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Capítulo 1
Tale
Luego de la catástrofe que azotó a Tale cuando ascendió el Sol Dorado, la ciudad fue reconstruida.
Habían sobrevivido todos sus antiguos habitantes. Justo antes de que la ciudad fuera destruida, los aldeanos de Imil los habían alertado. Ellos vivían en las cercanías del Faro de Mercurio. Al encenderse los demás faros, vieron cómo la Torre se derrumbaba. Pensaron que lo mismo podría estar ocurriendo con las otras torres. Y más todavía en Tale, que era el lugar donde estuvo el Templo Sonne. Así que los previnieron hablándoles por telepatía. Los habitantes de Tale se alejaron de la ciudad con su colapso pisándoles los talones.
A pesar de ver su amada ciudad en ruinas, los de Tale agradecieron estar con vida. Eran perseverantes. Sabían que mientras tuvieran manos para trabajar, la ciudad volvería a nacer, una y otra vez.
Y vaya que se necesitaron manos para la reconstrucción. Comenzaron con la llegada de los héroes que habían devuelto la alquimia al mundo.
No fue tan difícil. Allí todos eran adeptos, lo que facilitaba las tareas aún más. Además, parecía que el Sol Dorado alumbraba en Tale más que en cualquier otro lugar. Los aldeanos apreciaron cómo la psinergía era más poderosa e inagotable.
Todos ayudaron con la reconstrucción. Los adeptos de tierra levantaron los suelos para hacer los caminos y el río que antiguamente cruzaba la ciudad. Hicieron crecer aceleradamente las flores y los árboles para recuperar el otrora verde paisaje de la aldea. Movilizaron las rocas que les impedían seguir trabajando, y movieron los objetos más pesados que se usaron en las construcciones.
Los adeptos de agua llenaron el río. Crearon cascadas que bajaban como velos hacia la parte central de la ciudad. Crearon fuentes de agua inagotable y pura, para que los habitantes nunca tuvieran problemas de abastecimiento. Incluso hicieron una "Fuente de los Deseos", muy parecida a la que había en Tolbi.
Los adeptos de fuego prepararon los terrenos para la construcción de las viviendas. Quemaron los pastos, dejando la tierra lisa y llana. También se ocuparon de mantener la temperatura en las noches de trabajo, encendiendo grandes fogatas con formas de víboras y dragones. Los habitantes bailaban y cantaban frente a ellas hasta dormir.
Los adeptos de viento barrieron las hojas y los desperdicios. Analizaron los que potencialmente eran los mejores lugares para levantar una vivienda, tomando en cuenta las brisas de aire que pasaban por allí. Aunque más que nada, ellos se dedicaron a planificar la reconstrucción.
Debido a los grandes poderes de todos los que ayudaron, terminaron en casi dos semanas.
La aldea de Tale quedó muy parecida a como era antiguamente. El río, los árboles, el templo. Pero algo la cambiaba radicalmente. Algo que no estuvo en manos de los trabajadores.
Donde antes estuvieron las ruinas del Templo Sonne, ahora se erguían dos grandes pirámides de oro puro. Su presencia es casi un misterio. Se cree que se formaron por la esencia pura de la alquimia, como prueba de su presencia en el mundo. Los sabios aún siguen investigándola.
Lo cierto es que las pirámides marcaban demasiado a la ciudad. Les recordaba a todos, con su brillo dorado, que nada sería igual que antes. Tale fue por mucho tiempo la ciudad que resguardaba el sello de la alquimia. Era su guardiana, la que ocultaba en el Templo Sonne las cuatro estrellas, las llaves del sello. Pero para el mundo, la alquimia era casi una leyenda, y con ella, la aldea de Tale también. Era casi tan desconocida como la psinergía.
Ahora, que el mundo resplandecía bajo el Sol Dorado, Tale se alzaba como la cuna de todos los prodigios que los humanos eran capaces de realizar. Allí fue el primer lugar donde alumbró el Sol al renacer la alquimia. Las pirámides de oro eran la prueba de ello. También fue el lugar donde comenzó todo: el robo de las estrellas, y la travesía para recuperarlas, que terminó siendo la travesía para encender los faros y regresar la alquimia al mundo. De Tale también eran los primeros niños que se embarcaron en esos viajes.
"Los Guerreros de Tale", fueron bautizados los ocho chiquillos que recorrieron todo Weyard encendiendo los faros elementales.
Su historia fue mitificada. Nadie supo que en realidad, la mitad de ellos lucharon para que la alquimia siguiera sellada, y que la otra mitad encendía los faros sólo para recuperar a sus padres. Lo único que quedó en la mente de las personas era el resultado de sus viajes. Y los relatos de las personas que los ayudaron.
Cuando los habitantes de Weyard experimentaron la grandeza del Sol Dorado, aclamaron como héroes a los que hicieron eso posible. Pero el tiempo no fue justo con ellos.
Pasaron los meses, y comenzaron a producirse problemas. Los animales salvajes; los adeptos que no podían controlar su poder; los que podían controlarlo, pero lo usaban para someter y acumular riquezas… Cuando se vieron bisos de un posible colapso, comenzaron a culpar a los Guerreros de Tale. Todo el agradecimiento que les tenían se iba convirtiendo en odio y rencor. Ellos habían regresado la alquimia al mundo, por lo que ellos eran responsables de todo lo malo que se hizo con ese poder. En realidad, no sabían nada sobre la decadencia natural que estaban sufriendo cuando los faros permanecían apagados. No sabían que, sin la luz del Sol Dorado, todos acabarían por morir. Sólo atribuyeron su aparición a un capricho de los ocho jóvenes.
Los Guerreros de Tale lo entendían. La gente común no tenía cómo saber lo que ellos averiguaron en medio de sus viajes. No estuvieron en la corte del Rey Hidros, cuando hicieron una comparación del mapa actual y el antiguo, que concluía que los continentes se separarían en ausencia de la alquimia. Los entendían y no los culpaban. Ellos tampoco pensaron que cosas malas pasarían cuando liberaron el sello. Sólo aseguraban la permanencia de un mundo en el que vivir.
Era ya pasado mediodía. Isaac almorzaba con sus padres en el hogar que ellos mismos habían construido. La habían hecho de piedra con un techo de tejas, en contraposición a la fragilidad de la madera y la paja de la vieja casa. Dora había presionado para que fuera de materiales firmes. No quería más hoyos en el techo.
Sin embargo, allí estaba: un agujero del tamaño de una cabeza en el techo, y uno mucho más grande en el piso directamente bajo él. Isaac lo miraba distraído mientras comía. Pensaba en cómo había hecho ese agujero el día anterior, aunque su memoria era nebulosa.
Frank, el padre de Issac, acostumbraba a practicar con su hijo el arte de la espada. Era una actividad que realizaban desde que Issac apenas tenía la edad de sostener una espada corta. Fue él quien le enseñó todo lo que sabía sobre esgrima.
Cuando reconstruyeron Tale y volvieron a tener la vida familiar de antaño, padre e hijo volvieron a las prácticas con la espada. Frank se encontró con un joven mucho más rápido y fuerte que el niño que se vio obligado a dejar hace más de 4 años. Isaac manejaba la espada con soltura y destreza. Estaba en el punto en que ya casi superaba a su padre; pero este seguía siendo más experimentado que él.
Los combates que realizaron en esa época, hombre contra hombre, fueron feroces. Ya no parecían prácticas. Cada uno sorprendía a su rival con golpes que, de no ser bloqueados, podrían haber acabado con la vida de alguno. Ninguno podía sostener la ventaja durante mucho tiempo. Una estocada, un mandoble, un golpe ascendente, podían cambiar radicalmente la situación. Ambos quedaban exhaustos al terminar, aunque sabiéndose profundamente enriquecidos. Sentían, luego de cada combate, que sus habilidades habían mejorado.
Eso fue lo que sucedió el día anterior. Padre e hijo entrechocaron sus espadas. Bailaron la danza del acero una vez más. Frank disfrutó tanto de la pelea en esa ocasión, que propuso avanzar de nivel. Agregar la psinergía a la práctica.
Era algo que sucedía regularmente en situaciones como esa. Cuando el padre se sentía más que satisfecho, deseaba enfrentarse a un reto aún mayor. Sabía que su hijo manejaba la psinergía mejor que él. A pesar de su corta edad, tenía más experiencia. Había conocido muchos lugares, experimentado todos los elementos en sus más puros estados. Había visto psinergías que él ni soñaba conocer. A pesar de que el Sol Dorado había aumentado los poderes del padre, Isaac seguía superándolo.
Aún así, ese día Frank quería sentir la adrenalina de una combate con las fuerzas naturales sobre el entrechocar de las espadas. Isaac aceptó. Aunque luego hubiera deseado no hacerlo.
Comenzó con un pequeño temblor que hizo saltar a Frank por los aires. Isaac aprovechó la pérdida de equilibrio inicial que había provocado para atacar. Impulsándose en la tierra que tenía bajo su control, buscó espada en mano el arma de su padre. Esta lo recibió, como esperaba. El suelo móvil lo había desestabilizado, pero el acero reaccionó de todas formas.
Frank repelió a su hijo cuando el temblor había pasado. Entonces invocó tres esquirlas de barro sobre la cabeza de su hijo. Isaac esquivó la primera, dio un salto hacia atrás esquivando la segunda, y cortó la tercera con la espada. Pero cuando los trozos de la última esquirla aún ocupaban toda su atención, sintió el acero escabulléndose por un costado. Sus ojos no podían verlo, pero sus miembros lo sintieron. Pudo interferir el golpe justo a tiempo.
Arremetieron mutuamente con las espadas. Por un momento olvidaron que esa no era una práctica ordinaria, que podían usar psinergía. Cuando lo recordaron, ambos se separaron.
Isaac provocó otro temblor, pero esta vez más intenso y bajo sus pies. Antes de que Frank se diera cuenta, lo había perdido de vista. Sólo su instinto de guerrero le advirtió de dónde provendría el golpe. Isaac descendía a velocidad vertiginosa sujetando la espada con las dos manos. Había usado el temblor bajo él para que la tierra misma le diera el impulso necesario para dar un gran salto. Pretendía usar la fuerza de la caída.
Los brazos de Frank no reaccionaron para detener el ataque aéreo, pero sus piernas sí lo hicieron. El acero le rozó los pantalones luego de moverse hacia un lado escapando del filo. La espada de Isaac provocó un gran estruendo al chocar con la tierra. Quedó anormalmente fracturada con el golpe. Trozos de tierra y barro saltaron por los aires. Al ver lo que el ataque de Isaac había provocado, Frank se sintió intranquilo.
A ese sorpresivo ataque, le siguieron varios más de la misma naturaleza. La psinergía del joven provocaba temblores cada vez más intensos, que desencadenaban saltos más altos y golpes más rápidos y fuertes. Al padre le costaba cada vez más esquivar los ataques, mientras su intranquilidad aumentaba. No era sólo por la fuerza abrumadora. Presentía que había algo más. La destrucción que provocaba su hijo fue tal, que se vio obligado a detener el entrenamiento.
—¡Issac, es suficiente! —le gritó, envainando la espada. Sin embargo, se vio obligado a sacarla de nuevo al ver que su hijo no se detenía—. ¡Issac, vas a destruir todo Tale si sigues así!
La única respuesta fueron ataques más feroces.
Mientras el padre seguía esquivando, trató de observar el rostro de Isaac. Vio que a sus ojos de repente le faltaba emoción. Que los músculos de los brazos que sostenían la espada estaban demasiado abultados, como si aplicara toda su fuerza en cada embate. Pero por sobre todo, creyó ver un brillo dorado, aunque no podía identificar de dónde provenía.
De repente las arremetidas aéreas cesaron. La distancia entre los dos era muy amplia. Frank se preparó para gritarle de nuevo, pero lo que vio lo enmudeció.
Isaac levantó los brazos y susurró unas palabras.
—¡Madre Gaia!
Frank casi no tuvo tiempo de pensar, ni de exigirle a su hijo que se detuviera, cuando tenía bajo los pies uno de los ataque más fuertes de la psinergía de tierra. Grandes rocas comenzaron a desprenderse rápidamente de la tierra. Frank se vio obligado a dar saltos hacia atrás para esquivarlas. Pero la psinergía lo seguía. Allí donde pisaba, se desprendía una roca para golpearlo desde abajo. Al final, se encontró en el centro de una tormenta de piedra y tierra.
Allí fue cuando pudo distinguir de dónde provenía la luz dorada. Era la Estrella de Venus, que refulgía en el bolsillo de Isaac. Gracias a ella pudo darse cuenta que, siguiendo la estela de escombros ascendentes que había dejado su paso, avanzaba su hijo espada en mano a una velocidad fantasmal. Era un ataque Aniquilación.
Todo su cuerpo se puso en tensión cuando las espadas chocaron. Frank había bloqueado el golpe, pero eso no fue suficiente. Sus extremidades se resintieron por la fuerza demoledora. La mitad de su espada había salido volando por los aires. La que todavía sostenía entre las manos temblaba, igual que sus piernas.
Frank vio que los ojos de su hijo relucían con un brillo multicolor. Su cara estaba desfigurada en una mueca que lo hacía parecer estar reprimiendo la risa a cada momento. Supo que Isaac, estando poseído por el espíritu que fuera, no se iba a detener. Y consciente de que ese último ataque pudo matarlo, trató de huir. Se alejó corriendo y subió al techo de su casa de un salto.
Isaac no fue indiferente. Lo siguió con la mirada, dándole unos segundos de ventaja, pero pronto se dispuso a seguir con su combate demente.
Debido a la altitud a la que estaba, Frank pudo distinguir la figura que peligrosamente se acercaba en ese momento. Era Dora, que acudía al encuentro con su hijo.
—¡No! ¡Aléjate Dora! Aléj… —gritó desde el techo de la casa, pero sus palabras fueron interrumpidas por el dolor. Isaac había hecho aparecer con su psinergía una gran estaca de piedra bajo el padre. La estaca penetró la tierra, el piso de piedra, el techo de tejas y la pierna de Frank.
Abajo, los brillos demoniacos cesaron de repente. El joven se encontraba arrodillado, con las manos sujetándose la cabeza, y un cálido abrazo maternal en su espalda.
En la mesa, Dora y Frank habían terminado de comer y se preparaban para salir, pero vieron que el plato de Isaac estaba casi intacto. Apreciaron su mirada perdida en el agujero del techo y supieron dónde estaban sus pensamientos. Entendieron lo que podría estar sintiendo.
—Tendrás que reparar eso —dijo la madre refiriéndose al agujero—. O tus amigos pensarán que vives en una pocilga.
El chico asintió y se quedó solo en la mesa. Lo último que vio de ellos al salir de casa fue que su padre aún cojeaba.
Iván se encontraba tendido sobre el pasto en el centro del Círculo de Piedra. Miraba las nubes moverse en el cielo. Sentía la leve caricia del viento en su cara. Su exterior era calma absoluta, pero por dentro, la situación no podía ser más contraria.
—No soy un adepto de viento, pero sé lo que estás pensando, chico —dijo la voz de un anciano a su espalda. Se acercó y se sentó junto a él.
Iván asintió, y dirigió sus palabras sin moverse.
—Kraden, ¿crees que vendrá esta noche?
—No pude ubicarla para enviarle una paloma, pero seguro que allí donde esté, se enterará. Y si es así, y el viento así lo desea, vendrá. Sabes cómo es Hama.
—No la veo desde que estuvimos en Mitdir. Esa última vez, dijo que tendría respuestas para mí cuando nuestro viaje acabara. Pero hace un año que encendimos los faros y aún no me he encontrado con ella.
—Tu hermana debe tener sus motivos.
—He tenido paciencia, Kraden. Desde muy pequeño aprendí a aceptar la incógnita de mi nacimiento. El maestro Hammet nunca me ocultó que él no era mi padre y las circunstancias extrañas en que llegué a sus brazos. Crecí sin ninguna esperanza de conocer mi origen. Creo que ni siquiera lo deseaba. Pero luego… —la voz del muchacho fue teñida por la emoción— me entero en medio de todo el caos de nuestra misión que tengo una hermana. Una hermana que sabe lo que yo no sé sobre mí mismo.
—Entiendo, Iván —dijo el erudito—. Yo pasé por algo similar. Cuando era pequeño, me enviaron a estudiar alquimia con Babi. Nunca supe quiénes eran mis padres ni si tenía más familia. Aún así, mi curiosidad en los estudios arcanos era tan fuerte, que opacó cualquier deseo de conocer sobre mis orígenes. Ese tema no tenía lugar en mis cavilaciones. Pero… si me hubiera encontrado de repente con una pista, creo que estaría igual que tú. —Kraden miró con ternura a Iván.
—Durante todo este tiempo he tratado de encontrar una respuesta con los datos que dispongo. Mi condición como adepto de viento, el niño con Psinergía que vimos en Mitdir, el Culto de Anemos y las alas...
—Lo único que puedo recomendarte en este caso es que la duda no te haga perder tu identidad. Es verdad que desconoces tus orígenes. Y es natural que quieras despejar esas dudas. Pero no dejes que eso te desarticule como persona. Lo que has vivido, lo viviste ya. Eso no va a cambiar, ni aunque seas hijo de un rey antiguo o de un mercader o un ladrón. Si alguna vez llegas a tener el conocimiento que ansías, procura que este te sirva para comprender mejor tu condición y tus habilidades. No dejes que eso por sí solo te defina.
Iván revivió los breves momentos que había pasado con su hermana. Los había repasado incansablemente, varias noches. Luego, recordó su paso por Mitdir y lo que aprendió del culto de Anemos. Finalmente, volvió a los recuerdos de su vida con el Maestro Hammet. En cierto modo, extrañaba esos momentos. Todo habría podido ser parecido, de no ser por la duda que ahora lo corroía.
—Gracias, Kraden —dijo luego de digerir sus palabras—. Tienes razón.
Ambos siguieron allí, tendidos sobre el pasto. Iván comenzó a juguetear con las nubes. Había aprendido cómo manejar sus formas a su antojo. Sólo debía controlar la presión del aire en los lugares indicados. Era una actividad que lo relajaba.
Una nube pequeña tomó la forma de un conejo blanco y esponjoso. Otra, que flotaba a su lado, era un hombre con un arco. Se veía en su cabeza un gorro con una pluma sobresaliendo. El arquero disparó al conejo. El jirón de nube que representaba la flecha se desprendió el arco y dio entre las largas orejas. Por un momento, parecía que estas se desvanecían, pero pronto volvieron a tomar consistencia. El conejo huía, y el cazador seguía disparando.
Finalmente, una flecha dio con su presa. El conejo se desvaneció cuando su pequeño cuerpo fue flagelado. Pero antes de ser un montón de jirones desorganizados, la nube se apelmazó en un punto. Formó una bola con lo que antes era flecha y conejo. La esfera flotó, y cuando estuvo frente al cazador, abrió una gran fauce con colmillos y se lo tragó. La bola de nubes se retorció sobre sí misma, para tomar una forma circular más perfecta.
En ese momento pareció más consistente. Aparecieron detalles más precisos. Algo que parecía ser un ojo abierto en el centro. Y la textura rocosa de la luna.
Luego de la reconstrucción de Tale, Kraden tomó a Iván como su alumno. Le enseñaba las cosas que había aprendido como pupilo de Babi: historia de Weyard, creación de pociones, anatomía de las bestias, fundamentos de la alquimia y reacciones químicas, etc.
Posteriormente, los dos formaron una sociedad de eruditos, llamada los Sabios de la Piedra. Estaba conformada por Kraden, Iván, los sacerdotes de Tale y otros sabios que se habían maravillado con las inexplicables pirámides de oro de la ciudad.
La sociedad de eruditos tenía varios objetos de estudio. Uno era El Sabio, esa roca flotante con un ojo que apareció por primera vez cuando robaron las estrellas. En esa época, Kraden creía que era la legendaria Piedra Filosofal, pero luego de todo lo que pasó, comenzó a dudarlo.
Trataban de comprender qué motivaba sus actos. Desde el principio, El Sabio se mostró en contra de que los faros fueran encendidos. Aduciendo que la alquimia era dañina, hizo todo lo posible para que no regresara. Llegó al punto de enfrentar a los Guerreros de Tale con sus padres para que no encendieran el Faro de Marte. Aún así, cuando el sello fue roto, no se mostró molesto. En cambio, imbuyó la Piedra de Venus con mucho poder alquímico y se la legó a Isaac. Desde ese día, no volvió a aparecer en Weyard. Su existencia era una incógnita, y los Sabios de la Piedra pretendían revelarla.
Otra materia de estudio eran las pirámides de oro. Analizaban su composición. Ellos fueron los que descubrieron, más allá de las apariencias, que las construcciones eran de oro verdadero. Buscaban descubrir exactamente lo que eran y lo que significaban.
Lo tercero que llenaba los libros de los eruditos era el Círculo de Piedra en que se encontraban Iván y Kraden. Era otra incógnita que encontraron en Tale luego de la destrucción. Grandes lozas de piedra, dispuestas en un amplio círculo, se alzaban en el pasto. Tenían inscripciones extrañas de soles, estrellas, lunas y planetas.
Los Sabios de la Piedra se preguntaban también cómo se había formado. Según sus cálculos, las piedras pesaban varias toneladas. Era imposible que, incluso con psinergía, pudieran moverse. Descartaron que hubieran llegado allí por azar al explotar las rocas de la ciudad. Tenían una disposición demasiado perfecta, y además, estaban las inscripciones. Todavía no podían comprenderlas, pero a Kraden le recordaban al Templo Sonne.
Hasta ese momento, se manejaban dos hipótesis sobre la función del Círculo de Piedras. La primera decía que era un portal al lugar donde fueron los djinn elementales. Con el regreso de la alquimia, los djinn desaparecieron repentinamente. Tal vez porque ya no fueran necesarios, o porque debían volver a sus elementos. Lo cierto es que tenían que haber ido a algún lado, y El Círculo pudo aparecer como la única puerta existente hacia ese lugar.
La segunda hipótesis versaba que el Círculo era un viejo instrumento alquímico capaz de conectar las eras. Su aparición coincidía con el retorno de la alquimia, por lo que tal vez existió también en la vieja Era Dorada. Eso podría significar una conexión entre esos dos períodos. Si lo manejaban de la forma correcta, quizá permitiría viajar a esos tiempos antiguos. Sin embargo, nada había sido probado todavía.
Kraden volvió a dirigirse a Iván cuando vio la forma que había tomado la nube: era la forma de El Sabio.
—Algo más te preocupa, ¿no?
Iván deshizo la nube y dejó libre al viento para que la tallara como quisiera.
—Sí, pero no podría explicar qué. Es sólo un presentimiento —respondió.
—Nada es un presentimiento tratándose de ti. Eres un adepto de viento.
—Lo sé, pero mis capacidades de adivinación no han avanzado nada. No son ni la sombra de las de mi hermana.
—Aún así. No podría descartar tus presagios. ¿De qué se trata?
—Es sólo que… cuando pienso en esta noche, me invade un miedo indescriptible. Me surge una visión. Recuerdo nuestro viaje por Weyard y todo lo que pasamos, y de repente todo se vuelve negro. Me siento solo, sin siquiera un espacio alrededor. No hay viento… no puedo sentir nada. Sólo la presencia acusadora de un ojo. Un gran ojo en una piedra flotante. —Kraden comprendió entonces la forma que le había dado a la nube—. No sé de qué se trata. Debería estar feliz por reencontrarme con mis amigos.
Kraden miró hacia el cielo. Vio que la nube que el chico había dejado en paz tomó una nueva forma. Era algo parecido a un ave, un ave con enormes alas, que aleteaba dejando plumas caer. Al parecer, Iván no era consciente de ese espectáculo. El erudito sonrió.
—¿Sabes? Puede que haya muchas cosas que no entiendas. Otras tantas que ignoras. Y otras que anhelas saber. Pero creo que en el fondo, sabes mucho más de lo que crees.
El sol empezaba a esconderse. Nadia practicaba malabares en un almacén abandonado. A pesar de que los ensayos generales ya se habían hecho, siempre practicaba sola antes de una presentación. Era una especie de ritual que la ayudaba a prepararse mentalmente.
En Tale, Nadia había formado una sociedad de malabaristas, llamada La Salamandra Ardiente. Estaba conformada sólo por adeptos de fuego. Haciendo uso de sus habilidades con ese elemento, llenaban las noches de la ciudad con luces rojas, látigos ardientes, esferas que parecían estrellas y las diversas formas en que armaban los espectáculos.
Nadia era la líder. Su maestría con el fuego la dotaba de belleza, que junto con los movimientos de su cuerpo la hacían el personaje que más llamaba la atención.
A la compañía le fue muy bien desde el principio. Aún con falta de práctica y coordinación, eran capaces de generar un espectáculo atractivo para el público. Luego fueron creciendo y aumentando en pericia. Siempre encontraban nuevas formas de impresionar al público, lo que les dio una gran fama en la ciudad que los vio nacer.
Pronto tuvieron que expandir fronteras. Comenzaron llevando el espectáculo a Vault y Lunpa. El éxito fue igual que en Tale. Viajaron por toda Angara, y su fuego fue admirado. Planearon entonces armar una gira por todo Weyard. La noticia de Kraden le llegó cuando estaba en mitad de esa gira. Aún así, aceptó de buena gana, prometiendo completar su viaje luego.
Las bolas ascendían con cadencia sobre su cabeza. Comenzaron siendo tres, para luego aumentar progresivamente hasta ser seis. Nadia las tenía todas bajo control. Sin embargo, en determinado momento, una cayó. La bola rodó por el suelo. Antes de que alcanzara a recogerla, rebotó en la bota de alguien.
—Espero que esto no queme a uno de los espectadores esta noche —dijo el extraño ofreciéndole la pelota.
—¡Eso no va a pasar! Antes saco de una patada al insulso que se acerque demasiado a mi fuego —respondió Nadia levantándose.
—Esperemos que eso no suceda. Sé cuánto duelen tus patadas.
En ese momento, cuando Nadia sentía el calor de la mano del sujeto al recibir la pelota, y cuando al procesar la voz y el mensaje lo miró a los ojos, pudo reconocerlo.
—Hola, hermanita.
Nadia ahogó un grito de emoción y se lanzó con los brazos abiertos hacia su hermano.
—¡Félix! —exclamó colgándose a su cuello, cosa que casi lo desestabilizó—.¡No sabes cuánto te he extrañado!
—Yo también, pero… —jadeó ante la efusividad de Nadia—. Si sigues así se me caerá la cabeza y luego me extrañarás más.
Un poco más calmada, Nadia dejó su lugar en la nuca de su hermano. Le sostuvo fuertemente las manos y se miraron mutuamente.
Félix vio a una mujer. Nadia tenía las piernas más largas. Una cintura más femenina. Un cuerpo más formado. El cabello rojo le ondeaba por los hombros.
Félix no había cambiado mucho. Tenía la misma capa verde y la misma mirada madura. Nadia no lo había visto desde que se separaron hace un año. Hace tres meses supo que la había ido a visitar a Tale, pero en ese momento ella estaba viajando con La Salamandra Ardiente, por lo que no se pudieron encontrar.
A parte de eso, Nadia no tuvo noticias de él en todo el año. Aunque, durante sus viajes, había escuchado a algunas personas hablando de un hombre extraño que se dedicaba a atrapar criminales y eliminar bestias demasiado peligrosas. Según las descripciones, tenía una capa verde y usaba una máscara. De modo que a Nadia no le costó mucho imaginarse lo que su hermano estuvo haciendo.
—Lo haces realmente bien. No me lo esperaba. —Félix había estado mirándola practicar los malabares antes de presentarse.
—Esto no es nada —dijo ella dejando las bolas de práctica en el suelo—. Sin fuego no tiene gracia.
—¿Me mostrarías más? —la detuvo él. Nadia no hizo caso.
—¡Ni hablar! Verme hacer malabares sin fuego es como verme desnuda. Y eso sí que no se lo permito a nadie.
—Ni siquiera a… —A Félix le cruzó fugazmente el nombre de Isaac, pero se censuró de inmediato. Consideró muy grosero que él le mencionara algo de eso así—. ¿Ni siquiera a tu hermano?
—Ni siquiera a ti. Tendrás que esperar hasta el espectáculo de esta noche si quieres ver lo que he aprendido durante este año.
—Lástima —dijo Félix defraudado—. Esta podría haber sido la única oportunidad de ver tu espectáculo sin riesgo de quemarme.
Nadia fingió indignación. Pero pronto los dos se echaron a reír.
—Perdón por interrumpir tu práctica —dijo luego.
—No importa. Estaba terminando —mintió. Ahora que tenía a su añorado hermano frente a ella, le iba a ser imposible concentrarse. Además, quería pasar todo el tiempo que pudiera con él —. Ven. Vamos a las cascadas, tienes mucho que contarme.
A Félix no le gustó mucho la idea, pero Nadia ya había atenazado su brazo y lo conducía hacia las cascadas. Tuvo que aceptar entonces que era verdad, tenían mucho que hablar.
En la plaza de Tale había todo un amasijo de culturas. Licántropos que ya no temían mostrarse bajo la luz de la luna llena; enanos y salvajes; habitantes de tundras y desiertos, de bosques y ríos; piratas, bribones y ladrones, que debían su subsistencia a la ayuda de los ocho chicos; incluso los seres de tez azulada de las antes heladas tierras de Prox.
Seres de todos los continentes se Weyard se encontraban allí y seguían llegando.
Los posaderos miraban jubilosos a cada forastero que entraba a la aldea. Cada uno de ellos llevaba dinero en los bolsillos. Cada uno de ellos necesitaría donde alojarse esa y las consiguientes noches. Los posaderos se habían preparado especialmente para la ocasión. En una semana habían ampliado la modesta posada. Ahora, tenía tres pisos,y por la parte trasera emplazaron habitaciones hasta donde el terreno les permitió. Triplicaron el número de cocineros y contrataron unos cuantos bardos para la entretención. Estaban convencidos de que, al terminar la semana, serían ricos.
Garet llegó justo antes de la puesta del Sol Dorado. Iba en la vanguardia de una doble fila de mujeres con trajes de sedas, provenientes de Xian. A su lado estaba Zhu Po Long, el maestro que lo había entrenado durante todo ese año en el manejo de la espada. El espadachín tenía una mirada severa y hombros firmes. Llevaba el cabello tomado sobre la cabeza al estilo oriental. El bigote descendía por ambos costados de la boca hasta superar el mentón. De la cintura colgaba una gran espada en una funda negra con dibujos de serpientes verdes.
Por su vestimenta, Garet parecía haber asimilado la cultura en la que estuvo envuelto todo ese tiempo. Lucía una maciza coraza escarlata con incrustaciones de oro en forma de flamas. De cada hombro sobresalía la cabeza de un amenazador dragón con las fauces abiertas. El pelo permanecía como siempre, ígneo y peinado hacia arriba, pero su frente estaba oculta en una bandana roja anudada por detrás. Su espada era considerablemente más grande que la de su maestro, por lo que la llevaba colgada en la espalda.
—¡Qué armadura tan pesada! Seguro la lleva puesta sólo para impresionarnos —fue lo primero que dijo su hermana pequeña al interceptarlo en la entrada.
—Gracias, hermanita, yo también te extrañé mucho —contestó él revolviéndole el pelo.
—Aunque al parecer hermanas no te faltaron —dijo la hermana mayor, con los brazos cruzados, refiriéndose a las mujeres vestidas de seda.
Garet escuchó las risitas de las aludidas a su espalda. Se indignó por la forma en que sus hermanas lo recibían.
—¡Qué bueno es que al regresar lo primero que hagan sea dejarte en ridículo ante tu maestro y tus compañeras! No saben cuánto aprecio esto.
—Pues los hubieras pensado cuando quemaste la cocina antes de huir de casa —dijo la mayor.
— Y cómo iba a saber yo que el fuego era demasiado. Sabías que no soy muy bueno para cocinar, no debiste pedirme ayuda.
—¡Al menos te hubieras quedado a comer las avellanas rostizadas con aderezo de cenizas que tú mismo cocinaste! Pero no, tuviste que huir como un cobarde esa misma noche.
Durante toda la discusión, la hermana menor se dedicaba a palpar los músculos y examinar la coraza de su hermano.
—¡Hermanito, qué cachas estás! —exclamó luego de su exhaustivo examen.
Garet no supo si quería decir exactamente lo que dijo, o insinuaba que se veía ridículo. Contestó asumiendo lo primero.
—Bueno, es que el entrenamiento con el maestro es muy riguroso. —Aprovechó la ocasión para presentárselos—. Saluden al menos.
La pequeña lo saludó con un gesto con la cabeza que fue recibido de la misma manera. Luego fue a observar el cortejo de mujeres exóticas que llegó con su hermano.
—Espero que mi hermano no le haya causado muchas molestias, honorable maestro —dijo la mayor estrechándole la mano—. Supongo que no les ha quemado las cocinas, aplastado sus plantas o cortado un brazo. —Se acercó para susurrarle—: Es que es tan descuidado…
—¡Para el carro! —gritó Garet, indignado—. Es verdad que alguna vez fui así, pero ya no. He aprendido mucho con mi entrenamiento. Ahora puedo controlar mis emociones y reflexionar antes de actuar. Puedo darme cuenta de las sutilezas de la vida y actuar en sintonía con ellas…
—¿Ah, sí? Pues dime, señor sutil, al menos ¿aprendiste a cocinar? —La pregunta tomó al joven por sorpresa. Desesperado, comenzó a mirar hacia todos lados para ver si alguien lo podía salvar de su condenada hermana—. Dígame, maestro, ¿mi hermano aprendió a cocinar? —El maestro hizo un gesto negativo con la cabeza—. ¡Lo sabía! Sigues siendo tan perezoso como siempre.
—Pero… pero… —comenzó a decir Garet tratando de escapar de sus garras—. Sé escribir con bonita caligrafía, y criar árboles y barrer las hojas y...
—¿Y eso de qué te sirve? ¿Escribirás en una hoja montado en un árbol para que tus mayores te envíen comida?
Su hermana lo tenía. Cuando se ponía así era insufrible. No había previsto que se encontraría en esa situación apenas llegara.
—¡Ya está bueno! Cualquiera diría que no somos un par hermanos que no se han visto en casi un año.
Las palabras parecieron aplacar a su hermana. Ya no volvió a proferir comentarios hirientes. O por lo menos eso parecía.
—Vamos a casa —dijo más calmada—. Seguro nuestros padres te reciben como quieres. ¡Aunque no como te mereces!
Garet hizo caso omiso a la última parte del comentario. Era verdad que quería ver a su familia. Tenía la seguridad de que debían haberlo extrañado más que sus hermanas.
