13
Misión Suicida
Varios días después.
Cerca de Los Ángeles. California.
El helicóptero militar volaba con el ruido atronador de sus aspas por el cielo del atardecer. En su interior, aferrados a sus asientos por correas, Buffy, Ángel y su equipo viajaban a su destino final: las instalaciones de los laboratorios de Wolfram & Hart.
Habían pasado ya varios días desde su charla con el Presidente. En el intervalo de tiempo hasta el inicio de la misión la Cazadora y el vampiro, conjunto con el resto de su grupo, fueron entrenados hábilmente por los militares más expertos en tácticas de asalto comando, combate y el uso de armas de fuego.
No es que necesitaran mucho sobre el tema, pero tampoco podían acudir tras su objetivo sin preparación real.
Las únicas excepciones en el equipo que iba de viaje habían sido Dawn, por la justa razón de ser menor de edad (una locura embarcarla en semejante misión suicida) y Gunn y Kate.
El primero adujo razones de índole personal (aunque la realidad era otra bien distinta; Gunn sabía mucho de peleas callejeras, pero eso siempre que el rival no deseara comerte vivo) y la segunda era un caso tan obvio como el de Dawn.
Kate era actriz, no guerrera. Sabía cómo posar ante una cámara pero no habría podido soportar un enfrentamiento urbano contra los zombis.
Exceptuando a estas personas, el resto del equipo estaba completo. Pocos, pero seguros. Lo justo y necesario, en la opinión de Zane Holden, ya que el primer mandatario confiaba en la victoria de su particular escuadrón sobrenatural.
-¡Presten atención! – rugió el capitán Rhodes, saliendo de la cabina del piloto. Todos lo miraron – ¡Descenderemos en una zona urbana cercana a la ubicación del laboratorio! ¡A partir de ahí, seguirán a pie la ruta trazada! ¡Si tienen éxito en su misión, miles se salvaran gracias a ello! ¡Si no, no se gasten en volver!
-Genial. Gracias por meternos presión, capitán – murmuró Lindsey. El militar lo ignoró. Habló con Ángel…
-¡Summers y tú están a cargo del equipo! – dijo - ¡Ahora, chequeen sus armas!
Ángel lo hizo, lo mismo que su compañera. Vestían trajes de negro, como los del equipo de asalto del SWAT. Llevaban dos cartucheras con pistolas cruzándoles el pecho y cinturones con municiones y cartuchos para los rifles AK que usarían.
-Todo listo – Buffy hizo chascar el seguro de su pistola. Se la enfundó en su cartuchera.
-Te sienta bien el traje, B – comentó Faith. Terminaba de colocar el cargador a su rifle.
-¡Asegúrense de que todo esté en orden! – siguió diciendo Rhodes - ¡Si algo falla, están muertos! ¡Recuérdenlo!
Ángel echó un breve vistazo a la tropa. Mientras que Faith estaba en su salsa (¡Licencia para matar, B!) observó que Lindsey se demostraba apático y Oz, por el contrario, muy preocupado.
El ex abogado no le interesaba en lo mas mínimo, pero el segundo si. Todo aquello era nuevo para el joven hombre-lobo…
-¿Estas bien? – preguntó a Oz.
-Me acostumbrare – dijo, colocando en su sitio un arma.
Ángel esperaba que así fuera. La silueta de la ciudad de Los Ángeles comenzó a perfilarse en el horizonte, en donde el sol comenzaba a morir…
Se estremeció. No había imaginado que volvería a la ciudad nunca. Allí quedaron los fantasmas del pasado, los recuerdos dolorosos de las muertes de Fred y de Wesley.
Sabía que era imposible que se los cruzara a ambos en versión zombi. Wes dio cuenta de Fred cuando se convirtió en uno y él mismo se privó de ser otro. De todas maneras, la idea de volver a un sitio con tantas penurias le torturaba el alma.
-¡Estamos llegando! – anunció Rhodes.
El helicóptero avanzó, veloz. Pasaron casas y edificios por igual en un terrible estado de deterioro y abandono. Se dirigieron a un lugar en concreto: un playón de estacionamiento vacío.
El sol moría cada vez mas rápido, alargando las sombras. No existía peligro de que sus rayos dañaran a Ángel. Es por eso y por la ventaja táctica de la noche, que la misión se llevaba a cabo en ese momento.
La puerta del costado de la aeronave se abrió. El frío aire del exterior los abofeteó. Era invierno allá afuera; el primero de Los Ángeles sin humanos vivos.
-¡Buena suerte! – deseó Rhodes, a modo de despedida mientras saltaban al exterior. Al bajar el último, el helicóptero remontó vuelo otra vez. Se perdió en el crepúsculo naciente…
El playón estaba aislado por una gran reja cerrada. Varios autos estaban estacionados por ahí, todos intactos. Oz olisqueó el aire. Frunció el ceño con expresión de asco…
-Hay podridos en la zona – avisó – Veinte, como mínimo, rondando por acá.
-No podemos salir por la puerta. Llamaríamos la atención de inmediato – Buffy señaló una tapa de cloaca – A las alcantarillas. Los túneles nos ayudaran.
-¡Pero nos perderemos la diversión! – resopló Faith.
-Te aseguro que tendremos mucha. La ciudad está repleta de esas cosas – Ángel sacó la tapa de cloaca y ayudo a Oz a bajar.
A regañadientes, la segunda Cazadora le siguió; Lindsey fue el tercero.
-Me siento como un idiota – dijo – Soy invisible para esas cosas. ¡Debería estar caminando por la calle libremente!
-¿Y que hay de los otros zombis? ¿Los que Wolfram & Hart mejoró? – le preguntó Buffy.
-Esa es otra historia…
-En vez de quejarte tanto, limitate a mostrarnos el camino al laboratorio – dijo agriamente Ángel – Ahí abajó tú nos guías.
-Lo que siempre quise: servir de lazarillo para un par de ineptos.
Ángel sentía que si seguía aguantando al petulante ex abogado, terminaría cometiendo una locura. Buffy lo frenó, con un gesto. No era hora de perder la cabeza. Era hora de seguir adelante…
Caminaron guiados por Lindsey por un buen trecho de alcantarilla. Utilizaron linternas para iluminar su senda pese a que Ángel no las necesitara para ver bien en la oscuridad y que Oz se guiaba por el olfato.
El tramo de túneles que cruzaban se cortaba abruptamente por un derrumbe un par de pasos mas adelante. Obligados por esto, volvieron a emerger en la superficie, en un callejón al lado del edificio que, según el antiguo miembro de Wolfram & Hart, funcionaba como laboratorio…
La ciudad a su alrededor seguía tan desolada como Ángel lo recordaba. Nada había cambiado: coches volcados e incendiados, toneladas de basura arrojada por los rincones… puertas y ventanas rotas y, por supuesto, los zombis.
Se toparon con uno al ir a doblar una esquina para acceder al edificio. En vida hubo sido un carnicero; en la muerte seguía usando parte de su atuendo, consistente en un delantal que algún día fue blanco, manchado ahora de sangre y una cuchilla para trozar carne aferrada a su mano derecha.
Al verlos, la criatura aulló y se lanzó corriendo a su encuentro. Buffy desenfundó su pistola y le voló la tapa de los sesos en plena carrera.
-¡Buen tiro, B! – dijo Faith.
-No te alegres tanto. Solo fue uno. Hay más.
Confirmando las palabras de la rubia muchacha, un grupo de espectros surgió por una calle lateral. El equipo se desplegó siguiendo una maniobra. Se parapetaron detrás de varios coches volcados y abrieron fuego con los fusiles.
Los abatieron a todos, pero una nueva tanda de monstruos estaba llegando, alertada por el ruido de los disparos. Corrían a toda prisa, dando alaridos desesperados, con las bocas abiertas y las manos crispadas como garras.
-¡Estamos perdiendo tiempo y munición! ¡Tenemos que entrar en ese edificio! – gritó Ángel en mitad del estruendo provocado por el ataque.
Lindsey hizo un alto el fuego y rebuscó en su cinturón. Sacó una granada. Le extrajo el seguro y la arrojó con fuerza en contra de los muertos que venían.
-¡Síganme! – dijo y al toque la granada explotó.
Una nube de partículas y de pedazos de cuerpos salió despedida al aire. Aprovechándose de la confusión y de la detención momentánea de la horda podrida, el grupo penetró en el edificio…
Laboratorio de Wolfram & Hart.
Centro de Los Ángeles. Noche.
La alarma sonó insistentemente en el panel de la computadora del doctor Kauffman, pero el científico encargado apenas le dedicó la atención que se merecía. Estaba mirando en otra PC los datos obtenidos de recientes análisis.
Como el pitido estridente no se acallaba, el hombre de ciencia se volvió con fastidio para revisar lo que los sensores de seguridad habían captado: cinco lecturas térmicas irrumpiendo en el edificio.
-Que curioso – comentó, acomodándose las gafas de montura metálica mientras miraba la pantalla. De las cinco señales termales, una era lo opuesto a un ser vivo. Por el contrario, parecía que el cuerpo del intruso estuviera a temperatura ambiente, sin despedir calor en demasía.
Kauffman meditó. Luego conectó las cámaras de seguridad. Vio el rostro de los cinco (dos mujeres y tres hombres) y entonces comprendió el motivo de la lectura dispar.
-Vampiro – sonrió – Es Ángel.
Rió a carcajadas. Se volvió hacia una figura muda parada a sus espaldas.
-Por favor, avisa a tus compañeros de que tenemos visitas. Que vayan a recibirlos como se merecen – ordenó.
El aludido, un zombi enfundado en un mono de trabajador azul con el logotipo de Wolfram & Hart, asintió recibiendo la orden. Partió a toda prisa a cumplirla.
Kauffman tomó un teléfono. Marcó un número y llamó a su superior.
-Están aquí – dijo – Tal y como se previno.
-¿Mandó a los zombis tras ellos? – le preguntaron del otro lado de la línea.
-Están en camino.
-Muy bien – la voz parecía muy complacida. Colgó.
Kauffman también lo hizo. Se reclinó en su silla y se dispuso a ver el show.
