermano" pequeño, Leslat, era un crápula que se había ido sin decirle donde, y esa era la versión que Renee había dado a Phil de la ausencia de Leslat en nuestras vidas.
—Muchacha—la estridente voz de la cajera me sacó de mis pensamientos. — ¿No querías hacer un ingreso?
Miré los quinientos dólares que tenía en la mano y pensé que me podría estirar más de lo previsto con los regalos de navidad.
Negué con la cabeza.
—Creo que hoy no voy a ingresar nada. Hay que gastar el dinero en la familia.
Mi casa del centro comercial más cercano estaba tan sólo a unas pocas manzanas. Pero estaba tan cargada de bolsas—algo nada habitual en mí—que decidí coger el autobús.
Mientras esperaba, me dediqué a observar a la gente, que llevaban tantas bolsas como yo, incluso más. Todos parecían estar poseídos por el espíritu de las navidades. A mí me parecía increíble.
No llevaba más que una cazadora vaquera que tapaba mi top de tirantes. La gente, incluso, no llevaba una cazadora.
Los adornos, los villancicos y las luces me parecían artificiales y fuera de lugar.
Tal vez, si hubiese estado en Forks, todo hubiese sido distinto. Habría nieve en Nochebuena y el ambiente navideño tendría más cabida. Y desde luego, yo tendría que llevar un suéter para protegerme del frío. O por lo menos simular que lo tenía…
Me apreté el pecho cuando la nostalgia empezó a oprimírmelo.
¡Ya basta de pensar en Forks! ¡Ya no había nada allí que me hiciese volver!
Para intentar quitármelo de la cabeza, recordé todas las compras que había hecho.
Sentí una punzada de dolor cuando me di cuenta que las flores que había encargado para Charlie, no llegarían hasta un día después de navidad. El repartidor tenía derecho a celebrar las fiestas con su familia.
Sabía que el mejor regalo que podría hacer a mi padre sería una visita, pero mi madre se había opuesto, y solamente, bajo estrecha vigilancia, me dejaba hacer una llamada.
No tenía fuerzas para rebelarme ante sus miedos infantiles. Sencillamente, me limité a pensar que dentro de unos meses estaría más libre para visitarle sin que ella pusiese la más mínima objeción.
Me volví a recrear en los regalos que les había hecho a ellos.
Un reloj de pulsera más unos cuantos libros de yoga para Renee; un bate de baseball y un par de películas para Phil; y unos vaqueros nuevos más un par de camisetas para mí. Renee me había dicho que me comprase algo bonito para la fiesta de navidad de los Suns—equipo que Phil entrenaba—celebrarían. No tenía muchos ánimos para ir a la fiesta, pero delante de Renee tenía que simular que el tratamiento de la doctora Norman daba resultado y que tenía ganas de salir a emborracharme como una chica de mi edad. Por lo tanto, sin mucho entusiasmo por mi parte, empecé a ver tiendas. No había nada que hubiese llamado mi atención. Por lo menos nada asequible.
Un vestido corto de vuelo y de tirantes azul eléctrico, consiguió que reparase en él más de cinco minutos. Seguramente, me sentaría bien. A Edw…A Renee le gustaría mucho vérmelo puesto.
Los seiscientos dólares de su precio me devolvieron a la realidad. No era tan especial para dejar de comer un par de meses por él. Además, no tenía a nadie especial para lucirlo.
Tendría que ir a la fiesta con vaqueros y un top algo arreglado. No era que se exigiese etiqueta para ir a la fiesta. Se trataba de unos cuantos jugadores de baseball con sus familias, amigos y conocidos.
No debí estar tan ensimismada pensando en como iba a pasar aquella insufrible jornada. Me había bajado las defensas y veía cosas que no debería.
Por un instante, él estaba allí. Justamente detrás de una pareja, el destello de un rayo del sol me pareció de color cobrizo, y por el reflejo del cristal de la parada de autobús, me quedé totalmente atrapada en unos tristes ojos oscuros como una noche sin luna.
Fue un instante, pero pareció como se paraba el mundo quedándome solo con los latidos insistentes de mi corazón.
— ¡Edward!
Se esfumó como lo hace el polvo atrapado en un rayo solar.
Solo cuando salí de mi espejismo, me di cuenta que había dicho su nombre en voz alta. Toda la gente concentrada allí había dejado sus asuntos para mirarme a mí. Noté un rubor en las mejillas que hacía meses que no surgía y agaché la cabeza.
Por suerte, el autobús había llegado, y mis pies volaron enseguida para montar en él. Me habían dejado de mirar para prepararse a subir en él.
Pagué el autobús y me senté pegando mi cara al cristal, fingiendo fijarme en los adornos navideños.
Discrepaba con la doctora Norman en el concepto de psicosis. Acababa de encontrar uno nuevo.
La psicosis era un trastorno en el cual tú intentabas capturar fantasmas en un mundo donde no tenías cabida.
— ¿Por qué no me dejas espolvorear las galletas, Bella?—Me pidió Renee en tono quejumbroso.
La había pegado un manotazo por intentar coger una galleta antes de tiempo.
— ¡Mamá, me agobias!—Gruñí. —Tendrás que esperar las cosas a tiempo. Si no haces más que estar detrás de mi como mi sombra, no haré las cosas a gusto.
—Siempre haces lo mismo—me reprochó. —Cuando entras en la cocina, te adueñas de ella y no dejas que te ayudemos.
Me reí entre dientes.
—Soy bastante territorial, mamá.
Había tenido que aprender a cocinar para sobrevivir. La comida de mi madre distaba mucho de ser comestible, y era bastante peligrosa cuando intentaba ponerse creativa.
Alejarla de la cocina era lo único que había conseguido que Phil y yo nos pusiésemos de acuerdo en algo. Incluso, parecía que daba alabanzas por tenerme allí, y que la semana que estaba con nosotras, pudiese disfrutar de una comida en condiciones.
—Renee—reprobó Phil, —deja que la chica haga las galletas. Si la molestas demasiado, no nos dará tiempo a llegar.
Dejé el azúcar glaseé, y con cuidado, deposité las galletas de frutas y canela en una bandeja.
—Esto ya está listo—les informé. —En cuanto termine de recogerlo todo, ya estaré lista para ducharme.
Phil miró al reloj y se empezó a impacientar.
—Bella, deja que lo haga tu madre—exhortó. —Tú vete a la ducha y arréglate. En veinticinco minutos tenemos que salir.
—De acuerdo—me dispuse a subir las escaleras.
—Bella—me llamó mi madre justo cuando había subido el primer escalón. Me giré sobre mis talones agarrándome a la barandilla. — ¿Qué te ha dicho la doctora Norman, cielo?
Me había olvidado por completo de la consulta de la doctora Norman.
—Bueno, no ha dicho nada fuera de lo normal. Lo de siempre. Que me tome las cosas con calma e intente tener una higiene en los hábitos de sueño. —Eso último lo había sacado de internet.
Me pareció que Renee fruncía el ceño, recelosa.
— ¿No te ha mandado medicación?—Preguntó interesada. —La última vez te dio una buena lista de medicamentos
—No—mentí descaradamente. Esperaba no ruborizarme. —Ella ha visto que la medicación no me hacía ningún bien. Me recomienda que me tome las cosas con tiempo…y…bueno, que lo demás se solucione solo.
Phil soltó una fuerte carcajada.
—Esos jodidos psiquiatras por setenta y cinco dólares la hora son capaces de soltarte que la luna es azul y tú tengas que creértelo.
Posó su brazo sobre el hombro de Renee y la atrajo hacia él.
—Me importa una mierda como lo haga, mientras tu hija no vuelva a tener episodios de sonambulismo. Como si quiere meternos a Freud en casa a tomar pastas. Lo que sea con tal de ver una mejoría.
—Supongo que tienes razón—convino Renee alejando las sospechas de mí.
Una vez fuera de peligro, subí las escaleras lo más rápido que pude. No quería darle a mi madre más tentaciones de que me volviese a preguntar sobre la sesión. Y mucho menos que tuviese tentaciones de querer acompañarme a una.
Me sorprendió bastante encontrarme dos paquetes encima de la cama.
¿Acaso Renee no sabía que los regalos se daban después de medianoche?
Si me lo había dejado ahí, no reprimiría una ojeada.
Fui primero por el paquete grande y lo que había dentro me dejó totalmente helada. Renee no podía saber—ni mucho menos gastarse esa cantidad de dinero—que yo había visto aquel vestido y que me había fijado en él.
Me habría tenido que seguir, ya que la teoría de la telepatía no era concebible.
No, no y no. Ella no podía haber sido.
¿De que clase de broma se trataba esto?
Miré por todos lados del paquete por si había una tarjeta. Absolutamente nada.
Pero sí que la había en el paquete pequeño.
La deje encima la cama y, con los dedos temblando, abrí aquel paquetito.
Una lágrima mojó mi mejilla. Pero no estaba triste. Mientras cogía aquel colgante de plata y esmeraldas entre mis manos—mi colgante del crucifijo—pensé que mis navidades, a partir de aquel momento, serían menos tristes.
Me habían hecho el mejor regalo—o casi—de todos. Había recuperado un pequeño trozo de mi alma.
Algunos fantasmas tendían a volver a buscarme; pero, al contrario que muchos otros, éste no le espantaría.
Las lágrimas no me impidieron leer lo que ponía la tarjeta:
"Encontraré la manera de protegerte. Por ahora recuerda que estás profundamente enterrada en mi corazón."
La verdad que no sé cuanto tardaré en actualizar, pero no os preocupeis, que siempre acabo haciendolo, ya que no pienso dejar ninguna historia sin terminar. De verdad.
Muchas gracias por los favoritos, rr y alertas y aunque no sea una persona de contestar los rrs que sepais que todos son bienvenidos, me alegrais un monton y me ayudais a seguir adelante.
Siento lo de los anonimos, pero creo que es lo mejor para mí y para mis fics. Creo que lo mejor sería que os hicieseis una cuenta aqui, ya que podríais enteraros de cuando actualizo sin estar tan pendiente de mirar en la pagina para verlo, pero todo esto es opcional, si no quereis haceros la cuenta no hay ningun problema, me bastará con saber que seguis leyendo. Si quereis decirme algo del capitulo, os dejo mi dirección de correo:
bloody _ maggie hotmail . es (Todo junto)
En cuanto esta historia aclarar dos cosas:
-Primera: Alguna se ha extrañado de por qué es un Jacob/Bella cuando es una continuación de otro fic. Esto lo hago sencillamente, por el protagonismo que adquiere Jacob en esta parte, ya que las tres cuartos del fic él adquiere casi todo el protagonismo. Sobre la tercera parte, ya será otro cantar pero no voy a añadir nada más. Ya lo vereis con el tiempo. Respecto a Edward. Paciencia y mucha, a mi tambien me cuesta mucho que él no esté en el fic por el momento. Pero os aseguro que merecera la pena.
-Segundo: Tratandose de un fic de twilight es inevitable hacer connotaciones de luna nueva y eclipse (y dependiendo de como salga de eclipse pueden pasar muchas cosas, sobre todo a Jacob y Bella, y no tienen que ser buenas, precisamente...¬¬), pero lo que quiero avisaros es de que hay muchas sorpresas y muchas cosas que leais pueden darse la vuelta. O por lo menos yo lo intentaré para que sea asi.
Y bueno, solo deciros que gracias por vuestra paciencia y hasta el proximo capitulo. En él teneis una sorpresa... ;)
