La nieta de Balkov estaba frente a él. Si ese hombre fue capaz de formar una familia ya nada podía sorprenderlo más. Su cabeza comenzó a resentir tantas palabras lanzadas sin preámbulos a su mente, sin una explicación realmente buena por parte de esa chica que acababa de llegar.
-Vamos Kai, reconstruyamos el pasado.
Ante la sugerencia de la chica, Kai no respondió de inmediato, seguía con la mirada en un agujero negro que atravesaba su infancia sin recuerdos y su presente tan insípido. Los rostros de sus conocidos se contorsionaban caprichosamente dejándolo solo. Lo único que lo acompañaba era el eco de la voz de Katherine, que insistentemente llamaba su atención.
-Puedo explicarte muchas cosas, muero por aclarar y recuperar esos años perdidos.
-¿Con qué objeto?- dijo por fin fuera de su trance.
-Pues… estar juntos. Como antes.
-Comienzo a creer que tienes una manera muy poco productiva de sobrellevar el presente, deja de vivir en el pasado niña.
-Pero… Kai…
Katherine lo miró, anonada por el cambio tan brusco de ánimo. Con una amargura observó cada movimiento de él hasta que le dio la espalda y no pudo evitar que sus ojos se humedecieran.
-Puedes irte. Tú y yo no tenemos nada de que hablar.
Ante tales palabras la chica no hiso más que llorar sin consuelo, sintiendo como aquello que amenazaba por explotar desde el momento en qué escribió aquella carta y había aumentado su intensidad al pararse frente a la puerta de la Mansión, detonaba de manera devastadora en su interior. Ocultó su rostro con sus manos y poco a poco fue empapándose de su propio llanto; todo lo que en la abadía le inculcaron en cuanto a la ausencia de expresiones y la frialdad en todo momento no había anidado en ella, el orgullo que caracterizaba a los egresados de Biovolt no le dejó huella y su naturaleza humana la venció ante los sentimientos que inundaban su pecho.
Kai, firme como un verdugo inexorable, no volvió la vista. No porque ignorara esa escena, sino porque sabía que la visión sería infinitamente más impactante que el lamento que rebotaba en las paredes con un eco inalterable. Sin embargo sucumbió a emociones inusitadas en él y movido más por el instinto que la razón giró hacia Katherine, quedando a escasos centímetros de la muchacha que se desmoronaba.
-¿Qué te pasa?-preguntó en un susurro, pero no obtuvo en respuesta más que los sollozos que escapaban de aquellos labios delicados.
Así transcurrió un tiempo que parecía haber quedado suspendido en el espacio. Las convulsiones que alteraban la frágil anatomía de la chica parecía ponerla en peligro de desarmarla. Kai sentía unas tremendas ganas de rodearla en sus brazos para tranquilizarla, pero no fue capaz de tocarla siquiera, a penas y la miraba, con angustia, con pena, con una serie de sensaciones que no podía describir.
Ella evitaba mirarlo, no podía con ese fantasma que usurpaba el cuerpo del hombre con que tanto soñó encontrarse al paso del tiempo, era cruel la realidad en la que ella no existía para el motivo de su existir. Poco a poco fue menguando el ritmo de sus sollozos hasta reducirlos a un suspiro entrecortado.
-Lamento haberte importunado.-fue lo único que ella le dijo al avanzar con pasos pesados hacia la puerta. Ni siquiera le dedicó una mirada.
-¿Qué fue eso?
-Eso, Kai, fueron 10 años de mi vida esperando encontrarte para llegar a darme de topes contra la pared. Esas fueron las piezas que me correspondían para armar la infancia que nos arrebataron, eran las respuestas a las preguntas que tantas veces te hiciste. Eso fue Katherine Balkovna de la mano con Kai Hiwatari aterrados en una celda aguardando por sus respectivos castigos. Eso fue lo que fuimos.
La chica apretó fuertemente los puños y conforme hablaba también la mandíbula, tratando de impedir que volviera a derrumbarse en ese sitio. Un nudo en su garganta se fue aflojando mientras decía aquello y al finalizar respiró hondamente y mandó sus grandes ojos azules hacia ese chico que no reconocía.
-Aún ocupo esas respuestas.
-Recógelas de tu alfombra, trata de interpretar el eco que quedó en tu casa.
-Katherine, yo no quería…
-Claro que no querías y sé bien lo que ahora quieres, pero también sé lo que no te lo voy a dar. Me has dejado claro que perdí mi tiempo al llegar aquí.
-No puedes irte, no tienes más a donde ir.
-Prefiero quedarme en la intemperie que causar más molestias a un extraño. Con permiso, yo me retiro.
La chica llegó hasta la puerta y por segunda ocasión le fue interrumpida su salida. Sólo que ésta vez se resistió y miró fijamente a su opresor; los ojos de éste se desconcertaron, vaciló ante el azul profundamente triste de aquella mirada que le decía un adiós forzado y, sin más, la soltó.
Katherine se encaminó hacia las calles, sin mirar atrás, con los brazos cruzados en el pecho; ese sitio en donde tanto se había calmado su pulso que a penas y era apreciable un ligero palpitar.
Kai, tan solo como había iniciado ese día, se sintió por vez primera abandonado.
Demoró unos minutos antes de comprender, en lo posible, la situación recién suscitada. Un calor enervante le caló los músculos y dio una patada al portón para que se cerrase, caminó en círculos unos momentos y se desplomó en un sillón, inclinado hacia adelante con la cabeza palpitando rápidamente de manera insoportable.
Era ella lo único en qué podía pensar y mientras más pensaba en ella más vulnerable se sentía, no sabía con exactitud quién era Katherine, sólo sabía que quería que volviera.
Era ella, sólo era ella y, al parecer, siempre había sido ella.
