Hemos llegado al final de la historia. Todo se acaba. Muchas gracias por leerla y acompañarme en este viaje.
Disclaimer: Glee no me pertenece, de lo contrario Sam Evans le daría a Mercedes Jones millones de noches siendo Cenicienta.
Epílogo:
Dos meses, una semana y tres días después...
—No —dijo Santana nuevamente, desde la cama donde estaba apoltronada.
—¿No? —Le preguntó Mercedes, girándose para ver cómo su dedo pulgar apuntaba hacia abajo en señal de desacuerdo.
—No —le respondió la latina, decidida.
Se levantó rápidamente avanzando hacia la chica, situada delante del espejo.
—Es muy bonito, Mercy, de verdad. Pero no vas a un funeral, sino a una cita.
—El negro es el color que mejor me sienta, San —le respondió Mercedes, haciendo que Brittany se echase a reír.
—Lo siento, lo siento. Era un chiste muy bueno, de verdad —dijo la rubia tratando de detenerse.
Mercedes y Santana se miraron, echándose también a reír. No podían evitarlo, la risa de Brittany era demasiado contagiosa y una vez que empezaba, no había manera de pararla.
—Lo sé, créeme. Bromas aparte, el negro te queda genial pero, creo que no es el adecuado para la ocasión. Déjame mirar que es lo que tienes por aquí —Santana se dirigió al armario, abriéndolo de par en par.
Mercedes y Brittany la observaban mientras la chica desplazaba las prendas de un lado a otro sin encontrar nada que le gustase.
—No, no. Este menos. No. ¡Ni de coña! No, este tampoco... Oye, Britt.
—Dime —le contestó la rubia, levantándose de la cama.
—Recuérdame que la próxima vez que vayamos de compras, nos llevemos a Mercy con nosotras. Necesita renovar su vestuario —Santana se giró hacia la diva, apuntándola con el dedo índice—. Y no vuelvas a decirnos que has quedado con Sam para no venir. Su mundo no se acabará por un día que pase sin ti, ¿entendido? —Le dijo, arqueando una ceja, expectante.
—A Sam le gusta mi vestuario —protestó Mercedes, llevándole la contraria.
—A Sam le gusta quitarte la ropa, que no es lo mismo —le respondió la latina—. ¿Me lo recordarás, Britt?
—Lo he apuntado en la mano. ¿Lo ves, Mercy? No se me olvidará —le dijo, saludándola con la mano escrita.
Mercedes le sonrió a modo de respuesta.
—Vamos a ver... Tiene que estar por aquí, me niego a creer que te deshicieses de él —dijo Santana, revolviendo de nuevo la ropa.
—¿Qué buscas? —Le preguntó Mercedes, dirigiéndose también al armario.
Brittany hizo lo mismo, estirándose detrás de ellas para lograr ver.
—¡Aquí estás! Ven conmigo, vestido hermoso.
La diva se fijó en el vestido que Santana tenía en sus manos. Era el vestido rojo de la boda de los padres de Finn y Kurt.
—Este es perfecto, ¿a que sí, Britt? —Le preguntó a su novia, mostrándoselo.
La rubia asintió con una sonrisa, mientras aplaudía feliz.
—No puedo llevar eso.
—¿Por qué no? —Le preguntó la rubia.
—Porque le recordará a ella. En la boda estaba con Quinn.
Santana negó con la cabeza.
—¿Puedes dejar tranquila a Quinn, Mercy? Bastante tiene ya con cuidar de Beth y Puck. Sam está contigo, ¿lo entiendes? Con – ti - go. Métetelo en la cabeza —le dijo, chasqueando los dedos enfrente de ella.
—Yo creo que a Mercy le gusta Quinn. Es la única razón que veo para que la nombre tanto —dijo Brittany.
Las tres chicas volvieron a reírse a carcajadas, mientras Santana estiraba el vestido sobre la cama.
—¿Qué hacemos con su pelo, Britt? ¿Se lo dejamos suelto?
—Me gustaría hacerle unas trencitas, pero sin que se viesen. Bueno, puede que un poquillo. Verá una, y querrá buscar las demás. ¿Qué os parece? —Dijo entusiasmada.
—Perfecto —respondió su novia.
—Que estáis locas —le contestó Mercedes—. ¿Creéis que Sam perderá el tiempo en buscar trenzas en mi pelo?
—Creo que si lo llamases ahora y le dijeses: "Me he dejado un sujetador en tu habitación" la pondría patas arriba en cuestión de segundos —le dijo Santana, haciendo reír a su novia de nuevo.
—Ven, siéntate aquí, traeré mis cosillas de peluquería —dijo Britt, haciéndole un sitio a su lado.
Mercedes se sentó donde ella le había dicho mientras Santana se sentaba en una silla para hacerle la manicura.
—Parece como si estuviese en un salón de belleza —dijo Mercedes, divertida.
—Nunca encontrarías uno mejor que este —le respondió la latina, chocando su mano con Brittany.
—¿Adonde te llevará, Mercy? —Preguntó Brittany mientras la peinaba.
—No ha querido decírmelo, es una sorpresa. Pero me dijo que le gustaría que fuese el mejor cumpleaños de mi vida.
—Ah, Sammy. Tan romántico como siempre —dijo Santana, mientras cerraba la laca de uñas—. Espera a que se sequen, ni se te ocurra moverte o tendré que empezar de nuevo.
Diez minutos después, su madre entraba por la puerta, interesada en saber cómo iban.
—Ya son casi las ocho, chicas. ¿Por qué tardáis tanto? —La señora Jones abrió la boca asombrada al verla—. ¡Cariño! ¡Estás preciosa! Por Dios chicas, qué guapa la habéis puesto, parece una princesa.
—Me gusta esto de hacer de hada madrina —dijo Santana, con una sonrisa de oreja a oreja.
—Si tú eres el hada madrina, ¿quién se supone que es Brittany? —Preguntó la señora Jones, mientras su hija terminaba de ponerse los tacones.
—Ah, yo solo soy un unicornio —le respondió la Cheerio convencida.
La señora la miró extrañada y luego, le sonrió a modo de respuesta. Brittany era única. Una entre un millón. Su hija al fin era feliz y gran parte de su felicidad se la debía a las dos chicas que se reían frente al espejo mientras le daban sus últimos retoques.
—¿Te gusta, mamá? —Le preguntó Mercedes girándose al fin para que la viese mejor.
—¡Claro que si! Te daría un abrazo pero no quiero echar a perder todo el trabajo —le contestó con una sonrisa.
—Sé de alguien al que no le importará echar a perder todo el trabajo... —Santana sintió como su novia le daba un codazo—. ¡Hey! Es verdad, Sam se va a quedar mudo cuando la vea.
El timbre sonó, despertándolas de su fantasía.
—¡Vamos! Vamos, que ya está aquí —la apuró su madre.
—Toma el bolso y la chaqueta, Mercy —se los pasó Brittany.
—Te desearía suerte, pero no la necesitarás —le dijo Santana.
Mercedes les sonrió, saliendo ya de su habitación y bajando las escaleras con las tres mujeres siguiendo sus pasos.
Su padre ya había abierto la puerta y Sam, ya la esperaba al fondo de las escaleras, con un ramo de rosas rojas en su mano.
Al verla, el chico sintió cómo el aire le faltaba durante unos segundos, llevándose una mano al pecho, tratando de calmar su corazón.
Mercedes llegó al final de las escaleras, con una sonrisa en su rostro, mientras él le ofrecía la mano para ayudarla a bajar el último escalón.
—Estás... estás preciosa. Son para ti —le dijo nervioso, entregándole las flores.
Ella no dejó de sonreírle, ni de fijar sus oscuros ojos en él, hasta que Santana les habló, rompiendo el mágico momento.
—Trae, las meteremos en agua. Vuelve antes de las doce, Cenicienta —le dijo en broma.
—¿Eso no debería decirlo yo? —Preguntó el señor Jones.
Todos se echaron a reír, mientras ellos volvían a dedicarse miradas de amor.
—Cariño, vuelve a la hora que quieras —le dijo su padre—. Y tú, cuida bien de mi niña.
—Lo haré, señor Jones. No se preocupe —Sam le ofreció el brazo y ella enredó el suyo en él. Salieron por la puerta mientras Brittany, Santana y sus padres lds observaban alejarse.
Él le abrió la puerta, ayudándola a subir y rodeó el coche, metiéndose dentro en cuestión de segundos. Pero no lo arrancó todavía, se detuvo a mirarla, viendo cómo ella también le miraba.
—¿Qué ocurre, Sam?
—Eres hermosa —le dijo, acariciando su rostro.
Ella le sonrió, mientras el chico se inclinaba para besarla. No había podido esperar a salir de su calle, probablemente sus padres les estuviesen observando todavía, pero no le importaba.
Sus labios lo recibieron felices de reencontrarse con los suyos, y sus manos se enredaron en su pelo. Finalmente lo había dejado más largo, no tanto como lo tenía en Junio, pero sí lo suficiente como para que los dedos de su novia se perdiesen en él y lo acercasen a ella lo máximo posible.
—Me moría de ganas de besarte —admitió.
—Ya veo... —dijo la diva, mordiéndose el labio inferior al ver que le dedicaba una de sus sonrisas.
—El vestido que llevas es precioso —le susurró al oído.
—Es el que llevaba en la boda de Carol y Burt.
—Lo sé —le respondió él.
—¿Lo sabes? —Ella lo miró extrañada.
—Me preguntaba cuando volverías a ponértelo... Estás preciosa con él —le dijo, acariciándole uno de sus hombros.
—Agradéceselo a Santana. Si no fuese por ella, no me lo habrías visto.
—Cierto, más cosas para agradecerle... Voy a tener que apuntarlas todas. Es increíble cómo ha cambiado. ¡Si hasta me llama por mi nombre!
—Todos hemos ido cambiando, Sam. Todos —suspiró la diva.
—Tú no, Mercy. Tú siempre serás mi Cenicienta —le dijo, besándola por última vez antes de emprender el viaje que los llevaría a una nueva vida llena de felicidad.
FIN
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Y nuevamente, muchas gracias por leerla :)
