ENTRE NUNCA Y JAMÁS

(Neverland)

Capítulo 9.

Más cerveza para la cabeza... Ay, cruda otra vez, ¿se puede llevar una vida más miserable que la mía? Caramba, todo me da vueltas, no puedo creer que el cuarto del baño sea mi lugar más recurrente de toda la casa ni que mucho menos sea el de mayor acción. Bueno, éste y la casa de Nina con quien frecuentemente salgo para embriagarnos no menos de dos veces por semana. Pero es que este lugar es tan aburrido que no hay nada mejor qué hacer, debo tener los pulmones negros de tanto fumar, el hígado podrido por las tan altas cantidades de alcohol que he ingerido en los últimos dos meses y las neuronas de mi cerebro han de ser cada día menos.

Todo ha sido tan repentino y tan extraño que pareciera como si un día me acostara dormir y los únicos sueños que se me permitieran tener sean puras pesadillas. Ha sido una tras otra, primero el hecho de que misteriosamente, me adjudiqué un vehículo oficial de la dependencia y todavía más misteriosamente a los dos días me mandaron a Ota para realizar trabajos de campo. Las cosas se han complicado mucho desde eso, tengo que rentar una casa, pagar mis cuentas sola y la comida... Uhgt, es que esto de la cocinada jamás se me ha dado, yo nunca seré una madre de familia porque soy una nulidad para las labores domésticas. Afortunadamente al estar mayormente afuera no tengo que usar ropa formal, así que me evito planchar ropa debido a ello, el problema es que tengo que recurrir a la lavandería pues no poseo una lavadora ni a Mai para que se encargue de ese menester doméstico. Ingiero alimentos dos veces por semana y bebo cinco veces, fumo más de lo que como, duermo más de lo que trabajo, me ha salido una barriga espantosa y no llevo tanto tiempo con este tren de vida.

Alguien me dijo una vez que al estar afuera de la oficina vería cómo se manejan las cosas a la práctica, que el dinero vendría a mí solito y que no me preocuparía por nada. Me pregunto a veces si no soy corrupta o si tan sólo soy muy pendeja para serlo, me inclino por la segunda opción. Lo que sí soy es borracha, pero eso ya lo sabía antes así que no es que haya tenido un momento de iluminación ahora que me encuentro en el exilio. Porque esto más me parece un castigo que otra cosa, estoy sola la mayor parte del tiempo, me fastidio horrores y de no ser porque le llamo a Mai todos los días por la noche ya me hubiese pegado un tiro a la cabeza.

Si al menos Viola estuviera aquí pero no, sólo viene una vez al mes y últimamente no he sabido de ella, supongo que finalmente se cansó de mí o qué se yo. Tal vez por vez primera entendió nuestras diferencias, tal vez al estar aquí y ver cuál sería mi futuro se lo pensó dos veces y decidió hacerse a un lado y continuar con su lujosa vida como la era antes. Sólo fui un capricho y nada más, eso es todo. Ensimismada en mi momento epifánico, tumbada a la cama mientras me rascaba el ombligo, escuché que alguien tocaba a la puerta de mi casa insistentemente, al abrirla me topé con la presencia menos esperada de todas.

- "Yo, Kuga"

- "¿Tate?" - ¿Cómo llegó éste aquí? - "¿Qué haces aquí?"

- "Vine de visita, Tokiha-san me comentó que cambiaste tu residencia a Ota"

- "¿Cómo supiste dónde vivo?" - Tate sonrió.

- "Tengo una amigo en este barrio, aquí todos se conocen Kuga" - Cierto - "¿Puedo pasar? Traje cervezas"

- "Sólo te dejaría pasar si trajeras comida" - Respondí atravesada y aún obstruyendo el paso apoyada en el marco de la puerta.

- "Si vamos al súper te compraré algo y lo prepararé"

- "¿Sabes cocinar?" - Mis ojos brillaron al mismo tiempo que mi estómago rugía.

- "Trabajé de cocinero en una cantina hace un año" - Se encogió de hombros - "Puedo prepararte un ceviche"

- "Dame esas cervezas y espera afuera, me cambio, cojo mis llaves y nos vamos de compras"

- "Perfecto"

Vestida con la primera ropa que salió de la bolsa de la lavandería, arranqué el vehículo y me fui con Tate rumbo al supermercado, pues un ofrecimiento como éste no lo tenía todos los días. Con el carrito y toda la cosa, Tate se puso a hablar sobre los diferentes tipos de pescado que habían y cuál era el idóneo para la comida, por mi parte todos se veían igual y me imagino que al estómago le valdría lo mismo un mero a un boquinete. Pese a todo le di la razón para que hablara menos y termináramos las compras rápido, tenía tanta hambre que hasta sentía mareos. Cogió una bolsa de tostadas, los implementos necesarios para su platillo y aparte compró una botella de tequila. Me le quedé viendo medio raro pero él me ignoró, pagó la cuenta y regresamos a casa donde una vez en la cocina se enfrascó en su tarea y sólo me hablaba para pedirme cosas que no tenía en la casa.

Tate me hizo una lista de los ingredientes que le hacían falta para culminar su guiso, mas sin embargo le dije que tenía que ir a ver a unas personas antes de comprar lo que le faltaba. Lo dejé en la cocina y me dirigí a realizar mis cortas tareas laborales, pero en un momento de lucidez me pregunté sobre las mañas de mi visita, así que terminé mis quehaceres lo más rápido posible y regresé a casa. Aparentemente todo estaba como lo dejé y él ya había terminado la comida, sólo le agregó lo que llevé y nos sentamos a la mesa a comer y tomar cerveza.

Encendí mi viejo estéreo para amenizar el ambiente mientras platicábamos de nuestros temas favoritos, claro, estoy hablando de mujeres. Después de gastarnos el six que llevó, quedamos medio picados y le seguimos con el tequila, a la media botella Tate me prestó el baño y fue ahí donde el cheto comenzó a funcionar. Por vez primera miré hacia la ventana y noté que estaba oscuro, fue cuando me pregunté, ¿no se pretende ir este cabrón? En ese momento justo salió del baño y tenía una gran sonrisa en el rostro, una alarma se encendió en mi cabeza y entonces todo encajó. A veces soy tan pendeja que me sorprendo.

- "Hey Tate" - Le pregunté mientras me servía otro caballito - "¿No tienes trabajo hoy?"

- "¿No te dije?" - Obviamente no - "Pedí unos días para resolver unos asuntos académicos"

- "Ya veo" - Me rasqué la cabeza - "¿A qué hora es tu primera clase?" - Aquí Tate entendió que lo que quería saber realmente era, ¿a qué hora te vas?

- "No hay nada importante para mañana" - Fruncí el ceño, eso no era una respuesta válida - "Me quedaré contigo si no hay inconveniente y mañana regresaré donde mi tío, ¿te parece?" - No me parece.

- "Está bien" - Tú no aprendes Kuga - "Te llevaré mañana temprano a que cojas un autobús"

- "Bien" - Su sonrisa fue tan amplia que entonces me temí lo peor, lo bueno es que no bebí tanto.

- "Voy a lavar los platos" - Comencé a recoger las cosas como diciendo, aquí se acabó nuestra combebencia.

- "No, yo lo hago" - Se puso atento - "Es lo menos que puedo hacer por ti" - Enarqué la ceja pero Tate me ignoró, se fue a la cocina y sí, me tomé el último caballito para el valor.

- "Voy a darme un baño" - Anuncié.

- "De acuerdo"

Desde que vivo en este lugar he perdido totalmente el hábito de pasarle el cerrojo a la puerta, pero ahora, es de sabios tomar precauciones. No me extrañó mucho que Tate hubiese ido preparado pues tenía entre sus pertenencias otra muda de ropa y sus implementos de limpieza personal, mientras él se daba un baño me senté a la orilla de la cama a pensar bien lo que iba a hacer antes de que esto acabara mal. Me llevé el dedo a la boca y lo mordí, maña a la que recurro cuando pongo a funcionar las neuronas. Tate salió del baño y me encontró a la cama con la computadora, pues no cerré la puerta de mi cuarto ya que nunca lo hago.

Al no tener conexión a internet, lo que mayormente hacía era que en la oficina del trabajo, entraba a las páginas que normalmente visitaba y bajaba a mi computadora el contenido para revisarlo cuando estuviera en casa. En otras ocasiones veía películas en el DVD, algunas otras trataba inútilmente de sintonizar un canal decente pero la recepción en este lugar era pésima, por eso siempre dije que esta casa estaba embrujada. Cuando de plano el hastío me ganaba, arrancaba la camioneta para dar un paseo por los alrededores, a veces iba a la playa, a veces dormía, a veces desafinaba la guitarra que me compré cuando intenté aprender a tocarla, a veces nada. Que llevaba una vida de hueva, esa era la verdad, por eso me la pasaba tomando la mayor parte del tiempo, sólo para hacer algo.

Absorta en la inmensidad de mis cavilaciones, no noté que Tate ya estaba junto a mí, podía sentir su respiración muy cerca de mi oreja y aquí fue cuando me dije, ¡ya! Le lancé una mirada agresiva pero su alto grado de alcoholismo no le permitió comprender el peligro en el que se estaba metiendo o quizás era yo quien estaba en una situación peligrosa. No sé. El punto es que a cada página que pasaba en la laptop lo sentía más y más cerca y fue cuando de la nada le puntualicé las cosas.

- "Tate"

- "¿Sí?" - Preguntó con su mirada de estúpido.

- "No voy a acostarme contigo" - Me miró primero decepcionado y luego como ofendido.

- "¿Quién te dijo que quería dormir contigo?" - Por favor, ¿me quieres mentir a mí?

- "Sólo te digo" - Regresé mi vista a la computadora - "Hay otro cuarto si gustas sino ahí en la sala el sillón está muy cómodo también"

- "El sillón entonces está bien para mí"

- "Pues ve, porque yo voy a dormirme en un rato más" - Decentemente, ¡fuera de mi cuarto cabrón!

- "Buenas noches Natsuki"

Por un momento pensé que armaría un escándalo o un drama pasional pero lejos de eso, Tate me sonrió y se fue a la sala donde después de un rato escuché sus ronquidos. ¿Esto es tener un hombre en casa? Eso explica por qué no soy hetero, simplemente no podría soportar ese escándalo toda la noche. Cerré la puerta de mi cuarto y comencé a revisar los archivos de mi computadora, luego de un rato apagué la luz y traté de dormir un poco, que mañana sería otro día aburrido en la vida de Kuga Natsuki. Estoy consciente de que me he complicado la vida todavía más de lo que ya estaba, pude haber rentado un cuarto mucho más barato en cualquier lugar pero no quise hacerlo. Estoy acostumbrada a vivir en un hogar, no en un mugroso departamento, así me enseñó mamá y así pretendo vivir aún si muero sola.

La casa de Fuuka es mi inspiración para la vejez, quizás no sea un lugar muy grande pero sí es cómodo, es cálido, sientes desde la entrada que estás en un lugar donde se respira paz y tranquilidad. Cuando me puse a buscar casa en Ota, le pedí de favor a Nina que me consiguiera una lo suficientemente grande como para tener un patio y que no fuese muy cara, le dio trabajo pero la encontró. Lo malo es que está a las afueras de la ciudad pero afortunadamente para mí no es gran problema pues tengo vehículo con qué moverme, aparte está estratégicamente ubicada a la salida de Ota, donde se supone que debería estar yendo y viniendo constantemente.

Estaba amueblada, un juego de sillones desvencijados donde Tate ahora duerme, se encuentran en la entrada de la puerta. Tiene un comedor, una cocina cuya meseta comunica ambas piezas, un pequeño baño y dos cuartos. Era demasiado para una sola persona, pese a todo, era feliz en mi soledad. Como toda casa vieja, tenía sus ruidos en la noche, y la lámpara del otro cuarto se prendía sola, los gatos y los perros armaban fiesta en mi patio durante la noche y hubo una ocasión donde sentí cómo sacudían mi cama cuando dormía. A pesar de contar con una estufa y refrigerador, ninguno servía así que como pude junté para una parrilla y un refrigerador nuevos, que a mí la coca cola caliente me causa repugnancia.

En mi nevera no faltaban nunca tres cosas: agua, cocas y huevos. Las cervezas jamás las compraba pues las bebía siempre fuera de la casa. En alguna ocasión bebí en la casa con Yohko y dormí con ella, pero fue un desastre total. Desde eso no volví a hacerlo y afortunadamente ella no insistió, pero no por eso perdió el contacto conmigo, supongo que estaba preocupada por mí. Yo no sé qué pinta tenía, a mi parecer estaba mucho más repuesta aquí de lo que estaba en Tokio, había subido de peso y mi color era menos pálido, no me enfermaba nunca y mi humor era aparentemente menos amargo. Nadie sabía que me la pasaba vomitando después de beber, nadie sabía que todos los días tenía fuertes dolores de cabeza que mitigaba con cantidades exorbitantes de analgésicos hasta el punto de embrutecerme el cerebro. Nadie supo nunca que a veces hablaba por teléfono con ellos, porque tan sólo quería escuchar la voz de otro ser humano en mi hogar.

Por cierto, el ceviche me cayó como una patada de mula en el estómago pues Tate usó demasiado limón en un estómago que de por sí ya era jodido, lo que causó que me levantara en la madrugada a tomar un antiácido en lo que se me pasaba el malestar. Tate se levantó y se sentó en la otra silla del comedor y así permanecimos hasta que pude dormir nuevamente. El rubio no era la persona con la que quería estar, no eran los ojos que deseaba mirar esa noche, ni mucho menos la compañía que hubiese deseado para el resto de mis días; pero al menos estaba ahí. Nunca olvidaré su gesto, jamás me perdonaría el perderlo.

Nos levantamos muy temprano pese a la cruda, nos cambiamos y salimos a dar un paseo en la ciudad, eso significó que ni me paré por el trabajo. Al ser reubicada de lugar, no tenía que checar entrada ni salida, pues era personal de campo. Eso me daba tanta libertad que a veces me gustaba y otras la odiaba, habían días donde ni me veían y hubo gente que bromeó sobre poner una foto mía en mi escritorio para que pareciera que hay alguien ahí. Pero yo no era uno de ellos, no tenía nada qué hacer en ese lugar, por eso a veces realizaba mis supuestas labores de campo y otras, simplemente regresaba a dormir.

Cuando dejé a Tate en la terminal me puse triste pero no lo demostré, pues esto significaba regresar a mi vida de porquería y no sabía por cuánto tiempo más esta situación continuaría así. Estaba harta. Un buen día me armé de valor y me fui a Todai, no le avisé a Viola porque quería sorprenderla, tenía ganas de saber de ella y no de hablar con ella, sólo quería verla, quería pasar un rato a su lado, tan sólo quería saber si valía la pena el sacrificio. Llegué a la universidad y la vi a la distancia, estaba leyendo un libro a la columna del edificio, iba a llamarle pero un chico se le acercó, le dio un beso a sus labios y se fueron. Yo sólo me quedé ahí mirando como una estúpida por un buen rato, para finalmente sacudir de la cabeza la imagen en mi mente.

Salí corriendo, quería huir lo más pronto posible de ahí, no quería que nadie notara que mis lágrimas se escapaban porque hubiese sido humillante, estaba dolida desde el alma, sólo quería volver a casa. Me subí a la camioneta, la arranqué haciendo gran escándalo y por un momento pensé escuchar mi nombre a la distancia, pero sólo fue por un instante, luego de eso tomé la carretera y manejé en tiempo récord la distancia de Tokio a Ota. Irónicamente a pesar de mis esfuerzos, nada me pasó en esa ocasión.

- "El amor apesta" - Mascullé después de medio cartón de cervezas en casa de Nina.

- "Ni que lo digas"

- "Es decir, conoces a una niña, la enamoras, le das todo y en cuanto deja de verte se olvida de ti como si nada y busca a otro" - Me revolví el cabello - "¡A otro!"

- "Al menos tus relaciones homosexuales no tienen consecuencias" - Sonrió con amargura - "En mi caso es diferente" - Me señaló el cunero donde dormía tranquilamente su vástago.

- "Lo tuyo pasó por no usar condón" - Bromeé, que Nina no era depresiva como yo.

- "Se suponía que nos casaríamos cuando acabáramos la carrera"

- "Y se casaron" - Pero un pelín antes o mejor dicho, antes de los nueve meses de gestación.

- "Duramos seis meses"

- "Siempre te dije que era mala idea"

- "Yo creí que funcionaría" - Nina suspiró, le seguí y finalicé nuestro argumento sentimental con el siguiente diálogo telenovelesco.

- "Yo también"

Brindamos por nuestras respectivas parejas y seguimos embriagándonos, ahogándonos en alcohol para no seguir pensando en gente que ni la pena valía. Luego de ello llegaron sus hermanas y le seguimos la fiesta, pues en casa de Nina Wong lo que nunca faltaba era cerveza, cerveza y comida. Una vez fui invitada a comer por las Wong y desde eso, soy cliente asiduo a la cocina china, aparte que no me cuesta nada. Les conocía y ellas me conocían, una familia de ocho hermanas donde sus vidas eran tan pasionales como las de los melodramas televisivos, cada hermana era una historia, cada historia con su vida. Tiempo me faltaría para poder narrar sus vidas pero no me dedico a eso, lo mío era la ciencia y no la escritura.

Entrada la madrugada volví a mi hogar, encendí todas las luces para que pareciera que había vida en él, hice escándalo, me desnudé en la sala con las ventanas abiertas, estaba ebria pero no de alcohol. Me encontraba intoxicada, deteriorada en alma y cuerpo, pero sobreviviría, no me educaron para dejarme abatir por tonterías sino para salir hacia adelante, siempre avante. En la mañana me levanté como de costumbre, abrazada al retrete, vomitando mis pedazos y deseando que por vez primera Saeko esté aquí para reprenderme. Ella no tiene por qué saber sobre esto.

Los meses pasaron de forma lenta y tortuosa, de una u otra manera ya me había acostumbrado a la vida en Ota, aunque tal vez la palabra correcta era resignado. Mucha gente del lugar aseguraba que lo que debía hacer era buscar un marido para casarme y establecerme en el lugar, pero esa sí que sería la tontería más grande que pudiese hacer. Si lo que yo quería era escapar de Ota, no vivir en Ota. El problema era que no buscaba alternativa alguna para hacerlo, estando tan lejos de la central, nadie haría algo para ayudarme y estoy segura que para estas alturas todos me han olvidado. Nao me habló un buen día y me presumió que la habían promovido, la felicité pero en el fondo estaba enojada, me sentía tan frustrada que no volví a marcarle nunca más.

Nao no fue la única que pagó el precio de mi derrotismo, Mai también, pues cada día le hablaba menos y si lo hacía no duraba mucho. Con Saeko la cosa era igual siempre, ella sabía que los jueves no podía ni hablar de tan borracha que quedaba así que no esperaba mi llamada en la noche de esos días. El resto de la semana eran conversaciones de 'hola cómo estás y qué comiste', luego de eso cada quien su vida. A veces volvía a casa, pensaba tontamente que ahí encontraría la solución a mis decepciones amorosas y laborales, grave error. Fuuka no alimentaba mi espíritu porque no había tal, aunque fingí que la pasaba bien en casa, salvo que me encerraba en mi antiguo cuarto para no perder la costumbre de Ota.

En un día libre visité Tokio, quería escuchar el ruido suburbano y tropezar con la muchedumbre en la línea Yamanote, añoraba mi ciudad, añoraba mi vida como la era antes. Soñaba con recorrer las calles de Akihabara en búsqueda de nuevos mangas para leer, comprando nuevos accesorios para mi computadora, beber cerveza en mi viejo izakaya de Nippori. Correr, tropezar y gritar; eso quería pero mi alma no tenía fuerzas, simplemente se dejó caer en una banca y mantuve la vista cual espectador en una obra de bajo presupuesto. El teatro de mi vida.

- "Natsuki-kun, buen día"

- "Oh, buen día" - Saludé a mi ex vecino.

- "¿Esperas a alguien?" - Me sonrió con complicidad, pues en sus manos se encontraba un ramillete de rosas que seguramente eran para ella.

- "Sólo pasaba el tiempo"

- "¿Puedo?" - Me preguntó si podía sentarse a mi lado, me moví para darle espacio respondiendo así su pregunta - "Es un día precioso"

- "Sí" - No, es aburrido como todos.

- "Yuuichi me comentó que vives en Ota"

- "Me transfirieron por el trabajo"

- "Debió de ser duro"

- "Igual y ya me acostumbré" - Jamás, pero no quería hablar de eso así que le cambié el tema - "Es un lindo ramo el que traes Kanzaki-san" - Las rosas despedían un aroma tan agradable como la colonia que mi vecino usaba, el hombre estaba arreglado lo cual era extraño en él, pues siempre estaba hecho una desgracia. Como yo.

- "Las compré para mi primera cita" - Lo miré desconcertada, él sólo atinó a rascarse la cabeza y se explicó poco después - "Conocí a una chica en el gimnasio"

- "¿En serio?" - Sonreí con picardía, ¿me estaba contando su vida amorosa?

- "Hace un año que no pasamos de un hola y adiós pero un día, no sé explicar..." - Caramba - "Un día descubrí que ya no podía dejar de ir al gimnasio y no sólo para sudar calorías" - Rió como un idiota, pese a todo le comprendí.

- "¿Tan así?"

- "Sí" - Bajó la cabeza sonrojado, clásica conducta de enamorado viendo a la nada o yendo a la nada.

- "¿Es bonita?" - Reito me miró a los ojos, me vio tan profundamente que por un momento me sentí perturbada pero luego sonrió y respondió mi pregunta.

- "Nadie ocupará el lugar que dejara Himeno" - ¿Qué clase de respuesta es esa? - "Pero el día en que ella enfermó y desapareció por unos días, sentí que tenía que buscarla para no perder a alguien nuevamente"

- "Oh"

- "Lo peor que puedes hacer en la vida Natsuki, es no hacer nada"

Si esto fue para mí o para él no lo puedo saber, lo que sí sé es que en cuanto nuestro corto diálogo terminó, miró su reloj de pulsera y alzó la mirada. Junto con él, me maravillé del encuentro que tuvo con la mujer que ahora era la causante de sus sonrisas, la mujer que había devuelto al mundo de los vivos a un hombre que sólo pensaba en trabajo y casa, un hombre que comía fuera y cuya única actividad extra laboral era precisamente la de ejercitar su cuerpo. La chica le saludó con la mano, él le devolvió el saludo y se paró nervioso, sus manos sudaban y era visible un leve temblor en ellas. Pero nada superaba su sonrisa, esa mueca natural que sale del alma y nunca del cuerpo, esa felicidad que rebosa por los ojos y que contagia a los incrédulos, ese sentir que todos tenemos derecho pero pocos son los afortunados en obtenerlo.

Cuando Reito me dijo que la conoció en el gimnasio me vino a la mente la imagen escultural de una porrista o quizás una entrenadora; estereotipé lo sé, pero así soy. La mujer no era nada de eso, de hecho era regordeta, con unos ojos muy pequeños, de cabello lacio y negro pero tenía ese no se qué, que contagiaba. Tenía alma, tenía carisma, lo supe en cuanto me saludó, su risa inundó el ambiente y no supe por qué le acompañé en ello. El sólo tenerla cerca aliviaba tanto la tensión que hasta me sentía menos agobiada, ¿será por eso Reito? ¿Era eso lo que buscabas? O acaso soy sólo yo quien piensa así pues me encuentro envidiosa de que alguien sea feliz. Ambos eran tan diferentes y a la vez tan iguales, que no pude aguantar más el brillo que despedían pues de seguir ahí, seguramente quedaría ciega. Me despedí y seguí mi camino, no sin antes pensar y repensar lo que había presenciado.

Luego recordé que hubo una ocasión donde yo me vi igual, donde aún con la compañía de alguien tan diferente a mí supe encontrar mi punto de equilibrio. No podía negar que a su lado todo era más brillante, a pesar de la oscuridad de nuestras almas. Así fue como decidí intentarlo una vez más, siguiendo el sabio consejo de Reito me fui a Bunkyo, con la llave en mi cartera entré al departamento de Viola, pero ella no estaba ahí. Viola se había mudado e inclusive, no estaba matriculada en Todai.

Sonreí con amargura y me revolví el cabello, fue así como me bajé de la nube a la que me había vendido la idea Reito de abordar, un algodón de azúcar, un gas de la nada. Reí como una loca, me repetí entonces la misma cantaleta de siempre, supongo entonces que el amor no era para mí. Eso suponía el final de mis vacaciones y el retorno a mi vida como la era ahora, un hoyo sin salida. Mis amigos supieron que estaba en Tokio, mi teléfono sonó insistentemente pero ya era muy tarde, yo ya estaba llegando a Ota y no pretendía salir de ahí, nunca.

Me había resignado a llevar entonces una vida de porquería, pero por alguna extraña razón en cuanto volví a Ota decidí cambiar un poco mi estilo de vida. Quizás y la plática con Reito sí me hizo ver el vaso medio lleno y no medio vacío, quizás simplemente sólo fue. Modifiqué mis hábitos alimenticios, me armé de valor y compré comida congelada que si al menos no era buena ya era un cambio. Pese a ser comida preparada terminé arrojándosela al perro, finalmente compré pizza y al menos estaba satisfecha. Aunque no me paraba a la oficina de Ota para nada, lo cual traducido en mi diccionario significa que, de plano no trabajaba; aprovechaba mis largos tiempos de ocio para actividades menos destructivas como lo fuera el beber cerveza.

Insté una rutina que comprendía emprender largas caminatas que culminaban en el zoológico local, me paseaba junto al viejo tigre y fastidiaba a los monos, que esos animales se reían de mí cuando pasaba. A pesar de que las conductas estereotipadas del pobre tigre animaban mi día, era el viejo búho el que inspiraba en mí una gran admiración por sobre todos los demás animales del zoológico. Su mirada penetrante, su semblante inteligente, pareciera más un ser humano que un ave, quizás tanto aislamiento terminó por enloquecerme pero juraría que él me entendía. Llevábamos pues una charla silenciosa todos los días mientras le visitaba, ¡qué bello animal!

Seguía frecuentando a Nina, pero ya no tomaba cervezas con ella, me dispensaba diciéndole que tenía una actividad temprano y que necesitaba las horas sueño para ello. Como salía a caminar frecuentemente, los vecinos comenzaban a ubicarme con facilidad, lo cual facilitó mi búsqueda de una mujer que realizara la limpieza de mi hogar, pues estaba tan sucio que daba vergüenza entrar a él. Nunca he sido ordenada, pero ahora, era peor. Por vez primera en meses la casa olía a limpio e inclusive ya hablábamos de que me lavara mi ropa sucia en vez de llevarla a la lavandería. La estaba convenciendo poco a poco y lo mejor era que no cobraba mucho por sus servicios. Quien sabe, a lo mejor hasta la comida le sacaba. Siempre he pensado que soy la única mujer en la vida que depende de otra para sobrevivir, sola soy una nulidad y tristemente, si alguien no me da un jalón de vez en cuando me pierdo en mi estupidez.

Una tarde que salí a caminar, me detuve un rato para ver a unos niños jugando futbol, platiqué con algunos mientras sus madres me miraban de reojo a la distancia. Me despedí y seguí mi camino hacia el zoológico, ahí donde mis amigos animales esperaban mi visita. Para cuando regresé a casa me topé con la sorpresa de que en mi puerta había una carta, escrita con la característica letra de un niño, se encontraban en ella las palabras de ternura que creí nunca más en mi vida volver a leer en mi vida. Inocencia.

Anduve tras uno de los ingenieros para que me empleara en las tardes y completar mi mísero sueldo, por nuestra cercanía se rumoró que tuvimos un idilio, ¿pero quién no tiene un idilio en un pueblo? Estoy segura que todo hombre, mujer o quimera que ha cruzado por mi puerta debe haber sido observado por todo el vecindario y he de ser la mujer más promiscua de Ota para estas alturas. Realmente eso no me importa, mientras ellos jamás se enteraran de a quién anhelaba en mi cama en los días lluviosos, la mujer con la que hubiese deseado despertar al inicio del día y la última que quería ver al dormir, por mí lo que pensaran o supusieran poco me importaba.

Poco a poco me iba recuperando del duro golpe que me lanzara el destino, pero lo que siguió yo creo que nadie se lo esperaba, pues una noche en la que decidí llenarme de reminiscencias puras, una noche bohemia donde desnudé en la oscuridad de la habitación mi atormentada alma, mi teléfono sonó registrando el último número que quería ver en mi vida entera. Shizuru. Naturalmente no contesté, no quería saber de ella, los rumores decían que había sido una orden directa la que me envió a Ota y no simples ajustes de personal como me habían dicho al inicio. La perpetradora de tal bajeza fue sin duda alguna ella, la ingeniera. Lo que no supe es por qué, qué daño le hice como para que mi presencia le resultara tan desagradable que hasta se tomara la molestia en cambiarme de ubicación. ¿Qué le hice yo para merecerme esto?

Me cuestioné mil y un veces la misma pregunta en cuanto supe que fue ella. Sin embargo, ahora poco me importaba, las cosas estaban como estaban y no tenían más remedio por de pronto. Aguantaría lo que el cuerpo decida y si aún no me acoplaba entonces renunciaría para buscar nuevas y mejores alternativas. Tal vez volviera con mi madre. Tal vez viviera con mi padre. Tal vez nada. Sólo dejé que el aparato repicara hasta que se cansó, luego lo apagué y decidí dormirme pues tenía una actividad en la zona más lejana de Ota al día siguiente por la mañana, la cual debía supervisar. Esa fue la última por cierto, pues regresando del lugar, volqué el auto en una curva y me salí del camino. Sólo así salí de Ota. Y así iniciaba la segunda parte de mi vida.

()()()

- "¡Cómo pudiste ser tan idiota!" - Uh - "¿Ya estás contenta?"

- "Mamá..." - Hola Natsuki, bienvenida a casa.

- "Cuando tú la armas te vas a lo grande Natsuki"

- "Mamá" - Maneja y deja de gritar, ¿sí? Gracias.

- "Despedazaste el pobre vehículo" - Estoy con vida, me siento bien, gracias por preguntar mamá - "Eres una irresponsable"

- "Madre, fue un accidente" - Dobló intempestivamente, que a Saeko le encanta hacer melodrama mientras conduce - "¿Acaso crees que un buen día decidí levantarme y salirme de la carretera para intentar matarme?" - Intentar, porque tan sólo unas cortadas tuve.

- "Pero es que contigo siempre es lo mismo eres tan..."

- "¡Madre!"

- "¿Qué?" - Me miró con furia, pero al ver mis ojos se calmó un poco.

- "De verdad que este no es el momento para reproches, no me siento tan bien como aparento"

Afortunadamente Saeko comprendió que aunque tuve un día de porquería donde por un simple descuido mío al conducir, provocó una movilización digna de un político importante, pues mucha gente me auxilió para sacarme del lugar en donde me encontraba y de hecho, muchos ni siquiera me conocían. Es extraño como obtuve la amabilidad y la calidez de desconocidos durante todo el día hasta que conseguí llegar a Fuuka, para llegar a tu propia casa donde tu madre te trata con la punta del pie. Pero así ha sido siempre, esta es pues Saeko y aunque la comprendo perfectamente porque soy igual que ella, eso no le quita el hecho de que es odiosa. He dicho.

- "¿Qué te dijo el radiólogo?"

- "Tienen los resultados mañana, pues ingresé como urgencias, pero al parecer nada se rompió"

- "¿Te sacaron placa de la cabeza?"

- "Sí" - Sonreí - "Tengo un cráneo digno de subir al facebook" - Lo sé, idiota hasta el final.

- "Pero tu mano..." - Mi mano se estrelló con la portezuela del carro, la tenía hinchada y aunque me la revisé recién accidentada y no dolía, ahora el malestar era insoportable.

- "No tiene nada"

- "Menos mal" - Por vez primera desde que regresé a Fuuka, Saeko actuó como una verdadera madre - "Ten" - Me regresó la soguilla que ella me regaló cuando cumplí quince años, hasta ese día no me la había quitado.

- "Gracias" - La guardé en el bolsillo de mi pantalón, creo que no la volvería a usar en mi vida.

- "Es una suerte que ese vehículo esté asegurado, los medicamentos son muy caros"

- "Sí"

- "Vamos a que descanses"

Eran las once de la noche cuando me acosté en mi vieja cama a descansar, fue hasta ese momento que pude recordar los eventos que habían acontecido durante todo el día. El ajustador, los policías, los curiosos, todos me preguntaron cómo pasó, pero no pude explicarlo. De hecho, no puedo explicarlo aún, un momento estaba viendo al frente y al otro de lado, pero cuando regresé la vista al camino ya era demasiado tarde. Simplemente me salí. Algunos trajeron la hipótesis de que seguro me dormí, pero yo lo dudaba, pese a todo les dije que sí porque estaba harta.

Recuerdo que en una ocasión alguien me contó que veías tu vida en un par de segundos cuando te encontrabas en peligro de muerte. Tal vez yo nunca lo estuve y por eso no la vi o quizás no hay gran vida que mirar ante mis ojos. Lo que sí recuerdo es que cuando me salí del camino y el auto se volteó, tuve un pensamiento tan nítido que seguramente lo recordaré por el resto de mis días con una gran sonrisa. 'Ya me llevó la v...' Sí, esa majadería fue la que me pasó por la mente, luego el chillido de las llantas, el golpe con la piedra, el árbol y mis manos aferradas al volante. Estuve en shock por espacio de unos minutos, al tener el cinturón de seguridad puesto no salí volando por los aires. Estaba de cabeza, todo lo veía así, me pregunté entonces por vez primera en la vida qué era lo que quería hacer en ese preciso momento. ¿Quieres salir o te quieres quedar ahí encerrada?

- "Quiero vivir"

Y así lo hice. Por vez primera desde que toda esta pesadilla comenzó, decidí aferrarme a la vida y dejarme de tonterías. A la oscuridad de la habitación que solía utilizar en Fuuka, en el silencio nocturno donde sólo la vieja casa podría escucharme, regresé los días hasta antes de que me los arruinaran. Nunca más me dejaría abatir, jamás volvería a amar.