Disclaimer: Glee no me pertenece, de lo contrario las TT ganarían las Locales.


Capítulo 2: Encerrados

Finn y Rachel volvieron a respirar, al ver que Sam ya estaba, por fin, fuera de su campo de visión.

—Creí que me ahogaba —dijo enderezándose—.Es difícil esconderse siendo tan alto, ¿sabes?

—Lo siento, Finn. No podían vernos, eso es todo.

—¿Por qué no?

—Porque tenían que hablar ellos dos, solos —Finn comprendió lo que su novia quería decir.

—¿Lo viste? ¿Te diste cuenta? —Le preguntó Rachel.

—Estaba a tu lado, Rach, claro que lo vi.

—Me refiero a la TSNR, Finn. ¿La viste?

—La TSNR... —Finn frunció los labios, confuso.

—La TSNR sí.

—¿Qué es eso?

—Por Dios, Finn, tengo que explicártelo todo... Con verlos ya deberías saber a que me refiero.

—Sam y Mercedes discutiendo... ¿A eso te refieres?

—Exacto Finn, TSNR...Tensión Sexual No Resuelta —le aclaró su novia, esperando que finalmente lo comprendiese.

—¿Y ellos sufren de eso? —Finn abrió los ojos como platos.

—Finn... no es ninguna enfermedad. Pero sí, podría decirse que sí la sufren.

—No se han olvidado —le dijo Finn—. Es una lástima que él se hubiese tenido que ir. Hacían buena pareja.

—Tenemos que encerrarles —le espetó Rachel.

—¿Cómo?

—Encerrarles, en una habitación. Necesitan volver, están hechos el uno para el otro.

—Rachel... deberías dejar la Celestina de lado, recuerda que con Quinn no te funcionó.

—Con Quinn y Sam sí me funcionó, solo que tú te metiste en medio —le recordó ella—. Además, yo les uní una vez, ya es hora de que vuelva a hacerlo y ésta vez, tú me ayudarás.

—Rachel... no sé si sea la mejor de las ideas... Pero, estoy contigo en esto.

—Perfecto —le dijo, chocando su mano—.Tienes que conseguir que Sam venga a mi habitación, yo citaré allí a Mercedes.

—Vale —le sonrió su novio, emprendiendo ya su marcha.

—Y Finn... —Le llamó de nuevo.

—¿Sí?

—Cómprales preservativos.

—¿Cómo? —Chilló Finn, abriendo su boca alucinado.

—¿Quieres que un Evans – Jones llegue al mundo? No, ¿verdad? Pues eso.

—Vale, vale —Finn se marchó de allí, pensando en cómo había cambiado su novia desde ese día en el que habían hecho por fin el amor.


—A ver si lo he entendido bien... Has intentado besarla y te ha rechazado. Y además, te ha dicho y cito "Fue bonito mientras duró, gracias por todo" —Bobby todavía no podía creer lo que su amigo les estaba contando.

—Citó su mensaje, Bobby, eso es lo que hizo —respondió su novia negando con la cabeza—. Los chicos no pensáis, no pensáis... Y luego pasa lo que pasa. La has hecho buena, cabeza hueca. Toc toc —dijo Megan, llamando a las ideas de Sam.

—No sé que hacer —les dijo, preocupado.

—Fácil, le dices la verdad y ya —le respondió la morena.

—No me escuchará —Sam tomó otro sorbo de su taza de café.

—Sí lo hará, yo lo haría —le dijo Bobby.

—Tú no eres chica —se rió Megan.

—¿Tú le escucharías? —Le preguntó su novio.

—Probablemente no —le respondió ella, frunciendo los labios—. Es que... no sé, quizás. Debas dejar todo como está, quizás no es ella la chica para ti.

—Sí que lo es —dijo Sam, completamente seguro.

—Si lo tienes tan claro, no sé que haces aquí pidiéndonos consejo, Sam —le reprochó Megan.

—Sois mis amigos —les dijo, buscando sus reacciones.

—Si eres nuestro amigo, levanta ese hermoso trasero que tienes y ve a por ella —habló la morena.

—¡Hey! Que tu novio está delante —protestó Bobby.

—Ya lo sé —dijo la chica, dándole un beso rápido.

—¡Ay! —Suspiró Bobby, hipnotizado.

—Mi hermoso trasero y yo todavía seguimos aquí, chicos —les recordó Sam.

—Pues no sé a qué esperas para buscarla, ya estás tardando —le reprochó Megan—. Todavía sigo traumatizada por ese vídeo de youtube...

—¿El de los bebés de cacao? —Preguntó su novio, intentando no reírse.

Ambos chicos lo miraron queriendo matarlo.

—¡Vale! No he dicho nada —Bobby hizo como que cerraba su boca con los dedos y tiraba la llave.

—¿Aún sigues aquí? —le preguntó Megan.

—Ya me voy, ya... —El chico se levantó de la silla, dándose la vuelta para encontrarse con un viejo amigo—. ¡Finn!

Ambos se abrazaron, felices.

—Te he echado de menos, colega —Finn lo apretujaba apenas dejándole respirar.

—Y yo. ¡Os eché tanto de menos! A todos.

—¿Qué haces aquí? —Le preguntó Finn.

—Quería ver vuestra actuación —le respondió el rubio.

—¿Qué te ha parecido?

—Habéis estado geniales, Finn. De verdad.

—No tenemos ninguna oportunidad, Sam. El grupo de Mercedes va a ganar las Locales —el moreno dejó caer su nombre, observando su reacción.

—No sé qué pasará. Ambos grupos lo habéis hecho muy bien.

—¡Te creía en Tennessee, tío! Joder, me alegro tanto de verte —Finn cambió drásticamente de tema. Necesitaba que subiese con él —.El McKinley ha cambiado tanto desde que te fuiste... Britt es presidenta, ¿te lo puedes creer?

—Lo he visto en youtube. Jacob Ben Israel me mantiene informado de todo —bromeó Sam.

—Vaya...

¿De todo? ¿También de Shane?

—Necesitamos recuperar el tiempo perdido, sube a mi habitación y me cuentas —le propuso Finn.

—Eso ha sonado mal... —Rió Megan, llamando la atención de los chicos.

Finn enrojeció como un tomate al oírla.

—Tranquilo. Era broma —le sonrió la chica, levantándose a saludarlo—. Soy Megan, encantada.

—Finn Hudson —el chico le tendió la mano.

—Yo soy Bobby. Nos alegra conocer por fin a Frankenteen.

Finn miró a Sam sonriéndole. Les había hablado de ellos a sus nuevos amigos.

—La verdad es que justo ahora tenía que hacer una cosa, Finn...

—Vamos, no será mucho tiempo. Llamaré a los demás, les gustará verte de nuevo.

—¿A todos? —Se aseguró Sam.

—A todos. Venga, vamos.

—Vale —el chico miró por última vez a sus compañeros de viaje.

—Estaremos aquí, Sam. No te preocupes por nosotros —le tranquilizó Megan, agarrando la mano de su novio.

Él les sonrió antes de seguir a Finn fuera del bar.

...

—"Reúnete conmigo en mi habitación en diez minutos" —Mercedes volvió a leer la nota que le habían pasado por debajo de la puerta. Era de Rachel Berry sin ninguna duda. No solo por la firma inconfundible sino por la estrella dorada que la acompañaba.

¿Qué querría? Era Rachel Berry, desconcertante, inquietante...

¿Debería ir o debería quedarse en su habitación, esperando a que Britt y Santana volviesen de su cita?

¿Y si quería disculparse? ¿Aceptaría sus disculpas?

No sabía qué hacer, no sabía si ir, esperar, acudir, quedarse en su habitación... Y en medio de todo eso, Sam.

Había tratado de besarla.

Mercedes no sabía de dónde había sacado las fuerzas para empujarlo lejos de ella, cuando lo único que deseaba era volver a sentir sus dulces labios sobre los suyos.

Tan solo había sido un segundo, un milímetro, pero ese casi beso la había hecho recordar todo lo que había tratado de olvidar en tantos meses.

Y era que a pesar de todo, a pesar de no haberse despedido, a pesar de haberla dejado sola, no podía olvidarle. Era tonta, demasiado tonta por seguir pensando en él, cuando Shane la esperaba de nuevo para volver con ella.

Recordó el baile, se recordó deseando ser Cenicienta solo por una noche. Ya no era esa Cenicienta, ya no quedaba nada de ella en su corazón. Su príncipe encantador se había marchado y esa Cenicienta se había ido con él.

Ahora era Mercedes, solo Mercedes Jones.

Y no dejaría que él volviese a entrar en su vida para volver a lastimarla. No lo conseguiría, no esta vez.

Volvería con Shane. Él la comprendía como nadie, la apoyaba en todo. Le daba espacio y tiempo. Le dijo que la esperaría. Debía volver a él, dejar de pensar en príncipes encantadores, en princesas y en sueños imposibles.

¡Rachel!

Miró el reloj de su mano izquierda. Ya pasaban dos minutos del tiempo acordado, y si finalmente acudía, llegaría tarde.

Se levantó de la cama, mirándose en el espejo y peinándose un poco el pelo. Estaba hermosa, aunque eso no debería decirlo ella.

Salió por la puerta, buscando la habitación 326.

Llegaría tarde, pero solo la esperaba Rachel Berry así que en cierto modo, no le importó.

...

—Espérame aquí, ponte cómodo. Llamaré a los demás —le dijo Finn en cuánto entraron por la puerta.

—¿No puedes llamarles por teléfono? —Le preguntó Sam.

—No tengo buena cobertura y no sé cuál es su número del hotel —Se excusó Finn.

—Vale —dijo Sam, encogiéndose de hombros.

Alguien llamó a la puerta, tomándoles por sorpresa.

Finn se dirigió a abrir, descubriendo a Mercedes enfrente de él.

—Rachel me ha citado aquí —le explicó.

—Pasa, llegará en cualquier momento —la chica hizo lo que Finn le dijo, mientras éste salía rápidamente al exterior, y cerraba con llave la puerta.

—¿Finn? —Mercedes se dio la vuelta, asustada. Finn la había encerrado en la habitación de Rachel. No tenía ningún sentido.

Una figura pasó por su lado, tratando de abrir la puerta.

—¿Finn? ¿Qué has hecho? ¡Abre ahora mismo! —Gritó Sam.

Mercedes le miró desconcertada. No solo la había encerrado a ella, los había encerrado a los dos.

Del otro lado les llegó un papel por debajo de la puerta.

"Lo sentimos. Necesitamos que habléis. Si no queréis hablar, al menos tendréis que esperar a que os abramos. En media hora quizás"

—¿Media hora? ¡Quiero salir ahora mismo! ¡Abridme! —Dijo Mercedes pasándole el papel.

—No lo harán, de hecho, no creo que estén del otro lado de la puerta. Lo de la media hora es mentira, estoy seguro. ¿Lo ves? Pone quizás...

—¡Oh! ¡Cállate! Todo esto es culpa tuya —le espetó Mercedes.

—¿Por qué?

—Por aparecer, simplemente por eso.

—Cierto, debería haberme quedado en Tennessee —asintió Sam.

—¿A que viniste, Sam?

—Quería veros actuar.

—¿Vernos? ¿A los dos grupos? —Le preguntó la chica, frunciendo los labios en desacuerdo.

—Quería veros, a vosotras. Quería verte a ti.

La diva bufó al oírlo.

—¿Puedes dejar tu uniforme de príncipe durante un rato, por favor? —La chica se sentó en la cama, dirigiendo su mirada a la mesita de noche—. ¡No me lo puedo creer!

—¿Qué ocurre? —Sam también llevo su vista allí.

Mercedes agarró el papel que estaba situado al lado de la caja de preservativos.

"Solo en caso de necesidad. Como veis, hemos pensado en todo." Rachel Berry *

—¡Esto es lo último! ¡No pienso acostarme contigo! —Dijo mientras le miraba a los ojos—. ¿Me oyes Rachel? ¡No pienso hacerlo!

—Mercedes... —El chico se sentó a su lado en la cama, haciendo que ella se levantase como un resorte.

—Ni te acerques —dijo, levantando la mano en el aire—. Mantente lejos de mí.

—Mercy, por favor. Dejame explicártelo.

La chica se tapó los oídos como si fuese una niña de cinco años.

—No te oiré, no te oiré. Di lo que quieras, yo no te oiré.

Sam se levantó buscándola e intentando separar sus manos, para que lo escuchase.

—Por favor, déjame hablar contigo, Mercy.

—¡No quiero oírte! —Le gritó, dándose la vuelta.

Sam la abrazó con fuerza, oliendo su perfume y apoyando su cabeza sobre su cuello.

Ella intentó soltarse, pero él no la dejó, rodeándola con sus fuertes brazos. Por fin había soltado sus manos e intentaba liberarse con ellas de su abrazo.

—No me despedí, Mercy. No lo hice. Lo sé y lo siento —la chica pareció calmarse durante un segundo, abandonando sus manos a cada lado de su cuerpo—. No quería irme, no quería abandonarte. Creí que con ese mensaje, tú me olvidarías y podrías seguir adelante. Fui un idiota, ahora me doy cuenta de ello. Dios mío, ¡Cuánto te eché de menos! —Sam la abrazó con más fuerza si eso era posible.

La giró, quedando frente a frente a ella, acariciando con sus dos manos sus mejillas, antes de inclinarse a besarla.

Deseaba sentir sus labios de nuevo acariciar los suyos, ¡lo deseaba tanto!

—Mercy... —suspiró Sam.

La chica le acarició el pelo mientras le besaba de nuevo, atrayéndolo hacia ella. No quería dejarle ir de nuevo. Sabía que sería la última vez que estaría con él, era su despedida. Harían el amor por última vez y luego no volverían a verse. Quizás, fuese lo mejor. Quizás, él no estaba destinado para ella.

No, no lo estaba. Shane sí, su novio si estaba destinado para ella.

Harían el amor por última vez y luego, ella retomaría su vida, volvería a Shane. Pero ésta vez, le recordaría con cariño, como siempre debía haber sido.

Sam la atrajo hacia la cama, sin dejar de besarla. Era un sueño, un sueño hecho realidad.

La besaba de nuevo, por fin. Sentía su boca jugar con la de él, sentía sus mejillas cálidas, su cuerpo pegado al suyo, sin querer soltarlo. No lo soltaría, no podía. Ella lo era todo para él.

Ambos cayeron de lado en la cama, sin dejar de besarse. Sus cuerpos rodaron juguetones encima de las mantas, rozándose, acariciándose con sus manos. En la habitación sólo se oían sus risas divertidas.

Los chicos se arrodillaron encima de las mantas observándose, mirándose a los ojos mientras recuperaban su respiración.

Sam acarició su rostro con sus dos manos. Su frente, sobre la que depositó un suave beso, sus ojos, sus pómulos, sus mejillas y su boca. Esa boca que tanto había extrañado.

Su dedo buscó su blusa, rozando los botones mientras la chica lo miraba expectante. Su mano los abrió, separándola de ella con delicadeza, mientras la tela resbalaba sobre su cuerpo femenino. Descubriendo sus pechos escondidos detrás de un hermoso sujetador que lo hacía enloquecer. La miró a los ojos, buscando una señal. Una única señal que le detuviese. Pero no la halló.

La mano de la chica buscó el final de su camiseta, sacándosela por completo, revelando sus perfectos abdominales. Sus dedos volaron rápidamente, buscándolos, como había hecho tantas otras veces.

Sam la abrazó de improviso, notando sus hermosos pechos sobre su torso, mientras se perdía en su cuello oliendo su perfume. Depositó un beso en él, notando cómo Mercedes le ladeaba, dándole espacio para que él siguiese besándola tal y como a ella le gustaba.

Él lo hizo, acariciando su cuello con sus labios, probándolo también con su lengua mientras los dedos de ella se enredaban en su pelo rubio. Lo llevaba más corto, mucho más que como lo tenía en Junio.

Estaba guapísimo.

Era guapísimo.

Sus manos buscaron el cierre de su sujetador, desabrochándolo para él.

Sam detuvo sus manos, bajándole él mismo los tirantes de la prenda, mientras besaba sus hombros y descubría ya sus maravillosos pechos. La prenda desapareció de la escena tan pronto como se la había sacado, dejando libres sus manos masculinas que los buscaron como un tesoro. Su tesoro más preciado.

Mercedes suspiró al sentir las manos del chico sobre su piel chocolateada.

Sus labios se sumaron a sus manos, buscando sus pechos y lamiéndolos con pasión, mientras sus manos la pegaban más a su boca. Su cuello había empezado a quejarse por la mala postura, por lo que se sentó en la cama atrayéndola hacia él, haciendo que se sentase a horcajadas de forma que él pudiese tener mejor acceso a su cuerpo.

Le acarició la espalda mientras su boca se reunía de nuevo con la de ella. Sintiendo cómo sus manos tiraban suavemente de su pelo rubio, tratando de no separarse de él.

Las manos de Sam buscaron ese lugar que tanto le encendía, acariciando su trasero y perdiendo sus manos por dentro del pantalón de la chica.

Ella dio un respingo, frotándose contra él, pegándose mucho más, notando la excitación de su ex novio.

La levantó, colocándola de pie frente a él. Y le quitó los tacones, deslizando su pantalón despacio, mientras subía una de sus piernas a la cama y la probaba con sus labios.

La chica trataba de no perder el equilibrio mientras sentía como su cuerpo recordaba los besos de él.

Sam le bajó la pierna, separándola de la cama y dejando sitio para levantarse y sacarse sus propios pantalones.

Mercedes se abrazó de nuevo a él, notando su miembro, aún encarcelado dentro de su ropa interior, contra su cuerpo.

—Te extrañé Mercy —le susurró a su oído, mientras la rodeaba con sus brazos. Era pequeña, la sentía diminuta a su lado. Pero la diferencia de alturas nunca había supuesto ningún problema para ellos.

Los labios de ella lo buscaron de nuevo, mientras se estiraba para alcanzarle. Todavía no se creía lo que estaba a punto de ocurrir. Sam iba a hacerle el amor de nuevo, después de tanto tiempo. Y luego se iría, y no le volvería a ver jamás. Así debía de ser.

Debería hablar, decir algo, pero no podía. No debía confesarle que ella tampoco había podido olvidarle, que también le había extrañado y que aunque estuviese con Shane era en él en quién pensaba cuando se acostaban. Sabía que no estaba bien, pero no podía evitarlo.

Lo tenía delante, enfrente de ella, desnudo. Listo para amarla, preparado para hacerla sentir mujer nuevamente. Su corazón le dio un vuelco, comprendiendo al fin lo que había estado callando.

Estaba enamorada de él. Quería a Sam Evans y nunca podría olvidarle, por mucho que lo intentase.

Se perdió de nuevo en los ojos verdes que la miraban, llenos de deseo. Y le sonrió, estirando la mano hacia sus perfectos abdominales, acariciándolos a la vez que él trataba en vano de respirar con normalidad.

Su mano bajó y recorrió su cuerpo, hasta detenerse encima de su ropa interior, deslizándola suavemente por su miembro. Al notar su mano en él, Sam gimió, precipitando sus manos a la ropa interior de ella y se la bajó, dejándola caer al suelo. Sus dedos acariciaron su zona íntima viendo cómo los ojos de la chica se cerraban al sentirlo.

Sus piernas se separaron dándole espacio, dejándolo hacer.

Ella estaba húmeda para él, estaba lista para sentirlo de nuevo en su interior. Había pasado demasiado tiempo para ellos, pero ambos sabían lo que necesitaba el otro. Estaban conectados.

Él la miró, dejando sus caricias momentáneamente y la llevó hacia la mesita de noche, donde cogió la cajita de preservativos.

Ella se la quitó de las manos sonriéndole y extrayendo uno de la caja. Durante un segundo pensó en escondérselo para que él se inclinase a buscarlo pero rechazó la idea. No debía mostrar emoción alguna, no debía. Después de hacer el amor debían alejarse, volver a su realidad. Ella a Lima, él a Tennessee.

Se lo pasó, mientras él se despojaba ya de su ropa interior dejándolo libre. Sam se lo puso ante la mirada atenta de Mercedes y la acercó a él, llevándola hacia la cama.

La sentó encima de las mantas, con él a su lado y la besó de nuevo. Tocándola con sus dedos. Acariciando cada parte de su anhelado cuerpo.

La chica acarició su miembro con su mano derecha mientras besaba sus labios. Sam no pudo postergarlo más, la tumbó sobre la cama y se colocó encima de ella, rozándola con su miembro sin dejar de besar sus labios.

Mercedes gimió al sentirlo encima, era tan distinto...

Sam se detuvo durante un segundo, mirándola, antes de hablarle.

—¿Te acostaste con él? ¿Hiciste... el amor con él? —No debía preguntarlo, no debía. Pero necesitaba saberlo.

Ella desvió su mirada, antes de responderle.

—Sí. Lo hice. Era mi novio, Sam.

Él asintió, tratando de olvidar su respuesta.

Mercedes buscó su mirada, notando su alejamiento.

—Pero... era distinto —le dijo, tratando de luchar contra las ganas de confesarle que era él, en quien pensaba cuando se acostaba con Shane.

—¿Distinto? ¿En qué sentido?

Dime que me quieres, Mercy. Dime que solo me quieres a mí.

Pensó Sam.

—Distinto... yo, siempre estaba encima, pero contigo... Contigo siempre estoy debajo, para no aplastarte —le respondió, evitando sus hermosos ojos verdes.

Sam se movió rápidamente, haciéndola rodar sobre sí, hasta colocarla en esa posición en la que Shane la había tenido.

—¿Qué haces, Sam? —Protestó la chica, tratando de levantarse.

—No quiero que él sea el único en sentirte encima, Mercy —le dijo, agarrando su cintura e impidiendo que ella se levantase.

—Sam, por favor... —Le suplicó, tratando de separarse de sus fuertes brazos.

—Déjame hacerte el amor, Cenicienta.

Ella le sonrió, besándolo nuevamente y rindiéndose por fin a sus caricias.

Mercedes se levantó, quedando en contacto con su pelvis y lentamente lo introdujo en ella.

Sam ahogó un gemido al sentir su interior rodeándolo, acariciándolo, rozándolo con subidas y bajadas.

Sus manos volaron a sus pechos y a su ombligo, mientras Mercedes lo aceptaba dentro de ella.

Sus cuerpos sudaban y se agitaban, clamando el uno por el otro, y se unían en un baile frenético, apasionado, delicioso.

Nunca lo habían hecho así, ella tenía razón. Y era fantástico, era un sueño sentirla encima de él, mientras sus ojos se cerraban y su respiración la abandonaba tornándose inquieta.

—Mercy —gimió su nombre—. Dime que solo fui Junio para ti —le pidió divertido.

—Solo... fuiste... ¡Junio!

—Dime... dime ahora... que seré Diciembre, Enero... Febrero...

La chica abrió los ojos y lo miró tratando de responderle.

—Diciembre... sí... y... ¿Qué? —La chica casi había llegado al orgasmo.

Sam asentó sus manos en su trasero, aumentando así la velocidad de sus embestidas, al tiempo que le respondía.

—Vuelvo... al McKinley, Mercy.

La chica sintió cómo su cuerpo se contraía en ese momento, apretando a su vez su miembro, llevándolos lejos de allí.

Cuando volvió en si, cuando realmente se dio cuenta de lo que él le había dicho, se apartó de él. Levantándose de la cama a toda prisa y recogiendo del suelo toda su ropa.

¡Había hecho el amor con él! ¡Y no le había dicho que iba a volver al McKinley!

Mercedes creyó morir en ese instante, tratando en vano de vestirse lo más rápido posible.

¡¿Cómo había sido tan estúpida? ¿Cómo no le había dicho que iba a volver? Un sentimiento de rabia la invadió, haciendo que sus palabras saliesen de su boca como si fuesen puñales.

—¡Vuelves al McKinley! ¿Cuándo pensabas decírmelo? ¡¿Cuándo? ¿Al entrar por la puerta o delante de las taquillas? ¿Cuando te viese jugando el primer partido o cantando con New Directions?

—¿Qué te pasa, Mercy? —Se asustó el chico, siguiéndola por la habitación después de deshacerse de la protección.

—¡Creí que ya no volverías! —Le gritó ya con su ropa interior puesta, inclinándose a recoger sus pantalones del suelo.

¡Creía que ya no volverías!

Esas palabras se revolvieron en la mente de Sam, haciéndole reaccionar. Había creído que él no volvería a Lima, había creído que jamás se volverían a ver. ¡Por eso se había acostado con él! ¡Por Dios! Le había hecho el amor, ¡y no había significado nada para ella!

—¡Creíste que no volvería! ¡Claro! Por eso te acostaste conmigo, porque creíste que jamás volverías a verme —le gritó enfurecido—. ¿Lo decías en serio, verdad? Solo fui Junio. Creí... creí que no era cierto. Creí que estabas dolida por mi marcha, incluso creí que lo decías porque él estaba detrás de ti, en ese momento. Pero no era así. Había verdad en esas palabras.

Sam empezó también a buscar su ropa, mientras gritaba exasperado.

—Ni siquiera fui Junio para ti, ni siquiera eso. ¿Sabes qué? —Le preguntó buscándola con la mirada—. Los chicos tenían razón. La Mercy que quise ya no existe, lo has dejado todo por triunfar. Todo, incluso a tus amigos. ¿Qué es el triunfo sin ellos, Mercedes? ¿Qué es el triunfo sin alguien a tu lado?

—¡No estaba sola! ¡Tenía a Shane! —Le gritó con todas sus fuerzas. Le había hecho daño. Él la había lastimado con sus palabras.

Sam sintió cómo el suelo se abría bajo sus pies. Le había nombrado. Había dicho su nombre.

—¿Sabes que Rachel piensa que fue él quién os separó? ¿Lo sabes? ¿Sabes lo que yo pienso? —Ella se resistió a mirarle—. No fue él. Fuiste tú misma, Mercedes, anteponiendo todo a tus amigos. A las personas a las que de verdad les importabas. ¡Mírame! No quieres oírme, ¿verdad? ¡No quieres, porque sabes que tengo razón!

Ella se revolvió, vistiendo ya su blusa.

—¡No la tienes! Esperé tres años, ¡Tres! Para conseguir lo que ahora tengo. Un solo en las Locales, un coro que realmente reconoce lo buena que soy. El papel de Maria era para mí, ¿sabes? Pero nos lo ofrecieron a las dos, simplemente porque no podían decirle que no a Rachel Berry. Yo no fui quien se separó. Fueron ellos los que la escogieron a ella. ¡Siempre a ella! ¡Siempre a Rachel Berry!

Sam todavía seguía en ropa interior, observando como ella acababa de vestirse.

—¿Sabes que no te reconozco, Mercedes? —le dijo, negando con la cabeza.

Ella se detuvo frente a él, con orgullo.

—¿Ah no? Diría que me estabas "reconociendo" perfectamente hace cinco minutos —le respondió.

—Y no sabes cuánto me arrepiento. No sabes lo arrepentido que estoy de haberlo hecho contigo —le espetó.

La mano de ella atravesó su mejilla en el instante, ladeando su rostro con dolor y rabia. No podía haberlo dicho en serio. No podía.

Ambos se miraron lastimados, dolidos, mientras Sam se acariciaba la mejilla que la chica acababa de abofetear.

La llave se oyó, haciéndoles ver que ya no estaban encerrados.

Sam se giró, poniéndose rápidamente los pantalones y agarrando su camiseta.

—Bien —le dijo frente a frente—. Supongo que todo ha quedado claro. Volveré al McKinley la semana que viene. Solo... no te cruces en mi camino —le dijo, mirándola a los ojos antes de dar los dos pasos que le separaban de la puerta.

Mercedes dio un respingo al oír el portazo que el chico había dado al salir.

Había tratado de no llorar, pero era en vano. Sus lágrimas comenzaron a bañar sus mejillas en el mismo momento en el que Sam se había marchado de nuevo.

Salió de la habitación, a tiempo de verle al final del pasillo. Él se giró, al oír como la puerta se abría. La vio llorar, la vio de lejos. Pero no la buscó, siguió su camino hasta perderse escaleras abajo.

Mercedes se secó las lágrimas con sus dedos, levantando la cabeza y saliendo de allí. No debía llorar, debía ser fuerte. No dejaría que la hundiese. No la volvería a hundir, no esa vez. Nunca más.

Sam Evans no podría hacerle daño otra vez. No podría volver a lastimarla.


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