Rurouni Kenshin ni sus personajes me pertenecen (buaaaaaaaa), además, no me alcanza el dinero para comprarlo y por eso seguirá siendo de Nobuhiro Watsuki.

Prisionera.

Acto dos.

La Protegida.

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Kenshin descansaba sentado junto a la fogata. De vez en cuando abría los ojos y atizaba las brasas para que siguieran calentando; enseguida seguía dormitando, ya que él nunca dejaba de estar alerta… menos cuando estaba realizando un trabajo como ahora. Su katana estaba apoyada contra su hombro, lista para actuar en cualquier momento con el fin de evitar que algún imbécil tratara de llevarse a Kaoru frente a sus narices.

Kaoru en cambio dormía como una bendita. Acomodada entre los trapos, estaba completamente relajada. Ella era una chica extraña después de todo… no solo porque parecía no temerle. Además porque según él, lo que ella debería hacer era casarse con Shinomori, y luego usar sus artimañas femeninas para recuperar la casa de su padre, aunque pensándolo mejor… ¿para qué quería una vieja casa si con Shinomori podía tener hasta tres?

Si, si… era cierto: porque ella no quería traicionar a una tal primita Misao. En tal caso, había que reconocer que la joven era leal a quienes eran bondadosos con ella, aún a costa de perderse tamaña fortuna. Eso no cualquiera lo hacía.

Kenshin frunció el ceño. Los años debían estar reblandeciéndolo después de todo… estaba confiando en que todo lo que le había dicho aquella chica era verdad: desde su padre muerto a su tío aprovechador, incluyendo su posible herencia, su fortuna y su casa.

Debía estar loco.

Bueno… si era cierto lo que le había contado Kaoru, la loca era ella por tratar de perderlo todo con el fin de obtener una simple casa.

La joven se movió en sueños, atrayendo la atención de Kenshin sobre ella. Éste se acercó a ella y la cubrió mejor con las mantas. No fuera a pasar frío.

Después de todo, si la entregaba en buenas condiciones, la recompensa sería generosa. Por otra parte, no le hacía gracia cargar con una heredera enferma. Y si era cierto lo de la herencia claro, debía asegurarse de mantener a Kaoru con vida hasta que cumpliera los 18.

-Vales tu peso en oro, chiquilla.- murmuró, retirándole un mechón de pelo que Kaoru tenía sobre la frente y que por lo visto le molestaba en los ojos.

Kenshin estiró una mano hacia el kimono ahora húmedo y lo acercó más al calor de las brasas.

Con suerte estaría seco para el amanecer. Luego volvió a su sitio, donde cerró los ojos, viendo en su mente durante un rato la imagen de la chica dormida.

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Kaoru despertó lentamente. Primero abrió un ojo, luego el otro y enseguida se los cubrió con la mano ante la intensidad de luz que entraba desde el exterior.

Ya no llovía.

De golpe recordó todo lo sucedido la noche anterior y ante su pregunta mental de "¿no habrá sido un sueño?", la presencia de Kenshin asando un pescado junto a ella fue suficiente confirmación de su realidad.

Kenshin notó que ella despertaba, asi que le dio los buenos días y le dio la espalda.

-Vístete.- dijo sin más preámbulos.

Kaoru lo miró fijo un rato.

-¿Acaso bromea… ¡No puedo con usted aquí!- chilló, apretando las mantas contra su pecho.

Kenshin suspiró cansado.

-Escucha… si salgo, seguramente pensarás que puedo espiarte desde afuera. Si estoy aquí, dándote la espalda, podrás confirmar que no me voltearé y te sentirás más segura. Tú me dices cuando estés lista.- respondió él, mirando hacia la puerta abierta, sentado muy erguido.

Kaoru lo miró con evidente desconfianza un rato, pero luego meditó que no tenía muchas opciones. Teóricamente era una prisionera ¿no?

-Quisiera asearme… - musitó indecisa, rogando por un poco de intimidad en su mente.

-Si, si… esa manía de ustedes las mujeres de querer asearse. Mira, ahí te dejé una palangana con agua helada, pero limpia y fresca… y antes que reclames, no saldré de aquí, asi que si vas a hacer lo que tengas que hacer, date prisa que mi pescado está asándose aún y no quiero que se queme. Y te aseguro que si siento olor a quemado, me voltearé.-

La joven no le vio mucho caso discutir con ese pervertido. ¡Qué vergüenza bañarse con un hombre en la misma habitación! Mientras las mejillas le ardían, de pronto sintió ganas de llorar.

Pero luego pensó un momento. Se dio la vuelta y ahí estaba Kenshin, dándole la espalda y mirando al exterior. Incluso la espada de acero estaba tras él, en el caso de que Kaoru pensara que él quería espiarla mediante el reflejo de ésta.

Ella podía vigilarlo a él… tenía razón… si él estaba afuera, ella pensaría que estaría merodeando. Él le estaba demostrando que podía confiar en que la cuidaría y no se propasaría aunque sus prácticas resultaran un tanto… poco comunes.

De algún modo se tranquilizó. Se lavó rápidamente y se colocó la ropa seca y tibia. Esa mañana estaba comenzando a mejorar.

-Estoy lista señor samu… er… Kenshin.-

Kenshin se levantó y se dio la media vuelta, para encontrar a la chica vestida, con el cabello un tanto desarreglado ya que Kaoru sólo contaba con sus dedos para peinarlo. La miró unos momentos y no dijo nada al respecto.

-Comamos antes de partir, Kaoru.-

Kaoru se sentó en el suelo sobre los trapos que le sirvieron de cama y recibió el pescado que Kenshin le extendió. Desayunaron en silencio un buen rato. Cuando la joven terminó, se levantó y ordenó el sitio. Kenshin la miró interrogante.

-Es mi manera de agradecer la existencia de este lugar. He podido descansar gracias a él y reponerme un poco. Cuando venga alguien más, quiero que lo encuentre en buen estado para que pueda refugiarse también.- explicó.

Cuando Kaoru estuvo lista, le dijo a Kenshin que necesitaba hacer uso de… bueno, de un baño. Pero que prefería aguantarse si él también la acompañaba en ese proceso.

Kenshin la miró desconfiado. Ya sabía que con alguna artimaña ella saldría para intentar escapar… claro, ahora que había descansado y comido, seguro lo intentaría. Tal vez él no debiera alimentarla tan bien en lo sucesivo. Sólo lo suficiente para que no se muriera.

Bajó la vista sonriendo ante esa idea tan tirana. Estaba bien que él era un cínico pero un tirano no, aunque la idea no dejaba de ser graciosa.

Kaoru caminó hacia unos arbustos luego de mirarlo de reojo. Caminaba con dificultad: no tenía sus sandalias por haberlas perdido y tenía los pies heridos. Cuando se cercioró de que Kenshin no la seguía, se levantó las faldas e hizo lo que tenía que hacer. Rato después reapareció frente a él, justo cuando Kenshin había decidido contar hasta diez e ir por ella.

-Vámonos.- dijo éste. Tomando un pequeño morral, Kenshin emprendió la marcha.- Debemos ir a buscar el papel donde está escrito lo de tu herencia.- agregó.

Kaoru le siguió en silencio luego de indicarle hacia donde debían ir.

Confianza.

Solo en eso podía basarse la relación que tendría a partir de ahora con Kenshin. Él había confiado en ella al dejar su espada tras él cuando ella se vestía… ella bien pudo haberlo atacado con el arma. O también con la palangana pudo darle por la cabeza. Pero ella era una mujer honorable y cumplía sus promesas, aunque esta fuera la de estar junto a ese hombre hasta recibir su herencia.

La joven avanzaba de manera torpe. Kenshin estaba harto de caminar a paso tan lento, asi que se dio la vuelta para decirle que se diera prisa porque a ese ritmo, llegarían a su destino para el Año Nuevo. Kaoru trató de apresurarse, pero no pudo y al final se detuvo.

-Lo… lo siento, señor samurai… mis pies…- musitó la chica con timidez.

Kenshin finalmente reparó en ellos y los notó desnudos y enrojecidos.

-Podrías haberme dicho antes lo de tus pies… - refunfuñó. Trató de pensar rápido. –Siéntate en esa roca.- ordenó cortante. Cuando Kaoru le hizo caso, se arrodilló frente a ella y limpió los pies embarrados con un trapo húmedo. Luego sacó de su morral algunas vendas.

El morral de Kenshin era pequeño, pero tenía todo lo que él necesitaba. Y por lo general llevar vendas nunca estaba de más, asi como algunos elementos para coser heridas y otras cosas como provisiones. También portaba una bufanda azul.

Los pies de Kaoru estaban sumamente helados. Al notar las muecas de la chica notó que le dolían, lo que era bueno. Si no fuera así, seguramente ella ya tendría una buena gangrena y tendría que cortar parte de ellos, lo que sería una lástima porque eran pies pequeños y bastante bellos. Kaoru a la vez, sentía las manos de Kenshin en su pantorrilla pero no sintió temor. No podía al notar el modo en que él, concentrado, la vendaba. Era brusco, pero por lo visto también amable y en cierto modo honorable.

-Ya estás lista para seguir.- declaró incorporándose y acomodándose el gi de color azul que llevaba.

-Pero… señor samurai… -

-Que me llamo Kenshin.- dijo él sin mirarla, un tanto exasperado por preocuparse verdaderamente de los pies de la mocosa. No era culpa de él que ella hubiera perdido su calzado y en circunstancias normales, él la estaría regañando por ser tan tonta. Pero lo cierto es que no podía.

"Calma" se dijo. "Recuerda que esto es porque esta chica vale oro. Por eso debes cuidarla bien"

-Ehh… lo siento… mmm, Kenshin… mancharé tus vendas. Realmente agradezco esto, pero no quiero ensuciarlas con el barro al caminar. -

-Nadie dijo que caminarías. Párate sobre la roca y súbete a mi espalda.-

-Pero…-

-Nada de peros. Desde anoche tú estás a mi cargo porque ese es el trato que hicimos¿lo olvidas? Yo cuidaré de ti hasta que puedas darme tu herencia o te pueda entregar a tus tíos y cobre mis… honorarios. Me diste tu palabra de que aceptabas darme la exclusiva de tu persona.-

-Si… yo hice eso, pero… -

-Ya he dicho. Súbete a mi espalda y vámonos de aquí que podría empezar a llover nuevamente. Este clima de montaña es endemoniado y nunca sabes qué puede pasar en ella al minuto siguiente.-

Kaoru suspirando ante lo cascarrabias que le había resultado ser su nuevo compañero de camino, recibió el morral de Kenshin y lo cargó sobre su hombro. Entonces, cruzó los brazos en torno al cuello del pelirrojo y permitió que él tomara sus piernas para presionarlas contra su costado y cargarla sin problemas. Kaoru finalmente acomodó las manos primero sobre el pecho de Kenshin buscando aferrase a algo con ellas para no ahorcarlo sin querer con sus brazos, aunque luego le dio un poco de pena porque nunca había tocado asi a un hombre. Salvo las veces que besaba a su padre en las mejillas, no había tenido contacto con piel masculina.

Movió sus manos y las dejó cerca de las axilas de Kenshin. Estaba tibio allí y él no dijo nada, asi que así se quedó la chica. Su espalda también era tibia… estaba bien. Él era un cascarrabias pero al menos era amable y quizá hasta corazón tuviera después de todo. La joven sonrió ante esta idea y disimuladamente palpó el pecho de Kenshin en busca de su corazón, encontrándolo y notando lo fuerte que latía.

-Gracias.- murmuró más cómoda.

-De nada.- respondió él.

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Kenshin tenía algunas piezas de plata en su bolsa. Con ellas pensaba costearse todo lo que implicaba hacerse cargo de su prisionera… no, no… Protegida. Sonaba más bonito.

Lo primero era comprarle sandalias porque, aunque su peso sobre él no era molesto, tampoco le hacía ilusión cargarla a todos lados durante los próximos días.

Que curioso… hacía años que no cargaba a una mujer sobre su espalda…

Más o menos 14 años…

Tomoe pesaba un poco más le parecía. Claro, entonces él era menos fuerte que ahora, aunque igual de ágil. Era curioso que ahora se acordara de eso… de algo que comenzó como un maravilloso sueño en medio de la Guerra y que terminó siendo algo tanto o más cruel que ésta.

Kenshin apartó esos recuerdos amargos de su mente y se concentró en llegar al camino que lo llevaría al poblado más próximo. Llevaba su espada envuelta en tela como si fuera un objeto cualquiera. Después de todo, estaba prohibido portarlas y él deseaba pasar desapercibido por el poblado.

Sintió el peso de la cabeza de Kaoru sobre su hombro, su respiración acompasada y supo que ella dormía. Pero aún se aferraba fuertemente a él.

-Qué chica tan extraña.- se repitió. Prefería estar sobre la espalda de un desconocido como él que disfrutando de la fortuna y buen nombre de los Shinomori.

-Por lealtad a la primita…- se recordó.

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Misao barría apaciblemente la calle. Tenía puesto un delantal y cabello estaba tomado en una coleta baja. Era la hija más hermosa y joven de Kamiya Matsusoo.

Y la más amable con él, pensaba Shinomori Aoshi, que ese día fue a obtener noticias de Kaoru, su prometida.

Matsusoo tenía dos hijas y dos hijos más, todos mayores que Misao y odiosamente arrogantes. Kaoru Kamiya por su parte, la sobrina del señor Matususoo, era bastante dulce, sencilla y hogareña. Tanto como Misao que era una buena chica. Las demás hermanas de Misao siempre trataban de llamar su atención a veces de un modo bastante descarado, en cambio la pequeña lo trataba con cordialidad y educación; sin tratar de impresionar a nadie. Y curiosamente era eso lo que más lo impresionaba de ella.

Realmente, si tuviera uno o dos años más, Aoshi de seguro la hubiese preferido por sobre Kaoru. Pero el joven estaba con apuro, pues la salud de su padre era delicada y éste le había pedido que se case con quien él estimara conveniente. Y sólo dentro de la familia Kamiya había jóvenes en edad de casarse. Como Aoshi amaba mucho a su padre, no cuestionó su pedido y aunque no le atraía mucho Kaoru sabía que era lo mejor que podía encontrar en esa casa. Era tan inteligente y simpática como Misao… y ya que se iba a casar sin esa cosa que llamaban amor, al menos quería una compañera agradable con quien poder conversar.

Como Misao.

Pero mayor, claro está. Él tenía 22 años y no le parecía bien seducir a una joven de 15.

-Buenas tardes, joven Shinomori.- lo saludó Misao sonriéndole y dejando de barrer por un momento. Tenía las mejillas un tanto arreboladas y un brillo especial en sus ojos.

-Buenas tardes, Misao. Dime… ¿está tu padre?.- preguntó él sin dejar de mirar su rostro aniñado.

-No, señor. Él ha ido a la ciudad a ver si ha habido noticias de Kaoru. Sólo espero que mi prima se encuentre bien.-

-Yo también espero eso, Misao. Ella es la mujer que he elegido como mi esposa y no deseo que falte a nuestro compromiso.-

Por un momento el brillo de los verdes ojos de Misao se apagó un tanto. Aoshi se trataba de explicar ese hecho cuando Misao preguntó:

-Usted quiere mucho a mi prima ¿verdad?.-

-Simplemente deseo que las cosas se realicen según lo acordado.- respondió él, mirando hacia un lado.- Mi padre no se encuentra bien y necesita que yo tenga una esposa para estar en paz y por lo demás, después de conocer a Kaoru le ha gustado su modo de ser. En fin… si no hay noticias de mi prometida aún, creo que es mejor que me retire.-

-Ya veo.- musitó Misao. –Joven Shinomori… yo estoy sola en casa. Me pregunto si… si tiene inconveniente en compartir un poco de té conmigo. No me gusta comer sola y tengo bombones.- le ofreció amistosa.

Te, bombones y Misao… a Aoshi no se le ocurría mejor manera de pasar la tarde.

-Está bien. Asi podré esperar a tu padre para saber si ha averiguado algo.- dijo Aoshi tratando de justificar su pronta respuesta ante la invitación de aquella chica para que no se viera sospechoso.

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Kaoru dormía abrazada a algo deliciosamente tibio cuando despertó bruscamente de su sueño. Kenshin sin decir nada la colocó sobre el suelo.

Kaoru no sintió barro ni cascajo bajo sus plantas, sino más bien algo como… ¿Cómo un tatami?

-Hemos llegado.-

-¿Ehh?... ¿dónde?.-

Kenshin se movió por la habitación.

-Necesitamos que tengas ropa nueva y sandalias. Iremos mañana a comprarlas. Por ahora comerás y seguirás con tu descanso. Ahora déjame ver tus pies.- explicó el pelirrojo escuetamente, dejando a Kaoru más confundida.

Un momento… ¿seguir durmiendo? ¿Cuánto había dormido?

Ya era de noche nuevamente, según podía comprobar al mirar por la ventana.

-Siéntate.- ordenó Kenshin a la joven. Esta vez miró sus pies heridos y los lavó con agua tibia que una joven agradable dejó frente a su puerta. Después le puso vendas nuevas y limpias.

Por lo visto, estaban en una pensión o algo así porque en cuanto Kenshin terminó con sus pies, apareció nuevamente la joven, dejando esta vez frente a su puerta dos bandejas de comida.

Kaoru miró interrogante a Kenshin.

-Estás a mi cuidado.- dijo este por toda respuesta.- Y yo juzgaré la mejor manera de hacerlo.

-Pero no es necesario que se tome tantas molestias, señor…-

-Te he dicho que me llames… -

-Kenshin… eeh… no es necesario que se tome tantas molestias conmigo. Yo… no sé qué decir… no me lo esperaba.-

Kenshin tomó su bandeja y se puso a comer. Y sólo cuando sació su hambre, se dedicó a responder a Kaoru.

-Vamos por partes. Tu tío ha movilizado a bastante gente en tu busca, asi que muchos andan tras de ti y de la recompensa. Por eso necesitas cambiar de ropa y de peinado, ya que con esas señas te están siguiendo los demás, asi que mañana iremos de compras. Por lo demás, llamamos menos la atención si fingimos ser una pareja de recién casados que está de paso en una posada, que si vamos por ahí durmiendo a la intemperie, al menos acá en el pueblo. Realmente prefiero hacer esto a andar por ahí defendiéndote de quien quiera llevarte… lo mejor es evitar cualquier enfrentamiento con otras personas que den que hablar y que puedan hacer correr el rumor de que te encontraron pero que se toparon con un pelirrojo malas pulgas como yo.- terminó Kenshin.

Kaoru no podía cerrar la boca de la impresión.

¿Casados?

Kaoru pasó saliva.

Bueno, en eso Kenshin tenía razón. Todos buscaban a una joven soltera. Podría ocultarse tras el kimono de una mujer casada que era menos llamativo que el que ella usaba. Nadie la miraría dos veces.

-Eso si, Kaoru. Procura mantener la vista baja en la calle. Aunque tu pelo, piel y contextura son bastante comunes, no lo es el color de tus ojos, asi que no mires a nadie al rostro ¿entendido?-

Kaoru lo miró divertida. ¿Él hablaba de un color de ojos inusual? Ella estaba segura de que nunca en su vida había visto unos ojos violetas como los que él tenía.

-Si, señor sam… Kenshin. Aunque aún pienso que se está tomando demasiadas molestias conmigo-

-Bah… no es nada. Además, recuerda que todo esto es para conseguir mi recompensa que será veinte veces más de lo que yo podría gastar en ti.-

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Kaoru se metió a la cama sin protestar apenas. Realmente estaba demasiado cansada después de todo ese tiempo en tensión, escapando…

Era curioso. Hacía mucho tiempo que no se sentía así de protegida… de hecho, Kaoru sólo dormía así de profundamente cuando estaba tranquila. Este Kenshin sería todo lo que se sea pero al menos, le seguía inspirando confianza. Kaoru cerró los ojos y casi de inmediato se durmió, con los pies tibios dentro de las vendas.

Kenshin apoyó la espalda en un pilar de la pared y se quedó alerta un momento, mirando el futón vacío que estaba junto al que ocupaba Kaoru. De pronto tuvo la tentación de meterse dentro pero no podía. Estaba ocupado pensando en sus planes.

En cuanto tuviera los papeles de Kaoru en su poder, la ocultaría en su residencia hasta que ella cumpliera la edad para heredar. Ese sería un buen lugar para mantener a la chica alejada del resto de la población por lo apartado que estaba y porque era en una zona que él conocía como la palma de su mano, en la que se movía con absoluta seguridad y ventaja. En un lugar como aquél, siempre podía ganarle a cualquiera y lo más importante… dormir tranquilo. O al menos intentarlo.

Abrazó su espada y se quedó asi, frunciendo el ceño.

Fingiría que estaba casado con esa chiquilla solo en apariencia. No se casaría con ella ni dormiría a su lado, tendido. Tampoco iría donde un sacerdote a pedirle bendiciones, no señor, ni muerto. Él ya había tenido bastante y había aprendido muy bien la lección la única vez que hizo algo similar. También lo hizo por proteger a una mujer que le enseñó a sonreír de nuevo con su aparente dulzura pero que finalmente lo traicionó de una manera bastante cruel.

Y desde entonces, Kenshin sólo podía pensar que él no merecía una traición así.

A veces pensaba que las cosas debieron haber sido diferentes. Con Tomoe él había aprendido a sacar lo mejor de sí para entregárselo a ella y a los demás a manos llenas y sólo había deseado ser así hasta el final de sus días al lado de ella. Pero la verdad es que después de eso, no pudo volver a confiar en nadie.

Claro… fue en la época en que más desorientado se sentía. Durante la guerra, era solo un niño jugando a ser un hombre que luchaba por sus ideales sin importar lo que tuviera que hacer. Entonces llegó esa mujer, cuidándolo, amansándolo con bellas palabras sobre el que los niños no deberían asesinar y que incluso personas como él eran buenas y dignas de recibir amor.

Pero no lo era. Nunca lo fue y nunca lo sería.

Por eso ella le había engañado y lo había vendido como el Judas vendió a Jesús en una historia que escuchó una vez por ahí.

Y por eso lo mejor que podía hacer Kenshin era evitarle a cualquiera esa cosa tan difícil y poco probable de tomarle real afecto. Una desilusión era suficiente para aprender eso.

Lo bueno que le había dejado Tomoe era su manera de pensar que le resultó bastante efectiva: Cuando uno tenía un plan que seguir, no se andaba con sentimentalismos. Nada de ponerse en el lugar del otro ni ninguna tontería de esas. Gracias a esa idea, cuando Kenshin se repuso de su desilusión, utilizó ese conocimiento en pos de la Nueva Era que él anhelaba. Si antes tuvo alguna duda sobre el matar a algunas personas, después no le quedó ninguna. O simplemente se decía que todo eso era por el bien común. De esa manera, Kenshin se convirtió en el arma más verdaderamente letal de los patriotas y se forjó un apodo bastante conocido aún en esos días: Battousai, el asesino.

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-Despierta. Por todos los infiernos… había visto gente dormilona pero, nadie como tú.-

La joven Kamiya Kaoru sintió un bulto caer sobre su rostro, con poca delicadeza.

-Ponte eso. Nos vamos dentro de un rato, a lo que desayunemos.-

Kenshin le dio la espalda nuevamente para que se cambiara. Era insoportable. Al menos la dejaba ir sola al baño, pensaba Kaoru con un suspiro cansado.

El kimono era bastante apagado en sus colores y de mangas mucho más cortas que el que ella usaba. Todo un kimono de mujer casada. Por lo demás, Kaoru ató el obi con un nudo sencillo.

-Ya está, señor… Kenshin.-

Kenshin la estudió un momento.

-Está bien… te ves pasable.-

Kaoru tomó su viejo kimono y empezó a enrollarlo para meterlo en el morral de Kenshin, pero éste no lo dejó.

-Déjalo. No lo necesitas.-

-Pero… es mío…-

-Pero te digo que no lo usarás más. Déjalo.-

-Es mi favorito… -

Kenshin tomó el kimono y le rasgó las mangas sin mucho esfuerzo.

-Lástima… ya no puedes usarlo. Ahora desayuna y vámonos.-

La joven vio como el kimono que le había regalado su padre antes de irse a la guerra estaba roto ahora, tirado con poca gracia sobre el tatami. Era la única cosa que había decidido llevarse de la casa de su tío cuando escapó.

Y fue asi como de pronto le dio una rabia tremenda contra aquel sujeto arrogante que era Kenshin.

-¡No tenía derecho a hacer eso. ¡Ese kimono era mío!- chilló.

-¿Y? Dije que yo me haré cargo de ti. Eso incluye tu vestuario… y las decisiones sobre él.-

-Este era un regalo de mi padre.- sollozó la joven apenas conteniendo la rabia, inclinándose a recoger su ropa.

-Déjalo, él no está aquí para verlo sobre ti. Ni siquiera se enterará de que está roto. Deja de poner esa cara y come.-

Kaoru comprobó el tremendo rasgón que tenía el kimono… no podía creerlo. Lo abrazó.

-Ya, ya, niña… deja esa escenita para otro momento. Escucha: yo termino de comer y me voy contigo, asi que te sugiero que comas de una condenada vez.- dijo Kenshin tratando de no sentir remordimiento.

-Mi kimono… - musitaba ella.- Es usted un arrogante… ¡no tenía derecho!. ¡Ojalá nunca lo hubiera conocido!- atacó la joven con la rabia brillando en sus ojos azules.

-Muy bien, muy bien… piensa lo que quieras pero, si no me hubieras conocido, créeme que tu precioso kimono no te habría protegido de lo que yo. Ni tampoco lo habría hecho el espíritu de tu amado pero inefectivo padre que esta bien muerto y enterrado, asi que déjate de boberías…-

De pronto, Kenshin sintió como la mano de Kaoru se estrellaba contra su mejilla izquierda, sobre la cicatriz.

-¡Cállese!- exigió ella fuera de si.

Kenshin ya estaba hasta la coronilla de los lamentos de la chica. No se violentó ni nada de eso. Simplemente le dedicó una mirada bastante dura como si no le doliera el golpe recibido.

-Escúchame Kamiya… tú tienes un plan que seguir, ¿no? Y uno ante sus planes no puede andarse con sentimentalismos. Asi que olvídate de todo lo que pueda distraerte de tu objetivo. Deja ese trapo allí y ven a comer, que comiendo tendrás energía. En cambio llorando allí como una chiquilla malcriada no. Olvídate de tu padre si eso también te distrae y olvídate de tu primita querida si es necesario. Debes concentrarte en ocultarte tres meses para que seas libre como querías.- dijo con una voz inexpresiva. Luego siguió comiendo a pesar del ardor en su mejilla. – Solo así se sobrevive.- terminó.

Kaoru no podía creer que le hubiera golpeado. Ella por lo general no era asi de violenta. Siguió mirando su kimono. Y alternamente a Kenshin…

-Diga lo que diga sobre los objetivos, prefiero volver donde mi tío que olvidar a mi padre. No puedo olvidarlo porque él me pidió que fuera feliz y eso es lo que haré, recordando todas las cosas buenas que él me enseñó y viviendo de acuerdo a ellas. Por eso volveré a mi casa y le demostraré que no necesito olvidarlo. - dijo Kaoru.- Además, me llevaré mi kimono porque si lo dejo aquí, será dejar evidencia de mí.-

-Haz la maldita cosa que se te antoje.- dijo Kenshin, pensando que en cuanto hiciera una fogata camino a donde sea, el dichoso kimono se iba al fuego.- y ahora come, que estoy terminando mi plato y no te esperaré.-

Kaoru sintió que el pelirrojo ya no era su amigo como el día anterior. Nuevamente, no le parecía una buena idea estar junto a él. Ya no se sentía su protegida, si no nuevamente su prisionera.

Kenshin acabó de comer y miró reprobatorio a Kaoru. Ella no dijo nada y le sostuvo la mirada mientras seguía comiendo. Sabía que para él, ella era una mocosa llorona y molesta.

Pero también sabía que valía oro, después de todo. Y el nuevo objetivo de Kenshin era conseguir mucho dinero mediante ella, asi que tendría que soportarla, quisiera o no.

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Fin acto dos.

5 de Octubre 2005.

Notas de autor al 28 de Julio 2008

Hola!!

Nada que decir. Amo a mi esposo, mi notebook y Kenshin. Y la vida… ah, la vida es maravillosa.

Pues muchas gracias a quienes siguen por segunda y -espero-, definitiva vez esta historia, por confiar en mi. Y gracias también a quienes leen por primera vez. Sus reviews me han alegrado mucho, ustedes son unos amores.

Me he entretenido últimamente en ampliar mi colección de figuritas de Kenshin y de 6 ya voy en 9, siendo el maestro Hiko el que compré más recientemente. Pero he descubierto por ahí a Aoshi, Enishi y otra versión de Kenshin (tengo 3 diferentes incluyendo un guapísimo Battousai) y también vi a Sanosuke, asi que un día de estos me voy a comprarlos a todos.

La próxima semana actualizo "Donde puedas Amarme". Besitos a todas.

Muchas gracias a todas por leerme, pero en especial a:

Okashira Janet

Maat Sejmet

Lavdi Shaden

Dark Any

Marcela

Haro Kzoids

Daanii

Jegar Sahaduta

Hiirukii Chann

Kagomekaoru

Kanke-chan

Athena Kaoru Himura

Mei Fanel

Karura Himura

Ayna Cristal

Patri Himura