Nota de la autora: Lo único importante que puedo decir aquí es que lamento muchísimo la espera tan larga. La culpa es de la desgraciada musa que se ha sindicalizado y le gusta hacer paro laboral. Muchísimas gracias por su paciencia, comentarios, y de antemano, su lectura.


Disclaimer: los personajes son propiedad de JK Rowling. El resto, es mío.


No hay soundtrack específico para el capítulo, pero lo he escrito escuchando: "Fix you" y 'Yellow' de Coldplay. Altamente recomendados.

Recordatorio: Clasificación M.


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"APAGA LA LUZ"

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Capítulo II

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Abres los ojos y estás despierta.

Esta no es tu habitación. Enfocas un poco más la mirada y la ventana gigante cubierta por un húmedo rocío te parece vagamente familiar.

Recordarlo todo no resulta muy tardado pero sí bastante difícil.

De pronto las piernas pesan más de lo ordinario, como dos yunques sujetándote en una posición que ha dejado de ser cómoda. Te rehúsas a moverte. Porque en cuanto te muevas, la noche habrá dejado de ser noche, y la mañana traerá consigo una incertidumbre a la cual no te quieres enfrentar.

No aún.

En su lugar, cuentas tus inhalaciones y exhalaciones, una por una, en par y par.

Alrededor del cuarenta y cuatro pierdes la paciencia y levantas tu cuerpo de la cintura para arriba, adoptando una posición de sentada sobre la cama.

Volteas a tu derecha y notas la cama vacía.

Vacía.

Curioso que lo que se sienta vacío sea tu pecho y no el colchón en el que has pasado la noche dormida.

Te estiras e ignoras el hecho, lo mejor que se te pueda dar ignorar las cosas que punzan. Sexo con un extraño. Y despertando sola. En esta cama que no puedes creer hayas considerado alguna vez cómoda; porque ahora es un mueble grande, frío y presuntuoso.

Te levantas y aseas con ahínco. El baño es lo sobradamente grande para distraerte un rato. Tallas fuerte: las piernas, los brazos, el vientre, cabello. Maldices, porque cada vez que pasas la suave esponja por una esquina que él tocó anoche, la endemoniada memoria aparece estrepitosa, dejándote aturdida y descolocada.

Él.

Con sus labios. Sus largos dedos tibios. Su No te haré daño.

El olor que te envuelve, como si él siguiera pegado a tu cuerpo e invadiendo tus diminutos poros. Cada rinconcito de epidermis.

Esta sensación de fatiga, pareciera que hubieses corrido un centenar de millas anoche en lugar de haber pasado horas sobre la cama. Un eco entre tus piernas, recordándote dulce y amargo, que él ha estado donde nunca nadie más estuvo antes, y hasta dentro de los próximos cinco años, nadie más estará.

No te haré daño.

Notas tu dedo anular, de la mano izquierda, donde el agua se siente menos y cae más deprisa. En él descansan las dos gruesas bandas, una brillante, la otra ostentosa. De buena gana te quitabas ambas, pero después de la boda, el hechizo y la consumación, sólo tu esposo puede quitarlas.

Ojalá que al igual que tú, él no pudiese quitarse la suya sin tu intervención.

Absurdas leyes maritales mágicas que pecan de cavernícolas y machistas.

Te envuelves en la toalla y secas tu cabello con la varita. Luego vas a tu pequeña maleta y sacas un cambio de ropa. Pero en la maleta encuentras ya nada, así que usas el intelecto (para variar) y te diriges al que supones es el clóset y ahí encuentras colgadas tus túnicas, pantalones, blusas y zapatos.

Coges lo necesario y te vistes.

Ya cubierta, con un olor que es más tuyo y la sensación de haber lavado la incomodidad de esta vacante en el pecho, compruebas la hora. Once quince de la mañana.

Vaya que es tarde.

Te incomoda que sea fin de semana y no puedas ir a tu pequeña oficina a esconderte de todo, inclusive de tus propios pensamientos. Pero no habrá trabajo hasta el lunes. Porque pedir vacaciones para una luna de miel inexistente hubiese resultado absurdo y hasta cierto punto, deprimente.

¿Y ahora?

Realmente no sabes.

Si pudieses desparecerte ya lo habrías hecho. Pero Narcissa te explicó, en una de sus tantas charlas informativas, que dentro de la mansión es imposible aparecer o desaparecer y la única forma de salir es por la chimenea y la puerta.

Las dos opciones significan salir de este cuarto.

No se te apetece mucho enfrentar al mundo de allá afuera. Pero eres una leona, una Gryffindor, eres Hermione Granger.

Ya estás casada con Draco Malfoy. Has consumado tu matrimonio en la noche de bodas y has despertado a la mañana siguiente con la cordura intacta. La peor parte ya pasó.

Así que exhalas una última bocanada de aire dentro de esta habitación blanca y sales por la puerta.

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El pasillo es largo. Molestosamente largo. Lo recorres despacio pero ligeramente nerviosa, en la dirección contraria de la que llegaste anoche, del brazo de Narcissa y aún cubierta de blanco.

Evitas las miradas inquisidoras de los retratos con los que te topas de vez en cuando e ignoras los 'sangre sucia' susurrados a tu costado.

Cuando el pasillo termina hay otros dos que se extienden en direcciones contrarias. Tomas el de la derecha y caminas otro tanto, sin saber muy bien en dónde terminarás. Por las ventanas se divisan otras ventanas de la enorme casa. Después de un par de metros, ningún retrato ofensivo y media docena de puertas, te convences que este no era el pasillo indicado, porque terminas frente a otros dos pasillos que, frustrantemente, van en direcciones contrarias también.

Así que regresas sobre tus pasos y eliges el pasillo izquierdo en lugar del derecho. Claramente escuchas 'la sangre sucia está perdida', pero ni te molestas en voltear a ver a tu admirador. Ahora, las ventanas, en lugar de mostrar más ventanas, revelan un precioso jardín de flores.

En este pasillo sí que hay retratos de a montones y lo tomas como una señal positiva, probablemente sea el camino que lleve directo a la salida o una sala principal. De vez en cuando es 'la nueva señora Malfoy' en lugar de sangre sucia, y es preocupante que prefieras el segundo. Porque al menos ése no te manda escalofríos por toda la extensión del dorso.

¡Por fin! Delante de ti el pasillo se engrosa y alcanzas a divisar unas grandes escaleras. Así que aprietas el paso, deseosa de salir de tanta travesía susurrante.

Llegas al pie y te das cuenta que las escaleras frente a ti son de lo más peculiares. Te extraña no haberlo notado antes, pero a lo mejor del lado de la mansión donde viven tus suegros (escalofrío) de donde te llevaron a tu cuarto anoche, las escaleras no son de esta forma o en verdad estabas muy nerviosa como para darte cuenta.

Son grandes, cubiertas por alfombra oscura, pero en lugar de continuar rectas desde el inicio hasta el final, tienen una serie de ramificaciones que culminan en pisos diferentes o inclusive, puertas únicas e imponentes. Notas cómo el piso donde te encuentras ahora no es el más alto, y que otros tres siguen más arriba y a la izquierda, y otros dos hacia arriba y a la derecha.

Vas a perderte muchas veces dentro de esta casa, eso seguro.

Comienzas a bajar las escaleras y estableces como tu objetivo llegar a la planta baja. Ahí no puede haber pierde y a menos que se te antoje salir saltando por una ventana, es el único camino seguro que puede llevarte a lo que esperas sea la gran y obvia puerta de salida.

Aquí la luz es más rica, entrando por ventanas inmensas y sopesada por paneles de tonos claros. Para ser la escalofriante mansión Malfoy, dista mucho de una decoración gótica y pareciera inclinarse a un estilo sobrio y victoriano. Aunque prefieres no dar una opinión por sentada, tantas puertas misteriosas que llevan a Merlín sabe dónde son más escalofriantes que cualquier gárgola adornando paredes.

Ya solo dos pisos más y llegarás a lo que esperas sea la planta baja. Pero como todo en la vida, tienes que echarlo a perder por tu estúpida curiosidad que no conoce fronteras.

Has divisado una puerta que pareciera ser más grande que cualquier otra y que inicia justamente al pie de una de las ramificaciones de la escalera. Está ligeramente escondida por las paredes del realmente corto pasillo que la precede, porque desde arriba o desde abajo es imposible notarla.

Y como si tus piernas no siguieran órdenes razonables, en lugar de ir más abajo, te desvías ligeramente y terminas de frente a la enorme entrada. 'Recién casada se suicida por falta de sentido común' imaginas ya los titulares del Profeta, aunque estás segura que el título tendrá un toque más amarillista y escandaloso.

A lo mejor y la puerta está cerrada, te consuelas, y entonces no te quedará más remedio que seguir la marcha hacia abajo.

Levantas ambas manos y empujas ligeramente, porque no hay chapas ni cerraduras, sólo dos grandes aros de metal dorado que han de servir para jalar la puerta al salir.

Y como los gatos curiosos, estás llena de mala suerte y la puerta, efectivamente, hace un chirrido que hacen las puertas cuando se están abriendo.

Ya no hay marcha atrás y qué mejor que morir ahora, como una heroína explorando lo recóndito y desconocido.

Aumentas un poco más la fuerza en tus brazos, apoyándote en las piernas que tienes firmemente colocadas sobre el suelo. Te frustra lo pesadas que han resultado las puertas, pero si ya empezaste a abrir, qué mejor que acabar de hacerlo.

Otro tanto más de fuerza y ya menos chirridos, abres lo suficiente la entrada como para que tu cuerpo entre sin esfuerzo. Justo antes de aventurarte al interior, sacas la varita del bolsillo trasero de tu pantalón y te preparas para una lucha a muerte con una criatura espantosa, peluda, de dientes de sable y salvaje que ha de ser la mascota consentida de Lucius Malfoy.

Y Ronald alegando que te falta imaginación.

Susurras Lumus y entras.

De inmediato sabes que sea lo que sea, es bastante peludo. Porque aunque traes zapatos, tus pies notan al instante la alfombra gruesa que comienzas a pisar.

De espantoso y dientes de sable, nada. Aunque la que se va a poner salvaje eres tú.

A lo mejor Ginny tiene razón y tú posees alguna mágica conexión con los libros que hace que te llamen y tú acudas a ellos sin importarte tu seguridad y de paso, la privacidad de otros.

Vas hacia las pesadas cortinas y dejas la varita al lado. Estás tan emocionada por lo que crees que has encontrado que vale la pena descorrer las cortinas una por una y dejar que la maravilla te inunde por sí sola.

Abres la primera, partiendo la muralla de tela en dos, y dejas que la luz invada la habitación.

Una hermosa, inmensa, de pisos peludos y estantes repletos, biblioteca.

Corres a la segunda cortina y la partes aún más de prisa. Más estantes, más espacio, centenares y millares de libros.

La tercera cortina. Libros, libros, libros. Un escritorio inmenso, con plumas meticulosamente ordenadas y un contenedor de tinta antiquísimo.

¡Escaleras! ¿Una biblioteca particular con escaleras? A ti te va a dar algo.

Subes presurosa al segundo piso y abres más cortinas. Una, otra, la tercera, una cuarta.

Estantes que necesitan a su vez escaleras de madera de ensueño. No solo te va a dar algo, ya te está dando algo. Taquicardia, asma, diabetes.

Hipertensión.

Sonreír como idiota se queda corto.

Y por supuesto, porque eres Hermione Granger, empiezas a explorar cada estante. Notas que los libros están clasificados por autor y por materia. Exquisitamente forrados en cuero viejo, oliendo a páginas y letras.

Libros mágicos y, para tu franca sorpresa, libros muggle también; aunque no precisamente novedades contemporáneas de vampiros que van a la preparatoria.

Primeras ediciones. Te tiemblan las manos. La biblioteca de Hogwarts es exquisita, pero esto, esto es sublime.

Olvidas los pasillos, la puerta de salida, los cuadros susurrantes y hasta el cómo has dado a parar aquí.

Tu vista come libros, tus dedos frotan lomos y la espalda ya te cruje por la posición rígida que pones cada vez que sostienes un ejemplar del que jamás habías escuchado hablar antes.

'Tratado de las Sirenas sin rostro', 'Diario de un Gigante', 'Dios en la Magia', 'Rituales perdidos en el siglo XII', 'Ataduras y sangre', 'La oración del Mago', 'Criaturas extintas y cómo traerlas de regreso', 'Lidiando con las repercusiones del muggle y su Revolución Industrial'

Exploras todo y calculas que en cinco años, leyendo de a cinco tomos diarios, tal vez alcances a leer los libros del piso de abajo.

Te muerdes el labio ansiosa y placenteramente desafiada.

Qué mejor que comenzar desde el primer día.

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Has acabado descalza, con el suéter arrinconado en un perchero, acostada en un diván de cuero color verde botella, boca arriba, con los pies casi en el aire y un pesado libro sostenido entre tus manos.

Tienes el cabello hecho un desastre, y con lo largo que lo has traído últimamente, mejor te lo has dejado ya suelto, porque el moño queda demasiado grueso y no puedes recargar la cabeza a gusto.

Para tu crédito, este es el segundo tomo que estás leyendo. Y sí, estás muriendo de hambre, pero sólo un capítulo más y buscarás la puerta de salida o en su defecto, buscarás la cocina, comerás algo y regresarás a este pequeño paraíso que te has encontrado.

Terminas el capítulo y por más que quieres seguir leyendo, el estómago no da tregua.

Así que te levantas y comienzas a buscar tus zapatos. Te calzas, tomas la varita y sales.

De inmediato te encuentras con las escaleras y notas que la luz del sol ha disminuido considerablemente. Reanudas el descenso que realizabas hace un par de horas y terminas en lo que esperas, es la planta baja.

Al parecer sí lo es, porque la puerta de salida (no puede ser otra) se erige imponente a unos cuantos metros al pie de la escalera.

Podrías regresar a la biblioteca, coger el libro, tu suéter, salir por la puerta y aparecerte en un pequeño y acogedor restaurante y comer algo mientras te enfrascas en la lectura. Tienes años de práctica y sabrías cuidarlo para que no se manche.

Pero sospechas que los libros han de tener algún tipo de hechizo de seguridad para no poder sacarlos de la casa, y quién sabe, tal vez hasta de la misma biblioteca. No quisieras pasar la vergüenza de verte como una ladrona o peor aún, ser detenida como una.

Te preguntas si vale la pena intentar buscar la cocina. Realmente no crees que esté en algún otro piso más arriba. Pero tienes demasiada hambre, al punto que no quieres andar buscando algo que probablemente no encontrarás, para que al final, acabes saliendo de todas formas.

Volteas a tu izquierda y notas un alto reloj de cuerda con números romanos que no hace su clásico tic toc. Quince a las siete. Es muy tarde y un sentimiento de pesimismo te irrumpe de pronto.

Tan tarde y nadie se ha molestado en preguntar por ti.

Ya no tienes ganas de regresar a ese paraíso inventado. Por muchos libros que tenga.

Sacudes la cabeza. Debiste haber traído el suéter contigo, pero ya no vas a volver sobre tus pasos, así que vas hacia la puerta de salida, la cual, sin impedimentos, se abre amplia para ti.

El sol tibio de la tarde acaricia tu rostro y empiezas la marcha sobre una bonita vereda de piedra rodeada por arbustos meticulosamente podados. Las flores son pocas y en su lugar, hay frutales y árboles de considerable altura.

Es un buen tramo y llegas finalmente a las rejas, que en su centro, forman una 'M' elegante, grande y ostentosa.

Abres la puerta sin dificultad, lo cual te hace dudar seriamente de las medidas de seguridad de este lugar. Te hubieses traído el libro.

Volteas una última vez hacia atrás, memorizando la imagen para la hora en que tengas que aparecerte aquí de nuevo.

Eso si es que llegas a aparecerte aquí de nuevo.

¿Para qué regresar a una casa donde claramente no hay nadie más que tú? Para lo mismo te vuelves a tu viejo departamento y continúas tu vida como si nada.

Dudas que alguien note la diferencia. Y honestamente, para invisibilidades, mejor en la seguridad de un lugar en el cual no puedes perderte o ser tragada por puertas y monstruos mascota.

Suspiras y memorizas la imagen por si acaso.

Extraños. Los extraños tienen relaciones sexuales, no se dan besos de sabor a mañana y vuelven a verse a los cinco años para firmar el acta de divorcio.

Si quería que captaras la indirecta, Malfoy no pudo haber sido más claro.

Y eso es lo malo contigo. Una vez que te percatas el cómo serán las cosas, la resolución te domina violentamente.

Regresas sobre tus pasos.

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Ya no es tan difícil encontrar el camino y todo lo haces a una velocidad considerable.

Subes las escaleras y te diriges a la biblioteca. Recoges el suéter y pones el libro en su lugar. Cierras las cortinas y pareciera que nunca hubieses estado aquí.

Subes otro tanto, recorres el mismo pasillo, ignoras los 'mugre', 'suciedad', 'pestilencia' y llegas a la habitación blanca.

Tienes prisa, porque a pesar de esta sensación de enojo y frustración en el vientre, no se te ha olvidado que mueres de hambre. Con la varita sacas toda tu ropa de ese clóset y vuelves a meterla en la maleta, encantándola después para que siga tus pasos.

'Finalmente, la sangre sucia comprende que este no es su lugar'

Ahora es rabia. Porque por supuesto que este no es tu lugar, pero no necesitas un retrato parlanchín y grosero para que te lo recalque.

Aprietas la marcha y en menos de lo que te imaginas ya estás en la reja. El sol es cada vez menos nítido y percibes el olor a noche acercándose.

Volteas una última vez, mientras cierras firme la puerta inmensa, pero ligera, de metal.

No te haré daño.

Malditas tripas que rugen. Con la varita y el sencillo encantamiento, desapareces.

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Apareces frente a tu departamento, en un callejón fríamente calculado (y convocado) de cuando te mudaste aquí. Abres la puerta y hechizas la maleta para que vaya a la habitación por sí sola.

Todavía está amueblado, de hecho, prácticamente intacto. Por lo cual, sonríes satisfecha.

Luego, por desgracia, recuerdas que el refrigerador está vacío.

Así que te pones el suéter y te vas al supermercado, a dos cuadras de distancia. 'Nunca vayas de compras con hambre' te ha recalcado tu madre desde pequeña, y ahora le das la razón. Todo se te antoja y por supuesto, lo compras.

Al final, pareciera que has adquirido la despensa del mes y por un lado, está bien. Vas a pasar los próximos años en el mismo lugar, a menos que encuentres una pequeña casa en los suburbios que puedas costearte.

Pasas por la sección farmacéutica, y te detienes. Anoche no usaste protección, y aunque la señora Weasley te proveyó con una poción anticonceptiva y te la tomaste meticulosamente hace una semana (su duración es de veintiocho días), algo te dice que una poción anticonceptiva de la señora Weasley amerita tomar otra precaución, sólo por si acaso.

Los extraños tienen relaciones sexuales. Los extraños no se besan por las mañanas y los extraños se evitan durante cinco años. Pero en definitiva, tú no quieres tener hijos con un extraño.

Compras las pastillas adecuadas, ignorando esa sensación extranjera de andar tú comprando este tipo de cosas.

Te vas a la sección de frutas y verduras.

Para cuando tienes el carrito lleno, has olvidado momentáneamente todo lo que últimamente te ha sucedido. Es como si nada hubiese cambiado.

Pero la cajera mira de forma nada discreta tu mano izquierda, por más tiempo del educadamente usual, y la incomodes, pesimismo, vacío en el estómago, regresan.

-Qué argollas tan hermosas- te dice mientras pagas.

Tú solo sonríes y musitas un muy bajo –Gracias-

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Llegas a casa, deshaces las bolsas, preparas dos emparedados, sopa caliente, agua de frutas y de postre, helado y galletas.

Te sientas frente al televisor, lo enciendes y las noticias marcan que ya pasa de las nueve de la noche.

Cenas, y al final, has acabado con un emparedado intacto, la sopa a medio comer y del postre, nada más has probado el helado.

Recuerdas a la cajera y sus buenos, pero no en el mejor momento, modales.

Apagas el televisor, recoges tus platos, guardas las sobras y decides que mañana comprarás un gato nuevo, para que te haga compañía. El último duró casi un año y escapó a una mejor vida, persiguiendo a una gata de ojos azules.

Son las diez y estás agotada. Te pones el pantalón de franela y una camisa delgada de algodón y tirantes. Te cepillas el cabello que ya no es chino, sino una mezcla molesta de lacio en la raíz y esponjado por las puntas, que empiezan a alcanzar ya tus caderas. Lavas tus dientes, la cara, concentrándote inhumanamente en cada actividad, para evitar que tus pensamientos salgan volando hacia otros lados.

Abres la pequeña caja de cartón y llevas ambas pastillas a tu boca.

Te recuestas.

Analizas todo lo que ha pasado hoy. Estarías mintiendo si dijeras que nada te ha afectado. Si tuvieses lechuza, le mandarías una carta a Ginny ahora mismo, pero sopesas que es muy tarde ya, así que mañana sin falta irás a visitarla a la linda casa que tiene ahora en las afueras de la ciudad, para desahogar tus penas.

Exhalas e inhalas metódicamente.

Jurarías que Draco Malfoy es lo último que te viene a la mente antes de caer dormida.

No te haré daño.

Pero, tú nunca juras.

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Toc. Toc.

¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

Ese ruido escandaloso. En un principio, creíste que lo estabas soñando, pero ahora, ya medio despierta, te das cuenta que es bastante real.

¡Toc! ¡Toc!

Gimes cansada. Alguien está tocando la bendita puerta a las… ¡Una de la madrugada! Tu reloj no miente y estás segura que ya no hay vergüenza.

¡Toc!

Tú no te vas a parar.

¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

Pero si no vas, estas casi segura que alguien va a tumbar tu puerta. ¿Será Harry? ¿Ron?

¡Toc! ¡Toc!

Gimes desapasionada. Te levantas y ni tiempo te da de buscar las pantuflas, porque el maldito Toc Toc retumba ahora hasta tu cuarto. Realmente, quien sea que esté golpeando la puerta, está a un par de toquidos de derrumbarla.

Tropiezas una vez con el sillón de la sala y al fin llegas a la entrada.

-¿Quién?- a lo mejor es un muggle tomado y violento. Si es así, no vas a abrir la puerta ni de chiste, y mucho menos descalza y con la varita en el cuarto.

-Draco- responde una voz dura y tranquila, muy distinta a esos toquidos brutos y resonantes.

Pierdes el aliento. ¿Qué está haciendo él aquí?

¿Tocando tu puerta a la una de la madrugada?

-¿Vas a abrir o tengo que tumbar la puerta?-

Inhalas dudosa y abres lentamente.

Frente a ti, se dibuja alto, rubio, ligeramente agitado y con los nudillos derechos irritados, apretados en un puño.

No sabes muy bien qué decir y él te escanea con la mirada, de arriba hacia abajo, como cerciorándose de que no te falte una pierna y seas, efectivamente, tú.

-¿Sí?- es lo único que puede salirte de entre los labios ligeramente resecos.

-¿Qué estás haciendo aquí?-

Frunces el ceño -¿Cómo que qué estoy haciendo aquí? Aquí vivo-

Su cara muestra molestia –No- y el muy señor todo poderoso, entra sin siquiera pedir permiso -¿Por qué no estás en la casa?-

-¿Disculpa?- de pronto ya no estás tan dormida, y cruzas los brazos a la altura del pecho –Esta es mi casa-

-Granger- sisea, con una mirada que podría intimidarte si no estuvieses tan molesta –No es hora de juegos. Te busqué por todos lados, los elfos no tenían ni idea de dónde mierda estabas-

Tragas hondo -¿Elfos?- ignorarás el te busqué por todos lados por el momento –Yo no vi nunca a ningún elfo-

Él medio gruñe y tú te rindes. Es la una de la madrugada y la mitad de los vecinos ha de estar ya despierta, así que cierras la puerta tras de ti, porque las ganas de que otros escuchen esta conversación son de lo más miserables.

-Al parecer, oyeron el rumor que regalas gorritos a diestra y siniestra- lo ves menear la cabeza de un lado a otro –Te evitaron como a la plaga-

Eso parece ser una explicación razonable a la ausencia de ellos. ¿Pero y él?

-Desperté y no había nadie- le dices, aparentando una indiferencia que no sentiste en ese entonces -Estaba perdida y no sabía ni a dónde ir, mucho menos cómo llegar siquiera a la cocina- suspiras y de pronto ya no estás tan enojada –Además, esta es mi casa-

De nuevo, sin siquiera un Qué bonitos muebles, el desvergonzado se va a tu sala y se echa sentado, con los codos apoyados sobre los muslos.

No te queda otra que seguirlo, pero en lugar de sentarte en el sillón de enfrente, sigues de pie y te colocas a unos pasos de donde él se ha apoltronado en tu mueble.

Tuve que ir a la oficina desde temprano y no quería despertarte- lo dice con un tono con el que te cuesta trabajo no creerle.

Te das cuenta que es lo más cercano a una disculpa que vas a obtener de él. Y ni cómo decir ¡Fin de semana, en la mañana después de tu boda! ¿Y tenías que ir a trabajar? Porque para trabajo-cólicos no hay peor ejemplo que tú. Si por ti fuera, también hubieses tenido trabajo que hacer esta mañana.

Asientes –Pues ya pasó, y, ahora que has verificado que sigo viva y coleando, lo cual te agradezco, te pido por favor que te retires- evitas mirarlo a los ojos y aparentas una concentración fatal en acomodar un cabello despeinado –Es tarde y estoy segura que tú también mueres de sueño-

Pero él no se mueve. Ni emite palabra.

Volteas a verlo frustrada.

Él sigue ahí sentado, casi de perfil a ti, con el rostro ligeramente volteado y la mirada fija en tu rostro.

Esperas un par de segundos y …¡Por Merlín! ¡Es la una de la madrugada y tú tienes sueño! Si tienes que echarlo a patadas, pues adelante, que él se lo ha buscado.

Así que te acercas decidida a correrlo en este preciso instante.

Descruzas los brazos de tu pecho, te paras enfrente y abres la boca a punto de rugir un enorme ¡Largo de aquí!

De pronto, es su mano derecha aferrando tu antebrazo izquierdo, jalándote hacia él, rompiendo con tu equilibro, llevándote casi de bruces contra su cuerpo aún sentado y tus labios… sus labios. Él devorando tu boca.

Gimes.

Protestas. Pero él tiene esta fuerza y esta presencia que hace que se te derrita la voluntad.

Lo sientes mover sus manos a tu espalda baja, colándose por la ligera blusa de algodón, consiguiendo mandar espasmos por tu columna, con sus largos y tibios dedos que desviven tu piel.

Cuando menos lo planeas, porque esto no lo tenías planeado, le devuelves el beso, con la misma pasión, ahínco, desenvoltura.

Olvidas que estás enojada, que estuviste hambrienta. Porque el único hambre en el que puedes pensar ahora es el hambre que tienes de sus labios, su lengua, sus dedos sobre de ti y los tuyos enterrándose en sus cabellos finos y ligeramente largos.

Sus dedos abandonan tu piel, colándose más abajo, envolviendo tus glúteos y apresándolos con sus palmas, levantándote y colocándote ahí.

Tan cerca y tan dolorosamente lejos.

Tus piernas lo envuelven al igual que tus brazos, echados ahora en su cuello.

Y todo regresa.

El ardor. La urgencia. La impaciencia que sofoca la carne magullada.

La locura que te controla, que te vuelve otra. Somete tus sentidos para después liberarlos y llevarte a un mundo donde todo es saliva, gemidos, ganas de volar y fricción que conflagra.

Y es esta fricción, Merlín es esta extraordinaria fricción. Tu pantalón de franela es demasiado delgado y sus pantalones de tela tan gruesos.

Lo sientes. Ahí. Aquí.

Entre las piernas.

Presionas, sin dejar de besarlo. Lo oyes gemir, soltar un quedo Me estás matando, que acaba matándote a ti.

Su boca, su deliciosa, iracunda, irreverente boca.

Es un extraño. Es un maldito extraño. Los extraños hacen esto, los extraños se besan, se acarician, se penetran y después dicen adiós.

¿Pero los extraños enardecen tanto? ¿Los extraños queman a esta temperatura carnicera y despiadada?

¿Los extraños duelen tanto?

Dejas de besarlo y de mover las caderas.

-¿Qué sucede?- te pregunta con suavidad, abriendo sus ojos líquidos y acariciando de pronto tu mejilla izquierda.

Te desmenuzas –Desperté y no estabas- susurras sin pensar.

¡Ridícula! ¡Dramática!

¡Estúpida Hermione!

No te atreves a verlo.

No dice Lo siento. Y se lo agradeces infinitamente. ¿Por qué habría de sentirlo? Es un extraño y tú eres una extraña.

Los extraños no se dan besos con sabor a mañana.

-Lo sé- susurra sin dejar de mirarte.

Lo miras y pierdes la conexión entre el cerebro y las cuerdas vocales -Cuando despierte mañana, ¿seguirás aquí?-

¿Qué estás haciendo? ¿Por qué hablas? ¿Por qué de pronto sale tanta barbaridad de tu boca?

-¿Quieres que siga aquí?-

-…Sí-

Sus bocas se unen otra vez, y lo que sea que pudiste haber pensado se pierde como las cartas en botellas vacías arrojadas al mar. Existe la esperanza de que alguna vez regrese, pero mientras tanto, la inmensidad se abre de por medio.

Te entregas. Besas. Consumes.

Te dejas consumir.

Cierras fuerte los ojos y luego los abres de tanto en tanto, observando sus finas facciones y el fantasma de sus ojos cerrados.

Las manos de él no se están quietas, como no se estuvieron quietas anoche. Las tuyas adquieren una seguridad que no tenían la vez pasada, conocedoras de lo que va a suceder, y sin embargo, temerosas de aquél conocimiento.

Así que te concentras en besarlo.

Y lo besas. Envuelves su lengua en la tuya y relames tímida sus labios.

Presionas tu vientre contra el suyo y la tela que restriega inquieta.

Te eleva en el aire, con su boca aún pegada a la tuya y sus largas palmas adheridas a tus glúteos y el inicio posterior de tus muslos. Te aferras a su cuerpo con ambas piernas, y a su cuello, con ambos brazos.

Él deja de besarte la boca y tú, por vez primera, besas su cuello, mientras los lleva a ambos a la habitación, que siendo el único cuarto además del baño, no es difícil de encontrar.

Lames la piel salada, con ahínco. El efecto no se hace esperar. Escucharlo soltar un Mierda, preciosa te eleva el espíritu hasta paraísos donde no hay precisamente libros.

Llegan al pie de la cama, y con calculoso cuidado pero pasión inquietante, te arroja al colchón y se deshace de su camisa deprisa.

Te muerdes el labio con cada pedazo de piel que queda al descubierto.

¿Deberías quitarte la blusa tú también?

Una parte de ti grita osada que lo hagas, que le demuestres cuánto mueres por sentir su piel desnuda contra la tuya. Pero, la otra insiste en que quieres que él la quite, tortuoso, con sus largos, tibios, intoxicantes dedos.

Él decide, cuando a un instante de arrojar su camisa, se arroja sobre de ti, deliciosamente aplastante, y se deshace de ella más rápido de lo que hubieses podido deshacerte tú.

De ahí no puedes besarlo. Él se dedica a besar cada rincón de tu cuerpo y desnudarte con una pasión metódica.

Te frustra a niveles placenteramente desconcertantes.

Las sensaciones físicas son tan parecidas, pero dentro ya nada es igual. Tienes miedo, sí, de lo que pasará mañana, de lo que significará el hoy. Pero ya no tienes miedo de hacer algo que no habías hecho nunca antes.

Aquí, ahora, confías en sus dedos. En sus labios, lo que tiene entre las piernas y el calor que emana y te destruye.

No te haré daño.

Ojalá pudieses volver a oírlo de sus labios.

Estás desnuda y, curiosamente, anoche no te sentiste tan expuesta como te sientes hoy.

-Draco- susurras su nombre. Decirlo hace todo esto menos forajido, más personal.

Él responde con caricias, soplidos sobre tu piel y besos de lengua y fuego.

Déjate llevar, susurra la consciencia traidora. El mañana será mañana.

Desnuda, roja, exaltada. Observas fascinada como él se despoja de lo último que le cubre y regresa a la altura de tu boca.

-Hermione- le escuchas gemir.

Sin percatarte hasta muy tarde, te das cuenta que él ha levantado ligeramente tu mano izquierda y ha besado con fuerza tu dedo anular enjoyado.

Lo vuelves a tener dentro.

La sensación de sentirte completa regresa estrepitosa y destructiva.

Arqueas la espalda, sometida.

Es ahí.

Por lo más sagrado, es ahí.

Aquí.

Él en ti y tú en él.

Por favor, aquí.

-Abre los ojos- escuchas a lo lejos, y obedeces un tanto después. Chocas con su mirada casi negra –Tan justa- susurra –Mierda, tan justa, no te muevas-

Pero necesitas moverte. Necesitas sentir eso que sólo puede sentirse si te mueves.

Lo ves estirar un brazo y llevar tu pierna hasta la altura de su hombro.

La profundidad invadida aumenta.

¡Por Merlín!

-¡Ah!- gritas, gimoteas.

Quieres moverte pero no puedes moverte. Él entra tan rápido, fuerte, potente, dañino.

-Por favor…- te oyes a ti misma suplicar –Por favor…-

Él continúa, catastrófico, enérgico.

Besa sonoro tu muslo, levantando el dorso y llevando tu otra pierna al mismo hombro distante.

La posición cambia exponencialmente y…

-¡Draco!-

...

.

...

Son un poco pasadas de las dos cuando él se desploma sobre de ti. Sientes su corazón acelerado chocar contra tu pecho y hacer coro con el palpitar del tuyo.

Te sientes osada, perfecta, agotada.

Y con esa osadía, buscas su rostro enterrado en tu cuello. Lo levantas con tu mano y suavemente le estampas un beso en los labios.

Dulce, como nunca habías sido dulce con nadie.

-¿Estás segura?-

Lo miras curiosa, con sus facciones aristocráticas y la frente rociada en sudor.

-¿Segura de qué?-

-De que me quede contigo esta noche-

Lo primero que piensas es: Sí, estoy segura. Pero tu inseguridad es más poderosa, haciéndote creer que tal vez esta es una forma para él de zafarse de la situación.

De repente estás molesta y maldita sea, presientes los pasos del vacío en el pecho acercarse –Si tanto te incomoda, no tienes por qué…-

-No es eso- dice frustrado y enérgico. Se quita de encima tuyo, rodando hacia el lado derecho de la cama.

-¿Entonces?- preguntas incierta, extrañando de pronto su peso sobre de ti.

-Costumbre- declara con una sola palabra, como si esa fuese toda la explicación necesaria para dejar la cosa absolutamente clara –Soy un hombre de costumbre- tiene la amabilidad de completar.

-Y yo soy una mujer que ama los gatos- le contestas medio sardónica.

-Pero si eres difícil- suspira, pasándose una mano sobre la cara –Bien, a ti te gustan los gatos, a mí la rutina-

Empiezas a comprender.

-Entonces, si te quedas la noche…-

-Granger- se reanuda molesto –Eres mi esposa, así que si quieres que me quede la noche, que sea en un lugar fijo. No pienso quedarme aquí hoy, mañana en la mansión y al día siguiente aquí de nuevo-

Vaya, te ha tomado por sorpresa -¿Y qué sugieres? ¿Qué me mude a una casa donde los pasillos insultan y los elfos me huyen como a la viruela?- bufas irónica –No sé tú, pero a mí me gusta estar cómoda donde vivo-

Te mira en silencio unos instantes –Estarás cómoda, de eso voy a asegurarme yo-

El escalofrío te baja por el cuello.

-No se trata de asegurar las cosas- le dices suave, recostándote sobre tu lado derecho- En mi mente, sigues siendo este chiquillo malcriado y elitista que me llamaba sangre sucia en los pasillos del colegio– notas que su quijada se aprieta y la mirada se le enfría.

Has sido maravillosamente bueno conmigo- le aclaras de inmediato, estirando la mano y, con una familiaridad que solo se tienen los que supones se conocen por años, le acaricias la mejilla y el mentón –No puedo dejar de estar agradecida por ello, pero ni tú me conoces ni yo a ti tampoco-

Sientes que su quijada pierde tensión –Los extraños no pueden vivir juntos como si nada- reanudas- Sin acabar asesinándose los unos a los otros, o a lo menos, terminar por despreciarse en completo- y la idea se te antoja aterradora –No digamos, una pareja de casados que ni siquiera son amigos-

-¿Sugieres entonces, que seamos amigos?- te pregunta serio.

Asientes –Es un buen comienzo-

Y él te sorprende, levantándose de pronto de la cama y comenzando a vestirse.

-Somos marido y mujer- te dice frío, sin siquiera voltear a verte a la cara –No amigos-

Ahí, desnuda, lo observas calzarse el último zapato, con la garganta de pronto irritada y sin saber qué decir.

-Draco, por qué…-

-Cuando estés dispuesta a ser mi esposa y aceptarme como tu esposo, las puertas estarán abiertas para ti- por fin voltea a verte y preferirías que no lo hubiese hecho –Al menos, durante los siguientes cinco años- te informa, dejando de mirarte y dirigiéndose hacia la puerta –Hasta entonces, no me vengas con tu mierda de amigos-

Tu mierda de amigos.

-¡Detente!- te escuchas a ti misma clamar.

Él se detiene sin dejar de mostrar su amplia espalda -¿Por qué…?- tragas hondo y te levantas de la cama, envuelta en la sábana -¿Por qué actúas así? ¿Por qué explotas? No he dicho nada que no piense o sienta, ni mucho menos, espero, que resulte ofensivo-

Él sigue sin contestarte, pero puedes notar desde la poca distancia que los separa, cómo tiene los hombros tensos y la espalda rígida.

Te acercas dudosa y tocas su omóplato izquierdo con suavidad –Los extraños tienen sexo- le dices con esfuerzo, preguntándote quién es ésta en la que te conviertes cuando hablas con él –Los extraños no se besan por la mañana ni se dan los buenos días-

La extraña pareces ser tú.

Se voltea de pronto, y casi pierdes el hilo de tan solo ver sus ojos ahí, tan altos, grises y tormentosos –Yo no quiero que seamos extraños- le susurras.

Él baja de pronto su cabeza y te besa duro, apremiante.

-No entiendes- te susurra a contra labio.

-Ayúdame a entender-

Él acaricia las puntas de tu cabello –Me gustas así- lo jala ligeramente.

Nota mental. A Draco Malfoy le gusta salirse por la tangente.

Y tú de verdad necesitas averiguar qué demonios te sucede con éste individuo, porque en lugar de darle el sermón que merece, o mínimo, exigir una explicación medianamente razonable, te levantas de puntitas y le regalas un tierno beso en los labios.

-Regresa a la cama-

Y dejas caer la sábana al suelo.

A lo mejor te mudas con él. A lo mejor lo encolerizas y decides no mudarte a esa inmensa y solitaria casa.

En el manifiesto más egoísta que has tenido hasta ahora en la vida, sólo quieres recostarte a su lado y dormir aferrada a él. Qué importa lo que se decida mañana, o si acaben por ser ni amigos, ni esposos ni nada de nada.

Lo miras levantar la esquina de sus labios –No pienso volver a quitarme la ropa- te dice con una voz oscura, lenta, grave. Lo observas observarte, con un encaro que despierta, desnuda y acaricia.

Levantas la ceja, escéptica –Pues si prefieres dormir vestido, allá tú- y caminas lentamente hacia atrás, sin dejar de verlo a los ojos y sin tapar tu desnudez.

Ayer eras una virgen sonrojada y hoy parecieras una gata en celo.

El pensamiento se ve interrumpido tumultuosamente, porque con fuerza, él se ha acercado de pronto, ha rodeado tu cintura, doblándote hacia adelante, y, de puro milagro, no has acabado con la columna rota.

-Desnúdame- ordena crudo.

Y tú, te sientes cocer.

...

.

...

¿Qué tanto podrás temer mañana?

Con hoy, ha bastado ya.

...

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...

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Me alargué mucho con el lemmon y sentí que tenía que cortarlo. Se lo atribuyo a la inseguridad de no saber muy bien si lo que escribo en este sentido es suficiente, poco o demasiado. Su opinión me interesa muchísimo en este aspecto.

A lo mejor el final del capítulo les trajo un qué demonios, que yo misma sentí al escribirlo. Pero no desesperéis, que todo irá agarrando forma. No sabemos todavía a ciencia cierta cómo y quién es este Draco Malfoy.

Hermione, espero, ya ha ido agarrando forma. No la juzguen tan a la ligera. Gatita, virgen o ingenua, la canija logró lo que ella quería: él se quedó a pasar la noche.

Un agradecimiento enorme por sus reviews a: Holly90, Beatrix Malfoy, Arabella-Ninfa, Cassie, annath, daniieLa maLfOy, Guiye, leonore, Sobeyda , Pao Malfoy Cullen Uchiha, Serena Princesita Hale, Nabm, Angel2012Negro, dusquinha, Londony, Thea Serpens, sugeisy, liebre-shindo, guille, Almu24, parvaty32, Elianela, Yaiza, Amia Snape, , RociRadcliffe, betzacosta, Diana, GeMa Malfoypooh, l0v3nist, Thunderlara-Boomslang, Shaska, ShaDark, Vlakat, ZarethMalfoy, moonlightwolf13, cazweet, Isabela-Domi, Temis Night, lucie, Ginnywp - Gigibv, Edna, Nini Snape, Hufflepuff, leontinees, Karii Malfoy, roSlythetin, YouAreMine21, LuHamDo, negrita28malfoy, luna-maga, Fabiola, moni jOnas!, Ninkie Potter, makaa, Chantel-Cullen, AliceDsfan, Fio.

Estoy casi segura que los he contestado personalmente todos, pero si me faltó alguien, una disculpa GIGANTE y no duden en reclamármelo a continuación.

Los anónimos me es imposible responderlos personalmente y por aquí es abusar de espacio y privacidad, pero si me dejan su correo (con espacios para que ffnet no los borre) se los responderé personalmente con todo (e infinito) gusto.

De nuevo, mil gracias por su paciencia, apoyo y por seguir leyendo.

Me honran y alegran siempre con sus comentarios.

Sari

...

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Aclaración: Como estudiante de medicina, he aprendido que una fecundación no representa un embarazo hasta que haya una implantación (alrededor de una semana después de dicha fecundación) Por lo tanto, aunque la poción de la señora Weasley no hubiese resultado efectiva, y las pastillas que ha tomado la protagonista veinticuatro horas después sí, se considera un método anticonceptivo y no un método abortivo. En lo personal, estoy en desacuerdo con el aborto inducido, no pienso realizarlo ni con mi persona ni sobre de otras. Pero también opino que cada quién es libre de decidir lo que guste hacer con su cuerpo. Una posición neutra, que muchos reprobarían como cómoda y de lavamanos. Pero para debates que no conocen fin y sólo causan conflicto, mejor promovamos la educación sexual y la planificación familiar. Así que, solo deseaba aclarar este punto y evitar futuras confrontaciones. Gracias.