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Capítulo 2

El Falso Eclipse

Era una noche de plenilunio. La oscuridad cubría con su manto a ese variopinto grupo que culturas que se reunía frente a las pirámides de oro. Las únicas luces eran las de la luna llena y las cuatro antorchas dispuestas en torno al escenario. En ese momento, representantes de todo Weyard esperaban el inicio de la celebración.

Kraden subió al escenario. Su presencia fue suficiente para acabar con el bullicio de la multitud. Sin embargo, aún se escuchaban los murmullos de algunos niños.

"¿Ese es Kraden, el sabio que revelará todos los misterios del mundo? ¡Pero sí parece sólo un ancianito!"

"¡Mira, papi, un erudito!"

"¡Quiero ir al baño!"

Cuando Kraden tuvo el silencio que consideró necesario, se dirigió al público.

—Gentes de todos los lugares de Weyard: luchadores de Xian; enanos de Loho; licántropos de Garoh —los adeptos transformados aullaron a la luna—; guerreros de Naribwe y Kibombo —levantaron sus lanzas—; habitantes de Champa y Lalivero —elevaron sus cimitarras—; de Mitdir y Prox; chamanes de Aldea Chamán —los chamanes gritaron—; amigos de los cuatro extremos de Weyard, sed bienvenidos a la conmemoración del primer año del regreso de la alquimia a nuestro mundo.

Kraden les dio tiempo a todos los que había nombrado para que se reconocieran y tomaran conciencia de la magnitud de la convocatoria. Antes no habían tenido la oportunidad de estar todos juntos .Ni siquiera en el Coloso se había visto una variedad tan grande de personas.

Luego prosiguió, cuando se hizo de nuevo el silencio.

—¡La alquimia ha vuelto al mundo! Y eso es de celebrar, pues es algo que ha pertenecido a la esencia de los seres humanos desde tiempos inmemoriales, y que había permanecido oculto por siglos. Pero este encuentro no es sólo para celebrar. Es también para recordar la responsabilidad que tenemos todos para con la alquimia. —El público estaba atento a Kraden. Todas las miradas dirigidas a un solo punto, y los únicos sonidos que poblaban esa noche eran las palabras de él—. Antiguamente, la alquimia propició el avance del mundo y la civilización completa. Fue una era dorada para la humanidad y el conocimiento. De esos tiempos sólo nos quedaban algunas ruinas y Faros que algunos de vosotros habéis podido visitar. Pero hoy, tenemos la oportunidad de crear una nueva edad dorada. El antiguo poder, que ya se consideraba leyenda, está de nuevo con nosotros. Con él, y frente a estas pirámides como testigos, debemos unirnos en uno solo para alcanzar la perfección. Con nuestras propias manos, debemos hacer brillar este mundo más de lo que alguna vez brilló. Todo es propicio para ello, desde que la luz del sol dorado nos alumbra. —El público estalló en vítores y comenzó la música.

La bienvenida había sido esperanzadora, como esperaba que fuera el erudito. Pero en el fondo, su corazón no albergaba las mismas esperanzas expresadas por sus palabras.

Kraden descendió del escenario, y se dejó engullir por la oscuridad. Todos disfrutaban, todos celebraban por la nueva era dorada, por el período perfecto, menos él. La oscuridad no sólo cubría su cuerpo, sino también su mente.

Comenzó a cuestionarse si estaba bien lo que hacía. Había dado una versión demasiado positiva sobre lo que significaba el renacer de la alquimia. Y así debía ser, pero él no tenía seguridad sobre nada de lo que había dicho. Había convocado esa reunión justamente para eso, para aclarar sus dudas.

Como estudioso de la alquimia, Kraden era el más feliz de que esta se manifestara nuevamente por el mundo. Incluso él podía realizar algunas psinergías menores. Los primeros meses estuvo convencido de todo lo que le había dicho al público, de que esa sería una nueva era dorada. Sin embargo, unos pequeños rumores bastaron para que su mente se llenara de dudas.

De vez en cuando iban forasteros a Tale, principalmente para ver las grandes pirámides doradas. De ellos, escuchó ciertos relatos que lo intranquilizaron. Al parecer, a ellos no les preocupaba mucho, pero la mente del erudito encadenaba los hechos y generaba sospechas que se agrandaban cada vez más con cada comentario de los forasteros.

Eran relatos sobre problemas que se generaban en algunos lugares de Weyard. Decían que a veces aparecían bestias que se acercaban a los pueblos y robaban la comida. Otras, más feroces, atacaban humanos. Pueblos que antes no tenían que preocuparse por su seguridad, tuvieron que disponer de guardias en las entradas. Generalmente eso fue suficiente para protegerse de los monstruos molestos.

También se hablaba de ciertas personas que abusaban con su alquimia. Todos eran adeptos. Todos tenían poder. Pero estas personas usaban su poder para someter y cometer actos egoístas. Para manejar estas situaciones, ciertos pobladores debían unirse y tratar de capturar al problemático. Al final acababa en la cárcel.

Al enterarse de todo eso, Kraden no pudo evitar recordar lo que había pasado con el mundo antiguo. La alquimia había propiciado el avance, pero pronto, también el declive. El poder empezó a ser usado por el mal, amenazando todo Weyard con guerras y conflictos destructivos. Por eso, algunos sabios se vieron obligados a sellarla.

A partir de los rumores y la historia, Kraden comenzó a preguntarse si eso no podría volver a suceder. Era cierto que pasó una vez, ¿qué evitaba que pasara de nuevo? Esa perspectiva era peligrosa, y se negaba insistentemente a aceptarla.

Si fuera cierto que la alquimia amenazara a la humanidad por el mal uso que los humanos hacen de ella, ¿qué sentido tenía todo lo que hicieron? Pudieron apreciar que la alquimia era vital para el mundo, que si no renacía, los continentes se iban alejar hasta caer en las Cataratas de la Madre Tierra. Si es vital para el mundo, significa que no se puede vivir sin ella. Pero, al mismo tiempo, su presencia podría significar el fin de la humanidad, porque los humanos la usarían para destruirse entre ellos. Era una paradoja.

Para refutar esa funesta sospecha es que Kraden convocó la reunión. Necesitaba más información. Y se sentía demasiado viejo como para viajar por el mundo preguntando y observando la situación con sus propios ojos. Por eso pensó que, si él no podía ir a Weyard, Weyard podría ir a él.

Consiguió cientos de palomas, y escribió cientos de invitaciones a todas las personas que habían ayudado a los Guerreros de Tale a completar su misión. Los invitaba a permanecer por lo menos una semana en Tale festejando el renacer de la alquimia. Kraden aprovecharía esa reunión para hablar con personas de todos los lugares del mundo. Esperaba que le describieran situaciones anómalas que podrían atribuirse al mal uso de la alquimia.

Si la mayoría aportaba datos de esa naturaleza, significaría que su sospecha podría ser cierta. La historia podría repetirse una vez más, y el mundo no tendría sentido. La humanidad estaría condenada a desaparecer con alquimia o sin ella.

Hasta que eso no fuera comprobado, tenía que mantener las esperanzas, tanto en sí mismo como en los habitantes de Weyard. De nada servía advertirlos todavía. La gente necesitaba esperanza. Decidió que no se arrepentía de lo que había dicho. Aunque quizá sus palabras, algún día, se conviertan en una absurda utopía.


Luego de una breve instancia de música y baile, se hizo el silencio para la presentación de la Salamandra Ardiente, la compañía de malabaristas de fuego liderada por Nadia.

Cuatro hombres rodeaban a la mujer. No llevaban más indumentaria que unos pantalones blancos de tela y anchas cintas rojas en la cintura; colgaba de cada una de ellas una espada curva. Nadia, arrodillada en el centro, vestía una corta falda roja con flecos que revoloteaban al viento. La parte superior era similar; dejaba los hombros descubiertos y no se extendía más allá del ombligo. En ambas manos portaba unos látigos de cintas negras que se perdían en la oscuridad.

Comenzó una lenta percusión de tambores. El público no podía ver quiénes eran los artífices de la música, pero la Salamandra Ardiente no les dio mucho tiempo para que ese fuera su foco de atención.

Los cuatro hombres levantaron sus espadas y comenzaron a hacer demostraciones de su manejo con cada sonido de tambores. En lo que duraba un sonido, saltaban creando formas con sus piernas, rasgaban el aire con una estocada, o hacían gala de su flexibilidad en una incómoda posición. Luego se detenían hasta el próximo sonido. Nadia aún no se movía.

La percusión se hacía cada vez más rápida. Así también los movimientos aumentaban su celeridad, hasta convertirse en una demostración continua de flexibilidad y destreza con la espada. Manteniendo sus lugares, los artistas mostraban una danza que se volvía frenética.

Pronto el sonido de los tambores hizo imposible que se siguiera su ritmo. Alcanzó la frecuencia máxima en que ya no se podía distinguir un golpe de otro. La tormenta de sonidos duró unos segundos; mismos segundos en que el corazón de los espectadores permaneció sin latir, para luego detenerse repentinamente. Todo se detuvo: la música, el movimiento, los pestañeos del público, el mundo. Pero cuando eso sucedió, Nadia estaba erguida. Había dejado los látigos en el suelo. Las antorchas se apagaron y el manto de la noche los envolvió a todos.

La estrella roja hizo que el mundo volviera a moverse. Cuando se encendió, los tambores volvieron a sonar con la misma celeridad con que se detuvieron. Las espadas de los cuatro flameadores se encendieron en grandes flamas y se enzarzaron en un combate de uno a uno. Los pares de espadas flameantes se buscaron, se besaron, bramaron en la noche mientras el fragor de la batalla provocó una lluvia de jirones de fuego.

El siseo del fuego contra el fuego se unió al ritmo frenético de los tambores. La luz de las espadas era sólo la suficiente para ver los cuerpos ágiles que las empuñaban. Saltaban y esquivaban con destreza, se embestían mutuamente sólo para encontrar una hoja de llamas como única defensa, cortaban el aire dejando cicatrices rojas en el viento. El calor de las espadas de fuego les llegó a todos, pero nadie resultó herido.

La estrella roja rotaba rápidamente en el cielo, aumentando su diámetro hasta parecer un sol de menores dimensiones. Luego se precipitó hacia la tierra disminuyendo su tamaño. Cayó en la mano de Nadia, que la devolvió a las alturas apenas palpó su calor. Pero cuando ascendió a la noche no estaba sola. Otra bola de fuego idéntica a ella la seguía en paralelo. Ambas alcanzaron su punto máximo, crecieron, disminuyeron y descendieron de nuevo a las manos de su creadora. Luego de unos cuantos ciclos, dos nuevas estrellas nacieron. Volaban mientras las otras dos volvían a nacer.

Así fue la dinámica. Nadia lanzaba bolas de fuego alternadamente mientras los cuatro hombres luchaban con espadas flamígeras a su lado, siguiendo el ritmo de los tambores. El público se debatía entre ver el espectáculo del cielo o el de la tierra, pero pronto comprobaron que podían disfrutar de ambos a la vez: las bolas de fuego ascendían cada vez menos, hasta que finalmente quedaron en los límites de la escena completa.

La danza de las espadas llegó a su fin cuando las cuatro se unieron en una sola. Fue una espada colosal empuñada por cuatro manos. Flameó sobre sus cabezas un tiempo para luego desprenderse de sí misma. Pequeñas flamas se liberaron de su forma y se dejaron llevar por el viento, que poco a poco las fue disipando antes de tocar el suelo. Los hombres guardaron sus espadas, ahora negras por el pacto con el fuego, en sus cintos. Luego volvieron a sus posiciones iniciales.

La danza de las estrellas no había terminado. Nadia tenía toda la atención del público. La música cambió de ritmo. Aumentó la altitud a la que lanzaba las bolas de fuego y también aumentó su cantidad, hasta que fueron ocho. Comenzó a moverse por el escenario, sin perder de vista a las bolas ardientes. Estas volvían a sus manos cada vez más rápido.

Los hombres, posicionados dos a cada lado de Nadia, elevaron sus brazos y los movieron en formas circulares. Poco a poco se perfilaron aros de fuego sobre ellos. Cuando ya fueron consistentes, se lanzaron al aire en busca de las estrellas.

Cada hombre lanzaba un aro hacia el compañero que tenía enfrente. El objetivo era que, en su desplazamiento por el cielo, fueran atravesados por las bolas de fuego de Nadia. Cuando lo lograba, el aro palpitaba en sí mismo y soltaba un círculo de partículas de fuego que adornaban la noche.

El cielo ardió más que nunca. Todas las estrellas pasaron por los aros antes de caer. Los espectadores miraron boquiabiertos el espectáculo de luces, sin perder la atención en ninguna ocasión.

En un momento, las ocho estrellas permanecieron inmóviles en el aire. Cuatro se empequeñecieron hasta apagarse. Las demás aumentaron su tamaño, pero su crecimiento fue limitado por cuatro aros que acudieron a envolverlas. Las cuatro estrellas seguían creciendo al interior de los aros, pero cuando su prisión no les permitió hacerlo más, colapsaron. Aros y estrellas explotaron, creando una lluvia de cenizas encendidas.

Los hombres, ya sin instrumentos que manejar, se alejaron del escenario.

Entre los jirones de fuego de su anterior acto, Nadia encendió los látigos. Uno en cada mano, comenzó a danzar con ellos. Las lenguas de fuego dibujaron figuras abstractas en la oscuridad de la noche. Allí a su paso ondulante dejaban una estela de luz que se desvanecía con el viento. La flameadora se movió de un lado a otro, como queriendo esparcir por el mundo la luz del fuego, para finalmente tomar una posición central.

Allí comenzó a girar. Las lenguas de fuego la siguieron. Flotaron en el aire rodeando a Nadia como un velo espectral, cada vez más rápido. Su cabello también pareció refulgir como una llama. Se unió a la danza siguiendo la dirección de su dueña.

En ese momento, Nadia era un torbellino rojo. En ese momento, Nadia era el centro del mundo.

Repentinamente el velo de fuego la dejó. Había lanzado los látigos ardientes al cielo. Cuando parecía que iban a comenzar a descender, tomaron vida.

Nadia, en la tierra, levantó los brazos y sus manos comenzaron a brillar. El brillo se hizo más fuerte, hasta hacerse visible un rayo cíclico. Los látigos ardientes ascendieron más, rodeando el rayo de luz naranja. Subieron tremolando, aumentaron su tamaño, se expandieron y alargaron, y cuando el rayo ya se había disipado, abrieron sus fauces y se voltearon hacia el público con un rugido mudo.

Las víboras de fuego reptaron en el cielo con voluntad propia. Se movían con movimientos ondulantes, flexibles y libres, como si recién comenzaran a conocer el mundo. A veces se interceptaban sólo para curvar sus extensos cuerpos en otra dirección. El público seguía cada giro con la boca abierta.

Pronto las víboras ígneas se disputaron el dominio del cielo. Se encontraron frente a frente. Se mostraron los colmillos de fuego, iracundas. Una de ellas se lanzó sobre la otra con las fauces abiertas. Se la tragó completamente. Pero cuando hubo terminado, su cola ardiente se convirtió en la cabeza de lo que había digerido. La serpiente se desprendió del cuerpo que lo comió y se encontró nuevamente frente a él. Se precipitó sobre su enemigo. También fue capaz de tragarlo, pero el proceso anterior se repitió. La víbora recorría su cuerpo para luego desembarazarse de él y embestirlo nuevamente. La batalla se repitió y se repitió de la misma manera, hasta que sólo fue distinguible un círculo de fuego en vez de víboras comiéndose mutuamente.

De repente, la noche se hizo más oscura. Lo único que la alumbraba eran las serpientes de fuego y la luna llena, pero esta última estaba brillando cada vez menos. Una pequeña parte de la luna se vio ensombrecida, y el público no tardó en darse cuenta de que era un eclipse. Se preguntaron si eso era también parte del espectáculo. Impresionados ya con lo que habían visto, podían esperar cualquier cosa, por más imposible que pareciera.

Pero el eclipse no era parte del espectáculo y tampoco era lo único que pasaría fuera de él. Las víboras comenzaron a devorarse más rápidamente. El anillo ardiente rotaba a velocidades imposibles mientras la noche se volvía más negra. Pronto, se concentró en sí misma hasta ser una bola de fuego.

La bola se amplió en el cielo. De ella se perfilaron dos grandes alas rojas. Se extendieron dejando en evidencia lo que ocultaban. De pronto se pudo ver la cabeza de un dragón que rugió como las víboras no habían podido hacerlo. Esta vez, el rugido sí se escuchó. Era un grito de bestia que asustó a todos los presentes, incluso a Nadia, la flameadora que veía sus flamas fuera de control y de sus posibilidades.

El dragón extendió sus alas y se mostró en todo su esplendor. Todo su cuerpo era de fuego. Era tan grande que, aún a gran altura, podían distinguirse sus rasgos: los cuernos sobresaliendo sobre la cabeza, los ojos refulgiendo con una luz dorada, e incluso los colmillos de la misma sustancia flamígera de todo su ser. Y la oscuridad no ayudaba mucho. El dragón era casi la única fuente de luz que quedaba.

El dragón aleteó dejando partículas de fuego en el aire. Con cada aleteo, las alas aumentaban su extensión, y su cuerpo parecía empequeñecerse. Pasaron muchos aleteos, y las alas crecieron hasta cubrir la mitad del cielo. El público podía sentir el calor de ellas, y temían que las cenizas encendidas que soltaban llegaran a ellos.

El eclipse fue total, y todos desaparecieron en la oscuridad. Los habitantes de Weyard no eran nada ante la oscuridad. Lo único visible eran las alas; alas tan grandes que parecían no tener un cuerpo del que provenir.

Las pirámides brillaban con luces siniestras. Algunas personas se desesperaron y lanzaron gritos de terror, pero las alas de fuego mantenían su atención y el caos no fue generalizado.

El aleteo se había detenido cuando la sombra que se había posado en la luna se acercó. Al abandonarla, la escasa luz de la luna delataba que tenía una forma circular. Se hacía cada vez más pequeña a medida que se acercaba, y la luna recuperaba su brillo y su propia forma circular. Finalmente, la sombra se ubicó frente a las alas de fuego, de tal manera que parecieron sus propias alas. Allí fue visible.

Humanos, no veo motivo de celebración. —Las palabras resonaron en la mente de todos los presentes—. A menos que celebréis vuestro propio fin.

Parecía una roca flotante con un ojo en su centro. Sólo unos pocos pudieron reconocerlo. Era El Sabio.