Disclaimer: Santa Meyer los crea y ellos se juntan. Yo sólo me encargo de liarles un poco.


Dreamcatcher


—Tal vez sea una apreciación personal, pero, mi querida Isabella te veo mucho mejor que en las ultimas sesiones.

La doctora Norman se quitó las gafas para observarme fijamente. Sonrió satisfecha al ver que tenía mejor color de cara que otras veces.

Pero se equivocaba completamente si pensaba que su estúpido psicoanálisis y sus pastillas habían surgido efecto.

Jacob, la playa y el sol habían hecho su trabajo a la perfección, sólo que no podía decirle a Renee que ya no iba a seguir el tratamiento. Había pagado para varias sesiones y Phil se había mosqueado con ella por tirar el dinero de esa forma.

Me hubiera encantado decirla que Jacob hacía un trabajo excelente sin la necesidad de títulos, pero debía aparentar que se trataba de la panacea para todos mis males.

—La verdad que me encuentro muchísimo mejor—la conté sinceramente: —Tengo un buen trabajo después de salir del instituto, me estoy interesando por alguna universidad para el año que viene…aunque también me gustaría viajar por Estados Unidos para ver cual puede ser la mejor universidad…

— ¿Sabes que necesitas un futuro?—Ya tuvo que poner la banderilla. Siempre lo hacía para que pareciese completamente inocente. Pero estaba segura que sabía dar donde más dolía. —Renee y Phil no van a estar toda la vida cuidándote. Tal vez tu viaje por Estados Unidos sea un capricho que no deberías darte.

Estuve a punto de contestarla que yo era su paciente y ella no era un agente infiltrado que trabajaba para Phil y Renee. El estar más pendiente del mundo que me rodeaba también tenía sus inconvenientes. Hasta el momento, no me había dado cuenta de lo pedante que podía resultar esta psicóloga.

—Cuando termine la secundaria, tendré libertad para irme donde yo quiera. Soy bastante consciente que Renee no puede pagarme mi capricho, por eso estoy ahorrando. Para poder hacer lo que quiera sin que nadie me diga nada.

Simuló su disgusto por mi respuesta tan cortante escribiendo unas notas en su cuaderno. Luego, prosiguió con su interrogatorio. Esta vez las preguntas se centraban sobre Jacob.

— ¿Qué puedes decirme de Jacob?

—Es un amigo de la infancia. Se ha mudado de Forks a Jacksonville y nos hemos encontrado aquí. Ha sido un completo bálsamo…

Y aquello era quedarme demasiado corta. En realidad, Jacob se había convertido en uno de los pilares más férreos a los que sostener esta nueva…existencia.

Había convertido un mundo lleno de tinieblas y tonos grises en algo que merecía la pena permanecer…por lo menos durante un tiempo. Y todo gracias a ser un chico cálido y completamente brillante. Un sol. Siempre había una nube que le cubriría, pero su personalidad arrolladora permitía que algún rayo solar llegase hasta la tierra yerma y la alumbrase y diese calor.

¡Era tan maduro, pero a la vez tan irresponsables! Era incapaz de negarle una sonrisa sincera.

— ¿Un amigo?—Inquirió curiosa. —Cuando me hablas de él no puedes simular una sonrisa.

—Con Jacob es imposible estar triste o enfadada. Tiene un magnetismo especial que te hace estar contenta sin importar las circunstancias.

— ¿Amigo?—No me gustó demasiado aquella entonación tan exagerada.

—Sí, amigo. —Me puse a la defensiva. —Todo está bien tal como está ahora mismo. No tengo intención de dar un paso más en ningún sentido. Todo funcionará si permanece como está.

—Pero tú no puedes evitar que las cosas evolucionen, al igual que los sentimientos. Hoy puede que lo veas como un amigo, pero, ¿y el mañana?

Negué rotunda con la cabeza. Pondría la mano en el fuego sin quemarme a que algún día Jacob llegaría a ser alguien muy querido por mí. Pero había muchas clases de amor. Yo podría generar un amor diferente, exclusivo para él, pero nunca sustituir el uno por el otro. Aquello sería mezclar aceite con agua.

—Es muy difícil predecir como van a evolucionar las relaciones humanas—me limité a decir. —No es una ciencia exacta. Ojala todo fuese tan sencillo como prever si va a llover o hacer sol.

Pensé, con dolor, que ni siquiera Alice sería capaz de hacerlo. Aunque ella sí sabría que mi corazón—roto y pisoteado—pertenecía a su hermano, por mucho que éste lo despreciase.

—Lo que quiero decirte, Isabella, es que nunca digas no y no cierres puertas. Y mucho menos, por querer conservar un pasado que no volverá nunca.

— ¿Qué es lo que quieres decir?

Se volvió a poner las gafas y me miró fijamente mientras entonaba, intencionadamente, cada palabra:

—Si no puedes tener a las personas que te quieren, ¿por qué no hacerlo con quien sí te quiere?

No tenía una respuesta para ello. Por lo que me limité a apoyar los codos sobre las rodillas y enmarcar el rostro entre mis manos. Era una opción muy sensata, pero avocada al fracaso.

Una vez hubo sembrado la incertidumbre en mi tranquilo y oscuro subconsciente, se dedicó a hojear mi diario de sueños. Se lo encontraría vacio.

Me parecía demasiado personal—hasta rozar lo obsceno—que quisiese meterse en aquella parte de mi mundo real. Los sueños—oscuros, tenebrosos, siniestros, dolorosos—eran el ultimo vestigio de aquel mundo al que realmente pertenecía. Y no le iba a permitir que se inmiscuyese.

—Lo siento. Últimamente, no recuerdo lo que he soñado y no es que me importe—mentí.

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— ¿Ya has sido declarada loca de remate con diploma?—Alzó una ceja Jake al verme salir de la consulta.

Estaba realmente imponente y arrogante con los brazos cruzados e inclinado en la moto. Y como ya era costumbre en él, descamisado para enseñar sus desarrollados pectorales.

—No la necesito para decirme lo que ya sé. —Le sonreí de manera inconsciente. —Pero mi madre se empeña en gastar el dinero.

Esta vez, le tocó a él ser serio.

—Sólo intentan que estés mejor.

—Ya estoy mejor. —Le acaricié el músculo de su brazo. —Y no ha sido por ella, precisamente.

Me dedicó una mueca burlona:

—Chofer de moto, acompañante de instituto, profesor de surf…, loquero particular… ¡Bells, exijo un aumento! ¿Cuándo voy a pasar a ser amante compañero de cama? Aunque también me gustaría probar en el coche.

Le pegué para simular que me lo había tomado a broma. Pero quería indicarle los límites para que no se hiciese ilusiones.

Me monté en el asiento trasero de la moto y me puse el casco que me había comprado para ir con Jake en moto.

—Tengo que ir a trabajar esta tarde un par de horas—le informé para cambiar el tema. —Pero como es viernes, podemos hacer algo por la noche. No surf, porque sería muy tarde, y si no veo la tabla de día, no me quiero imaginar de noche. No entiendo como no tengo aún conmoción cerebral.

—Tienes la cabeza muy dura.

—Y tú muy poca vergüenza.

— ¿Qué es lo que tenías pensado?—Inquirió.

Me encogí de hombros.

—Algo tranquilo. No sé si habrá alguna película en la cartelera que sea un poco gore…

— ¿Gore?—Puso los ojos en blanco. —No quiero imaginarme lo que será para ti las emociones fuertes…

—No quieras saberlo—susurré para mí misma. Luego, elevé el tono de voz: — ¿Tú no eras el chico fuerte y valiente que no tenía miedo a los asesinos psicópatas y zombies?

—No tengo miedo, Bells—replicó picajoso. —Pero, incluso un chico fuerte y valiente como yo querrá hacer algo más apropiado para San Valentín.

Abrí los ojos desmesuradamente. ¿Era San Valentín? ¿Como podía olvidar hasta el día en que vivía?

— ¡No jodas, Bells!—Se dio un golpe en el muslo. —Apuesto diez contra uno a que lo habías olvidado.

Asentí.

— ¿En que mierda mundo paralelo vives, chica? ¿Acaso no has visto a la gente en el instituto con ramos de flores y bombones? Si vives rodeada de publicidad que te hace pensar que sólo vas a vivir para este día. Si no compras nada a tu pareja, se acabará el mundo…o por lo menos, el mundo romántico con tu pareja.

¡Cierto! Por eso la estúpida de Lisa nos estaba restregando el lustroso anillo que Matthew le había regalado junto a una hermosa docena de rosas rojas.

—Lo siento, Jake—me disculpé. —Pero nunca he tenido un motivo para celebrar San Valentín. Y ahora, menos que nunca.

Me tenía que haber callado la boca. La sonrisa desapareció de sus labios hasta formar un gesto serio y sus ojos brillaban decepcionados.

— ¡Claro!—Chasqueó la lengua. —Me tenía que haber imaginado que no iba a ser nuestro día. He sido un tonto por planear todo para que fuese una velada especial.

Dio una patada a un bote de refresco con energía, enviándola al otro extremo de la calle.

Había herido sus sentimientos, por estúpida.

—Jake, —le agarré del brazo—, siento haber sido tan brusca, pero no celebro San Valentín, como tampoco lo hago con la navidad ni ninguna fiesta importante. Pero algunas cosas pueden cambiar. Quería hacer algo contigo esta noche y si habías preparado algo, bienvenida sea.

Me miró fijamente.

—El día de San Valentín también es el día de la amistad—me informó. — ¿Al menos eso me lo vas a conceder?

Comprendí a lo que se refería.

Cogí su mano y la estreché con fuerza en la mía.

—Eso siempre, Jake—afirmé. —No importa lo que pueda pasar; mi amistad la tendrás siempre.

Me dio un cariñoso apretón en los dedos.

—Pensé que me ibas a dejar en la estacada con el plan. He matado cientos de neuronas planeando la velada perfecta. Y odio pensar demasiado… ¡Me sobrecalienta la cabeza! ¡Y por no hablar de todas las tiendas que he recorrido para comprarte un regalo!

— ¿Me has comprado un regalo?—Si se lo había tomado enserio.

Resopló para quitarse un mechón de la cabeza.

—No te emociones demasiado, Bells. Al final no me he gastado nada. Billy me enseñó a hacer manualidades y me he decantado por algo artesanal.

—Es lo mejor que podías regalarme. —Sonreí.

—No te emociones. —Enarcó una ceja.

Me sentía como una completa egoísta. Ahora tendría que ir a comprar un regalo a Jake para no quedar como la gánster que propició la matanza de San Valentín.

— ¿Qué es lo que has planeado?—Pregunté realmente curiosa. No era muy buena para las sorpresas.

Jake me guiñó un ojo.

—Limítate a coger algo muy elegante e ir a mi casa después del trabajo—me ordenó. —Lo demás, será una autentica sorpresa.

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Rebecca me ayudó a prepararme, haciéndome un complicado recogido.

—Gracias—le dije cuando se dio por satisfecha y acabó por darme los últimos retoques.

Tenía que admitir que había adquirido un color más brillante de cara, aún pálida y con las ojeras tatuadas bajo mis ojos.

Temblaba ante lo que Jacob hubiese planeado para la ocasión, pero me había dado la excelente excusa para volver a usar aquel vestido azul tan caro.

—Es precioso—señaló Rebecca. —Me pareció verlo en una tienda y era carísimo…

—Es una imitación. No puedo gastarme tanto en un traje. —Alguien lo había hecho por mí, pero no creí que eso importase.

Sonrió a la imagen que estaba en el espejo.

—Tendré que comprar un babero a mi hermano. —Me puso las manos en los hombros y me giró para observarme mejor. — ¡Dios mío, estás preciosa!

Luego bajó la mirada a mí cuello y sus labios fruncieron con desaprobación al observar el crucifijo.

—Aunque ese colgante no te vaya nada. —Chasqueó la lengua. —Voy a mirar a ver si hay algo azul.

— ¡No!—La detuve bruscamente. Luego, me serené y la expliqué: —Este colgante y yo vamos siempre juntos…

— ¡Oh! ¿Te trae suerte? Yo también tengo algunas joyas, o más bien baratijas, con las que no puedo salir a la calle si no me las pongo. —Me enseñó una pulsera de difícil trazado en cuero. —Me la trazó Billy cuando era pequeña. A mí y a mi hermana Rachel.

Sonrió con cierta nostalgia.

— ¿Echas de menos Forks?—Inquirí de manera inocente.

Frunció el ceño antes de darme una contestación:

—Siempre sientes nostalgia por el lugar donde naces. Sin embargo, si me diesen de nuevo la oportunidad de salir de allí y quedarme en Forks, hubiese hecho lo mismo. ¿Sabes, Bella?—Torció la cuerda de su pulsera—, Billy no le gusta mucho Kaichi.

Kaichi era una persona risueña y encantadora y hacía feliz a Rebecca. Definitivamente, no entendería las manías del viejo Billy Black.

—Él no tiene que decirte con quien debes estar—intervine tímidamente.

—No, si mi padre no ha dicho una sola palabra en contra de mi marido—me corrigió. —Es la forma fría como lo trata. Según él, yo tendría que haberme quedado en la reserva para perpetrar el legado de los Quileute. Cuando me fui de Forks y conocí a Kaichi sé que le causé un gran disgusto a mi padre. Le hubiese gustado que me hubiese quedado con algún joven de nuestra tribu para que la sangre de los Black no se perdiese.

— ¿La sangre de los Black?—Me sobresalté al mencionar la palabra sangre.

Rebecca eligió sus palabras con sumo cuidado. Como si fuese la portadora de un secreto:

—Tú has pasado mucho tiempo con nosotros, Bella. Deberías saber que nuestra tierra está impregnada por las leyendas. Eso afecta a los habitantes y personas como Billy, y después Sam Uley, se han encargado que no mueran.

Por el tono que estaba hablando de Sam, intuí que a ella tampoco le gustaba demasiado.

—Ahora está muy lejos de aquí—le animé.

Suspiró pesarosamente. Sabía de quien estábamos hablando.

—Eso espero—murmuró. —Jake también está demasiado metido en las leyendas para librarse de su influencia…

—Pero ahora está aquí—la consolé.

Me cogió de las manos y me dijo con rotundidad:

—Bella, por favor, haz todo lo que esté en tu mano para hacer que Jacob se quede aquí.

— ¿Todo?

—Todo—repitió con determinación.

Sin conocer las consecuencias que mis palabras traerían prometí hacer permanecer a Jacob en Jacksonville.

El claxon de un coche interrumpió aquella incomoda conversación y Rebecca se levantó para mirar por la ventana. Contuvo un grito de sorpresa.

— ¡Joder!—Sin embargo, se le escapó una palabrota. Enseguida me llamó para que viese el espectáculo. — ¡No puedes perdértelo! ¿Eso es un Aston Martin?

Salté hacia la ventana como si me hubiesen pinchado con una afilada aguja. Me llevé la mano a la boca al ver un Aston Martin plateado aparcado en la puerta.

No tenía que mostrarme nerviosa en absoluto. No tenía nada que ver con él. Hubiese sido muy distinto si se hubiese tratado de un volvo, pero ver aquel magnifico ejemplar de coche me hizo retroceder a tiempos pasados.

Me apreté con fuerzas el pecho como si aquel gesto amortiguase los latidos de mi corazón.

¡No, no y no! No podía ser.

Rebecca me dio unas palmaditas de ánimo.

—Feliz día de los enamorados.

Tragué saliva antes de contestarla.

—Feliz día de la amistad—la corregí.

Y bajé a trompicones las escaleras para encontrarme en menos de cinco minutos montada en aquel coche de ensueño.

Tuve que parpadear varias veces para creerme lo que estaba viendo.

¡Jacob estaba increíblemente guapo con un traje azul marino de chaqueta y su corbata a juego!

—Yo también me quedaría embobado de mí mismo—bromeó. —Pero como me veo todos los días en el espejo, me he inmunizado.

Le pegué una colleja por presuntuoso.

Me echó una ojeada y empezó a silbar para alabarme.

—Mi compañera no podría ser menos.

Me ruboricé como una tonta.

—Dale las gracias a tu hermana Rebecca. —Intenté quitarle importancia. —Ha hecho un trabajo fabuloso con mi pelo y mi maquillaje.

Negó con la cabeza.

—Mi hermana no hace milagros. Esta noche estás absolutamente preciosa y sin una buena base, no hubiese habido un trabajo fabuloso.

— ¿Quién eres tú y que has hecho con mi Jake?

Intenté bromear para no sentirme incomoda con sus palabras y su penetrante mirada.

—Si te dijesen de vez en cuando lo guapa que eres, seguramente, te cuidarías más y lucirías más.

El coche sería excesivo, pero tuve que abrazarme para entrar en calor. ¡Estaba completamente helada!

Jacob torció sus labios, preocupado.

— ¿Ocurre algo malo, Bells?

Negué con la cabeza.

—Mi cuerpo es extraño, Jake. Me ha entrado frío al entrar aquí.

Resopló con fuerza.

—La verdad que no me extraña. El coche es magnifico, pero viniendo de donde viene, no sé como no tiene la peste. Bueno, aquí no puede haber nada vivo… ¡Es asqueroso!

Eso me hacía recordar que tenía que preguntarle como había conseguido aquel coche. Un alquiler podría costarme la cuarta parte de la carrera.

—Cuando me dijiste que habías planeado algo grande, no me imaginé a algo tan…costoso… ¡Jake, te has pasado! Soy una chica de gustos muy sencillos y me impresiono enseguida. No necesitabas hipotecar la casa para alquilar esta… ¿No lo habrás comprado?

Se rió a carcajadas.

—No puedo vivir de los sueños, Bells. Para permitirme esta maravilla de coche tendría que ganar la lotería. No, ha sido una especie de préstamo de mi jefe por ser el trabajador del mes…

Me intrigaba cada vez más el trabajo que estaba realizando Jacob. Esperaba que no fuese nada ilegal. Lo guardaba en el más absoluto silencio y ninguna de mis preguntas sobre el asunto eran contestadas de manera satisfactoria.

—Es sólo un trabajo—resumía Jacob mientras escondía las cartas de su supuesta nomina.

Debería ser un trabajo para alguien que quisiese tirar el dinero.

Aquel trabajo permitía a Jacob vivir en una zona acomodada de Jacksonville y permitirse unos caprichos a los que nunca habría tenido acceso antes. Ni siquiera me los podía permitir yo.

¡Su jefe le debía adorar para dejarle un coche de esa calaña!

—Te debe adorar tu jefe. Nadie dejaría un coche así a un empleado del mes.

Más risas.

— ¿Mi jefe adorarme?—Inquirió con sorna. — ¡Me odia! Aunque no tanto como yo le odio a él por existir. Lo único es que me necesita. Le tengo cogido por las pelotas. Ahora mismo, me bajo los pantalones y se arrodillaría para hacerme una mamada…—emitió una arcada. — ¡Puaj! Como siga diciendo esas guarradas se me cortará el apetito.

Se pasó la mano por el pelo y empezó a husmear.

— ¡Jodido cerdo!—Exclamó asqueado olisqueando. — ¡Este coche huele que apesta! Por lo menos podía tener la decencia de haber limpiado un poco más esto.

Era un completo exagerado. Yo no olía nada. Aunque creí percibir un olor dulce y fresco…

…La imaginación me estaba jugando una mala pasada.

Jacob, incapaz de estarse quieto, se quitó la chaqueta, lanzándola hacia el asiento trasero, y empezó a restregarse casi obscenamente en el asiento.

— ¡Jake!—Le reñí. — ¿Qué se supone que estás haciendo?

— ¡Dejando mi esencia para disipar el mal olor!—Me contestó sin dejar de hacerlo. —Algunos no entienden lo que significa la higiene personal.

Me inclinó un poco hacia delante y empezó a palmotear mi asiento de manera violenta.

—No creo que sea necesario hacer todo eso…

—Créeme, Bella, sí es muy necesario…

—Regálale un frasco de colonia—sugerí.

—Esto es un problema de esencias personales.

Dejó mi asiento y se dirigió las ventanas para empezar a hacer vaho en ellas y después limpiar éste con la manga de la camisa. Era tan irreverente…

Pero lo peor fue cuando echó el asiento hacia atrás todo lo que pudo, y puso sus pies descalzos sobre el volante.

— ¡Esto si que es asqueroso!—Chillé.

Y luego me entró la risa histérica. Eso envalentonaba a Jake para seguir restregando los pies sobre el volante.

— ¡Uf!—Se quejó. —Es muy incomodo.

—Y una completa cerdada—añadí.

Me sonrió petulante.

—Pero te he hecho reír y no me importaría en absoluto levantarme el estómago por oír todo el día tu risa.

De nuevo, no pude evitar sonreírle. Y no me dolían los músculos de la cara por ello.

— ¿Lo ves?—Su tono adquirió cadencias petulantes. —Si te molestase tanto lo que estoy haciendo, no sonreirías así. Tu sonrisa es preciosa.

—Gracias—musité. —Siento que no siempre salga a relucir. No hay muchos motivos para hacerlo últimamente.

Jacob echó la cabeza hacia atrás.

—Algo tendremos que hacer para que salga a relucir más a menudo. Serías la chica más guapa que he conocido si te permitieses sonreír más a menudo.

Puse los ojos en blanco.

—Temo preguntarte que es lo que harás. Tu límite de vergüenza está muy difuso y no coincide para nada con el mío.

— ¿Qué importa la vergüenza? Te he hecho reír y eso es lo que importa.

Cogió los calcetines y empezó a frotarlos contra el volante. Rompí todo dique de contención y me reí a mandíbula batiente. ¡No tenía vergüenza!

— ¡Jake!—Hipé. — ¡Haz el favor de contenerte!—Más risas. —Si quieres…si quieres acusarle de guarro a tu jefe mándale una nota ordenándole que se duche, pero esto es…

Jake no le dio importancia.

— ¿Ves?—Se dio la razón a sí mismo. —Te hago reír. —Sus ojos brillaron exultantes. —Pero si te hace feliz, le aconsejaré al cabrón de mi jefe que se duche con acido sulfúrico.

Se volvió a poner los calcetines y se dispuso a conducir. Se lo agradecí. Más ofensas a su jefe y se me hubiese levantado el estómago. Sólo le hubiese faltado conducir desnudo o hacer pis en las ruedas del coche.

— ¡Ya basta de hablar de mi jefe o acabaré vomitando!—Se quejó. —No puedo desaprovechar la ocasión de ir a un restaurante caro por una vez en mi vida.

— ¿Dónde vamos?—Pregunté.

—Espero que por el precio, sea el mejor restaurante de la ciudad. O si no, no te habría hecho venir de gala y yo no me hubiese puesto esta estúpida soga al cuello. —Me señaló la corbata.

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Esperaba que Jacob no estuviese trabajando para la mafia del narcotráfico. No había sido, en absoluto, una bravata de un chico de dieciséis para impresionar a su chica.

Jacob me había llevado al restaurante más caro de Jacksonville. Ese que siempre que se pasaba por ahí, se abría el apetito por el olor que se desprendía de las cocinas.

Aunque eso no era lo que más me llamaba la atención. Estaba completamente absorta por la bellísima panorámica de la luna llena iluminando la playa.

Alguna gente más afortunada que nosotros, disfrutaba de su comida en las terrazas. Quizás estar al aire libre en pleno mes de febrero me siguiese pareciendo muy antinatural, pero podía comprenderlo aún mejor.

Me volví hacia Jacob para dirigirle una sonrisa de agradecimiento, pero no pude volver a reírme por enésima vez en la noche, al verle fruncir el ceño al leer la carta.

Estaba en francés y Jacob se sentía incomodo. Extendí la mano para que me pasase la carta, Jacob me miró con desconfianza.

— ¡Vamos, Jake!—Le repliqué. —No te hagas el macho conmigo y déjame traducirte esa carta. Ya has hecho mucho por mí invitándome a un sitio tan caro… ¡Dios mío! No quiero imaginarme cuantos años de trabajos forzados tendrás que realizar para pagar una comida así.

Me agarró la mano y me sobrecogí. Estaba increíblemente cálida. Se lo agradecí; hacía mucho tiempo que no sentía calor en mi cuerpo y mucho menos, tan humano.

—No te preocupes por eso ahora—me aseguró seriamente. —Hay algunos secretos que me gustaría guardarme en la tumba. —Se volvió a reír.

—Te has tomado muchas molestias—le recriminé. —No quiero hacerte gastar dinero, me siento incomoda y más sabiendo que tú…

Puso un gesto de pocos amigos. Mala idea empezar a dañar el ego de un hombre. Me mordí los labios y pensé en la mejor manera de arreglarlo.

—Perdóname—retiré lo dicho. —Abro la boca para decir tonterías y no me doy cuenta que puedo llegar a ofender. Me encanta este sitio y te lo has currado. Y no es porque sea muy impresionable.

Cuando apreté sus dedos cariñosamente, se permitió una pequeña sonrisa.

—Empiezo a tener razón con lo del timo. —Resopló. —Tengo la sensación que estamos pagando una pasta por las vistas. Y no creo que la comida merezca la pena…Seguro que te servirán un plato enorme con una cantidad ridícula de comida. Una hoja de lechuga, dos manchas que llamarán salsa y un pequeño montón de comida… ¡Ricachones!

Aunque tenía que admitir que podría ser cierto, decidí darle una oportunidad al restaurante.

—No es algo que hagamos todos los días… ¡Déjame chulear el lunes en clase que he cenado aquí!—Me reí.

Cogí la carta de las manos de Jake y empecé a leerla para traducirla en voz alta:

—La ensalada de arroz con setas debe estar buena—comenté.

Jake puso cara de asco.

—El verde se lo dejo a las vacas. Y yo me como a las vacas.

—Comer verduras es sano, Jake—cité. —Sirven para el crecimiento.

— ¿Tú crees que necesito crecer más?—Se dio golpecitos en el pecho.

Negué con la cabeza, admitiendo que tenía razón. Crecía por días. Las vacas de Forks tendrían que dar leche cargada de GH (1), sino, no comprendía como pudiese crecer tanto.

Adivinó mis pensamientos y sonrió crecido de sí mismo.

—Te aseguro que esta buena altura no se debe a la cantidad de hierbajos que como. Papá Billy me alimenta con carne y comida basura y he crecido como Dios manda. Encima estoy bueno. Tú no dejas de mirarme.

Esta vez, fui yo la que puse cara de pocos amigos. Jacob era un chico guapísimo y lo sería aún más en un futuro cercano, pero, yo que había estado conviviendo con la belleza casi profana, no podía cometer el crimen de comparar la luz de una vela con una estrella lejana.

¡Deja de pensar! ¡Esos tiempos jamás volverán!...

Con un nudo en la garganta, volví mi vista a la carta y leí el menú de la carne. Jacob no parecía satisfecho con ello.

—Con lo que vamos a pagar aquí, no estaría de más que el camarero tradujese la carta y nos aconsejase algo que se pueda comer…Y de paso que me aclare una duda.

Le miré como si fuese a poner un avispero en la mesa.

— ¿Qué?—Temí preguntar.

— ¿Este tenedor sirve para peinarse?—Me señaló el tenedor correspondiente a la carne. Después se lo pasó por el pelo para peinarse.

Me eché las manos a la cabeza y cuando viniese a preguntar el camarero negar cualquier relación con él.

Definitivamente, aquella cena fue un desastre.

Bueno, en realidad, no se debería haber llamado cena porque casi nos echaron del restaurante con la prohibición de entrar allí de por vida. Una experiencia nueva que contar en el instituto.

Jacob no podía mantener la compostura y no quejarse ante un pobre camarero de lo pesimamente que estaba el servicio.

Cuando pidió de beber una coca-cola y el camarero le comentó que sólo había de beber vinos y aguas de diversos tipos, éste le echó una diatriba sobre lo bueno que eran los vinos de California y que no trajesen bebida extranjera procedente de Francia y España.

Lo peor fue cuando comentó la comida y Jacob no parecía satisfecho con nada. Para picarle, Jake le exigió una hamburguesa con patatas, y al indicarle el camarero que aquello era carne picada, Jacob se indignó echándole en cara lo bien que comía en el McDonals.

Poniendo los ojos en blanco, Jacob metió un billete de veinte dólares en el bolsillo del camarero y me ordenó que nos fuésemos de allí.

—Por los servicios prestados por traducir la carta—le dijo. —Ahora sé que vuestra comida no es apta para un chico en edad de crecimiento. Guardad vuestra mierda para alguien que quiera tirar el dinero. A mí precisamente no me sobra.

Me debatía entre la vergüenza por el comportamiento…infantil de Jacob— ¡Pobre camarero!— y las risas por lo espontaneo y descarado que pudiera ser a veces. Reír me hacía bien. Me hacía sentir viva…o lo más parecido a ese estado.

Al montar en el coche, le pegué una colleja… ¡Que duro tenía el cuello!

— ¿Eso a que ha venido?—Se hizo el inocente.

—Lo sabes muy bien—le reñí. — ¿Ahora que?

Meneó la cabeza resoplando.

— ¡No me jodas, Bells! ¡No me digas que querías comer mierda a la francesa!

—Cualquier cosa estaría bien. Incluida la mierda—le reproché. —Ahora sí tengo hambre.

Golpeó el volante con sus dedos, mientras pensaba.

—Te sugeriría el McDonals—puse los ojos en blanco—, pero eso es para todos los días… ¡Hum! Déjame que piense.

Reflexionó durante cinco minutos y luego, como si le hubiese iluminado un rayo, encendió el motor y arrancó el coche.

Le dirigí una pregunta muda.

—Tenía intención de llevarte a un sitio especial cuando acabásemos la cena. Creo que adelantaremos la jornada, de paso, ya cenaremos algo más decente.

— ¿Algo como qué?—Inquirí bastante picajosa.

—Perritos calientes, manzanas de caramelo y algodón de azúcar…

— ¡Hum!—Se me hacía la boca agua. Cierto, mejor que el McDonals y la carne picada del restaurante. —Eso me hace pensar en una feria.

Ahora le tocaba el turno para ponerse sarcástico.

—Me gustaría viajar al mundo feliz donde te encuentras a veces. O por lo menos, que me digas la hierba que te fumas para pegarte el trippie que te das a veces.

— ¡No me ofendas!—Fingí enfadarme. Le volví a preguntar: — ¿Dónde vamos?

—Quiero la hierba que te fumas—declaró. — ¿No sabes que por San Valentín, cerca del paseo marítimo, ponen una feria?

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— ¡Dios mío, Jake!—Chillé cuando el "rascacielos" nos empezaba a bajar de repente después de un minuto de agónica subida, donde se veía todo Jacksonville. — ¡Esa es tu idea de abrir el apetito!...

No pude seguir hablando. Mis pulmones se tenían que concentrar en el grito que me servía para expresar todas mis emociones.

Podría decir que eso era lo más parecido a un orgasmo. Estaba muy lejos de aquella sensación de plenitud y relax que producía éste, pero la descarga de adrenalina mezclada por la sensación de peligro era completamente estimulante.

No era lo mismo que perseguir vampiros, pero tendría que sustituir situaciones peligrosas por sensaciones que simulasen peligro y me llenasen el cuerpo de aquella energía que tanto necesitaba.

—Más, más, más…—supliqué en medio de la euforia. Me estaba pareciendo a una adicta al peligro.

— ¡Cálmate, Bells!—Me tranquilizó Jacob. —Me recuerdas a una adicta al peligro.

Me reí ante la manifestación de mis pensamientos en sus palabras. Dejé de reírme cuando me di cuenta que había estrechado su mano con la mía. Seguramente habría aprovechado la subida a la atracción para sujetar mi mano.

Tenía mis emociones encontradas.

Por un lado, quería poner distancia para no hacerle creer que podía pasar algo entre nosotros.

¡Tonterías!

Me reí de mí misma.

Jacob había comprendido el mensaje que llevaba semanas lanzándole indirectamente. Aquel gesto había sido muy inocente.

Sólo se trataba de algo muy común entre amigos. Eso podía soportarlo.

Por lo tanto, no le solté cuando fuimos caminando, observando el ambiente de parejas.

Tenía la esperanza que Jacob y yo no diésemos esa impresión de felicidad de primeros amores, pero al ver a uno de los feriantes sonreírnos de manera cómplice, me ruboricé.

Y daba más sensación de ternura compartir el algodón de azúcar comprado después de dos perritos calientes y una manzana de caramelo.

Y llegó a ser violenta cuando Jacob se empeñó en jugar a conseguirme un peluche con el tiro en blanco. Y lo consiguió.

—Toma preciosa—me ofreció el feriante. —Debes cuidar a ese novio que tienes para conseguirte más peluches.

Me guiñó un ojo y fui incapaz de corregirle.

Me limité en sonreírle y mirar a Jacob.

Parecía jubiloso y feliz como un niño pequeño. No podía fastidiarle aquel día de la amistad.

Incluso reprimí un mohín de desagrado cuando me sugirió que nos montásemos en el túnel del amor.

— ¿Qué hay de malo?—Jake puso cara de pena. —Es sólo una atracción más.

Sentí un nudo en el estómago al ver entrar a todas aquellas parejas felices en aquel estrecho túnel.

—No sé, Jake—dudé. —Es claustrofóbico.

Jake sonrió travieso y empezó a agitar una pequeña bolsa de cuero.

—Si no entras en el túnel, jamás te daré tu regalo del día del…

—…del día de la amistad—le corté. Dudé un momento, y al final, accedí: —Está bien. Pero ni una sola tontería, o vas de cabeza al agua, ¿entendido, Jake?

Me hizo un signo militar y nos pusimos en la cola para entrar en el túnel del amor.

Nos designaron una ridícula barca en forma de cisne y durante el recorrido unos Cupidos empezaban a cantarnos ridículas canciones de amor.

Era todo tan patético que acabé relajándome y dejé de ver peligro por todos lados. Miré a Jacob. Jacob me miró a mí. Y rompimos a reírnos, en parte de alivio, y sobre todo, para decir, de manera indirecta, lo ridículo de todo.

Al meternos en el túnel, Jacob me indicó:

—Ya ha llegado la hora—me indicó. — ¿No se te habrá olvidado el regalo del día de la amistad?

¡Cierto!

Era una completa cutre. Había comprado una esclava de plata para Jacob donde había grabado su nombre y el perfil de un lobo. No la había envuelto por las prisas. Para no quedar tan mal, decidí ponérsela directamente en su muñeca.

— ¡Tachan!—Exclamé cuando empezó a observarla asombrado. — ¿Te ha gustado?

—Bells, es precioso—murmuró. —Ahora he quedado como un autentico patán. Me da vergüenza darte mi regalo. No es ni la mitad de bueno que el tuyo.

Le di una palmadita para animarle.

—Prueba—le animé.

Me dio el saquito de cuero y lo observé con cariño.

— ¡Oh!—Exclamé. —Es una monada. Una bolsa de cuero para meterme todos los complementos.

Me miró como si fuese corta de entendimiento.

—Bella, no hagas el tonto y abre la bolsa. El regalo está dentro—me indicó medio enfadado medio riéndose.

— ¡Oh!—Más metedura de pata. —Cierto, lo siento.

—Ábrelo—me ordenó impaciente.

Me encontré con un hermoso y exótico objeto, hecho a mano, a base de madera y cuero, redondo y con una especie de telaraña en el centro. Colgando de él, se encontraba un montón de amuletos, presumí que de la tribu de Jacob, los Quileutes. Un lobo, tallado en cobre, me llamó la atención.

— ¿Eso lo has hecho tú?—Estaba alucinada. Jake era un genio. —Es precioso.

—Sé hacer más cosas que la mecánica, Bella—me dijo petulante.

—Y tú dices que eres el tonto—musité maravillada por mi cazasueños. —Te aseguro que lo pondré en mi cuarto, en cuanto llegue a casa.

—Será mejor que lo pongas encima de tu cama—me aconsejó. —Te servirá para descansar. O si no, que te devuelvan el dinero.

Respiré profundamente.

— ¿Para que sirve exactamente?

—Según cuentan si duermes todas las noches con él, atrapará todos tus malos sueños y dormirás sin pesadillas para levantarte fresca y despreocupada por la mañana.

Me acarició delicadamente las ojeras con la punta de los dedos.

Con cuidado, pero firme, retiré su mano de mi cara, pero él atrapó mi muñeca y, tirando hacia él, me acercó a su cuerpo. Emanaba calor… ¡Demasiado calor!

—No sé…de verdad…no sé como agradecértelo—musité.

—Yo sí—me dijo rotundamente.

Puso sus manos, enmarcando mi rostro en ellas. Mi cuerpo detectó las señales de peligro, pero ya era demasiado tarde.

—Sé que has intentado alejarme con toda clase de argumentos y excusas. Y puede que te estropee este día de la amistad, pero ya no puedo contener todo lo que siento por ti, Bella. Sé que aún hay un obstáculo entre nosotros—sus ojos bajaron con odio hacia mi crucifijo—, pero si queremos, podemos superarlos. No hay nada que el tiempo cure.

—Jacob, no creo que esto…

Puso un dedo en mis labios para acallarme.

—Ya no puedo callármelo más. Te amo, Bella. Desde siempre y voy a luchar para que tú sientas lo mismo por mí.

Y antes de dejarme replicar siquiera, estampó sus labios en los míos de manera violenta.

Tal vez mis labios, por inercia, se entreabriesen cuando su lengua presionó la parte inferior de estos, y le permitiese, de manera pasiva, introducir ésta y juguetear con la mía.

Pero por mucho calor que emanase su cuerpo, mi interior sería siendo un bloque de hielo que el fuego no podía derretir.

Una vez terminó de besarme durante un tiempo que se me hizo eterno, se separó y me miró con fuego en los ojos.

Bueno, tal vez se encendiese un fuego en mí. Rabia.

¿Por qué me había hecho esto? Estaba todo bien. No necesitaba que él fuese mi paladín para rescatarme de mi castillo de locura. Yo me encontraba bien entre sus paredes.

—Bien—susurró como si no quisiese romper la magia. ¡Demasiado tarde!

Estaba tan rabiosa que le empuje con todas mis fuerzas y le tiré de la barca. Con el esfuerzo casi volcó la barca.

¡Era un gilipollas!

¿Por qué lo había estropeado todo?

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(1) Hormona del crecimiento.


*Ejem* Sólo deciros que hola de nuevo, antes que Triana Cullen me mate por el capitulo de hoy (Tany, si me matas, no sabrás como termina el fic). Espero actualizar más continuamente (no puedo prometerlo al cien por cien) ahora que ya he terminado When the stars go blue.

Bueno, ya os veré algunas en Some like it hot (si no os lo habeis leido, pasaros por ahí porque merece la pena), que es el proximo en actualizar.

Y como estoy haciendo en todos los capitulos de mis fics, un poco de propaganda:

Estoy participando en el TParamoreTwilight Contest (en mi profile el link) con el OS The waltz of the moon (también en mi profile el link). Me encantaría que lo leyeseis y me dejaseis un bonito rr *_*. Y si os gusta, podeis votarme en el profile del concurso...*_*

Y para hacer más propaganda, pasaros por Bleeding Souls, el fic que Triana Cullen y yo estamos escribiendo en la cuenta conjunta Bloody_lacrymosa. No os arrepentireis.

Y bueno, hasta el proximo capitulo;

Maggie ^^)

P.S: Faltan muy pocos rrs para llegar a los 100 rrs, ¿podré llegar en este capitulo a esa cifra? No es chantaje, pero eso sería una energía extra para subir más rápido...^^