Disclaimer: Dissidia Final Fantasy no es mío.


Estaba seguro de que, si alguna vez naufragaba, la soledad sería su menor problema. Si es que alguna vez el estar solo significaría un problema para Squall.

Debía admitir que el evitar a los demás era una de las mejores virtudes que poseía, además estaba muy agradecido de poseerla. Él haría las suyas, el resto se ocuparía de sí mismo. Él no opinaría sobre la vida que llevaban, ellos no se meterían en sus asuntos. Así de simple.

Hasta que un día llegaron esos dos.

Zidane, el enano roba corazones; Bartz, el inquieto y errante. Si bien solían meterse en problemas, casi todos les tenían cariño. Siempre juntos, generalmente sus metidas de pata nacían de sus buenas intenciones e infantil ingenuidad de sus corazones y de la torpeza de sus cabezas huecas.

Hubo una vez en la que Squall no pudo consigo y terminó saliendo de su lugarcillo aislado del mundo para ayudarlos a no matarse… grave error. Desde aquel momento, tanto Bartz como Zidane se acercaron todos los días a saludarlo, a charlar con él, a pasar el rato.

Y cuando el león quiso darse cuenta, ya no estaba solo en su isla.