Lo último que hice en ese galeón fue deshacerme de los cadáveres de mis creadores y abandonar la embarcación. Jamás nadie sospechó nada. Estaba sola, no tenia más familia que mis padres, nadie que se preocupase de donde estaba. La gente de abordo pensaba que había muerto o que me habian secuestrado una pareja de pasajeros que también habían desaparecido. Nadé sin prisa, pues no necesitaba correr, no había nada ni nadie esperando por mí. En cuanto llegué a tierra, volví a casa corriendo. Por suerte, estaba vacía. Supuse entonces, que sería domingo pues el servicio libraba ese día. Cogí mis ropas y el dinero de mis difuntos padres y huí. Encontré una casa en un bosque cercano, donde no había ningún pueblo cerca, pues no quería herir a ningún conocido o amigo de la familia. Nada de lo que había en esa casa era necesario pues no necesitaba dormir, comer o usar el baño. Pero, si que había algo que llamaba la atención. El espejo del cuarto. Era un espejo grande, de cuerpo entero y decorado en oro. La muchacha reflejada en él no se parecía en nada a mí. Había pasado de una bronceada piel latina a una piel blanca como el marfil, mis ojos color chocolate se habían vuelto de un intenso rojo escarlata y mis curvas se reemplazaron por un plano vientre y unas discretas posaderas. Mi estatura no había cambiado, por supuesto, pero mis facciones eran tan distintas... En una semana, mi cuerpo había cambiado más que en toda mi vida.
Pero, mientras yo me miraba en el espejo, todo dejó de importarme. El mejor olor que había olido jamás pasaba cerca de la casa. Era un humano. No traté de resistirme, desde mi transformación no había cazado, así que me entregué por completo a mis instintos. Bebí hasta dejar al pobre hombre seco. Desde que ese hombre se acercó a mí, algo se desató dentro de mí, necesitaba más. Entonces empecé a alimentarme de humanos dos veces por semana, siempre en lugares diferentes, pues no podía levantar sospechas. Niños, niñas, chicos, chicas, ancianos y ancianas. Todo daba igual, me daba igual la edad, el sexo, la altura o su intelecto. Mataba como un depredador mataba a su presa, sin compasión, sin pensar en que tal vez, ese frágil humano o humana podía tener sueños, esperanzas, familia... Pero no podía ser compasiva, aquellos monstruos me habían convertido en esto sin tener en cuenta mis aspiraciones ni mis sentimientos, yo solo bebía de ellos por sed, como ellos tomaban vino o comían carne, para sobrevivir.
Siempre me alimentaba y volvía a casa, donde lo único que hacía era pensar en volver a cazar. Así era mi vida, cazar, cazar y solo cazar. Nada más, ningún entretenimiento, alguna vez encontraba algún libro y lo leía, pero solo duraba un día, pues no tenia nada más que hacer. Así pasé unos 3 años, solo alimentándome de humanos y estando sola.
Un día, pensando, se me ocurrió la idea de ir a Italia. No sabía porque, no sabía que se me había perdido en Italia, pero mi instinto me decía que tenía que ir. Necesitaba un cambio en mi no-vida y tal vez, en Italia lo encontraría.
Me gustaba muchísimo correr, me relajaba ver como todo pasaba a mi alrededor rápidamente, me gustaba pensar que los humanos, a esta velocidad, no lograrían distinguir un elefante a 10 metros. Me detuve varias veces para alimentarme, los franceses eran realmente apetitosos, no se si será por el champagne o por la gastronomía, pero olían realmente bien. En cuanto llegué a Italia, mis sentidos se pusieron en alerta: había otros vampiros en la ciudad en la que estaba, no sabía su nombre y tampoco me importaba saberlo. Traté de huir de ellos, pero me encontraron.
-Buenos días, señorita. ¿Qué hace un vampiro en nuestras tierras?- Me preguntó uno de ellos. En ese momento me paré a mirarles. Eran todos hombres, cinco. Todos ellos eran altos, musculosos... se notaba que un vampiro atraía a un humano en todos los sentidos. Eran la perfección en persona. Todos eran bellos.
-Lo siento, soy nueva en la ciudad, acabo de venir de España, no sabía que aquí había más vampiros. ¿Por cierto, donde estoy?-pregunté.
-¿No sabes dónde estamos? Estamos en Volterra. ¿Cuántos años tienes?
-Cuatro, ¿porqué?
-Porque cualquier vampiro sabe que hay vampiros en Volterra. En Volterra estamos nosotros, la guardia real, y los Vulturis.- Ahora si que empecé a preocuparme, los Vulturis?
-¿Los Vulturis? ¿Quienes son los Vulturis?
-Son los reyes de los vampiros, o algo similar. Son quienes castigan a los que se delatan, son los vampiros más poderosos del mundo. Ahora ven con nosotros, te enseñaremos todo lo que debes saber de nuestro mundo.-No me fiaba de ellos, pero no tenía nada que perder, además, me enseñarían lo que necesitaba saber, todo sobre el mundo al que desde hace cuatro años pertenezco.
En cuanto llegamos a su guarida, de ser humana, se me hubiese caído la baba. Si decían que mi casa era de las mejores de la ciudad es porque no habían visto esta... todos los muebles eran elegantes y finos, la decoración era sobria, las paredes, de mármol italiano al igual que el suelo. Era la elegancia de la realeza. Y ante mí, se alzaban tres figuras, tres vampiros, los que supuse que serían los Vulturi. Se presentaron, Aro, Cayo y Marcus. Me explicaron que tenían dones. Yo al principio era escéptica, pero en cuanto Aro me tocó la mano, empezó a relatar mi vida, diciendo que podía leer mi mente si me tocaba. Me permitieron estar con ellos una temporada. Era fascinante, pues toda la guarda también tenían poderes. Pero hubo uno que me llamó precisamente la atención, el que respondía al nombre de Eleazar. Me habían dicho que también era español, como yo, y que su don era ver otros dones. Dijo que mi don, no era uno que se pudiese mostrar, sino que mi don tenia que ver con mi carácter, el de la fortaleza. Que pasase lo que pasase, yo siempre lucharía por aquello que considerase importante. Realmente me parecía una tontería pues un don así no puede protegerte contra los enemigos, ni hacerte poderoso, pero algo es mejor que nada.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí que pertenecía a alguien, aun sin ser poderosa, la realeza de los vampiros veía algo en mi y me permitía estar con ellos, pues decían que yo era de gran valor. Era como estar en casa, todos se llevaban bien conmigo, bueno, todos menos Jane, que decía ver la competencia en mi, varias veces intentó atacarme, pero Aro siempre la pillaba o Renata me protegía. Por fin, supe de la amistad, pues Heidi y yo nos llevábamos estupendamente, siempre íbamos juntas de compras y nos lo contábamos todo.
Pero, había algo más. No solo encontré la amistad en la guarida de los Vulturi, también encontre una razón por la que vivir, Eleazar.
