Las calles de Rusia no podían ser más melancólicamente familiares; tan blancas de una manera deprimente como sólo a los ojos de ella podían ser. Las risas de los transeúntes le resultaban un eco difuso, las personas parecían traslúcidas, como fantasmas que asediaban un pueblo tenebroso.
Sin pensar hacia donde se dirigían sus pies a pesar de tener la vista clavada en ellos, Katherine se lamentaba por lo tonta que fue, había vivido años en una fantasía color de rosa, en donde ella volvía a reencontrarse con el amor de su infancia y pensaba que después de hacerle recordar ambos querrían estar uno con el otro y ser felices por siempre. Era una inmensa estupidez, ni siquiera una niña hoy en día creía en esos cuentos de felicidad absoluta que se avecinaba luego de encontrar al amor de tu vida. Kai nunca fue más que una ilusión utópica de los deseos más profundos de su vida, no conocía en lo más mínimo a ese chico que había ascendido hasta puestos mundiales en el deporte para que había nacido.
No era Kai lo que había visto, él se había ido con todos sus anhelos, con todo lo que era. Katherine era de Kai de una manera increíble, pero ahora sin él , ella no estaba segura de ser alguien.
Detuvo su marcha y se dio cuenta de que había llegado al lugar más tenebroso de su vida, el sitio en donde había pasado los años más duros hasta entonces, las paredes que se alzaban de aquél edificio le provocaban un escalofrío que recorría desde la nuca hasta el final de su espala. Tanto tiempo fuera de esos confines y al volver le regreso al cuerpo el encogimiento que siempre la acompaño durante la infancia. Sacudió la cabeza para volver en si, encontrándose con la joven que era, haciendo a un lado a la chiquilla asustadiza que se tenía que mantener impávida ante sus miedos. Alzó la frente y se acercó al portón, simplemente para leer la inscripción de su apellido en aquella placa que camuflajeaba ese reclusorio experimental disfrazado de una inofensiva abadía.
Estar de vuelta en Rusia era un viaje en el tiempo a los momentos más desagradables de sus 18 años. No había nada que valiera la pena para estar ahí, por ello dio media vuelta para tomar un avión que desconocía su rumbo pero que la llevaría lejos de todos los fantasmas que la rodeaban.
-¿Katherine?
Esa voz no provenía de sus pensamientos, era de alguien que conocía su nombre; sin duda alguien de su pasado. Al mirar atrás encontró el rostro inexpresivo de Yuriy, con un extraño brillo en los ojos que no supo descifrar pero la dejó paralizada, a expensas de los pasos con los que él se acercaba hasta llegar frente a ella y acariciarle una mejilla. Fue entonces cuando reaccionó y detuvo esa mano ajena.
-No puedo creer que hayas vuelto.
-Yo tampoco, pero ya me iré.
-Nada de eso.-la tomó en un repentino y agresivo movimiento del cuello para atraerla a él,- No huirás de nuevo.
-¿Qué… haces?
-Regresarle a Biovolt una de sus ovejas perdidas, supongo que la única que volverá. No sé si fuiste muy lista o todo lo contrario.
-Suelt…
Katherine comenzó a forcejear de manera inútil contra la fuerza descabellada que ahora poseía Ivanov, nada comparado con el flacucho niño que había sido cuando era ella quien le superaba en estatura. Los fríos ojos del pelirrojo penetraron en la mirada asustada de la nieta de Balkov,
-No sabes cuánto me dolió que te fueras. No te dejaré ir nuevamente…-susurró apenas para que ella escuchara y luego de eso alzó un ademán para llamar a otros dos Neoborg.- ¡Sergei, Boris!
Al llegar la colosal presencia del cuerpo de Sergei tomó por los brazos delgados a Katherine, quién inhaló con tremenda fuerza luego de que Yuriy la soltó.
-¡¿Qué te sucede?!
-Haz que se calle.-ordenó a Boris Kutnetzov, quien avanzó hacia la chica con un artefacto electrificado similar a una picana pero de un minúsculo tamaño que clavó sin preámbulos en el cuello de ésta y encendió una descarga.
Ella se desvaneció al instante, Sergei la llevó en brazos mientras seguía al pelirrojo y Boris iba al final.
-¿A dónde la llevamos?
-Primero a mi habitación, después la llevaré con Balkov.
-¿No crees que pueda pasar antes por nuestra habitación también?.-preguntó Boris con una lasciva sonrisa en el rostro a lo que obtuvo una gélida respuesta negativa.
El más alto de los tres gruñó mientras sentía el peso de pájaro de ese cuerpo delicado que traía en brazos; no tenía nada que le atrajera así que no titubeó al momento de dejarla a merced de Ivanov en aquellos aposentos.
-Ninguno dirá absolutamente nada.
-Eso te costará dejarla conmigo unos momentos…
-Para los dos minutos que necesitas...-expresó con saña a Kuznetzov.-No estamos negociando, la llevaré a su abuelo en cuanto despierte. Fuera de aquí.
Sin rezongar sus compañeros salieron rumbo a los cuartos de entrenamiento; realmente les importaba un comino lo que sucediera entre aquellos dos.
Katherine yacía con una calma catatónica en la cama de Yuriy, con una fragilidad que perturbaba al chico pelirrojo. Él se sentó al borde del colchón y la observó con la misma ternura de hacía tantos años atrás; nunca fue capaz de comprender lo que le provocaba su presencia pero le gustaba ese revoloteo en las entrañas, una agitación diferente a la que le causaba estar en combate.
Era cierto, la mayoría de los internos de Biovolt eran homosexuales pero no él. No conocía algún tipo de sentimiento que no fuese la soberbia, la ambición y la humillación, pero había algo que emanaba desde sus latidos que era responsable de que sus ojos se entornaban, sin pestañear, confundidos hacia la visitante improvisada en su lecho.
El efecto del sedante que le había solicitado a Boris poco antes de interceptarla estaba pasando, con movimientos lentos que de vez en cuando le provocaban una sacudida a Katherine al momento en que abría los ojos y parpadeaba tratando de reconocer la habitación. Se sentó en la cama y el olor que se filtraba por debajo de la puerta la invadió hasta causarle nauseas que no pudo disimular.
-Déjame ir, por favor.
-¿A dónde?
-Lejos de aquí.
-Este ha sido tu único hogar, ¿no te da gusto volver a donde perteneces?
-¡NUNCA! Si a ti te gusta vivir aquí es algo totalmente aparte a lo que yo siento estando dentro de este lugar.
-¡No tienes nada allá afuera!
-¡Tampoco aquí!
-Podemos revindicarte en Biovolt, será cuestión de unas cuantas sesiones de entrenamiento, chequeos durante una semana a lo mucho, y…
Antes de poder terminar la mano de Katherine le abofeteó el rostro, dejando un escozor en su mejilla y sus palabras enmudecidas.
-No, yo no volví, me has arrastrado de vuelta pero no será definitivo.
Se levantó apresuradamente de la cama y alcanzó la puerta, abriéndola para poner un pie en el pasillo giró la cabeza para mirar al silencioso pelirrojo.
-Lo único que me ataba a este sitio ha desaparecido y si yo no lo pude traer de vuelta, mucho menos tú…-comentó con desprecio especial en ese último monosílabo y salió.
Yuriy simplemente agachó la mirada, apretando los puños e inmerso en pensamientos que sólo él podía escuchar.
…
Corriendo con el corazón a la altura de la garganta, Katherine trataba de ignorar el gris oscuro de las paredes de donde provenían demonios que trepaban desde sus tobillos con intenciones de detenerla pero ni el peso de ellos podía retenerla, al contrario, aceleraba su paso para sacudírselos del cuerpo. Agitada como hacía tanto no lo experimentaba huía nuevamente de su destino, rebelándose contra la matriz que la albergo antes de ser creada en un laboratorio como los que se encontraban del otro lado de los muros. Era algo que no solía recordar; su condición sobrehumana de la que nadie tenía conocimiento pero que a ella la perseguía cuando más quería escapar de ello.
Escuchó las ondas que sólo los estudiantes podían captar dentro de la abadía; un método de tortura que destrozaba sus nervios, mas no sus tímpanos, lo cual hubiera sido preferible. Increíblemente, tras los años que estuvo lejos aun percibía aquello. Eso le dejó en claro que aun pertenecía a esa estirpe.
Ese ataque silencioso la obligó a detenerse, recargada contra una pared y soportando los alaridos agónicos que se atoraban en su garganta. Si gritaba darían con ella, estaba claro que su búsqueda era el motivo de haber activado el desgarrante silbido apaciguador, pero el efecto era penetrante y como una serie de explosivos detonaron uno a uno los chillidos de los internos más vulnerables.
Sin embargo ella no aulló de dolor a pesar de los electrochoques que recibía su cerebro, hasta que sus extremidades se entumecieron y sus músculos se tensaron fue que profirió una queja que llegó a oídos de los guardias.
Dos hombres llegaron a ella justo cuando cesó todo, la tomaron de un brazo que parecía de hule y la zarandearon con violencia, todo el cuerpo parecía pequeño animal remojado, a veces daba espasmos y su mirada se perdía en un punto en la pared.
-Es ella, no la lastimes, Balkov la quiere completa.-dijo uno de los guardias, el otro sólo soltó un gruñido mientras levantaba el cuerpo de trapo que tenía sujeto de una mano.
-No quiero saber que les hace esa cosa.-Comenzaron a caminar con la chica sujeta por la cintura.
-Los deja como vegetales, ¿no la ves?
-¿Crees que sientan algo?
-Son tan raros estos chicos que lo dudo.
-Hmm…-miró con curiosidad al muñeco que debía creer que era una jovencita y la llevó contra la pared, le propinó una bofetada con gran fuerza, pero ella no reaccionó. Tal cosa le arrebató al hombre encapuchado una sonrisa y esta vez le golpeó el abdomen con una diversión retorcida.
-¡Basta! Si le encuentran un morete…
-No te preocupes por eso, es decir, como si Balkov no fuera a tomar represalias contra ella.
El otro sujeto se encogió de hombros y siguió andando mientras su compañero golpeaba a la chica en la cara y repetidas veces en el estómago. Cuando un hilo de sangre emanó de la comisura de sus labios se detuvo y continuó su camino.
…
Detrás de un escritorio un hombre mayor de cabellera lavanda observaba la puerta con impaciencia, un chico de ojos azules le hacía compañía, recargado en una esquina debido al recién pasado ataque a sus sentidos.
-Levantate de ahí.
-Si… si Balkov.-contesto Yuriy aturdido, haciendo un gran esfuerzo por mantenerse de pie.
Alguien abrió la puerta de un golpe y el anciano sonrió al ver lo que traían en brazos aquél par de monigotes.
