Bajo el cielo nocturno la nieve se precipitaba con violencia, al mismo tiempo que un viento helado mecía los árboles.

Afortunadamente dentro era diferente. La luz eléctrica y la calefacción hacían que el paisaje exterior aparentara ser una escena de alguna película vista en el televisor.

Tezuka lavaba unos vasos mientras escuchaba con atención los sonidos del resto de la casa: la transmisión de las noticias que Oishi miraba y la voz de Kikumaru que no paraba de reír.

-¡Tezuka, ven!

Tezuka cerró el grifo del agua y fue a atender a quien le llamaba. Al llegar a la habitación encontró a Kikumaru sentado en la orilla de la cama, sosteniendo una cuchara en una mano y un tazón en la otra. Fuji, que estaba reclinado sobre varias almohadas, abría la boca dócilmente para recibir los alimentos.

-Ven, acércate.

El sólo dio un paso hacia adentro.

-Fuji tiene algo que decirte.

Por un segundo las miradas del capitán y el genio se cruzaron. Después Fuji desvió la vista.

-Tezuka...

-¿Sí?

Fuji miraba su pijama como si se tratara de la cosa más interesante.

-Bueno, sólo quería darte las gracias por permanecer en el hospital y por cuidar de mí en ausencia de mis padres…

Kikumaru lucia una sonrisa de oreja a oreja y su expresión asemejaba a la de un padre orgulloso de su hijo.

-No ha sido nada, no te preocupes.

Tezuka asintió y dio media vuelta para salir.

Sus pasos lo llevaron hasta el cuarto de baño, donde se desvistió y entró en la ducha. Después de un día en el hospital y otro mas vigilando el sueño de Fuji, el agua caliente recorriendo su cuerpo se sentía como el cielo.

Una vez terminada la práctica (que en esa estación del año se llevaba acabo dentro del gimnasio) todo el equipo se dirigió a casa de Fuji. Llegaron justo a tiempo, pues al poco rato comenzó a nevar. Cada uno se tomo unos minutos para saludar a su compañero. Luego Kawamura preparo comida para todos.

Los chicos disfrutaron de una buena comida y un delicioso te verde, cortesía de la madre del capitán. Antes del anochecer los regulares se despidieron. Kikumaru subió a darle de comer a Fuji. Así puso en orden la mesa y se fue a ver televisión. Tezuka se encargo de los trastos sucios.

-Sólo quería agradecerme, sólo eso...

Tezuka lavaba su cabeza con frenesí.

Al principio tenía la esperanza de que aquellas palabras no significarían nada para él, que pronto las olvidaría. Pero se equivocó. Desde esta mañana no había pasado un solo minuto sin que martillaran dentro de su cabeza. Las recordaba con claridad una por una…

Desde que recuerdo las ilusiones para mi habían sido momentáneas, las emociones pasajeras y la alegría lejana. ¿Pero sabes? Ahora me parece que todo me ha estado esperando en un solo lugar, en una sola persona, en ti. He preguntado a la gente tratando de entender lo que me pasa. Y su respuesta me sorprendió porque siempre fue la misma, simple y directa. Lo llaman amor. Y tu Tezuka, ¿Como llamarías a este sentimiento gracias al que he encontrado el sentido de vivir?

Sachiko.

Tezuka echó la cabeza hacia atrás, para dejar que el agua cayera de lleno sobre su cara.

-Sachiko... ¿Quien será?

El agua se detuvo. Tezuka caminaba sobre el frío azulejo mientras sujetaba una toalla a sus caderas.

-Juraría que la vi… pero era un sueño. Es decir, ¿quién creería que…? Es una estupidez el siquiera pensarlo.

Se quedo de pie frente al espejo. De las puntas de su pelo caían gotitas de agua que iban a parar hasta los dedos de sus pies.

-Pero entonces, ¿qué hace una cosa como ésa escondida en su casa? ¿Será que conoce a la persona que escribió la nota? O peor aún, tal vez de alguna forma él la recibió y con el ánimo de fastidiarme, nunca me la entregó.

No era que muriera por salir con cuanta chica se atravesara en su camino, sino que el pensamiento de que alguien se entrometía en su vida privada le resultaba repugnante.

Al cabo de unas horas, todos estaban agotados. Oishi y Kikumaru se acomodaron cada uno en un sofá. Tezuka optó por el piso.

Desde su lugar podía escuchar los leves ronquidos de Oishi y ver cómo Kikumaru lanzaba su pierna sobre el respaldo del sofá. Él mismo sentía que no podría permanecer ni un minuto más despierto. Se preguntó si volvería a ver aquel extraño sueño. Si así fuera, tal vez descubriría lo que deseaba saber. Hundió su cara en la almohada y con eso dio por terminado el día.


No lo soportaba más. Durante varios minutos trató de ignorarlo, sin éxito. Se levantó y con cierta torpeza anduvo de aquí a allá hasta dar con la fuente del molesto ruido: un gato de pelo blanco y negro. Parado sobre sus patas traseras arañaba la puerta de la habitación de Fuji.

Sin pensárselo, Tezuka le abrió. De inmediato el minino echó a correr al interior y de un salto subió al lecho de su amo, entonando persistentes maullidos. El genio lo recibió con gusto, acariciándole las suaves orejas. Aunque las andanzas del felino sobre sus costillas resultaban dolorosas, no hizo el más mínimo intento para quitárselo de encima.

-Buenos días.

Con una sonrisa Fuji saludo a Tezuka.

-Buenos días. Disculpa, he sido yo quien lo dejó entrar.

Tezuka tomó al gato y lo dejó en el piso, pero éste regreso a la cama en un segundo.

-¡No!

Tezuka volvió a bajar al gato y éste volvió a subir.

-¡Detente!

El capitán iba por su tercer intento, pero la curiosa mirada de Fuji lo detuvo.

-¿Qué sucede?

Fuji dijo algo en un susurro tan bajo que Tezuka no alcanzó a escuchar nada.

-¿Perdón?

-Tiene hambre, me pregunto si podrías...

La voz seguía siendo baja, pero lo suficiente audible para Tezuka.

-Entiendo.

-Eres muy amable. En la cocina encontraras su alimento.

El capitán asintió y se llevó al gato en el regazo.

En la cocina, Kikumaru cerraba el frigorífico con un punta pie.

-Buenos días.

-Buenos días.

-¿Sabes dónde puedo encontrar alimento para gato?

-En esa canasta.

Efectivamente, al lado del microondas había una enorme canasta atiborrada de latas y cajas. Tezuka tomó una de las latas y leyó la etiqueta.

-Salmón. ¿Que hace esto aquí?

-Digamos que Fuji quiere mucho a su gatito. Bueno, en realidad el gatito de Yuta, porque fue el quien lo trajo.

-Ese Fuji...

El animalito que hasta ese momento lo había estado mirando con curiosidad, comenzó frotarse contra sus brazos. Tezuka pasó la mano sobre su lomo, haciendo que ronroneara de gusto. A continuación, siguiendo las instrucciones de Kikumaru le sirvió salmón, croquetas, leche y agua.

-¿Se lo comerá todo?

-Sí, durante el transcurso del día lo hará. ¡Ay! ¡A mi también me gustaría tener una mascota, pero en mi casa ya no cabe ni un alfiler!

Por una vez, Tezuka sabia muy bien de lo que estaba hablando el chico pelirrojo.

Kikumaru le dio una taza de café y un paquetito que contenía tres rebanadas de panque. Tezuka lo reconoció de inmediato, era aquel relleno de frutas con un toque de brandy.

-Kikumaru, este panque solo lo producen en Karuizawa y es muy costoso. No es correcto que tomes algo así. Aunque tú y Fuji sean buenos amigos no debes tomarte tales libertades.

-Tezuka, no lo estoy hurtando. Fuji me pidió que te lo diera.

Kikumaru parecía ofendido. Y aunque Tezuka no dejaba de pensar que estaba causando molestias, el argumento de su compañero fue suficiente.

-Siendo así, te lo agradezco. Por cierto, ¿cuándo fue Fuji a Karuizawa?

-No fue a Karuizawa. Su tía se los obsequio cuando fuimos a Chiba, en el verano. Pobre Fuji, se dio un buen susto.

-¿Por qué?

-Bueno, pues es que…

Kikumaru se puso un poco inquieto, dándose cuenta demasiado tarde que había dicho algo que no debía.

-¿Y bien?

-Es que me desmayé.

El jugador acrobático se veía sumamente avergonzado.

-¿Como que te desmayaste?

-Anduvimos a pie durante horas y el calor era tremendo. Supongo que me deshidraté. Cuando desperté Fuji estaba a mi lado, totalmente sofocado y sudando. Al no ver a nadie cerca corrió por la calle cuesta arriba, hasta una cafetería para pedir ayuda. Y para colmo, cuando regresamos y se lo contamos a mi mamá, ella lo regañó horrible.

Tezuka se quedó perplejo. Antes de que pudiera articular una palabra, fueron interrumpidos.

-Buenos días.

Los dos muchachos voltearon hacia atrás. Oishi estaba recargado en el marco de la puerta, con los brazos cruzados.

-¿No hay algo para mí?

Kikumaru señaló una tercera taza. Oishi se sentó al otro lado de la mesa, frente a Tezuka.

-La próxima semana será la última antes de las vacaciones. Pienso que no estaría mal una reunión.

-¡Me encantan las fiestas de fin de año, nya!

-Tezuka, ¿que opinas?

-Esta bien.

-Entonces ya está decidido. Es tarde, debemos apurarnos.

-Pero Fujiko no puede estar solo.

-Yo me quedaré.

-¿Que te parece si hoy me quedo yo? Tú puedes ir a descansar.

-No. Solo dile a Inui que me consiga los apuntes de clase.

-Como digas.

Oishi suspiró resignado. Hacia mucho tiempo que había aprendido a no contradecir a su amigo.

La pareja dorada de Seigaku preparo sus cosas y salió con rumbo al colegio. Hasta que los vio desaparecer, Tezuka aparento normalidad. Pero una vez solo dejo que sus manos recorrieran su cabello con desesperación.

-¿Qué me está pasando? Estoy perdiendo la razón…

Le hubiera gustado correr tras Kikumaru y detenerlo, preguntarle los detalles... Pero, ¿qué diría si lo escuchaba? Probablemente lo que él mismo pensaba: que estaba enloqueciendo. Miró su reloj, eran las siete. Fuji aún no había desayunado. Regreso a la cocina y con alivio descubrió que Kikumaru había dejado preparada la ración del genio.

Tezuka subió al segundo piso y toco la puerta. Antes de entrar respiro hondo.

-Te he traído el desayuno.

-Oh, gracias.

-¿Cómo te sientes?

-Aburrido.

-¿Quieres que encienda el televisor?

-Ya probé antes y no hay nada interesante.

-Bueno, deberás soportar un par de días.

-Cerca de aquí hay un parque, ¿que tal si vamos?

-No puedes ni mantenerte en pie, mucho menos caminar.

-Pero si me ayudas...

-Deja de pensar en tonterías y come por favor.

Fuji no dijo más. Tezuka tuvo la impresión de que había sido demasiado duro.

-Podría leer algo para ti.

Fuji levanto la mirada.

-¿En serio?

-Por supuesto. ¿Que te gustaría?

-El principito.

-¿Un cuento para niños?

-No precisamente. Apuesto a que te agradara.

La sonrisa de Fuji había reaparecido.

-Comenzaremos en cuanto termines de desayunar.

Tezuka se sintió mejor. Tenía el presentimiento de que pronto encontraría las respuestas que buscaba. Aunque para eso tuviera que hacer frente al único desafío que siempre consideró imposible de superar: ganarse la confianza de Fuji.