Gracias por los reviews, la verdad que bueno que les haya gustado...me hace sentir orgullosa. Espero que este también les guste, porque a mí no me termina de convencer y no creo que sea bueno :/

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El cuerpo sobre ella era mucho más pesado de lo que parecía, pataleo y tiro golpes a lo estúpido, pero todos eran esquivados con facilidad. Aquel par de ojos dorados hacían que temblara lentamente, fue cuando una de las manos paso por su mejillas, limpiando con delicadez las lagrimas que corrían por ellas. Abrió lo ojos con sorpresa y fue cuando aprovecho la situación, intento empujarlo pero lo único que logro fue tumbar la capucha que lo cubría y lo primero con lo que se encontró fue con un par de ojos rojos, y de ahí en adelante no recuerda nada.

Se desmayo nuevamente.

Antes de despertar pudo sentir como el viento pegaba contra su rostro, escuchaba el sonido de hojas moviéndose pero no eran arboles y podía sentir el olor a tierra mojada sobre ella. Cuando abrió los ojos lo primero que miro fue el hermoso atardecer, se sentó con dificultad, le dolía la cabeza. Su boca se abrió ligeramente al ver donde estaba, un campo lleno de pequeñas flores azules*. Todo era bellísimo.

— Ya despertaste—

Al escuchar la voz detrás de ella se levanto rápidamente y sacudió su vestido con torpeza. Ahí estaba aquel hombre de la capucha de lobo, trayéndola puesta, parado frente a ella. Ahora que podía mirarlo bien parado, se pudo dar cuenta de varias cosas, este era mucho más alto que ella, tenía un cuerpo de el típico hombre que hace ejercicio y su piel era mucho mas pálida de lo que recordaba.

— ¿Qué demonios quieres?— pregunto ella con enojo.

—Nada— aquella respuesta solo logro que la sangre en sus venas hirviera lentamente, los ojos le empezaron a picar, tenía ganas de llorar. El chico ladeo la cabeza levemente, por la voz podía deducir que no tenía más de 25 años— Solo…solo…solo quiero un beso.

El tono de voz del chico demostraba que estaba inseguro de sus palabras. Mientras, ella se congelo, aquellas palabras lo lograron, empezó a dar pasos hacia atrás y él lo hizo hacia enfrente. Cada paso que el daba hacia adelante ella daba dos hacia atrás. Elizabeta no despegaba la vista del "lobo", pero…mala idea, al no ir mirando de vez en cuando hacia atrás, no miro la enorme roca detrás de ella y lo primero que paso, aterrizo en el suelo. Se levanto ligeramente y se tallo la cabeza, al recordar en la situación en la que estaba se intento levantar, pero en cuanto quiso apoyarse en su pie cayó de trasero al suelo.

— Demonios— se sobo con cuidado el tobillo, mirando como este se empezaba a hinchar lentamente. Hizo un vano intento de volver a ponerse de pie.

Pero nuevamente no pudo sostenerse e iba a caer al suelo si no fuera porque un par de brazos la sostuvieron antes de la caída. Alzo la mirada y lo primero que miro fue el hocico de la capucha de lobo, el hombre la cargo, tipo princesa y empezó a caminar. Sintió como sus mejillas ardían, ¿Por qué le agradaba estar en los brazos del tipo?...miro hacia arriba, observando la barbilla de quien la cargaba, la capucha dejaba al descubierto todo el mentón y la barbilla, siendo posible ver una pequeña parte del rostro del hombre. Una sonrisa confiada apareció en su rostro.

Estiro las manos lentamente y antes de que el tipo lo pensara tomo la capucha, quitándola del rostro del. Pero no espero hacerlo con tanta fuerza, el chico se fue hacia atrás y la soltó a ella, dejándola caer en el suelo justo con el pie herido, un grito de dolor escapo de su garganta, las lagrimas se acumularon en sus ojos pero no dejo que ninguna escapara. Fijo su vista en el otro que se sentaba lentamente en el suelo, este se tallaba el rostro con fuerza. Observo su cabello, era blanco, como la nieve que caía en invierno.

— ¡¿Eres estúpida o qué?— Después de varios segundos el chico hablo, más bien le grito— ¡Lo único que haces es herirte más!

La batalla de miradas empezó, los ojos de ella, que soltaban lagrimas lentamente, estaban fijos en el par de orbes rojizas del otro, al final el la gano. Las mejillas de Elizabeta estaban rojas, tenía que aceptar una cosa, el chico era guapo. Los rasgos angulosos, la nariz recta, la piel pálida, los ojos rojos y los labios rosados, de solo verlos le daban ganas de… ¡¿en qué demonios estaba pensando? Los pasos de él se empezaron a alejar, ella se volteo rápidamente hacia donde los había escuchado.

— Oye— el chico se volvió, el ceño fruncido demostraba que estaba enojado, en una de sus manos llevaba la capucha— ¿Me piensas dejar aquí tirada?

—Si— el chico se volvió a girar— Intente ayudarte pero no aceptaste mi ayuda.

—Espera… ¡Por favor!— la chica intento pararse, lo logro y empezó a brincar en un pie hasta llegar a un árbol y poder recargarse— Por lo menos devuélveme a la cabaña.

—No lo voy a hacer— el de cabellos blancos empezó a avanzar, Elizabeta se empezó a frustrar "mierda, si no me ayuda me voy a morir aquí, ¿ahora qué hago?" debatía mentalmente la castaña, hasta que una idea surco por su mente, no le agradaba pero, quería seguir viviendo.

— ¡Si me llevas…— el chico continuo caminando, no había avanzado demasiado—…te voy a dar un beso!

Fue ahí cuando él se detuvo, fijando sus ojos en los verdes de ella. El silencio solo era roto por el frágil sonido de las hojas moviéndose al compás del viento, después de varios minutos de una batalla de miradas, el gano. Ella bajo la vista sonrojada, regañándose mentalmente por lo que había dicho, estaba a punto de dejarse caer en el suelo cuando dos brazos la levantaron, cargándola con mucho cuidado, como si fuera un cristal que con un simple toque se rompería. No pudo evitar levantar la mirada, para encontrarse con ese extraño par de ojos rojizos.

El tipo empezó a avanzar lentamente por el sendero, observando de vez en cuando a la chica entre sus brazos. Poco a poco los tonos anaranjados que el cielo les brindaba desaparecieron convirtiéndose en un azul oscuro. A lo lejos alcanzo a divisar la cabaña, en completa penumbra, se pararon en la puerta y él le dio una patada, con la intención de abrirla. La chica se resistió las ganas de lanzarle un puñetazo al chico, lo único que le quedaba de su abuela y el queriéndola destruir.

— Ya te traje, ahora lo que prometiste— fue dejada con cuidado sobre una silla, el chico se empezó a acercar a su rostro, sin notar el enrojecimiento de las mejillas de ella, y justo cuando estaba a punto de rozarle los labios, ella puso un dedo sobre su boca.

— No tan rápido, Romeo— el chico frunció el ceño y se alejo— Aun tengo que curarme la herida.

—No mencionaste eso antes— intento debatir el peliblanco.

—Que no te interese…ahora trame el botiquín, está en el armario—

El chico hizo caso a la orden de ella, trayéndole el objeto. Ella aprovecho para ver las vestimentas del, una camisa negra, un chaleco café y pantalones del mismo color, además de las botas negras y guantes del mismo color, era una vestimenta…sencilla, comparada a como Roderich se vestía. El botiquín le fue entregado, ella se quito el zapato para intentar disminuir el dolor, a pesar de sus intentos nunca pudo hacer un trabajo aceptable. Cuando el chico quito sus manos y empezó a vendar el pie no pudo evitar sonrojarse, aunque en el fondo, muy en el fondo, lo que sentía era enojo…aun recordaba lo que había hecho el chico.

—Muy bien— dejo caer con cuidado—ahora sí, dame lo prometido.

— ¡Espera, espera, espera!— la chica empujo el rostro de él lo mas que pudo, haciéndolo caer de sentón en el suelo— Ahora me tienes que contestar unas preguntas— el chico suspiro y se cruzo de brazos y piernas con enojo— ¿Cuál es tu nombre?

— Gilbert— el chico sonrió, intentando hacerlo lo más dulce que pudo— ¿y el tuyo?

—…Elizabeta— contesto ella no muy convencida de darle información al chico de ojos rojos— ¿Cuántos años tienes?

— 23— el chico se levanto y empezó a dar vueltas por la sala.

—un año menor que Roderich— al parecer aquel nombre llamo la atención del "lobo"

— ¿Quién es Roderich?—

—El es mi…mi…— ella pareció pensar muy bien lo que iba decir—…mi prometido.

El chico volvió su vista al frente, parecía…decepcionado. Elizabeta miro el suelo, como si fuera lo más increíble del mundo, mientras pensaba la próxima pregunta que iba a hacer. Después de varios segundos de silencio sepulcral ella abrió la boca para decir algo.

— ¿Por qué mataste a mi abuela?—

La tensión que había momentos antes era pequeña comparada con la que se acababa de presentar. El chico dejo la fotografía que estaba mirando en su lugar y se giro para poder verla a ella, que tembló ligeramente al sentir la gélida mirada de Gilbert sobre ella.

—Yo no lo hice— el tono frio y estoico del chico, la hicieron temblar aun más.

—Claro que tú lo hiciste…cuando yo llegue mi abuela estaba sobre el suelo muerta y a los segundos tu apareces— utilizo el mismo tono que el con la intención de poder demandar autoridad sobre el chico.

—Te juro…que yo no lo hice— cada palabra era marcada, cada una con más dolor. El se acerco y se arrodillo frente a ella, que empezaba a derramar lágrimas lentamente.

— Si tú no lo hiciste, entonces… ¿Que hacías dentro de la casa?—

El chico sonrió suavemente ante la pregunta de ella.

— No te puedo mentir sobre eso— la miro fijamente, como si intentara atravesarla con aquellas atrayentes dagas carmesís— Cuando te mire en el bosque no pude evitar seguirte, era muy linda a pesar de ser pequeña… entraste a la cabaña y yo hice lo mismo, entrando por la ventana—suspiro lentamente, pasando una de sus manos por sus cabellos— Cuando escuche tu grito, salí de mi escondite y fue cuando creíste que yo la había asesinado… ¡Pero yo no lo hice!

—No te creo— la frialdad en las palabras de ella eran notables, el chico cerró los ojos, su rostro solo reflejaba dolor.

Todo ese tiempo había soñado que el reencuentro con ella iba a ser maravilloso, pero siempre hubo varios problemas… el hecho de que ella creyera que él era el asesino de su abuela era uno y el más grande. Creía que cuando la volviera a ver ella se enamoraría del y serian felices por siempre…pero como en los cuentos de hadas, el villano siempre terminaba solo o muerto. Y lamentablemente en el cuento de ella él era el villano.

—Te voy a dar una oportunidad— menciono ella después de un largo silencio— te daré una oportunidad para que me convenzas de que no lo hiciste.

Lo ojos de él brillaron con determinación… ¿Quién decía que él no podía cambiar el rumbo de este cuento de hadas?

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