La autora de aquella carta le había dicho que llegaría en la tarde pero…
¿Qué era tarde para esa persona?
Kai deambulaba impaciente por las distintas habitaciones, de la sala a la cocina de ahí subía las escaleras rumbo a su alcoba y regresaba de nuevo por los pasillos; la mansión de Voltaire era muy grande para él solo.
Podía contar con sirvientes, los que cuando era niño lo llegaron a atender las contadas veces que iba a ese lugar pero había dejado en claro a su abuelo que si quería que se quedara en esa gran residencia mientras estaba ausente debía de darle trabajo a la servidumbre en alguno de los otros condominios Hiwatari alrededor del mundo. Y así fue.
Cuando pasaba por la mesa del comedor volvía a mirar las cartas y se detenía a verla, había leído las mismas palabras varias veces y nada se despejaba en su mente, a penas y podía recordar su infancia.
En eso tenía razón esa remitente desconocida, muchos estragos quedaron de esa noche que se decidió a robar el Black Dranzer; en su mente los recuerdos se limitaban a sentir el blade en sus manos, a girarlo y al liberar a la bit un resplandor cegador lo dejó sin noción de si mismo. La luz se apagó mientras caía al suelo pero pudo escuchar un estruendo potente.
Después… todo estaba en blanco.
El antes era algo difuso, solo los pasillos de la abadía, los cables conectados a su cuerpo para monitorear sus signos antes y después de las batallas, la celda fría en donde dormía escasas 5 horas diarias. El catre incómodo pero que era a la vez tan acogedor al final del día,
Muy pocas veces lo reprendían, no por ser nieto de Voltaire, sino por su comportamiento tan disciplinado. Recordaba a duras penas la voz de Balkov, por eso en el primer campeonato tardó tanto en reconocerlo.
Había algo mas... pero que no podía terminar de concluir que era.
Tenía la sensación de que no estuvo solo, de que no fue una etapa tan dura.
[…]
La mañana estaba demorando mucho en pasar, la casa se convertía en un enclaustro y su mente en un laberinto sin salida que se extendía cada vez que seguía tratando de dar con alguna mujer en la abadía.
Bueno… una niña en aquél entonces.
No recordaba haber visto vestigios femeninos durante su estancia, sin embargo no se fiaba de sus recuerdos, porque no eran muy concretos.
Se quedó dormido en el sillón, era como mediodía, con la vista cansada de ver el portón de la entrada y un fuerte dolor de cabeza que le había privado de sentir apetito desde que despertó hasta entonces,
Entre sueños se aparecía una sombra irreconocible en los corredores de la abadía. Era una persona, eso si podía dilucidar mas no podía decir quién era.
Lo acompañaba en todo momento, dándole seguridad.
Incluso soñó con el acontecimiento de Black Dranzer, porque como eso era lo que mencionaba la carta era lo que mas rondaba en su mente.
Pero estaba observando desde una perspectiva en tercera persona: se veía a él de niño, de unos 9 años tirado en el suelo, la abadía semidestruida, y una personita que corría hacia su cuerpo inerte. Agudizó la vista para ver los rasgos de ese ser, pero justo cuando la luz del exterior le dio en el rostro…
El timbre resonó en toda la mansión.
Despertó sobresaltado y agitado, molesto porque se había quedado dormido y por el ruido de la campanilla.
A penas recordaba lo que acababa de soñar… y llegó a su mente la posibilidad que si bien no la vio en el sueño justo ahora se encontraba del otro lado de la puerta; su corazón se acelero intrigado, ansioso, curioso…
¿Ya era tarde?
Volvió la vista al gran reloj de pie que adornaba la sala, marcaba las 4pm
¡¿Cómo había podido perder tanto tiempo dormido?!
Dejo de preocuparse por eso al segundo resonar del timbre.
Avanzó hacia el portón, lentamente mientras escuchó el tercer timbre.
Giró el pomo con el corazón palpitando casi en su garganta.
Al abrir por completo la puerta vio la figura de una persona mucho mas bajita que él…
Unos grandes ojos azules, profundos e intensos, se toparon con los suyos. Bajó la mirada, viendo las demas características de esa joven. Su piel blanca resplandecía sin necesidad de la luz de sol, cosa que era curiosa en una ciudad tan sombría, porque aun con la ausencia de luz era una tonalidad pálida muy llena de vida, incluso mas brillante que sus ropas blancas. Sus formas eran perfectamente marcadas en donde debería haber curvas, su cabello tenía un color lila claro y sutil, caía en ondas largas hasta su definida cintura. Unas cuantas pecas se espolvoreaban alrededor e su pequeña y respingada nariz, sus labios estilizados y rosados se acomodaban en una sonrisa apacible.
Era una muchacha adorable.
Pero aun asi Kai no la reconoció,
Antes de que alguno dijera algo, ella se lanzó sin previo aviso para darle un abrazo fuerte, enlazada a la cintura del peliazul.
-Kai…-susurró.
-Eh.. ahm…-se aclaró la garganta.- Supongo que eres quién escribió esa carta.-Dijo en un tono terriblemente seco que incluso él desconoció de sí.
La chica se apartó lentamente, sonrojada de una manera exagerada lo cual desconcertó a Kai, quién la observaba con una ceja enarcada.
-E-eso quiere decir que.. ¿No pudiste recordarme?
El muchacho se limitó a negar con la cabeza, con un gran pesar muy bien disimulado, rozando en la indiferencia.
-¿Y por qué me dejaste entrar?
-Entraste sola niña, fuiste tú quien…-titubeó un poco antes de decir con un dejo de hastío para puntualizar, aunque sin mirar a la joven.- …me abrazó.
-Oh…-agachó
la mirada, con el rostro acalorado.-¿Quieres que me va…?-retrodeció
unos cuantos pasos al compás de cada palabra que decía
Y antes
de salir de la casa unos dedos se cerraron en torno a su brazo,
atrayéndola con un poco de fuerza hacia adentro y se encontró cerca
del pecho de Hiwatari.
-No te vayas.-dijo Kai casi con súplica tanto en la voz como en la mirada.
-No quiero irme.
Ella lo recordaba muy bien; estuvo en su mente todos estos años, sin embargo ya no era el niño quien dejó en la abadía, era todo un hombre sugestivo, enigmático, seductor…
No podía negarlo, siempre estuvo prendida de él, de esa inevitable atracción que ejercía cada que estaba a su lado, solo que cuando eran mas chicos no entendía a que se debía. Lo quiso, siempre lo quiso mucho.
Una nostalgia tremenda combinada con una enorme alegría la embargaron al estar ahí, teniéndolo de frente. Sus ojos se empaparon sin dejar resbalar ninguna lágrima.
Se estremeció al sentir la mano de Kai en su mentón, haciendo que levantara la vista para encontrarse con sus ojos carmesí.
-¿Me dirás quién eres?-susurró tranquilamente, ya sin las ansias o nervios de hacia unos minutos.
-A eso he venido.
-Bien, entonces te escucho.-Lentamente soltó su brazo, aunque hubiese preferido no hacerlo y le indicó la sala.
Ahí, mientras ella caminaba rumbo a los sillones no podía despegarle la vista, no tanto porque fuese tan bonita, sino porque le resultaba familiar. Enserio añoraba que volviera a su mente.
-¿Me
puedo sentar?
-Por supuesto.
-Gracias.
Kai la imitó luego de que ella se sentó primero.
-Vayámonos sin rodeos, ¿a qué se debe que me conozcas de la abadía? Hasta donde yo recuerdo siempre ha sido solo para varones.
-Pues sí, siempre lo ha sido, soy la única chica que ha salido de ahí.
-¿Por qué?
-Verás, Hiwatari, yo estuve en la abadía solo un año, de los 7 a los 8. Te conocí cuando Balkov nos hiso enfrentarnos para probar quién era mas fuerte.
-Ja… ¿Y eso para qué?-preguntó con un énfasis soberbio en la pregunta, seguro de si mismo y su récord invicto en la abadía.
-No te dará tanta gracia al saber que la ganadora fui yo.
-Estas bromeando.
-Para nada, fui creada para ser superior a ti en cuanto al beyblade.
-¿¿Creada??
-Así
es, soy una mezcla de genes y experimentos. Es algo complicado. Lo
que importa es que al principio me tenías resentimiento. Bastante.
-Suena lógico en mi.
-Sin embargo me fui haciendo tu amiga, me tratabas mucho mejor que a Tala.
-Eso es fácil.
-No, Tala era tu mejor amigo.
-Amigo ya es una palabra muy fuerte.
-Pues lo era.-clavó su mirada en la de él.-Supuse que te pasaría algo así, que serías tan frío. Puedo decir con gusto que mientras estuviste conmigo eras todo lo contrario. Al principio me odiaste pero luego… me tenias aprecio. Kai, tú me protegías de Tala y Boris que siempre me molestaban.
-Eso no suena a mi.-la empezó a ver con desconfianza.
Pero al encontrarse con sus ojos no podía pensar que le mentiría.
-Siempre has sido una buena persona… conmigo.
-¿Por qué? ¿Quién eres? No… no te recuerdo.
-No esperaba que lo hicieras.
-Yo si lo esperaba…
La chica levantó la vista, sorprendida.
-Ojalá tengamos tiempo para recordar.
Permanecieron un momento en silencio, intercambiando miradas curiosas.
-Ahora, pasando a otras cosas. ¿Te han invitado al torneo?-preguntó ella.
-Sí, la invitación llegó con tu carta.
-¡Mira!-sacó emocionada el mismo sobre que Kai había recibido.- Yo también asistiré, porque… irás, ¿cierto?
-Claro que sí. Tengo que ganar por fin un campeonato mundial.
-¿Para qué? La experiencia no te la dan los títulos que hayas ganado, sino las veces que has competido.
-Si es cierto que estuviste con Balkov sabes que la experiencia no lo es todo sin un buen reconocimiento.
-Nunca estuve deacuerdo con las normas de mi abuelo.
Kai volteó a verla, ahora si que mas que sorprendido.
Reconoció ese característico tono en su cabello.
-¿Eres
nieta de Balkov?
-Mi nombre es… Katherine… Balkovna. –dijo
su apellido en un susurro. Como si se avergonzara de el.
-No puedo creerlo. ¿Pariente de Balkov? ¿Ese hombre tuvo familia?
-Eh… en realidad no.
-¿Qué
dices?
-Es una historia complicada.
-Por eso podías estar en la Abadía, porque tu abuelo la manejaba y seguramente como no tuvo un nieto puso sus ambiciones en ti.
La joven rió al escuchar las conjeturas que sacaba Kai, mientras él la veía, aun deslumbrado por su presencia, pero un tanto ofendido por su risa.
Su llegada no estaba aclarando las cosas, pero las hacía interesantes.
La nieta de Balkov…
¿Qué relación tenía con ella?
