Disclaimer: Santa Meyer los crea y ellos se juntan. Yo solo me encargo de liarles un poco.
Killing Loneliness
No había acabado de levantarme de la cama y ya estaba con las energías bajo mínimos. Tendría que estudiar la posibilidad de inyectarme la cafeína en vena. Seguramente estaría como modo de dopaje, aunque para los estudiantes a punto de entrar en la universidad no estaba prohibido.
Como todas las noches, había tenido sueños. Pero la realidad era tan penosa comparada con ellos, que decidí no recordarlos.
Tenía el cuaderno de sueño que me había recomendado la doctora Norman para psicoanalizarme a través de ellos.
Alguien debía decirle que Freud había sido superado por la psicofarmacología y que sus ideas estaban muy pasadas de moda. Pero como ella era de escuela freudiana, los sueños de una tarada como yo serían muy interesantes para ella.
Decidí escribir en el diario que no me acordaba de nada gracias a su medicación. Las dos saldríamos ganando. Ella se colgaría una medalla por haber conseguido reconducirme al mundo de los cuerdos; a mí me dejaría en paz y no sería un obstáculo en mi camino a la locura.
Me preparaba para un monótono día de instituto, buscando el maldito bono bus, ya que mis medios de transportes no estaban disponibles para mí, cuando el ruido del motor de una motocicleta me despistó por completo de mis quehaceres. Por lo que podía oír, se había parado en mi casa.
Podría tratarse de algún amigo de Phil que le diese por las motos.
Iba a disponerme a bajar con todo el desinterés posible cuando la voz de mi madre me apremió a ello:
— ¡Bella, baja inmediatamente!
Corriendo, me puse las converse, y sin atarlas ni siquiera, bajé las escalera con cuidado de no tropezarme.
Había pocas cosas que me sorprendiesen.
Que mi amigo Jacob estuviese hablando con mi madre y ésta se comportase como una adolescente hormonada ante su presencia, sí era una autentica revelación.
Si era sincera, no podía culpar a Renee por actuar como una colegiala con sobreproducción de estrógenos.
Jacob estaba bien…muy bien.
Altísimo, moreno, con su pelo negro totalmente despeinado, su musculoso pecho al descubierto y sus desgarrados vaqueros cayéndose en sus caderas, mostrando la V de su pelvis. Pero lo que más me llamó la atención fue el tatuaje que tenía en su hombro. Era muy extraño.
— ¿Cuándo te has hecho ese tatuaje, Jacob?—Inquirí curiosa. Tal vez un buenos días hubiese sido lo más educado.
Éste se giró para saludarme y rió entre dientes.
—Bells, Bells, Bells…—Sacudió la cabeza—…empiezo a pensar que tienes un problema de atención selectiva. Ayer cuando estuviste cenando en mi casa, tenía ya el tatuaje. Es más. Mucho antes de venir aquí.
—Lo siento—me disculpé. —Tienes razón. Tengo un problema de atención selectiva.
Renee nos interrumpió.
— ¿Ya os conocíais?—Parecía impresionada.
—Desde hace mucho tiempo, señora Dwyer—explicó Jacob en mi lugar. —Ella y yo éramos amigo desde pequeños. Billy y Charlie eran amigos y traían a Bella para que jugase con mis hermanas y yo.
— ¿Tu padre es de Forks?—Los rasgos de Renee se estrecharon hasta convertirse en una peligrosa mueca. Cualquier mención a Forks la ponía en estado de alerta.
—En realidad, ellos son de La Push. Una reserva india a veinticinco kilómetros—la recordé mientras veía como su expresión cambiaba poco a poco.
—Hace mucho tiempo que no voy a Forks. No puedo acordarme de todo—se excusó. Luego se volvió a Jacob: — ¿Qué es lo que te trae por aquí, Jake? Esto está muy lejos de tu pequeña reserva india.
Lejos de molestarse, Jacob le explicó de buenas maneras:
—A mi hermana Rebecca le han dado una beca bastante cuantiosa en la universidad. Ha decidido trasladarse de Hawai a Florida. Total, no había mucho cambio de clima. Y Billy pensó que estar en La Push era contraproducente para mí, por lo que se le ocurrió la idea que haría algo de más provecho bajo la estricta mirada de Rebecca y mi cuñado. Si hubiera estado en La Push, seguramente no habría hecho nada de provecho, y mi padre me hubiese molido a palos por tener a un jodido vago por hijo…
Él y Renee empezaron a reírse, pero en las palabras de Jacob veía pequeñas lagunas. Era un discurso muy ensayado para una persona tan espontanea como Jake. Había algo que me ocultaba.
Intenté mirarle a los ojos, pero de manera disimulada, apartaba la vista de mí, y se volvía a dirigir a mi madre. Ésta estaba encantada de ser el objeto de atención de un chico tan guapo que tendría que estar coqueteando con su hija.
—Debes echar mucho de menos a tus amigos de La Push. Jacksonville es un mundo aparte—Renee fingió un puchero.
Jake dirigió, intencionadamente, su vista hacia mí.
—Creo que con el tiempo, lograré sentirme aquí como en casa—repuso sinceramente.
Tuve que retirar la mirada y dirigirla hacia algún punto muerto de la casa. No quería que Jacob viese que sus palabras habían tenido más efecto de lo esperado. Me sentía halagada ante ellas, pero tendría que ponerle los límites muy claros.
Renee no parecía muy dispuesta a comprender mi lenguaje gestual y siguió dándole confianza.
—Quiero que sepas, hijo, que aquí es como si estuvieses en tu propia casa. —Con confianza, apoyó sus manos en los fuertes hombros de Jake. — ¿Qué os dan de comer en la reserva? Eres enorme—dijo coqueta.
—Mamá. —Me dispuse a pararle los pies. Debería comportarse como alguien coherente a su edad.
Mi madre y Jacob me ignoraron. A éste le parecía muy divertido que le tratasen como una persona mayor
—Algunas veces, Bella intenta ser tan madura, que me hace parecer como una cría—se disculpó en mi nombre. —Ella no sabe lo que se pierde con un muchacho tan guapo y tan formado como tú. Te aseguro que si no estuviese casada, y tuviese veinte años menos, desde luego que tú no te me hubieses escapado…
—Si tuvieses veinte años menos, mamá, aun seguirías siendo una pedófila—decidí cortar por lo sano y del modo más cruel. —Tú tendrías dieciocho años y Jake, dieciséis. Por eso, yo que no le quiero pervertir, le considero como un hermano pequeño. ¿Verdad, Jake?
Esperaba que con mis palabras quedase bien claro cual era la realidad entre nosotros. Jake debió entender el mensaje subliminal a la perfección, ya que su sonrisa se había convertido en una mueca, donde me enseñaba los dientes, y sus ojos brillaban humillados, no ante mis palabras, si no, por el significado oculto en ellas.
—En dos años, yo tendré dieciocho y eso no se notaría. Pero si prefieres pensar en mí como tu hermano pequeño, así será—comentó jocoso, pero comprendía a la perfección que no se trataba de la edad.
— ¿Dieciséis?—Renee abrió los ojos, asombrada. Ella no había comprendido que pretendía poner a Jacob en un lugar que no le permitiese albergar esperanzas. — ¡No los aparentas en absoluto!
Después, con reproche, me riñó.
—Bella, deberías saber que yo soy bastante mayor que Phil y eso no ha repercutido en nada. —Se volvió hacia Jacob. —No la hagas caso. Bella, en algunos aspectos es muy tradicional. ¿Te apetece desayunar algo?
Iba a negarme, alegando que llegábamos tarde, cuando Jacob habló por mí.
—Pues es una idea estupenda—se autoinvitó con toda la cara.
¡Completamente increíble!
Pero antes de que pudiese replicar, mi madre ya le estaba enseñando la cocina.
— ¿Tostadas o cereales?—Le ofreció.
Puse los ojos en blanco.
—Esperad un momento. Creo que da tiempo a hacer tortitas—me ofrecí temiendo que si Renee cogiese algún electrodoméstico, quemase la cocina.
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— ¡Joder, Jake!—Exclamé sin poder contenerme. — ¿Has arreglado la moto en un noche?
Estaba no como antes, sino como si hubiese salido nueva de algún confesionario. Tenía que reconocer que era un genio.
Al mirarle a la cara, observé un gran surco morado rodeando los ojos.
— ¿No me digas que estuviste toda la noche sin dormir por arreglarme la moto?
Se encogió de hombros quitando importancia al asunto.
—Me dopado a café en tu casa. Eso servirá para aguantar una larga sesión de instituto—contestó. —Aunque siempre puedo hacer novillos. No hay nada que el colegio me enseñe.
—Vas a ir al instituto, Jake—le regañé. Me estaba pareciendo a una hermana mayor gruñona.
Después alabé el trabajo realizado con mi moto.
—Debo pagártelo.
—De acuerdo—accedió Jake.
— ¿Aceptas cheque?
—No. —Me pilló desprevenida.
—Bien…—musité. —Supongo que después del colegio, podría acercarme al banco y…
—Veo que no lo has entendido, Bells—me interrumpió Jake muy divertido. —Quiero la recompensa en efectivo. Y mis honorarios son que me permitas llevarte al instituto todos los días.
Me enseñó el asiento trasero y vi que tenía un casco compañero al suyo.
—Eso también incluye sentarnos juntos en la mesa del comedor—añadió.
—Claro. — ¿Qué daño podía hacerme?
El trabajo que había realizado no bajaba de los doscientos dólares y Jacob, no solo me la había regalado por el único precio de mi compañía, si no también me iba a ahorrar unos cuantos dólares en transporte publico. ¿Habría alguna clase de trampa?
Decidí aprovechar mi suerte y, poniéndome el casco, me subí al asiento trasero de la moto.
Jake me imitó y, pronto, mis brazos rodearon su cintura desnuda. Descubrí, asombrada, y porque no decirlo, bastante encantada, que las yemas de mis dedos eran sensibles a una musculatura dura y muy bien formada. Incluso agradecí la pequeña dosis de calor que se expandió por mi cuerpo.
—Te arreglo la moto, te llevo al colegio, te hago compañía en el comedor y te dejo sobarme de manera indebida. —Adiviné que una sonrisa petulante acompañaba a sus palabras. —Nena, deberías aprovechar la ocasión. Pocas son las afortunadas.
Arrancó la moto y, antes de lo esperado, fuimos perdiendo la playa que rodeaba mi casa.
—No abuses de tu suerte—le avisé.
Tenía que reconocer, que por primera vez, estaba sonriendo y no era una mueca ensayada.
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—Cada vez que pienso que no pude corregir los comentarios de texto durante el fin de semana, más he agradecido a mi mujer que me mandase hacer las tareas del hogar. Me han evitado que sufra un colapso. Nunca he visto comentarios de textos tan horribles como éstos—nos gritó el profesor Robertson mientras entregaba nuestros trabajos sobre Jane Eyre. —No he visto cosa igual en mis veinte años como docente. ¿Y vosotros sois el futuro? Avisadme cuando ingreséis en la universidad, así me dará tiempo a mudarme del país…
Todos estábamos sobrecogidos con la bronca del profesor de literatura. A mi lado, podía oír los sollozos de Amy. Ella creía que sus opciones para entrar en una buena universidad se esfumaban.
Por lo menos, algunas personas se lo tomaban con humor.
—Debería renovar el discurso—escuché a uno de los repetidores que se sentaban en el fondo de la clase. —Lo llevo escuchando desde el año pasado, y al final todo el mundo acaba graduándose.
—Empiezo a pensar que le gusta mi discurso, señor Anderson. —Le entregó su trabajo dando una sonora palmada en su mesa. —Va camino de repetir otro año.
Anderson, desafiando al señor Robertson, empezó a jadear, elevando el trabajo como si en lugar de una F hubiese sacado una A.
Ignorándolo, éste siguió entregando trabajos con una nota sarcástica en su voz.
—Señorita Mason, empiece a pensar que la belleza es una virtud pasajera y tendrá que vivir de algo más que su cara bonita.
También tuvo palabras duras para nuestro campeón de futbol:
—Señor Wings, espero que confíe en la buena disposición de sus rodillas. Si se lesiona, se le acabó el chollo.
Vi como unas gotas de sudor empezaron a recorrer las sienes de Amy cuando el profesor se acercó a su mesa y empezó a buscar su trabajo.
—Incompleto y bastante superficial—se reservó cualquier palabra sarcástica con ella.
Tener una letra C con este profesor era un merito.
Amy, no obstante, no lo veía así. Empezaron a salírsele las lágrimas, haciendo caso omiso a mis palabras de consuelo.
—Es una buena nota comparada con los demás. Y eso solo es una decima de la nota final. No significa nada.
— ¡Es un pequeño trozo del todo, Bella!—Sollozó.
La ignoré, esperando que el profesor me entregase mi trabajo y me dedicase una de sus frases.
En lugar de eso, me dijo:
—Señorita Swan, quiero hablar con usted después de clase.
Y se fue repartiendo los trabajos.
Después de cincuenta horribles minutos donde el profesor nos explicó como debíamos haber hecho el trabajo con todos nuestros fallos, sonó el timbre para el almuerzo. La congoja desapareció y todo el mundo salió disparado, olvidándose de las malas puntuaciones. Solo yo me quedé, esperando lo que tenía que decirme.
— ¿Profesor Robertson?—murmuré para llamarle la atención.
En lugar de decirme algo, me puso mi trabajo sobre la mesa. Tenía un A plus. Me sentí confusa, no entendía por qué no me lo había dado con mis compañeros.
—Creo que no tengo nada más que añadir—comentó.
—No—susurré para luego añadir: — ¿No pensará usted que he copiado?
Se rió negando con la cabeza.
—Te he visto hacer comentarios en clase y todos ellos han tenido la calificación más alta. Además, hablando con tus profesores, sé que tus notas son muy altas y tienes un cuatro noventa de media. Tal vez seas callada y poco participativa, lo que te resta puntos para la matricula. Pero puedes enorgullecerte de poder tener a las grandes universidades en jaque para tenerte.
¿Y eso era todo lo que tenía que decirme?
Me dispuse a levantarme.
—Gracias, y si me disculpa, tengo que bajar al comedor. Solo tengo una hora para comer.
— ¡Un momento, Swan!—Me detuvo. —Lo que tenía que decirte era que uno de los empleados de mi sobrina, en la tienda de fotografía, se ha puesto enfermo. Me comentó tu madre que te gustaba mucho la fotografía y necesitabas un trabajo. No será muy difícil, tan solo revelar y pasar a soporte digital las fotografías. Cuatro horas a la semana y no te quitará mucho tiempo para estudiar.
¿Mi madre había hablado con el profesor Robertson sobre mí? La estaba subvalorando cuando la veía bostezar en las tutorías de introducción a la universidad.
— ¿Estás interesada?—Inquirió.
—Es una buena oportunidad. —Era mi forma de decir sí. —Eso me permitirá ahorrar algo de dinero para la universidad.
—Existe la opción de la beca.
—Toda ayuda viene bien.
—También sería bueno dejarte ver por las mesas de los informadores de las universidades—me reprochó. —Aun no te he visto informarte para ninguna ni rellenar formularios.
Traté de disculparme por mi desinterés.
—Pensé que aun tenía algo de tiempo. Es un poco precipitado decidir tan deprisa.
Éste negó con la cabeza.
—La verdad que no hay mucho tiempo. —Me enseñó un reloj. —Tic, tac, tic, tac…Se te está acabando y de alguna manera tienes que salir del mundo imaginario donde te escondes y empezar a enfrentarte a la realidad y buscar tu sitio en ella.
No estaba segura—o más bien sí estaba convencida—que la universidad me ayudase a encontrar mi sitio. Aun así, le prometí que echaría un ojo a las informaciones de las universidades.
—Una cosa más—me dijo antes de irme:—Quiero que me hagas unos deberes especiales. Solo para ti y tendrás hasta el final de curso para terminarlo.
¿Sería algo para subir nota?
— ¿De qué se trata?—Inquirí.
—Quiero que busques un poema de Elizabeth Bishop llamado El arte de perder y lo leas. Después, me dirás qué significado tiene para ti. Y esta vez olvida los tecnicismos. Quiero que digas como repercute en tu vida.
No veía que dificultad tendría aquel trabajo extra, por lo que accedí hacerlo.
Jacob, al juzgar por la postura distendida sobre la pared, llevaba esperándome un buen rato. Le sonreí a modo de disculpa y él correspondió ampliamente.
—Trabajo extra—le comenté. —Se nota que se va acercando la graduación.
Exclamó la palabra deberes como si se tratase de una palabrota.
—Tendría que estar catalogado como esclavitud del siglo veintiuno.
Al salir el profesor Robertson de clase, se fijó detenidamente en Jacob y su torso desnudo y le dedicó una mirada reprobatoria.
—Joven, esto es un instituto, no una playa para ligar con jovencitas. Haga el favor de ponerse una camiseta o yo mismo me encargaré de mandarle a la playa durante tres días.
Jacob no se dejó amedrentar por las amenazas de expulsión.
—No sabe como se lo agradecería—le contestó burlón. —Así yo tendría una buena excusa para tumbarme en la arena sin que mi hermana me reviente los oídos con la cantinela de ir a clase.
Lo que más odiaba el profesor Robertson era un alumno sublevándose.
—Tal vez sea por lo poco que usted pisa la clase, pero me suena que es usted…
—Jacob Black—le interrumpió arrogante.
—El mismo Jacob Black que ha escrito el trabajo invisible de Romeo y Julieta.
Jacob arrugó el ceño.
—Lo siento, profesor, pero no recuerdo haberle entregado ningún trabajo de Romeo y Julieta.
—Porque no lo ha entregado—le recordó con un tono que no permitía burlas. —Aun sigo esperando que lo haga. Al igual que el de Rey Lear y Macbeth. ¿Le suena Shakespeare, señor Black?
Jake se encogió hombros.
— ¿El pavo que veía la vida como una tragedia?—le vaciló. —No me gusta conocer a gente que tiene una visión tan negativa de la existencia humana.
Viendo que no podía con Jacob, el profesor Robertson se fue alejando de nosotros, no sin antes, formular una amenaza a Jacob.
—Si no aprovecha las oportunidades que se le dan, se verá tumbado en una playa, borracho, enfermo e inculto. Así que haga el favor de tener un poco más de humildad con sus mayores y haga un esfuerzo por mantener la beca que tiene. Mucha gente le gustaría estar en su lugar—le avisó. —Y deje de lucir sus pectorales de playa. No es lo suficientemente bueno para vivir de su cuerpo, Black.
Después, se volvió hacia mí:
—Señorita Swan, si no puede hacer un hombre de provecho de su amigo el metro sexual, por lo menos no se deje influenciar por él.
Jacob se empezó a carcajear y le propiné un codazo en su maravillosa musculatura. Me hice daño en el hombro.
— ¡Se serio!—Le advertí. —No creo que sea el comienzo de un buen año escolar, provocar a un profesor al que vas a tener tres años seguidos. Y si no entregas los trabajos, te veo friendo hamburguesas grasientas en un bar de carretera de mala muerte.
Resopló.
— ¡Universidad! ¿Para qué demonios me va a servir recitar a Shakespeare siendo mecánico? Las tuercas se engrasarían solo de oírlo.
— ¡No puedes ser tan negativo!—Le reñí. —Nunca puedes saber lo que te deparará el futuro. La universidad no está tan lejos de tu alcance como piensas. Solo tienes que esforzarte un poco más y entregar esos malditos trabajos.
Se burló de mí.
—El cerebrito del equipo eres tú, Bells. Vales de verdad. Yo solo soy un zoquete que apenas sabe sumar dos más dos.
— ¡No!—Protesté. —Con ese espíritu no vas a llegar a ninguna parte…
—No soy negativo. Solo reconozco mis limitaciones. Aunque no te lo creas, las tengo. —Puse los ojos en blanco. —He sido bendecido con noventa y cinco virtudes; llegar a cien es muy difícil.
—La modestia no es una de ellas—le remarqué.
Ignoró mi comentario, y con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
—De todas formas, eso no importa. Algo me dice que no voy a vivir mucho. Incluso, dudo que llegue a los veinte años.
Decidí tomarme a broma aquellos comentarios. El corazón se me paraba en el pecho solo de pensarlo.
— ¿Vas a tomar drogas de las duras y acompañarlo de litros de alcohol barato?—Ironicé. —Porque si no lo haces así, vas a tener una vida muy larga. ¡Estás más sano que una roca!
—Hazme caso, Bells—me anunció. —Una persona siempre intuye cuando su hilo de existencia se corta. Y a mí no me queda demasiado.
Intenté alejar un mal presentimiento de mi cabeza.
—Me recuerdas a un héroe griego que decía preferir una vida corta y gloriosa que larga e ignominiosa.
—Un tío muy listo. ¿Quién era?
—Se llamaba Aquiles. ¿No has visto a Brad Pitt en Troya?
Me dedicó una mueca.
—Lo siento, estaba distraído con la chica de la peli. ¿Qué fue de Aquiles? ¿Llegó a viejo?
Me reí.
—Si llamas viejo a una persona que no llegó a los treinta años…
—Pero seguro que vivió espléndidamente lo poco que lo hizo—contestó. —La verdad que si te lo quieres montar bien, puedes. Mira esa actor que hizo tres películas y todo el mundo le recuerda…
—Jake, no vas a imitar a James Dean. —Mi voz sonaba a suplica. —Tienes que quedarte aquí todo el tiempo que puedas.
Un brillo asomó por sus ojos oscuros. ¿Calidez? ¿Cariño?
La incertidumbre recorrió mi cuerpo. Me sentía tan arropada como incomoda con ese intento de atención. Era como si Jacob quisiese derribar todas las barreras que me había impuesto. Odiaría hacerle daño imponiéndole sus límites.
Habíamos llegado al comedor y estábamos eligiendo nuestra comida. Me paré varios minutos decidiéndome entre un pescado a punto de pasarse o una hamburguesa grasienta.
Decidí pasar de ella y cogerme más ensalada, cuando vi que Jacob me añadía una hamburguesa en mi plato.
—Debes comer más—me dijo en tono autoritario cuando le miré con cara de pocos amigos.
—No tengo demasiada hambre, Jake—me excuse. —Además esta hamburguesa no me inspira mucha confianza. Casi me comería las paredes alegando tener pica (1).
—Seguramente, te pondrían en plato el filete más suculento del mundo y no lo comerías—me echó a la cara. —No sé que pretendes hacer con tu vida. Si quieres entrar en fase borde-line y jugar con las fronteras de la anorexia. O tal vez, tu dieta ideal sea hematófaga.
Pretendí creerme que ese comentario había sido muy inocente. Pero el tono de irritación de su voz me indicaba que no.
Exasperada, me senté y empecé a comerme la ensalada con fruición.
Jacob se sentó enfrente de mí, observando cada hoja de lechuga que me llevaba a la boca.
— ¿Qué?—Pregunté picajosa. — ¿Vas a cortarme la hamburguesa en pedacitos y dármela en aviones para asegurar que me la como?
Inesperadamente, Jacob cogió el plato y empezó a cortar la hamburguesa en pequeños trozos. Cuando terminó, pinchó un pequeño trozo y lo dirigió a mi boca.
—Un avioncito pide permiso para aterrizar—canturreó: —Abre tu boca.
Me eché a reír de manera histérica.
— ¡No jodas, Jake!—Chillé de tal manera que todos los alumnos del comedor se giraron para mirarme.
Sí, Bella la frikie había perdido la cabeza del todo.
Lisa dejó de mirarme para fijarse en Jacob. Y por el brillo de sus ojos, le gustaba mucho lo que estaba observando. Sentí la necesidad de mandarle el mensaje subliminal de dejar de meterse en mis asuntos y mimar más a su amigo con derecho a roce.
¿Y mí que me importaba que Jacob se interesase por Lisa? Tendría que alegrarme por él.
Sin embargo, Jacob no daba ninguna señal de hacerla el más mínimo caso.
Para provocarla, abrí la boca y me comí aquel trocito de hamburguesa. Lisa agachó la cabeza para dejar de mirar a nuestra mesa.
Después, me reí tontamente.
—No es nada, Jake. Solo una broma privada—le contesté de buen humor cuando me interrogó con la mirada. Después cogí mi plato: —Creo que ya puedo sola.
Y me metí dos trozos de buen tamaño sin apenas saborearlos.
— ¿Vas a hacer algo después de las clases?—Preguntó. —Supongo que tendrás muchos deberes y trabajos por la universidad.
— ¡Hum!—Bebí un sorbo de coca-cola mientras pensaba. —La verdad es que no. Debería pasarme por las mesas de información de universidades, pero solo lo haré para que mis profesores dejen de atosigarme. La verdad, que no tengo objetivo muy claro sobre esa salida.
Alzó la ceja, sorprendido.
— ¿No sabes si vas a ir a la universidad? Pensé que era una prioridad para todo el mundo.
—Del mundo que procedía, no era una opción—mi voz se vio empañada por la nostalgia. —No era algo que tuviese en mente.
Su brazo se alargó a través de la mesa y extendió su mano hasta encontrar la mía y estrecharla entre las suyas. Era tan cálido.
—Ahora estamos en otro mundo. —Me llamó la atención aquel plural. —Creo que va siendo hora de hacer planes en éste. ¿No crees?
Me encogí de hombros.
—No me malinterpretes. Iré a la universidad, pero no este año. Quiero tomarme un año sabático, viajando por todo Estados Unidos y así veré cual me convence más.
Se acarició la barbilla mirándome interesado.
—Puede ser una opción—meditó. —Espero que aceptes acompañante. Me has dado envidia de la sana.
Decidí bajarle de las nubes disimuladamente pero firme.
— ¡De eso nada, jovencito!—Le negué con el dedo. —No quiero que me acusen de pervertir a los menores. Tú tienes que terminar el instituto y después ya veremos si te llevo para que me sujetes las maletas.
Emitió una carcajada sarcástica.
—El instituto es una mierda… ¡Vamos, Bells! ¡Déjame cumplir mi sueño de morir joven y haciendo locuras!—Me suplicó pero no cedí un ápice: — ¡No jodas! Bueno, ya he cambiado de aires de las nubes de Forks al sol de Florida.
Eso me hizo recordar algo y me puse seria.
— ¿Cómo llevas el cambio?—Pregunté preocupada por él.
Resopló.
—Es una maraña de sentimientos contradictoria—meditó. —El sol y las olas de Jacksonville son perfectas. Y es más fácil vivir con Rebecca que con Billy. —Retorció la boca. —Pero echo de menos a la pandilla…Aunque Sam…
— ¿Qué ocurre con Sam?
Cada vez que me acordaba de Sam, recordaba sus ojos recelosos y penetrantes. Se me revolvía el estómago.
—No es lo que piensas. Sam es un buen tío… ¡Genial!...—Trató de excusarle.
—Hay un pero, Jake—le interrumpí.
—Es un tío que le gusta mantener todo bajo control—explicó. —Es alguien muy importante en la comunidad y tiene el deber de preocuparse por cada uno de nosotros…Incluso cuando estamos lejos…
—Y no quiere perder el control sobre ti, ¿cierto?—Deduje. Y luego le hice notar el tatuaje. —Por ejemplo eso que tienes en el hombro. ¿Qué es lo que significa?
Empezó a señalarme partes.
—Es un círculo porque se supone que trata de las fases de la luna: Creciente, menguante, llena y nueva. —Luego puso el dedo donde había un animal con forma de lobo. —El lobo es el espíritu guía y defensor de los Quileutes.
Seguramente Sam se lo mandaría hacer. ¿Cuánto poder tendría incluso estando tan lejos?
Jacob trató de restarle importancia.
—No tiene la mano tan larga y además tú me protegerás, ¿verdad?
Asentí. Pero yo lo hice de forma más seria que él.
Empecé a comerme la manzana y Jacob decidió volver al tema primigenio.
—Antes de ponernos nostálgicos, te preguntaba si…
El móvil que llevaba Jacob empezó a sonar y éste suspiró resignado.
— ¿No me digas que llevas el móvil con el sonido puesto en clase?—Me asombré que fuese tan sumamente descarado.
Chasqueó la lengua.
—La profesora de trigonometría está sorda como tapia y su clase aburrida—dijo. Se dispuso a sacar el teléfono: —Éste debe ser el gilipollas de Quil para preguntarme si he ligado con alguna rubia en la playa.
Pero al mirar el número en la pantalla, empezó a descomponerse y sus dedos a temblar. Intuía problemas. Hizo el amago de guardarlo sin cogerlo, pero yo casi le obligué:
—Podría ser importante.
—Créeme; no lo es.
Pero al mirar mi rostro curioso, se debatió entre tener que responderme un montón de preguntas y enfrentarse a una llamada incomoda. Respiraba frenéticamente y estaba temblando de arriba abajo.
Finalmente, dio al botón de descolgar y se puso el móvil a la oreja. Me hice la distraída con la manzana para darle mayor margen…y de paso escuchar disimuladamente. No se trataba de Quil.
Aun queriendo ser discreta, temblé al oír la voz de Jacob dirigiéndose a su interlocutor. No solo era enfado. Parecía odio en estado puro y eso me ponía los pelos de punta.
—¿Qué demonios haces llamando ahora mismo?—Le advirtió.—Te dije que no era buena idea que te interpongas en mi trabajo…Sí, estoy con ella y está…Bueno, tú ya sabes en que jodido estado la dejaste, así que empieza a asumir tus culpas y déjame reparar tus…¿Has terminado? ¡Pues deja de meter tus narices! Te cuelgo. Tengo un profesor de literatura al que vacilar…
Seguramente le dejaría con la palabra en la boca, cuando colgó y guardó el móvil en el bolso de su mochila.
No solo yo estaba mirándole incrédula.
— ¡Valiente cabrón!—Soltó una maldición.
Esperé a que se calmase antes de atrever a preguntarme.
—… ¡Un jodido entrometido!—me bufó. Luego, respiró profundamente y se relajó: —Es un cliente gilipollas al que le estoy haciendo un trabajo muy delicado. Deja las cosas hechas una mierda y nos responsabiliza a los demás. —Se pellizcó el arco de la nariz. —Menos mal que está muy lejos de aquí…Si no, sería capaz de chuparme la sangre.
Intenté reírme tontamente de la broma que había realizado, pero la sangre se me había congelado en las venas. Tenía que enterarme quien había puesto en tal estado de crispación a Jacob.
Me aseguré que se había relajado lo suficiente para poner en marcha mi estúpido plan.
—Jacob, ¿me puedes hacer un favor?—Le pedí de manera edulcorada. —Tráeme agua de la maquina de la puerta del colegio. La marca es mejor que la que venden en cafetería.
— ¡Hum!—Gruñó. — ¿No puedes levantarte tú a por ella? Tienes un par de hermosas piernas para hacerlo.
Parpadeé de manera coqueta.
— ¿Es así como se comporta un caballero?—Me hice la ofendida. —Por favor. Estoy muy sedienta y no creo que aguante una clase de biología así.
Al final, acabó cediendo a las malas artes femeninas.
—Tendrás que hacer lo que yo te diga en una semana—me amenazó y salió de la cafetería sin aceptar el billete que le tendía.
Calculé que tenía cinco minutos para llevar a cabo mi estúpido plan, sin contar nerviosismos ni meteduras de pata.
De manera nerviosa y desorganizada, me coloqué en su sitio y hurgué en su mochila hasta dar con el móvil.
Di al botón de últimas llamadas, con la desilusión que el número no se reflejaba. Debía haber sido realizada con número oculto.
Para perpetrar más en el delito, investigué en los mensajes.
Nada. Lo único que había eran sms de Rebecca, Kaichi y sus amigos de La Push.
Uno de Quil me hizo poner los ojos en blanco.
"¿Operación Bella Swan completada? Tío, haz el favor de desvirgarte con una experimentada. ¡Cabrón afortunado!"
¡Por encima de mi cadáver! ¿Qué les habría contado Jacob a sus amigos sobre mí?
Volví a dejar el móvil en su sitio y me coloqué en mi asiento, dedicándole una sonrisa radiante de agradecimiento en cuanto vi que Jacob se acercaba con la botella de agua.
Éste me la tendió y la abrí para dar un gran trago, esperando simular la culpabilidad por haberme metido donde no me llamaban.
— ¿Qué me ibas a decir de hacer después de clase?—Le pregunté después de beberme media botella.
Carraspeó para hablar.
—Podíamos ir a la playa que rodea tu casa—me sugirió. —Seguro que en todo el tiempo que has estado ahí, no has disfrutado de un poquito del sol. Eres una chica afortunada y no te das cuenta de la suerte que tienes.
—No—admití. —Vamos a la playa, pero me tienes que prometer que hacemos los deberes—le exigí. —Rebecca no me dejará salir contigo.
—Se supone que debes ser mi esclava por una semana.
—Se supone que si yo voy a la playa, tú debes hacer los deberes. Se llama trato.
— ¡Joder!—Exclamó. —Tú ganas. Pero después del deber, el placer.
—Trato hecho. —Chocamos las manos.
Y de esa forma, tan sencilla y desprevenida, Jacob Black se introdujo en mi ciclo, matando mi soledad.
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(1) Pica es un trastorno debido al déficit de calcio en sangre, por el cual se comen las paredes.
*Maggie se aclara la voz* Sé que dije que hasta que no terminase When the stars go blue (del cual nme falta capitulo y medio para acabar), no subiría en ningun fic más. Pero ya tenía medio capitulo escrito de éste y le echaba mucho de menos. Por lo tanto, aquí estoy colgando. Tardaré un poco (no mucho más) en actualizarlo, pero cuando tenga When acabada, me meteré de lleno con éste y underneath. Muchas gracias por los rrs, alertas y favoritos (y recalco, MUCHAS gracias por los rrs).
Solo quiero aclarar varias cosas:
-Mis retrasos se deben a avatares de la vida real, y no porque me guste hacerme la interesante y la remolona haciendoos esperar por los capitulos. No me parece justo para nadie, pero como hay personas que han insinuado que eso lo hacemos las autoras para ganar rrs, yo aclaro que no es, ni mucho menos, así. Por lo menos por mi parte. Yo sufro con eso, de verdad y nunca lo he usado como forma de chantaje.
-Sí, la trama va lenta. Muy lenta para algunas, pero tened en cuenta que estamos en el principio. Ya nos meteremos en calentito más adelante...xDDDD. Al fin y al cabo, es un fic de acción.
-Es rating M. ¿Eso significa que puede haber sexo?...xD...(Tany, no saques el cuchillo jamonero que aqui puede pasar de todo)
-Como ya he ido anunciando, en este fic, alguien VA a morir. Fijaros en los detalles y empezad a hacer quinielas. Me va a resultar muy interesante ver vuestras hipotesis de quien creeis que voy a cortar el hilo. Vuelvo a deciros que esto pudes darse la vuelta en cuestión de capitulos. Haced apuestas.
Y hasta otro capitulo:
Maggie^^
