¡Hola! Siento mucho el retraso, chicos. Las Navidades se han juntado con los exámenes de enero y no he tenido tiempo ni para respirar, es algo realmente horrible
Disclaimer: Hetalia no me pertenece, es propiedad de Hidekazu Himaruya.
Advertencias anteriores: cierto manifiesto antitaurino en este relato. Si no te gusta, no sigas leyendo, he tratado de ser lo más objetiva y justa posible, pero es lo que yo pienso y he vivido en realidad.
¡Muchísimas gracias por todos vuestros reviews anteriores!
¡A leer!
España es el país de las corridas de toros
Era un día soleado y bochornoso, en una tarde perdida del mes de Julio. El calor era aplastante y el sol golpeaba con fuerza su cabeza, pero debía aguantar y ayudar a los que ya empezaban a tener ciertos indicios de insolación.
España sabía muy bien por qué estaba allí, en ese momento, dándole de beber a una chica que estaba sentada en el suelo muerta de calor. Miró al frente cuando tiró la botella de agua vacía y contempló la enorme plaza de toros de las Ventas de Madrid. Consultó su reloj, sólo quedaban cinco minutos hasta que el torero fuera tomado en brazos de la gente y todos comenzaran a salir del lugar.
Llevaban una hora esperando allí. Él había logrado escaparse del Palacio de Congresos, aunque intuía que los ministros hicieron la vista gorda y pudo escaparse sin problemas. Aunque sonase irónico, él tenía que estar allí. Junto con los manifestantes de la anti tauromaquia pintados de rojo simulando la sangre y con pancartas con toreros tachados o toros ensangrentados caídos en ruedos anónimos.
Ninguno de los manifestantes sabía quién era él, pero si lo hubieran sabido, seguramente estarían más convencidos de su propia lucha. Tenían a España de su parte y ello ayudaría a que, al final, esas prácticas fueran derogadas. Pero no podía llamar la atención, se formaría un conflicto tan grande entre taurinos y antitaurinos que las consecuencias serían catastróficas. Así que, allí se encontraba, con una gorra para protegerse del intenso sol veraniego y con unas gafas de sol, que ocultaban sus ojos verdes, el rasgo que daría más motivos para identificarle. Alguna vez en su vida, todos los españoles le han visto por lo menos una vez, ya fuera durante el discurso del Rey en Navidad o durante la jura del cargo de presidencia del Gobierno ante el Rey. Alguien podría tener muy buena memoria y recordarle.
La chica a la que acababa de regalarle su agua le invitó a sentarse junto a ella bajo un paraguas que se habría traído para cuando el sol fuera insoportable. Él la acompañó con una sonrisa y se sentó a su lado. Ella le miraba fijamente y preguntó:
—¿Te he visto alguna vez?
—¿Por qué lo preguntas?—preguntó poniéndose tenso. Era imposible que le hubiera reconocido.
—No lo sé—contestó ella mirándole más fijamente, sin decidirse a pedirle que se quitase las gafas de sol—. Cuando me has sonreído, me has recordado a alguien. Pero no sé a quién. ¡Da igual! A lo mejor me estoy confundiendo.
España no dijo nada. ¿Le había reconocido por su sonrisa? Bélgica siempre le decía que su seña de identidad era esa sonrisa boba y encantadora, pero él nunca le había hecho mucho caso. Se fijó en la chica que ahora estaba prestando atención a otro manifestante que le estaba contando algo. ¿Cuándo le habría visto? ¿En el mensaje del Rey o en el momento de ratificación de los nuevos gobiernos o quizá cuando volvía de alguna reunión europea cuando se mantenía en un discreto segundo plano para no ser reconocido tan fácilmente? No lo sabía. Pero si quería pasar desapercibido, debía dejar de sonreír o reírse. Estar serio no se le daba muy bien.
Decidió pensar en la causa que pensaba proteger. Sin darse cuenta, rememoró el motivo por el que, en ese momento, se encontraba con tantas pancartas en la mano. Al principio, le gustaba la tauromaquia, se divertía mucho con la muleta, lidiando a su toro en el patio de atrás de su casa. A veces, incluso, se vestía con el traje de luces por completo y en una pequeña plaza de toros que tenía en su casa daba una exhibición de su arte frente a sus jefes o alguna nación que pasaba unos días con él. Nunca le hacía daño a su toro y todos los que tuvo los trató como parte de sus múltiples mascotas.
Pero un día, todo aquello cambió. Su jefe de allá por principios del siglo XX estaba mirándole divertirse con el toro de esa época y, cuando había terminado, se reunió con él, esperando poder hablar de los asuntos que los tenía centrados. Esa gran huelga general lo tenía realmente preocupado y paralizado, dejándole realmente debilitado y asustado por lo que pudiera pasarle a su pueblo.
Pero a su rey no parecía preocuparle mucho ese asunto. Nada más que ambos se internaron en su casa, lo primero que dijo fue:
—España, el toro que tienes es de lidia auténtico, ¿verdad?
—Eh, sí—afirmó la nación, realmente confuso—¿Por qué?
—¿Sabes que en un par de semanas empieza el enfrentamiento entre Joselito y Gallito, verdad?—le preguntó aunque sabía que la respuesta sería afirmativa—. Ese toro de lidia que tienes es pura raza. Seguro que no tienes inconveniente con que sea la estrella del ruedo.
—¿Qué?—preguntó España indignado—¿Por qué?
—¿Es tu favorito, no?—preguntó el rey sabiendo otra vez la respuesta—. Nadie mejor que tú puede tener ese ojo para los toros, España. Es el indicado para la contienda en Madrid entre los grandes.
—¡No quiero!—exclamó España—. Es mío, no puedes quitármelo. ¿No habías venido a que solucionásemos los problemas de los trabajadores para que abandonasen la huelga?
—No saben ni lo que quieren, España—fue lo que le contestó restándole importancia—. Seguro que se pondrán mucho más contentos con este evento. No se da todos los días algo así.
España entonces sintió que quería cargarse a ese reyezuelo de tres al cuarto. No sólo no les preocupaba las demandas de los obreros ni del pueblo español, sino que trataban de acallar sus protestas, comprándoles con corridas de toros, en el que el protagonista trágico sería "el toro de lidia de España". No pensaba permitirlo.
—¡Me niego! ¿Qué clase de país crees que soy si no me preocupo por mi propia población? ¡Por mucho que les pongas una venda en los ojos, la crisis económica no se irá! Volverán a salir a la calle porque las cosas no van bien.
—Pero sí les escuchamos—contestó el rey sin comprender nada de lo que protestaba la nación—. Necesitan olvidarse de todos sus problemas ahora.
—Lo que necesitan es que mantengáis los derechos de su Constitución y que no les robéis, ni engañéis—dijo España finalmente, sonando demasiado duro para ser él, pero estaba enfermo a causa de las revueltas y no estaba de humor para tonterías.
El rey no le contestó, simplemente le dijo que ya hablarían otro día y abandonó su casa en el coche oficial. Pero España no sabía que lo peor vendría a continuación. Cuando él pensaba que respetaría su decisión de mantener el toro con él, no supo, hasta días después, lo equivocado que estaba.
Esta vez, su jefe no vino. Sino que vinieron un grupo de ganaderos de lidia sin su permiso a examinar al toro en cuestión. Cuando dieron su conformidad, le enseñaron una orden de su jefe para llevárselo a su ganadería para el día de Joselito y el Gallito a las Ventas y que no podía negarse porque eran deseos de su Majestad el rey de España.
Se lo llevaron sin que en ese momento pudiese hacer nada. Pero las cosas no iban a quedar así. Se plantó en el Palacio Real y entró hasta las estancias del rey, donde se encontraba trabajando y se plantó delante de él, muy serio y furioso, algo poco propio de él. El rey le miró confuso y preguntó:
—¿Pasa algo, España?
—Quiero que me devuelvas a "Manolete"—contestó sin dejar amilanar, nombrando a su toro predilecto—. Y que se cancele el encuentro de la semana que viene para que escuches las demandas de los obreros. Es mi última palabra.
—Soy tu rey—contestó éste volviendo a escribir en sus hojas—. Estás obligado a hacer lo que yo te diga. Así que vendrás conmigo a ver la corrida.
España, furioso, puso con fuerza las manos sobre la mesa y miró fijamente a su jefe. El juego de miradas no parecía acobardar a ninguno de los dos. Él era una nación, sólo recibía las órdenes de su pueblo, que en ese momento se manifestaba por sus derechos, no de un rey egoísta que no le importaba:
—Espero que hagas lo que yo te digo que es mejor. Si no, te las verás conmigo—después de eso, se marchó de allí.
Pero no lo hizo. Lo que ocurrió es que "Manolete" fue sacrificado a petición del sádico público sediento de sangre y la ovación conjunta a los dos matadores famosos frente al rey de España y la nación horrorizada. Al final, lo habían logrado. La corrida había sido todo un éxito y la gran huelga general de 1917 fue olvidada por todos los dirigentes que allí se encontraban. Habían logrado todo lo que se habían propuesto, pero se habían llevado con ello consecuencias que no se esperaban. El peligro de inestabilidad de la corona y el odio a la tauromaquia de la nación española.
Desde entonces, las cosas no volvieron a ser lo mismo. Desde todo ese siglo hasta la actualidad, España creó asociaciones antitaurinas con el dinero de donaciones anónimas de personas que deseaban como él que esas prácticas terminasen, pero nadie nunca supo que el que estaba detrás de todo ello, era él. España, la nación de los toros. Ni siquiera aquellos intelectuales antitaurinos del siglo XX que le apoyaron sin reservas cuando comenzó con el movimiento antitaurino.
Francia y Portugal pronto se enteraron de sus manifestaciones y los convenció casi enseguida. Francia le siguió durante mucho tiempo, pero en la actualidad, parecía que su jefe le había convencido de dejar esas demandas y ya no le acompañaba a las manifestaciones y ni siquiera iba él a las de su país, donde el nivel antitaurino había aumentado considerablemente. Pero él no sólo había abandonado la lucha antitaurina, sino que la había declarado Bien Cultural Inmaterial. No sabía por qué le tenía tan abducido su jefe, pero hacía todo lo que le decía.
Portugal, por otro lado, siempre había sido un hueso duro de roer. A él sí le gustaban los toros y, quizá por llevarle la contraria, como siempre, se había declarado al principio totalmente en contra de sus demandas, aludiendo a la tradición de sus países antigua y que si no fuera por estas prácticas, esos toros se hubieran extinguido.
Así que, sabiendo cómo era su hermano en el tema de declararse en contra de todo lo que le propusiera, decidió invitarle a las fiestas de uno de sus pueblos, durante las fiestas taurinas, para concienciarle.
Recordó las barbaridades que le hacían al toro y cómo todos se burlaban y daban rienda suelta a su sadismo, aprovechándose de la debilidad y minoría del toro al que le había tocado esa suerte. Se acordaba del acorralamiento y acoso al que fue sometido, a la sangre que salían de las heridas que le había provocado y de las patadas proferidas por un puñado de brutos cobardes que no se atreverían con él si estuviera en perfectas facultades. Se acordó de "Manolete" y su destino final y se puso furioso. Miró a su compañero y vio que Portugal se entristecía y se ponía verde de la impresión.
Luego de eso, se puso furioso él, pero se dejó llevar por la furia y empezó a gritar en portugués y a insultar todo lo que sabía de español, sin pensar en nada más. España se encogió en ese momento, se le había olvidado decirle que en ese pueblo eran muy celosos de su fiesta y todo el que estuviera en contra recibía su merecido.
El resultado fue ese: los golpes y los puñetazos llovieron sobre los dos mientras trataban de escapar de la marabunta de personas enfurecidas. Pero al menos lo había logrado. Había convencido a Portugal y éste también se inició en la carrera de prohibir la tauromaquia en su país, a la par que él. Pero claro, nunca diría que fue alentado por España, antes de eso, se haría uno con él y con Francia.
Ahora, a veces, le veía en la televisión sin camiseta enfrente de cualquier plaza de toros tirado en el suelo, junto con cientos de manifestantes pintado de rojo o directamente con sangre, apoyando a su población y defendiendo los derechos de los animales. Si supieran los portugueses que aquel era su nación…
Lo mismo le pasó con sus ex colonias americanas, que, negándose a dejarse llevar por sus palabras, emprendieron sus propias acciones antitaurinas cuando les dio la gana. Siempre que pensaba en ello, España sonreía. Al menos lo estaban haciendo, se sentía orgulloso de ellos.
—¡Ya salen!—oyó de pronto a lo lejos, sacándole de sus recuerdos.
Se pusieron todos en acción. Se levantaron y se acercaron a las distintas salidas, que ya estaban protegidas con vallas por posibles enfrentamientos posteriores entre los taurinos y los antitaurinos. España había logrado posicionarse en la primera fila con su enorme pancarta y comenzó a ver a las primeras personas que salían del recinto. La mayoría eran gente mayor y por ello no los culpaba, eran hombres de su época que no habían conocido otra cosa en su juventud y ello les producía la satisfacción de recordar tiempos que, para ellos, fueron mejores, simplemente porque eran jóvenes. Pero a la gente de mediana edad y jóvenes, ¿por qué? No entendía a veces su propio país, en el cual se habían prohibido las peleas de gallos u otras tradiciones en las que se torturaban animales. ¿Por qué esta no? ¿Quién, un día se levantó y decidió, que esa sería su fiesta nacional? Que él supiera, él no lo había decidido y era España. No lo comprendía.
Comenzó la batalla de insultos y gritos. Siempre era igual, los antitaurinos gritaban y reclamaban la abolición de la tauromaquia a un lado de la valla y los taurinos les increpaban de forma ofensiva y les hacía gestos obscenos con las manos o llevándoselas a los genitales, como si así demostrasen tener más razón. Pero nunca llegaban a las manos entre ellos, la policía siempre estaba allí y todo quedaba en simples intercambios de insultos, gritos y ensalzamientos de la figura de la España taurina. Ante esas palabras, España torcía el gesto, ¿por qué siempre le usaba como excusa para dar apoyo a sus argumentos, por muy estúpidos que sonasen? Él estaba al otro lado de la valla, no con ellos, no tenían ninguna razón. Eso le hizo movilizarse más y agitar con más fuerza y energía su pancarta antitaurina.
Todo hubiera quedado más o menos como siempre de no ser por un pequeño detalle que no esperaba. Su jefe, el presidente del gobierno, estaba saliendo del recinto en ese momento escoltado por su séquito y acompañado por unos cuantos periodistas que le seguían. España tragó saliva, no quería ser descubierto frente a esa algarabía.
Pero todo fue tarde. Cuando iba a darse la vuelta para huir, la fila se cerró y no le permitía pasar hacia el exterior y tampoco podía darse la vuelta por los empujones de los manifestantes. Trató de bajar la cabeza para no ser visto, pero fue demasiado tarde, su jefe estaba pasando por su lado y se había quedado parado frente a él, al haberle reconocido. España no sabía dónde meterse. Estaba perdido.
Pero su jefe se marchó sin decirle nada, sólo le miró por un momento sin dar ninguna prueba de lo que estaba pasándole por la cabeza y le hizo un gesto con la cabeza hacia fuera. Él lo comprendió, era una forma de decirle, sin palabras, que ya se verían en su casa después y se sintió más nervioso. ¿Qué le haría?
La multitud se dispersó cuando la última persona que salía del recinto se marchó y se habían cerciorado de que nadie más quedaba allí, ni siquiera el matador, que ya había recibido por su puerta los gritos e insultos de los antitaurinos que se agolparon en su salida.
Cada uno se marchó a su casa, pero España se quedó rezagado en la plaza sin saber qué hacer. No quería otro enfrentamiento como el que tuvo hacía casi cien años con el rey, ahora que se comenzaba a llevar con su nuevo jefe. No tenía ganas de irse a su casa.
Mientras cavilaba sobre lo qué debía y no hacer, se le acercó alguien. Él levantó la vista y se encontró con la misma chica a la que había ofrecido agua horas atrás. Parecía muy contenta de verle y él sonrió inconscientemente, se había olvidado de que no debía sonreír, pero fue tarde, ella le dijo:
—Ya sé quién eres, te vi en el desfile de las fuerzas armadas del día doce de octubre que mi padre me hizo ver. Eres España, ¿verdad?—al ver que no contestaba, se apresuró a añadir—. No te preocupes, no se lo diré a nadie.
—Lo soy—contestó él, poniendo fin a la expectación.
—¡Lo sabía!—celebró ella al oír la respuesta—. Sabía que eras tú, estoy muy contenta.
—¿Contenta?—preguntó él sin dejar de sonreír—¿Por qué?
—Porque eres de los nuestros—le contestó—. Ahora cada vez que esos retrógrados digan que España es taurina, me reiré de ellos—al ver la cara que estaba poniendo, volvió a añadir—. Tu secreto está a salvo conmigo, tranquilo. ¡Adiós, España!
Se despidió de él y, antes de marcharse corriendo, se acercó a él, depositando un cariñoso beso en su mejilla y diciéndole en un susurro:
—Nunca antes me había alegrado tanto de ser española—después de decir eso, se marchó, dejando a la nación sonrojada y más feliz que nunca.
Con el recuerdo de aquel encuentro tan conmovedor, España llegó a su casa, sintiendo que los pies no rozaban el suelo. Nunca le habían dicho con tanta ilusión que se alegraban de pertenecer a él y se sentía como si estuviese enamorado. Flotando de felicidad por los lugares y temiendo no poder volver a pisar el suelo.
Pero la burbuja estalló, cuando se encontró en su despacho a su jefe. No sabía cuándo habría llegado, pero se había sentado en su sillón y estaba leyendo el periódico despreocupadamente. Cuando vio entrar a la nación en el lugar, dejó el periódico y le observó hasta que tomó asiento y comenzó a prestarle atención.
Su jefe se levantó del sillón y comenzó a dar paseos por la estancia sin decirle nada, cosa que le comenzó a enfadar. Si quería decirle algo, que se lo dijera, no que se pusiera a dar vueltas sin parar.
—España…—comenzó a decir, como si temiera lo que iba a preguntar a continuación—¿Tú estabas en la manifestación de las Ventas?
—Sí—afirmó simplemente el susodicho, enfocando sus ojos verdes fijamente en su interlocutor.
—Imaginaba—contestó su jefe—¿Por qué?
—Porque soy antitaurino—contestó de forma simple una vez más.
—¿Desde cuándo?—preguntó su jefe, seguramente planteándose hablar con su predecesor sobre ese tema del que no estaba enterado.
—Desde hace siglos—volvió a contestar—. Pero nadie lo sabía, no te preocupes.
Su jefe suspiró y se quedó enfrente de él, mirándole fijamente. Parecía querer buscar las palabras adecuadas para poderlo decir, lo que finalmente decidió decir a continuación:
—España… verás, no sé qué es lo que te ha llevado a ser de esta manera. No te voy a impedir que seas lo que tú quieras, claro está, al fin y al cabo tú eres dueño de tus opiniones, pero debes entender que hay españoles que les gustan los toros y no puedes obligarles a que los odien.
—Lo sé—contestó España—. Pero también cada vez son menos los interesados. Hoy de las Ventas salisteis muy pocos y cada vez en más territorios españoles se abolen estas prácticas.
—También lo sé, pero debes comprender que la gente necesita tiempo para poder acostumbrarse a vuestros deseos—le contestó—. Seguramente… seguramente en unos años, todo esto se haya perdido y nadie querrá saber nada de los toros. Eres libre de protestar y tratar de concienciar a los españoles de todo esto, España. Pero no olvides que todos, taurinos y antitaurinos, son españoles y tienes que apoyar a todos, sin importar sus creencias u opiniones.
España asintió, ya lo sabía, ya lo creía que lo sabía. Él había estado en la redacción de la Constitución, ese hombre no le podía andar contando milongas. Pero tenía razón, tarde o temprano todo eso cambiaría y todos los españoles se concienciarían que era un buen cambio, sólo debía esperar.
Su jefe, entonces, sonrió y le mostró unas entradas. España las cogió y, cuando vio de lo que se trataba, casi se cae de espaldas. Eran dos entradas de palco para ver el clásico Madrid-Barça de la Copa del Rey. Miró a su jefe y le vio sonreír, entonces dijo:
—Puede que seas antitaurino y yo no, España. Pero sé que en esto, ambos estaremos de acuerdo. ¿Me acompañarás?
—Nunca podría estar más de acuerdo, jefe—se apresuró a contestar—¿Nos vamos?
Entonces los dos se marcharon al partido, cerrando la puerta tras de sí.
Conclusión: en España, la tradición de la tauromaquia cada vez es menos popular entre los españoles. El fútbol, a día de hoy, es lo que más une a españoles todas las semanas, ya sea para celebrar las victorias o insultarse por las pérdidas.
FIN. Espero que os haya gustado mucho. Es cierto que en España cada vez la tauromaquia es menos importante para los españoles, ya que el fútbol ha ganado muchísimos adeptos desde hace muchísimos años y, con los triunfos que estamos teniendo últimamente, ha ganado mucho más. Yo también prefiero que a la gente le guste el fútbol, a decir verdad.
Por otro lado, también es cierto que España no es el único lugar con esta tradición, en Portugal y Latinoamérica también se dan y, aunque los franceses digan que no, allí también y con Sarkozy ahora aún más.
Me pareció justo decir que fue España el que inició las prácticas antitaurinas, muchas Comunidades Autónomas las han prohibido y más fiestas de ese estilo también. Ya es hora de quitarnos este estereotipo, de una vez.
Al toro de España le puse Manolete, como el torero. Fue simplemente porque nació el mismo año que la gran huelga general de 1917 y me pareció curioso porque también coincidió con la época de esplendor de lo taurino de la mano de Joselito y Gallito.
En fin, espero, una vez más que os haya gustado. ¡Nos leemos!
