Disclaimer: Glee no me pertenece, de lo contrario sabríamos más cosas de la familia de Mercedes Jones.
Capítulo 4: Esperar
—Dime que no es cierto... por favor, dime que no es verdad.
Sam se giró sobresaltado.
Delante de él se encontraba Mercedes Jones, con lo puños apretados y los ojos llorosos.
—Mercy... —Como acto reflejo, el chico levantó su mano tratando de secar sus lágrimas. Sin embargo, la chica dio un paso atrás, alejándose de él, haciendo que Sam desistiese en su empeño.
—Por favor, no. No lo hagas —le pidió, mientras ella misma secaba con su mano las lágrimas que resbalaban por sus mejillas—. Sé que me dijiste que no me cruzase en tu camino. Lo sé...
—Mercedes, yo... —Sam intentó hablarle, pero ella no se lo permitió.
—Solo... dime que no es cierto, por favor. Dime que Shane me mintió, dime que no me insultaste —le suplicó sin apartar su mirada de sus hermosos ojos verdes.
—¿Insultarte?
¿Eso le había dicho? ¿Que la había insultado? Sam jamás podría insultarla. Jamás.
—Yo no... Yo me niego a creerlo, porque... —La chica hizo una pausa, reuniendo el valor necesario para contárselo todo. Reuniendo el valor para decirle lo que durante tanto tiempo había guardado para sí. Se lo había prometido a Britt y a Santana, pero sobretodo, se lo había prometido a sí misma.
Había llegado la hora de decirle la verdad, había llegado, por fin, el momento de decirle lo que sentía por él. Que le había querido y que le seguía queriendo. Necesitaba decírselo. Él debía saberlo.
—¿Por qué Mercy? —La apuró Sam, acercándose más a ella.
—Porque te quiero —le soltó, mirándolo a los ojos.
Sam abrió los ojos, asombrado. Su corazón pareció detenerse durante un segundo, después del cuál, comenzó a latir más y más deprisa.
—Te... te quiero, Sam. Te quise, no dejé de quererte. No pude dejar de quererte ni aún estando con él. Lo intenté, Dios sabe que lo intenté. Traté de olvidarte, pero fue imposible. Es imposible —la chica apenas podía ver con claridad, sus ojos habían vuelto a llorar. Señaló su corazón—. Te llevo aquí y no puedo sacarte. No puedo.
Mercedes cerró los ojos tratando de no mirarlo.
—Estuve... estuve con él... Y mientras nos acostábamos, yo pensaba en ti. Pensaba que volvíamos a estar juntos, que habías vuelto y que esa vez, no volverías a irte. ¿Sabes lo que es eso, Sam? Sentir sus manos sobre mi cuerpo, creyendo que eran las tuyas. Sentir sus labios, su piel... Creerte a mi lado cuando estabas a miles de kilómetros. Acostarme con él, mientras creía que eras tú quién me hacía el amor. Tenías razón, Sam. No te olvidé demasiado rápido, simplemente no pude hacerlo.
—Mercy... —El chico la buscó, reposando su mano izquierda en su mejilla mientras secaba con el dedo pulgar las lágrimas que resbalaban de sus ojos—. Te quiero —le susurró, perdiéndose en sus ojos oscuros—. Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero —no dejaba de repetirlo mientras depositaba suaves besos en su frente, en sus mejillas, mientras besaba cada una de sus lágrimas derramadas.
Ella lo miró triste, mientras sentía sus labios y sus manos sobre ella de nuevo.
—No te olvidé, sabes que no pude olvidarte. Para mí no se acabó, nunca se acabó. Siento lo que te dije el viernes, lo siento tanto —dijo mientras la rodeaba con sus brazos—. Jamás me arrepentiría de hacer el amor contigo. Jamás. Mercy... fue como un sueño hecho realidad. Volver a sentir tu piel, volver a sentirte entre mis brazos. ¡Te eché tanto de menos! Dios mío, te quiero, te quiero, te quiero. ¡Te quiero! —Gritó Sam, antes de perderse en su boca para besarla con todo su corazón.
Fue un beso dulce y salado, bañado por las lágrimas de ambos. Lágrimas de dolor, de tristeza, de desesperación. Lágrimas de felicidad.
El chico sintió cómo Mercedes trataba de alejarle de ella, empujándole con sus manos.
—Sam, no. No podemos —dijo secándose las lágrimas.
—¿Por qué? —dijo él, agarrando su mano.
Ella trató de soltarse antes de responder, pero él no la dejó.
—He... He vuelto con Shane —le susurró, evitando su mirada.
—No, no, no, no —le respondió él, negando con la cabeza—. Dime que no es verdad, dime que me estás mintiendo, por favor.
—Lo siento —dijo ella, tratando de nuevo de soltarse de su mano, consiguiendo que Sam la agarrase con más fuerza.
—¿Por qué Mercy? ¿Por qué quieres hacerme daño? ¿Por qué me dices que me quieres cuando has vuelto con él? ¡¿Por qué juegas conmigo? ¡Con mis sentimientos! No tienes derecho, no tienes ningún derecho.
—Lo siento —no hacía más que repetirlo una y otra vez.
—Dime porqué lo haces. Dame una razón, una sola —el chico se resistía a soltarle la mano. No pensaba dejarla ir tan fácilmente.
—No puedo decírtelo, Sam. Suéltame por favor.
—No. No te irás, necesito saber porqué demonios has vuelto con él si es cierto que me quieres. ¡Dímelo! —Él la acercó con brusquedad, hasta pegarla por completo a su cuerpo.
—No puedo —se lamentó Mercedes, evitando de nuevo su mirada. No quería ver cómo sus hermosos ojos verdes la odiaban de nuevo.
—¡Dímelo Mercy!
—¡Se lo prometí! ¿Vale? ¡Le prometí que volvería con él si no se lo decía a Figgins!
El chico la soltó, separándose de ella. Sus manos sostuvieron su rostro obligándola a mirarlo.
—¿Cómo? —No sabía a qué se refería, no entendía nada.
—Te iba a denunciar ante él y te expulsarían del McKinley. Quedaría reflejado en tu expediente...
Sam no podía creer lo que estaba oyendo. ¿Denunciarle? ¿A él? ¿Por qué razón?
¡Qué diablos! No le importaba. No le importaban las razones, solo quería estar con ella.
—Por Dios Mercy, a la mierda mi expediente. ¿Cómo has podido decirle que sí? —Le reprochó, aún con sus manos acariciando su rostro. No pensaba soltarla, no quería dejarla ir. Era suya, por siempre suya.
—No lo pensé. Solo accedí —le susurró la chica, posando sus manos sobre las de él, intentando retirarlas.
—No dejaré que vuelvas con él —dijo en tono serio, mientras sentía sus manos cálidas sobre las de él, en contacto con sus húmedas mejillas.
—Sam... —Mercedes cerró sus ojos, sintiendo sus manos por última vez.
—¡Escúchame, Mercy! Me quieres a mí. No puedes volver con él.
—Sam, eso ya no importa —le respondió la chica abriendo sus ojos de nuevo, advirtiendo cómo una lágrima descendía por el rostro del chico, sin detenerse.
—¿No importa? ¡¿No importa? Mercedes, me quieres. ¡Te quiero! Nos queremos. No puedes separarnos otra vez. Esta vez no te dejaré ir tan fácilmente.
—Por favor... —Le suplicó, tratando de soltarse de su agarre—. Ya es tarde.
—¡No es tarde! Nunca es demasiado tarde. ¡Déjalo! Me quieres a mí, es conmigo con quién quieres estar. ¡Conmigo!
—No... —Se lamentó.
—Entonces me mentiste. No me quieres Mercy, si lo hicieses, regresarías a mí.
—¡No lo entiendes! ¿Por qué no puedes entenderlo? ¡Lo he hecho por ti! —Dijo, haciendo presión y soltándose por fin de sus manos.
—¿También te acostarás con él por mí? ¡Dime! ¿Lo harás? ¿Te acostarás también con él para salvar mi expediente?
Mercedes rechazó nuevamente su mirada, dando un paso atrás.
Un paso que lo sacó de sus casillas.
—¡Mírame! ¿Lo harías?
Ella no le respondió. No quería responder. No podía mirarlo y darle esa respuesta.
Porque ambos sabían cuál sería.
—Vuelve conmigo, Mercy. A la mierda mi expediente, a la mierda Tinsley. ¡A la mierda todo! Vuelve conmigo —dijo avanzando en dirección a ella, acortando la distancia entre ambos.
—Lo siento, Sam —dijo la chica, alejándose de él aún más—. Hice una promesa, y yo cumplo mis promesas. Déjame ir, por favor. Si tú me quieres, harás lo que yo he hecho y te apartarás de mí.
Mercedes se dio la vuelta, recorriendo el pasillo de las taquillas tan deprisa como pudo, dirigiéndose hacia la salida del instituto.
—¡Óyeme bien, Mercedes Jones! ¡Jamás me apartaré de ti, no me importa lo que digas, no pienso dejarte ir!
Ella no se volvió pero Sam supo que le había oído. Tenía que dejárselo claro, tenía que saber que él jamás se rendiría.
Le había dicho que le quería. ¡Le quería!
Mercy le quería y había vuelto con Shane solo para protegerle. Pero ella no conocía a Tinsley. ¡No sabía de lo que era capaz! Por Dios, era un cabrón. ¡Un cabrón de mierda! Y Sam había conseguido que ella volviese con él.
Apoyado en la taquilla se dejó caer al suelo, abrazándose a si mismo y hundiendo su cabeza bajo sus manos. Tenía que recuperarla, tenía que apartarla de Shane. Tenía... ¡oh Dios! Tenía tantas ganas de tenerla de nuevo, de sentirla junto a él, de hacerle el amor...
—¡Estás aquí! Al fin te encontramos tío —dijo Puck, llamando su atención.
Sam no les respondió, ni siquiera se giró, se puso en pie de un salto y se alejó corriendo hacia la salida.
—¡¿Adonde vas? —Gritó Finn.
—Vamos a ir a comer todos juntos, ¿no vienes? —Chilló Mike.
—¡No! —Dijo sin detenerse—. Tengo algo más importante que hacer.
Sam salió del McKinley a toda prisa buscando el parking de bicicletas. Eran pocos los alumnos que acudían a clase en bici y él, era uno de ellos. Al menos, no tenía que venir andando o esperar a que sus padres le recogiesen a la salida.
Definitivamente, una bici no era como un coche, ni tan siquiera como una moto, pero le daba libertad y se ahorraba pagar el bus, un taxi o la gasolina para el coche de sus padres.
Sacó el candado de la bici, guardándoselo en el bolsillo y salió del parking pedaleando tan rápido como podía.
El viento le azotaba en la cara, mientras los coches no dejaban de pitar a su lado, quejándose por sus acciones. Estaba siendo temerario, lo que menos necesitaba en ese momento era tener un accidente.
Dobló a la derecha en el cruce, derrapando con las ruedas y casi derribando una señal de stop. Aminoró la marcha, recuperando el aliento. Estaba enfadado y dolido pero debía calmarse, debía pensar fríamente. Su primera idea había sido enfrentarle. Agarrarle y golpearlo hasta que sus manos se hiciesen sangre. Se había visto luchando contra él, peleando con él, pero no debía ser así. Eso era lo que Tinsley esperaba de él.
Era lo que él hubiese hecho, destrozarlo a golpes. Pero Sam era inteligente, puede que su dislexia lo retrasase en los estudios, pero no era estúpido. Sabía perfectamente como joderle.
Shane esperaría que Sam acudiese a él, teniendo así, otra razón para denunciarle. Pero él no acudiría, haría algo mejor. La única manera de vengarse de él era recuperando a Mercy.
Era ella quién debía dejarle, solo así, podrían olvidarlo todo y empezar de cero. Y estaba dispuesto a lo que fuese por volver con ella.
Sabía lo que era no tenerla a su lado, lo había padecido durante meses. Sabía lo que era volver a sentirla, volver a acariciar su piel como lo había hecho el viernes. Y no estaba dispuesto a renunciar a ello.
Las ruedas de la bici se detuvieron delante de su portal. Sam se fijó en que, tanto el coche de sus padres como el de ella todavía seguían dentro.
Su madre pronto se iría de nuevo al trabajo. Solo tenía que esperar.
Esperar y esperar.
Esperar.
Como había esperado para darle el primer beso. Había estado tan nervioso que lo había retrasado demasiado. Tanto que al final fue ella la que se lo había dado, tomándole por sorpresa, derribando sus defensas con sus labios suaves y aceptándole sin reservas. Había sido su primer beso. Su primer beso de amor lo había hecho enrojecer de vergüenza y balbucear como bobo, mientras ella le dedicaba la mejor de las sonrisas.
Esperar.
Como había esperado para sentir su piel en contacto con la suya. Para hacerle el amor, para jugar con su pelo y acariciar su cuello mientras depositaba dulces besos en él. Como había esperado para sentirse dentro de ella, queriéndola, amándola con todo su corazón. Con él había sido su primera vez.
Esperar.
Como esperaba cada día de junio a que llegase su hora de salida del trabajo para poder verla aunque fuese un rato. Para poder reírse con ella, pasar tiempo a su lado, agarrados de la mano, sentarse en un banco echándole miguitas de pan a las palomas. Simplemente, estando a su lado.
Esperar.
Como esperaba a que su madre se marchase al trabajo, para asaltarla, para recuperarla. Para volver junto a ella, para amarla.
Cruzó la calle, resguardándose del frío debajo de un árbol. No llevaba bufanda ni gorro y sus manos estaban congeladas. Y el nuevo corte ya no evitaba que sus orejas se enfriasen, lo dejaría crecer de nuevo... A Mercedes le encantaba enredar sus dedos en él.
Cuarenta y cinco minutos esperó hasta que el portal de la casa se abrió y el coche de los Jones salió con la madre de Mercy al volante.
Antes de que el portal se cerrase de todo, Sam se había colado dentro. No era la primera vez que lo hacía y tampoco sería la última.
Tocó la puerta con sus nudillos, quizás si llamaba al timbre, Mercedes sabría que no sería su madre.
—¿Qué te olvidaste ahora, ma...? —Dijo la diva, abriendo la puerta.
Tan pronto como lo vio, lo empujó para cerrarla, pero el chico, consciente de que lo haría, colocó un pie entre la puerta y el marco impidiendo que la cerrase. Empujándola a la vez con el brazo para entrar en la casa.
—Salte, Sam. ¿Qué crees que estás haciendo?
Mercedes caminaba hacia atrás sin quitarle los ojos de encima, mientras él cerraba la puerta y la seguía.
Ella se chocó con el sofá, dudando por un segundo adónde dirigirse para escapar de él, pero Sam no le dio oportunidad de hacerlo. La aprisionó contra el sofá, impidiéndole la salida.
—Mi madre está al caer —le dijo.
—No cuela, sé que se ha ido a trabajar.
—Hoy tiene libre. Va a volver —repitió la chica.
—Me da igual —dijo él, serio.
—En Junio no te daba igual. En Junio te escondías de ella.
—En Junio hacíamos el amor en tu habitación, por supuesto que me escondía de ella.
La chica no se rió ante el comentario. Él tampoco lo hizo.
Mercedes trató de soltarse, haciendo que el rubio la inmovilizase con sus brazos y sus manos, colocando las de ella detrás de su espalda.
—Suéltame, Sam —la chica sintió sus frías manos en contacto con su piel. Un escalofrío la recorrió de arriba abajo.
—Necesito oírtelo decir de nuevo. Necesito oírte decir que me quieres.
—No puedo decírtelo. ¿No lo entiendes? No me está permitido quererte —le respondió ladeando la cabeza, escapando de sus ojos verdes.
—Sabía que dirías eso.
La chica lo miró cuestionándole.
—Él te dijo que no me denunciaría si volvías con él, ¿cierto?
—Sam, por favor. ¿Por qué no lo aceptas y te vas?
—Chsss, escúchame bien Mercedes Jones. Porque yo también quiero jugar. ¿Cuáles fueron sus palabras exactas? Vamos Mercy, ¿cuáles fueron?
—Sam, no nos hagas esto, por favor —le suplicó.
—¿Cuáles fueron? —El chico clavó sus ojos en ella esperando su respuesta.
—"Si vuelves conmigo, no se lo contaré a Figgins"
—Bien —dijo él.
—¿Bien?
—Bien. Si vuelves conmigo, no se lo contaré a Figgins —le dijo emulándole a él.
—No hablas en serio...
—Es tu decisión, Mercy. Figgins lo sabrá de todos modos. Se lo dirá él o se lo diré yo, pero lo sabrá. Solo dime... ¿A quién quieres? ¿A quién amas?
—Sam, no puedes hacerme esto. Piénsalo.
—Piénsalo tú, Mercedes. Él sí puede ponerte en un cruce pero yo no.
Una encrucijada. Shane la había puesto en una encrucijada. Sam había vuelto a confundirse de palabra pero no le corrigió.
—¡Él no tiene nada que perder! Tú sí, ¡es a ti a quién pueden expulsar, por el amor de Dios!
Tenía que callarla, tenía que hacerla olvidar.
Sus labios buscaron los de ella en un beso frenético, cargado de deseo y pasión. Mercedes se sentía aprisionada, quería detenerle, debía detenerle. Lo empujó con todas sus fuerzas haciéndose daño a su vez.
—¡Mercy! —Protestó.
—No vuelvas a besarme, Sam. No hagas que le engañe. Yo no soy así, no lo soy.
—Vuelve conmigo Mercedes o se lo contaré todo a Figgins.
—No se lo dirás —ella trató de correr hacia la puerta pero él la interceptó de nuevo, llevándola hacia la pared.
—Sabes que se lo diré, sabes que por alejarle de ti, estaría dispuesto a cualquier cosa —le acarició el rostro con sus fríos dedos, haciéndola temblar.
—Sam —la diva no pudo soportarlo más. Sus fuerzas le fallaron y sus piernas no la detuvieron, haciéndola resbalar por la pared, mientras sus ojos se envolvían en lágrimas—. No te merezco —le dijo.
—Por Dios, Mercy. Mírame —dijo él, arrodillándose delante de ella—. Has vuelto con él solo para evitarme problemas. Nadie haría algo así, nadie. Solo tú.
—¿Te doy asco, verdad? —Le preguntó, secándose las lágrimas con sus dedos—. Tienes razón, nadie sería capaz de hacer algo así.
Él la acarició de nuevo, sentándose a su lado.
—Te quiero —dijo, haciendo que le mirase a sus ojos—. ¿Me has oído? Te quiero. Estoy enamorado de ti. No me hagas sufrir más. Vuelve conmigo.
—Pero...
—Vuelve conmigo, Cenicienta.
—¿Y tus estudios, Sam? —Le preguntó, preocupada.
—Tú eres lo único que me importa —el chico se inclinó para besarla nuevamente, entendiendo al fin que ella había entrado en razón.
En el mismo momento en el que sus labios se rozaron, ella llevó su mano a su pecho, rechazándole.
—¿Qué ocurre? —Dijo el chico, abriendo sus ojos.
—No lo hagas. Todavía no. No quiero engañarle. No soy así, no quiero ser... como ella —le explicó, agachando la cabeza.
—¿Como quién? —Él la obligó a que lo mirase de nuevo.
—Como Quinn... no quiero ser como Quinn.
—Escúchame Mercy. Tú nunca serás como ella, nunca podrías serlo —dijo acariciando su pelo y colocándoselo detrás de la oreja mientras ella se secaba sus lágrimas.
—¿Por qué? —Le preguntó.
—Porque ella no se lo pensó, Mercy. Ella me engañó, no pensó en mí. Tú no quieres engañarle, ni aún queriéndonos como nos queremos. No quieres engañarlo. No sois iguales. ¿Quieres saber otra razón?
Ella asintió con la cabeza, esperándola.
—Ella ya no existe para mí, Mercedes, ya no. Aquí dentro —dijo, agarrando su mano y llevándola a su corazón—. Aquí solo hay sitio para ti.
Sintiendo su mano fría sobre la de ella, lo miró a los ojos, perdiéndose en ellos.
—Te quiero —le susurró, tratando de no llorar de nuevo.
Se apoyó en su pecho, sintiendo latir el corazón que desde ese día sería su casa. Latiendo y latiendo por ella.
Sam la rodeó con sus brazos, protegiéndola, cuidándola, depositando un tierno beso en su pelo rizado, acariciándolo con sus dedos.
Siempre supo lo que Mercedes Jones significaba para él, a pesar de la distancia, a pesar del tiempo. Su verdadero amor estaba ahí, aferrada a su cuerpo, temblando bajo sus brazos.
—Déjame cuidarte, Cenicienta. Déjame hacerte feliz —le susurró entrelazando sus dedos con los de ella.
Ella se alejó de él, momentáneamente, tirando de su mano y agarrándole la otra también. Las unió y las cubrió con las suyas, frotándolas para que entrasen en calor.
—Tienes las manos muy frías —dijo preocupada—. Ven, levántate. No quiero que caigas enfermo.
Él le sonrió mientras la chica tiraba de su mano para levantarle. Sam se frotó él mismo las manos, calentándolas ligeramente, antes de acariciar su rostro de nuevo.
Tenía ganas de besarla, ¡tenía tantas ganas!
Se inclinó, cortando la distancia entre ellos. Pero Mercedes le detuvo de nuevo, ésta vez fue su mano la que acarició sus labios parándole.
Sam abrió los ojos, encontrándose con los suyos.
—Quiero hacerlo bien, Sam. Cuando regrese a tu lado, quiero ser solo tuya.
Él besó la mano que encarcelaba sus labios, haciéndole cosquillas en ella.
—¿Me esperarás? —Le preguntó Mercedes.
Sam asintió con la cabeza, sin dejar de acariciar sus mejillas todavía húmedas por las lágrimas que había derramado.
—Deberías irte —le dijo Mercedes, separándole de ella.
—Quiero quedarme contigo, Mercy.
—No haremos nada, Sam. Lo sabes.
Él la condujo hacia el sofá, sentándolos a los dos en él, uno al lado del otro.
—Quedarme a tu lado es más que suficiente.
Ella le sonrió, inclinándose sobre su pecho de nuevo y agarrándole de la mano. Encendió la tele con el mando a distancia, buscando algo que ver. Se decidió finalmente por los vídeos musicales de la MTV.
Vídeos a los que no les prestaron atención. Ambos se habían quedado dormidos oyendo la respiración del otro.
Puede que la vida les hubiese separado, pero por alguna razón, les había vuelto a unir y ésta era su oportunidad para ser felices.
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