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Capítulo 4
Destino en marcha
A la mañana siguiente, se encontraban todos reunidos con Kraden en el Círculo de Piedras. Habían acordado partir lo más rápido posible, sin ceremonias ni largas despedidas. El único que los despediría sería Kraden, que no los acompañaba por sentirse demasiado viejo y cansado para otra aventura.
—Nunca pensé que os vería marchar en esta circunstancia. Pasamos un año creyendo que ya lo habíamos logrado y ahora vosotros partís otra vez para salvar el mundo. No me parece justo, pero las circunstancias así lo exigen y ya habéis elegido. —Observó detenidamente a cada uno de ellos. Por primera vez en mucho tiempo, podía verlos a todos juntos bajo el sol naciente—. Adiós, mis chicos. Que la luz del sol dorado ilumine vuestros caminos.
Kraden los vio alejarse con las capas ondeando el viento. Así quiso recordarlos por siempre. Sólo deseaba que sus figuras no quedaran sólo en sus recuerdos. Tenían que volver todos sanos y salvos, pero ni el viejo erudito podía asegurar eso.
La noche anterior, luego de haber decidido tomar la responsabilidad de romper el sello de la sabiduría, los chicos habían vuelto a sus casas a comunicar la noticia y despedirse de sus seres queridos.
—Vuestro valor quedará plasmado en cada hoja que escribamos sobre este día y los que sigan —habían respondido los escribas a cargo de Mia. Ella les agradeció y se despidió con una sonrisa.
—Volveré con más historias —aseguró—. Tengan preparadas mucha hojas y mucha tinta. Yo escribiré la historia de Weyard con mis acciones, pero ustedes tendrán que hacerlo en el papel. Ambas son tareas igual de importantes. Mis acciones morirán conmigo, pero las letras perdurarán por siempre.
Nadia les explicó a los flameadores de la Salamandra Ardiente la situación y les propuso que siguieran sin ella, pues no les podía asegurar que volviera en iguales condiciones.
—Ni hablar —dijo uno—. No viajaremos por un mundo fracturado mientras tú te rompes la espina por arreglarlo.
—Eres nuestra Estrella Roja, nuestra Doncella de Fuego —agregó otro—. No podemos girar nuestros fuegos si no es en torno a ti.
—¡Volverás sana y salva! —exclamó uno de los más jóvenes, al que aún le faltaba práctica para participar en los grandes espectáculos como el de la noche anterior—. Y cuando vuelvas y el mundo esté bien, podremos embellecerlo aún más con tus flamas.
—Así es. Practicaremos mucho para que a tu regreso seamos una verdadera Salamandra Ardiente. El público nos aclamará por todo Weyard.
—Eres nuestra Doncella de Fuego. —Comenzó uno, y luego todos corearon su nombre.
—¡Estrella roja! ¡Doncella de Fuego! ¡Nadia!
Haciendo honor a sus apodos, Nadia se puso roja como una salamandra. Se sintió tremendamente querida y les agradeció por eso. Se despidió con lágrimas en los ojos.
—No los defraudaré, chicos. Volveré.
En casa de Garet, la noticia fue recibida de diversas formas.
—Parece que el destino se empeña en no dejarme ver a mi hijo —dijo su madre, al tiempo que le servía té en un cuenco—. Hace un año que no te veo y ahora te tienes que ir de nuevo.
—Nuestro hijo ya es todo un hombre, míralo. —Garet estaba sorbiendo del cuenco cuando sintió todas las miradas encima de él. Se incomodó tanto que derramó involuntariamente un poco de té en la mesa—. Seguro que ya sabe cuidarse solo.
—Si yo fuera un poco más joven hasta le echaría el ojo —dijo la abuela con una mirada lasciva y una sonrisa desdentada—. Un hombre con esa armadura y esa espada, salvando al mundo. Qué atractivo, je je.
—Pero debe ser duro para él tener de nuevo esa responsabilidad… —comentó la madre con aires de preocupación.
Garet pensaba contestar algo, pero su hermana mayor lo interrumpió.
—¡Qué va! Seguro que aceptó la misión para hacerse el héroe otra vez.
—¡Miren, miren! —gritó de repente la hermana pequeña desde una esquina. Llevaba trozos de cuero desgastado en el cuerpo y la cabeza, simulando una armadura. Con la mano blandía un rodillo de cocina a modo de espada—. ¡Soy Garet y voy a matar al dragón! —dijo dando estocadas al aire.
Todos rieron y Garet se sentía cada vez más incómodo. Se sorbió rápidamente lo que le quedaba de té para irse a la cama, pero cuando terminó le invadió la melancolía.
Esa era su familia. A pesar de las bromas de sus hermanas, los quería a todos así como eran. Los había extrañado durante su entrenamiento, y en ese momento, cuando estaba junto a todos ellos, los extrañaba más. Sabía que a la mañana siguiente tenía que abandonarlos a todos, y que quizá no los volvería a ver.
Antes de irse a dormir, le dio un beso a cada uno de sus seres queridos. Tuvo que perseguir a su hermana pequeña por toda la casa y tomar a la mayor por sorpresa para besarla, pero eso no importó. Esa era su familia, y lo que haría lo haría por ellos.
Dora no se mostró muy sorprendida cuando Isaac le contó lo que habían decidido. Desde que escuchó al El Sabio supo que su hijo tomaría las armas de nuevo para cumplir con su deber.
—¿Estarás bien sin mí? —le había preguntado ingenuamente Isaac.
—La vez anterior me dejaste sola. Pero ahora tengo a Frank —Miró al marido que tenía al lado—. Tú me lo trajiste. Estaré perfectamente —Y le dedicó una sonrisa tranquilizadora.
Isaac se rió por dentro y pensó en lo estúpido que había sido por preocuparse. Su madre estaría bien aún sola. Era fuerte. Además, había olvidado que ellos estarían mejor sin él. De repente su rostro se ensombreció al pensar en el poder que recorría su cuerpo y en lo que había hecho. "Ellos estarán mejor sin mí", se repitió en la oscuridad de su habitación, levantando la Piedra de Venus. No había nada de qué preocuparse, mientras él estuviera bien lejos.
Esa mañana abandonaron Tale tratando de no llamar la atención.
Para suerte de los posaderos, la aparición de El Sabio no había ahuyentado a los clientes esa noche. Muchos forasteros habían aprovechado la oportunidad de la fiesta para llevar artículos para vender. En los días posteriores, armarían tiendas en las calles y crearían una verdadera feria donde se venderían objetos provenientes de todos los lugares de Weyard. Al parecer, los acontecimientos de la noche anterior no los habían disuadido de aprovechar tan lucrativa oportunidad. Si así era el caso, se quedaría un gran número de forasteros por al menos una semana en la ciudad.
Cuando los chicos se iban, aún era muy temprano como para que el grueso de gente pudiera verlos y causar revuelo. Sin embargo, vieron a algunos. En las calles, junto a la cascada, en la plaza principal y cerca de la entrada, podía encontrar cada tanto algún hombre durmiendo que no había podido pagar la posada, o que simplemente había caído rendido por el alcohol.
Mientras descendían a la entrada, se encontraron también con algunos que observaban la ciudad a la luz matutina, pero que no eran más de uno o dos. Al ver al grupo de ocho jóvenes y reconocerlos, les hacían gestos amables, tal vez sospechando lo que iban a hacer. Los Guerreros de Tale a su vez les respondían el saludo deseando que no fueran a despertar a sus amigos.
Por el camino, Iván miraba de un lado a otro buscando a una persona en específico. Se había hecho ciertas expectativas de encontrar a su hermana. Durante la noche casi no le prestó atención al espectáculo de fuego por tratar de localizarla en el público. No la encontró, pero lo cierto era que la iluminación no había cooperado mucho.
Había decidido que era inútil tratar de buscar a la Maestra Hama. Ella se mostraría si quisiera que él la viera. Así había sido siempre. Pero, ¿por qué no lo hacía? Le había dicho en Mitdir que no era el momento para responder sus preguntas. ¿Cuándo sería el momento entonces? Iván creía que esa noche iba a ser el momento ideal, pero resultó que no.
Al parecer lo único que le quedaba era confiar en ella y esperar. Le había dado su palabra, así que tendría que cumplirla alguna vez. Quizá fuera en su viaje por romper el sello. Quizá fuera al regreso de él. Quizá fuera en ese momento.
Ya podía descartar esa última oportunidad. Llegaron a la entrada de Tale, y no hubo ni rastro de Hama.
Antes de abandonar la ciudad, la miraron por última vez. El Pozo de la Suerte; la posada abarrotada de gente, los árboles que Isaac y Félix habían erguido; las cascadas que Mia y Piers habían creado. Al fondo, las pirámides que relucían a la luz del Sol Dorado. Ambas eran doradas. Cuando los ocho Guerreros de Tale volvieran, una sería plateada, y el mundo finalmente estaría completo.
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El plan era llegar a Vault ese mismo día y pasar la noche allí. Luego, se dividirían. Habían decidido que era mejor dividir sus fuerzas y visitar todos los faros simultáneamente. Como sabían, necesitaban adeptos del elemento correspondiente al faro al que se dirigieran, así que armaron los grupos de acuerdo a los elementos. Dos adeptos de cada elemento irían a su faro correspondiente. Así se aseguraban de poder sortear cualquier reto que les esperara.
En un principio, no lo habían imaginado así, pero finalmente todos quedaron conformes. Por lo menos, nadie viajaría solo. Y la misión podría completarse bastante rápido. Pero mientras tanto, los ocho tenían hasta el día siguiente para compartir juntos.
Mientras caminaban a Vault, algo más animados, los Guerreros de Tale se reencontraron de verdad. Tuvieron la oportunidad para mirar bien cuánto había cambiado cada uno, intercambiar palabras y reír juntos. Hablaron sobre lo que habían hecho en todo ese año; contaron anécdotas y vivencias. El único que parecía más reservado al contar su historia fue Félix.
—Que no te de vergüenza, hermanito enmascarado. —dijo Nadia alegre caminando junto a él.
—No es eso, es que… uhm… —Félix miró hacia el suelo contrariado. No le avergonzaba sobremanera, pero se había acostumbrado a guardar el anonimato.
—¡Qué mono te ves así! —Su hermana parecía a punto de apretarle las mejillas.
—Debe tener sus razones si no nos quiere decir… —dijo Sole apoyando a Félix. Este reaccionó ante sus palabras. No podía negarle nada a Sole. Seguro que también quería saber. Abrió la boca para hablar, pero se contuvo en el último momento.
—Deja, yo les cuento el chisme —Nadia miró a su hermano como pidiendo permiso. Félix no hizo ningún gesto. No parecía molesto, por lo que consideró que podía hacerlo—. Félix ha estado todo este tiempo cazando criminales, salvando damiselas en peligro y eliminando bestias salvajes. ¡Es el héroe enmascarado!
El primero en reírse fue Garet.
—Vaya, vaya, siempre supe que eras un buen tipo. El papel de malo no te calzaba para nada —dijo dándole unas palmaditas en el hombro.
—Mientras estuve con él siempre me protegió —añadió Sole—. Era de esperar que luego quisiera proteger a otros. —Le dedicó una sonrisa de agradecimiento a Félix.
—¿Veis? ¡Si es todo un héroe! —exclamó Garet.
Iván y Mia rieron ante esa perspectiva, sobretodo porque Félix no parecía aceptarlo.
—Bueno, podéis llamarme así entre vosotros, pero no se lo digáis a nadie más —dijo Félix—. Si nadie conoce mi identidad es más fácil ayudar.
—No seas modesto, hermano. Todos deberían conocer lo bueno que eres. — Félix le dedicó una mirada no muy amistosa—. Bueno, bueno, si tú dices que es mejor así, lo respetaremos. —Todos asintieron.
Avanzaron un poco más dejando de lado el tema. Ya era mediodía y se detuvieron para comer entre los árboles. Habían llevado algo de provisiones desde Tale, pero luego de separarse en Vault tendrían que subsistir cada uno por su cuenta. Habían preferido no llevar mucha carga.
—Al parecer no todos habéis sido testigos de lo que decía El Sabio… —dijo Félix mordiendo un pan.
—¿A qué te refieres? —dijo Iván. Ya había terminado de comer y se encontraba machacando unas hojas para hacer una poción. Era algo que le había enseñado Kraden mientras estuvo en Tale. Creyó que podría necesitarla durante el viaje.
—A las advertencias sobre lo que sucederá al mundo por el mal uso de la alquimia. La destrucción del hombre por el hombre.
Nadie respondió durante un rato. Era verdad. Isaac, Mia e Iván habían permanecido en Tale, donde nada raro había pasado. Garet se mantuvo en Xian, y Piers en Lemuria. Sole habló luego de haber pensado un poco.
—Yo… —comenzó insegura. Se encontraba sentada sobre un montón de hojas. El pelo amarillo le discurría por el cuerpo casi hasta las piernas—. Estuve en Garoh. Con el regreso de la alquimia, ya nadie temía mostrarse en su forma de lobo, pues todos manejaban ya poderes extraños en el mundo. Era cosa común escucharlos aullar en las noches de luna llena. Sin embargo, a veces un aullido se alzaba por sobre todos los demás. Era… desgarrador y lastimero a la vez. Más fuerte y feroz que ningún otro. Los habitantes de allí decían que era una bestia enorme, un lobo que nunca fue hombre pero que, sin embargo, caminaba en dos patas. Decían que a veces devoraba a los que pernoctaban en el bosque. Hombre u hombre-lobo, no importaba. A sus colmillos no les importaba de dónde provenía la carne que probaran.
Piers dejó su manzana a medio comer.
—Estás tratando de asustarnos, ¿no?
Los demás miraron el báculo que Sole sostenía en sus brazos. Tenía la cabeza de un lobo con las fauces abiertas en una medialuna que de pronto parecía siniestra. Entonces supieron que Sole no se inventaría algo así.
—Ese lobo gigante… ¿lo escuchaste tú misma? —preguntó Mia.
—Sí… —fue la lacónica respuesta.
—A eso me refiero —intervino Félix—. Desde que liberamos la alquimia han aparecido bestias anormalmente fuertes que a veces amenazan a la población.
—¿Por qué sucedería eso? —dijo Isaac.
—En los viajes anteriores, pudimos darnos cuenta que algunos animales se convirtieron en monstruos repentinamente. —Los chicos le dieron la razón, recordando las diversas bestias que habían encontrado en todos sus viajes. Algunas fueron realmente grandes y fuertes—. Eso pasaba cuando los animales estaban expuestos a la psinergía por medio de las piedras psinérgicas. El poder los transformaba en monstruos y se ponían a atacar a cualquiera. Bueno, eso está pasando ahora, pero masivamente. La alquimia es libre, se transmite por algo tan común como la luz del sol. La psinergía llega a todos los animales.
—Es más grave de lo que pensaba —replicó Mia.
—Así es —afirmó Félix—. Las bestias están por todos lados. —Algunos se alarmaron y de repente miraron hacia a su alrededor, tratando de ver si algo los acechaba—. La mayoría pueden mantenerse a raya por guerreros medianamente hábiles, pero de vez en cuando aparecen monstruos demasiado fuertes. Si deciden atacar a las personas, y no hay nadie para hacerles frente, esas personas lo pasarán muy mal.
—¿Te has enfrentado a alguna de estas bestias, Félix? —preguntó Isaac, preocupado al enterarse de lo mal que lo estaba pasando el mundo.
—Sí. He viajado por diversos pueblos para defenderlos de ellos. Por eso lo sé. Pero… —añadió con un quiebre en la voz—. Eso no es lo más preocupante. La psinergía también transforma a los hombres en monstruos.
Los chicos se alarmaron. Esta vez fue Piers el que pidió explicaciones.
—¿A qué te refieres?
—El Sol Dorado los convirtió en adeptos. Pueden usar psinergía. Tienen poder...
Sole interrumpió.
—Los habitantes de Garoh poseían psinergía por el polvo de las piedras que transportaba el viento.
—Sí. La diferencia es que ahora todos pueden utilizar psinergía. Y algunos están abusando de ella —Félix definitivamente abandonó su pan. Desde que había empezado a hablar no le dio más mordiscos—. Hay algunas personas que, no sé por qué motivo, poseen más poder que el resto de la población. Eso son los que más causan problemas. Sospechosamente, la mayoría son ladrones. Yo mismo he atrapado un par cerca de Vault.
—¿Estuviste en Vault? —preguntó Isaac. Al ver el asentimiento, agregó—: ¿Y por qué no visitaste Tale?
—Lo hice una vez para visitar a Nadia. Pero no estaba. —Su hermana se acurrucó a su lado. Le acarició la cabeza—. La razón principal por la que no voy seguido es porque allí no me necesitan.
—Entiendo.
Luego de una pausa, Mia habló.
—Me pregunto por qué hay adeptos con más poder que otros.
—Puede que sea porque entrenan más que los demás —respondió Iván—. Como nosotros en el viaje que hicimos. Aunque si la diferencia es muy radical, tiene que haber otro motivo…
—Es parecido a lo que pasa con las bestias—dijo a Piers—. Humanos más fuertes. Bestias más fuertes. Ambos provocando problemas. Tiene que haber una razón.
La respuesta a esas dudas no pudo ser aclarada por nadie de los presentes, ni siquiera por el viento.
—Les comentaba todo esto porque puede que lo experimenten camino a los faros —dijo Félix.
Los Guerreros de Tale pensaron en que, justamente para que nadie experimente esos problemas que la alquimia había despertado en el mundo, debían apresurarse. Volvieron a marchar entre los árboles por el camino a Vault. Caminaron sin parar hasta que llegaron, cuando el Sol Dorado comenzaba a esconderse.
