Quizás es porque me sentí en casa contigo mucho antes de que me dejaras entrar.

Ron Israel

-Echaré de menos este sitio. –murmuré cuando el último rayo dejó de iluminarnos y el sol se ocultó en el horizonte.

Estaba entre los brazos de Carlisle, ambos sentados en la playa, viendo nuestro último atardecer en esa maravillosa isla.

-Podríamos comprar una para nosotros. –sugirió con su barbilla apoyada sobre mi cabeza. Podía sentir su respiración en mi espalda, si nuestros corazones hubieran latido, el suyo habría sonado al compás del mío, así de acompasados estábamos en ese momento.

Una risa se escapó de mis labios porque aún no me acostumbraba a la abrumadora riqueza que mi familia poseía.

-¿Quieres comprarme una isla? –pregunté divertida mientras acariciaba distraídamente sus brazos.

-Quiero que tengamos algo para nosotros. Sólo nuestro. –confesó.

-Algo que Alice no pueda llenar de ropa. –sugerí bromeando.

-Y algo que Emmet y Rosalie no puedan destruir. –la risa se filtraba entre sus palabras.

Ambos soltamos una carcajada. Los Cullen eran únicos, intensos y, a veces, eran demasiado. Pero eran mi familia y en poco tiempo había conseguido forjar un vínculo más fuerte que el acero con ellos. Y después estaba Carlisle, no había sentimiento comparable.

Pasé mis dedos por su anillo, el único que llevaba, que tenía el emblema familiar grabado.

-Aún no me creo mi propia suerte. Haberte encontrado, haberos encontrado a todos…-dejé la frase sin completar porque no sabía cómo poner en palabras lo afortunada que me sentía.

Depositó un beso suave sobre mi cabello y sus brazos me rodearon un poco más fuerte. Se sentía como estar en casa, como si ese fuera mi lugar en el mundo.

-La suerte ha sido por ambas partes. Eres la pieza que nos faltaba. –confesó con ese tono que hacía que mi corazón se ablandara, como si todo el amor del universo estuviera concentrado en sus palabras.

Cerré los ojos con una sonrisa y nos quedamos en silencio, disfrutando de nuestros últimos instantes en soledad con el ruido de las olas de fondo.

-¡Os hemos echado de menos! –exclamó Esme nada más cruzar el umbral de la puerta de casa antes de darnos un abrazo a cada uno.

-Y nosotros a vosotros. –contesté devolviéndole el abrazo. Volver al hogar me había hecho darme cuenta de que había echado de menos a todos ellos, mi nueva familia.

-¿Habéis tenido tiempo de echarnos de menos? –preguntó con sorna Emmet, que estaba cómodamente sentado en el sofá del salón, ocupando dos espacios él solito.

-Emmet. –le cortó Carlisle aunque sin borrar la sonrisa de su rostro. Ambos estábamos contentos de estar en casa aunque habíamos disfrutado cada uno de nuestros días en el paraíso.

El susodicho alzó las manos en gesto de paz pero la sonrisa con la que me miró me indicó que no habría paz para mí una vez Carlisle se hubiera ido. Lo fulminé con la mirada intentando parecer amenazante pero él sólo soltó una carcajada mientras Alice se acercaba a mí con un montón de revistas en la mano y Esme se llevaba a Carlisle al despacho para ponerle al día sobre el trabajo y las múltiples llamadas.

-¿Podrías tocar el violín en la boda? –me preguntó de repente. Me quedé fuera de juego ante la cuestión y me fijé en la portada de las revistas, todas eran de instrumentos musicales.

-¿Quieres que toque el violín? –pregunté desconcertada y señalé las revistas- ¿Y quieres comprarme uno?

Asintió con rapidez, haciendo que su pelo corto se moviera alrededor de su pequeña cara mientras me llenaba los brazos con las revistas.

-Sé que tocas bien, sería maravilloso que pudieras amenizar la boda ya que Edward no va a poder tocar en su propia ceremonia. Y así tendría un tema cerrado. Ya sólo quedarían las flores y el peinado de Bella, que vendrá mañana a probar algunos de ellos. –la velocidad a la que hablaba me hacía tener que afinar el oído, incluso con los sentidos desarrollados. Realmente Alice parecía un duendecillo al borde de un ataque de nervios.

No tuve el corazón para decirle que no sabía si tocaría bien porque llevaba meses sin poner las manos sobre un violín así que simplemente asentí y ella relajó sus pequeños hombros a la vez que una oleada de calma nos invadía a ambas; Jasper nos miraba desde el otro lado de la estancia con una pequeña sonrisa al ver a Alice relajarse.

-Gracias. –dijo Alice tanto para mí como para su compañero y me obsequió con una deslumbrante sonrisa junto con un rápido abrazo antes de volver a centrarse en un gran libro que tenía abierto sobre la mesa. Parecía que cada uno de los aspectos de la boda estaba plasmado en las hojas, recortes incluidos.

Me senté al lado de Jasper, lo más lejos de Emmet y sus posibles bromas sexuales, y comencé a hojear los catálogos.

Llevaba diez minutos embobada decidiendo cuál sería mi futuro violín cuando Carlisle entró de nuevo al salón. Se había cambiado de ropa, nada de tonos frescos para Forks, volvía a llevar tonos más sobrios. Aunque el jersey azul oscuro que llevaba resaltaba su pelo rubio y le hacía el médico más profesional y sexy que había visto nunca.

-Tengo que irme al hospital, un accidente con el que necesitan mi ayuda. –me explicó acercándose a mí con pesar. Él también quería rascar un poco de tiempo antes de volver al ajetreo diario.

-Ve a salvar vidas, doc. –le dije restándole importancia. Teníamos toda la eternidad por delante y el trabajo le hacía feliz.

Me miró con una sonrisa antes de depositar un suave beso sobre mis labios –Emmet silbó y Jasper rio por la bajo- antes de despedirse y salir con paso ligero por la puerta.

-Así que las vacaciones os han sentado bien, ¿verdad?–cuestionó Esme, intentado parecer sutil y fallando terriblemente.

-Muy bien, de hecho, ha sido un viaje maravilloso. –contesté intentando sonar casual y dedicándole una pequeña sonrisa antes de volver a centrar mi atención en las revistas.

-La cabaña es mágica. –comentó Jasper con diversión.

-¡Te lo dije! –exclamó Alice a su compañero sin levantar la mirada de su libro de bodas.

-Ah, ¿la cabaña sigue en pie? –preguntó Emmet con un falso tono de inocencia.

-Por supuesto, no somos salvajes. –contesté poniendo los ojos en blanco y pasando una de las hojas con más fuerza de la necesaria.

-El sexo salvaje es el más divertido. –argumentó Rosalie mientras entraba al salón. Llevaba las llaves de mi coche en las manos tras haber comprobado que lo había cuidado bien, las depositó en la pequeña mesa que había frente a mí y me miró con una sonrisita. –Deberías probarlo.

-Tú también no, Rose. –supliqué mientras la nombrada reía y se acomodaba al lado de Emmet, que la envolvió con su enorme brazo.

-¿Has elegido alguno? –preguntó Esme señalando el segundo catálogo que estaba mirando, ayudando a cambiar de tema a algo que no fuera mi vida sexual.

Le dediqué una mirada de agradecimiento antes de contestar.

-Sí pero el precio es…desorbitante.

-El dinero no es problema. –replicó con rapidez Alice que ya había visto mi decisión nada más tomarla y estaba cogiendo su teléfono para llamar a la tienda y comprarlo.

Y así de rápido tuve un violín nuevo en camino.

Pasamos el resto de la tarde hablando sobre los diferentes instrumentos y cómo a nadie le apasionaba demasiado tocar ninguno salvo a Edward y a mí. Cada uno de los Cullen tenía diferentes aficiones. Por ejemplo, Esme estaba totalmente centrada en su negocio de arquitectura e interiorismo y ya había conseguidos a varios clientes en las últimas semanas.

Un rato después Edward llegó y tras él Carlisle.

-Lo único que digo es que la manada está mandando un mensaje incorrecto al resto. Los ven saltar por el acantilado y ellos quieren imitarlos. Ayer un chico de quince años lo hizo y casi pierde la pierna. Tendré que hablar con Sam. –explicó Carlisle mientras entraban, parecía una conversación que llevaban teniendo un rato.

-Es mejor que no te acerque a ellos ahora mismo, no estamos en buenos términos, ya lo sabes. –replicó Edward antes de sentarse junto a Esme con un gesto contrariado.

-Edward tiene razón, los lobos serán más peligrosos que nunca. –objetó Jasper cuando Carlisle se acomodó a mi lado con un suspiro de resignación, automáticamente su brazo rodeó mis hombros y yo me ajusté a su costado.

-¿Lobos? –pregunté por fin, no entendía nada de esa conversación.

-¿Cómo crees que ganamos a todo un ejército de neófitos, hermanita? –preguntó Emmet con ambas cejas alzadas ante mi pregunta.

Abrí la boca para replicarle pero la volví a cerrar porque no sabía que decir. ¿Lobos? Estaba claro que si los vampiros existían –existíamos- también podían hacerlo otras criaturas sobrenaturales.

-¿Son como en las películas? ¿Se transforman con la luna llena? –mis preguntas provocaron las risas del resto de la familia.

-No, no son hijos de la luna. Son más bien cambiaformas que adoptan la forma de lobos para proteger a su tribu del peligro. –explicó Carlisle pacientemente.

-El peligro somos nosotros. Somos enemigos naturales. Aunque ellos son mucho más peligrosos. –dijo Edward haciendo una mueca de desagrado.

-No somos enemigos, sabemos colaborar cuando todos somos civilizados. – replicó Esme con el ceño ligeramente fruncido. Para ella que alguien ayudara a su familia los ponía directamente en su lista de gente a la que querer.

Rosalie bufó.

-No se le puede pedir ser civilizado a una manada de perros.

-Ellos nos ayudaron a proteger a Bella, Rose. –le recordó Carlisle con calma. No parecía compartir los prejuicios de sus hijos.

-Sí, porque tenían intereses ocultos en ello. –replicó Alice poniendo los ojos en blanco.

Alcé ambas cejas y centré mi mirada en Edward.

-¿Bella es amiga de los lobos? –pregunté. ¿Esa chica tenía amigos normales?

Edward se movió un tanto incómodo no sé si ante mi pregunta o ante mi pensamiento.

-Bella tiene un terrible gusto en elegir a la gente a la que quiere. –contestó.

-Desde luego, se va a casar contigo. –espetó Emmet y soltó una carcajada cuando Edward le lanzó un cojín a una velocidad que podía haber atravesado la pared y lo esquivó de un manotazo.

Y así acabó el tema de los lobos. Mientras Emmet se lanzaba directamente hacia Edward fingiendo un ataque y Esme les exigía que fueran salvajes lejos de los muebles más delicados yo escondí la cara en el cuello de Carlisle. El olor de la sal y el sol había sido sustituido por el penetrante olor de desinfectante y medicina pero era mi Carlisle, y era como oler el hogar.

Él me estrechó entre sus brazos, creando nuestra propia burbuja entre el caos familiar y sonreí sintiéndome en casa.