Disclaimer: Durante el transcurso de este fic donde casi todos los personajes pertenecen a S. Meyer, ningun lobo saldrá herido y ninguna estaca será clavada en el corazón de un vampiro. Y toda la violencia que leais, será completamente ficticia...O casi toda.

Advertencia: Si no te has leido la primera parte de este fic, Love asks blood at first, no continues leyendo. Más que nada, porque corres el riesgo de no enterarte de nada.

Aviso: Sé que dije en el profile (para aquella gente que se los lee) que iba a tomarme un semihiatus con el resto de mis fics hasta que terminase When the stars go blue. Y sigo manteniendolo. Lo que ocurre, es que tenía este capitulo a la mitad y no quería perder el hilo y no dejaros con la intriga a aquellas personas que leeis este fic. Sois menos que When pero eso no significa que os deje en la estacada. No os preocupeis si no actualizo inmediatamente este fic. En septiembre, cuando termine When, me pondré las pilas con él. Muchas gracias por el apoyo que recibo.


Fix you

Miré el reloj por inercia. Aun eran las tres y media de la madrugada. Tenía por delante otras tres horas de sueño, o de insomnio.

Me limpié las lágrimas para ahuyentar los restos del sueño. Se me escapó un sollozo que reprimí rápidamente tapándome la boca.

Esperé varios minutos y no oí nada procedente de la habitación de al lado. Renee estaba dormida y con los tapones puestos.

Perfecto. No me había oído llorar en sueños. De lo contrario, ya estaría en mi cuarto, echándome un sermón y llamando a la doctora Norman para concretar una cita. No le serviría como excusa que había tenido una pesadilla.

Sin embargo, no se había tratado de pesadillas. Era algo mucho peor.

Había sido un sueño. Un hermosísimo sueño en donde Edward y yo hacíamos el amor.

Mi cuerpo desnudo se revestía de sus besos y caricias, y su voz penetraba en mi cabeza, susurrándome lo mucho que me amaba. Y después, tal como aparecía, desaparecía. Como el crepúsculo con las primeras luces del amanecer.

Pero la sensación de pérdida no desaparecía en mí y perduraba incluso después de despertarme.

La pena fue sustituida por un terror nocturno. Me sentía como una niña pequeña desprotegida al amparo de la noche. Instintivamente, busqué algo por debajo de la almohada y me angustié al no encontrarlo.

"Aquí faltan muchas cosas", pensé angustiada.

Tenía frío ya que no tenía puesta mi camiseta de los Guns and Roses; y la cama se encontraba increíblemente vacía por no tener mi pequeña Little Lamb conmigo. Por no decir lo desprotegida que me encontraba por no tener a Hécate debajo de mi cama.

Me costó más de cinco minutos orientarme y comprender que me encontraba, sana y salva, en mi cama.

No necesitaba ninguna de esas tres cosas. A los dieciocho años no se podía tener miedo al monstruo de debajo de la cama. Los monstruos no existían en el mundo de los humanos. Solo debería tener miedo del daño que podría hacerme a mí misma el desear, con todas mis fuerzas, que sí existiesen.

Mis compañeros de instituto creerían que tenía ojeras por haberme quedado una noche en blanco. Por una parte aquello era cierto, pero no por haber estudiado para el examen de español. No había nada en el instituto que no hubiese aprendido antes. Cualquier hora dedicada al estudio, más allá de los deberes, era una absoluta pérdida de tiempo.

No sabía por qué perdía un buen rato mirándome al espejo. Me desalentaba más de lo que ya estaba.

Nunca me había considerado nada fuera de lo común, pero, al menos, antes, era normal. Ahora estaba horrible.

De los cincuenta y dos kilos que pesaba, había perdido cinco. Y si se añadía que había crecido tres centímetros, me había convertido en un fideo andante. No se trataba de una obsesión enfermiza por adelgazar. Yo era consciente de lo horrorosa que estaba de esta manera. Sencillamente, no podía evitarlo y me odiaba por ello.

Y si añadíamos la palidez de mi rostro y mis ojos oscurecidos remarcados por mis ojeras, el resultado no era nada alentador. Tan solo mis labios rojizos y llenos daban algo de color y forma a un rostro anodino.

Sin embargo, aun había cosas que lograban sorprenderme.

Mi pelo había crecido. Era normal que de junio a enero hubiese crecido lo suficiente para hacerme una coleta. Pero el crecimiento había sido notable e increíblemente rápido. Me llegaba por debajo del hombro y estaba muy sano y brillante, a pesar de los tratamientos abrasivos a los que le exponía.

Supuse que había vestigios a los que no se renunciaban tan fácilmente.

Me sequé lo más rápidamente posible y me vestí para bajar a desayunar a pesar de mi desgana. Renee estaría vigilándome para ver si comía y no quería que recelase.

Se encontraba sentada en la cocina, fingiendo leer el periódico, con aire melancólico.

Phil se encontraba en Houston para el próximo partido del equipo y la ausencia de éste, la ponía de mal humor. Sobre todo cuando no podía acompañarlo.

¿Quién tenía la culpa?

Yo. Y nadie más que yo. La excusa de Renee era que necesitaba cuidar de mí y hacía aquel sacrificio para que supiese lo buena madre que era.

Por lo tanto, yo debía ser una buena hija, tragarme mis penas, y consolar a Renee en las suyas.

—Buenos días, mamá—la saludé mientras cogía dos tazas para servir el café y meterlas a calentar en el microondas.

—Buenos días lo serán para ti—rumió su enfado y luego empezó a gimotear: —No sé cómo voy a poder soportar su ausencia.

Intenté ignorarla en la medida de lo posible mientras preparaba las tostadas. En días como éstos, había que mimarla mucho.

— ¿Mermelada de fresa o de melocotón?—Pregunté ignorando como pasaba las páginas del periódico rápidamente. Señal de que necesitaba que la mimase.

— ¿Qué hay de la crema de chocolate con avellanas?

—Se ha acabado—miré en la despensa sin encontrarla.

Por primera vez en el día, me miró, asombrada e irritada, como si fuese un desastre que no hubiese comprado crema de chocolate con avellanas.

— ¿Por qué no compraste si sabías que se iba a acabar?—Inquirió enfurruñada. —Es mi desayuno favorito y parece que me lo quieres negar. Ya tengo bastante con que Phil se haya ido y yo no me pueda consolar ni siquiera comiendo lo que a mí me gusta. Parece que lo haces a propósito, Bella.

Me mordí los labios intentando controlar mis impulsos. No debía enfadarla más de lo que estaba.

—Por un día que desayunes tostadas con mermelada no se va a acabar el mundo—la reñí como si me tratase de la madre de una niña de cuatro años. —Y Phil va a volver— si no se liaba con alguna bailarina de striptease como ya había sucedido alguna vez—el sábado. Faltan tres días.

No me dijo una sola palabra. Solamente, miraba sin fijarse en las secciones de televisión.

— ¿Fresa o melocotón?—Volví a preguntarla.

—Fresa—me contestó en un susurro— ¡Que remedio me queda! Pero esta tarde quiero la crema de chocolate aquí. Las mermeladas no me sientan bien.

Saqué las tazas de café del microondas y se la serví a Renee, que ni siquiera se inmutó, y calenté el fuego para poner las tostadas en sartén, todo ello rodeado de un incomodo silencio que ninguna de las dos estábamos dispuestas a romper.

Al terminar con las tostadas, las coloqué en un plato y empecé a untarlas con mermelada y pasárselas a mi madre. Ella continuó ignorándome.

Me quemé la lengua al tomar mi café y decidí conversar con ella mientras esperaba a que se calentase el café.

— ¿Estás leyendo la sección de trabajo, mamá?—Tenía que buscarse un trabajo de manera urgente.

Era una pregunta muy inocente, pero no la debió parecer tanto, cuando apartó el periódico y vi su ceño fruncido.

— ¿Por qué debería buscar un trabajo, Bella?—Me preguntó peligrosamente.

—Pues…porque siempre dices que estás aburrida y necesitas hacer algo—la expuse cuidando mis palabras. — Hace tiempo que no ejerces de maestra y te vendría muy bien estar fuera de casa durante unas horas, ¿no crees?

Me miró como si fuese un marciano. Apostaría a que tendría un par de antenitas y todo.

—Afortunadamente, tengo un marido que me puede mantener—pronunció cada palabra con una peligrosa entonación. –Y hablando de trabajos, ¿tú no deberías estar buscando uno?

—Es difícil de seleccionar uno en donde no me entren arcadas con la comida basura. Así que tengo que descartar los restaurantes de comida rápida.

Hizo un mohín con el labio como si estuviese disconforme.

—Pues espero que empieces pronto tu búsqueda de universidad. Si no, estarás de camarera mucho tiempo.

Como podía llegar a ser tan cruel a veces.

—Es pronto para empezar a echar solicitudes, mamá—le expliqué. — Aún estamos en enero.

—Eso no significa nada, Bella—me regañó. —Las universidades del sur se llenan enseguida.

—No estaba pensando en las del sur. Son mucho mejores las del norte. Algunas de ellas tienen unos programas muy interesantes. Ya he descartado filosofía para ganarme la vida. Solo serviría para trabajar sirviendo mesas. —Me permití una sonrisa amarga.

—Si fueses a Phoenix, sería genial, cielo. Phil y yo podríamos ir de visita a menudo.

Mientras estuviese lejos de su casa, todo sería perfecto.

—Demasiado calor—rechacé.

— ¿Y que tiene eso de malo?—Mi madre no podía comprenderlo. —El sol es bueno. Fuente de vitamina D gratis.

—Me parece muy antinatural que en enero haga veinticuatro grados. Es como si el mundo se hubiese detenido en una sola estación. Está estancado.

Mi madre se rió de mis observaciones.

—No conozco a nadie que le guste el frío. —Se estremeció de solo pronunciar la palabra.

Estaba segura que era demasiado tarde para mí. Me había quedado congelada y solo unas caricias frías podrían sacarme del largo invierno en que mi alma se había aletargado. Ya no era posible.

Al notar el peligro de soltar lágrimas delante de Renee, llevé los platos al fregadero y cogí mis cosas para salir de casa. No podía permitir que me viese en ese estado, o tendría que hacerme una tienda de campaña en el despacho de la doctora Norman.

— ¿Ya te vas?—Inquirió Renee intentando sonar interesada en lo que hacía.

—Sí. Tengo un examen de español y me gustaría repasar un poco en clase.

—Eso será pan comido para ti—murmuró entre páginas de periódicos. —Eres buena en los idiomas.

—Sí. —Me paré en el marco de la puerta y le propuse algo: —Mamá, hoy en el cine echan una película romántica—arrugué los labios ante la palabra "romántica", pero tenía que fingir normalidad ante ella. —Tal vez, después de las clases, podríamos ir a echar un vistazo. Cosas madre e hija.

Dio un fuerte golpetazo sobre la mesa para dejar el periódico y me miró como si yo fuese un fenómeno fuera de serie:

— ¡Oh, Bella!—Gimió. — ¿Cómo puedes pedirme que salgamos a divertirnos cuando yo estoy tan angustiada por Phil? Te voy a dar un consejo de madre. Espero, cariño, que nunca estés separada del amor de tu vida. No sabes lo que se sufre.

"Por desgracia, sí lo sé. Y bastante mejor que tú". Esperaba no haber dicho esas palabras en voz alta.

No. Menos mal que fueron otras:

—Entonces te traeré la crema de chocolate y avellanas para desayunar. Que tengas una buena mañana—la deseé mientras me dirigía al garaje e iba en busca del audi que compartía con Phil.

Me desconcerté cinco minutos al no encontrarlo. ¿La alarma de seguridad no habría funcionado y habrían entrado los ladrones? Se me revolvieron las tripas ante una realidad más prosaica. ¿Habría tenido algún episodio de los míos? Los sonámbulos eran capaces de conducir varios kilómetros por lugares que conocían. Podría ser posible.

Pero no. Si hubiese sucedido, Phil y Renee me hubiesen enviado a la psiquiatra con una camisa de fuerza.

Y como en la navaja de Ockham, la explicación más simple era que Phil se lo habría llevado para su entrenamiento.

¡Genial! Me habían quitado mi medio de transporte para el instituto. ¿Tendría suficiente para la ida y la vuelta en autobús? La ventaja de vivir en la playa era la gran cantidad de autobuses que pasaban por ella.

Se me cayó el monedero justo cuando lo iba a coger del bolso.

— ¡Maldita sea!—Grité mientras me agachaba a por él y casi me daba en la frente con los pedales de una moto.

¿Una moto? Yo conocía esa moto.

Phil la había dejado en el garaje desde que se la habían regalado…El pasado todavía me dolía. Aunque no mucho menos que ver aquella maravilla tecnológica sin usarse para nada.

¿Por qué no?

No todo el pasado volvería de golpe; por lo menos no el que importaba, pero la sensación de tu pelo chocando en tu cara mientras iba a ciento veinte por hora sería un buen placebo.

Y si encima, el casco estaba junto a la moto, éste no hacía otra cosa que llamarme a gritos: ¡Bella, coge la Harley y móntate!

Quien era yo para desobedecer.

Quité los plásticos que la envolvían y soplé para quitar el polvo en la medida de lo que fuese posible.

Después abrí el garaje y anduve con ella sobre la arena de la playa, arrastrándola con fuerza para que las ruedas no se quedasen atrapadas, hasta llegar al camino de cemento que desembocaba a la carretera.

La hora de la verdad llegaba en el instante en el que me monté en ella. Hizo dos ruidos extraños al ponerla en marcha, para después, sorprendiéndome, se puso en marcha sin ningún problema.

Me costó cinco segundos darme cuenta quien la conducía. Justo cuando había avanzado más de un metro.

— ¡Uy!—Chillé asustada…y alterada.

Pensé que se debía a la novedad de volver a montar en moto. Pero no era así.

Era un pico de adrenalina. Estaba dejando atrás la monotonía y lo permitido para hundirme en el lodo de lo prohibido. Mientras aceleraba la moto y el viento fresco sacudía mi rostro renovando mis pensamientos tristes en algo más atrevido, sentí como mi corazón se ponía de cero a ciento veinte. Tenía derecho.

También los zombies salían de la tumba para jugar con los humanos, antes de que amaneciese y volviesen a encerrarse con los muertos.


Amy Whitehands no estaba de muy buen humor hoy. Cosa nada corriente en ella. Pero el examen de lengua española no había sido fácil para casi nadie.

Y por eso nadie estaba contento hoy en la cafetería, y rumiábamos las hojas de lechuga con amargura, pensando en todos los puntos que perderíamos para entrar en la universidad, a consecuencia de un profesor de español bastante resentido.

Por solidaridad a mis compañeros, intenté no demostrarme demasiado satisfecha con él. Por lo tanto, fingí tener algún pequeño fallo para animar a mi compañera de pupitre en casi todas las clases:

—He debido tener un par de fallos en sintaxis. Creo que he confundido un adverbio con un adjetivo y eso me ha hecho pensar que he lo he puesto como complemento circunstancial en lugar de objeto directo. Me va a restar mucho, la verdad.

—Oh—murmuró con sus gruesos labios. —No creo que sea mayor que el que yo he cometido, Bella.

— ¿Qué has hecho?—Fingí interesarme por ella mientras empezaba a machacar las hojas de lechuga sin mucho interés. Mi olfato me indicaba un grado de acidez próximo a una evidente putrefacción. Mi estómago era incapaz de asimilarlo.

Envidiaba a mis compañeros y su olfato nada fuera de lo común. Analizar lo que se comía con todos sus ingredientes químicos y orgánicos, me hacían desear beber sangre… ¡No debería haber pensado en eso!

—Es muy grave, ¿verdad?—La voz de Amy me devolvió a la realidad. —Bella, no me estabas escuchando, ¿verdad?

— ¿No ves que estaba contando las calorías de esa lechuga?—Se burló Harry Williams, el jefe del grupo de debate. —Es un trabajo muy duro.

No le repliqué en absoluto. Harry había intentado acaparar mi atención en los primeros días de curso; primero me había intentado introducir en el grupo de debate, y al ver que no estaba interesado en ello, fue directamente al grano y me invitó al cine en un par de ocasiones. Al parecer, la etiqueta de yonkie no solo no le había asustado; incluso le había dado un especial morbo.

Seguramente, sus compañeros le habían clasificado de frikie, y necesitaba realizarse con alguien aun más colgado que él a su lado.

Pues bien, se había equivocado de chica. Y de palabras:

—Eres una chica bonita, pero extraña. No sé como te habrá ido en tus otros colegios, pero aquí solo tendrás la oportunidad de salir con alguien como yo.

No era especialmente horrible, pero tampoco llamativo. Quizás yo fuese demasiado exigente. Sin embargo, no me gustó el tono con que me había hablado.

No podía recordar muy bien lo que le había dicho para rechazarle; no debí haber sido demasiado diplomática, ya que, a partir de ese momento, se mostraba burlón conmigo y siempre que tenía la ocasión, repetía a todo el mundo sus conjeturas sobre mi anorexia.

Si me hubiese importado la imagen, podría sentirme afortunada. No era lo suficientemente importante en el estatus social del instituto para que su opinión se tuviese en cuenta. Y yo era lo suficientemente extraña para no meterse conmigo. Mis compañeros no me hicieron la vida imposible, pero tampoco intentaban relacionarse conmigo.

Era como una obrera en aquella gran colmena. Una más.

Lo cual agradecía. Me sería mucho más fácil pasar página si el instituto fuese un trámite más en mi existencia.

Amy se quitó un mechón rizado y castaño de sus pequeños ojos grises para mirarme fijamente. Seguramente se preguntaría si procedíamos de la misma especie. Le parecería la chica más rara con la que se habría topado alguna vez; pero como nunca me había burlado de ella por su sobrepeso e intentaba ayudarla en aquellas asignaturas con las que tenía dificultad, se mostraba benevolente con mis rarezas. Incluso con una mente normal, podría haber llegado a ser su amiga. Era mucho más intuitiva de lo que la gente se imaginaba.

—Lo siento—me disculpé con ella. —Estoy preocupada por el examen. Estoy pensando que era más difícil de lo que he imaginado al hacerlo.

—No te preocupes. —Siempre era comprensiva con mis momentos en blanco. —Supongo que me estoy poniendo pesada con ello. En la segunda frase he puesto que era un complemento directo, pero ahora lo dudo. En español pasaba algo con este verbo y no soy capaz de recordarlo.

Me enseñó la grasienta plantilla del examen y me señaló la frase donde tenía problemas.

—No es objeto directo, Amy—la señalé. —Recuerda que en español ser, estar y parecer son tres verbos diferentes (1) y les sigue el atributo. No el complemento directo.

— ¡Dios!—Se pegó un golpe en la frente. —No sé como he sido tan tonta de no pensarlo. Esto es más de la mitad del examen.

—No exageres—la consolé. —Tal vez solo sea un error menor.

—No lo creas—me contradijo Chris Taylor. —El cabrito del profesor Shaper lo ha hecho adrede para que caigamos.

—Él lo ha señalado durante toda la semana—le defendió Summer Rains. —Pero no hemos querido hacerle caso. Es su venganza contra nuestra falta de atención.

—Hubiera puesto el examen difícil de todas formas. Es un jodido borracho amargado—se lamentó Anne Simpsons.

—Sabía que todos íbamos a caer en esa frase—se lamentó Harry. —Todos menos Isabella—me miró con rencor.

—Todo el mundo me llama Bella—le corregí ignorando su burla. —Y he acertado eso por casualidad. No era tan fácil verlo.

—Pero lo has hecho, Bella—reprobó Summer mientras comía una zanahoria. —Seguro que aprobarás el examen.

—Aprobar ya no es lo que cuenta—se lamentó Amy. —Ahora, más que nunca, los puntos para ir a la universidad son primordiales. Y creo que con este examen, la UCLA (2) estará más lejos de mi alcance.

—Ya no te digo nada de Berkeley (3) –continuó Anne.

—Nos estamos poniendo metas muy altas. Solo un cinco por ciento de nosotros ira a una buena universidad—calculó Harry. Parecía estar dando el mensaje que tenía una plaza en ese cinco por ciento. —Lo malo, que estoy a dos centésimas de entrar en Harvard y me quedaré en las puertas. Son tan exigentes. Y con un tres y medio que no pueda entrar.

—Pues imagínate yo con un dos cuarenta y cinco—se desanimó Amy. —Tendría que ser un milagro que me diesen una beca.

—Pues sí—dijo indolente Harry.

—Aun se puede mejorar las notas hasta final de curso. Nos quedan seis meses y nos están agobiando con exámenes hasta el día del juicio—la animé. — Y además los baremos de las universidades varían mucho.

Odiaba cuando Harry se las daba de petulante con el resto de la gente. Sin embargo, de alguna manera le tenía que dar las gracias. Me hacía hervir la sangre como nadie había conseguido hacerlo en seis meses. Y eso me hacía sentir viva, en parte. Sacándome la peor parte de mí, pero era un logro.

Aun así, no tenía fuerzas para gritarle o darle un puñetazo en su cara y romperle la nariz para que no pudiese sujetarse sus gafas.

Él mismo se sentenció cuando decidió ir a por mí:

—No pareces muy inquieta por tu baremo, Bella—fingió hacerme una pregunta cortes aunque sabía por donde iba. —Eso indica que no estás preocupada por la universidad que te coja. O tienes un expediente maravilloso; o uno tan desastroso que no te merece la pena ni probarlo. ¿Desde cuando no miras por internet?

No debía seguirle el juego. Él conocía todas mis notas, al igual que el resto. Los profesores no eran muy respetuosos con la intimidad de los expedientes de sus alumnos. Y menos cuando una de ellos, brillaba por encima de la media.

—Tienes razón—reconocí mientras mordía una zanahoria. Demasiado insecticida para mi gusto. —Hace una semana que no miro y debería hacerlo. Pero creo que en Harvard no me dirán nada si tengo un cuatro con ochenta o cuatro noventa (4) –Sofoqué una risa muy tonta cuando su cara se convirtió en una cara de desconcierto. — No te preocupes, Harvard sube y baja según la calidad de los alumnos que solicitan entrar. Posiblemente, entres allí. Yo por lo menos no estoy interesada en ella. No te quitaré tu beca.

Amy y Summer me miraban asombradas. No sabían si quedarse con la idea de que era una rebelde contra los injustos sistemas de la universidad; o, sencillamente, necesitaba una camisa de fuerza.

Por lo menos había callado a Harry.

—Yo tengo la ventaja de que no necesito ese estúpido baremo para entrar en ninguna universidad—se vanaglorió Matthew Wings, el arquetípico capitán del equipo de fútbol americano. Rubio, ojos azules, atlético, conquistador de las chicas reinas y no con demasiadas luces. —Con mi expediente deportivo, Harvard vendrá solita a echarse a mis brazos.

Liza Mason, la capitana de las cheerleaders, le echó un brazo posesivo sobre su cuello. Nos indicaba que Matthew era suyo y de nadie más. No estaba interesada, en absoluto, en las universidades. Me preguntaba si era capaz de vivir más allá del periodo que había entre bailes de graduación.

Había tenido un pequeño choque al principio del año escolar con ella, cuando interesándose por la exagerada velocidad con la que crecía mi cabello, me preguntó en que peluquería me hacían las extensiones.

Se sintió ofendida cuando le contesté que era mi pelo natural, y, considerándome persona non grata, decidió hacerme la más terrible de los castigos que ella podía ejercer sobre mí: Ignorarme completamente hasta para decirme un buenos días.

En aquella colmena, donde el orden social lo imponían la reina Liza y el zángano Matthew, ser una abeja obrera con el GPS averiado no era un gran problema.

No era un impedimento muy grande para mi afición de tachar días en el calendario mientras suplicaba como romper los monótonos ciclos.

Intentaba que mi mente se fuese muy lejos del comedor escolar, pero algo de la zumbona voz de Harry, me retenía allí:

—Los primeros observadores de las universidades han venido.

—Pero son los de las universidades de Michigan y Brown (5) —replicó irónico Chris.

Harry se encogió de hombros.

—Bueno, hay que echar un vistazo a todas las universidades por si acaso, ¿no?

Estaba terminando de meterme en la boca un muffin de chocolate y plátano—las grasas saturadas y la glucosa tenían mejor sabor que los pesticidas—después de haberlo troceado en pequeñas migajas. Amy me distrajo de mi tarea:

—Sería buena idea que fuésemos a ver a alguno de los observadores antes de la clase de literatura.

Fingí mirar el reloj con atención.

—Pues, si quieres mirar alguna universidad, será mejor que te vayas ya. La clase va a empezar dentro de cinco minutos. —No incluí el plural en el que ella nos había agrupado a ambas.


La mayoría de la gente se concentraba al máximo cuando conducía la moto. No era mi caso. Había redescubierto aquella maravillosa sensación de evadirme a más velocidad de lo permitido. Ya no entendía de límites legales. Mi cerebro bullía en una actividad frenética y era incapaz de frenarlo. Miles de ideas transmitiéndose por mis neuronas.

Amy, Summer, Anne y otra chica—, ¿Ashley quizás? No me había aprendido todos los nombres, — me habían sugerido ir al cine con ellas para relajarnos después del examen. Una película romántica: "Chico conoce a chica. Desencuentros varios. Chico consigue a chica".

Conteniendo las ganas de vomitar, fingí apenarme mucho cuando me excusé diciendo que me faltaba muchísimo de hacer sobre el trabajo de Jane Eyre—lo tenía terminado y acumulando polvo en la estantería de mi cuarto— y no podía perder un solo instante.

No entendía porque Amy no hacía caso a sus compañeras y me consideraba ya una ocupa de catacumba. Pero parecía que no se quería rendir conmigo para rehabilitarme al género humano. Totalmente inasequible al desaliento.

Me hubiera gustado decirle que, al estar condenada a ser una pequeña y patética humana durante el resto de mis días, irónicamente, veía, como poco a poco, mi humanidad iba muriendo cada día un poco más.

No habían pasado ni siete meses y mi frágil piel empezaba a pesarme sobre mis deteriorados huesos.

¿Y si era eso lo que él estaba buscando? Que me diese cuenta de mi propia mortalidad y, totalmente derrotada, cogiese un avión hacia Italia y me pusiese de rodillas, suplicándole que me otorgase la inmortalidad.

Por un momento, perdí el equilibrio de la moto a consecuencia del escalofrío. No podía caer derrotada ahora. No podía concederle que tuviese ningún poder sobre mí.

Aunque se lo debiese a los Cullen.

Pensar en ellos, consciente e inconscientemente, era lo que me desgarraba el pecho, formando una llaga que empezaba a supurarse.

Aun así tenía que buscarme una nueva vida.

Jacksonville era un lugar de transición. Mi madre me lo había dejado muy claro. Como mucho seis meses más.

Insistía demasiado en la universidad que iba a ir—mezcla de preocupación maternal; pudiera ser. Ganas de estar a solas con su marido sin preocuparse por la loca de su hija; eso era lo más lógico—y tenía que darle a entender que hacía todo lo posible por buscar una conveniente.

Si quería que fuese creíble, tendría que llevar a casa un montón de solicitudes que rellenaría por rellenar, y fingir escuchar a los observadores de las universidades para que mis profesores y mis orientadores no me diesen demasiados quebraderos de cabeza con ello.

No sabía como sería mi vida dentro de seis meses. Pero una cosa estaba segura. No se trataría de una ciudad tal o una universidad cual. Nunca un sitio fijo. No hasta que yo encontrase algún lugar que me dijese: "Tú perteneces aquí. Ésta es tu casa."

Y mientras tanto, dejarme llevar, como una nómada tras el viento.

¿Sería el camino? Tendría que descubrirlo.

Las voces de mi cabeza no entendían que significaba una pregunta retorica. No esperaba que nadie me respondiese cuando me preguntaba a mí misma.

Una de mis voces sí lo hizo y me desconcerté.

Aquella voz era la que tenía que haber desaparecido junto con el pasado más remoto. Pero, de alguna manera, había permanecido en mi subconsciente y no se había apartado de mí.

El miedo agarrotó todos mis músculos. No la quería en mi cabeza. ¡Fuera de mi mente!

"¿Camino?", preguntó burlona.

Respiré profundamente y me concentré aun más en el camino de cemento y areniscas para ignorarla. Pronto todo se hizo oscuro y las líneas de la carretera y sus arbustos fueron absorbidos por las sombras. Y el rostro de aquella persona, apareció de la nada.

Tenía tantas manifestaciones, como la triada formada por Perséfone, Artemisa y Hécate. Y ahora no era tierna, joven y maternal. Siniestra y oscura, como el lado oculto de la luna. Pero siempre hermosa con su pelo cobrizo y sus penetrantes ojos verdes.

Irremediablemente, perdí el equilibrio y mi moto y mi cuerpo fueron en direcciones contrarias. El accidente podría haber sido mortal, pero yo no percibí el dolor por ninguna zona. No había ningún rasguño. Incluso, me permití caer de pie como los gatos.

Quería desviar mis ojos de ella y no volverla a mirar. Me aterraba de igual forma que me atraía. Sin poder evitarlo, era incapaz de dejar de mirarla.

"No deberías estar aquí", balbuceé. "He dejado mi antigua vida y tú estás en ella."

Sin embargo, ella no dejó de mirarme penetrantemente.

"No eres real". Cerré los ojos y canturreaba insistentemente: "No existes. Has dejado de influir en mi vida".

"Estás tomando una bifurcación y te estás torciendo del verdadero camino. Inconscientemente, le estás dando vía libre para que se salga con la suya."

"No eres real", me repetía hasta el delirio.

"No puedes cambiar lo que eres. Siempre serás una Swan y conoces muy bien tu destino", me recordó. "No se te permite mirar a otro lado. Él se está aprovechando de esa ventaja y te hará daño".

"¿A qué te refieres?" No debí haberla seguido el juego.

"Sería excelente que dejarás de refugiarte en tu propio mundo y oyeses más los problemas del resto de él. Estamos en peligro".

"¿Peligro?"

"Escucha las noticias. Lo has hecho siempre. Comprenderás lo que ocurre".

Volvió a desvanecerse en la nada mientras una luz me hacía daño a los ojos.

Y alguien me estaba llamando:

— ¡Chica!—Era una voz masculina que sonaba asustada. — ¡Chica, despierta!

—Tom, creo que lo mejor sería llamar a una ambulancia. Está sangrando mucho.

Volver al otro plano de la realidad fue más doloroso de lo que imaginaba. Me estallaba la cabeza y el olor metálico de la sangre me producía nauseas. Debí haberme hecho más avería de lo que me imaginaba.

Lentamente, abrí los ojos, aunque la nieblilla no se disipó hasta pasados unos segundos. Y al final logré enfocar a la persona que estaba sujetándome.

Era un chico de veintitantos, rubio y de piel morena—muy típicos de Florida—con aspecto de surfista. Estaba desnudo de cintura para arriba. Su camisa estaba sirviendo para taponarme la herida de la cabeza.

Su compañero, un clon de él, estaba quieto, observando con el móvil en la mano por si tuviese que llamar a su compañero. Parecía estar esperando una señal de alguno de nosotros dos para realizar la llamada.

A pesar de las punzadas, hice un simulacro de sonrisa para tranquilizar a aquel chico tan simpático.

—Gracias por atenderme—le dije.

—De nada—respondió más seco y tranquilo al ver que daba señales de vida. Después se permitió reñirme: —Deberías saber que hay que llevar el casco cuando se va en moto. Lo que te ha pasado no ha sido nada comparado con lo que podría haber sucedido.

—Lo siento—me disculpé. No quería decirle que era más dura de lo que parecía. —No sé como he podido tener esa imprudencia tan tonta.

—Pues recuérdalo para la próxima vez—intervino el otro chico. —Si no quieres quedar como tu moto—me enseñó el manillar en su mano y luego el resto de la moto hecha añicos.

¡Mierda, mierda, mierda!

— ¡Oh!—Exclamé. —Me van a matar.

—La moto es lo menos grave, muchacha—me consoló. —Será mejor que te llevemos al hospital. Esa herida tiene pinta de profunda.

Me atraganté con mi propia saliva.

¡Agujas, no gracias!

—No creo que sea necesario—le contradije. —Ya me encuentro mucho mejor.

Y no estaba mintiendo. Tenía la sensación que la herida estaba curada. La cabeza ya no me dolía.

Me retuvo en el suelo cuando hice un amago de levantarme.

—Ya no sangro—le señalé pasándome la mano por la frente. —Parece más impresionable de lo que es realmente.

Efectivamente, la herida se había cerrado y el reguero de sangre estaba viscoso y reseco. Eché una ojeada a la camisa y lo que era blanco se había teñido de escarlata. Le había estropeado la camisa al pobre chico.

—Deberías ir al hospital a que te hiciesen pruebas—insistió pero negué con la cabeza.

—Aunque si no encuentro la manera de arreglar la moto, tal vez si que tenga que ir directamente allí. Mi padrastro me va a matar cuando la vea. —Suspiré.

—Conozco un mecánico bastante bueno que además es muy asequible de precio—me explicó de repente el otro chico. —Su familia era de Hawai y se mudaron a Jacksonville hará cosa de dos semanas. A mí me ha arreglado varias cosas de mi coche muy barato y además un trabajo bastante logrado.

Había visto las puertas del cielo abiertas.

—Os agradecería muchísimo si pudieseis darme la dirección—les pedí.

—Haremos algo mejor—me ofreció. —Tengo que llevar el coche para que me hinche las ruedas. Podemos llevarte allí si quieres. Total, ir mañana que hoy me da completamente igual.

—Eso estaría genial—les agradecí mientras me ayudaban a subir al asiento delantero de su vieja furgoneta.

Les observé mientras recogían la moto y la colocaban en el maletero.

Siempre me habían aconsejado que no montase en el coche de un desconocido. Pero estaba muy harta de hacer siempre lo correcto; además, en lo largo de mis dieciocho años, me había topado con criaturas peores que dos veinteañeros surfistas con predisposición a ayudar a una chica en apuros. De alguna manera, mi instinto de supervivencia me preservaría si algo malo sucediese.

Ellos, al no comprenderlo, se preguntaban extrañados por qué había sido tan dócil al subir al coche. Decidí infundirles seguridad:

—Por haber sido tan amables conmigo, os prometo que no me beberé vuestra sangre—Broma muy poco inocente, pero ellos parecieron menos tensos en mi presencia


.

— ¡Chico Aloha!—Gritó uno de mis acompañantes al llegar a un pequeño garaje a una persona que estaba debajo de un coche. —Tenemos trabajo para ti. ¿Podrías hacer un hueco?

El hombre—o más bien chico también entre los veintitantos y aspecto total de hawaiano, con su piel tostada por el sol y su pelo negro con mechas rubias—se deslizó de debajo del coche y nos examinó. Estaba completamente manchado de grasa. Por eso se abstuvo de darnos la mano.

Al mirarme asustado por la sangre reseca de mi cara, supuse que se preguntaría por qué no estaba en un hospital. Luego se fijó en la moto que llevaba uno de los chicos y soltó un largo silbido.

— ¡Joder!—Exclamó. —Creo que saldría mejor comprarte una moto nueva.

— ¿No se puede arreglar?—Pregunté temiendo, prematuramente, los gritos de Phil. En parte, era su culpa por haberse llevado el coche sin permiso.

— ¡Uf!—Suspiró. —Esto no es un arreglo. Es una reconstrucción en toda regla. Y me temo que tengo bastante trabajo para una semana. Y en un mes, mínimo, no la tendrías.

—Comprendo.

—Además no te aseguro que quede al cien por cien perfecta. Creo que la moto no es lo que tiene que pasar la ITV. Necesitas que un médico te vea…

—Estoy bien—le aseguré cortante. Mi mal humor salía a relucir.

Eso lo hizo reír entre dientes y me puso el brazo sobre el hombro a modo de camarería.

—Si te quieres arriesgar con ella, podría dejarlo en manos de mi cuñado Jake. Él entiende de motos mucho mejor que yo.

Un hilo de esperanza surgió.

— ¿Jake arreglaría la moto al cien por cien?—Inquirí incrédula.

Se encogió de hombros.

—Es un "pequeño" genio—entrecomilló. —Es el Dios de la mecánica. Si él no te lo puede solucionar, no busques en Jacksonville a ningún mecánico. Nadie te la podría arreglar.

— ¿Y donde está ese pequeño Dios de la mecánica?—Busqué por todos los rincones del garaje.

Se volvió a reír.

—Si no ha hecho novillos para irse a surfear o jugar a los recreativos, estará a punto de volver del instituto. —Observó el reloj colgado en la pared. —Incluso los genios tienen que aprender cosas más elementales para evolucionar en el mundo. —Me ofreció una banqueta y me hizo señas para sentarme. Para entonces, mis simpáticos acompañantes se habían ido. —Puedes esperar aquí si quieres. Pondré algo de música para que se haga más corta la espera.

—Gracias. —Estaba realmente cansada y el asiento me resultó más cómodo de lo que parecía a simple vista.

El mecánico puso la radio y volvió a tumbarse para seguir con su tarea.

De la radio no salió ni una sola nota musical. Había interrumpido la programación para dar una noticia de última hora. Se trataba de una desaparición. Un chico joven universitario. La última vez que le vieron salía a una fiesta. No había vuelto a casa.

Me extrañó que diesen una noticia que pillaba tan lejos de Jacksonville. Por lo menos Vancouver me lo parecía.

— ¡Dios!—Oí exclamar al mecánico. — ¿Qué demonios está ocurriendo por el norte? Éste es el octavo chico que desaparece este año y acabamos de entrar en él.

— ¿Qué ha ocurrido?—Me interesé.

— ¿No lo sabes?—Me preguntó extrañado. —Llevan meses con esta noticia.

—No veo demasiado la tele ni leo los periódicos—me excusé. —Estoy pendiente de los exámenes. Universidad.

— ¡Oh!—Comprendió. —La verdad que es lo mejor. Porque está todo hecho una autentica mierda. La gente está muy pirada. No sé que debe pasar por allá arriba, pero no es sano. Tanta desaparición y muertos… ¡Como si se tratase de una secta satánica!

No quise pensar mucho. Algo me estaba dando muy mala espina.

— ¿En el norte?

—Sí—afirmó de mala gana como si no quisiera hablar del tema. —Por Washington. También por el sur de Canadá, pero lo peor está en Seattle.

— ¡Kaichi!—Exclamó la voz de una mujer joven. —Haz el favor de quitar la radio. Estas noticias son horribles y estoy harta de leer cosas tristes en la prensa.

Una chica muy joven apareció en el garaje. No debía ser mayor que yo—dos o tres años más como mucho—de rasgos muy exóticos, aunque no eran hawaianos como el de su pareja.

Alta y muy atlética; pelo muy negro a la par que sus grandes ojos y facciones muy llamativas debido a sus labios rellenos y su piel cobriza, muy distinta a la de su marido. Se debía a su sangre indígena.

Me era muy familiar pero no caía por qué. Ella también debía tener aquella sensación viendo como me estudiaba.

—Hola—me saludó afectuosamente.

—Hola—la contesté.

Su marido, sin salir de debajo, le explicó porque estaba allí:

—Ha tenido un accidente de moto. Esperemos que Jake tenga un poco de mano izquierda con ello.

—Ya debería estar aquí—señaló. —Espero que haya ido a la escuela. —Se volvió hacia mí con cara de reconocimiento: — ¿Isabella Swan? ¿Tú eres Isabella Swan?

—Sí—le contesté sorprendida. Yo no caía en quien era.

—Es la hija de Charlie Swan, el jefe de policía de Forks—le explicó a su marido. — Jugábamos juntas en la reserva. —Se extrañó que no yo no cayese en quien era. — ¿No te acuerdas, Bella? Cuando mi padre y el tuyo iban a pescar, nos dejaban solos para que jugásemos. A Rachel, Jake y a mí.

— ¡Oh!—Exclamé entrando de sorpresa en sorpresa. — Tú eres…

—Rebecca, la hija de Billy Black—terminó la frase por mí, abalanzándose para abrazarme. —El mundo es un pañuelo, ¿verdad?

— ¡Aja!...Oye, espera… ¿Has dicho que Jake tiene que volver de la escuela?—Asintió. — ¿Jake está aquí? ¿Tu hermano Jacob?

—El mismo—surgió una potente voz masculina detrás de nosotras y la reconocí de inmediato. — ¿Me buscabais?

Rebecca rompió el abrazo y se dirigió en la dirección de su hermano para anunciar la buena noticia. Aquello me permitió estudiarle a la perfección.

No le había visto en más de siete meses, y el cambio que había dado era como si hubiesen pasado años. Estaba totalmente pasmada ante su presencia.

Había crecido muchísimo—podía atreverme a decir que estaba muy cerca de los dos metros—y sus músculos se habían desarrollado demasiado para ser un chico de dieciséis años. Parecía mucho mayor que Rebeca. Afortunadamente, su pelo había crecido un poco y se había deshecho de aquel horrible tinte rubio platino. Pero eso no es lo que le hacía tan diferente. Había algo muy interno, que sus ojos oscuros indicaban, que se había transformado.

¿Se trataría de imaginaciones mías? La última vez que le vi, no había sido un buen momento. Se me habría escapado cualquier detalle.

Me sentí muy descarada al observarle fijamente. Llevaba una camisa blanca totalmente desabrochada y los pantalones vaqueros de talle muy bajo mostrando su cuerpo moreno y musculoso

Desvié la mirada demasiado tarde. Rebecca se estaba riendo tenuemente.

—Hormonas en la leche de La Push. —Me dio una palmadita en la espalda para darme ánimo.

— ¡Bella!—Exclamó con una enorme sonrisa en sus labios. — ¡Por fin te he encontrado!

Enarqué las cejas, incrédula.

— ¿Encontrarme? ¿Acaso me estabas buscando?

—Bueno…Sabía que te habías mudado a Florida con tu madre. Pero no sabía en que parte—se trabó con las palabras como si quisiese corregir algo. —Rebecca tiene una beca en bellas artes estupenda y se ha mudado de Honolulu a aquí…

—…Y le dije a Billy que sería una buena idea que Jacob saliese de Forks y que yo le vigilaría mejor que él para que fuese a la escuela.

Debido a la gran diferencia de alturas, Rebecca solo pudo abrazar a su hermano pequeño por la cintura.

—Tampoco es que te haga mucho caso—intervino Kaichi de manera sarcástica.

—Le venía bien un cambio de aires—defendió Rebecca. Luego, hizo el gesto de cortarle el cuello: —Tú y yo vamos a hablar sobre hacer novillos, Jake.

Éste hizo el gesto de ser un autentico santo.

—Luego hablaremos. Ahora, dedícate a Bella. Es muy agradable encontrar gente conocida en una ciudad nueva.

Por primera vez, en mucho tiempo sonreí sinceramente.

—Bueno—me animé, — ¿no vas a darme un abrazo?

— ¡Hum!—Hizo como si se lo pensase. —Yo te lo daría, Bella. Pero tengo tanto miedo de que te rompas en mis brazos.

— ¿Tan fuerte eres?—Le reté.

Se rió socarronamente.

—El problema no soy yo. Eres tú. —Chasqueó disgustado. —Tan blancuzca…

—Mi melanina va al revés del resto de los humanos—me excusé.

—Es algo más que eso. Estás tan…horrible—me soltó sin rodeos. —No te ofendas, Bella, pero estás delgada y muy pálida. No pareces que estés disfrutando del sol de Florida.

Jacob no había cambiado nada. Sin pelos en la lengua e hiriente al máximo.

—Exámenes para la universidad. —No mordí el anzuelo.

— ¡Ja!—Se carcajeó. —Ahora se llaman exámenes…

— ¡Jake!—Le reprobó Rebecca. —Está no es una buena época para los estudiantes de su edad. Cuando llegues a los dieciocho y asumas responsabilidades lo sabrás.

Soltó la mochila y decidió cambiar de tema:

—Como esto ha sido una sorpresa para todos, ¿puedes decirme que te trae por aquí? Bueno, ahora es verme a mí. Pero apuesto a que no te lo esperabas.

Aguanté la risa y le señalé el cadáver mutilado en el que se había convertido mi moto. No necesitaba palabras para intuir lo que había pasado.

—Solo tú podrías haber hecho semejante destrozo a la octava maravilla del mundo. —Simuló echarse las manos a la cabeza. — ¡Joder! Solo con esto deberían no dejarte conducir de por vida…

—Tu cuñado dice que eres un Dios de la mecánica—le hice la pelota. — ¿Qué me dices? ¿Tiene arreglo?

Rápidamente, se puso a mi lado, y su enorme manaza me cogió con delicadeza el brazo. Su piel comparada con la mía era un hervidero de llamas. Calor. Se agradecía un poco.

—Te lo diré mientras cenamos—me sugirió. —Rebecca hace un plato hawaiano riquísimo. Siempre que no se le queme el cerdo, claro.

— ¡Idiota!—Masculló entre dientes ésta. —Pero me parece magnifico que Bella se quede a cenar. Hay tanto que contar…

— ¡Hum!—Titubeé. —Renee está sola en casa y no la he avisado de que no vendría…No sé si es conveniente…

—Por favor—me suplicó Jake. —Con el estómago lleno puedo hacer un cálculo más avanzado de cuando podré arreglarte la moto. Llama a Renee y dile que te has encontrado con unos amigos. Algo me dice que le gustará que salgas…

—Vale—cedí ante sus ojos suplicantes. — ¡Pero no me mires con esos ojos! ¡Pareces un cachorro abandonado!

—Perfecto—exclamó Rebecca y sacó a su marido de debajo del coche. — ¡Vamos, holgazán! ¡Tienes que ayudarme a preparar la cena! Tú eres el experto en comida hawaiana.

Le levantó con rapidez y le empujó para que saliese del garaje. Me pareció como guiñaba un ojo a su hermano, cómplice, antes de adentrarse en la casa.

Muy buena excusa para dejarnos a solas.

Jacob me ofreció una toalla mojada para limpiarme la cara y se sentó a mi lado.

—Intuyo que no has cambiado nada—rompió el hielo.

Me encogí de hombros:

—Evolucionamos, pero creo que en lo esencial no cambiamos mucho. Eso es lo bonito de una persona, ¿no crees?

—En tu caso, el tener una parca pegada en el culo esperando a que llegue tu fatídico día, no diría que no es algo que debería cambiarse, ¿no crees?

Le di un pequeño golpe en su antebrazo. Estaba increíblemente duro como el cemento. ¿Qué estaría tomando?

—Se llama instinto de supervivencia. Y debería llevarte en la playa y llenarte el bañador de piedras para que te hundas—le amenacé. Eso se lo había hecho cuando teníamos siete y cinco años respectivamente y mi genio para el mal estaba activo.

— ¡Cabrona!—Se echó a reír abiertamente.

—Jake—me dispuse a ser sincera con él, — me alegro tanto que estés aquí. De alguna manera, me hace pensar que Forks existió y no eran alucinaciones mías.

Éste me agarró fuertemente de la mano como si nunca más quisiese soltarme.

—Me alegro de producirte ese sentimiento. —Sin embargo, me dedicó una triste sonrisa. —Hay mucho de Forks más allá del año pasado. Pero tengo la sensación de que solo quieres recordar una parte.

Respiré profundamente. Tristemente, admití que tenía razón.

—Y antes que esa pregunta surja de tus labios, pero sé que te ronda por la cabeza, te lo diré—pareció adivinarme el pensamiento. —Ellos ya no están allí. Se mudaron unas semanas después de haberlo hecho tú a Florida con tu madre. No me preguntes donde están. No lo sé.

—Gracias. —Me contuve una lágrima.

Suspiró largamente.

—Esta reparación me va a llevar tanto tiempo…

Comprendí que no se refería a la moto en absoluto.


(1) En inglés, los verbos Ser, Estar y Parecer solo es un verbo: To be.

(2) Universidad de los Angeles.

(3) Universidad de Berkeley (California) Una de las pocas publicas de prestigio de EEUU

(4) En algunos estados de USA el baremo que se usa para hacer las medias de las notas sacadas durante los años de secundaria, se realizan en porcentajes o poniendo numeros a las calificaciones. 1 sería el mínimo y 5 (matricula) el máximo.

(5) La universidad de Brown se encuentra en Province (Rhode Island)

Os dije que en este capitulo había una sorpresa. Pero no os dije como...xDDDD...En fin, estos primeros capitulos iran un poco más lentos, por necesidad, pero os puedo asegurar que luego iran cogiendo una dinamica mucho más activa.

Para más dudas, ya sabeis donde encontrarme.

Gracias por los rrs, alertas y favoritos y hasta el proximo capitulo...^^