Disclaimer: Santa Meyer los crea y ellos se juntan. Yo sólo me encargo de liarles un poco.

Nota de la autora: Supongo que ha llovido un poco desde que colgué por aquí por ultima vez. Pero esta autora no se olvida de la gente, aunque muchas veces una no pueda escribir y colgar cuando me lo pidais o ni siquiera cuando yo quiera, porque la vida real me reclama. Y en este ultimo mes más aún. No todo ha sido fuera del fandom; también me he dedicado a adelantar fics que subiré en un futuro. Pero, por nada del mundo, dejar tiradas estas historias.

Bien, como sabeis, los outtakess de este fic-de esta saga, llamados Haunted by shadows-ahora los subo a mi blog privado. He subido uno que se llama delirium. Para quienes o habeis leido y comentado, muchas gracias. Para quien quiera entrar en el blog, ya sabeis que requisito hay.

Por desgracia, todo agosto voy a estar fuera de mi casa por causas de fuerza mayor, y el día 19 me hubiese gustado haceros un regalo, por motivo de mi cumpleaños. Es una costumbre que se adquiere en una zona de Alemania, regalar la que cumple los años a sus invitados. Me hubiera gustado estar ese día para subir algo, pero no va a ser posible. Aunque en mi pais, se regala a la que cumple, así que si alguien quiere regalarme algo, yo feliz de la vida. Lo más sencillo y que me haría una gran ilusión sería un rr (tanto de las asiduas como de las lectoras anonimas), pero si alguna quiere regalarme algo más como una recomendación, una portada, los premios que se me deben de los concursos, o un Carlisle Cullen, yo más que encantada. Pero el rr me hace ilusión también.

En fin, sin enrollarme más, felices vacaciones y hasta septiembre:

Maggie ^^)


Euphoria

Mi preciosa niña. Te dije que cuando quisieses encontrarme, lo harías, aunque tú misma no sepas por qué. Me necesitas para evitar un mal negocio en el amor.

Si hubiese conocido a Moira en un momento más adecuado, hubiese sido una de mis personas favoritas en este mundo. Pero la había conocido en las circunstancias más lamentables de mi vida y su presencia sólo me producía dolor sordo.

Y aún así, no me había dado cuenta de lo mucho que la había extrañado hasta que la había vuelto a encontrar en aquella tienda oscura y de aspecto destartalado.

Me dedicó una sonrisa golosa y enseguida me di cuenta que tenía puesta la vista en mi manzana de caramelo. Puse los ojos en blanco. En ese aspecto no había cambiado nada.

—No—contesté con determinación defendiendo el caramelo. —No te lo mereces.

No parecía que se enfadase por ello. Era como si ya se esperase mi reacción de niña pequeña.

—Puedo percibir lo furiosa y triste que estás. Y toda la rabia que acumulas en el interior actúa como una venda de tu alma.

Sus palabras actuaron como un catalizador de mis sentimientos negativos, y después de meses de luchar contra ello, una sensación de acidez extrema corroía mi pecho. ¡Dolía mucho!

—Es como caminar sobre cristales rotos, ¿verdad?

—Es mucho peor. —Las lágrimas empezaban a salir de mis ojos y surcar mis mejillas.

Suavizó su mirada hasta que adquirió un brillo tierno y me indicó que me sentará enfrente de ella.

Así lo hice, después de limpiarme las lágrimas, y mientras barajaba las cartas, me preguntó si había los deberes.

—Me temo que no has jugado mucho al ajedrez—dedujo al observar mi cara de extrañeza.

—No es mi juego favorito. Y menos cuando los juegos se superponen a la vida real. Odio ser un peón.

—Los peones tienen más importancia de lo que se les da. Si te molestases en observar el mundo que te rodeo y no recrearte en tus propias penas, ya hubiese avanzado casilla.

— ¿Para llegar a donde?—Inquirí burlona. Me estaba empezando a cansar de tanto enigma.

—Toda ficha de ajedrez tiene que llegar al final, tanto la imponente reina hasta el más insignificante de los peones. Todos tienen un destino que cumplir. —Se encogió de hombros. —Por el momento, no es urgente, aunque estoy viendo en tu futuro una llamada. Alguien muy cercano a ti pero que no has tenido ocasión de conocer.

— ¿Se trata de algún vampiro?—Me extrañé. —Yo ya no pertenezco a esto…

Moira negó con firmeza.

—Naciste para ser una criatura de la noche y tu destino va ligado a ello. Nunca te gustará el sol por mucho que te esfuerces en simularlo.

—El calor es agradable—quise llevarle la contraria.

—La noche volverá a llamarte y entonces volverás a tu destino. En este momento, lo único que puedo hacer es aconsejarte sobre un pésimo negocio en el amor que estás pensando en invertir.

Mis labios se curvaron en una sonrisa sarcástica. ¿Amor? Aquello se había convertido en una prima de riesgo en el mercado bursátil de mi vida.

Habilidosamente, Moira me arrebató de las manos mi dulce de manzana, y antes de poder protestar, me dio las cartas.

—Barajea, corta y luego coloca tres de ellas boca abajo sobre el tapete—me ordenó.

Una vez lo hice así, Moira levantó con desesperante lentitud las cartas. Por la expresión de su rostro intenté averiguar que podría depararme el futuro, pero no había una mueca que delatase nada en su semblante. Y la única carta que reconocí fue la nefasta torre invertida.

— ¿Qué esperabas, cielo? Vas a seguir mucho tiempo bajo el influjo de esta carta. Sólo cuando pierdas lo más querido para ti, saldrás del influjo de ésta.

Se me hizo un nudo en la garganta al recordar nuestro último encuentro:

"Vas a ver la muerte muy cerca. Alguien muy querido a ti morirá antes de terminar el año."

No quise evocar a Charlie, ingresado en el hospital, en estado estable, esperando una llamada que produjese un fatal desenlace.

¡Charlie, no! Sencillamente, me rebelaba ante la idea de perderle a él.

Desvié la vista de aquella fatídica carta para fijarme en las que Moira señalaba.

—No creo que puedas tomar grandes decisiones bajo la influencia de estas dos cartas—me aconsejó. —El colgado indica que estás en una etapa de decepción absoluta y la luna es una consecuencia de ese estado de ánimo. En realidad, es una advertencia. Estás a punto de tomar una mala decisión por culpa de tus sentimientos encontrados. Por un lado un amor perdido y por el otro un amor que está empezando a nacer en un joven…

¡Pobre Jacob! Quizás era el más listo de los dos y estaba huyendo de un daño irreversible para ambos.

—En realidad, en ninguno de los dos es amor verdadero. Sólo que la luna lo distorsiona todo.

— ¿Entonces es cierto el mito de los lunático?—Enarqué una ceja, mordaz.

— ¡Oh, tú ríete si quieres!—Exageró su acento mexicano. —Pero la luna, el astro más brillante de la noche, emite su luz a la tierra a consecuencia de los rayos del sol. Por lo tanto, es sólo una ilusión de un sol nocturno. Y esto es una homología de tu vida. La luna está reflejando atisbos de un amor mucho más débil que el sol emitía.

Sonreí con tristeza sintiendo como cada parte de mi corazón se iba haciendo trizas.

Era una ironía comparar a Edward con el sol. Siempre se había definido, al igual que yo, como criatura nocturna. Aunque si había habido algún axioma es que él se había convertido, por un breve espacio de tiempo, en mi luz guía en la oscuridad. Y sin él, todo había vuelto a un estado crepuscular infinito. Y lo más cruel de todo que me había hecho conocer lo mejor para arrebatármelo sin esperanzas de devolverlo.

En aquel momento sentí una gran lastima por Jacob. Pero Moira tenía razón. ¿Cómo acostumbrarme a la luz de la luna una vez había sido cegada por el sol?

Moira aún tenía advertencias que darme.

—No sólo se trata de amor, querida. Es una cuestión de afinidades. La luna está enormemente familiarizada con el joven que pretende tu corazón. Es el astro de los lobos y él tiene una estrecha relación con ellos. Es un hijo de la luna (1).

Caí en la cuenta que los Quileutes—la tribu a la que Jacob pertenecía—tenía como animal totémico al lobo. No sabía de donde procedía su fuente de poder, pero tenía que admitir que Moira era increíblemente intuitiva. Si no se conocía bien a esa tribu era bastante complicado saberlo.

—Y según una antigua leyenda, los hijos de la luna y las criaturas de la noche no son amigos…

—Lo sé, lo sé. Pero esa leyenda es para los vampiros. Yo no tengo nada que ver con ellos.

Los ojos oscuros de Moira brillaron con petulancia. Parecía que éstos reflejaban la luz de las velas.

—Y contigo también—me dijo sobresaltándome. —En realidad, tú y los denominados fríos, lo que tú conoces como vampiro, sois la cara y la cruz de un ancestral vinculo. Sois enemigos como el día lo es de la noche, pero formáis un todo de una misma realidad. No ocurre lo mismo con los hijos de la luna. Los Swan no sois amigos de los hombres que se convierten en lobo. Vuestra enemistad procede de una antigua maldición que una antepasada tuya lanzó a los lobos por un mal infringido.

—No tenemos tanto poder…—farfullé. —Por lo menos nunca he oído hablar de un poder para poder lanzar maldiciones…

—No hay magia más poderosa que la pasión, mi niña.

— ¿Sabes lo que pasó?

Negó con la cabeza.

—Eso es algo que averiguarás con el tiempo—me contestó misteriosa.

Bufé.

— ¡Claro! Es más tarea adicional a la que tengo, ¿verdad?—Torcí mis labios en una mueca de disgusto. —Al igual que aprender a jugar al ajedrez.

—No puedes tomar atajos en el destino—me regañó con dulzura.

Me limité a cruzarme de brazos mientras ella me iba guiando en la tortuosa senda de mi propio camino.

—En este caso sólo puedo darte un consejo.

—Me lo darías aunque no te lo pidiese—rebatí.

No hizo caso de mi humor. Pensativa, se rascó la barbilla, mirando una y otra vez.

—Tienes que dejar que tu amigo se marche—me aconsejó. —La única manera de romper la maldición es que él cumpla la profecía de su pueblo. Y cuando el momento llegue, debes dejarle partir. No hay nada que tú puedas hacer; y él no te ama lo suficiente para no cumplirla.

Un temblor frío sacudió mi espalda. Ni siquiera tenía el más mínimo derecho a que Jacob se quedase a mi lado.

—No—murmuré una vez me hube recuperado de la impresión. —No voy a permitir que Jacob se vaya de mi lado. Yo le quiero…

—No lo suficiente—me rebatió Moira. —Lo que está escrito ha de cumplirse y en un momento dado, tu amigo, el hijo de la luna, y tú habéis de tomar distintas bifurcaciones.

Me crucé de brazos, impotente ante la gran fuerza que el cosmos ejercía sobre mí.

Moira se permitió alargar su mano y dedicarme una pequeña carantoña en mi rostro a modo de consuelo.

—Cuando tu corazón esté vacio de pesar, oirás la llamada de tu propio destino.

Asentí, y por el rabillo del ojo, visualice a una pareja de novios que esperaban impacientes a que terminase para que Moira les leyese la buenaventura.

—Supongo que estará bien—dije levantándome. —Seré una niña buena y aprenderé a jugar al ajedrez mientras espero la llamada de mi destino.

—Será pronto—me aseguró mientras recogía las cartas. —Él está impaciente. Se ha apresurado y lleva sangre, polvo y muerte a su paso.

— ¿Él?—Inquirí.

Volvió a negar con la cabeza.

—Aún no estás lista para enfrentarte a él. En realidad, no eres tú quien debes estar lista para ese enfrentamiento.

Me volví a sentar, picada por sus palabras.

— ¿Entonces quien?

— ¿Te acuerdas de la carta que cogí en nuestro ultimo encuentro?—Asentí. —Tu destino está escrito en ella. Aunque sólo seas una figura más en este ajedrez. Recuerda que el rey empieza la partida y un rey ha de acabarla.

— ¡Hum! ¿No puedes decirme que es mi carta?

Como respuesta, se limitó a acercarme la hucha.

—En las estrellas está tu destino; yo, como su intérprete, necesito de la voluntad de las buenas personas para seguir guiando a pobres almas perdidas.

Saqué la cartera del monedero y me dispuse a echar un billete de cinco dólares, pero ella me hizo un gesto y me indicó el billete de veinte.

—Las estrellas me han dicho que tienes trabajo.

—Las estrellas deberían decirte que tengo una matricula universitaria que pagar—me burlé. Aún así metí los veinte dólares.

Dejé sitio para que la pareja, impaciente, se sentase y escuchase la voz del oráculo. Pero, antes de atravesar la puerta, Moira me detuvo.

—Mi niña—me paré y di la vuelta para escuchar atentamente sus palabras. Juré que la chica que estaba esperando sus cartas me iba a matar con la mirada: —Aunque pienses lo contrario, aún no ha llegado tu hora.

Parpadeé dos veces, incrédula, ante su comentario.

¿Sólo tenía que decirme eso?

Salí riéndome—bastante cruelmente, todo había que decirlo—de los vaticinios fatales de Moira sobre el frágil futuro como pareja de aquellos pobres ilusos.

"El amor duele, chicos", les dije para mis adentros bastante ácida.

Amy se encontraba en la entrada de la tienda de Moira con una expresión ansiosa, que desapareció al verme salir de allí.

Intentando no querer ser indiscreta, me preguntó que se me había perdido en un lugar como ese. Sin conocer a Moira, pensaría lo mismo que cualquiera sobre esa clase de gente: Unos estafadores.

—Es una antigua conocida mía—le expliqué escuetamente sin faltar a la verdad. —Siempre ha aparecido cuando me he sentido enormemente perdida.

Seguramente, pensaría que estaba loca y que me juntaba con unas compañías muy raras; pero si lo tenía en mente, no lo expresó en voz alta.

—No entiendo por qué la gente acude a esa clase de personas para saber su futuro. En realidad, siempre he creído que tu destino dependía de ti misma.

¡Vale, me equivocaba! Indirectamente, sí me estaba criticando por acudir a Moira.

—Hace mucho que deje de creer en la causa-efecto-consecuencia de Locke—le rebatí. —Yo sí creo, es mas, estoy segura que hay una fuerza macrocósmica que te guía hasta tu destino final. Tal vez, tus acciones faciliten o dificulten tu camino, pero a la larga, lo que deba ser será.

Amy le pareció muy gracioso mi comentario.

—Me estás diciendo que Edipo no podía escapar a su destino. Es muy fatalista.

—Si estaba escrito que iba a matar a su padre y acostarse con su madre, estaba muy claro que debía suceder. Al final, por mucho que intentó impedirlo, se topó con él de la manera más fatal posible.

—Eso significaría que sería universitaria y estudiaría lo que quisiese sin depender de los profesores y los baremos universitarios. —Se mostraba bastante incrédula con todo mi rollo kármico. —Eso sería demasiado fácil.

Me encogí de hombros. Aquella conversación no me gustaba demasiado.

—Supongo que tú también tendrás que hacer algo para llegar a donde debas. De todas formas, a mí no me preguntes. Yo no soy quien ha diseñado las leyes cósmicas.

Estaba más que claro que si hubiese podido elegir lo que hubiese querido, estaría en los brazos de Edward. Pero mi hilo de vida había dependido más de la herencia de los Swan, de Leslat, de un vampiro psicópata con un problema de ego; incluso el propio Edward había tenido mayor poder de decisión sobre mis actos que yo misma.

Estaba claro que la teoría de Locke se podía ir a hacer gárgaras.

Quise dejar de hablar sobre temas dolorosos. Había venido a la feria para quitarme la espina clavada de Jacob y Amy me fastidiaba, involuntariamente, sacando esqueletos de la parte más oscura de mi alma.

— ¿Dónde están los demás?—Pregunté.

—Se han desperdigado—me comentó no demasiado interesada. —Liza se ha ido con su nuevo novio, Riley, y eso ha provocado que cada uno se vaya por su lado. —Me sonrió con complicidad. —Yo he preferido estar contigo. Eres muy diferente de los demás y por eso me gusta tu compañía, aunque tienes un aura de misterio que a veces me asusta.

—No te preocupes. —Traté de sonreír. —Mi pasado no tiene nada que ver con drogas ni antecedentes policiales. Sólo que he viajado mucho.

Suspiré pesadamente.

¡Pobre chica! No tenía ganas de contarle, que en un pasado no muy lejano—para mi desgracia—yo hubiese sido una pésima compañía. Nada ejemplarizante para hacer algo inocente. Para preservar su inocencia y su buen concepto de mí, mejor no pensar en algunos temas prohibidos.

Por hablar de un tema trivial, pregunté por el novio de la estúpida de Liza.

— ¡Hum!—Intentó recordar. Amy no era de las personas que se acordasen de los detalles de las demás personas, a menos que se tratase de mí.—Aparte de parecer alguien que está pidiendo limosna, tener menos color de cara que un muerto, podría decir que el chico es bastante atractivo.—Se encogió de hombros.—¡No lo sé! No es que mi vida amorosa haya sido muy variada…Podría asegurar que soy un autentico desastre con las relaciones sociales…

Si todo esto no me resultase tan doloroso, la hubiese podido consolar, asegurándole, que cualquier no relación que ella tuviese era mejor que mi trayectoria. El amor de mi existencia no me correspondía, y yo no lo hacía con mi enamorado mejor amigo.

Cupido más que ciego, era muy cruel.

Me sacudí la cabeza regañándome por hacerme tanto daño a mí misma.

"Deja de abrirte las heridas".

Amy, de manera empática, coincidió conmigo sobre la prohibición de hablar de chicos y empezó a contarme todas las inscripciones que había echado para la universidad. Aún no la habían llamado de ninguna, pero no perdía la esperanza. No le dije que me había aceptado en la UCLA; quizás porque no iba a ir a ella y no le daba la suficiente importancia que se merecía, o por no darle celos. Era la única humana que tenía un ápice de paciencia conmigo.

En algún momento de la conversación, Amy hizo un monologo, ya que desconecté del tema. No tenía otra obsesión ni más expectativas que ser una universitaria y, después de un buen rato, acabé asintiendo de manera mecánica sin escuchar lo que me estaba diciendo.

E intentando hacer cola en los coches de choque y fingiendo oír a Amy y su obsesión por Berkeley, o Dartmouth, tuve una intuición de que algo no iba bien del todo. Y yo conocía esa sensación. Había vivido con ella toda mi vida adolescente. La creí desaparecida durante el tiempo que llevaba viviendo en Jacksonville.

Y lo que en el pasado era algo que me hacía temblar de terror, ahora se convertía en un estremecimiento de placer. Me sentía eufórica de sentir el peligro inmediato.

Me giré para ver de donde procedía y me llevé un gran chasco al toparme con Liza riéndose tontamente, felizmente agarrada a su nuevo novio y con dos peluches que habría ganado en algún puesto de tiro al blanco.

Pasaron demasiado deprisa para lo que era el paso típico de cheerleader de Liza. Por lo menos, para un ojo estándar humano. Y el mío empezaba a fallar ya que no era posible que un humano tuviese líneas de la muerte.

¿Y si aquel chico no fuese humano?

En el pasado, el instinto no me fallaba. Quizás estaba demasiado a salvo en Jacksonville.

¿O no?

.

.

.

Con la excusa de entrar en el servicio, me libré de Amy por un momento. No la dejaba sola ya que Anne y Billie, un chico de tercero, nos habían encontrado y estaban dispuestos a hacernos compañía.

Me desembaracé de Amy de la manera más educada posible.

No podía compartir mis más oscuros temores de creer que el novio—o amigo con derecho a polvo—de nuestra capitana de cheerleaders era un vampiro. Seguramente, llamaría al manicomio más cercano para llevarme. O informaría algún observador universitario de mis antecedentes psiquiátricos para vetarme la entrada en alguna buena universidad.

Estar tan sola me recordaba los tiempos en que Leslat estaba a mi lado para aconsejarme. Si la hubiese dicho a la yo del pasado—la cazadora activa de vampiros—que extrañaría esto, no se lo creería.

Con los pensamientos revolucionados a cien por hora, dejé correr el agua malgastándola de manera innecesaria.

Me ardía la cara y me palpitaba la vena de la sien.

Si no dejaba de ver señales de peligro donde no las había, me volvería loca. Muy loca. Más loca de lo que ya estaba.

Mi mente intentaba racionalizarlo todo; mi cuerpo, no obstante, estaba en tensión—mis pupilas dilatadas y el vello de punta—y el estómago me revoloteaba de la misma manera que en el pasado.

Y para añadir más a mi teoría de no estar equivocada, mi voz guía volvió aparecer.

"¡Huye!", me advirtió.

Y en aquel mismo instante, oí un gruñido gutural procedente de la zona de reservados y mi corazón latía frenéticamente.

¡Ese sonido sólo podía producirlo un vampiro!

— ¿Qué estás haciendo, Riley?—La voz aterrada de Liza acabó dando razón a mi instinto. — ¡Yo no quiero hacer esto! ¡Suéltame, me haces daño!

Los sollozos y gritos se entremezclaban con sonidos de ropa desgarrándose.

— ¡No!—Suplicó Liza—…No quiero… ¡Por favor!

— ¡Cállate, maldita zorra!—La grito el vampiro furioso. —No hagas tus últimos instantes más difíciles. Déjate follar tranquila y después concédeme tu sangre…

Al grito desgarrador de Liza, fui incapaz de quedarme allí como si conmigo no fuese el asunto, o echar a correr en dirección contraria sin parar hasta llegar a casa.

Siempre tenía la obligación de salvar a una persona inocente—o en el caso de Liza, indefensa—de las garras de los vampiros. Aun sin más armas encima que mi propio reflejo para sobrevivir. Además, huir no serviría de nada.

El vampiro estaba más que advertido de mi presencia. Habría captado mi olor y, después de acabar con Liza, me daría caza a mí.

Y sin hacer caso a la voz de mi cabeza que me instaba a irme de allí, fui dando pasos hacia la oscuridad topándome de frente con el peligro. A la par, abrí mi bolso para coger un objeto contundente. Lo más pesado que tenían eran las llaves de mi casa.

La voz, oscura y acento etéreo, me advertía sobre no enfrentarme al vampiro. Demasiado tarde, descubría aquella alimaña, tumbado sobre el cuerpo de liza, la cual tenía la parte superior de su vestidura completamente desgarrado y la falda levantada, apretándola el cuello y acercando su boca cerca de una vena de éste. El frágil cuerpo de la chica se convulsionaba por los sollozos, Ya no le quedaban fuerzas para llorar.

La rabia me invadió. Si había algo que no podía soportar era un vampiro que se sobrepasaba. Aun sin mi katana, tendría que hallar el modo de mandar a ese cabrón al infierno.

Le lancé las llaves a la cabeza para llamar su atención sobre mí—no era tan ilusa como para no saber que no le causaría ningún daño—, y cuando giró la cabeza en mi dirección, observándome peligrosamente con sus ojos carmesís, le grité con una voz más segura de lo que sentía:

— ¿Te crees muy hombre atacando a una mujer indefensa? ¡Metete con alguien de tu tamaño si tienes lo que hay que tener!

En menos de un parpadeo, sentí en cada poro de mi piel el gélido aliento de aquel ser mientras sus penetrantes ojos analizaba cada punto débil como si se tratase de un castillo con grietas.

Leslat me había enseñado a guardar mis emociones y convertirme en alguien completamente impenetrable. Y por mucho que estuviese muerta de miedo teniendo un vampiro tanteando el momento de atacarme delante de mis narices, debía mostrarme inalterable. Y la lección más importante, mis movimientos debían ser más rápido que mis pensamientos y atacar antes de que él siquiera lo pensase.

Por eso me sorprendí a mí misma cogiendo del brazo a Riley, ejecutando una complicada llave, que tuvo como consecuencia elevarle por el aire varios centímetros y lanzarle con impulso hasta la pared. Con el impacto del cuerpo se produjo un pequeño boquete en la pared.

No tenía tiempo para examinar los daños, sencillamente tenía que salir de allí antes de darle tiempo a recuperarse y que empezase la caza.

Salí de allí tan rápido como me permitiesen mis piernas y corrí sin detenerme ante nada ni nadie. La feria estaba completamente llena y tuve que abrirme paso mediante empujones sin poder pedir perdón por ello.

La realidad era que Riley podía matarme en cualquier instante; irónicamente, con el tufo de la muerte bajo mis narices, me sentía más viva de lo que había estado en los últimos meses.

Mi garganta me dolía, los pulmones me quemaban a consecuencia de la ausencia de oxigeno, las piernas me daban pequeños pinchazos y el corazón me golpeaba con violencia el pecho. Me dolía hasta la manera de correr la sangre por las venas.

Aquello era vida, aun a puertas de la muerte.

Me detuve una vez me aseguré que había salido del recinto ferial y no había ninguna persona que pudiese resultar un daño colateral.

La oscuridad le daba una cierta ventaja sobre mí, debido a que mi ojo humano—aunque más potente que la media—tardaba en acostumbrarse a la ausencia de luz. Unos segundos después, ya podía ver y distinguir cada una de las formas que me rodeaban. Me encontraba en un callejón sin salida.

Con la adrenalina invadiendo mi cuerpo, tuve un flash de racionalidad y temblé al pensar que, sin Amaterasu, mis probabilidades de victoria eran nulas.

Antes de poder pensar en las verdaderas consecuencias, tenía a Riley delante de mí, sonriéndome siniestramente y con las líneas de muerte claramente marcadas por cada una de las partes de su cuerpo.

¡Lastima! Hubiese sido unos magníficos cortes.

Le devolví una sonrisa desafiante, lo cual le dio la señal de atacar. Antes de poder reaccionar, me encontraba propulsada hacia la pared de ladrillo, la cual, paró mi impactó. ¡Aquello sí que dolía!

Y sin tiempo para reponerme del dolor, Riley apresó mi cuerpo contra el suyo, dejándome apenas espacio para respirar.

Di un respingo de asco cuando acercó su nariz al cuello y empezó a olisquearme. Forcejeé con él, en vano, al sentir su fría lengua lamiendo mis venas.

Sólo Edward lo había hecho con anterioridad, y mientras que con él, todo mi cuerpo se había estremecido de placer, Riley me producía mucho asco.

Podría matarme pero no dejaría saciar sus sucios instintos sobre mí.

—Te doy las gracias por haberme arrebatado mi pequeño aperitivo antes. Tú eres mil veces más exquisita que aquella niñita…Tu sangre no hace más que decirme que te tome—jadeó de forma obscena igual que un humano borracho.— Me pregunto si la humedad de tu sexo será igual de sabrosa que tu sangre.

Intentó llevar su mano a mi intimidad, y rápidamente reaccioné, cogiéndole la mano con violencia.

Si había de morir esta noche, yo elegiría no ser violada por aquel salido mental.

Fuerza cósmica. Siempre repercutía en el pequeño mundo de los humanos. Por mucho que lo negase, si mi destino estaba ligado al de los vampiros, ¿por qué extrañarme de ser asesinada por uno de ellos?

Con furia, Riley me torció la muñeca, y debido al dolor, no me di cuenta, hasta unos segundos después, que estaba mirando el tenue tatuaje de mi muñeca. Su seguridad en sí mismo estaba desapareciendo y sus ojos se oscurecieron, completamente aterrado.

Por muy nuevo que fuese, cada uno de ellos debería reconocer mi marca.

—Una Swan—le recordé.

Aun habiéndome retirado, aquel dragón dibujado en mi piel tenía la magia de imponer respeto. Aunque me hubiera gustado tener mi katana junto a mí.

La reacción de Riley, no obstante, me resultaba demasiado exagerada para tratarse sólo de haberse topado con una Swan.

Inmediatamente me había soltado, haciéndome caer al suelo, chillando de dolor y agarrándose las sienes como si le estuviesen quemando.

—Amo, amo, amo…—repetía incoherentemente. —Lo siento, mi señor. No la haré daño…no la quieres muerta. Ella no se toca.

Ahora sí estaba completamente asustada ante su conducta psicopática. Estaba hablando sólo como si una presencia amenazadora se interpusiese entre nosotros.

— ¡No, señor!—suplicó sollozando. —No me la follaré, pero, por favor, no me castigue.

Se cayó desvanecido, y unos segundos después, abrió los ojos desmesuradamente.

Me miró apático como si me tratase de un cubo de basura allí colocado, se puso en pie, y susurró:

—Amo no querer que haga daño a la chica Swan—susurró misteriosamente.

Y de igual manera, desapareció entre las sombras de la noche.

Sólo cuando estuve segura que el peligro había desaparecido, fui incapaz de levantarme y tenía frío debido a la capa de sudor que me cubría.

Y la adrenalina fue sustituida por la euforia. Aterrada pero más viva que nunca.

Moira tenía razón. No llegaría mi hora hasta mover la ficha definitiva.

.

.

.

Una amable enfermera me sonreía de manera maternal mientras observaba si tenía alguna herida.

Si Riley me había hecho alguna marca en la piel, ésta habría desaparecido a los pocos segundos de producirse. No podía escandalizar a la amable enfermera diciendo que mi ex novio vampiro me había hecho un último regalo muy práctico para alguien como yo.

Me hubiera gustado haberme ido a mi casa, pero el inspector de policía me estaba haciendo unas preguntas sobre todo lo ocurrido.

Habían ingresado a Liza y ella había contado todo a la policía. Por lo tanto, me había convertido en la testigo potencial de una agresión.

Creyendo que estaba en situación de estrés, intentó ser lo más atento posible y hacer el interrogatorio lo más escueto posible.

—He llamado a tu madre, pero, al parecer no está en casa—me comentó. — ¿Alguna idea de donde puede estar?

Solté una risita tonta que el policía creyó que era por ataque de nervios.

—Supongo que se habrá reconciliado con mi padrastro. Mi madre es una persona que no obedece demasiado a sus instintos maternales. Siempre he estado viviendo con mi padre hasta el año pasado.

El policía tomó unas notas y la enfermera me recomendó un tranquilizante suave para dormir esta noche.

—Si quieres irte a casa, te llevaremos allí y haremos vigilancia esta noche por si se acerca a atacarte—me informó.

Me reí aun más. Parecía una borracha. Después de ver como aquel vampiro había huido de mi presencia, yo no era la persona que más peligro corriese. Sólo el resto de la población. Aunque me parecería muy gracioso ver a un poli disparando a un vampiro.

Sí, necesitaba irme a casa cuanto antes.

—Es usted muy amable, señor—le contesté educadamente. —Pero, enserio, no malgaste sus esfuerzos en mí. Tiene una ciudad que vigilar. Tengo el presentimiento que él no volverá a molestarme.

No tenía intención de manchar mi conciencia con la sangre de un policía que no sería capaz de defenderme de un vampiro con ansias de sangre y sexo.

—Por lo menos, deja que te lleve a casa. Me quedaré mucho más tranquilo—insistió. Acabé accediendo para aligerar su conciencia.

Se produjo un altercado en los pasillos del hospital de objetos lanzados al suelo y quejas de personas que estaban siendo empujadas o pisoteadas.

— ¡No lo hagas!—Me pareció oír la autoritaria voz de Sam Uley. —Jacob, ella no es asunto tuyo. Tienes otras prioridades que cumplir.

—Tengo que verla, Sam—contestó Jacob nervioso. —Quiero asegurarme que está bien antes de irme.

Y la puerta de la consulta se abrió de forma precipitada, y un Jacob, fuera de sus casillas, me buscó con la mirada y acortó distancias hasta acercarse a mí y agarrar mis brazos de forma brusca.

— ¡Joder, Bella! Dime que no te ha sucedido nada. No vuelvas a darme estos sustos nunca más—me gritó.

— ¿Qué haces aquí?—Pregunté.

—Estaba visitando a mi cuñado y…No me digas como me enteré que estabas aquí y habías sufrido un percance con una asquerosa alimaña…

Mientras soltaba las palabras de manera nerviosa, me zarandeaba con violencia. La enfermera y el policía intentaron apartarle de mí en vano. No me había imaginado que tuviese tanta fuerza.

Finalmente, tuve que empujarle para que se apartase de mí.

— ¿Quién te crees que eres?—Me indigné con él.

Le examiné desafiante y me di cuenta que en sus ojos negros brillaba la preocupación y, en sus labios curvados, la preocupación. Todo un detalle si no aquella tarde no se hubiese comportado como un cavernícola conmigo. O más bien, hubiese delegado aquella tarea en sus guardaespaldas.

Hubiese hablado tranquilamente con él si no hubiesen aparecido sus perros guardianes detrás de él, con Sam a la cabeza, dispuesto a escuchar toda la conversación.

Enfadada, me dirigí a la enfermera:

— ¿No tendrá Ketamina (2) por aquí cerca?—Luego me enfrenté a Jacob, muy enfadada por el trato que me había dispersado aquella tarde y ahora viniese exigiendo de pésimas manera: —No sé quien te has creído que soy pero estoy muy cansada de jugar al ratón y al gato contigo. Desapareces sin dejar ni rastro durante una semana, me toca aguantar todas las broncas de tus profesores porque no tienes cojones para tomar responsabilidades. Me has hecho pensar que estabas muy enfadado por lo que pasó el día de San Valentín. Tal vez, tengas derecho a estarlo, pero las personas adultas resuelven sus diferencias hablando y no escudándose en sus perros guardianes. —Eché una mirada desafiante a Sam. —A propósito, ¿qué hacen aquí?

—Son mi familia, Bella—me reprochó Jacob defendiendo a su adorado Sam. —Donde van ellos, voy yo. Espero que te quede claro.

Me acobardé levemente ante el tono que Jacob estaba empleando conmigo. No me gustaba la influencia que Sam ejercía sobre él.

—Por lo menos podías haberme llamado—le dije de manera conciliadora. —Me he enterado de lo de Kaichi. Para mí no ha cambiado nada, Jake. Soy tu amiga y los amigos están para los malos momentos. Deberías haberme contado lo que ha pasado…

—Son asuntos nuestros, Swan—me contestó Sam en lugar de Jacob.

—Los asuntos de Jacob también me importan a mí, Uley—le contesté desafiándole.

Jacob no decía nada. Se debatía entre la vergüenza y la obediencia a Uley.

Sam sí habló. Y se estaba empezando a meter en asuntos espinosos que a él no le importaba.

—Jacob no quiere ser amigo tuyo, Bella. Y no tienes derechos sobre lo que ha pasado. Lo de Kaichi y Rebecca ha sido una consecuencia de nuestra larga lucha con los…

— ¿Y que tiene que ver eso con lo que le ha pasado a Kaichi?—Inquirí cada vez más extrañada y asustada.

— ¡Todo!—Gritó Jacob. —Mi hermana me ha ocultado algo muy importante para mí…Se trataba de mi madre… ¡Me mintió en lo de su muerte! Sam no es el enemigo, Bella—le defendió. —Él ha sido el único que ha tenido los huevos de contarme la verdad…

—Tal vez, sólo lo hiciese por protegerte y Sam utilizase la información para hacer lo que quiera de ti—razoné con él.

— ¡No soy un crio para que me traten como tal!—Me gritó.

—Pues entonces deja de comportarte como tal—le regañé.

Negó con la cabeza peinando su cabello con los dedos.

—No vale la pena discutir. Sólo quería despedirme de ti. —Le miré con los ojos abiertos y él me explicó: —Es de máxima urgencia que vuelva a Forks. Me necesitan allí.

Dediqué una mirada de odio hacia Sam quien me miraba despreciativamente. Incluso, el muy cínico se permitió dedicarme una sonrisa. No podía descargarme haciéndole un gesto obsceno ya que tendría problemas con Jake por eso.

—No puedes irte—le contradije. —Tienes tantas cosas que hacer aquí.

—No, Bella—me repuso firmemente. —No hay nada que me retenga en Jacksonville.

—No—tartamudeé. —Jake, eso no es verdad. Hay muchas cosas por las que quedarse…

Me puso un dedo en los labios para guardar silencio. Luego se fijó en mi cuello, y miró el crucifijo con rabia.

—Mientras él se siga interponiendo entre nosotros, no creo que éste sea mi lugar—suspiró tristemente. —Te amo, Bella. Me he dado cuenta que no quiero ser tu amigo y si no puedo ser nada más que eso, no seré nada tuyo.

—Eso no es justo—supliqué. —No puedes hacerme escoger tan rápido.

— ¡Joder, Bella, madura de una maldita vez! No me des lecciones. No te atrevas a decir que yo soy el crio inmaduro cuando tú eres quien está enamorada de alguien que te desprecia. ¡No te ama, tonta! ¿Cuándo te vas a dar cuenta que no tienes porque guardarle fidelidad? Tú…

Exasperado, se tragó sus palabras al ver la congoja en mi rostro, y pellizcándose el arco de la nariz, buscó la manera de medir las palabras.

Puso sus manos sobre mis hombros y bajó sus ojos buscando los míos, bajando la intensidad del contraste entre sus ojos negros y sus sentimientos encontrados.

—Volveré a ti—me prometió. —Lo juro. Lo haré si a cambio me prometes que no habrá nada que se interponga entre nosotros. Por favor, dame una razón para volver…

Como respuesta, aparté la cara de su mirada. No podía hacerme esto. No podía pedirme lo que me estaba pidiendo. Era más sencillo que me arrancase el corazón.

Al volver a mirar a Jake, éste luchaba por contener las lágrimas.

—Creo que ha llegado el momento de decirnos adiós.

Intenté retenerle diciendo que podría haber alguna posibilidad, y, entonces las palabras de Moira vinieron a mi cabeza:

"Él debe cumplir la profecía de su pueblo para romper la maldición que pesa sobre él. Cuando llegue el momento de decir adiós, no le retengas y déjale partir".

—Entonces, ha de ser así—sentencié.

Agarró mi barbilla para volver a mirarle y me susurró:

—Haz algo por mí antes de irme—me pidió. —Bésame.

Podía sentir como su aliento abrasaba mis labios y éstos estaban a punto de rozar los míos. Giré la cara y su beso, ardiente, despegó en mi mejilla.

—No—me negué. —Si quieres el beso, vuelve a buscarlo. Pero vuelve tú solo y con la promesa de no irte. Mientras tanto, quedará como una garantía de tu vuelta.

(1) Los hijos de la luna no son lo que Meyer describe exactamente, si no, llanamente los licántropos u hombres lobo. En realidad, Moira los denomina así para relacionar la carta con los lobos. Sin embargo, en esta historia, cambiarán un poco las características a mi gusto, incluyendo balas de plata.

(2) Tranquilizante usado sobre todo en caballos.