.

Capítulo 6

Tierra

El imperio de los ladrones

Isaac y Félix partieron hacia el sur con las primeras luces del alba. El destino más próximo era Kalay. Tendrían que aprovisionarse allí para cruzar al continente de Gondowan. Ese era el camino más corto hacia el faro de Venus y aún así significaba una larga caminata.

El día acariciaba las frondosas plantas que invadían la mayor parte de Angara. El camino estaba poblado de árboles y arbustos por doquier. El verde paisaje les sentaba bien a los adeptos. Ambos servían a Venus, la tierra, el elemento de la vida y la fertilidad. A cada paso podían sentir esa vida, ese movimiento continuo de los flujos arbóreos. Se encontraban rodeados de su propia esencia.

Tal vez por esa actividad incesante y el paroxismo de la tierra es que no sintieron que los seguían. Caminaron todo el primer día ignorante de ese hecho. Pero en la primera noche, cuando el viento soplaba con menos bríos, y los monstruos dormían en sus guaridas, la presencia fue identificada.

El primero en notarlo fue Félix. Sus sentidos estaban durmiéndose cuando sintió casi un suspiro en la nuca. Se exaltó, pero no lo demostró, sino que aguzó su percepción en busca de eso que presuntamente lo acechaba. No encontró mucho. Sin embargo sintió lo suficiente como para saber que lo seguían.

No supo si Isaac se había enterado, aunque imaginó que sí. Ambos eran muy parecidos, y Félix ya había tenido oportunidad de apreciar lo despierto que era. Tuvo que conformarse con confiar en eso. No podía hablar con él sobre la presencia que los vigilaba, a riesgo de darle a sus perseguidores la información de que ellos se habían dado cuenta.

Así pasó el segundo día de marcha, sin sobresaltos, Félix con la certeza de que alguien los seguía. No podía verlo, no podía escucharlo ni olerlo, sólo sentirlo. Había decidido que no actuaría a menos que los perseguidores lo hicieran primero. Aunque eso no significaba que dejaría de estar alerta.

En la noche fingió que estar dormido, pero en realidad estaba haciendo guardia, atento por si los atacaban por sorpresa. La presencia estaba ahí, la podía sentir, alejada como siempre, sin hacer nada. Parecía sólo un espectador pasivo de sus pasos. Pero Félix no era tan ingenuo, sabía que si los acechaban era por algo más. Y más aún, conocía esas tierras y a los que usualmente perseguían a los que se aventuraban a acampar al aire libre.

Un leve sonido llegó a sus oídos hipersensibles. Como un quejido de dolor, muy despacio, no muy lejos de allí. Con el segundo quejido se levantó, sorprendiéndose al ver que Isaac también se levantaba. Al parecer, él también fingía dormir. Ambos se alejaron de la hoguera para encontrar la causa de los sonidos.

La luz de la luna menguante fue suficiente para que los adeptos se dieran cuenta que lo que yacía en el suelo era un humano. Parecía una anciana herida. Se debatía sujetándose la pierna, quejándose de vez en cuando. Llevaba una capa gris en la espalda y un velo en la cabeza, que ocultaba la mayoría de sus rasgos. Sin embargo, la voz delataba su edad.

—Ay, ay, ay… —mugía cuando los tuvo a su lado—. Ay, ay, ay, ayuden a esta pobre anciana. —Y se sujetaba la pierna.

—No se mueva —dijo Isaac, examinando lo que le causaba tanto dolor.

—Esos forajidos, ¡esos malditos forajidos! Me robaron todo. Traté de escapar, pero me doblé la pierna. ¡Y me dejaron acá botada como si nada! Los jóvenes de hoy en día no tienen moral.

Isaac no pudo encontrar nada visible que la causara dolor. Aún así, empezó a concentrarse para curarla usando su psinergía.

—¿Dice que le robaron? —preguntó Félix, ya sospechando de la situación.

—Esos ladrones… ay, ay, ay. Aparecieron de la nada. No tuvieron piedad con una pobre vieja… aunque eran apuestos.

Félix ni siquiera tuvo que preguntar cómo es que una anciana caminaba sola por el bosque en la noche, o pensar en por qué no había escuchado nada del ataque. El escenario era demasiado sospechoso para eso. Miró hacia su cintura y pudo ver una daga.

Trató de alertar a Isaac, que seguía concentrado en la curación, pero el movimiento bajo sus pies se lo impidió. Era un pequeño sismo que casi lo hace caer. De repente la anciana lanzó un silbido, y acto seguido los adeptos tenían cada uno un hombre a su espalda.

El que estaba detrás de Isaac extendió la cimitarra buscando su cuello, pero su espada se interpuso antes. Félix ni siquiera dio tiempo de eso a su atacante. Apenas lo hubo sentido ya había desenvainado la espada y realizado dos golpes. El ladrón los bloqueó sorprendido y a punto de perder el equilibrio.

Isaac trató de girarse de para encarar al ladrón que lo atacaba, pero se vio con los pies pegados al suelo. La anciana se los sujetaba y de sus manos discurría una sustancia de barro que se endureció. Trató de debatirse en su lugar, esquivando como pudo las estocadas del ladrón. Finalmente, al ver que con su propia fuerza no podía despegar los pies del suelo, provocó un gran terremoto que rasgó su prisión y mandó a todos los emboscadores al suelo.

Félix e Isaac retomaron posiciones hombro a hombro mientras los ladrones se levantaban. La anciana fue la que se irguió más rápidamente. Se sacó el velo del rostro, revelando que era un hombre igual a los otros dos que se recuperaban.

—¡Por el bendito Sol Dorado, es Isaac! —exclamó uno de los ladrones cuando tuvo a sus víctimas frente a frente.

—¡Nooo, no puede ser! —dijo otro mirándolo bien.

De repente, Isaac los reconoció. Eran los ladrones que habían robado el bastón del Maestro Hammet hacía mucho tiempo. Junto con Garet e Iván, desenmascararon sus robos y los apresaron en Vault.

—No podemos contra él, jefe.

—¡Piedad! —suplicó el ladrón poniéndose de rodillas. Su compañero lo imitó—. Sólo queríamos robaros un poquito. ¡Sólo un poquito!

—No nos haréis daño. ¿Verdad? ¿Verdad?

—¡Parad el carro! —gritó el jefe, levantando a los dos a la fuerza por la pañoleta roja que llevaban anudada al cuello—. Es cierto que Isaac nos derrotó una vez. ¡Pero sólo porque usó psinergía! —Los ladrones comprendieron—. Ahora nosotros también somos adeptos. Podremos luchar en igualdad de condiciones.

—¡Tiene razón! Hicisteis trampa esa vez. Usasteis poderes que nosotros no teníamos.

—Pero ahora verás —agregó el otro, que antes exigía piedad—. Suplicarás por tu vida y pagarás por lo que nos hiciste. Y de paso nos llevaremos lo que tienes en el saco.

Los tres ladrones sacaron sus cimitarras, con una nueva seguridad. Félix e Isaac se mantuvieron alertas, espadas en mano. De pronto Isaac se relajó.

—Bien, pues esta vez no usaremos psinergía —les dijo—. Así estaremos a mano.

Los ladrones dieron un paso furioso hacia adelante.

—¡Se está burlando de nosotros!

—Ya veréis como os va.

El líder comenzó con un muro de fuego. Félix e Isaac se separaron para evitarlo, cada uno por un lado, y se precipitaron hacia el enemigo que tenían de frente. El que era el objetivo de Isaac extendió un brazo y conjuró un fogonazo. La fuerza eléctrica golpeó en la hoja de la espada de Isaac y se desvió hacia su origen. Por poco golpea directo al ladrón, que lo esquivó sólo con sus reflejos. El objetivo de Félix lo asaetó con tres esquirlas de barro. Esquivó la primera, cortó la segunda, cogió la tercera con la mano y la lanzó devuelta hacia su atacante. Esta tampoco dio en su blanco.

El líder optó por atacar también a Isaac. Mientras éste acosaba con su espada al ladrón que se defendía torpemente con la cimitarra y ocasionalmente con un rayo, conjuró bolas de fuego. Las esferas encendieron el cielo. Flotaron persiguiendo el cuerpo que embestía y saltaba hábilmente.

Isaac identificó el ataque sintiendo su calor y su luz. Dejó de atacar al ladrón y se dedicó a esquivar las bolas. Lo estaba haciendo bastante bien, ninguna lo había tocado, pero luego el ladrón creó dos grandes tornados. Los tornados también lo persiguieron. A su paso, absorbieron las bolas de fuego. Isaac sólo tuvo que alejarse de los tornados hasta que se disiparon para salir indemne.

—¡Imbécil! —gritó el líder con enfado, al ver que su ataque quedaba anulado por su propio compañero.

Por el otro lado, Félix se enfrentaba a una espada gigante de psinergía. El ragnarok se perfiló en el cielo, y él lo recibió sólo con su espada. Aunque la primera era mucho más grande, no pudo contra el acero de Félix. Se disipó tan rápido como se creó, dejando al ladrón expuesto a un ataque. La espada, aprovechando la situación, buscó su cuerpo, pero el ladrón luchó por su vida esquivando y bloqueando con la cimitarra. La fuerza de los embates era demasiada para él, se dio cuenta que sin psinergía no iba a poder ganar, así que cuando tuvo un momento de respiro se concentró para conjurar gaia.

Las piedras se desprendieron de la tierra bajo Félix, elevándose a gran velocidad para golpearlo. Félix se desembarazó de su rival para esquivar las piedras, pero pronto el ladrón estaba acosándolo también con su cimitarra. Se encontró entre tierra y acero, esquivando los golpes de una y el filo de otra. Las rocas no cesaban, y la situación se hacía más difícil, por lo que decidió cambiar de táctica. Aprovechó las piedras más grandes que permanecían flotando sobre él. Saltó sobre ellas, tomando impulso para descender en un ataque aéreo. El ataque tomó por sorpresa al ladrón. Interpuso su cimitarra, pero la fuerza lo afectó de todas maneras. Félix, en consecuencia, siguió presionándolo con la espada, y en tres pasos ya tenía desarmado a su rival.

El líder dibujó un arco con la cimitarra y rasgó el aire. De la punta emergió una ola de calor que se dirigió directo a Isaac. Isaac saltó para esquivarla, pero en el aire lo encontró un rayo conjurado por el otro ladrón. Llegó a la tierra resentido por el ataque eléctrico. El líder y el ladrón se acercaron corriendo a él para aprovechar ese momento de debilidad. Isaac se recuperó rápidamente y se dispuso a atacar de verdad. Su espada brilló fuertemente.

Félix, que ya tenía a su rival a su merced, observó el brillo y gritó:

—¡Isaac, no te sobrepases!

La espada de Isaac era la Espada Sonne. Su poder desencadenado era El Meggido; un cometa lanzado directamente a los enemigos. Si realizaba ese ataque acabaría con la vida de todos los ladrones.

Isaac se lo pensó y decidió no utilizar el poder de su espada. En su lugar, corrió como un relámpago y cortó la cimitarra del líder de un tajo antes de que este se diera cuenta. Luego, con la misma velocidad, corrió hacia el otro ladrón. Ni siquiera los verdaderos relámpagos pudieron alcanzarlo. El ladrón lanzó su arma por los aires al ver el ataque era ineludible, lo que evitó que saliera herido.

—¡Perdonadnos! —Los tres ladrones se lanzaron al suelo suplicando, al constatar que no tenían opción.

—¡Aceptamos vuestra superioridad! Os dejaremos en paz.

—No nos hagáis daño. —Hasta el líder se mostró sumiso.

Isaac y Félix envainaron sus espadas. Miraron a los ladrones alineados en el suelo, suplicando por sus vidas, y luego se miraron entre sí.

—¿Qué haremos con ellos? —preguntó Félix.

—Los dejaremos atados a un árbol. Así no se atreverán a hacer fechorías en un buen tiempo y nosotros podremos retomar la marcha.

Isaac volvió hacia la hoguera donde tenían sus cosas, entre ellas, las cuerdas. Félix obligó a punta de espada a los ladrones para que lo siguieran. Estos obedecieron sin rechistar.

Cuando llegaron, Isaac se agachó para buscar las cuerdas entre sus cosas. Lo que sucedió después fue muy rápido. Uno de los ladrones pateó el suelo, apagando la hoguera con la tierra. Otro sacó de pronto algo de su bolsillo y todo se llenó de humo. Un momento después, Isaac y Félix tenían dagas presionadas sobre el cuello.

—Gracias por la cuerda —dijo uno de los ladrones cuando el humo se disipaba.

Estaban amarrados con las mismas cuerdas que pretendían usar para apresar a los forajidos. Les habían quitado las espadas e inmovilizado las manos. Unidos como estaban por la espalda, les costaba mucho caminar.

—¿Qué haremos con ellos? —repitió uno de los ladrones, imitando la voz que momentos antes los había condenado a ellos.

—Tengo entendido que Isaac estuvo haciendo de héroe también en Lunpa. Al jefe le gustará verlo de nuevo. Quizá hasta nos regale una habitación en el castillo.

—Comeremos con cubiertos de plata y cagaremos en el asiento de McCoy.

Los tres rieron a carcajadas.

—¿Y con éste, líder? —preguntó el ladrón clavándole la daga a Félix por la cintura.

—Se ve un tipo duro —respondió al ver la mirada amenazante de Félix—. A ver si es tan duro con los lobos del jefe. Seguro que no sirve para nada más.

Félix se mantuvo impasible ante las conversaciones de los ladrones. Isaac examinaba todo el entorno, buscando cualquier oportunidad para librarse de sus captores. Pero a cada uno lo seguía, casi como si estuvieran pegados a ellos, un ladrón. Además, el que parecía ser un adepto de viento les lanzó impedir para que no pudieran usar psinergía.

Los dirigían hacia el norte. Pudieron darse cuenta durante el día. Isaac creía que los llevaban a Lunpa, pero sus sospechas se disiparon cuando, al segundo día, se desviaron al noreste y cruzaron el puente de la Cordillera Noma. Félix sabía que era imposible que fueran a Lunpa. Tenía seguridad de hacia donde los dirigían, por lo que se limitó a obedecer tranquilamente durante todo el trayecto.

De noche, se adentraron a la Cueva Noma. Los ladrones, todos con antorchas encendidas por la psinergía de uno de ellos, siguieron el río interior de la caverna. A Isaac le pareció, aunque no podía ver bien por la poca iluminación, que no se dirigían hacia la salida más cercana que conocía hacia el otro lado, sino que se adentraban cada vez más, a los lugares más profundos y oscuros. De paso se preguntaba para qué atravesaban esa cueva. Al otro lado sólo estaba Bilibin.

Como Isaac pensaba, los ladrones se dirigían a lo más profundo de la caverna. Conocían la ruta, pero de vez en cuando uno se sentía perdido y tenían que volver por sobre sus pasos. Aún así el avance era bastante fluido.

Llegaron a un lugar con las paredes más bajas de lo normal. Todos tuvieron que agacharse y caminar de rodillas. Al final del pasillo, había sólo una pared y, bajo ella, pedazos de un esqueleto con una espada oxidada en su regazo.

—Hola, Willy —saludó uno de los ladrones—. Trajimos compañía.

El esqueleto no respondió de ninguna manera. Permaneció inmóvil, sentado y con el cráneo a punto de caer hacia un lado. El líder de los ladrones tomó su espada, y comenzó a hacer líneas en la pared. Era un círculo con trazos rectos en su interior. Su figura apenas quedó grabada unos instantes en el polvo. Pero luego de eso, la pared chasqueó, y en un momento ya no había pared.

Los ladrones con sus presas ingresaron a un nuevo túnel, esta vez más alto y cómodo. Había sido cavado circularmente. Los contornos desnudos eran iguales que los de toda la cueva.

—Deberían adornar un poco esto. Está tan vacío y aburrido —comentó un ladrón.

—¿Y qué querías, un Camino Real con alfombra roja? Esto es una caverna.

—Sí, pero… no sé… aunque sea una lucecita o algo colgando de las paredes.

El líder lo miró extrañado a la luz de las antorchas y le dio un golpe en la espalda que lo desequilibró.

—Eres todo un marica. A este lugar sólo acceden bribones como nosotros. ¡No necesitamos más!

Continuaron la marcha por aproximadamente una hora.

Al final del túnel, la luz entraba a bocanadas, dejando a la vista una amplia cámara llena de adoquines y una escalera de mármol. Se encontraban en el palacio de Bilibin. Isaac lo supo al instante.

Ascendieron dos niveles más, y se encontraron en la planta principal. Allí había más escaleras hacia niveles superiores e inferiores. En el centro de la cámara estaba el pasillo hacia el cuarto de reuniones, circundado por dos estatuas de piedra. Una era un hombre gordo con mirada de satisfacción. Los ladrones le habían agregado un pañuelo rojo y llenado la superficie de inscripciones groseras. La otra era una mujer con una sombrilla. La parte donde alguna vez estuvo tallado el vestido fue pintada de blanco, y encima se resaltaban los atributos sexuales de la mujer. Daba la impresión de que estaba desnuda. La parte inferior de la sombrilla que sujetaba con la mano la habían modelado en forma de pene.

Se dirigieron hacia el pasillo principal. En el camino encontraron un par de ladrones. Estaban conversando hasta que vieron al trío con los dos hombres unidos por la cuerda.

—Eh, ¿ahora raptáis hombres? ¡No sabía que teníais esos gustos! —preguntó uno. Su compañero rió.

—Calla, pringao —respondió el líder sin dejarse llevar por el insulto—. ¿Está el jefe en la sala de reuniones?

—Sí, pero a él tampoco le gustan esas cosas. ¡Es bien hombrecito!

Sin hacer caso a la provocación, avanzaron por el pasillo. El líder sabía que lo que tenía en su poder le daría satisfacciones, pero no las que el dúo de pringados pensaban. Isaac podría ser tan valioso como cualquier bolsa de oro que pudiera haber robado en esas tres noches de vuelta a la guarida. Y Félix… bueno, podría ser divertido ver a Félix ser destrozado por los lobos.

Al entrar, vieron a Dodonpa sentado en la mesa central, conversando con tres hombres.

—Avisad a los que ronden los alrededores que se infiltren con la medialuna. Cuando la luna se convierta en hoz, comenzaremos el ataque—les decía.

—Entendido —dijo uno de los hombres en señal de sumisión—. Rambi y Arunia ya están libres, seguramente sean los que están más cerca de la aldea.

—¿Cómo escaparon? —preguntó Dodonpa, algo impresionado.

—Los liberaron. Fue el de la máscara...

En ese momento, Dodonpa divisó a los tres ladrones con Isaac y Félix atados. Estos dieron un paso adelante.

—Le trajimos un regalo, jefe —se adelantó a decir el líder.

Dodonpa observó el supuesto obsequio. No tenía papel de regalo, no tenía forma de caja ni de nada valioso. Observó sus rostros y no le dijeron nada.

—¿Qué es esto? —replicó molesto, saltando de la mesa—. ¿Interrumpieron mi reunión para mostrarme a sus novios con tendencias sadomasoquistas?

—¡No es eso! Son prisioneros…

Dodonpa los observó nuevamente. Los rodeó examinándolos por todos lados. Todavía seguía sin comprender.

—Pues… —dijo al terminar su examen—. Se ven fuertes, pero no parecen hijos de alguien importante, ni alcaldes de alguna ciudad, ¡ni nada por lo que valga la pena tenerlos para cobrar una recompensa!

Los ladrones se pusieron nerviosos. Les sudaban las manos. Por momentos veían su propia recompensa esfumarse.

—¡Jefe, es Isaac!

El rostro de Dodonpa cambió completamente. Sus labios dibujaron una mueca malévola. Miró al chico a los ojos. Había cambiado. Cuando Isaac desbarató sus planes y convenció a su abuelo para que lo encerraran en Lunpa, no era más que un niño. Habían pasado años de eso, y el que tenía delante de él era un adulto. Había soñado con ese momento, en el que lo tendría delante y lo abofetearía por todo lo que le hizo, pero aún en esas visiones, veía a un niño, no al adulto que le llevaban ahora.

Eso ya no importaba. Niño o adulto, era Isaac. Lo abofeteó.

—Jajaja, ¡mira cómo te tengo, niñato! —Lo abofeteó de nuevo. Isaac permaneció tranquilo. Se limitó a mirarlo a los ojos—. Ahora sí que pagarás.

De repente Félix se debatió, llamando su atención

—Ehm… Dodonpa —dijo.

Dodonpa lo observó y, gracias a su voz, lo reconoció también.

—¿Félix? ¿Félix, eres tú? —El aludido asintió—. ¡Casi no te reconozco sin la máscara! Ven acá—. Sacó una daga y le cortó las cuerdas del cuerpo y las manos—. Te esperaba hace días, ¿qué estabas haciendo, bribón?

—Tuve que quedarme un poco más... —respondió—. Para vigilar que Rambi y Arunia no hicieran otra estupidez.

—¡Tú los liberaste! —Exclamó Dodonpa—. Bueno, era lo que esperaba de ti, aunque no sabía si seguirías en Vault después de que los capturaron.

Isaac no lo podía creer. ¿Ese era Félix? ¿Hablando con tanta soltura con el jefe de los ladrones, como si lo conociera de siempre? Pero luego recordó esa última noche en Vault, en que junto a Nadia vieron algo raro en la hierba. Era un trozo de capa verde, igual que la que llevaba Félix.

Los tres ladrones estaban más sorprendidos. Resultó que uno de sus prisioneros estaba a las órdenes de Dodonpa, igual que ellos. Ya no podrían entretenerse con él. Aunque bueno, aún les quedaba un prisionero.

—Me llevaré yo mismo a este bastardo a la mazmorra —dijo refiriéndose a Isaac—. Ustedes ya tienen mis órdenes. —Los tres hombres que se encontraban en la sala antes de la llegada de Félix e Isaac asintieron—. Y a ustedes, gracias por traerme venganza. —Luego se dispuso a salir con Isaac.

—¡Pero, jefe! —El líder lo detuvo—. ¿Nuestra recompensa?

Dodonpa soltó una carcajada.

—¿Y cuándo he puesto yo precio a la cabeza de este palurdo? —Los ladrones palidecieron—. Les agradezco que lo trajeran, pero no les debo nada. Fue decisión de ustedes entregármelo. Y supongo que lo hicieron sólo por el gusto de hacer feliz a su jefecito, ¿cierto? —Les dedicó una sonrisa bribona. Los ladrones eran incapaces de reaccionar—. Si no fue así, pues lo siento. Para otra será.

Y salió de la cámara con su regalo.

Desde ese día, Isaac vivió en la oscuridad. La celda era sólo eso, tres paredes y unos barrotes, donde no penetraba la luz. Ni siquiera había antorcha cerca de allí. Los únicos sonidos, lo único que delataba que no estaba solo en las profundidades, eran los gruñidos de unas bestias acompasados por varios metros de pasillos laberínticos.

Los lobos rugían cada vez que se les daba comida. Se sentía la ferocidad de la competencia por devorar la carne. A Isaac se le ponían los pelos de punta, pero a la vez, era la única forma en que podía llevar la cuenta de los días. Aprendió que sólo les suministraban comida una vez al día. Al parecer esta era insuficiente, a juzgar por la intensidad de los rugidos. En todo caso, a él le daban menos que a ellos.

De vez en cuando, Dodonpa lo visitaba. No era una visita en absoluto agradable, pero ya se estaba volviendo insensible a los golpes y los insultos de su carcelero.

—¡Te quedarás aquí para siempre! —le decía a menudo—. Como cuando me encerraste en mi propia fortaleza.

Isaac trataba de ignorarlo, impotente. La habían quitado sus armas. Dodonpa le selló la energía antes de encerrarlo. Lo raro es que no había renovado el hechizo desde entonces, y él seguía sin poder usar sus poderes. Además, debido a su mala alimentación, apenas tenía fuerzas para erguirse. No tenía ninguna opción de salir de su prisión; ni siquiera de escupirle a Dodonpa. Entonces sólo le quedaba quedarse allí, día tras día, en espera de su muerte.

Pero la noveno día, la oscuridad se rompió. Era una luz rojiza, flameando casi sin forma y envolviéndolo todo. Tras ella, sólo pudo distinguir una sombra amorfa, que podría haber sido cualquiera de las quimeras fantásticas que conoció en sus viajes. Al empezar a ver un poco mejor, distinguió la figura de un hombre. Imaginó que sería un enviado de Dodonpa. Seguramente se había aburrido de tenerlo en las mazmorras, sin uso ni diversión, y lo había mandado a ejecutar o torturar.

—Levántate —escuchó. No supo si hablaba la luz o la sombra—. Levántate.

La luz se volvió más grande, y sintió cómo algo lo levantaba, o trataba de hacerlo.

—¡Isaac! Toma esto, tenemos que salir de aquí.

Un líquido verdoso entró por su boca. Era refrescante. Lo sorbió con avidez. Mientras la botella se vaciaba, sintió cómo sus energías volvían a él.

Al terminar, pudo levantarse y ver mejor al que venía a rescatarlo. Lo primero que notó era la máscara verde.

—¿Félix? —preguntó, con la boca un poco adormecida.

—¿Quién si no? —respondió Félix tras la máscara—. Tenemos que irnos.

—Pero tú… —replicó indeciso—. Liberaste a los ladrones de Vault. Trabajas para Dodonpa…

Félix carraspeó, y lo ayudó a moverse hacia la entrada. Al ver que presentaba cierta resistencia, decidió aclarar un poco las cosas.

—También fui yo quien encarceló a esos ladrones. —Isaac lo miró contrariado—. Después de todo lo que hemos vivido, ¿puedes desconfiar de mí de esa manera? —Félix no esperó respuesta. Se limitó a ponerle la espada Sonne en la mano—. Tenemos que salir de aquí. El laberinto es muy largo. Tendré tiempo de sobra para darte explicaciones. Pero por ahora debes dejar la celda. Se supone que Dodonpa no está, pero si nos encontrara…

Isaac obedeció, sin pedir más explicaciones. Se preguntaba qué importancia tenía que los encontrara Dodonpa. Félix podría con él. Y él mismo también, ahora que tenía su espada. Ganas no le faltaban.

Estaba feliz de darse cuenta que Félix no lo había traicionado. En la oscuridad de su prisión, había pensado incesantemente en eso. Recordó el principio de su travesía, cuando, junto a Saturos y Menardi, habían raptado a Nadia y Kraden, y robado las estrellas elementales. Tal vez por la situación en la que estaba, Isaac había olvidado los motivos que lo habían llevado a cooperar con el robo.

Sus pensamientos permanecían oscuros igual que su entorno. Para él, Félix era un ladrón y un traidor. No había hecho nada para evitar que lo encerraran. Seguramente era él el causante de todo eso.

Pero de pronto se presentaba allí para salvarlo. Recordó con sus palabras que nunca lo había traicionado realmente. Si estaba actuando sospechosamente, debía tener sus razones. Puede que no fuera el ser más honorable del mundo, pero sabía que no haría nada en su contra.

Félix e Isaac caminaron por los pasillos del laberinto sólo con la luz de las antorchas. En el suelo, se veía un rastro de una sustancia blanca por todos los lugares a los que se dirigían. Félix las había dispuesto así para recordar el camino de regreso. El viaje, por esa razón, sería expedito, pero eso no quitaba que les restara un buen tramo.

—Bien, no nos perderemos. Aunque el camino sigue siendo largo —dijo Félix—. Supongo que tendré que explicarte cómo están las cosas.

Isaac asintió. No lo presionó ni nada por el estilo. Después de tantos días de sed y mudez, se le enredaban las palabras.

—Como pudiste ver, estamos en el castillo de Lord McCoy —prosiguió Félix—. Sólo que no es más su castillo. Ahora pertenece a Dodonpa y sus ladrones.

—Pero… ¿cómo es posible? —interfirió Isaac, incrédulo.

—Todo esto es culpa de la ambición de McCoy —respondi Insatisfecho por los límites de su influencia, el tamaño de Bilibin, y sintiéndose amenazado por el crecimiento de Kolima, decidió expandir fronteras. Juntó un gran número de tropas e invadió Lunpa, bajo la excusa de que los hombres de Dodonpa le habían robado una antigua reliquia familiar. Nadie sabe qué clase de reliquia es, ni cómo luce, pero el hombre era rico, y gracias a eso consiguió todo el apoyo que necesitó. Sus hombres entraron en Lunpa y penetraron en la fortaleza de Dodonpa.

En ese momento de crisis, los ladrones se encontraron desorientados. Exigían urgentemente la presencia de su líder, Dodonpa. Él todavía se encontraba prisionero, como lo dejaron tú, Garet, Iván y Mia, pero nadie lo sabía. Así que sintiéndose abandonados, y sin nadie al mando, no tuvieron otra opción que huir del lugar.

McCoy tomó fácilmente la fortaleza, y lo convirtió en su centro de operaciones. Desde allí planeó cómo organizaría la ciudad en su beneficio propio. Teniendo Bilibin y Lunpa, su poder aumentaría, y sería superior a lo que Kolima pudiera alguna vez llegar a ser.

Pero en todo eso, había algo que se le pasó por alto. Dodonpa no había sido visto por ningún lado. No le dio importancia, para él era sólo un ladrón más. Ahora debe estar lamentando no haberle prestado atención.

Dodonpa había logrado huir sin que nadie lo descubriera. Viajó por los alrededores en anonimato, reuniendo a todos los ladrones que estuvieron a su servicio. Junto a ellos planeó devolverle el golpe a McCoy.

La tropa de ladrones embistió Bilibin mientras McCoy seguía en Lunpa. Pensaban que sería fácil, que la ciudad estaría desprotegida, pero pronto se dieron cuenta que no era así. Un montón de soldados-adeptos salieron del interior del castillo a defender la ciudad. La lucha fue encarnizada; los indisciplinados ladrones no podían contra los fuertes guerreros de Bilibin. Sin embargo, de manera misteriosa, lograron ganar.

Desde entonces, los ladrones de Dodonpa ocupan Bilibin y el castillo de McCoy. Tomaron a Lady McCoy como rehén, pidiendo por su liberación el regreso de Lunpa a sus manos o, en su defecto, una fuerte suma de dinero. Lord McCoy ha hecho oídos sordos a sus peticiones…

—Espera —irrumpió Isaac—. Entiendo la situación, pero… ¿qué papel tienes tú en todo esto? ¿Cómo es que estás al servicio de Dodonpa?

—Aquí vienen lo interesante. O quizá lo más preocupante… —Félix tragó saliva—. Dodonpa pudo escapar de Lunpa gracias a que alguien lo liberó. Esa misma persona permaneció junto a él hasta que tomaron Bilibin… Desde que fueron vistos juntos, se apreció en Dodonpa un aumento monstruoso de sus poderes. Gracias la psinergía grandiosa que poseía pudieron ganar en la batalla de Bilibin.

Nadie sabía cómo es que se había vuelto tan fuerte, aunque se pensaba que tenía relación con el hombre que lo había liberado. Los rumores dicen que era un hombre misterioso, un adepto de agua con grandes poderes. De cabello azul y ropas heladas. ¿Te suena?

Isaac lo pensó un rato, y pronto se perfiló una nítida imagen en su mente.

—¿Álex? —preguntó atónito—. ¿Es posible que sea Álex?

—No lo sé. Cuando supe la historia, me puse al servicio de Dodonpa para investigarlo. Pero el hombre ya se había ido cuando yo llegué.

—¿Aunque sea averiguaste algo sobre él?

—Los ladrones no sabían mucho. Aún tengo mis dudas.

Llevaban casi una hora por los pasillos interminables del laberinto oscuro. Los caminos usualmente daban rodeos y los hacían caminar varios minutos de un sentido a otro. Ya no tenían casi sentido de la dirección. Pero aún así, el rastro de pintura seguía en el suelo, guiándolos. Sólo era cosa de perseguirlo hasta llegar a la salida.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó Isaac de repente, ya algo más repuesto ahora que la poción accedía a todo su cuerpo.

—Primero que todo, salir de aquí. Luego tendremos que ir a Vault a detener a Dodonpa.

—¿Detener a Dodonpa?

—Sí, Dodonpa está preparando un ataque a Vault.

—Nunca había oído que los ladrones tomaran ciudades.

—Generalmente eso no ocurre porque a los ladrones les conviene que las ciudades prosperen para poder robarles. Pero este caso es distinto. —Félix cambió la antorcha de mano para ver mejor el rastro—. A Dodonpa le molestó que le quitaran su fortaleza. Pero luego, comparándola con el palacio que hizo suyo, eso no era nada. Decidió que ese sería un mejor lugar para sus actividades delictivas: tiene a Kolima al este, que últimamente a recobrado riquezas por la venta de madera; y a Imil al norte.

—Eso no se oye bien.

—Lo peor es que no es todo. —El fuego de la antorcha alumbró aún más su verde máscara—. No contento con su posición, decidió expandirse. Y vengarse a la vez de McCoy. Vault está a unos pocos kilómetros de Lunpa. Si tomara la ciudad, podría robarle como quisiera a McCoy. Además, ganaría acceso a Bilibin. Eso sería devastador para la economía de Angara.

—Sabía que Dodonpa era cruel y despiadado, pero esto es… —Isaac no pudo terminar la frase por el disgusto.

— Desde que tiene esos nuevos poderes se ha vuelto mucho más osado. Seguramente cree que nadie podrá detenerlo. Y lamentablemente, puede que tenga razón…

Un olor extraño hizo que se detuviera en seco. Isaac no pudo captarlo tan bien, pero cuando aguzó su sentido del olfato, no encontró nada tan perturbador como para hacer que se detuvieran. Pensaba que sólo era el indicio de que el final del laberinto estaba cerca.

El olor era a carne rancia. Pronto se dieron cuenta de que era acompañado por una fuerte ráfaga de viento. El corazón de Isaac latió con fuerza por su inminente salida de la oscuridad después de nueve días, pero Félix, en cambio, puso su mano en el mango de la espada. Ese viento no era normal. Tampoco lo era el olor.

Si Isaac no estaba preocupado, lo que escuchó luego sí hizo que sus vellos se erizaran. Eran los aullidos de los lobos que sintió en su cautiverio, esos lobos feroces que desgarraban el silencio de su celda cuando eran alimentados. Sin saber por qué, sentía esos mismos aullidos de sus pesadillas acercándose a gran velocidad a sus oídos.

Con la presencia de las bestias en su espalda, Félix desenvainó la espada, y urgió a Isaac para que corrieran hasta el final del laberinto. En esa oscuridad, con sólo una antorcha como única luz, y en un espacio reducido, iba a ser muy difícil luchar. Las bestias tenían toda la ventaja allí. Tenían el olfato y el hambre. Eso era suficiente para acabar con ellos si no salían de allí rápidamente.

Corrieron a más no poder por el último tramo del laberinto, cortando la ráfaga de viento e impregnándose sin querer por ese rancio olor que seguramente atrajo a las bestias. Los lobos, con la velocidad impresa en sus músculos de bestia y dinámica de cuadrúpedos del bosque, e impulsados por el instinto de clavar sus fauces en la carne sangrienta, corrieron aún más rápido, abandonando su antigua prisión. No veían nada, pero su objetivo estaba claro.

Los rugidos aumentaban y aumentaban de nivel. El estruendo de las patadas feroces ya era audible. Casi podían sentir también el aliento de las criaturas hambrientas, y el final de la carrera no se veía por ningún lado.

Para su terror, Isaac fue la primera presa aparente de las bestias. No tuvo tiempo de voltearse a espantarlos con la espada cuando sintió un rasguño hirviente en la espalda. El ataque no lo desestabilizó, si no que lo hizo apresurarse aún más, quedando Félix entre él y las bestias. Félix se volteó y agitó la espada para detenerlas. Sintiendo el aire de la salida que tenía casi enfrente, lanzó la antorcha hirviente. Esta fue a dar al ojo de una de las criaturas. El lobo aulló, lastimero, y se debatió en su lugar, retrasando a sus demás compañeros que veían cómo su comida se iba de sus garras.

A la salida del túnel, dos ladrones miraban hacia la oscuridad.

—¡Ha funcionado! —dijo uno—. Seguro se están dando un buen festín con ese que osó escapar de prisión.

—Ajá. ¿Y de quién fue la idea? —preguntó retóricamente su compañero, irguiéndose orgulloso.

—Digamos que no fue muy creativo impulsar el olor de la carne con psinergía de viento para atraer a los lobos. Pero de todos modos funcionó. Así que supongo que tendremos nuestra recompensa.

—¿Nuestra? ¡La idea fue mía!

—¡Pero yo la llevé a cabo!

—Eso no es nada, cualquiera podría hacerlo.

Cuando el otro iba a replicar, sintieron los repentinos rugidos y vieron a los dos hombres salir de la boca del laberinto.

Félix e Isaac se encontraron en una amplia e iluminada estancia. Tuvieron que rápidamente tomar posiciones para pelear contra los lobos. Los ladrones, al ver a dos hombres con espadas, y a la turba de lobos hambrientos, salieron corriendo.

Eran cuatro. Grises, de ojos rojos, y de un tamaño superior a cualquier lobo normal, Isaac se asombró de que cupieran los cuatro en los pasillos del laberinto, y que además tomaran tanta velocidad. De cualquier forma, en ese terreno podría pelear sin limitaciones, aunque la luz que entraba allí a bocanadas le molestara después de nueve días de oscuridad.

Los lobos no esperaron ni un segundo. Al ver a sus presas frente a ellos, corrieron como ciegos a cavarles los colmillos. Félix golpeó al primero en la cabeza con el mango de la espada, por lo que el lobo cayó al piso. Al que seguía alcanzó a cortarlo por un costado, cosa que no mermó su ímpetu. Tuvo que dar un salto hacia atrás y mantener distancia con la espada.

Isaac por su parte acabó limpiamente con un lobo que lo atacó desde arriba dando un gran salto. Cortó su garganta con la espada, y al caer ya era un cadáver. Con cierto dolor en la espalda que seguramente tenía sangrando por el rasguño en el laberinto, se acercó al único lobo que quedaba. Esquivó la primera estocada y saltó para triturar su brazo, pero Isaac lo apartó en el último momento y el lobo, en vez de morder su brazo, mordió su espada. No quedó más que exponer el filo para acabar con su vida.

Cuando estuvieron libres de las bestias, se apresuraron a salir de ese lugar y de todo el castillo. A pesar de que la mayoría de los ladrones y guerreros debían estar camino a Vault, no era un lugar seguro. Subieron por la escalera, pero antes de subir de nivel, Dodonpa los detuvo.

—¿Adónde crees que vas, Isaac?

Isaac se detuvo, sorprendido ante la aparición repentina de Dodonpa. Félix estaba más sorprendido que él.

—Y tú, Félix, sabía que no podía confiar en ti. Es una verdadera pena…

—No puede ser, tú deberías estar en Vault —dijo Félix, apoyado en los primeros escalones de la escalera.

—Ahí estaba hace poco, pero un pajarito me informó que un traidor se quedó "cuidando" mi palacio —dijo en tono despectivo, mirando a Félix con desprecio—. Y tengo una habilidad especial para detectar cuando me van a robar. Así que volví a la velocidad del pensamiento para verlo con mis propios ojos.

Isaac, aún con la espada desenvainada, trató de atacar a Dodonpa. Este lo esquivó fácilmente. Isaac perdió un poco el equilibrio por moverse así en una escalera.

—¡No lo hagas, Isaac! —advirtió Félix—. Dodonpa no es como lo recuerdas. No tenemos oportunidades contra él. Tenemos que huir.

Isaac se quedó un momento desconcertado, sin saber qué hacer. Dodonpa no actuaba. Su mirada de desprecio se transformó en una mirada neutra. No parecía tener intenciones de pelear.

—No es necesario, Isaac —dijo de repente Dodonpa—. He pensado que es mejor dejaros ir —Tanto Félix como Isaac se alarmaron—. Un traidor y un justiciero no me sirven para nada. Sois libres de iros, mientras no afectéis mis planes. —Dicho eso, desapareció del lugar.

Los chicos no se lo creían. Que Dodonpa se hubiera tomado tantas molestias al volver de su cruzada sólo para dejarlos ir era inverosímil. Se encontraron con que estaban solos en la habitación, con las puertas abiertas del lugar hostil del que con tanta presteza trataron de huir.

Así, desconcertados, ascendieron por las escaleras; caminaron por el palacio vacío y silencioso, sin que nadie los molestara, sin que nadie los detuviera, y salieron finalmente al exterior.

Los sentidos de Isaac se exacerbaron al sentir el viento y la luz del sol luego de tanto tiempo de encierro. Hasta cierto punto, el Sol Dorado le hacía daño, pero pronto se acostumbró a sus rayos, así como también al ambiente fresco del aire libre, distante ya de la atmósfera pesada de la catacumbas. El cielo azul y el canto de los pájaros lo hicieron sentirse de nuevo un humano.

Luego de ese período de habituación, intentaron alejarse del palacio de los ladrones, pero alguien los detuvo. Casi chocaron con su cuerpo cuando Dodonpa se materializó frente a sus narices.

Lucía una sardónica sonrisa en su rostro al ver a los chicos alejarse desconcertados. Su capa ondeaba al viento. Parecía irreal con los visos de la reciente teletransportación.

—Jaja. ¿De verdad creyeron que los dejaría ir así como así?

—La verdad es que no —dijo Félix quitándose la máscara y tirándola al suelo. Sabía que ese momento iba a llegar. Había pensado, al estar en la situación, que podría huir, pero en un espacio tan amplio esa posibilidad no era viable. Dodonpa seguramente lo previó, y en virtud de eso los dejó en paz hasta que salieran del palacio.

Y ahora los tenía allí, en frente, al aire libre, en un espacio fatídicamente abierto. El conflicto era inevitable.

El primero en atacar fue Félix, al convencerse de que no había otra salida que luchar. Se precipitó con la espada en alto, y al dar un golpe diagonal con el filo, se topó con la capa de Dodonpa. EL cuerpo no estaba allí, sólo la capa, que se rajó y cayó al suelo. El cuerpo estaba en el aire. Había dado un salto hacia atrás. En esa posición, extendió su palma abierta y de ella salieron bolas de fuego en dirección a Félix.

Félix bloqueó la psinergía con su espada. Esquivó las que pudo. Isaac se había apresurado a ayudarlo, bloqueando algunas él también. La temperatura en ese lugar había aumentado, pero el calor no era nada comparado con el que se produjo cuando la tierra se resquebrajó y de ella emergió una columna de lava.

Isaac alcanzó a reaccionar antes y escapar del radio del volcán, pero Félix no tuvo la misma suerte. La fuerza del fuego le dio de lleno. Con la ropa y parte del cuerpo quemado, salió de las llamas cuando estas ya empezaban a desvanecerse. Aún así, las quemaduras no podían apreciarse mucho como para ser graves. Todavía podía blandir la espada. Aunque sus brazos estaban visiblemente resentidos.

Al ver el estado de Félix, Isaac se concentró para lanzarle una supercura. Sin embargo, una sensación desesperante lo invadió de súbito. No podía sentir la psinergía corriendo por su cuerpo para manifestarla en un poder curativo. Probó a crear un terrremoto y tampoco logró nada. Por más que se concentraba, el poder de la alquimia no fluía.

Recordó que Dodonpa había sellado su psinergía cuando lo apresó. Desde eso habían pasado nueve días. Era imposible que el poder restrictivo se mantuviera tanto tiempo. Pero lo cierto es que recientemente no había probado usar su psinergía. No la había necesitado. Hasta ese momento. Y hasta ese momento también, daba por hecho que podría utilizarla.

Era cierto que los poderes de Dodonpa habían aumentado aterradoramente. Aún en esa pausa en que Isaac descubrió que su psinergía seguía sellada, y Félix se recuperaba, siguió atacando. Se ensañó especialmente con Félix. Agitando su cimitarra en el aire, creaba ráfagas de aire comprimido que iban a acosar al adepto. Este las esquivaba con dificultad por las quemaduras mientras trataba de curarse él mismo.

Luego el cielo se oscureció siguiendo los designios del propio Dodonpa. Comenzaron a llover grandes granizos. Isaac se acercó hacia Félix, y juntos corrieron a atacar a Dodonpa. Avanzaron bajo las nubes negras, esquivando los granizos y los relámpagos invocados, saltando las estacas de tierra y barro del suelo, y evitando las olas de calor que amenazaban con golpearlos. La variedad de psinergías del líder de los ladrones era abrumadora, y él ni siquiera parecía agotarse.

Cuando estuvieron a su lado, Isaac lo atacó por un costado. Dodonpa lo esquivó, pero pronto se encontró con una espada gigante sobre su cabeza. El ragnarok amenazó con golpearlo, pero antes de eso, dio una patada hacia Félix, y no pudo concretar su ataque. Félix cayó al suelo. Dodonpa pudo poner toda su atención en Isaac por unos momentos.

Isaac se movía grácilmente tratando de alcanzar con el filo de su espada el cuerpo de Dodonpa. Pero él a su vez, bloqueaba con su cimitarra, y en cada contacto entre los dos aceros, se creaban esquirlas de hielo que lastimaban las manos de Isaac.

Félix se recuperó cuando Isaac estaba apunto de caer. Impulsado por un terremoto, cayó sobre Dodonpa por la espalda, sólo para encontrarse con que en esa espalda también había un acero. Al sentirlo, Dodonpa desenvainó la espada corta oculta en la parte trasera de su vestimenta. Con ella y su cimitarra, hizo frente a los dos adeptos de tierra.

Mientras trataba de lidiar con los dos, creó un tornado. La fuerza del viento pudo alejar a Isaac varios metros, pero no a Félix, que convirtió la tierra bajo sus pies en barro para no salir volando. Dodonpa aprovechó esa oportunidad y lanzó una ola de agua que penetró profundamente la tierra. El barro se hizo aún más espeso; tanto, que Félix no pudo despegar sus pies.

Lo atacó con la cimitarra y la espada. Encontró buena resistencia, por lo que hizo más uso de su psinergía. Directamente sobre la cabeza de Félix, cayeron grandes rayos de las nubes. El adepto, con los pies pegados al suelo, no pudo evitarlos. Sintió las corrientes eléctricas recorriendo todo su cuerpo y cayó inconciente a los pies de Dodonpa.

Isaac miró eso desde lejos y dio un grito de frustración por la adversa situación. Se precipitó hacia Dodonpa, sabiendo que sin poder usar su psinergía no podría contra él. Y aún con ella, tampoco podría vencerlo. Félix había caído. Pronto caería él también.

Cuando Dodonpa recordó que aún quedaba alguien con quien tratar: su regalo, el chico entrometido que arruinó sus planes hace años, y que había llegado a sus manos de una manera inesperada, emitió una carcajada.

Estaba en la posición en que, en sus delirios de venganza, siempre deseaba estar. Tenía poder; el poder que no tuvo en el pasado para enfrentarse al grupo de niñatos que lo encerraron. Ahora tenía allí al adalid del grupo, a su merced. Podía hacerlo sufrir, podía hacerlo suplicar misericordia, arrodillarse y quizá obligarlo a trabajar para él. Sí, lo tendría junto a él, con una bola de acero atada a las piernas y su psinergía sellada. Sería su sirviente en el palacio de los ladrones.

Todo eso gracias al hombre que lo liberó. El hombre que le otorgó el poder para conquistar la ciudad que quisiera. También para llevar a cabo la venganza que quisiera.

Pero los pensamientos de victoria se vieron repentinamente teñidos por un extraño suceso.

Isaac se sentía furioso. No era posible que hubiera llegado a esa situación. Félix había caído. Probablemente estaba muerto. Él estaba fatigado e imposibilitado para usar su psinergía. Dodonpa manejaba todos los elementos y no parecía agotarse en absoluto.

Apenas había iniciado su viaje para romper el sello de la sabiduría cuando se le aparecía un sinsentido que amenazaba su vida. Un viejo enemigo que ni siquiera en el pasado, cuando lo enfrentó junto a sus compañeros, representó una amenaza. No había explicación para que algo así pasara, para que un ladrón se convirtiera de la noche a la mañana en un adepto superior. Tenía que haber algo más. O alguien.

Y no era sólo eso. Lo peor es que ese poder se estaba utilizando para someter a otras ciudades. Dodonpa planeaba tomar Lunpa y luego saquear sistemáticamente todas las ciudades cercanas. Se crearía una red de pillaje, y nadie en Angara podría estar seguro. Evidentemente ese caos era producto de una inmadurez por parte de los nuevos adeptos por usar sus poderes para fines nefastos, y no realmente para lo que pregonaba la alquimia: alcanzar la perfección.

Por eso mismo tenía que continuar su misión. Tenía que llevarle sabiduría al mundo para que cosas así o más terribles no sucedieran. A cualquier costo. Pero no podía. No podía...

La confianza de Dodonpa se fue borrando al ver la velocidad fantasmal que adoptaba Isaac al acercarse a él. De repente se dio cuenta que el cielo se oscureció. La tierra tembló levemente, y comenzaron a ascender piedras al paso de Isaac. No pudo ver su rostro, no pudo ver su mirada asesina, pero sí pudo ver el brillo de la piedra; el brillo dorado de la Estrella de Venus que portaba el adepto.

Dodonpa no pudo pensar cómo reaccionar. Después de verlo ya lo tenía encima, como si se hubiera teletransportado. No tuvo tiempo de sorprenderse. Sintió el frío filo de la espada cortando todo su torso. Y cuando sintió que el contacto había llegado a su fin, y que no habría más, su conciencia se apagó.

Isaac, enloquecido, siguió cortando su cuerpo, aún cuando ya era imposible decir que ese trozo de carne alguna vez estuviera vivo. No tenía nada en su mente, sólo era el vehículo de un instinto vestigial. Tal vez un deseo de la misma esencia de la alquimia era lo que trataba de expresarse en sus acciones. Un deseo que escapaba a la comprensión humana.

Cuando Isaac volvió a ser humano, tenía a Félix a su lado. Lo movía tratando de hacerlo reaccionar. Entonces miró lo que supuestamente era Dodonpa y vomitó.

Luego ambos se levantaron. Isaac envainó su espada. Estaba bañada en sangre y algo más.

Los ladrones que estaban apostados cerca de Vault no iniciaron el ataque porque su líder no había llegado. Eran ladrones indisciplinados, no caballeros, ni tampoco asesinos. Sólo sabían robar. Sin la dirección de alguien como Dodonpa, no hubieran podido hacer más. Y aunque se atrevieran a tomar la ciudad, nadie sabía cuánto tiempo podrían mantener su dominio.

Los ladrones se dispersaron cuando se enteraron que Dodonpa había muerto. Algunos fueron hacia el sur, otros a Lunpa, olvidándose del hogar que habían formado a la fuerza en Bilibin. Otros volvieron a la palacio, pero sabiendo que no podrían permanecer mucho tiempo allí. Sin Dodonpa dirigiendo, nadie impedía que los atacasen.

Félix e Isaac descansaron en Vault. Mientras tanto, representantes de Lunpa, Vault, y el propio McCoy, discutieron qué pasaría con Bilibin.

McCoy obviamente quería recuperar su ciudad. La exigía para sí. Pero los demás no le permitieron quedarse con todo. Su castigo por haber tomado Lunpa sin previo aviso sería la anulación de su cargo y de su nobleza. No tendría más riquezas, ni ningún tipo de fuerza militar. Sería un ciudadano común y corriente, con la libertad de elegir en qué ciudad vivir.

McCoy se retiró furioso del consejo. Se dirigía a elaborar una estrategia para acabar con ellos, pero pronto un par de guardias lo tomaron por los brazos y lo llevaron a una celda. Sus gritos se escucharon por toda la ciudad antes de apagarse en la mazmorra.

Los que quedaban en el consejo decidieron que un grupo de sabios gobernarían en Bilibin hasta que se encontrara a alguien capaz de ejercer el cargo por sí mismo. La misma situación se repetiría en Lunpa. Así se asegurarían de que la ambición particular no volviera a afectar al colectivo, y que se mantuviera la paz en esa parte de Angara.

Félix e Isaac abandonaron Vault sin mucha bulla. El alcalde les había ofrecido opulentos regalos por haber acabado con Dodonpa, pero Isaac se negó rotundamente a cualquier clase de recompensa. No estaba orgulloso de lo que había hecho. Era verdad que Dodonpa era un criminal, capaz de asesinar para lograr sus objetivos, pero Isaac no era así. Asesinarlo fue algo excesivo. Su muerte pesaba en su conciencia.

Así que olvidando ese episodio, reanudaron la marcha hacia el Faro de Venus. Habían perdido mucho tiempo con los ladrones. Sin embargo, la luz del conocimiento de la tierra aún esperaba ser encendida.