No sé cómo lo haces, pero tu sonrisa sana todas mis fracturas.

César Ortiz

-¿Cuánto tiempo nos podemos quedar aquí? –pregunté mientras pasaba una página de manera distraída del libro que tenía entre las manos.

Estábamos cómodamente arrellanados en el increíblemente mullido y suave sofá del salón de la cabaña. Yo estaba tumbada con las piernas apoyadas sobre las de Carlisle, que estaba leyendo un libro de medicina bastante interesante, de acuerdo a la cara de concentración que tenía.

-Quince días. –contestó sin despegar la vista de su lectura pero alzó los ojos hacia mí con diversión al escucharme resoplar. -¿Qué ocurre?

-Cualquiera diría que te darían más vacaciones en el hospital. Estoy segura de que haces todas las guardias existentes.

Eso le hizo soltar una leve risa y su mano se movió levemente por mi pierna en una caricia inconsciente. Me había dado cuenta de que, de una manera u otra, siempre tenía que estar en contacto con mi cuerpo. No me quejaba en absoluto de ello.

-Forks está corto de personal. Y para ser un pueblo pequeño los accidentes de coche son demasiado habituales. –negó con un movimiento mientras fruncía levemente el ceño. –El alcoholismo en los jóvenes provoca la mayoría de ellos.

-Casi todos los adolescentes beben, sólo que algunos no saben controlarlo y son lo suficientemente idiotas como para coger un coche. –reflexioné con un encogimiento de hombros.

Alzó ambas cejas ante mis palabras y me miró con curiosidad.

-¿Cómo eras de adolescente? –preguntó.

Eso me hizo sonreír. Mi adolescencia no había sido ideal, al menos para mis padres. Estaba perfilando mi futuro, queriendo dedicarme a lo que amaba, la música. Y la negativa de ellos sólo provocó que me volviera rebelde, al menos durante una temporada.

-Fui todo lo que una adolescente tiene que ser. –me encogí de hombros mientras los recuerdos de mi vida humana pasaban por mi mente ligeramente borrosos. –Aunque no lo creas con el violín se ligaba bastante.

Rió suavemente y su mano ascendió unos centímetros más por mi pierna, ya casi en mi rodilla.

-Lo creo. –su mirada se quedó enganchada con la mía y sentí cómo me faltaba el aliento y mi cuerpo se calentaba automáticamente. Era casi irreal la necesidad física que podía provocar una sola mirada.

Carraspeé y bajé la mirada hacia mi libro de nuevo para no lanzarme sobre él.

-¿Cómo eras tú de adolescente? –pregunté para romper el silencio lleno de tensión sexual que se había instalado entre nosotros.

-Uhm…-lo miré de nuevo y pude ver cómo su mirada se perdía entre sus recuerdos, una ligera arruga de concentración apareció en su frente. –Los recuerdos se vuelven difusos con el paso del tiempo. Quería a mi familia, tenía una fe bastante arraigada, me gustaba aprender cosas nuevas…el resto es todo difuso.

Pensé cuánto tardarían mis recuerdos humanos en ser completamente difusos.

-¿Te arrepientes de ser vampiro? –pregunté al notar el pesar en sus palabras.

Cerró el libro que estaba leyendo y lo colocó a un lado con calma. Sabía que estaba haciendo tiempo para aclarar sus pensamientos.

-Lo hice. Durante mucho tiempo. –no lo interrumpí, quería que siguiera hablando, que se abriera a mí. –El sentirse completamente solo en el mundo es abrumador. Y me sentí así durante mucho tiempo. Hasta que convertí a Edward. Y después a Esme, Rosalie y Emmet. Ese miedo terrible a la soledad me impulsó a ello.

-Les salvaste la vida. –repliqué con suavidad.

-¿Lo hice? –preguntó con abatimiento- ¿O sólo les impuse esta naturaleza sin su consentimiento?

Dejé el libro a un lado y me moví para acurrucarme en su costado, automáticamente su brazo rodeó mi cintura. Podía ver su culpa burbujeando en la superficie de su hermosa cara.

-Les diste la opción de vivir. No es una vida perfecta pero, ¿alguna lo es? –deslicé los dedos por su pelo con delicadeza, sus facciones se relajaron y cerró los ojos, dejando que la paz se extendiera por su cuerpo ante el tacto de mis dedos. –Son más humanos que muchos humanos, y eso es, en gran parte, gracias a ti.

Una sombra de sonrisa orgullosa se extendió por sus labios, la culpa había desaparecido o, al menos, disminuido. Ese hombre, que había enfrentado la soledad más profunda, había conseguido no sólo dominar sus instintos animales y salvar vidas con ello sino que había formado una familia con personas tan buenas como él. Mi corazón estaba repleto de amor por él.

-Ellos solos han hecho ese trabajo pero me siento afortunado de verlos ser como son cada día.

-Y pronto se unirá una más. –recordé, pensando en Bella. -Edward la convertirá, ¿verdad?

Asintió mientras yo apoyaba la cabeza sobre su hombro, pegando mi cuerpo a todo su costado.

-Estaré allí, por si no lo consigue.

-¿Es difícil? –pregunté curiosa. -¿Convertir a alguien?

-Lo difícil es saber cuándo parar. –pude ver cómo tragaba saliva, como si el mero recuerdo de ello se le hiciera duro.

-Me habría gustado que tú me hubieras convertido. –murmuré casi como en una confesión. Pensar que mi transformación podría haber estado llena de compasión y amor y no de salvajismo y violencia me hizo sentir…bueno, me hizo sentir como si hubiera perdido una gran oportunidad que en realidad nunca había tenido. Era absurdo pero a veces los sentimientos lo son.

Abrió los ojos para bajarlos hacia mi mirada. Mis ojos estaban perdiendo ese rojo traicionero y había destellos dorados ya.

-Me habría costado. –confesó.

-¿Parar?

-No. Esperar a que estuvieras en peligro. Habría sido egoísta, habría querido que pasaras la eternidad conmigo.

-Yo habría aceptado. –estaba completamente segura de que habría sido como Bella ahora que sabía lo que era estar con Carlisle. Amar a Carlisle. ¿Por qué vivir una vida mortal si tenía a mi compañero inmortal justo delante?

Soltó una risa entre dientes, negando levemente con la cabeza.

-No somos muy distintos de Edward y Bella. –reflexionó.

-No estoy de acuerdo. –alzó ambas cejas cuando me moví para sentarme sobre él y una sonrisa juguetona se posó en mis labios. –Creo que podemos hacer muchas más cosas que ellos.

Alzó ambas cejas mientras su mano se colaba por mi camiseta, podía notar las suaves palmas subiendo por mi costado.

-¿Qué cosas? –preguntó con esa sonrisa que se había convertido en mi favorita. Esa sonrisa que sólo aparecía cuando estábamos solos.

-Prefiero mostrártelo.

Antes de que pudiera decir nada más uní mis labios con los suyos, besándole con ferocidad y me dediqué las siguientes horas a demostrarle todo lo que podíamos hacer.