¡Hola a todos! Creo que tardé mucho en actualizar y lo siento de veras. He estado muy ocupada estos días y me ha costado mucho poder continuarla, pero bueno aquí está.

Disclaimer: Hetalia no me pertenece, pertenece a Hidekazu Himaruya.

Advertencias: AU con nombres humanos y algunas palabras feas en spanglish.

¡A leer!

Los camareros en España son muy maleducados, gritan mucho y no hablan inglés

Nunca pensó que el verano se le fuera a hacer tan largo, ni tan insoportable como para desear que nevara, hiciera frío y todas esas malditas personas explotadoras se largaran a sus malditos países.

Antonio era un chico muy paciente, nunca se enfadaba y procuraba siempre ver el lado positivo de las cosas, pero todo eso le desbordaba de tal manera que de un momento a otro iba a provocar un genocidio masivo. Llevar trabajando desde las ocho de la mañana hasta las diez de la noche, con una simple parada para comer de media hora y sin apenas haber dormido, era un motivo más que suficiente para desear dejar aflorar esos instintos homicidas.

"Antonio, lleva esta botella de agua a la mesa 3, Antonio, lleva esto a las mesas 7, 8, 9 y 10, Antonio, tienes que subir a recoger los vasos que los clientes pretendían llevarse y que no podemos permitir, Antonio…"

Creía que si alguien volvía a decir Antonio una vez más, al día siguiente se iba al registro civil a cambiárselo. No podía más. Se sentó durante un momento que le habían dejado vivir entre cambios de turno y apoyó la barbilla en sus manos, suspirando agotado.

¿Por qué lo hacía? ¿Por qué estaba pasando por ese empleo de mierda cuando era licenciado en derecho e hispánicas y tenía dos másters? ¿Por qué no estaba trabajando en un bufete o en una empresa seria? ¿Por qué no se pegaban los empresarios por contratar a alguien tan cualificado como él? Suspiró aún más fuerte. Bien sabía la respuesta que resumía todas esas preguntas en una sola palabra: Paro.

Se había licenciado después de muchos años de esfuerzo hacía tres años, en los cuales todo lo que había trabajado había sido dándole clases de español a extranjeros y en Estados Unidos y Alemania, pero, como se había esperado, empleos de poca monta que le habían llevado a volverse a España a buscar cualquier cosa.

Y ahora estaba allí, trabajando en un hotel de Salou, intentando poder ganar algo de dinero para ahorrar y ayudar a su familia a seguir pagando la hipoteca. Había recibido el soplo por parte de un ex compañero de la universidad y, sin pensarlo ni un segundo, en cuanto aceptaron darle trabajo sin firmar un contrato, hizo las maletas y se marchó para allí.

Sabía que no debía pensar en lo mucho que se arrepentía. La situación estaba muy mal en su entorno y debía de tirar con lo que pudiese. Corrían tiempos duros y debía afrontarlos con total fortaleza.

Así que, con todo el esfuerzo del mundo, volvió a levantarse para iniciar una vez más la dura jornada laboral. Cuando llegó a la barra del bar donde le tocaba el turno en ese momento vio que la compañera con la que mejor se llevaba estaba ya allí trabajando. Al menos tendría alguien con quien hablar.

Se adentró a su nuevo lugar de trabajo ya preparado para iniciar su horario. Su compañera, en cuanto le vio, sonrió de oreja a oreja y le dijo:

Me alegro de que te toque conmigo Antonio, así no me sentiré tan agobiada.

Sí la verdad es que contigo estoy mucho mejor, Emmacontestó él sonriéndole mientras veía que la gente comenzaba a acercarse.

La verdad es que no comprendía que hacía Emma allí. Era una chica preciosa profesora de francés procedente de Bélgica, que llevaba el mismo tiempo trabajando allí que él. Ella había dicho que había buscado ese trabajo de cara al público para perfeccionar su español y Antonio tampoco era algo que entendiese porque tenía un español más que aceptable. Tenía algo de acento afrancesado, pero era comprensible.

No pudieron hablar más porque de repente una marabunta de ingleses y alemanes sedientos de cerveza y otros tipos de alcohol hizo su aparición. Comenzaba la lucha.

¡Ponme una birra!oyó a lo lejos una voz con un marcado acento germano.

A mí otrase oyó varias voces como si de ecos se tratase.

A mí ponme un mojito, una de caipiriña y dos chupitos de whisky escocésotras doscientas órdenes desde diferentes frentes.

Se empezó a poner manos a la obra, sacar el hielo, tener vasos de diferentes tamaños limpios, mantener las botellas a punto para no equivocarse, recordar a qué le echaba rajita de limón o naranja. Eran demasiadas cosas a la vez como para hacer las cosas tan bien. Antonio, por suerte, no tenía mucho problema, de los mil trabajos que había desarrollado a lo largo de su vida laboral, el oficio de camarero lo había desempeñado en múltiples ocasiones. Algo de experiencia sí que tenía.

Sin embargo, veía con problemas a Emma, ella parecía estar más torpe en ese aspecto y la había tenido que ayudar en un par de ocasiones diciéndole donde se encontraban una u otras cosas. Ello parecía irritar a varios clientes que parecían creerse los únicos que allí se encontraban y empezaban a maldecir en sus propios idiomas.

Antonio entendía lo que estaban diciendo y hacían que él comenzase a molestarse. No tenían por qué estar enfadados, estaban de vacaciones y ellos no. Tenían todo el tiempo del mundo y todo el día para pedir y sólo se les ocurría ir todos a la vez. No eran dioses ni robots.

¡Venga ya!oyó de pronto una voz que sobresalía por encima de las demás, llamando la atención de los dos camareros. He pedido una cerveza hace una hora, bloody hell!

Conocía esa voz. Era un inglés que ya llevaba dos semanas hospedado en el hotel, de sobra conocido por todos los empleados del hotel por su estúpida manía de tirarse a la piscina desde la terraza de su habitación y su capacidad casi inhumana de tragar alcohol como si no hubiera un mañana. Antonio ya había tenido que llamar a la ambulancia para que se lo llevaran a él y sus amigos por comas etílicos. Sabía que se llamaba Arthur Kirkland y que era un universitario inglés. Todos le tenían mucha manía.

¡Ya va!gritó él por encima del griterío.

Come on!continuó el inglés aporreando la barra y siendo animado por sus ebrios amigos¡No tenemos todo el día! Tenemos cosas mejores que hacer.

Ante todos esos gritos, lo único que se le ocurrió hacer a Antonio fue poner sobre la barra la jarra con toda la fuerza que pudo, dejando enmudecido al chaval. Le miró fijamente, como si le retase a decir algo más, pero éste cogió su cerveza y se alejó de allí totalmente azorado.

Durante su turno, por fin tuvieron bajo control todas las demandas de los clientes y fueron alejándose de la barra dándoles por fin un respiro. Recogieron las jarras que habían dejado abandonadas al rato y Antonio sintió lástima por tener que tirar jarras medio llenas, ¿para qué las despreciaban si casi no las habían probado?

Luego dicen que hay crisisprotestó Emma llevándose una bandeja llena de canapés que unos clientes habían despreciado. Encima estos estaban muy buenos. Feliciano no estará muy contento con esto.

Antonio pensó en ese cocinero italiano y sintió lástima. Era un chico torpe y bastante perezoso, pero todos reconocían que era todo un chef, sobre todo a lo que la pasta se refería y además era toda una pasión para él. Sabían que cuando tenían que tirar la comida que él ideaba y preparaba con todo el esmero del mundo, se ponía bastante triste.

Bueno, podemos evitarle un disgustodijo Antonio cogiendo uno de la bandeja y dándoselo a comer a su compañera directamente a la boca.

Ella se rió y se lo comió. Luego miraron a ambos lados para ver que no había nadie a la vista y empezaron a coger canapés hasta que dejaron el plato vacío. Ambos celebraban su travesura cuando de repente oyeron una voz a sus espaldas:

¿Qué hacéis, idiotas?

Ambos se dieron la vuelta sintiendo el corazón salirse del pecho del susto y se relajaron en cuanto vieron que quien estaba allí era Lovino. Allí estaba el hermano mayor de Feliciano, nacido en el sur de Italia y con muy malhumor que demostraba a todas horas, sobre todo con Antonio, su mejor amigo. Se conocieron el primer día que el italiano le insultó a modo de saludo y Antonio pensó que era un chaval muy gracioso.

¡Hola Lovi!le saludó con alegría. Lástima, has llegado tarde. Los canapés de tu hermano estaban deliciosos.

¡Imbécil!le espetó el italiano, no le hacía gracia que alabasen a su hermano en su presencia. Vengo a decirte que el director quiere verte. Seguro que algún estúpido alemán se ha quejado de tu imbecilidad.

Antonio tragó en seco. El director quería verle, ¿por qué? Se puso a pensar si habría hecho algo mal y no recordaba nada. ¿Qué podría haber sido? Miró a Emma y vio que ella se encogía de hombros y se ofrecía a acompañarle, pero él rehusó. No quería que la riñesen por faltar a su puesto. Así que se despidió de los dos y fue hacia allí.


Cada día, sin duda, estaba más enfadado y asqueado de su vida y de su trabajo. Había recibido una reprimenda por parte de su jefe de tal magnitud que incluso le había amonestado. La razón de todo ello, el maldito inglés. No contento con haberle hecho enfurecer en la barra, cuando se fue de allí lo primero que se le ocurrió hacer fue ir a quejarse de sus "malos modos" y "falta de educación con los clientes del hotel". Su jefe ni siquiera se molestó en saber sus explicaciones ni le dejó defenderse, así que se quedó con la amonestación y con la moral más baja que nunca.

En ello pensaba mientras limpiaba las mesas del bar de la piscina. El día estaba muy tranquilo, la mayoría de los clientes se habían ido a la excursión a Tarragona que el hotel había organizado o estaban en la playa, así que estaban en relativa paz. Podía ver a pocas personas en la piscina, entre ellos a los hermanos italianos. No sabía cómo se habían escabullido del trabajo sin que el supervisor les persiguiese, pero allí estaban lanzándose agua y Lovino haciendo aguadillas a Feliciano mientras el pequeño de los dos trataba de escaparse medio llorando. Era una imagen muy cómica.

Sin embargo, estaban dando mucho espectáculo y sólo consiguieron que la gente se fuera alejando de ellos, molestos con su escándalo.

Antonio sonrió mientras negaba con la cabeza y se acercó a una mesa a tomar el pedido a dos alemanes. Ya los conocía, eran dos hermanos que siempre estaban allí a esa hora para tomar grandes jarras de birra hasta que el mayor de los dos, un albino un tanto escandaloso, casi no podía con su alma y su hermano pequeño se lo llevaba a rastras. Sabía que se llamaban Gilbert y Ludwig Beilschmidt o algo así y que estaba pasando todo el mes allí.

¿Otra vez tienes turno?preguntó sorprendido el menor de los hermanos en un español bastante envidiable, mientras apartaba la tercera cerveza de Gilbert de forma disimulada—. Si esta mañana también estabas, Antonio.

Es que tenemos poco personalcontestó él tranquilamente antes de preguntar si otra ronda.

Y ponnos unas tapas, Antonioexclamó de pronto Gilbert en un español muy rápido. Que a Lud le gusta mucho la comida de este hotel.

Pues si veis a aquel muchacho de la piscina que corre aterrorizadoal ver que los alemanes asentían, prosiguió. Es el jefe de las cocinas.

Ambos se quedaron mirándole incrédulos y mientras se alejaba a tomar nota a otra mesa le pareció ver que Ludwig parecía mirarle con otros ojos y que se le notaba un tanto perturbado. Sonrió ante todo aquello, le encantaban esos tipos de enredos.

Con una sonrisa bobalicona en los labios, se aproximó a la siguiente mesa. En ella estaba una pareja de chicos nórdicos con su niño que parecían muy entretenidos mirándose de reojo y volviendo la vista a otro lado, sonrojados. ¡Estos nórdicos! Ellos llevaban apenas tres días de vacaciones allí y todos los empleados ya se sabían su vida. Se habían enterado de que se habían casado en Suecia, donde sí se permitían los matrimonios homosexuales y habían adoptado a un niño inglés que correteaba por el bar vestido de marinero. Le gustaban los nórdicos, solían dejar buenas propinas, pero eran muy estrictos y bastante quisquillosos.

Pero simplemente les atendió y se fue. Más de una vez, el sueco había torcido el gesto ante su acento profundamente castellanizado en inglés, pero no le había dado ninguna importancia. La verdad es que le daba igual, al menos sabía inglés y nadie se había esforzado por hablar en español más que los dos alemanes.

De mal humor tomó la bandeja que le ofrecía en la barra su compañero, también español y que casi parecía que le iba a dar un ataque de un momento a otro. Llevaba todo el día trabajando y la fiesta de empleados de la noche anterior no parecía haberle sentado muy bien.

Con una sonrisa de ánimo y complicidad a su pobre compañero, cogió las cosas y se dirigió a las diferentes mesas y fue sirviendo lo pedido. La piscina se había vuelto a llenar de gente y pudo notar que los italianos se habían escabullido al ver que el socorrista se acercaba y podía descubrirlos. A su alrededor había mucho ruido de gritos y de zambullidas y notó que la cabeza comenzaba a dolerle, cada momento del día tenía más claro que la fiesta de empleados fue un error.

¿Perdone?preguntó elevando el tono de voz mucho más que antes.

¡Una cerveza!contesto un cliente también europeo que parecía disgustado por sus gritos.

¿Cerveza?volvió a preguntar incapaz de entender bien por el ruido que se había formado, maldecía que los del club de aerobic hubieran puesto en ese momento la música tan alta.

¡Sí!contestó voceando el hombre claramente molesto.

Antonio asintió y se alejó, pero aun así pudo oírle algo en su idioma por lo bajo, seguramente le había insultado. ¡Por dios! No oía nada, ¿qué había de malo que elevase el tono de voz?

Con la bandeja llena de bebidas y comidas, continuó su recorrido. Dejó la quinta ronda de cerveza de los alemanes junto con las tapas que habían pedido. Gilbert ya parecía empezar a adormecerse y a balbucear incoherencias y Ludwig le había preguntado que si sabía donde se había ido el cocinero italiano, asegurándose que quedara claro que sólo quería felicitarle por lo deliciosa que había estado la comida.

Antonio, con una sonrisa, le prometió que hablaría con él para presentárselo y se alejó de ellos pensando en lo que dirían tanto Feliciano cuando se enterase como Lovino, demasiado sobreprotector con su hermano.

Sin embargo, su jornada no podía acabar bien. Cuando ya sólo le quedaba repartir una ronda de pedidos para poder irse a su habitación a descansar, algo imprevisto pasó. Iba distraídamente pensando en sus cosas cuando de repente, algo impactó contra él con tanta fuerza que cayó al suelo con todo lo que llevaba en la bandeja y cayó encima de él y el otro cuerpo que se le había cruzado.

Una botella de Coca Cola impactó contra su cabeza sin romperse, dejándole bastante atontado durante un rato. Notó que alguien trataba de levantarle y de pronto, el ruido de cristales cayendo de su cuerpo al suelo pareció devolverle a la realidad y se levantó del suelo asustado.

Miró a todas partes, un montón de clientes, su compañero y, extrañamente, Lovino estaban alrededor suyo intentándole ayudar y en el suelo descubrió a los dos causantes de su accidente. Uno de ellos el maldito inglés otra vez que trataba de levantarse y en el otro lado había otro que conocía muy bien, un cliente francés llamado Francis Bonnefoy, que era de sobra conocido por todos por su habilidad de sobar indistintamente mujeres y hombres sin ser descubierto nunca. El propio Antonio había sido víctima suya en alguna ocasión, pero ese no era el caso.

Arthur Kirkland se levantó siendo ayudado por otros empleados y, tras sacudirse la ropa, se volvió hacia el francés sonrojado y comenzó a insultarle en inglés sin que nadie pudiera entender lo que decía y volvió a echar a correr sin importarle que sangrara ligeramente por el brazo. Todo el mundo imaginó que el chico habría sido víctima de sus manoseos

El francés por su parte se levantó y vio que él era el más perjudicado por los cristales, aunque no tanto como el camarero. Antonio estaba harto, estaba harto de poner una buena cara cuando tenía que trabajar tantas horas seguidas, harto de soportar las órdenes de los clientes, harto de que le amonestasen, harto de todo.

Así que, sin pararse a pensar en qué lugar se encontraba soltó una maldición lo más alto posible y empezó a caminar alejándose del lugar de la forma más patética que le permitían sus magulladas piernas, sin importarle el estropicio. Que lo hiciese otro, a él ya le daba igual todo. Lovino le siguió y le decía:

¡Idiota! No puedes largarte sin más. Tienes que mandar a alguien a que limpie eso e ir a curarte. ¡Nos vamos a meter en un lío!

El español respiró hondo y siguió caminando sin responder. Lovino se alejó con él sin dejar de hablarme.

Estos españoles son unos maleducadoscomentó una mujer rubia que estaba ayudando al francés a levantarse. Encima que le ayudamos, se va así sin decir nada y dejando todo esto hecho un desastre.

El otro camarero español no dijo nada y se apresuró a recoger todo lo que había por el suelo. No quería que su compañero se metiese en problemas y rápidamente fue ayudado por otros empleados mientras la reunión que se había montado allí se iba disgregando. Francis fue llevado por la mujer de antes mientras este se masajeaba la cabeza de una forma bastante atractiva. Tenía que aparentar encontrarse bien aunque fuera sólo durante el trayecto que aquella mujer lo ayudaba.

Mientras Ludwig Beilschmidt veía al español siendo acompañado por su compañero a donde él suponía que tenían la enfermería. Recordó lo que antes habían comentado de su comportamiento y no podía evitar estar más en desacuerdo. Siempre que bajaba a la terraza o a cenar siempre estaba trabajando, soportando la mala educación de algunos clientes, haciendo de niñeras de otros para que no se hiciesen daño y siempre con una sonrisa, al igual que la mayoría. No podía evitar comprender por lo que estaban pasando los países de aquellos trabajadores para tener que estar así para no perder sus empleos…

¡A la piscina!oyó de pronto una voz profundamente conocida, interrumpiendo sus pensamientos.

¡No, Gilbert!gritó el alemán echando a correr en dirección a la piscina.

Gilbert se había tirado en plancha y por el sonido de la zambullida debió haberse hecho mucho daño en el estómago. Ludwig se apresuró a lanzarse a rescatarlo antes de que le diera un corte de digestión o se hiciera daño. La última vez que se llevaba a su hermano de vacaciones.

Conclusión: los españoles, como a todos, tenemos malos días, nos gusta hablar en nuestro país en nuestro idioma y tenemos tendencia a hablar muy alto por el nivel de ruido que hay alrededor.

FIN. España país de camareros o esa es la impresión que me da a mí que cada vez más se nos da esa etiqueta. Siempre he oído esas cosas acerca de los camareros españoles. Hay de todo como en todas partes, pero no es un oficio muy gratificante, se meten mucho contigo y siempre estás estresado. No sé, me parece muy normal que llegue un momento en que no estén de buen humor, sobre todo cuando no paras de currar.

Además la crisis y el paro juvenil está haciendo que gente con estudios tengan que verse en situaciones como esta, trabajar como camareros y trabajando como esclavos. Es una realidad muy triste, la verdad

Los ingleses sí que se tiran desde las terrazas a las piscinas y realizan destrozos en las costas españolas borrachos como cubas, los alemanes beben cerveza sin parar y se ponen colorados al sol, eso no es un estereotipo.

Espero que os haya gustado. ¡Nos leemos!