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Capítulo 5
En Vault
—!Mami, mami! ¡Son los Guerreros de Tale, vienen hacia acá! —La niña entró a su casa saltando y gritando—. ¡Los he visto desde la campana!
—Qué bien, hija… —respondió la madre viendo corretear a la niña en torno a sus pies.
—¡Mami, mami! Con ellos viene Isaac —Hizo una pausa y se sonrojó—. ¡Es tan apuesto! Mami, ¿puedo casarme con él? ¿Puedo? Di que sí, por favor, ¿sí? —le suplicaba tirando de su falda.
La madre hizo un gesto teatral, poniéndose un dedo bajo la boca y mirando hacia arriba en actitud pensativa. Luego se le ocurrió la idea.
—Pero para eso… —Se dio la vuelta para recoger algo que tenía sobre la cama—. Tienes que estar bellísima —dijo mostrándole un vestidito blanco y rosa.
A la niña le brillaban los ojos azules sobre las mejillas rojas. Las coletas que tenía a cada lado de la cabeza, de color naranja, no paraban de moverse.
—¡Oh, qué felicidad! ¿Qué es mami, qué es?
—Es tu vestido de novia —mintió. Era un vestido nuevo que aún no le mostraba. Se lo trajo ese mismo día un pariente que lo compró en Kalay—. Con este me casé yo y tu abuela y tu bisabuela. ¡Ahora es tuyo!
La niña estaba tan emocionada que no se puso a pensar cómo su madre se había casado con un vestido que parecía para una niña de cuatro años. La urgió para que ayudara a ponérselo pronto.
—¿A que estoy mona? —dijo modelando cuando lo tuvo puesto. Contoneaba las caderas y hacía poses frente al espejo.
—Eres la novia más linda que he visto. Vamos, ve a por tu novio.
Cuando la madre salió del cuarto, la niña ya había abandonado la casa. Se apresuró para alcanzarla.
Los Guerreros de Tale estaban llegando cuando vieron que una niña se acercaba hacia ellos. Parecía que iba a su encuentro, pero de pronto se detuvo y se escondió detrás de un árbol.
—Qué estupenda visita —dijo de repente un guardia que tenían al lado. No lo habían visto por estar distraído con la niña—. Los Guerreros de Tale en persona. ¡Qué estupenda visita! —Llevaba una lanza y un yelmo con una punta de hierro. Notaron que tenía los ojos un poco rasgados.
Los ocho jóvenes lo saludaron cordialmente.
—El alcalde se alegrará de veros. Seguidme.
No alcanzaron a dar ni tres pasos cuando volvieron a ver a la niña. Esta vez estaba más cerca, y con una mujer a su espalda. Avanzaba a trompicones, como si la mujer la empujara. Todos se giraron hacia ella cuando ya era innegable que quería hablarles. La niña miraba hacia atrás como pidiendo ayuda, pero finalmente se separó de la mujer y bajó la cabeza en señal de saludo.
—Yo… bueno… ¡Hola! —Miró hacia atrás y recibió un asentimiento de su madre.
Extrañados, pero viendo que la niña estaba visiblemente nerviosa y quería decirles algo, los Guerreros de Tale la saludaron como corresponde a una niña de cuatro años.
—Miren que niña tan mona —Dijo Nadia arrodillándose para estar a su altura—. ¿Cómo te llamas?
—Yo… uhm…Rosi.
—¡Qué lindo nombre! —dijo Mia moviéndole las coletas.
La niña parecía a punto de echarse a correr, pero miró hacia atrás y su madre le dedicó un gesto tranquilizador.
—Yo… uhm… ¿Isaac?
El adepto al escuchar su nombre dio un paso adelante y se puso a su altura. La miró cara a cara. La niña se puso roja como un tomate al tenerlo tan cerca. Bajó la cabeza mientras balbuceaba algo.
—Isaac… es que… tú… —La niña parecía al borde del llanto. Isaac le acarició el pelo y sonrió para ella.
—Vamos, yo no muerdo, habla con confianza.
—Es que… ers…eres tan apuesto y yo… —de repente dijo con una centella de seguridad—. ¡¿Quieres casarte conmigo!
El rostro de Isaac delataba sorpresa y todos los demás rieron detrás de él. La niña parecía mucho más tranquila. Sus ojos azules brillaban más. Isaac miró a la mujer que supuso era su madre. Ella también estaba sonriendo y tenía una mirada de complicidad.
—Claro, Rosi —dijo Isaac—. Pero aún eres muy pequeña… nos casaremos cuando seas mayor.
La niña pareció satisfecha con la respuesta. Le dio un beso en la mejilla y lo abrazó.
Los demás seguían sonriendo por la ternura de la pequeña. La única que no lo hacía era Nadia.
Isaac tomó un puñado de tierra y lo extendió hacia Rosi. Usó su psinergía para hacer crecer los brotes que extrajo. En un instante su mano estaba llena de flores con pétalos blancos. Cortó una y se la entregó. La niña la recibió feliz y sorprendida.
—Te esperaré, Isaac —dijo antes de despedirse y volver saltando hacia su madre. La madre a su vez agradeció a los jóvenes la manera en que habían tratado a su hija.
Cuando Isaac se levantó para volver con los demás, sintió la punzante mirada de Nadia. Parecía a medio camino entre la indiferencia y el reproche. Él la miró como diciendo "¿qué otra cosa podía hacer?", pero eso no sirvió para cambiar la actitud de Nadia.
—Ahora sí —dijo el guardia que los había recibido—. Vamos con el alcalde.
Los Guerreros de Tale lo siguieron mientras veían lo poco que había cambiado Vault. El pozo seguía en el mismo lugar y la campana también. Las casas parecían haber sido ampliadas, pero la posada seguía intacta. Lo que les llamó la atención fue el no ver mucha gente por las calles. Los únicos seres vivos que se movían fuera de sus casas eran los perros buscando huesos.
Finalmente llegaron a la casa del alcalde. La recordaban más grande, pero ahora parecía igual que todas las demás. O quizá todas las demás habían alcanzado las dimensiones de ella.
El guardia los dejó en el vano de la puerta.
—Llamadme si necesitáis algo por vuestra estadía —dijo amablemente al despedirse—. Mi casa es esa de allá, la que tiene muchas ventanas. —Los chicos la reconocieron de inmediato. Tenía el doble de ventanas que las demás casas, incluso en el techo—. No se sorprendan. Es que me gusta ver lo que pasa en esta ciudad.
Pronto los alcanzó el alcalde, que se encontraba revisando unos papeles y sacando cuentas. Tenía el cabello y la barba tan blanca como los recordaban y caminaba más encorvado.
—Vaya, vaya… ¿Sóis vosotros? —Se acomodó los lentes para verlos bien—. ¡Bienvenidos a Vault!
—Vinimos a saludarlo, alcalde —dijo Iván.
—Cuánto has crecido, chico. Si hasta te pareces un poco al Maestro Hammet. —Al parecer, aún con los lentes, no veía muy bien—. ¡Y qué amables todos! Hoy en día nadie visita la vieja Vault. Debe ser por todos esos ladrones que andan dando vueltas...
—¿Ladrones? —preguntó Isaac.
—Sí, sí. Pero venid, debéis estar exhaustos si vinieron desde Tale. ¿Vinieron desde Tale, no? —. Sin esperar respuesta los dirigió hacia una gran mesa—. ¡Primor, pon mucha agua a calentar, tenemos invitados!
La mujer del alcalde los saludó y puso un cuenco en la mesa frente a cada uno. Le sobraban algunos kilos y era unos veinte años menor que el alcalde, lo que no quitaba que pareciera una anciana. En la cocina tenía una olla llena de agua. La mujer puso una mano sobre ella, y el agua comenzó rápidamente a hervir.
—¿Qué decía sobre los ladrones? —repitió Isaac cuando estaban todos acomodados.
—Pues eso, que últimamente pululan cerca de aquí. Así que tened cuidado con vuestras bolsas cuando salgáis de la ciudad. Todavía no se atreven a robar aquí dentro. ¡Sería el colmo! Aunque hace unos días robaron la piedra psinérgica que cuidaba uno de los pobladores. Quizá fuera la única que quedaba. Pero apareció un hombre enmascarado y los apresó. —Félix miró hacia otro lado—. El par de bribones todavía está en las mazmorras muriéndose de hambre. ¡Que le sirva de lección a los demás!
Los chicos se miraron, recordando lo que les había dicho Félix camino a Vault. La mujer del alcalde llegó con el agua y les sirvió el té.
—Y bueno… ¿qué os trae hasta aquí? Hace mucho que no os veía. Yo sabía que estabais de fiesta. ¡Cuánto trabajo le dieron a los posaderos desde hace unos días! Eran tantas las personas que se dirigían a Tale que la mayoría tuvo que acampar fuera de aquí, porque la pequeña posada de Vault no daba abasto.
Los chicos se miraron nuevamente, tratando de ver quién se decidía a dar explicaciones. Nadie en Vault vio al Sabio la noche anterior. No sabían lo que realmente pasaba y no pensaban alarmarlos tampoco.
Fue Garet el que se decidió a responder, ante la negativa que se veía en el rostro de los demás cuando se dieron cuenta.
—Vamos a Xian, donde estoy entrenando. Pienso enseñarles con mi maestro… er... ciertas técnicas.
Los Guerreros de Tale se avergonzaron de tan pobre respuesta. Parecían a punto de golpearse en la frente con la palma de la mano. Nadia, que estaba al lado de Garet, le pellizcó el hombro. Garet disimuló bien el dolor.
—Qué bien. Sois tan jóvenes. No hace un año que viajaron por el mundo enfrentando dragones y bestias gigantes, ¡y ya quieren hacerse más fuertes todavía!
No les quedó más remedio que asentir y seguirle el juego.
—Tenemos que mantenernos en forma —añadió Piers—. Quién sabe si aparece algún peligro inesperado.
—En eso tienes razón —dijo el alcalde, sorbiendo los últimos restos de te—. Ni con la alquimia me siento totalmente seguro. El otro día casi se desborda el pozo cuando un adepto jugaba con el agua del fondo.
En Vault no se habían provocado suficientes hechos nefastos como para cuestionar a la alquimia, ni menos para cuestionar a Los Guerreros de Tale. Por años habían sido amigos de los habitantes de Tale. Eran la ciudad más cercana que tenían.
Conversaron luego sobre cosas como el clima y la fiesta de Tale. Los chicos le relataron lo de la noche anterior, evitando cualquier comentario sobre lo que pasó desde la aparición de El Sabio en adelante. Seguramente después se enteraría cuando la gente abandonara Tale para volver a sus hogares, pero preferían que se enteraran lo más tarde posible.
—Se está haciendo tarde —dijo el alcalde para despedirlos—. Os ofrezco gratis las mejores habitaciones de la posada. Vault siempre es cortés con los habitantes de Tale, y además le debe mucho a vosotros. Sobretodo a vosotros tres —dijo mirando a Isaac, Garet e Iván, que habían resuelto un caso de robo allí hace mucho tiempo—. ¡Disfrutad de las comodidades de Vault esta noche y regresad cuando podáis!
Los Guerreros de Tale aceptaron de buena gana las habitaciones. Sin embargo, cuando llegaron a la posada para recibir la gratitud de Vault, se dieron cuenta eran las únicas habitaciones que había. Siempre fue una posada pequeña. No la habían ampliado, pero hicieron un mejor uso del espacio que tenían. Donde antes habían tres grandes camas en un gran salón, ahora habían ocho cuartos bien compartimentados.
La posadera les cobró el alojamiento. Se negaba a aceptar gente que no pagara en metálico. Los chicos prefirieron no recordarle el ofrecimiento del alcalde. De modo que poco pudieron recibir de la gratitud de Vault. Aún así, agradecieron las buenas intenciones.
Subieron a sus habitaciones sin cruzar muchas palabras antes. Debían descansar para comenzar con el verdadero viaje que los llevaría a cumplir eso que se habían propuesto. Saldrían cuando la primera luz del Sol Dorado se asomara por el horizonte.
Sin embargo, allí estaba Nadia, recostada en la hierba cerca del puente de madera que se alzaba sobre la entrada a Vault. Una luz muy distinta la bañaba: la luz prístina y plateada de la luna llena. Se encontraba reflexionando mientras las corrientes de aire nocturno le mecían suavemente el cabello rojo.
Sintió unas pisadas en la madera. Siguió al hombre con la mirada hasta que se sentó junto a ella.
—¿Cómo va… ese asunto? —dijo Isaac sin pedirle explicaciones de por qué estaba allí a esas horas.
Nadia tampoco le preguntó cómo es que él tampoco estaba durmiendo. Su pregunta la había indignado un poco, pero no estaba de ánimos para enfadarse.
—Dejando de ser un asunto —dijo sobándose la barriga. Isaac posó su mano sobre la suya y luego palpó él mismo la superficie—. Ya va a empezar a notarse.
—¿Eso te preocupa? —preguntó mirándola con unos ojos que parecían azul marino por la oscuridad.
—No es eso, Isaac… No me interesa ya que sea un secreto. No estaré con la compañía como había planeado.
—¿Qué es, entonces? Sé que algo te preocupa.
Nadia miró a la luna y de repente sintió más frío.
—Isaac, tengo miedo. Esto de la misión… es tan repentino y puede ser tan peligroso —Isaac le alargó un brazo, pero ella irguió la parte superior de su cuerpo de repente—. ¡Tengo miedo!
—¿De qué?
—Tengo miedo de no poder hacer frente a este reto. Tengo miedo de salir herida. —Sus palabras comenzaron a formarse más rápido—.Tengo miedo de que este horrible viaje pueda hacerle daño a él. Tengo miedo de que nos demoremos demasiado tiempo… Isaac, ¡tengo miedo de que mi hijo nazca y tú no estés junto a mí! —Algunas lágrimas salieron de sus ojos. Isaac se apresuró a abrazarla por detrás y poner la cabeza en su hombro en una actitud protectora.
—No debía ser así —siguió, sollozando—. Yo iba a terminar la gira con la Salamandra Ardiente y luego íbamos a estar juntos. Veríamos mi barriga abultarse juntos. Lo veríamos nacer juntos. Lo veríamos crecer juntos. Quería vivir eso contigo. Y ahora aparece esta maldita responsabilidad y… —Las lágrimas no la dejaron continuar. Isaac la atrajo más hacia sí y la besó—. No debí haber aceptado. Es muy peligroso. Soy una mala madre…
—No… —susurró Issac y le besó la frente cariñosamente—. Aún no eres una madre. Pero cuando lo seas, serás la mejor.
Nadia pegó su oído a su pecho y así permanecieron un rato, en silencio. Poco a poco dejaba de sentir frío.
—Esto no nos llevará mucho. Sólo es cosa de llegar a los faros, buscar esa condenada llave y regresar. Ya verás como estaremos juntos antes de extrañarnos. —Tomó su rostro con las manos y secó los últimos indicios de lágrima que quedaban—. Además, irás con Garet. Se ha hecho muy fuerte. No dejará que te pase nada. Si no… se las verá conmigo. No te preocupes, se lo recordaré mañana.
Ambos se besaron largamente para luego levantarse juntos. Se sacudieron la tierra juntos y caminaron juntos de regreso a la posada. Volvieron lentamente, sabiendo que esos iban a ser los últimos momentos que pasarían juntos en quizá cuánto tiempo.
Iban cerca del pozo de la ciudad cuando Nadia sintió un sonido. Parecía el ruido de la hierba mecida por el viento, pero aún así se volteó a mirar. Vio un par de arbustos cerca de un árbol, y entre ellas un trozo de capa verde sobresaliendo. Isaac también lo vio. Ambos aguzaron la vista, pestañaron, miraron de nuevo. No había nada más que la inmovilidad de la hierba. Se dijeron a sí mismos que seguramente era una hoja que se confundió con los arbustos. No decidieron indagar más.
A la mañana siguiente, se levantaron todos con energía. Estaban preparados para por fin cumplir con la misión y llevarle sabiduría al mundo. Se reunieron todos a tomar el desayuno en el primer piso de la posada.
De repente sonó la campana de la ciudad. Antes de que los chicos tuvieran tiempo de alarmarse, entraba el guardia con suma urgencia.
—¡Los ladrones han escapado! —Se apresuró a revolver las cosas en la posada, pero la posadera lo detuvo en seco.
—¿Qué dices, hombre? Al menos explícate más antes de desordenar mi posada. Tenemos clientes, no querrás que se lleven una mala impresión.
—Los ladrones que teníamos en la mazmorra, los que se robaron la piedra psinérgica. Hoy no aparecieron en su celda. ¡Han escapado! Tengo que revisar por aquí por si se han ocultado o robado algo.
—Bueno, bueno, no lo encontrarás debajo de ese trozo de pan. —El guardia efectivamente estaba buscando bajo el trozo de pan de la mesa—. Ve a buscar arriba, aunque dudo que encuentres algo. Las habitaciones estuvieron bien ocupadas esta noche.
Los Guerreros de Tale terminaron de comer bajo los estruendos que el guardia provocaba en el segundo piso, preguntándose cómo habían escapado los ladrones. Cuando fueron a despedirse de la posadera, el hombre ya salía para inspeccionar otra casa.
—Lamentamos no poder ayudar —le dijo Issac antes de salir—. Nuestra misión es de suma urgencia.
—No os preocupéis, es sólo un par de ladrones más. Pero si no los encuentro o si se pierde algo… ¡el alcalde me matará! —Y salió como una flecha de la posada. Cuando los Guerreros de Tale también lo hicieron, vieron que ingresaba a la casa más cercana sin siquiera tocar la puerta.
—Bueno, chicos…—comenzó Isaac—. No es el ambiente más agradable para despedirnos. Pero tenemos que hacerlo. El mundo nos necesita una vez más. A cada uno de nosotros. —Los miró detenidamente, dedicándole más tiempo en Nadia. Luego todos se abrazaron unos a otros. Nadia besó fuertemente a Isaac frente a todos. Nadie se sorprendió. Los miraron con ternura.
Antes, habían vivido miles de aventuras juntos, pero en ese momento tenían que dividirse. Aún así, los Guerreros de Tale eran como uno solo. Aunque sirvieran a elementos distintos, y aunque viajaran a polos opuestos de Weyard, eran una sola arma, cumplirían un mismo objetivo. Lo que los unía era más fuerte que la naturaleza y la distancia.
—Alguna vez hicimos que el sol fuera dorado. Ahora haremos que la luna sea plateada.
