Disclaimer: Axis Powers Hetalia © Hidekaz.

Advertencia: Universo Alterno. Juego de tiempos. Métodos, trucos, entre otras cosas para tener un bebé. Arthur va salir medio machista, pero es por el momento, deben entenderlo también. No Lemon. Y NyoUSA es tierna. Es un fic educativo y hetero.

Pareja: UKxFemUSA/ArthurxEmily.

Otras Parejas: EspañaxFemRomano/AntonioxCaterine y FranciaxFemCanadá/FrancisxMaguerite.


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Es de mañana. Se manifiesta el bostezo al tener un poquito de sueño cuando recién se encuentra desayunando. Una taza café, infaltable para despertar. Dos tostadas con mantequilla, el cual se derriten por la alta temperatura.

El timbre suena acaparando su atención. ¿Quién vendrá a visitarle a esta hora? ¿Qué hora son?… Según el matinal son las once y media. ¿Será su hermana? Lo duda, a estás horas trabaja en el jardín de niños. Bien, como sea. Interrumpe su desayuno estando en pijama, camisa y pantalones con muchos diseños de su orgullosa nacionalidad y pantuflas de osito rosado. Abre la puerta.

― ¿Eh? ―frente a sus luminosos azules con gran ramo de rosas rojas se expande por toda su visualización, sin poder ver a la persona escondida. Luego la mirada intenta recorrer la entrada de la casa. Unos hombres de gorra blanca van entrando dejando coronas de flores, chocolates, globos donde tienen escrito "I love you". Y un gran corazón formado por rosas de colores donde también tiene escrito "I love you".

Bien…está completamente segura que hoy no es el día de San Valentín, ni su cumpleaños. Quizás sea un admirador secreto.

Posteriormente, sus preguntas son resueltas al ver a la persona detrás del gran ramo. Un desconocido quien le entrega una carta para irse enseguida, mencionándole un "Perdone al hombre". Todos esos tipos desaparecen de su entrada.

Emily pestañea, sosteniendo en sus brazos el ramo de rosas. Decide leer la carta, silenciosa. Se asombra al leer el nombre de la persona responsable de todo el desorden al frente de la puerta.

Forgive me. Perdón por lo de ayer, Emily.

La muchacha alza la mirada asombrada, sintiendo un apretón en el pecho donde apenas puede tragar con facilidad. El corazón le comienza a latir con fuerza y mariposas en el estómago hacen una danza. No es cierto que Arthur haya gastado el dinero en todas las presentaciones, ¿o sí? Siente las mejillas ruborizarse. Cielos, parece una chiquilla de quince años cociendo el amor. Y esa etapa ya pasó en su vida. O…a lo mejor olvidó esa sensación y lo detallado que es el británico, quien se acerca a paso lento y pausado, mientras lo observa de pies a cabeza.

¿Dónde demonios anduvo? La camisa la lleva fuera del pantalón con unas partes dentro pero desordenadas. El cuello de la prenda está arrugado y un tanto sucio. La camisa completa está arrugada. Y el pantalón peor. No, el cabello se encuentra peor. Las rubias hebras separadas de las otras como si tuvieran frizz. Arthur es un desorden. Ni siquiera lleva una corbata puesta.

Llega frente a ella.

―No debí decirte esas palabras ―dice sincero y un tanto tímido―. No debo responsabilizarte solamente a ti…, ni tú a mí. Ambos estamos en esto y lo deseamos.

No sabe exactamente si a su inglés le cayó un coco en la cabeza por estar acá. No obstante, arruinar el momento no es bueno. Por lo menos le da las disculpas, y vaya manera de hacerlo dándole sorpresas.

Surca los labios. Cierra los parpados. Aspira el aroma de las rosas y luego los abre.

―También te pido perdón. Se nos escapó de las manos ―ahora él se asombra―. Esto de tener un bebé nos está afectado negativamente ―los dos se dan cuenta de eso callando sus labios por segundos―. Adelante, bienvenido a casa. ―le sonríe. Están perdonados.

Kirkland entra sintiéndose un poco desconocido. De reojo nota en haber interrumpido en desayuno de su novia. Ahora recuerda que tiene hambre. Con lo único que se alimentó anoche fue con bebida alcohólica, despertando a las siete de la mañana en el bar. Gracias a los consejos del sabio mesero de sesenta y cinco años, llevando cuarenta años de matrimonio con su señora, quien le dijo que no era un mal muchacho y debía ir a pedirle disculpas a su novia. Además, al viejito le recordaba su juventud. Él fue quien animó a levantarse de la silla y salir a toda velocidad a las tiendas de flores gastando todo el dinero.

También le mencionó otros consejos y un poco de su historia, ayudándolo en razonar.

―Pensaba… ―articula mientras ella deja el ramo sobre la mesa― en ir otra vez al médico, pero sin pelear.

Las manos se detienen. Su novio le da más sorpresas cada segundo que pasa. Voltea.

Sure? ―pregunta. Le chico acierta. Ella sonríe. Están dispuestos a intentarlo cuantas veces sean necesarias, ganarán la batalla en formar una familia. No aguanta más y lo abraza, recostando su cabeza en el pecho, sintiendo la textura de la camisa y el aroma…― Hueles a ―se aleja y olfatea―…licor…ron…alcohol.

Jones lo fulmina con la mirada, acusadora. Arthur suelta una risita simpática para que no lo trate de culpable, mucho menos en estropear la armónica situación. Sencillo, le cuenta la verdad. No es insultado. Emily lo toma con naturalidad y lo deja pasar. Sin embargo…

―No vas a ir así a la consulta ―le reprocha la apariencia llevada. Se le ocurre una excelente idea―. ¡Aprovechemos de ducharnos juntos!

― ¡N-No! ―se sonroja al imaginarlo. Perfectamente puede esperar su baño y luego ser su turno― No te preocupes por mí…yo…

La norteamericana cruza los brazos alrededor de su cuello, acortando las distancias. Acerca la boca, suave y delicada sin rozar con la masculina.

―Sabes que igual lo deseas. ―le susurra bajito y sensual para enseguida alejarse y guiñar un ojo. Toma la mano de Arthur guiándolo al baño.

El inglés cae ante los encantos estadounidenses.


Hora de la consulta con el mismo médico, Francis Bonnefoy. Experto en ginecología y obstetricia. Fuera de la profesión, un degenerado, buen amigo de la pareja principal y novio de la hermana de Emily.

―Si van hacer el mismo espectáculo de ayer, les recomiendo que se vayan. ―dentro de su gran papel no desea volver a pasar por lo mismo. Tuvo que dar explicaciones a todas sus pacientes inventándoles una historia.

―No vamos a pelear, te lo aseguro. ―le dice Arthur dándole confianza. Emily también acierta y da su promesa de portarse súper bien, como la pareja de enamorados en campaña.

Sin más preámbulos, Francis los hace entrar y cierra la puerta. Ahora sí comienza el inicio de formar una familia. El francés ya con los datos tomados en consulta de ayer, solo le queda ordenar y ajustar los importantes procedimientos que deben tomar Arthur y Emily. Una lista, un horario de una dieta balanceada para la chica eliminándole el café totalmente y cualquier producto con cafeína. Que lo remplace por el té con leche. Todo le va estricto. Siente que a su cuñado se le está pasando un poco la mano, incluso se rigurosa los días fértiles haciendo dibujos lindos para que ambos entiendan.

Para el inglés, tendrá que dejar completamente de lado el alcohol y el cigarro. Puede ir a fiestas, a juntarse con sus amistades, pero sin tomar ni fumar. No importa, lo acepta. Todo sea por el futuro de ser padres primerizos.

También el profesional les recomienda unos remedios que podrían ayudarlos…sin embargo, prefiere a que no. Más allá de explicarles y ordenarles un módulo estricto, solo les dice con sinceridad y con sus conocimientos…

―No se lo tomen tan apecho ―les aconseja―. No busquen al bebé, él los encontrará cuando menos lo esperan. Solo relájense, disfruten…viajen a un lugar que les gustaría ir. Vayan a crearse unas vacaciones, les ayudará a despejarse del tema.

―Pero…

―Háganlo ―le corta amable al británico. No lo dice para que no tengan un bebé, solo escúchenlo―. No se estresen y pásenla bien. Les quiero decir que el estrés afecta a la reproducción de la ovulación ―extiende los labios haciéndoles entender. Ellos se observan, tal vez…deberían darse unas vacaciones―. Simplemente manejen una vida sana, vayan de vacaciones y se relajen. ―termina guiñándoles.

¿Le van hacer caso a Francis? ¿Irse de vacaciones? ¿Relajarse? ¿Y el trabajo?

Primero lo pensarán, por lo menos una semana les basta para decidir a que lugar viajar. Por mientras harán la dieta saludable intentando calmar las ansias. Olvidar el tema, pero sin alejarlo de sus planes.

La semana para ellos es difícil. Arthur se desase de todos los cigarrillos guardados hasta debajo de la cama. Los ceniceros de alto valor y calidad también los vota a la basura, sin importar que alguno estuviera firmado por un famoso. Si ve un cenícero en la casa, la ansiedad volverá a él, y esa no es la idea. Sencillamente, elimina todo, incluso las cenizas.

Emily lo acompaña, por supuesto. Y él a ella. No habrá más cafeína en el desayuno, ni para mantenerse despierta. No habrá más en la casa, ni en el trabajo, ni en ningún lugar. ¿Cómo lo hará si le ofrecen? Fácil, fuerza de voluntad. Ah, y los deliciosos hot dog han muerto en su vida. Mierda, y tanto que le gustan…

Sí, los primeros días sí son complicados.

Y peor cuando alguien cercano te invita a lo que has dejado, como en el caso del británico. Cree que no es malo aceptar la invitación de Gilbert a una grandiosa fiesta sin ningún significado. Además, Francis le dijo que deben relajarse y pasarla bien. La noche es joven. Todavía es joven. Y podrá lidiar con la fiesta, obviamente sin quedarse hasta el otro día, ya que su novia está con dolor de cabeza por lo cual no podrá acompañarlo. Les manda saludos a sus amigos.

Un vaso lleno de cerveza. Amarillento y cristalino. La espuma no se disuelve a la espera de alguien que desea absorberle. La mano de Gilbert le vuelve a ofrecer. Arthur no quiere.

― ¡¿Debes estar bromeando? ―exclama el albino sintiéndose en una película de terror. Es imposible creerle. Nadie le cree en su humilde pero grandioso hogar. Nadie― Bebé.

―No, Gilbert ―hace su mano a una lado, alejando ese veneno. De todas formas, Kirkland tiene ganas de beber un poco. Se le hace agua a la boca, por eso tiene en su mano una mini botella de jugo natural―. No quiero tomar.

Esto es una broma de mal gusto. O Arthur sabe hacer buenas bromas.

―A lo mejor está enfermo. ―opina el danés rascándose la caballera, cuando el noruego de igual manera tiene esa duda, sin demostrarlo con sus gestos.

El germano mayor entrecierra los ojos carmesí, examinando al rubio, averiguando algún indicio de enfermedad mortal.

― ¿Tienes fiebre? ―pregunta tocándole la frente, a lo que al instante su mano es despreciada.

―No tengo fiebre ―responde exasperado―. Solo no quiero tomar. ¿Tan complicado les hace entender?

―No es eso ―menciona el alemán sentándose en el sofá―. Lo complicado es creerte que no quieras beber ni una cerveza. ―dirige la mirada al inglés. Serio. Incierto.

Arthur frunce el entrecejo devolviéndole el gesto.

―No me importa si me creen o no. Solo déjenme tomar ―dice todo recorrido con soberbia hasta detenerse al observar su pequeña y santa botella. Se avergüenza al sentirse como un niño―…mi jugo.

―Ps… ¡Jajajajajajaja! ―y Gilbert no aguanta la risa de la expresión del rubio― ¡Es un chiste! ¡Oh, por dios! ¡Arthur tomando jugo en una fiesta! ¡Jajajaajajaja!

Es demasiado. Se burlan. Si supieran por qué lo hace…

Todos ellos le tendrán envidia después, ya lo verán. Ellos quedarán solterones y amargados.

Y no puede soportar la risa del germano, ni del danés quien recién se puso a reír. Entra en cólera.

― ¡Bien, suficiente! ―con ese grito de enojo los hace callar poniéndose de pie― No sé para qué vine, demonios. ―se va directo a la puerta mientras las miradas se posan en él. E informa que se larga del lugar, maldiciéndolos de modo mascullado.

Desaparece, cerrando la puerta.

Los bebedores yacen en total silencio. Están desconcertados. No debieron molestarlo. Si no quería tomar…bueno, era cosa de él y era sano. Debieran tomar su ejemplo.

―Tal vez…sea su hermano gemelo malvado ―aporta Den. El noruego lo observa de reojo por su estupidez que crece cada día―. En las telenovelas siempre salen.

Los fiesteros prefieren seguir con lo suyo y no prestarle atención.


¿Recuerdan que Francis les dijo que se tomaran vacaciones? Pues, hacen caso. Estar rodeados de imbéciles no les ayudaría para nada, menos teniendo las cosas que se les prohibieron al frente de sus ojos. Lo mejor era irse lejos. Tomaron la decisión al terminar la semana. Era bueno relajarse y olvidarse del tema que los tiene tan estresados. Divertirse, ir a la playa, comprar prendas, pasear, todas esos panoramas los haría despejarse sintiendo el aire de la juventud un tanto perdida en sus cuerpos.

Su destino veraniego: Hawái.

Hermoso lugar. Una maravilla en las aguas y la naturaleza. El ambiente les hacía volar e imaginar. No verían lo que no quieren mencionar que arruinan su futuro.

Pasaron un mes en la isla, un mes completo lleno de entretención, nuevas adrenalinas donde Emily era la que lo pasaba mejor. Estaba emocionada con cualquier cosa que le pareciera divertido. Arthur tuvo que tranquilizarla varias veces. Claro, le gustaba verla sonreír dejando liberar su personalidad extrovertida, pero no quería que se fuera al extremo o tener la locura de lanzarse en paracaídas.

Así, los días pasaban. Sus mentes se encontraban en otro lugar. De repente veían películas de todo tipo, incluso las aburridas que le gustaban al anglosajón, según ella. Todo era perfecto. Ninguno se acordaba de la necesidad de tener un hijo. Kirkland creía que era mejor así, dejar las cosas como están ahora, vivir la vida. Además, si tuvieran un hijo, la responsabilidad sería bastante grande. No era cuestión de "vamos a tener un bebé", si no también tener lo medios para recibirlo. ¿Qué le iba dar? Bien, la pareja tenían un trabajo estable, no obstante… ¿les alcanzaba para mantener a un niño requiriendo de millones de necesidades? Aparte de limpiarle las pompis. Y…dios… ¿Emily embarazada? Estaría peor que antes. Le mandaría a comprar hasta lo inexistente, por ejemplo una sandía a las cuatro de la madrugada. ¿Dónde demonios iba a encontrar una sandía a esa hora? Y ni pensar si la pide en invierno.

Era complicado ahora que lo analizaba bien.

Suspiró.

Revolver la crema en un molde no ayudaría mucho que digamos, menos en desconcentrarse. De repente reaccionó al sentir una especie de suavidad helada en su mejilla. Parpadeó y miró a la americana.

―Parece que estás en otro mundo. ―dijo sonriente y muy animada acompañando al mayor en preparar un postre. Lame el dedo responsable de haberlo manchado.

―Eso creo. ―respondió sin más. Parecía ido. A Jones le comenzó a molestar. Pensaba que iban a cocinar animados, no amargados. Debía hacerlo regresar a la tierra.

Tomó impulso acercándose a él. Abrió un poco la boca liberando su lengua. La deslizó con cuidado y rápido desapareciendo la crema que tenía Arthur en el rostro. Luego se alejó.

El joven europeo sintió una descarga hasta en el alma. Por lo menos aquel gesto de seducción funcionó en regresar a la realidad. Giró la cabeza confundido y ruborizado.

La crema que tenía hecha Emily pasó a su nivel de chantillí por el constante batido, recogiendo un poco más en sus manos, pasándola por toda la cara de su novio. Era más divertido tirarse crema, que preparar el postre.

Y Arthur exclamó un poquito enojado, devolviéndole el gesto. Emily se lo devolvió otra vez. Y siguieron así armando un desorden en la cocina, machándose de sus prendas de vestir, su piel y sus cabellos. A lo que se transformó de un juego inocente a uno más adulto, devorándose los labios mientras sentían el sabor de la crema en sus paladares. También, aquella mezcla se esparcía por las blanquecinas piernas de la joven, brindando más sensualidad a lo que el inglés la aprovechó en acariciarlas.

El calor se estaba apoderando de ellos. La locura les consumía llevándolos al placer sexual.

Es que…la locura se apoderó de sus cuerpos y mentes. No había freno.


Semanas después de su llegada a su domicilio, todo comienza ir normal. Sus cortas vacaciones fueron un total relajo planeando en viajar otra vez el próximo mes a un lugar paradisiaco distinto, aunque eso es muy apresurado y gastarían. Lo mejor es ocupar ese mes en juntar el dinero. De ese modo, dejan pasar el siguiente mes, con calma y tranquilidad. Por alguna extraña razón sienten una gran armonía a su alrededor aumentando su fuerza de voluntad de decir no a tal cosa, sin percatarse que se ha trasformado en parte de sus vidas. Se acostumbraron.

Es para bien.

Es de día. Emily le ordenó a Arthur que por favor no cocine y que fuera a comprar el almuerzo preparado en restaurantes, supermercados, en donde sea. La idea no es enfermarse del estómago. Por mucho amor que le tiene a su pareja, debe ser sincera intentando no herirle el orgullo, cosa sin buenos resultados.

A pesar de todo, el inglés va a comprar el almuerzo hecho. Cuando regresa lo prepara en sus platos correspondientes dejándolos sobre la mesa al lado de los servicios y el vaso de jugo de piña. Avisa a la norteamericana sobre el almuerzo servido. Ella tenía bastante hambre desde que se levantó, por eso apresura el paso sentándose en la silla, tomando el tenedor en sus manos. Lista.

Arthur toma asiento con calma. Alza la mirada al frente. Sube una ceja al notar una extraña mueca en el perfil americano.

― ¿Qué sucede? ¿No quieres comer?

―No…no tengo hambre ―pero si hace un momento tenía muchas ganas de comer―. Voy al baño. ―se levanta de la silla abandonando el almuerzo. Se dirige al tocador no sintiéndose bien, tampoco es grave. Puede ser un simple…em…tal vez el desayuno le cayó mal. Posiblemente la leche se expiró.

Se mira en el espejo. Abre el grifo del lavamanos, dejando correr el agua el cual lo sirve en un vaso para beber un poco. Cierra. Respira hondo estando más tranquila. Bien, ya pasó. Solo fue un susto. Un pequeño mareo y nauseas, nada más.

Alza la mirada, pensativa. ¿Qué acaba de tener? Se asombra, se altera, se desconcierta. Rápidamente se acaricia el vientre. Se levanta la blusa solamente lo necesario para averiguar si le ha crecido o es su imaginación. Sigue intacta, claro a simple viste. ¿Pero su interior?

Rayos. ¿Dónde dejó el test de embarazo? Está segura de haber guardado uno en su cartera en caso de emergencia, presentimiento o inseguridad. ¡Y ahora siente todo eso! Sale corriendo del baño con nervios de punta, gritándole a Arthur si ha visto su cartera. Sí, su habitación, sobre la pequeña silla.

Al verla en ese estado, se pone de pie yendo al cuarto. Y le pregunta que sucede. Puede tener miles de respuestas absurdas como ver un fantasma o algo así.

Mientras, la joven hurga en lo más profundo de su cartera, hallando al fin el aparato inteligente. Voltea.

―Arthur ―informa―, me haré el test.

― ¿Eh? ―se confunde― ¿Por qué tan repentino?

―Presentimiento. ―dice jugando con el test entre sus dedos. Posteriormente regresa al baño y se encierra.

Kirkland toma asiento en el sillón de la sala. Deja caer su mentón sobre su mano, pensando. ¿Si sale positivo, qué hará? ¿Qué es lo primero que hará? Ni siquiera sabe cambiar un pañal y…aguantar sus llantos.

No Arthur, no pienses así. Sacude la cabeza alejando esas malas ideas. No debe precipitarse.

Exhala. Tener que esperarla es una eternidad. ¿No es posible saber el resultado más rápido? Quizás hubo un problema, no le resultó, se echó a perder…

Y su espera al puro estilo de estar en un hospital termina al oír el sonido de la puerta abrir. Sobresalta y se pone de pie. No avanza hacia ella, la rubia lo hace manteniendo la vista descendida, sosteniendo el test de embarazo.

― ¿Có-Cómo te fue? ¿Qué di-dice el test? ―claro, los nervios le aparecen aunque ya debería de estar acostumbrado por todas las veces que pasaron por lo mismo. La chica no le responde― ¿Emily?

―Yo… ―habla tensa, presionando el aparato, sin continuar.

El mayor está en silencio, su única acción es mirarla. Traga con dificultad.

―Arthur yo… ―una vez más intenta continuar, pero una sensación la detiene.

El nombrado la entiende. Relaja los hombros y suspira. Cierra los parpados lamentando el negativo resultado. Era lo esperado. El tratamiento dado por Francis no funcionaría de un día para otro. Y lo lamenta por Emily, sabe cuantas son las ganas de tener un bebé.

Never mind ―el europeo quiere darle ánimos para que no se sienta sola en esto y mucho menos amargarle el día―. De todas formas creo que es mejor por ahora-

― ¡Vamos a tener un bebé! ―exclama surcando los labios, más extenso de los que suele hacer siempre. Mucho más. Por la alegría mantenida al saber el resultado dentro del tocador. Quería gritarlo a los cuatro vientos, desahogarse. Compartir su alegría con alguien, con su novio. Ahora tiene una vida en su vientre que debe cuidarla más que bien.

Y sus hermosos orbes de tonalidad marina poseen aquel brillo que dicen muchos. El brillo especial que siempre aparece al estar encinta. Simplemente, está feliz. Y nadie le robará esta felicidad tan enorme y anhelada.

No obstante, Arthur abre la boca para decir cualquiera cosa, lo que sea. Y nada. La garganta le presiona. La cabeza le da un poco de vueltas hasta darse cuenta de la situación. Mirar directamente al semblante de su pareja.

Ella…ella…ella está…

― ¡¿En-En-Enserio? ―pregunta asombrado sintiendo un sentimiento inusual― ¡¿Es enserio?

―Salió positivo. ―le muestra el resultado de la vida. Ahí lo ve. No miente.

Cielos, no puede creerlo. Su asombro pasa a otra etapa, impresionado. Luego a fascinado, maravillado. Suelta una risita. Emily lo mira extraña, ¿no estará enfermo? No lo está, solo quiere creerle. Va ser papá. Un papá muy guapo, y con la mujer que ama.

Ahora extiende la risa totalmente alegre y contento tomando por la cintura a la norteamericana, elevándola y abrazándola, repitiendo una y otra vez "¡Voy hacer papá!". Enseguida de toda la felicidad compartida, la deja delicadamente en el suelo. Le sostiene el rostro y la besa miles de veces, mientras la joven tiene una sonrisita por aquel comportamiento. Bueno, es natural. No debe decirle nada que lo desanime.

Juntan sus frentes. Juntan sus miradas. Sonríen al mismo tiempo. El de ojos verdes procede abrazarla. Emily aun no suelta el test, lo quiere guardar por un tiempo. Luego se separan. Arthur no deja de sonreír.

―Esto va ser un delirio, pero ―dice, ella lo escucha atenta, risueña―…con esto a Francis le voy hacer un altar.

Realmente es una locura.


― ¡Ashu~! ―Francis estornuda en pleno almuerzo al aire libre con su novia canadiense.

― ¿Estás resfriado, Francis? ―pregunta preocupada ladeando la cabeza, dejando de lado lo tallarines sobre su plato.

―No lo creo ―se repone limpiándose la nariz con la servilleta. Está seguro que no es síntomas de resfrío, pero―. Siento un escalofrío en mi espalda.

No tiene buen presentimiento.


A la de ojos azules le parece gracioso el delirio de su pareja. No es para tanto como para hacerle un altar a su cuñado. Arthur le pregunta por qué se ríe, ¿acaso por lo dicho? ¿En verdad está mal de la cabeza? ¡De acuerdo, de acuerdo! No hará ningún altar al idiota barbudo, tampoco se lo merece y no lo va hacer. Además no tiene el dinero para hacer algo así. Solo fue…un delirio de la felicidad que lo cegó.

La diversión femenina comienza a cambiar, sin desaparecer la extensión de los labios. Los parpados se cierran donde el escape de pequeñas lagrimas se hacen notar y llamar la atención del joven inglés.

― ¿Por qué lloras? ―un poco nerviosos siente, se preocupa en sus ideas de que ella a lo mejor le duele alguna parte del cuerpo, sin embargo a pesar de esas lágrimas sigue sonriendo más radiante que el mismo sol.

―De tanto intentarlo…al fin funcionó ―contesta usando sus manos como pañuelo sobre sus ojos―. I'm happy.

Por supuesto. No obstante, intentarlo no es la palabra. Solamente se dejaron llevar en un relajo. Disfrutar del placer y no de las preocupaciones obligadas. No le quiere llevar la contra, menos acabarle la ilusión. Simplemente, como les dijo Francis, no hay que buscar al bebé, él los buscará solo cuando menos lo esperan.

En todo caso…

Curca los labios.

I'm also happy. ―también se encuentra contento, llevando sus manos sobre los hombros de la muchacha, analizando el siguiente e importante paso jamás ocurrido por su cabeza. ¿Por qué tendría que pensarlo ahora? No lo sabe. Solo lo siente. Su corazón lo obliga.

Traga. Su expresión se torna seria. Piensa, analiza otra vez. Ella lo percibe y alza la vista.

― ¿Qué ocurre?

―Emily…escucha…yo… ―por inercia, desliza sus dígitos por las mejillas delicadas de la joven― Con todo esto yo… ―"yo, yo", repitiendo no va llegar a ninguna parte. Tiene que ser directo o la aburrirá― ¿Te quieres casar conmigo?

Silencio. Nada. La única reacción existente es el corazón de Emily, saltando y bombardeando a miles. Su cuerpo está inmóvil. Quieta, paralizada. No es el mundo real.

Y por ese silencio, tal vez no le gustó la propuesta. Debe corregir rápido.

―Si-Si quieres seguir con-conviviendo no tengo ningún proble-

― ¡Claro que quiero! ―de improviso, se lanza encima sujetándolo del cuello, haciéndole temblar las piernas y no aguantar el peso (no quiere decir que esté gorda, es al tomar vuelo no estar preparado para atraparla), lo cual da el resultado de caer al suelo― ¡Acepto, acepto, acepto!

― ¡Hey! ¡Ahora debes tener más cuidado! ―Arthur se enfada por ese descuido en su estado. Aunque no cree que haya pasado algo malo. Ella cayó encima suyo, y retarla ahora seguramente le corregiría el "Sí."

Baja la mirada a su pecho. La cabellera dorada y ondulada yace recostada. Las manos le envuelven la espalda sin moverse ni un centímetro. Quiere verle el rostro. Si se ha dormido o si se encuentra bastante cómoda, al contrario suyo. Tener la espalda en el suelo no es agradable.

A pesar de no poder verle la expresión, ella enmarca una sonrisa serena mientras sus ojos los tiene sellados. Es amigable estar de esta manera. Se siente feliz. Que este momento no se acabe jamás. Lo abraza más presionado, soltando un murmuro.

Bien, no podrá sacársela de encima hasta que la americana quiera. Vamos, compartir un abrazo en el suelo en una situación tan hermosa no es de todos los días y no se repetirá. Surca los labios. Exhala. Mueve los brazos y deposita sus manos en la espalda de su novia, comenzando un leve masaje.

El ambiente es otro. Lo sienten.

Ya no se abrazan los dos.

Se abrazan tres.

Al fin, al fin formaran su futuro.


Omake

¿Y bien? ¿Se casaron? Pues no. La fecha la tienen lista. Se casaran después de que Emily de a luz.

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Una vez más con el gineco-obstetra Francis Bonnefoy, pero en esta ocasión hará una ecotomografía a Emily con sus maravillosos cinco meses de embarazo. Para Arthur son cinco meses de supervivencia. Sabía que Emily le pediría a las cuatro de la madrugada una sandía en invierno. Obviamente no la consiguió, solo le compró sandía enlatada. Ni siquiera sabía que existían. Por lo menos con eso le calmó el hambre y no pudo dormir en todo esa noche. Lo único que espera ansioso, que nazca su hijo.

La estadounidense se recuesta en la camilla. Se levanta la camisa mostrando el vientre que ha crecido, mientras el inglés yace a su lado sentado en una silla, curioso con esa pantalla donde saldrá la imagen de su hijo.

―Muy bien Emily, te aplicaremos el gel ―menciona Francis haciendo el procedimiento dicho por toda la barriga―. ¿Haz comido mucho?

―Que no ha comido será la pregunta. ―corrige Arthur, atento al monitor. Aparecen imágenes borrosas. ¿Cómo demonios Francis puede ver que está sano o no su hijo o hija?

―Jejejeje…es el hambre. ―suelta Emily entre risitas culpables. No podía aguantar el hambre… ¡Debe comer por dos!

―Así veo, la tienes bastante grande ―el galo también ríe, regresando a su trabajo―. Uhm…primero veamos si viene sano.

―Después nos dices si es niña o niño. ―está ansiosa con saber su sexo.

Francis va viendo la pantalla, mientras desliza el parado por el vientre materno en movimientos circulares. De la nada, sonríe suave.

― ¿Qué prefieren, una mujercita o un varoncito? ―gira a ver los padres primerizos.

―Cualquiera. ―contesta ella. Luego mira a su novio, esperando la respuesta.

―Me gustaría una mujercita. ―dice un poquito cohibido.

― ¿Seguros? ―cuestiona Bonnefoy.

― ¿Pasa algo malo? ―pregunta Emily, asustándose por la demora en responder del francés.

―Pues… ―sí, los hace esperar. No sabe como decirlo. No cree que esto estuviera en sus planes.

― ¡Habla Francis! ―Arthur no soporta más y exclama.

― ¡No es bueno alterar a una embarazada con un bate! ―también sobresalta con la angustia si su bebé viene sano. Y sí, viene con su bate. Por precaución de asaltos a una ciudadana encinta.

―Cálmense, cálmense ―los hace relajar agitando las manos hacia arriba y hacia abajo―. No es nada terrible. ¿Quieren oír su corazón? ―los desvía, ya que para decirles se debe ser precavido.

La joven pareja acierta.

El sonido de los latidos del corazón se hacen escuchar. Dentro de la consulta no existe ningún ruido más que solo el pálpito del órgano de la pequeña criatura desarrollándose. Sonido es hermoso, mucho más que la música clásica. No tiene descripción alguna, solo los que lo oyen pueden sentirlo. Se escucha potente, con firmeza. De seguro ese niño viene con un carácter fuerte como su padre, aquel, sin poder aguantar la emoción de la presión en su torso y unos nervios recorriéndole los sentidos, muestra una sonrisa y agacha la cabeza.

Emily lo observa y entrelaza su mano con la de él. También se presionan. Solo por oír el latido del pequeño corazón conocen nuevas emociones. Mágico.

―Se…oye bastante fuerte. ―agrega la chica, sonriente.

―Es como si fueran dos… ―con dificultad sigue el mayor. Se limpia con la mano libre sus parpados. Porque a pesar de creerse el frío, aquel latido le tocó y lo puso sensible. Cualquier hombre en su lugar oyendo por primera vez el corazón de su hijo es hermoso. Después levanta el rostro.

Y por el comentario hecho por Kirkland, el galo hace unas cuantas muecas decidiendo en hablar o no.

― ¿Por qué esa cara Francis? ―la rubia lo nota― ¿Qué ocurre? ¡¿Es malo?

―Tranquila, todo está perfectamente bien ―dice al instante―. ¿Quieren ver al bebé? ―pregunta, ellos aciertan por puesto. Cielos, aquí vamos― Iré dibujando con mi dedo en la pantalla.

Se extiende al monitor hacia la imagen lleno de garabatos según Arthur. Va delineando.

―Aquí está la cabecita ―mientras va informando, la pareja toma mucha atención―, aquí vemos las manitos, los pies…y se pueden dar cuenta que es un varón.

―Es un…niño. ―susurra el británico. Nuevamente sus labios se extienden. No importa su sexo, lo amará de todas maneras. Es su hijo. Sangre de su sangre.

―Y por acá ―Francis continúa haciendo una pausa para mirarles las caras de asombro―…vemos otra cabecita. Es una dama.

― ¿Qué…acabas de decir? ―Francis estaba confundido, ¿cierto? Acaba de decir que su bebé es un niño y ahora dice que es una niña. ¿De dónde demonios sacó el título de medicina?

En eso, Francis se pone de pie, acercándose a Arthur ante la mirada intrigada de Jones.

Deja caer su mano en el hombro inglés.

Bien fait Arthur, te vienen mellizos ―sonríe con picardía―. Una niña y un niño.

― ¡¿Son dos? ―sobresalta por la sorpresita guardada que el galo fue con mucha calma. ¿Cómo lo hará con dos bebés? ¡Ahora entiende porque Emily come tanto! No era por dos… ¡Era por tres!

― ¡Maravilloso! ―aunque ella está dichosa con la noticia.

Francis se aleja, con las ganas de darles doble felicitaciones. Seguramente más adelante harán una gran fiesta.

Arthur observa a su futura esposa por unos segundos.

―Bueno…seguramente es la recompensa de intentarlo varias veces. ―busca el lado bueno de haberle dado a la chica, mellizos. Después de todo sus espermios si están en perfectas condiciones. Se siente campeón.

―Tampoco es para que te subas el ego ―pero Francis le hace bajar la soberbia―. Antonio sigue siendo más fértil que tú.

― ¡Habrán paso, joder! ¡Mi señora va a dar a luz a mi cuarto hijo! ―de repente y hablando del Rey de Roma, se escucha la voz españolizada de Antonio corriendo por el pasillo del hospital.

Se asombran los tres dentro de la consulta. ¿Caterina ya va dar a luz?

― ¡Deja de gritar, que me alteras a mí, idiota! ―en tanto la italiana va acostada en la camilla siendo empujada a máxima velocidad por los enfermeros al pabellón. Con los gritos del español la alteran más junto con las contracciones. Se acabó. El próximo mes comprará el anillo mensual, ya se les cumplió en la búsqueda de una niña para no estar sola entre puros hombres.

― ¡Cálmese y respire por la boca! ―aconseja el enfermo.

― ¡Esto intento, pero es complicado! ―Antonio responde a gritos al borde del colapso.

― ¡Me refiero a la señora, no a usted!

De ese modo tan tranquilo y hermoso, entran al sitio donde Caterina dará a luz, dejando un silencio dentro del hospital.

Todo es tranquilo.

Arthur se asusta porque quizás le va tocar vivir eso. Y el doble.

Saliendo de sus pensamientos, Emily lo agarra del cuello de la camiseta, clavando amenazadoramente sus azules en los verdes.

―Más te vale hospitalizarme antes del doble parto. ―exige. Luego le pedirá a Francis los días aproximados para dar a luz.

O-Of course, my love.

Enserio, Arthur lo hará para no pasar lo mismo que Antonio. Menos mal que no le pide parto en el agua.

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N/A: ¡Cha chan! ¿Les gustó? ¿Me mató? ¿Uhm? Me compliqué con el final y pensé en darle un omake entretenido. Bien hecho Arthur, te vienen mellizos :3

Ando apurada, no puedo decir mucho. Solo gracias a las personas que leyeron y dejaron review's ^^

Saludos, cuídense, nos vemos en algún nuevo que fic que estoy haciendo con varias parejas, eh.

Besitos, bye bye!

¿Review's?