Disclaimer: Glee no me pertenece, de lo contrario él la llamaría Cenicienta durante toda su vida.
Capítulo 5: El zapatito de Cenicienta
—Cariño, cariño, despierta. Ya es tarde.
Mercedes sintió cómo una mano acariciaba su mejilla. Una mano cálida.
Sonrió.
Cariño...
Él nunca la había llamado así. Nunca. Pero sonaba bien, sonaba...
¡Un momento!
La chica abrió los ojos rápidamente, dando un respingo y despertando a Sam a su vez. Su madre se encontraba de pie frente a ellos. Había apagado la tele y les miraba con ternura, con cariño. Al menos eso era lo que Mercedes podía leer en sus ojos.
—Mamá —dijo, levantándose.
—Señora Jones —Sam también se movió, soltando la mano de la chica. Y se levantó del sofá sin demora.
—Mercy, tu plato sigue encima de la mesa, cariño. ¿No has comido?
Sam la miró al responder. No habían comido ninguno de los dos, y él se estaba muriendo de hambre.
—No, mamá. Me quedé... nos quedamos dormidos —dijo, avergonzada.
La señora Jones fijó sus ojos en el muchacho que la miraba asustado.
—Me alegro de verte de nuevo, Sam. ¿Has vuelto para quedarte?
Él, todavía mudo, asintió con la cabeza.
—Bien —dijo ella, mostrándoles su mejor sonrisa—. Vamos chicos, os calentaré la comida.
—Yo... debería irme —consiguió decir al fin.
—De ningún modo, no hasta que comas algo al menos. Estás en los huesos.
Mercedes se rió, haciendo que su madre volviese su atención a ella.
—Pasad a la cocina, ya mismo.
—Sí, mamá.
La señora Jones se dirigió hacia allí, con ellos siguiéndole los pasos, separados. Poco antes de llegar a la cocina, pudo ver por el rabillo del ojo, cómo ambos sonreían mientras Sam acariciaba los dedos de su hija durante un segundo.
Mercedes creía que ella no lo sabía, que no se daba cuenta. Pero la señora Jones la conocía muy bien.
Sabía que él pasaba con Mercedes sus tardes libres en casa cuando ella se marchaba al trabajo. Lo sabía perfectamente. Como sabía que su hija estaba completamente enamorada de él. Era feliz y eso también la hacía feliz a ella.
Su corazón se rompió cuando él se marchó. Su niña ya no sonreía. La oía llorar por las noches cuando creía que tanto su padre como ella dormían. Había rezado a Dios para que le devolviese la felicidad a su hija y aunque tiempo después ella había empezado a salir con Shane, la señora Jones había sabido que él no se la devolvería.
Mercedes no lo llevaba a casa, no como hacía con Sam. En el fondo de su corazón, la señora Jones sabía que su hija jamás podría olvidarle, por ello seguía rezando y esperando un milagro.
Un milagro que había llegado por fin para iluminar la vida de su hija.
Ambos se sentaron a la mesa mientras ella calentaba la comida para los dos.
No quería girarse, sabía perfectamente que los chicos habían vuelto a agarrarse de la mano por debajo de la mesa. Suspiró profundamente, relajándose al fin. Ahora todo iría bien.
¡Cerdicienta! ¡Cerdicienta! ¡Cerdicienta! Eso era lo que ponían los carteles colgados por todo el McKinley con la foto de Mercedes Jones desnuda. Su número de teléfono venía también en ellos en letras rojas, resaltándolo aún más.
Mercedes corrió por los pasillos, arrancándolos sin detenerse apenas. Pero no había lugar en el que al menos no hubiesen colgado un cartel.
La gente la veía correr mientras la mayoría de ellos se reían, otros le impedían el paso y los restantes la miraban con lástima. Corría y corría, rasgando todos los que encontraba a su paso.
Había sido Shane, estaba segura de ello. Solo él tenía esa foto, solo él la tenía. ¿Cómo podía haberle hecho algo así? ¿Qué clase de persona era?
Las lágrimas le nublaban la vista haciéndole casi imposible ver ya los carteles colgados.
Al fondo, la gente se arremolinaba haciendo un corrillo, rodeando a dos personas que se peleaban. Corrió más deprisa dirigiéndose allí. Sam era uno de ellos. Se estaba peleando con... ¡Shane!
Los carteles que había arrancado cayeron de su mano en mitad del pasillo mientras ella siguió corriendo hasta llegar al gentío, intentando colarse dentro del círculo.
—¡Parad! ¡Deteneos, por favor! —Dijo tratando de separarlos.
Se metió en medio sabiendo que no era lo mejor, pero no quería que Sam saliese lastimado y estaba segura de que Shane no la golpearía.
Esta segura.
Estaba...
Mercedes sintió la mano del gigante en su mejilla haciéndola tambalear y caer al suelo. Todos los allí presentes, exclamaron un ¡Ay! Al ver cómo la chica se desplomaba en medio del pasillo.
Ambos se agacharon a su lado al mismo tiempo.
—Mercy, Mercy... respóndeme —dijo Sam, acariciando su mejilla.
—Nena, hey, nena, despierta —dijo Shane, empujándolo y haciendo sitio para él.
—No te acerques a ella, cabrón —Sam lo empujó a su vez, mientras Mercedes trataba de levantarse.
—Mercedes, dile que se calle, dile que me deje en paz, nena —le dijo Shane, ayudándola a levantarse.
—No —le respondió enfurecida—. Quítame las manos de encima. No quiero volver a verte en mi vida Shane Tinsley —chilló levantándose al fin.
—¿Fuiste tú, no? ¿Tú le dijiste lo de la foto? ¡Imbécil! Tú le dijiste que se la había vendido a Azimio. ¡Se lo dijiste para que ella volviese contigo! Eres un cabrón.
Shane lo agarró por los cuellos de la camisa, empujándolo contra las taquillas. Sam se revolvió debajo de él, riéndose.
—¿De qué coño te ríes?
—De que eres tan, tan, tan estúpido... ¿Sabes qué Tinsley? Yo no le dije nada. No quería que supiese la clase de persona con la que había estado. Quería que volviese a mí, quería que me escogiese a mí porque en realidad era conmigo con quien quería estar. Pero tú mismo se lo has contado, te daría un aplauso, de verdad, pero me estás aplastando.
Mercedes trató de separarlos nuevamente sin éxito. En un segundo, alguien la movió hacia un lado, atacando a Shane con todas sus fuerzas.
—¡Santana! —Gritó, viendo cómo la latina se colgaba de la espalda del jugador pegándole con todo su puño derecho.
—¡Cabrón de mierda! ¡Déjame enseñarte las cosas malas que hacemos en Lima Heights!
Shane soltó a Sam, tratando de deshacerse de Santana, pero la chica se resistía a bajarse de encima de él.
—¡Quitádmela de encima! ¡Quitádmela!
—¡Ah! Yo no pienso hacerlo. No, no —dijo Sam negando con la cabeza.
—Yo tampoco —dijo Mercedes, mirándolo.
Brittany llegó corriendo, trayendo consigo a todos los demás.
—Para San, por favor. Chicos, ayudadme a detenerla o lo matará.
Puck, Finn y Mike agarraron a Santana, intentando calmarla, pero la chica lejos de detenerse siguió gritándole.
—Tú, ¡sucio asqueroso! Como vuelvas a tocarla, te la corto. ¿Me has oído? Te la corto y se la sirvo a mi perro. Creías que no tenía a nadie que la defendiese, ¿verdad? Pues nos tiene a nosotras. A Britt y a mí, y estoy segura que también tiene a Boca de Trucha —Santana se serenó al ver cómo Sam abrazaba a Mercedes mientras ésta se acurrucaba en su pecho. Él asintió con la cabeza.
—Y nos tiene a nosotros —dijo Puck, apoyando a la latina y aflojando sus brazos hasta dejarla libre.
Mike y Finn hicieron lo mismo.
—Y a nosotros también —dijo Tina, apoyada por Quinn, Rachel, Kurt, Blaine y Artie.
—Y a mí —dijo Rory, pero nadie le prestó atención.
—¡¿Qué pasa aquí? —Chilló Sue Sylvester apareciendo en escena.
—Como presidenta del alumnado le informo que Shane Tinsley es el responsable de colgar todos esos carteles que inundan el instituto, entrenadora —le explicó Brittany.
—¡No es verdad! No he sido yo. Fue Azimio.
—¡Pero tú se la vendiste! —Chilló Mercedes, llevando su mano a su mejilla, quejándose de dolor.
—¿Qué ha pasado aquí? —Volvió a preguntar Sue.
—Yo lo he visto todo, entrenadora —dijo Jacob Ben Israel—. Mercedes Jones trató de separar a Evans y a Tinsley, y éste le pegó con todo su puño. Luego aplastó literalmente a Boca de Trucha contra la taquilla y Santana López llegó y comenzó a pegarle como si fuese un saco de patatas.
—¿Le pegó a Justina? —Preguntó la entrenadora.
—Emmm, me llamo Sam.
—Lo que sea —dijo Sue, tratando de averiguar si el nombre de Sam venía de Samuel o de Samantha.
—Por supuesto que no entrenadora, ¿por quién me toma? —Respondió la latina.
—Esto ha terminado, inútiles. ¿Qué esperáis? ¡Dispersaos! —Gritó la entrenadora de las Cheerios con todo su vozarrón, haciendo que la multitud que los rodeaba se deshiciese—. Justina, lleva a Aretha a la enfermería. Tú, "orangután" te vienes conmigo a ver a Figgins —le dijo a Shane, agarrándolo por su oreja derecha y tirando de él.
—Mi nombre es Sam... —Le oyeron decir—. Vamos, Mercy.
—No, no puedo.
—¿Por qué no? —Le susurró él.
—Porque tengo que descolgar todos los carteles. Lo necesito, tengo que hacerlo —dijo dirigiéndose al que estaba más cerca y arrancándolo sin mirar.
—Mercedes, nosotras lo haremos —dijo Rachel, sacándoselo de la mano y arrugándolo entre sus dedos—. Ve con Sam.
—Sí, Mercy. Nosotras los sacaremos, no te preocupes —dijo Tina.
Mercedes asintió con la cabeza, agradeciéndoselo. Luego, buscó con la mirada a Santana y Brittany que la tranquilizaron con sus palabras.
—No quedará ni uno, Mercedes. Te lo prometo —le dijo Santana mientras Britt le susurraba un ¡Vete ahora mismo!
Los chicos se dirigieron a la enfermería mientras sus amigos se organizaban en grupos.
Mike y Artie acompañaron a Tina, mientras Kurt, Blaine y Rory cubrían otra zona del instituto. Rachel, Finn, Quinn y Puck se dirigieron hacia la cafetería mientras Britt y Santana arrancaban los que quedaban todavía colgados en los pasillos, agarrando también los que se le habían caído a Mercedes.
—¡Fuera! —Gritó Santana, viendo cómo un chico de unos quince años se fijaba en uno de los carteles.
El chico salió corriendo asustado, mientras Santana arrancaba el cartel y lo retorcía entre sus manos.
—¡No lo entiendo, Britt! ¿Por qué? Ella no se lo merecía.
Su novia la observó, mientras ella rompía el cartel en pedazos y los echaba en la papelera.
—¿Qué ocurre? —Le preguntó.
—Estoy orgullosa de ti, San.
—Creí que no te gustaba que fuese tan violenta.
—Y no me gusta que lo seas. No quiero que te pase nada malo, pero lo que hiciste por Mercy... Gracias San, de verdad.
—Ella nos apoyó a nosotras cuando lo necesitamos, tenía que devolverle el favor —le respondió su novia.
—Vamos, Santana. Admite que la quieres —dijo Brittany, mostrándole su mejor sonrisa.
—Sí, lo admito. Le he cogido mucho cariño, ¿vale? —Le respondió, sonriéndole a su vez, mientras su novia se acercaba para besarla en los labios.
—Te quiero —le dijo Brittany.
—Y yo a ti —le respondió Santana, agarrando su dedo meñique con el suyo.
—Bueno Rach —dijo Finn, viendo cómo su novia arrancaba el último cartel de la cafetería—. Al final no hizo falta recurrir a Quinn. Las cosas se han solucionado por sí solas.
—¿Te parece esto una solución? —Dijo rompiendo el cartel que tenía en sus manos.
—Cariño, no sabíamos que esto pasaría —las manos del chico agarraron los trozos que quedaban de cartel y los llevó a la papelera, volviendo de nuevo.
—Nunca me dio buena espina, Finn. Siempre creí que había sido él, el que nos había apartado de Mercedes y tenía razón.
Su novio asintió al oírlo. Por supuesto que Shane los había separado.
—Pero Sam nos la ha devuelto, Rachel —le sonrió Finn—. Y nosotros fuimos parte de ello. Si no les hubiésemos encerrado, quizás Mercedes hubiese vuelto con Shane y ahora le estaría haciendo mucho daño.
—Encerrarles fue una buena idea. Me alegro tanto de haberlo hecho. Sobretodo, me alegro de no haber tenido que utilizar a Quinn.
Ésta última, apareció por detrás, tomándola por sorpresa.
—Primero, ¿cómo pudiste encerrarles, Rachel?
—Y segundo —dijo Puck, agarrando la mano de la ex Cheerio—. Quinn es mi chica. Nadie la utiliza, ¿estamos?
Finn y Rachel les miraron asombrados.
—¿Desde cuando? —Preguntaron al mismo tiempo.
—Desde las Locales —le respondió el chico.
—¿Las Locales?
—Sí, en las Locales. Por Dios Rachel, deja de ser tan metiche. Estoy con Puck y punto. Volvamos al tema, ¿por qué los encerraste?
—No, no. Necesito saber porqué queríais utilizar a mi chica.
—¿Me podéis responder a mí primero? Gracias —pidió Quinn.
Los chicos se rieron, observando la escena.
—Adoro cuando te enfadas —le dijo él, mirándola con ojos tiernos.
—Y yo adoro cuando te estás callado —le respondió ella, sonriéndole embobada.
Puck la miró hipnotizado de la misma forma en la que miraba a su hija. Eran idénticas, los mimos ojos, la misma sonrisa. Juntos podrían recuperar a Beth, juntos podrían al fin formar una familia.
Quinn lo miró a él, sabiendo en lo que estaba pensando cuando la observaba en silencio. Recordaba a Beth, recordaba a su niña. Se colocó a su lado y lo besó en la mejilla, dedicándole una sonrisa. Sus dedos se entrelazaron mientras sus miradas buscaban de nuevo a Rachel y Finn.
—¿Por qué los habéis encerrado?
—¿Para qué necesitabais a Quinn?
Ambos preguntaron a la vez, dándose cuenta al momento y estallando de nuevo en risas.
Finn y Rachel les dieron por imposibles. En el fondo no querían saberlo, lo único que ocupaba las mentes de la pareja era su niña, lo demás carecía de importancia.
Rachel lo miró, sonriéndole y sintiendo como todo encajaba finalmente.
—¿Te duele? —Le preguntó Sam, mientras sostenía la bolsa de hielo sobre su mejilla derecha.
Mercedes permanecía recostada en la camilla de la enfermería, mientras él se apoyaba en ella, rodeando su cabeza con su brazo izquierdo y acariciándole el pelo.
—Me escuece —se quejó la diva, cerrando sus ojos.
—Lo siento.
—¿Por qué te disculpas, Sam? —Le preguntó, abriéndolos de nuevo y apartando la bolsa de su mejilla ya hinchada.
—Si te hubiese contado la verdad, si te hubiese dicho que le había vendido la foto, quizás todo esto no hubiera pasado. Pero quería que me escogieses a mí porque de verdad me quisieras, y no porque él fuese un imbécil y un cabrón.
—¡Hey! No sabías que esto pasaría. Nadie lo sabía. Yo sé porque lo hiciste, Sam. No querías hacerme daño, no querías abrirme los ojos para que me diese cuenta de con quién había estado.
—Tenía que haberlo hecho, Mercy —se lamentó.
—No. No tenías. Luchaste por mí, luchaste por mí aún sabiendo que le dejaría al saber la verdad. Luchaste por mí, no te rendiste. Jamás lo hiciste.
—¿No vas a volver decirme que no me mereces, verdad? Porque no dejaré que lo hagas de nuevo. Es más, creo que voy a prohibirte que lo digas y que lo pienses.
Ella se rió con cuidado, haciendo que el chico temblase de pies a cabeza al oírla reír.
—Eché de menos tus risas —le dijo, acariciando con sus dedos sus labios, mientras ella lo miraba esperanzada—. ¿Puedo... puedo besarte, Mercy?
Ella asintió, sonriéndole mientras él se reencontraba con sus labios, fundiéndose en ellos por fin. Sus manos acariciaron su rostro mientras la besaba y la de ella lo agarraba del brazo negándose a detener el beso.
Sam se separó unos centímetros, depositando rápidos besos por todo su rostro, haciéndola reír.
—¡Me duele, Sam! ¡Detente!
—Lo siento —dijo él, sentándose en el taburete.
Ella buscó su mano, entrelazando sus dedos.
—Me has dejado besarte, ¿eso quiere decir que estamos juntos? —Le preguntó, esperanzado.
—¿Recuerdas lo que te dije? Que cuando regresase a tu lado solo sería tuya y tú me dijiste que me esperarías. Sé que se te da bien esperar, Sam, tanto como se te da fatal disimular, pero la espera ha llegado a su fin.
—¿Eso es un sí? —Volvió a preguntarle, sonriente.
—Eso es un "Bésame de nuevo, tonto" —dijo ella, divertida.
Él lo hizo, mientras Mercedes enredaba sus dedos en su pelo rubio.
—Ummm, sé que te gusta largo... puedo dejármelo crecer de nuevo.
—Chsss, calla. Estás perfecto así.
—¿Sí? —se aseguró él.
—Sí —le respondió la diva, tirando de los cuellos de su camisa y besándolo de nuevo.
—Hey, Cenicienta. Sé que quieres recuperar el tiempo perdido, pero te recuerdo que estamos en la enfermería del instituto.
El semblante de la chica se tornó pálido al oírlo. Creía que podría olvidarlo todo y pasar página, pero nuevamente se equivocaba.
—No me llames así, Sam. Me recuerda a...
—No. No lo digas —dijo silenciándola con sus dedos—. Eso no pasó. ¿Vale? No sucedió.
—La gente hablará y se reirá de mí, y de ti por estar conmigo. Me han visto desnuda, Sam. Todos los alumnos del McKinley saben como soy —Mercedes giró su rostro escondiéndose de él.
—Sé lo que supuso para ti eso. Lo sé y me duele que tengas que pasar por ello, pero no lo harás sola. Yo estaré contigo, no me iré de tu lado, no esta vez. No me prohíbas llamártelo, eres mi Cenicienta, Mercy.
Sam vio cómo sus ojos habían empezado a llorar de nuevo. Secó sus lágrimas con sus dedos, mientras rebuscaba en su bolsillo.
—Yo... Compré esto para ti. Hace meses que lo tengo —Sacó una cajita de su bolsillo, acercándosela—. La vi y supe que era para ti.
Mercedes la abrió con cuidado, separando las dos tapas de la cajita. Era una cadena. Una cadena de plata con un zapatito como colgante.
—Sé que no es de cristal, pero encontraré uno que lo sea. Te lo prometo.
—Es preciosa, Sam —le dijo, emocionada, secándose las lágrimas que ya no le daban tregua—. El zapatito de Cenicienta...
—Además, pronto llegará Navidad... Vas a tener que ir pensando que quieres como regalo —le dijo él mostrándole su mejor sonrisa.
Ella se la devolvió ilusionada, mirándolo a los ojos antes de responderle.
—Te quiero a ti, Sam. Todo lo que quiero por Navidad eres tú.
Su corazón se aceleró, a punto de salírsele del pecho. La besó de nuevo, sintiendo sus mejillas húmedas y frías en contacto con su piel.
—¿Y tú? ¿Qué quieres tú por Navidad? —le preguntó sin soltar su mano.
—No necesito nada. Lo que quería ya lo tengo —le dijo apoyando su frente en la de ella y acariciándole el pelo.
—¿Ah si? ¿Y que querías?
—Que volvieses conmigo —le dijo mientras la miraba a los ojos con todo el amor que llevaba dentro de él.
Nota de la autora: El fic original se acababa ahí, pero una personita muy especial me pidió algo a lo que no me pude negar. Sabes quién eres. Espero que te guste. Gracias por estar ahí, tanto tú, como tu media mitad que me inspira.
Si quieres que Sam Evans te regale "tu zapatito de cristal" dale clic a "Review this Chapter"
