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Capítulo 3

El Sello de la Sabiduría

La piedra flotaba sobre las pirámides, estática en medio de las enormes alas ígneas. El público no se podía explicar qué era aquello. ¿Era parte del espectáculo? ¿El punto cúlmine, el clímax que nadie esperaría? No, nadie había disfrutado su presencia. Muchos fueron presas del terror por la forma desconcertante de su llegada. ¡El Dragón rugió! Y creció y creció, y las alas los amenazaron con su calor. La Piedra había velado la luna. Luego se mantenía allí, imponente sobre todos, enviando sus mensajes telepáticos.

¿Acaso creéis que basta con el poder? ¿Creías que ibais a tener la sabiduría necesaria para utilizarlo? —El Sabio esperó para ver la reacción del público. Sólo vio miedo—. En todos estos años no habéis aprendido nada. Sois igual de necios que vuestros antepasados.

El desconcierto y el miedo reinaban entre los presentes. No entendían qué era esa aparición nocturna, qué era esa voz que resonaba en sus mentes, ni qué significaban las palabras. Sólo una persona veía algo de luz en esos oscuros mensajes. Sus latidos se aceleraron al igual que el de todos los demás, pero no por temor, si no por preocupación y algo curiosidad.

—¿A qué os referís, Sabio? —La pregunta de Kraden fue el único sonido que rompió el incómodo silencio de la duda. Todas las miradas se dirigieron hacia él, que se hallaba entre las sombras al lado del escenario, sólo alumbrado por las alas llameantes y su luz reflejada en el oro de las pirámides. El Sabio también lo miró directamente a él. No era la primera vez que el erudito era el centro de su ojo escrutador, pero esa vez su mirada casi le hizo temblar las piernas.

Vos, de entre todos estos humanos, sois el único que sabe a lo que me refiero. Habéis convocado a esta reunión sólo por eso. ¿Por qué no les explicáis vos el significado de mis palabras, viejo erudito?

El corazón de Kraden dio un vuelco. Era verdad. Ciertamente, al Sabio no se le escapaba nada.

Sus palabras le hacían sentido. Era lo que había estado sospechando últimamente. El declive de la raza humana por la propia raza humana. El mal uso de la alquimia, que ya una vez amenazó al mundo. Había reunido a habitantes de todo Weyard para investigar si eso era verdad. Buscaba pruebas... pruebas para comprender si lo que habían hecho fue un error.

—Es… cierto —comenzó diciendo el erudito sintiendo las mentes hambrientas de respuestas en todos los presentes. La suya también tenía hambre de respuestas. Pero El Sabio se las había proporcionado de repente, y él las devoró de un solo bocado—. La verdad es que, no estaba seguro. Es algo que vengo sospechando desde hace un tiempo. Pero al parecer, la presencia del Sabio es la reafirmación de todos mis temores. —Todos los ojos estaban sobre él. Pero el único que sentía era el más grande, el más letal—. Como sabéis, antiguamente la alquimia vivía como hoy vive entre nosotros. Todo hombre era libre de utilizarla, para el bien. Gracias a ella, la civilización avanzó y se construyó una era dorada. Sin embargo, el ascenso terminó en declive. La sociedad se malogró por algunos que usaron la alquimia con fines malvados. La situación se volvió insostenible y se hizo necesario que unos sabios sellaran la alquimia para evitar la destrucción. —El erudito suspiró antes de decir lo siguiente—. Eso es lo que creo que El Sabio viene a decirnos. Como en los antiguos tiempos, la alquimia producirá un declive artificial que amenazará la integridad de este mundo. Tarde o temprano, la alquimia en los humanos conlleva a la destrucción. Y por los acontecimientos que se han comenzado a producir, temo que en nuestro caso será más temprano que tarde.

Todos ahogaron un grito de asombro. Lo que Kraden decía era insospechado y terrible. Los que habían acudido al llamado a la celebración tenían fe en que la alquimia era la respuesta, que era la fuerza que necesitaban para alumbrar la civilización y crear una nueva era dorada. Y en ese momento se enteraban de que en realidad era un poder nefasto que los llevaría a la aniquilación. Las mentes difícilmente podían digerir esa información. Se negaban, se negaban a aceptar que eso pudiera ser cierto.

Los que más se negaban eran ocho chicos; ocho chicos que habían recorrido el mundo encendiendo los Faros Elementales para liberar la alquimia; ocho chicos que arriesgaron su vida innumerables veces por una misión; que habían temido, que habían sufrido en pos de un objetivo trascendental. Los ocho chicos se negaban a aceptar que todo lo que habían hecho fue en vano, y que no sólo fue en vano, si no que resultó nocivo para el mundo que intentaron proteger.

—Kraden, por favor, no… —dijo Nadia desde el escenario, sollozando. El erudito sólo pudo observarla destrozado y negar con la cabeza.

Así es, humanos. —Otra vez la voz en la mente de todos—. El erudito tiene razón. La alquimia os destruirá, como casi lo hace una vez, en el pasado. Intenté deteneros. Lo intenté desde el principio. Pero siguieron empecinados en encender los Faros, a pesar de todo…

—¡No le crean! —gritó alguien desde el público, interrumpiéndolo—. Lo único que trae siempre esa roca son problemas. ¡No confíen en él!

El ojo dirigió su mirada violentamente al lugar exacto en que estaba el que profirió esas palabras. Su iris se agrandó. Brilló de manera siniestra.

El ojo, el ojo que todo lo ve. Así parecía antes. A pesar de apuntar a un lugar específico, cualquiera diría que miraba a todo el mundo al mismo tiempo. Pero en ese momento, sólo lo miraba a él. De entre todas las montañas, de entre todas las tormentas, de entre todos los bosques del mundo, lo miraba sólo a él, el que había osado interrumpir sus sabias palabras.

La masa de gente se abrió en torno a él cuando lo identificaron. Todos lo miraron de repente. Era Garet.

—Créanme, las palabras de esta roca sólo traen problemas. —El joven reforzó sus afirmaciones a pesar de la amenazadora mirada de El Sabio.

Si el conocimiento es un problema, me retiraré gustoso —dijo en sus mentes—. Vivid en la ignorancia y morid con ella. Nunca debí haberme interesado por vosotros, humanos. El mundo es vuestro para preservarlo… —hizo una pausa—...o para destruirlo.

Las enormes alas de fuego aletearon soltando jirones de fuego. Se elevaron junto a la piedra flotante que había interrumpido la celebración. El público empezaba a sentir alivio por la ida de la perturbadora presencia, pero las palabras que había traído seguían intranquilizándolos.

—¡No! ¡No nos dejéis, Sabio! —La roca reaccionó ante las súplicas de Kraden. Se volteó hacia él y volvió a descender hasta estar a la altura de la cúspide de las pirámides—. No debisteis haber venido sólo para prevenirnos, ¿no es así?

Seguís impresionándome, erudito. —El ojo tomó una nueva expresión al mirarlo. Kraden nunca la había visto antes y no supo descifrarla—. Es cierto. Vine para advertiros. Y también para informaros que, si desean que la alquimia no os destruya, hay una manera de evitarlo.

Todos se exaltaron, Kraden sobretodo. Por muchas noches había cavilado sobre la alquimia y el mundo. Sobre por qué la alquimia era vital para el mundo pero se convertía en una arma destructora en manos de los humanos. Ahora el Sabio le insinuaba una manera de que ambos, alquimia y humanos, pudieran coexistir sin destruirse.

—¿Cuál es esa manera? ¿Qué necesitamos?

Sabiduría —fue la respuesta que se esbozó en sus mentes—. Sabiduría que está sellada, igual que alguna vez lo estuvo el poder. —La atención del público fue absolutamente captada por el Sabio, a pesar de que físicamente las palabras no provenían de él. Por momentos olvidaban que era una piedra flotante con alas de fuego—. La alquimia no es sólo el poder de transformar el plomo en oro o curar cualquier enfermedad. No es sólo manipular el mundo físico. También es el control del mundo espiritual; o mental, como prefiráis llamarlo. Más allá de vuestros sentidos, la alquimia se mueve a un nivel más profundo. Es la transmutación de ideas. La juventud de pensamiento. Es sabiduría.

Lo que habéis hecho es sólo la mitad del trabajo. Liberasteis el poder, la parte física de la alquimia, pero no la sabiduría, el aspecto que asegura el buen manejo del poder. Sin sabiduría, el poder sólo puede destruir. Es como si le entregarais una espada a un niño: tarde o temprano terminará dañando a alguien. Esa es la verdad. Esa es vuestra situación.

Kraden por fin entendía. Lo que tantas noches había buscado, los muchos nudos que se hicieron en su mente, la oscuridad que el misterio le había dejado, todo terminaba en eso. La presencia de los dos aspectos de la alquimia no era incompatible con la humanidad. Los declives sólo habían sido producto de la falta de su segunda parte; de la privación de la sabiduría. Ahora lo entendía todo.

Mirad estas pirámides—continuó el Sabio—. Son dos porque simbolizan la dualidad de la alquimia. El oro simboliza el poder. Miradlas. Ambas son doradas. El símbolo de la sabiduría es la plata. La segunda pirámide debería ser plateada. Esta es la prueba de que la sabiduría sigue ausente, de que sólo poseéis el poder.

La negación había dado paso a la asimilación. La explicación del Sabio había sido reveladora. Les había dado pruebas ante sus ojos. Era difícil cuestionar lo que les explicaba. Los ocho chicos comenzaban a respirar tranquilos al saber que lo que habían hecho no fue completamente en vano. O no lo sería si no era lo único que hacían.

—Sabio. ¿Qué debemos hacer para liberar ese segundo aspecto del que habláis? —Esta vez fue Nadia la que hizo la pregunta.

Debéis embarcaros nuevamente en un viaje hacia los Faros Elementales. Las llaves del sello de la sabiduría yacen en ellos. —Los Guerreros de Tale se contrariaron. Habían examinado a fondo cada Faro cuando los encendieron y nunca encontraron nada parecido a los que les decía. El Sabio les leyó la mente—. Los Faros ya no son como los recordáis. Ahora sólo son ruinas. Pero en las ruinas encontraréis lo que os digo.

—Y entonces… ¿con las cuatro llaves habremos roto el sello?

Cuando las llamas del conocimiento alabeen en los cuatro elementos, el mundo estará completo.

La información ya había sido entregada. Todos lo escucharon. Todos estaban al tanto de lo que debían hacer para evitar la destrucción. Ahora era responsabilidad de ellos llevar a cabo la misión.

Eso es todo. La alquimia no puede seguir incompleta. Pero no me corresponde a mí completarla. El mundo es vuestro para preservarlo o para destruirlo.

Con el eco de esas palabras en la mente, El Sabio se disponía a abandonarlos. Sin embargo, algo lo detuvo nuevamente. Era Kraden.

—Antes de irte, Sabio, dime ¿por qué haces esto? ¿Por qué tratasteis de evitar que liberáramos la alquimia? ¿Por qué dejasteis la Estrella de Venus en manos del joven Isaac? Si sabíais que la alquimia no era letal al liberar su segundo aspecto, ¿por qué no nos dijisteis antes? ¿Por qué ahora?

Al parecer, El Sabio sólo hizo caso de una de las preguntas. Se volteó hacia el lugar en que estaba Isaac, ahogado entre la multitud. Dirigió su mirada a él.

¿Aún tenéis la piedra? —Isaac hizo un gesto afirmativo. La sacó de su bolsillo y la elevó sobre su cabeza. Todos pudieron verla. Era más pequeña que su mano, y en ese momento brillaba con una luz dorada—. Guardadla bien, jenei. No la perdáis. —Obedeciendo, Isaac la guardó de donde la sacó.

—Sabio, responded mis preguntas, por favor —insistió Kraden.

El Sabio los miró a todos. En ese momento, todos sentían que su ojo se posaba en cada uno de los presentes. Al mismo tiempo, sentían que estaba mirando a todo el mundo a la vez.

Mis motivos están por sobre el entendimiento humano —dijo en sus mentes—. Por lo menos hasta que no poseáis la sabiduría de la alquimia, no podréis comprenderme.

La piedra flotante aleteó con las alas de fuego, ascendiendo más y más. El ojo no dejó de mirarlos, aún en la altura. Cuando ya fue indistinguible por la oscuridad de la noche, las alas lo ocultaron. Se cerraron en sí mismas, y luego desapareció. No había ningún rastro de fuego, ni de un gran ojo escrutador, aunque el público siguió sintiendo su mirada, a pesar de no poder ver ni sus propios ojos.

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—¡No podemos confiar en él! —gritó furioso Garet a sus compañeros—. Ya nos ha jugado malas pasadas esa condenada piedra. No permitiré que lo haga de nuevo.

—Pero Garet —dijo Kraden—. A pesar de que sus acciones no han sido muy honorables, siempre nos ha dicho la verdad. Diga lo que diga, no podemos ignorarlo.

—¡Casi nos obliga a asesinar a nuestros padres! —La indignación de Garet fue respaldada por Nadia.

Kraden lo tenía difícil. El papel de El Sabio no había sido muy agradable en la travesía por encender los Faros. Y el acto final, en el que se descubrió que el dragón de tres cabezas que habían vencido eran los padres de Nadia, Félix e Isaac, había levantado una cortina de desconcierto, rabia y rencor. Los muchachos se habían sentido utilizados. Eso no era fácil de olvidar para nadie.

—Lo sé, pero finalmente nadie salió herido. Creo que así lo planeó El Sabio...

El erudito sabía que su explicación era muy vaga. Pero ni él mismo entendía los motivos del Sabio. No podía, por lo tanto, convencer a sus muchachos de que aceptaran la misión que les ofrecían tan fácilmente.

Luego de la polémica interrupción en la plaza de Tale, la fiesta ya no fue más fiesta. Todos los que habían acudido perdieron las ganas de celebrar. Les habían dado una sentencia de muerte; ya no tenían por qué alegrarse. Muchos, que no conocían el papel indispensable de la alquimia en Weyard, comenzaron a pensar, como varios en el mundo, que hubiera sido mejor que no se encendieran los faros. Otros tantos se llenaron de esperanza por la solución que les presentaba El Sabio, pero nadie estaba dispuesto a llevarla a cabo.

Kraden, junto a los Guerreros de Tale, se reunieron en su centro de investigación alquímica junto al Círculo de Piedra para discutir lo que había sucedido. Allí se encontraron por primera vez en un año los ocho jóvenes, pero el reencuentro fue rápidamente empañado por la nueva información que se les apareció de repente en alas de fuego.

Iván tomó la palabra. Se encontraba en el lugar más alejado de la mesa redonda. Estaba repleta de papeles y documentos sobre las investigaciones que se realizaban allí. No habían tenido tiempo ni de arreglar eso cuando comenzaron a discutir.

—Es cierto que las acciones del Sabio son cuestionables, pero lo que no es cuestionable es la certeza de que lo que dice es verdad. Puede que nos oculte algunas cosas, pero al final, lo que nos ha revelado en el pasado siempre terminó por ser cierto.

—Aún así —replicó Garet—. No podría soportar la idea de que nos esté utilizando nuevamente.

—En ningún momento ha dicho que tengamos que ser nosotros los que cumplamos con la misión —dijo Piers.

—Con saber qué es lo que El Sabio quiere me basta para no querer ver nunca sus deseos hechos realidad —concluyó Garet, y se sentó con los brazos cruzados.

Kraden se movía de un lado a otro cerca de su asiento en la punta de la mesa. A veces retiraba algún libro aleatorio de la biblioteca que tenía cerca y lo ojeaba, pero en realidad no leía nada. Lo único que hacía era pensar.

—A pesar de todo—comenzó Sole—, creo que nosotros somos los más indicados para cumplir la misión.

—Somos fuertes —continuó Félix—. Conocemos los caminos a cada faro. Manejamos cada uno de los elementos. Tenemos experiencia; sabemos, en algún grado, lo que nos espera.

Todos reflexionaron un momento y terminaron por asentir. Ya habían visitado cada faro en el pasado. Eso demostraba que tuvieron la destreza y la inteligencia suficientes para descifrar todos los acertijos y sortear todos los peligros. Además, seguramente todos esperarían que fueran ellos los que liberaran el nuevo sello. Si habían podido con uno, tendrían que poder con otro. Garet movió la cabeza de un lado hacia otro.

—Esto es lo que quiere El Sabio.

Isaac abrió la boca por primera vez en la discusión. Había estado todo el rato escuchando y palpando la Estrella de Venus que tenía en el bolsillo.

—No importa qué es lo que quiera El Sabio. Lo importante aquí es que alguien tiene que liberar el sello de la sabiduría si no queremos ser destruidos.

Kraden por fin se detuvo y volvió a su lugar en la mesa.

—Chicos, no sabéis cuánto me duele esto. Es cierto todo lo que decís. Alguien tiene que cumplir la misión y vosotros parecéis los mejores candidatos. Pero seguís teniendo la opción de elegir —hizo una pausa para observar el serio semblante de todos—. Antes, cuando aceptasteis la misión de encender los Faros Elementales, no erais más que chiquillos. Algunos de ustedes, al menos —dijo mirando disimuladamente a Piers—. Cada uno aceptó la misión por su propia cuenta y por sus propios motivos. Ahora, sois adultos. Habéis hecho vuestras vidas. Habéis elegido vuestro destino. El asunto es… ¿seguís teniendo motivos para escoger embarcaros de nuevo a la aventura? ¿Tenéis algo que perder si escogéis que sí? Con todo lo que habéis logrado, ¿estáis dispuestos a cargar de nuevo con el peso del mundo?

"No es justo — pensó para sí el erudito—. Desde el principio la tarea había desproporcionada para ellos. Pero ellos eligieron cumplirla, y la cumplieron con creces. Sufrieron y lucharon mucho tiempo para lograrlo. Y ahora que tienen la oportunidad de descansar y hacer sus vidas, llega El Sabio para embargarlos con una nueva responsabilidad. No es justo, no se lo merecen".

Todos comenzaron a pensar en las implicancias que tendría en sus vidas aceptar la responsabilidad y en los motivos que tenían para hacerlo.

Piers tenía un lugar en el Consejo del Rey. Se había hecho parte de él para evitar que falsos eruditos envenenaran sus decisiones como antaño. Se había convertido en el Escudo del Rey para resguardar el bienestar de toda Lemuria. Temía que si dejaba el Consejo por más tiempo, se tomaran decisiones insensatas. Pero también reflexionó el hecho de que el Rey era sabio, y que la misión no le tomaría mucho tiempo. Tendría que confiar en él.

Sole había viajado para encontrar sus orígenes. Hasta el momento, todo había sido en vano. Tenía los mismos deseos y los mismos motivos de antes para embarcarse en una tarea de similares características. Si volvía al Faro de Júpiter tal vez hallaría las respuestas que buscaba. Quizá ese era su destino.

Iván pertenecía a los Sabios de la Piedra. Estudiaba junto a ellos los secretos de la alquimia. La revelación hecha por El Sabio seguramente revolucionaría a toda la orden. La concepción misma de la alquimia había variado desde esa noche. Habían avanzado en unos minutos más que en todo un año de estudio. Iván consideró que la reflexión en papeles y pensamientos no había generado ningún resultado hasta el momento. Por lo que era factible cambiar de táctica. Era hora de salir a terreno a investigar la verdadera naturaleza de la alquimia y a descubrir todos los misterios que llenaban páginas y páginas de palabras vanas.

Isaac pensaba palpando la Piedra de Venus. Había tratado de recuperar el tiempo perdido con sus padres. Había pasado varios años alejado de su padre, creyéndolo muerto, y toda la duración de su misión lejos de su madre. En ese año pudo cumplir su deseo y vivir con su familia. Sin embargo, algo lo empezaba a preocupar.

El poder. Su mente se nublaba cuando trataba de recordar, pero sabía que algo iba mal en él. En ocasiones sentía grandes oleadas de psinergía corriendo por su cuerpo. La mayor parte del tiempo la podía controlar, pero cada vez se hacía más fuerte. Se hacía especialmente fuerte cuando luchaba. La última vez le fue imposible controlarla. El poder abrumador lo invadió e hizo cosas terribles. No recordaba, pero le bastó con ver las consecuencias de sus actos para darse cuenta.

Al ver a su padre herido por su propia psinergía, Isaac supo que no podía seguir así. No iba a ser capaz de controlar más ese poder si se manifestaba tan fuertemente de nuevo. Quizá terminara haciendo más daño a sus seres queridos. Por eso debía alejarse. La misión le daba una excusa perfecta para proteger de sí mismo a la gente que más quería. Además, sospechaba que la Piedra de Venus tenía algo que ver con su condición. Tal vez podría averiguar si eso era verdad y la manera de liberarse de esa maldición.

Nadia era la líder de la Salamandra Ardiente, la compañía de malabaristas de fuego. Junto a ellos tenía planeado plagar de luces las noches de todos los lugares de Weyard. Eso podría lograrse aún sin ella. Sus alumnos podrían arreglárselas. No era eso lo que la preocupaba. Ella tenía una responsabilidad mucho más grande, que nadie conocía. Embarcarse en una nuevo viaje atentaría fuertemente contra esa responsabilidad. Sabía que el destino del mundo era importante, pero temía que aceptándolo podría dañar irreparablemente a alguien que no tenía nada que ver con todo eso.

Mientras pensaba en eso, Nadia no quitaba los ojos de Isaac. Lo veía intranquilo. Él a su vez notó su mirada preocupada y pareció darse cuenta de lo que la chica estaba pensando. Lo único que fue capaz de hacer fue disfrazar su intranquilidad y dedicarle una tierna mirada.

Félix se había dedicado a atrapar ladrones, detener villanos y acabar con bestias feroces anónimamente. Había comenzado a hacerlo al ver que en muchos lugares se necesitaba de alguien que cumpliera con esa tarea, pues apostar guardias en las ciudades no era suficiente. Al escuchar la revelación de El Sabio, supo de dónde provenían todos los problemas.

La mayoría de disputas se provocaban porque alguien con un poder mayor abusaba de los más débiles. Pasaba tanto con hombres como con bestias. El sol dorado los había dotado de psinergía, y estos aprovecharon esos poderes para satisfacer sus deseos a costa de los que no eran tan hábiles con ellos. Félix tenía ahora la posibilidad de acabar con el problema de fondo subyacente a toda esa maldad. Al liberar el sello de la sabiduría ni hombres ni bestias usarían sus poderes insensatamente.

Garet había entrenado con Zhu Po Long todo ese año y aún le quedaban muchos más por entrenar. Ese tiempo fue sólo una pincelada para su formación. Su maestro era mucho más fuerte que él. Le faltaba mucho para alcanzarlo. Aceptar la misión supondría interrumpir el entrenamiento indefinidamente. Quizá olvidaría todo lo que ya había aprendido.

Pero, pensando en eso, recordó que su maestro decía que la mejor forma de aprender es viviendo experiencias distintas. Viajar nuevamente hacia los faros sería una gran fuente de nuevas experiencias. Por lo tanto, por más que se sintiera renuente por los motivos de El Sabio, la misión podría ser incluso una parte de su entrenamiento.

Mia había trabajado como escriba en Tale. Ya nadie se enfermaba, por lo que no podía seguir desempeñándose como curandera. En cambio, se dedicó a escribir las aventuras que había vivido en la travesía por encender los Faros Elementales. En Tale no tenía nada más importante que sus hojas y sus pinceles. La historia no estaba terminada, pero podría terminarla después. Cuando volviera de ese nuevo viaje, tendría más historias que escribir.

El primero en decidirse fue Isaac. Desenvainó su espada y la colocó en la mesa en dirección al centro. Luego habló mirándolos a todos.

—Alguna vez acepté la tarea de evitar la catástrofe de un mundo que se dirigía a su propio fin. Bien, pues el mundo sigue en la misma dirección. Es mi deber evitarlo de una vez por todas.

La próxima en precipitarse fue Nadia. Si había estado dudando, esas dudas se disiparon cuando Isaac dio un paso al frente. Él le había dado seguridad. Él había encendido su fuego.

Extendió su báculo en la mesa, rozando la punta de la espada de Isaac.

—Debemos acabar lo que empezamos.

El siguiente fue Iván. También posó su báculo sobre la mesa apuntándolo hacia el centro, allí donde las armas se unían.

—El viento clama por sabiduría.

Le siguió Mia sumando su anhk.

—El agua brama por curar nuestras mentes.

—La tierra cruje buscando sentido. —Félix con su espada.

—La luna brilla disipando la oscuridad —Sole.

Garet se mostró renuente, pero al ver a todos reunidos, no tuvo más opción.

—El fuego sisea para completar a la humanidad.

—No os dejaré solos—dijo Piers—. Todos terminaremos esto. ¡Como en los viejos tiempos!

Las ocho armas se mostraban en la mesa señalando un mismo punto. Parecía una sola arma, con ocho empuñaduras. Todos la manejarían con un mismo objetivo; el filo cortaría allí donde la voluntad de todos se unía. El mundo suplicaba sabiduría, y ellos eran los encargados de proporcionársela.