Prisionera

Acto Dieciocho

Un nuevo escenario.

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Con desilusión y desgano, Kaoru se levantó del futón al sentir que le bajaba la sangre. Ya en el baño, se mordió los labios para no gritar de la frustración al notar su ropa interior manchada. Otra vez no sería madre.

La llenaba de tristeza pensar que una vez más, se había ilusionado para nada. Ya llevaba casi tres meses sin menstruar, y ahora su sangre se le escapaba junto con esa vida que ella ansiaba albergar en su vientre. Respirando para contener sus sollozos, se devolvió a la cama, y del modo más natural que pudo, se acostó dándole la espalda a Kenshin.

Éste de inmediato despertó y la abrazó. Tres años de matrimonio lo hacían conocerla a tal grado, que bastaba verla a lo lejos o sentir su energía para saber cómo se encontraba.

-Tranquila, Kaoru… - susurró mientras ella lloraba.- Debes saber que realmente soy muy feliz contigo, eso no cambiará nunca. No necesito de nadie más que tú. Si no podemos ser padres ahora… -

Los días que siguieron, Kaoru deambulaba muy callada por la casa. Kenshin la miraba a la distancia, un poco desesperado, porque no sabía qué decir o hacer para sacarla de ese estado. Habían pasado por eso ya unas siete veces en todo ese tiempo y la joven siempre se retraía, pero cada vez su sonrisa era más esquiva, a diferencia de cuando se casaron, que reía por todo. Kaoru había perdido algo con los años que Kenshin no sabía cómo devolverle.

Él sabía que ella sufría con los comentarios de las mujeres del pueblo, que de ser agradables conocidas, se convirtieron en el verdugo de la joven. Siempre preguntando, hablando, discutiendo… Kenshin decidió que él haría las compras y Kaoru permanecería en casa, a menos que él la acompañara. Nadie la haría sentir mal por no tener aún un mocoso en brazos. Él la protegería de cualquiera que la hiciera sentir menos o poco apropiada como esposa, incluso como mujer.

La recibió en sus brazos cuando llegó de sus labores del día. No era extraño que ella ansiara un hijo que le hiciera compañía cuando él no podía llevarla con él a su trabajo. Con remordimiento, mientras ella se apretaba a su cuerpo, pensó en Kojiro Kamiya. Lo había recordado varias veces a lo largo de los años, pensando en que él sería esa inyección de felicidad que necesitaba Kaoru. Tal vez ella se olvidaría del asunto del hijo si sabía que su padre estaba vivo. Tal vez las cosas irían mejor. Se equivocó al mantenerlos separados.

Kenshin no estaba seguro de poder seguir afrontando solo los abortos de Kaoru, sabiendo que alguien más mitigaría el dolor de la joven. Besó a su esposa en la frente, pensando en averiguar si Kojiro Kamiya seguía vivo y dónde.

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Megumi se encontraba vendando el pie de un niño cuando notó que alguien entraba a su consulta. Por el rabillo del ojo, supo que se trataba de Sanosuke. Un poco nerviosa, acabó con el paciente y se lo entregó a su padre.

Luego, muy dueña de sí misma, saludó a Sanosuke como si nada y se dedicó a ordenar unos frascos de medicina.

-Podrías haber avisado que venías.- dijo ella un poco molesta.

-Debe ser que nunca se me ha quitado lo bruto.

Megumi recordó las veces en que insultó a Sanosuke gratuitamente. Lo notó bien vestido y un poco más maduro, pero sólo un poco. Se mordió la lengua para no tentarse de pedirle disculpas por los insultos y arrebatos anteriores.

-Vine para contarte que he finalizado mi instrucción y ahora puedo ejercer como ayudante de médico. Tal vez, más adelante, pueda abrir mi propia consulta.

La doctora se giró en seco.

-Olvídate que practicarás con mis pacientes.-

-Sigues tan agradable como siempre. No te enojes tanto, que te pondrás como una bruja de arrugada.-

-¡¿Acaso viniste a hacerme enfadar? Mejor regrésate a tu pueblo, con tu dulce esposa que es la única que te tolera.-

Sanosuke sintió que lo golpeaban en el pecho. Por su expresión, Megumi supo que había metido la pata con sus palabras.

El joven hombre se levantó pesadamente de su asiento.

-Pensé que ya que no podíamos hablar sin pelear, leerías al menos, mis cartas. Sayo… -Afectado, Sanosuke se dio valor para continuar.- No soportó la neumonía que le vino este invierno. Y no sabes cuánto daría yo por volver a verla.-

-Yo no lo sabía… - repuso Megumi afligida de verdad. Claro, no era que Sanosuke estuviera más sobrio para vestir: es que se encontraba de luto.

-En fin, venía a decirte que empezaré como ayudante de médico en un pueblito lejos de aquí. Ya sabes que no tengo familia, y tú… bueno, eres lo más parecido a eso que tengo. Por eso quería despedirme aunque fuera de tí. Por cierto, nunca pude entender tu necesidad de discutir conmigo e insultarme. Si un día tienes la respuesta, me sentiré muy bien si me la dices. Y… no sé si escribirte… después de todo… sigo siendo un tonto. Nada contigo vale la pena.-

Sanosuke salió a enfrentar el calor de la calle y Megumi se mantuvo estática por un momento. Luego se arrojó a su escritorio donde sin abrir, se encontraban las cartas de Sano.

Un matrimonio feliz: "Nadie me había entregado jamás tanto respeto y amor", decía. Más adelante, la noticia de que estudiaría seriamente sobre la medicina. En otra le contaba que había sido padre. Finalmente, que viniera, porque Sayo estaba muy mal. "Confío mucho en ti" le puso. La siguiente carta era de hacía pocos días. "No pude contarte en su momento", "No sabes cómo duele saber que no volveré a verla", "Megumi, ¿sabes cómo se calma este dolor?"

No era extraño que él estuviera tan enojado con ella por no leer sus cartas. Había volcado toda su ternura al escribirle a quien consideró su única amiga. Ese tipo de cosas que los hombres bien machos no le muestran a los demás, él se lo brindó a ella.

Cerró el consultorio y se lanzó al pueblo en su busca. Lo encontró en la plaza del pueblo, jugando con una niña pequeña, su hija, sin duda. ¿Tendría unos dos años? Ya caminaba.

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Aoshi se tomó un descanso y salió a tomar la rica sombra del limonero que había en el patio de su nueva residencia. Okina lo encontró.

-¿Se han ido ya los clientes del mediodía?-

-Desde luego. Omasu ya se encuentra limpiando el restorán y Kuro prepara el menú de la tarde.

-Me alegro, hijo. He notado que la hija del capitán de policía está interesada en ti. ¿Qué piensas?

-Me halaga mucho la idea, pero nada más, padre. Esas cosas no me interesan.

Apoyado en su bastón, Okina suspiró.

-Un hombre no puede quedarse solo. Necesita una mujer y tener descendencia, ya después puedes ver si quieres seguir en solitario. Tal vez una compañera y un hijo te quiten esa soledad.

El anciano se retiró y Aoshi se quedó mirando pensativo, las hojas verde amarillas del limonero. Pensó en Misao. ¿Por qué las cosas tuvieron que suceder de ese modo?

Alelada con las historias de ninja y con la idea de ser la princesa ninja, Misao había tomado la férrea decisión de entrenarse en esos asuntos. Desde luego, sus cuatro guardianes no pusieron reparos en tal cosa, pero Aoshi, que era más pragmático, advirtió que ese sería el comienzo del fin de su relación. Y trató de darle argumentos que la convencieran de dejar esa idea y regresar a casa a contraer nupcias con él.

-Estamos en una nueva era en que los guerreros son simplemente las personas que trabajan y luchan cada día para subsistir. No es necesario que aprendas sobre conspiraciones, mensajes secretos, ni esas cosas. Misao, ese entrenamiento toma años, desde la infancia del ninja. Ya estás muy pasada. Por otra parte, mi padre me necesita. No puedo acompañarte más que un par de semanas.-

Misao le había dicho que aún en la nueva era de Meiji, las personas sufrían y tenían problemas o eran abusadas. Que si ella hubiera tenido ese poder antes, hubiera protegido a Kaoru, su prima y habría hecho más cosas buenas, como ayudar a Angie a permanecer con los niños en el hogar que tenían. Cuando los argumentos no funcionaron, pasaron a las discusiones y un día, simplemente, Misao le dijo que para ella era más importante ser ninja que tener novio, delante de los demás que se habían reunido a comer carne asada para inaugurar la primera sección de la nueva casa de niños.

Ni siquiera Kenshin, que había influido un poco en el gusto de Misao por los ninjas, se esperaba esa reacción de ella.

Menos Kaoru, que siempre supo que la joven estaba enamorada de Aoshi.

Asi que Aoshi tomó sus cosas y regresó a su hogar al día siguiente. Los días se convirtieron en años y ella nunca trató de comunicarse con él. Cuando se cansó de esperarla, Aoshi decidió mudarse a una casa más cercana al restauran que tenía con su padre y allí comenzó una nueva vida.

-Todavía la extraño.- murmuró para sí el hombre, apoyado en su limonero. Tal vez, con un poco de suerte, algo pasaría y él olvidaría esos sentimientos.

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La verdad, los hijos de Matsusoo le habían perdido el respeto. Tras irse a "buscar a Misao", dilapidó buena parte de la fortuna de la familia contratando sicarios y rastreadores. Sus hijos mayores se hicieron cargo entonces de las finanzas y de ese modo se empezaron a recuperar un poco, hasta que meses más tarde, Matsusoo regresó sumamente delgado y medio loco, del brazo de su hermano Kojiro.

Los jóvenes no podían creer que su tío estuviera vivo. Pensaron mucho en Kaoru y en las maldades que le hizo su padre.

Pero además, Matsusoo venía un poco loco y bastante golpeado. Tuvieron que llamar al médico de la familia para que lo recompusiera y de paso, escucharon todo lo que su tío Kojiro les tuvo que contar sobre él, incluida la violación de Shizuru.

-Tras enterarme de su pasión malsana por mi hija, tuve que haberlo matado, pero no pude, porque es mi hermano. Pero un amigo de ella en ese pueblo descargó su rabia contra él y lo dejó en ese estado. Como hijos, deben hacerse cargo de él, porque yo me voy a buscar a Kaoru.-

Los hijos se hicieron cargo de su padre como mejor pudieron, pero ciertamente Matsusoo había cambiado. Ya no veían en él al hombre jovial y fuerte de antes. Parecía que al violar a la muchacha, había dejado salir lo peor de su alma y ahora, eso se lo estaba comiendo. Permanecía callado, en su patio mirando la nada. Pero sus hijos intuían que algo peligroso había dentro de él y si bien la tradición los obligaba a cuidarlo, no era lo mismo que antes de que desapareciera Kaoru y Misao.

Sobre el tío Kojiro, se había ido de viaje a Tokio, a su casa, a recuperarse unos días del viaje antes de emprender nuevamente. Kenshin, que a la distancia había previsto esa posibilidad, manipuló las cosas de tal manera, que cuando Kaoru fue a retirar su dinero y a visitar la casa, ni siquiera sospechó que su padre pudiera estar ahí. Finalmente, Kojiro, enterado del dinero en movimiento, decidió empezar la búsqueda de su hija en los pueblos cercanos a Tokio. Nunca dio con ella, porque ella estaba muchísimo más lejos, en Sakura.

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Un poco nerviosa, Misao aguardaba la llegada de su nuevo futuro jefe. Un oficial de policía de esos que dicen que son incorruptibles. De esos con los que ella y su grupo soñaban trabajar.

Hacía ya varios meses que Hannya, Beshimi, Hyotoko y Shikijo habían declarado que no tenían nada más que enseñarle, asi que la joven tomó sus conocimientos y se fue a presentar ante los policías para trabajar contra los malos. Desde luego que al verla, se mataron de la risa y la echaron a la calle, pero la chiquilla no se dejó abatir por eso. Regresó dos semanas después con una completa investigación sobre cada uno de los que se rieron de ella. Tras ver los datos, los oficiales se pusieron serios. Y esto llegó a oídos del capitán, que más serio aún, le pidió a Misao datos sobre la yakuza local.

Apenas un poco de tiempo después, tenía todo lo que necesitaba saber para hacer la captura del cabecilla de la zona. Y dicen que esa captura llegó a oídos de un tal Goro Fujita que se interesó en el capitán. Desde luego, este tuvo que confesar que le había ayudado un grupo ninja.

-Diles que busquen información de Shishio Makoto.- ordenó Goro. El capitán traspasó el pedido a Misao y ella a sus guardianes. La carpeta que llegó un mes después lo dejó impresionado. Coordenadas, ubicación, costumbres del grupo como para establecer un modo de asalto a su residencia. Goro de inmediato ordenó una junta con el líder del grupo ninja para trabajar con ellos.

Y ahora, que venía entrando y veía en el pasillo a una mocosa vestida de kimono, se preguntaba si no le estarían gastando una broma.

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Aoshi estaba terminando la contabilidad cuando decidió darse una vuelta por el restorán. Entonces entró un hombre que le llamó la atención. Sentía que lo conocía, pero a la vez, estaba seguro de no haberlo visto nunca.

Éste se acercó a cada persona del restorán y les dijo algo. Todos hicieron un gesto de negación y Aoshi pensó sacarlo, porque seguramente, estaba molestando a su clientela.

La sensación de reconocimiento se acrecentó al ver los ojos del sujeto. Aoshi incluso se sintió un poco mareado.

-Busco a Kaoru Kamiya, mi hija. ¿La conoce usted?- preguntó el sujeto sin rodeos. Sin duda estaba acostumbrado a preguntarle eso a todo el mundo.

¿Kaoru Kamiya? ¿La chica que fue su prometida, la prima de Misao, la joven que ahora estaba casada con Kenshin?... ¿Acaso este hombre era Kojiro Kamiya?

-Tengo entendido que el padre de Kaoru murió en la guerra, hace ya algunos años.- repuso el joven, estudiando las facciones del hombre que se iluminaron cuando él mencionó algo que sólo alguien cercano a su hija podía conocer.-

-¿La conoce usted? ¿La ha visto? ¿Vive aún?-

Aoshi no estaba seguro sobre qué responder, pero mientras lo pensaba, invitó a Kojiro a sentarse y luego, le dijo a Omasu que le sirviera el menú que él quisiera. La casa invitaba.

-Mi nombre es Aoshi Shinomori, y Kaoru fue mi prometida poco después de enterarse que usted había muerto en la guerra. Tuvo que escapar porque Matsusoo le daba malos tratos.-

-Lo sé.- dijo compungido el caballero.- lo supe tarde, cuando me lo encontré en la casa que ocupó mi hija, atacando a otra joven muy parecida a ella.

Aoshi afinó el oído. Kaoru en varias ocasiones le contó sobre una casa en la colina donde vivía con Kenshin. Y de la que extrañamente tuvieron que huir con Kaoru malherida.

-Allí conocí a dos personas que me ayudaron, la doctora Megumi y el joven Sanosuke. También a Sayo, su prometida y Chizuru… -

Si, definitivamente, Aoshi había oído hablar de ellos.

-Sobreviví a la guerra solo para regresar a cuidar de mi hija y ver que esté en buenas manos. No sabe el desasosiego en que he vivido todo este tiempo.

-Vi a Kaoru por última vez hace como dos años. Estaba casada con un buen hombre, y tenía una casa muy bonita. Ella siempre pensaba mucho en usted y le tenía un altar especial.

Kojiro no pudo seguir comiendo a causa de las lágrimas de emoción. Finalmente sabía de su hija, su niña se encontraba bien, y ahora, más que nunca, le entraba la urgencia por verla.

Aoshi lo comprendió, y rápidamente tomó una decisión.

-Si me da unos días, puedo organizar todo para acompañarlo hasta ese lugar.-

-No es necesario que se moleste. Si me da las señas, puedo llegar solo.-

-No es aconsejable.- repuso Aoshi.- Hace unos años, su hermano puso a todo tipo de indeseables a buscar a Kaoru y a Kenshin. Incluso ella resultó herida en una ocasión y por eso, para protegerla, Kenshin tomó muchas precauciones al emplazar su casa. No es fácil dar con ella y si saben que alguien en el pueblo pregunta por ellos, es posible que tomen sus cosas y se larguen de allí. Por eso, mejor espéreme esos días.-

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Kenshin ya estaba decidido. Propiciaría un encuentro entre padre e hija. La primera parte de su plan era averiguar si Kojiro vivía, y luego, averiguar dónde. Posiblemente fuera en Tokio, donde siempre. Luego, convencería a Kaoru de salir a pasear y listo, encuentro asegurado.

Si con eso le quitaba esa tristeza que se traía, por él estaba bien. Lo importante es que Kaoru jamás supiera que él sabía de la existencia del padre… Megumi y Sanosuke estaban al tanto de eso, por eso a la casa de la colina no podían volver tampoco, a menos que él se adelantara y amenazara a esos dos con rebanarles el cuello si abrían la boca. Después de todo, Kaoru sentía nostalgia de ese lugar, quizá le haría bien regresar y ver a sus amigos.

Kaoru apareció ante él con un rico trozo de sandía y se sentó a su lado.

-Hace tiempo que nadie molesta a Angie y a los chicos, y he pensado que podríamos hacer un viaje. Tengo dinero ahorrado. ¿Qué te parece, mi amor?-

La joven sonrió.

-Está bien.-

Kaoru se apoyó en él y suspiró. Rodeándola con su brazo, Kenshin la observó unos minutos.

-Kaoru… ¿eres feliz conmigo?

-Mucho.-

-Yo también soy feliz contigo. Creo que nunca me cansaré de repetirlo. Dime… ¿Te gustaría que volviéramos a la casa de la colina?-

Los ojos de Kaoru se iluminaron cuando recordó el estanque que Kenshin había hecho, la vegetación, el huerto de plantas medicinales y sus infantiles peleas. O los fuegos de artificio que lanzaban desde el río. Pensó en su amigo Sanosuke, o en Megumi. Quizá ella pudiera ayudarle con su problema de no poder retener sus bebés.

-¿De verdad regresaremos?-

-Dame tiempo, para organizarlo todo y hablar con Angie.-

Esa noche, Misao regresó a casa de su prima para visitarla. En el camino, se encontró con Kenshin que llevaba unas verduras.

-Entonces, aún no se embaraza.-

Kenshin suspiró.

-A veces me da la impresión de que se está obsesionando con eso, y quiero hacer algo por ella, pero necesito de tu ayuda. Tal vez, podamos darle una gran felicidad.

-Dime, haré lo que sea por Kaoru.-

-Verás… es una idea loca que se me ha ocurrido. He escuchado en el pueblo, historias de gente que fue a la guerra, que las dieron por muerta y regresaron tiempo después. Que como estaban malheridos como para contestar a sus nombres, pensaban que ya no contaban. Pienso que si existiera una posibilidad de que el padre de Kaoru… -

Misao de inmediato comprendió.

-¡Pero qué inteligente eres! Nunca se me habría ocurrido buscar a mi tío Kojiro, pero… claro, ahora las redes Oniwabanshuu están reactivadas, sin duda algo puedo averiguar. Oh, Kenshin, realmente lo haré, esta misma noche… ¡no, ahora mismo! Dile a Kaoru que mañana vendré a verla.-

La pequeña joven salió corriendo y Kenshin se la quedó mirando. Qué fácil era enderezar algunas cosas.

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Sanosuke aceptó la invitación a cenar de Megumi, a modo de disculpa por todas las malas cosas que le dijo, e incluso de las que pensó de él. Su pequeña Tsuki estaba a su lado, con sus rizos castaños brillando bajo la luz de las lámparas. Era un preciosura, igualita a su madre.

-Papá… - balbució la chiquita y Sano le puso un poco de arroz en el platito.

-No puedo creer que seas padre.- dijo Megumi sirviendo las verduras cocidas.- En realidad, pensé que hasta el último de tus días serías un aventurero. Nunca te vi como hombre de hogar. Menos como futuro médico.-

-Sayo me convenció de que me perfeccionara. Ella notó que se me daban algunas cosas médicas. Aunque he de confesarte que me desmayé cuando nació Tsuki.

Sonriendo, Megumi se sirvió en el pocillo un poco de pescado.

-Dijiste que te irías lejos a hacer tu perfeccionamiento.-

-Me gustaría empezar de nuevo en otro lugar. No me pude quedar con el viejo Kaneda, porque esa casa está llena de recuerdos de Sayo y yo no creo ser capaz de soportarlo. Me costó sacar a Tsuki de esa casa, porque ni Kaneda ni Shizuru me la querían entregar, pero al final comprendieron que es mi hija y yo debo hacerme cargo.

Acabando de comer, Tsuki, que estaba toda manchada, estiró los brazos a Megumi. Sin importarle la suciedad, la doctora la tomó y bebió un poco de sake. Sanosuke la miró sorprendido mientras Tsuki jugaba con su pelo.

-¿No te importa mancharte?.-

-Vamos, es sólo una niña. Todos los niños andan sucios.- dijo Megumi relajada.

-Serías una buena mamá si pensaras en casarte.-

Tsuki se acomodó en el regazo de Megumi sin que los adultos se percataran mucho de este hecho.

-No lo sería. Nunca pensé en casarme porque lo primero para mí es mi carrera. Soy médico, ningún hombre me aguantaría tener que salir a medianoche a curar a un paciente. Por eso evito las rela… - Megumi decidió guardar silencio. Estaba dando demasiada información.- Tu hija se ha quedado dormida. Puedes acomodarla en el cuarto que era tuyo antes.

Con cuidado, Sanosuke tomó el bultito en sus brazos y con cuidado la cargó. Antes de que saliera del cuarto, Megumi lo detuvo.

-Este pueblo ha crecido y no doy abasto con mis pacientes. Si quieres, puedes ser mi ayudante. Sin más retos ni humillaciones. Te trataré como el hombre de categoría que eres ahora.-

Sin duda Sanosuke había madurado. En vez de reírse de ella o decir algo irónico, le agradeció la oportunidad y se fue a acostar a su hija.

Megumi pensó en Sayo mientras acababa su sake. La dulce mujer que había aplacado el carácter a veces fiero de su ayudante. La mujer que había conseguido que él sentara cabeza y pensara vivir para siempre en un hogar con hijos, sopas calientes y tardes de descanso. La que se fue porque su salud siempre fue delicada.

Posiblemente, durante muchas noches ella apoyó su cabeza en el hombro de Sanosuke, y recibió sus caricias y dulzuras. Megumi se puso de pie, decidida a no seguir pensando en eso.

Pero lo cierto es que siempre miró a Sayo con celos.

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Fin acto dieciocho

Un nuevo Escenario

Julio 16, 2011

Notas de autora.

Hola!

Mi computador expiró y compré un nuevo. Lo mejor es que tiene el Word incorporado, lo que me viene bien, porque al subir el texto a la página, no tengo que hacerle miles de cambios como si pasaba con mi programa anterior, Works.

Como ven, la trama ha cambiado bastante, pero no creo que por eso sea menos interesante. Así que veamos qué pasa ahora.

Blankiss.