Nota de la autora: La letra cursiva son los pensamientos de los personajes. :) Disfrutad del fic.


Disclaimer: Glee no me pertenece, de lo contrario sabríamos lo que opina Mercedes de su relación con Shane.


Capítulo 3: Confesiones

—Rachel... Dijiste que sería pan comido... ¿Por qué me da la impresión de que todo lo que hemos hecho ha empeorado aún más las cosas? —Le dijo su novio, preocupado.

—Sí, Finn. Esto es difícil, pero no imposible. Confía en mí. Lo conseguiremos —le sonrió.

—¿Por qué estás tan convencida? —Le preguntó entrando en la habitación de la chica.

—Porque se quieren, Finn. Se quieren, simplemente por eso —Rachel cerró la puerta tras de sí y se dirigió hacia la mesita de noche.

—Se han gritado, Rach y se han hecho mucho daño. ¡Por Dios, se oían los gritos en el pasillo! Creo que deberíamos dejarlo todo como está. No debimos enfrentarles, no debimos —se lamentó el moreno.

—Finn... falta un preservativo en la caja...y la cama está revuelta... ¿Quieres más pruebas que eso? —Le dijo la chica tendiéndole la caja a su novio.

—¿Se han acostado? —Le preguntó Finn, observando la caja abierta.

—Bueno, no lo sé. Lo que sé es que falta uno, y si falta uno es porque tenían intención de hacerlo. Y si tenían intención de hacerlo, es porque aún sienten algo el uno por el otro, y si aún sienten algo el uno por el otro, no podemos dejar de intentar unirles —dijo la morena, atropelladamente.

—Rach... —Trató de hablar su novio.

—No, Finn. No me discutas, necesitamos unirles. Que sí, que puede que encerrarles no fuese la mejor solución, pero se me ocurrirá algo.

—Rachel...

—Finn, confía en mí. De verdad, después de nosotros ellos son la pareja perfecta —dijo la chica, con una sonrisa—. Se han peleado, se han gritado... ¡Porque se quieren! Y no se han olvidado.

—¡Rachel!

—¡¿Qué? —Chilló su novia, prestándola al fin toda su atención.

Finn la miró largamente, antes de hablar.

—Sí se han acostado —dijo, medio nervioso.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque estás pisando el preservativo que falta en la caja.

La chica miró hacia el suelo viendo cómo su novio tenía razón y dio un salto hacia atrás, golpeándose con la mesita de noche.

—¡Oh no! ¡Sácalo! ¡Sácalo de aquí! ¡Qué asco! —Rachel se tapó los ojos con sus dos manos.

Finn no pudo evitar reírse al ver la estampa que tenía enfrente de él.

—Ya voy, ya voy.

—¡Rápido Finn! —dijo ella, aún con las manos en sus ojos.

—Cariño, solo es un preservativo usado... Además, ¿no querías pruebas?

—¡Eras tú el que necesitaba pruebas, no yo! ¿Ya lo has tirado? —Rachel movió una de sus manos, dejando un ojo visible.

—Sí, ya está... —Le dijo Finn, rodando los ojos.

—Habrás utilizado un papel o un pañuelo por lo menos, ¿no? ¡Porque eso tiene muchos gérmenes!

—Sí, Rach... Gérmenes es lo que tiene —rió Finn, divertido.

—Volvamos al tema, por favor.

—No lo entiendo. De verdad que no... Se han acostado y no... No ha funcionado. ¿Qué es lo que hemos hecho mal?

—Nosotros nada, Finn. Solo... Creo que debemos traer de vuelta a la Cenicienta Mercy.

—¿Mercedes se llama Cenicienta? —Finn frunció el ceño, confuso.

—¡No! La Mercy del baile debe volver, la Mercy que lloraba porque nadie la había invitado al baile, la que anhelaba que un chico le dijese "Bonita" y la invitase a bailar. Esa Mercy. No Mercedes la diva, que está dispuesta a dejar a un lado el amor, solo por triunfar.

—Entiendo... La pregunta es, ¿cómo hacemos eso? —Dijo Finn, sentándose en la cama.

—¡No te sientes ahí! —Chilló, haciendo que el chico se levantase como un resorte.

—¿Qué ocurre?

—¡Ahí se acostaron!

Finn negó con la cabeza. Sentándose de nuevo y tirando de ella, sentándola en sus rodillas. La besó hasta hacerla olvidar donde estaban sentados.

—A ver... Rach, ¿cómo lo haremos? Supongo que tendrás ya un plan pensado y esquematizado —bromeó su novio, separándola un poco.

—Pues... Los celos nunca fallan, Finn. Y creo tener a la persona adecuada.

El chico abrió los ojos como platos. Sabía por donde iba, lo sabía.

—Un momento... espera. No estarás hablando de... —Buscó en sus ojos el nombre, y supo antes de que ella se lo dijera, en quién estaba realmente pensando.

—Exacto, Finn. Estoy hablando de Quinn Fabray —dijo la chica, decidida.

Ay no. ¡Dios mío! Esto no va a acabar bien.

Pensó Finn, mientras la chica buscaba nuevamente su labios, haciendo que se olvidase de todo.

...

No puedo decirles nada. Me preguntarán, pero yo les mentiré. No pueden saber lo que verdaderamente ha pasado. No puedo contárselo. No puedo decirles que hicimos el amor, no puedo contarles que volví a sentir su piel a mi lado, después de tanto tiempo. Por Dios, me acosté con ella. Y no me arrepiento.

No me arrepiento.

Los pensamientos de Sam se agolpaban en su cabeza, deteniendo su entrada en el bar. Sus amigos le estarían esperando y sí, le preguntarían todo. Pero no debía decirles la verdad. No podía.

Soy un estúpido. Un idiota.

Un idiota enamorado.

La sigo queriendo. ¿Por qué lo sigo haciendo, a pesar de todo? Hicimos el amor, volví a sentirla conmigo. Su sonrisa, sus risas... Creía que me quería, creía que no me había olvidado. Pero nunca lo hizo, nunca. No eres la primera que me utiliza, Mercy... Mercedes. No eres la única, todas lo han hecho por una u otra razón. Pero tú... ¿Por qué tú? Te dí mi corazón, te dí mi cariño, te lo dí todo. Y tú lo rompiste, lo destrozaste por triunfar. Eso es lo que de verdad te importa.

Triunfar.

No estaba llorando. Sam no lloraba con facilidad. Se escudaba en sus pensamientos y se guardaba todo para sí. Era la única forma que tenía, la única manera de que no le hiciesen daño.

Pudimos haberlo tenido todo.

Todo.

Pero tú te perdiste en la oscuridad.

Pero no dejaré que me hundas. No lo harás.

—Sam... ¿Qué haces aquí parado?

—¡Hey! Megan... Estaba... estaba pensando.

—¿Estás bien? —Le preguntó la chica, extrañada—. Te noto raro.

—Estoy bien, Megan. ¿Dónde está Bobby?

—Dentro, vamos con él.

La chica esperó a que entrase por la puerta y lo siguió hasta la mesa.

—¡Tío! ¿Dónde te habías metido?

—Por ahí —dijo, encogiéndose de hombros.

La pareja se miró, confundida.

—¿Ha pasado algo? —Le preguntó Bobby.

Sam llamó al camarero, evitando dar respuestas.

—Tráigame un café solo.

El camarero asintió y se marchó, dejándolo de nuevo, ante el peligro.

—Ha pasado algo —afirmó Megan.

—No ha pasado nada, chicos. Tranquilos —intentó calmarles.

—¿Has vuelto a verla? ¿Es eso? —Quiso saber Bobby.

—Se ha acostado con ella —le respondió Megan.

—¿Cómo lo sabes? —Preguntó rápidamente Sam, notando al momento que la chica le había tendido una trampa.

—¿Lo ves? —Dijo ella, señalándolo con la mano—. Siempre caéis.

—¿Te acostaste con ella? —Preguntó Bobby, abriendo los ojos como platos.

Sam no respondió.

—No acabó bien la cosa, ¿verdad? —Se interesó la morena.

Al ver que su amigo seguía sin responder, Bobby no encontró mejor momento para soltar uno de sus discursos.

—A ver, Sam. Sé que no quieres decírselo a nadie. De verdad que lo sé. Lo guardas todo para ti, y eso nos preocupa. Somos tus amigos, nos importas. Vale, probablemente no te volveremos a ver. Pero eso no quiere decir que no te recordemos cuando regreses a Lima. Si no quieres contárnoslo está bien. Pero nos gustaría ayudarte, hermano. De verdad.

Sam dio un sorbo largo al café que el camarero del bar acababa de dejarle encima de la mesa. Luego suspiró profundamente y comenzó a contarles la historia.

—Nos acostamos —asintió con la cabeza.

Los chicos le dedicaron toda su atención.

—Y le dije que volvía al McKinley.

—No veo cuál es el problema... —Dijo Bobby.

—Chsss, déjale hablar —le reprendió su novia.

—Ella... ella creía que no iba a volver. Que jamás volvería, por eso se acostó conmigo —el chico miró hacia otro lado, evitando sus miradas pero no dejó de hablar—. Me lo advirtieron, ellos me dijeron que ya no era la misma. Y yo no les hice caso. No lo hice. Solo quiere triunfar, no le importa nada más. Nunca le importé, para ella solo fui un pasatiempo. Para ella y para todas —se lamentó. Estaba abriéndose por completo ante sus amigos, en un bar. Pero lo necesitaba demasiado.

—Son unas estúpidas, Sam. Todas ellas —le respondió Megan, enfadada.

—Megan... no le ayudas.

—Es que no lo entiendo. ¿Es que no ven lo que tienen delante? Por Dios, cualquier chica de Tennessee daría lo que fuese porque Sam la quisiera. ¡Mis amigas estaban completamente locas por él, Bobby! ¡¿Qué les pasa a las chicas de Lima?

Bobby la calmó, haciéndola callar de nuevo. Sam se había despistado otra vez y revolvía el café en sentido contrario.

—Sam, prométeme que la olvidarás —le pidió la chica.

Él la miró a los ojos, antes de darle una respuesta.

—No puedo, Megan.

—¿Por qué?

—Porque la sigo queriendo.

...

—¿Dónde está el incendio? —Preguntó Santana, entrando como un torbellino en la habitación de Brittany—. He recibido un mensaje con el código... 911...

La latina observó atenta la situación. Mercedes lloraba desconsolada, apoyada en el regazo de Britt mientras su novia le acariciaba el pelo y le cantaba una canción de cuna.

Al verla entrar, Britt puso cara triste, indicándole que guardase silencio y se sentase a su lado.

—¿Qué ha pasado? —le susurró Santana, después de darle un beso en la mejilla.

La rubia se encogió de hombros, sin dejar en ningún momento de arrullarla. Mercedes llevaba más de veinte minutos llorando y no parecía que fuese capaz de detenerse.

Santana negó con la cabeza, antes de saltar.

—Ya está bien —dijo en español—.¡Mercedes Jones, deja de llorar ahora mismo y dinos lo que pasa! —Chilló.

—¡San! —Protestó Brittany.

—Déjame a mi, cariño. Así es como se hace. Aretha... deja de llorar.

Mercedes se levantó, buscando su mirada mientras las chicas se preocupaban.

—¿Qué ha pasado? —Le preguntó Santana, bajando ya el tono de voz.

—Estoy enamorada de él —dijo secando sus lágrimas con el pañuelo que le había dado Britt. Aquellas dos personas que tenía enfrente de ella eran sus amigas. Eran las personas que más le importaban en esos momentos. Parecía mentira todo por lo que habían pasado las tres para lograr entenderse y apreciarse las unas a las otras, pero después de todo, las TT las habían unido. Y Mercedes no se imaginaba sus días sin ellas. Britt y Santana, San y Brittany. Las dos la habían apoyado, la habían escuchado y seguían haciéndolo, a pesar de no haber ganado las Locales.

En el fondo, creía que al no ganar, ellas le darían la espalda. Pero no había sido así, habían empatado y las TT seguían su camino hacia las Regionales contra New Directions.

—Lo sabemos, Mercy —le susurró Britt a modo de respuesta.

—No. No lo entendéis —se lamentó la diva, observando la reacción de las chicas—. Me dije a mi misma que no volvería a hacerme sufrir, me dije que no volvería a pensar en él, que le olvidaría. Pero no puedo —la chica negó con la cabeza, mientras su llanto no cesaba—. ¡Soy una idiota! Después de todo, después de... Soy una idiota, y una estúpida y...

—Y le quieres —Santana terminó la frase por ella—. Como yo a Britt, y no puedes olvidarle por mucho que lo intentes. No puedes borrarlo de tu mente, porque siempre está ahí y aquí —dijo la latina llevando una mano a su corazón, mientras le dedicaba una mirada a su novia.

—No quiere verme.

—Claro que quiere —dijo Brittany, acariciándole con su mano la espalda, tratando de reconfortarla.

—Me lo dijo, Britt. "Intenta no cruzarte en mi camino" —Mercedes agarró otro pañuelo de la caja que la rubia sostenía en su mano.

—Boca de trucha no ha podido decirte eso. Él no es así —le respondió la latina.

Mercedes evitó sus miradas.

Claro que no era así.

Sam era un chico dulce, cariñoso, romántico.

Se había dado cuenta tarde, demasiado tarde.

Él no se había despedido de ella porque no quería abandonarla, no le había dicho que se iba porque no quería que sus últimos días juntos los pasasen lamentándose por su marcha. Le había mandado ese mensaje con la intención de que se olvidase de él y siguiese adelante con su vida. Y a pesar de todo el tiempo que había permanecido lejos de ella, seguía queriéndola y deseando estar con ella, como había ocurrido el viernes.

Pero ella lo había echado todo a perder. ¡Había sido una estúpida!

Por Dios, después de todo por lo que habían pasado. No pensó en él.

No.

Solo tuvo miedo.

Tuvo miedo al saber que él regresaría al McKinley. Miedo de volver a estar con él.

Confusión, por no saber lo que sentía, por no querer reconocerlo.

En ese momento, en ese mismo momento en el que Sam le había dicho que regresaría a Lima, ella había pensado en Shane.

Y la culpa la había invadido.

La culpa la había hecho olvidar lo que en realidad había sentido al tocar su piel de nuevo, al sentir sus labios y sus manos recorrer su cuerpo, al volver a estar segura entre sus brazos.

Le había dicho que volvería y ella no había podido evitar pensar que le había sido infiel a Shane cuando ni siquiera estaban juntos.

Demasiado tarde se había dado cuenta de lo que él le había dicho.

Diciembre... Enero... Febrero.

Sam quería volver con ella.

Él la seguía queriendo.

Sam la quería de vuelta a su lado.

Pero ella había pensado en Shane. En su novio... ex novio. Y había dejado que los pensamientos la confundiesen y que la rabia la dominase.

Le había perdido.

Sam ya no quería verla. Le había hecho demasiado daño.

Recordando sus palabras, la diva lloró todavía con más fuerza.

Santana agarró su rostro entre sus dos manos, obligándola a que la mirase.

—¿Qué hiciste, Mercedes?

—Me acosté con él —respondió, haciendo que las chicas intercambiasen una mirada de sorpresa—. Creí... Creí que no volvería a verle... Lo utilicé.

—¿Lo utilizaste? ¿En qué sentido? No entiendo —dijo Brittany, buscando la mirada huidiza de la diva.

—Creí que no volvería a verle, Britt. Me acosté con él creyendo que jamás volvería a verle. Sentí... sentí que le estaba siendo infiel a Shane, y le culpé a él. Culpé a Sam de mis propios errores.

—Pero no estabas con Shane en ese momento. Todavía no habéis vuelto.

—Lo sé, pero en mi mente lo seguía pensando —trató de excusarse.

—¿Y tu corazón? ¿Qué pensaba tu corazón en ese momento?

—Mi corazón no quería separarse de él. Pero mi mente había ganado la batalla. Discutimos, Britt. Nunca habíamos discutido así. Perdí la razón, la perdí completamente. Y le grité, le grité con todas mis fuerzas. Quería hacerle daño, quería aliviar mi culpa. Me dijo... me dijo que se arrepentía de haberse acostado conmigo.

Brittany la abrazó nuevamente, mientras Santana sacaba más pañuelos de la caja.

—No lo decía de verdad, Mercedes —le dijo la latina.

—Yo le creí... yo le creí y lo abofeteé.

—Oh Mercy... —Se lamentó Brittany.

—Entonces me dijo que volvería el lunes y que no me cruzase en su camino — terminó de contarles, agarrando el pañuelo que le había ofrecido Santana.

—Y Cenicienta ha despertado por fin como si fuese la Bella Durmiente y se ha dado cuenta de lo tonta que ha sido.

—¡San! —Le reprochó de nuevo su novia.

—Mañana le dirás la verdad. Mañana buscarás a Boca de Trucha y le dirás que le quieres, que no has podido olvidarle, que lo sientes y que has sido una tonta.

—No puedo. No quiere verme —le respondió la diva.

—Pasaron meses desde junio, Wheezy. Meses en los que pudo estar con otras y olvidarte, pero no lo hizo. Te quiso, y te sigue queriendo —dijo Santana, tratando de hacerla entrar en razón.

—No.

—Mercy, cuéntaselo todo. Dile lo que sientes por él. No sabemos porqué ha regresado, pero te quiere de vuelta. A ti, a nadie más. Ni a Quinn, ni a Santana. Sam te quiere a ti.

Mercedes las miró, secando sus lágrimas por última vez con el pañuelo completamente empapado. Le agradecía a Dios que la hubiese puesto en su camino. Echaba de menos a los demás pero saber que las dos chicas la apoyaban era todo lo que necesitaban.

—Prométenoslo, Mercy. Prométenos que se lo dirás mañana. No importa lo que pase. Se lo dirás.

—Promételo, Wheezy —se unió Santana.

—No importa lo que pase —se aseguró Brittany.

—Lo prometo.

...

—Joder, tío. No sabes cuánto te hemos echado de menos —dijo Mike mientras lo abrazaba fuertemente.

Sam los escuchaba atento mientras los chicos no dejaban de hablar y recordar viejos tiempos. Solo habían pasado unos meses, sin embargo a sus amigos les parecían años.

—Supongo que volverás a audicionar para el Club Glee —dijo Artie mostrándole una de sus sonrisas.

—No sé... ¿Debería? —Les preguntó divertido.

—Deberías —le respondió Finn, seguro—. Quizás así, Blaine dejaría de tener tantos solos.

Los chicos estallaron en risas al oír el comentario. Risas que se silenciaron en el momento en el que Puck abrió su boca.

—¿Has visto a Mercedes? —Le preguntó, mientras todos lo miraban esperando una respuesta.

Sam se lo quedó mirando, sin decir nada. Miró el reloj, fijándose ya en la hora que era.

—¡Qué tarde es! Iros ya que llegaréis tarde al entrenamiento. No quiero tener la culpa de que os castiguen con trescientas flexiones.

—Sam tiene razón —dijo Finn levantando una mano en alto—. Vamos tíos o llegaremos tarde.

Todos siguieron al quarterback, dejándolo solo.

—¿Por qué cojones se la has nombrado? —Le reclamó Finn.

—Cierto tío. ¡Qué bocazas! —añadió Mike.

—Quería saber qué pensaba respecto a ella, ¡no me matéis! Solo dije su nombre.

—Pues es evidente lo que piensa —les respondió Artie.

—¿Ah sí? ¿El qué? —Se interesó Finn.

—No quiere hablar de ella. Huye del tema. Vamos... que le sigue gustando.

—No os metáis, chicos. Enserio, dejadle en paz y corramos que llegamos tarde —les dijo Finn, apurándolos.

Los chicos decidieron hacerle caso. No necesitaban empezar la semana recibiendo castigos de Bieste.

...

Una hora después, Sam se encontraba en los vestuarios esperando a que volviesen del entrenamiento.

Sin embargo, no fueron los primeros en llegar, Azimio y Tinsley se les habían adelantado.

—Volverá conmigo, Azimio. Estoy más que seguro de ello. Siempre vuelven, no pueden resistirse a mí.

Sam, al oírlo, corrió a esconderse en uno de los cubículos, cerrando la puerta con mucho cuidado.

—Y volveré a tenerla encima tío. Mientras me cabalga y veo cómo se mueven esos melones que tiene.

Azimio se rió al oír su comentario.

—¡Hijo de puta! Qué suerte tienes, ¿reparte un poco, no?

Sam los oía desde el baño, luchando por no salir y romperle la boca a golpes. ¿Cómo podían hablar así de... de una chica?

—¿Cuánto hace que no te la tiras? —Le oyó decir a Azimio.

—No sé, quizás... ¿Un mes? Mes y medio. Pero no estoy dispuesto a esperar por más tiempo. ¿De qué me ha servido? Ni siquiera ha sido capaz de ganarles a esos inútiles. ¿Para eso he esperado? ¿Para que empaten? ¡Anda, no me jodas! Es una vaga, eso es lo que es.

—Así que vas a camelártela otra vez...

—¡Por supuesto! Solo necesita oír: "Cariño, lo has hecho muy bien. Estoy orgulloso de ti, ganarás las Regionales" y se abrirá de piernas más que deprisa.

Sam no podía soportarlo más.

¿Por qué nadie entraba? ¡¿Dónde cojones estaban los demás?

Le hacía daño, oírles. ¡Le dolía! Ella iba a volver con Shane. Iba a volver con Shane y no tenía ni idea de sus verdaderas intenciones.

¡Joder!

—Déjame ver la foto de nuevo —le oyó decir a Azimio.

¿Foto? ¿Qué foto?

—¡Joder, tío! Estás obsesionado... Te dije que no volvería a enseñártela. Es mía, ¿lo entiendes? Propiedad de Shane Tinsley.

—Te pedí la foto, tío, no a ella. Déjame vérselas otra vez, venga. Una última vez.

—Eso dijiste la semana pasada y no me la devolviste en dos días, Azimio.

—Te la compro por cinco pavos. ¿Qué me dices?

Sam trató de serenarse, sin conseguirlo. Azimio intentaba comprarle una foto de Mercy desnuda a Shane. Era un mal sueño, una pesadilla. No podía estar pasando de verdad.

—Te la vendo por diez —le respondió Shane.

¡Hijo de puta!

—Dejémoslo en siete —regateó Azimio.

—Ocho y no se hable más.

—¡Hecho! —Le dijo, tendiéndole la mano para sellar el trato.

Acto seguido, Shane sacó del fondo de su taquilla la foto y se la entregó.

—¡Joder! —Dijo, observando de nuevo la foto.

—Aquí no, Azimio —bromeó Shane—. Hazte la paja en tu casa y dame mis ocho pavos.

El jugador llevó su mano a la mochila guardando la foto y buscando su cartera.

—Tus ocho pavos —le dijo, mientras Tinsley los agarraba más que deprisa—. Gracias tío, haré buen uso de ella.

—No me cabe duda, cabrón —le gritó, viéndolo cerrar ya, la puerta de los vestuarios—. ¡Perfecto! Me he quedado sin foto, tendré que sacarle otra.

En menos de un segundo, alguien lo agarró de improviso empujándolo contra las taquillas.

Shane abrió los ojos a tiempo de ver como un rubio arremetía contra su ojo con todo su puño derecho.

—¡Vuelve a tocarla y te mato, hijo de puta!

El gigante detuvo su mano, evitando así otro de sus golpes. Le retorció el brazo, dándole la vuelta y poniéndolo de espaldas a él. Lo había inmovilizado con todo su cuerpo.

—¿Quién cojones te crees que eres tío? —Le soltó.

—Soy... soy... "El Príncipe Encantador" —le respondió Sam con rabia.

Shane se rió al oírlo. Estalló en carcajadas, apretándolo aún más e inclinándose para susurrarle al oído.

—Evans... ¿eh? —Le puso la zancadilla, derribándolo y haciendo que el rostro del rubio chocase con el frío suelo de los vestuarios—. Vaya, vaya. Al fin nos conocemos, "Príncipe" —Shane se apresuró a colocar una de sus piernas encima del cuerpo del chico, retorciéndole más el brazo en el proceso.

Sam se sentía aprisionado, apenas podía respirar.

—¿Se puede saber qué pretendías, eh, "Príncipe"? ¿Acaso te ha sentado mal lo que he dicho? —Shane se inclinó sobre él, tratando de oír su respuesta, pero el chico apenas podía hablar—.¿Qué exactamente? ¿El hecho de que le haya vendido la foto o la facilidad que tiene Mercedes para abrirse de piernas conmigo?

Sam se revolvió de nuevo, debajo de él.

—¡Sác... sácate de encima!

—¿Has aprendido la lección, chico? —Le preguntó, agarrando su rostro y levantándolo unos centímetros.

—He aprendido que eres un cabrón y un mierda. Y que me alegro de verdad que yo fuese su primero y no tú.

Shane volvió a pegarlo al frío suelo de nuevo.

—No me hagas reír... Puede que hayas sido el primero, pero ella no volvería a hacérselo contigo ni muerta.

Sam masculló algo a modo de respuesta.

—¿Qué has dicho?

—¡Que te saques de encima, cabrón! – Gritó el rubio con todas sus fuerzas, a la vez que sentía cómo sus brazos y sus piernas se liberaban de la carga.

—¡Quitadme las manos de encima, imbéciles! —Shane se revolvió, apartándose de Puck y Finn, mientras Mike ayudaba a Sam a levantarse del suelo.

Éste viéndose al fin libre, arremetió contra Shane dándole un puñetazo en el estómago. Los chicos lo rodearon y los separaron antes de que la pelea se iniciase de vuelta.

Finn se volvió hacia Shane.

—Será mejor que te vayas, Tinsley.

—¿Crees que te haré caso, Hudson?

—¡Lárgate! –Le gritó Puck, aguantando de Sam con ayuda de Mike—. Somos cinco contra uno, ¿quieres recibir?

—¿Cinco contra uno? Yo solo veo a cuatro.

—Se refieren a mí —le respondió Artie, rodando la silla hacia él.

—¡Qué miedo os tengo! Sobretodo a ti —dijo señalándolo.

—¡Vuelve a meterte con Artie y te rompo las piernas, idiota! —Dijo Puck, soltando a Sam y enfrentándose a él.

Finn los detuvo, poniéndose delante.

—Lárgate, Tinsley. Lárgate de aquí.

Shane cerró la taquilla despacio, agarró su mochila y salió de los vestuarios a paso lento. Girándose antes de cruzar la puerta, les recordó lo que pensaba de ellos.

—¡Perdedores!

Sam se dejó caer en el banco situado detrás de él. Todos se sentaron alrededor, a la vez que Artie rodaba la silla haciendo corrillo.

—¿Estás bien? —Le preguntó Finn, preocupado.

—No —fue lo único que dijo.

—Sabía que esto iba a ocurrir, lo sabía —habló Puck—. ¿Sabes por qué ha pasado, no? Porque lo guardas todo para ti, tío. ¡No me jodas! Te pregunté si habías visto a Mercedes y nos mandaste al entrenamiento como respuesta. ¡¿Estamos locos?

—Puck... —Le reprendió Finn.

—Déjame —le dijo, levantando una mano en alto y girándose de nuevo hacia Sam—. ¿Por qué no lo reconoces, Sam? Admite que estás celoso. ¡Joder! Admítelo de una vez.

—¡No estoy celoso! —Les gritó.

—Seguro que no... —Le respondió Puck.

—No estoy celoso. Nunca podría estar celoso de una persona así. Estoy dolido. Me duele ver que no lo conoce. No le conoce en absoluto.

—¿Qué ha pasado, Sam? —Le preguntó Mike, en un susurro.

Sam los miró uno a uno antes de responder. Delante de él estaban sus mejores amigos, la gente que le quería y apoyaba. Podía contárselo, podía decirles todo lo que había pasado.

—Le vendió una foto a Azimio.

—¿Una foto de qué? —Preguntó Artie.

—De Mercedes desnuda, ¿verdad? —Le respondió Puck, al ver cómo Sam guardaba silencio de nuevo.

Éste asintió con la cabeza, haciendo que todos se sorprendiesen.

—¡Menudo hijo de puta! Si no fuese tan grande juro que lo agarraba de los huevos y lo mataba a hostias —Puck estaba totalmente fuera de sí, se levantó de un brinco, apoyando una de sus manos en el hombro de su amigo—. Lo siento de verdad, tío.

—Tenemos que decírselo a Mercedes —se les unió Finn.

Todos se giraron a verlo.

—Yo se lo diré —respondió Sam.

—Es lo mejor —asintió Artie.

Todos lo aprobaron, dejando solo a Sam mientras se desnudaban y se metían ya en las duchas.

Él salió afuera, mientras los demás terminaban de arreglarse.

Le dolía el brazo y la espalda. Sentía pinchazos por todo su cuerpo y aún así, lo único que ocupaba su mente era Mercedes Jones.

Le provocaba náuseas la manera con la que Shane hablaba de ella y de su cuerpo. Era asqueroso.

No podía permitir que volviese con él. No podía.

No le importaba si no quería estar con él, no le importaba en absoluto, pero no permitiría que Shane le hiciese daño. Puede que nunca volviese a sentirla entre sus brazos. Puede que nunca volviese a besarla, abrazarla, agarrarla de la mano. Puede que nunca volviese a hacerle el amor.

Pero no permitiría que Shane Tinsley le hiciese daño.

Podía permanecer lejos de ella, aunque le doliese. Pero nunca dejaría que él se le acercase de nuevo. No pensaba permitírselo.

En los pasillos, Sam reposaba su cuerpo sobre la taquilla de Mercedes. Sus pies lo habían llevado allí casi sin darse cuenta.

Suspiró profundamente, mientras miraba cómo los minutos pasaban. ¿Cuántas veces había soñado con el momento de esperarla en su taquilla mientras ella salía de su clase de Matemáticas? ¿Cuánto había soñado con agarrarle la mano mientras cruzaban juntos los pasillos del McKinley completamente llenos de gente? ¿Cuántas veces había soñado con poder celebrar la victoria del equipo con su novia? Había soñado incluso, cómo se lo dirían al resto de los chicos. Quizás con un dueto, quizás reuniéndolos a todos y soltándoles la sorpresa. Ahora ya todos lo sabían. Jacob Ben Israel lo había destapado, todos sabían que habían estado saliendo, que él se había marchado y que ella había empezado a salir con Shane Tinsley.

Con el cabrón de Shane Tinsley.

Sam giró sobre sí, apoyando los puños sobre la taquilla y golpeando la de su derecha, haciéndose daño de nuevo en el puño.

¿Por qué Mercy? ¿Por qué le sigues prefiriendo a él?

Yo te di todo. Todo, Cenicienta... No dejaré que regreses a su lado. No me importa que no vuelvas conmigo. No permitiré que se acerque a ti. No se lo permitiré.

Su mente voló hacia un recuerdo cercano. Su mente, recordó cómo el viernes le había hecho el amor de nuevo. Cómo la había sentido entre sus brazos otra vez, había sentido su risa, su voz, su piel pegada a la suya...

Esa había sido la última vez.

No habría más oportunidades, ni para él ni para Tinsley. El cabrón no volvería a tocarla, no volvería a poner sus sucias manos en su hermoso cuerpo. Solo de pensarlo, Sam quiso vomitar.

Se curvó hacia delante, apoyando la cabeza sobre la taquilla sin apartar los puños de ella. Debía arrancar de su mente esas visiones. Eran crueles, asquerosas, le hacían daño... Le hacían mucho daño.

Mercy...

¿Por qué no podía olvidarla? ¿Por qué simplemente no podía arrancarla de su mente? ¿Por qué su corazón empezaba a latir nuevamente cuando la veía? Cuando le sonreía... Su sonrisa.

—Dime que no es cierto... por favor, dime que no es verdad—la oyó decir.


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